Delitos de familia

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 4.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condiciones: principio (tiempo) y adicción (verbo).


La chica se llamaba Alla Beesbury y era una sobrina de Lord Lyman, el Consejero de la Moneda.

Daemon Targaryen debía admitir que era más bonita que sus predecesoras. Pelo rubio, ojos verdes y saltones, rostro en forma de corazón, sonrisa estirada. Al lado de su hermano ―que le sacaba media cabeza de ventaja―, se veía más adorable y frágil. Aunque la belleza de nada le serviría cuando tuviera que ir al lecho paritorio. Estaba enfundada en un vestido color crema con una hilera de abejas en vuelo a lo largo de las mangas. Era un trabajo delicado, pero barato.

La pareja paseaba por los jardines de la Fortaleza Roja, un laberinto de setos recortados, esculturas de mármol y arbustos en flor, bajo un cielo azul inmaculado. Viserys hablaba; ella se limitaba a sonreír y asentir con la cabeza. Y Daemon lo contemplaba todo desde las alturas, pertrechado detrás de una estatua de piedra de un joven arquero. «Tonta. Hueca», pensó con rencor. Alla Beesbury enrolló un mechón dorado en su dedo índice y batió sus pestañas. «No lograrás conquistarlo.»

Luego de que su madre hubiera muerto en un parto lento y agónico, y Aegon, su hermano más pequeño, la siguiera tan solo medio año después, su padre había pospuesto sus compromisos. «Quiero que vivan. Eso le hubiera gustado a mi Alyssa.» Desde entonces iban y venían. Viserys le había enseñado a cazar y a hablar Alto Valyrio; Daemon, por su parte, le hizo un recorrido por los mejores lupanares de Desembarco del Rey y compartió a sus chicas preferidas. Los deberes reales era algo que le correspondía a los demás, no a ellos.

Hasta que un día, su abuela, la Bondadosa Alysanne, tomó cartas en el asunto. «Tu hijo ya es un adulto, Baelon. Tiene que casarse». Su abuela sabía cómo podía torcerse el camino de los hijos que iban libres por el mundo, por eso quería asegurar el futuro de sus nietos antes que la corona tuviera que enfrentarse a nuevos rumores y despilfarros. «Viserys no es así, madre», contestó su padre, pero poco después aceptó que le buscara candidatas.

Daemon no guardaba rencor contra su padre, pues entendía que su espíritu se hubiera quebrado con la partida prematura de su madre, pero a Viserys sí lo maldecía por no haberse opuesto. Él era el favorito de la abuela. Su ojo derecho. Y así quería permanecer. Le gustaba la atención que la reina dedicaba a encontrar una buena esposa para él. Con Daemon, por otro lado, ya se había rendido. «Ya te encargarás de eso cuando seas mayor. Si hay alguien que puede hacer sentar cabeza a Daemon, ese eres tú», le dijo en cierta ocasión a Viserys.

De cierta forma, Daemon Targaryen se sentía estafado por la vida, por los dioses. Desde el principio de los tiempos, los Targaryen se casaban entre hermanos, entre primos y entre tíos y sobrinas, pero Viserys y él habían nacido siendo hombres, sin posibilidad de perpetuar el legado familiar. Por eso su abuela buscaba prometidas, por eso le decía a Viserys que tendría que buscarle una esposa en el futuro Si uno de los dos hubiera nacido siendo mujer, no estarían mirando hacia afuera, sino que estarían casados, con una camada de cachorros con huevos de dragón en su cuna. Pero como no era así, lo que hacían por las noches, mientras la Fortaleza Roja dormía, era antinatural.

A Daemon no le importaba. Él era un Targaryen, jinete de dragón, y si quería que su hermano fuera suyo, así sería.

Cuando su hermano y la chiquilla Beesbury se acercaron a la estatua donde Daemon estaba agazapado, éste saltó, describiendo una floritura en el aire, y cayó de pie sobre el borde de la escalinata.

Alla Beesbury se llevó la mano al pecho del susto.

―Príncipe Daemon, me habéis sorprendido.

―¿Os he interrumpido? ―dijo mirando a Viserys con una ceja enarcada. Su hermano le dio una mirada de advertencia―. ¿Estabais buscando un lugar donde besaros?

Ella se sonrojó violentamente.

―Yo jamás…

―Oh, ¿de verdad? ―interrumpió―. Porque si yo estuviera en vuestro lugar tendría las manos sobre mi hermano.

―Lo que decís es indecoroso, inmortal.

Por supuesto que ella no lo entendía. Si su propia familia no lo hacía, ¿por qué una extraña criada en el Dominio lo haría?

Daemon le habló a Viserys como si la chica no estuviera allí.

―Te dije que sería aburrida, igual que las demás. ―Las anteriores prometidas de Viserys eran rostros impersonales en su memoria. A las chicas siempre les gustaba pasear por el jardín, recorrer el laberinto, pero no todas salían vivas de allí. Ninguna se arriesgaba a un beso, a una caricia despreocupada en el antebrazo―. No nos sirve.

―Podríamos darle otra oportunidad. Ella me agrada y es sobrina de Lord Lyman.

―Si insistes ―respondió Daemon. Ante todo, la palabra de su hermano era sagrada para él―. ¿Sabéis besar, lady Alla? ―La chica pestañeó confusa ante la pregunta, pero después de unos segundos, asintió. Se puso de puntillas y besó la mejilla de Viserys―. Qué casta. Parecéis una Hermana Silenciosa. Quizás deberías enfilar hacia el Gran Septo. Así es cómo se besa. ―Sujetó a Viserys por la solapa del jubón y lo atrajo hacia él. Daemon presionó el pulgar sobre su tráquea, haciendo que la boca se abriera para recibirlo gustoso. «Eres una adicción, hermano», pensó―. ¿Ahora notáis la diferencia?

Alla Beesbury se mostró repugnada.

―Lo único que noto es que estáis enfermo. Los dos ―puntualizó―. Sabía que erais un canalla, príncipe Daemon, pero esto… Y sobre vos, príncipe Viserys, pensé que erais diferente a vuestro depravado hermano.

Ella comenzó a caminar, con su precioso vestido levantando vuelo a medida que apresuraba el paso. Cuando llegó al primer descanso de la escalera de mármol, una mano enguantada la empujó. Ella abrió la boca para gritar por el susto, pero el sonido murió en su garganta cuando impactó contra la superficie. El crujido del cuello fue como de las ramas secas al partirse; un hilo de sangre apareció después.

Viserys descendió unos cuantos escalones para quedar a su altura. Comprobó que, efectivamente, estaba muerta. Sus ojos verdes y saltones estaban fijos en la eternidad. No se había visto venir que su vida terminaría por culpa de un posible compromiso.

―¿Por qué seríamos diferentes? Nos parió la misma mujer ―respondió Viserys mientras la observaba, rígida, inmóvil.

Daemon se sitúo a su lado y se unió a su mirada.

―Pensarán que lo hice yo.

―¿Cómo dice el dicho? Hazte la fama y échate a dormir. Cuando la abuela me pregunté qué pasó, le diré que tropezó y cayó. ―Su hermano miró derredor, buscando algún soldado, pero en los jardines solo estaban ellos y la chica muerta. Los jardines estaban provistos de una privacidad apabullante―. Guardaré un año de luto por ella. Podríamos viajar a las Ciudades Libres, ¿qué dices? Tenemos medio año sin salir de Desembarco del Rey.

Daemon sonrió.

Él era el Príncipe Canalla, pero su hermano era el Príncipe Embustero. Había quitado del camino a todas las prometidas que su abuela le presentaba. La Bondadosa Alysanne pensaba que Daemon era la mano invisible detrás de las trágicas muertes. «Si supieras, abuela.»

Daemon pensaba que un día su abuela traería a una chica realmente importante, como esa prima del Valle o una princesa dorniense para que los Martell se unan a la corona, que no sería tan fácil de matar y salir indemnes. Pero en lo que ese día llegaba, él disfrutaría de su hermano.

―Me parece una buena idea. ¿Lys o Myr?


Nota de la autora: Viserys/Daemon es una pareja que salió de los grupos de Facebook en los cual estoy. Al principio, no los veía para nada, pero ahora he caído completamente. Pensé en que fuera Daemon quien las mataba, pero me pareció muy obvio. Así que tenemos a un Viserys oscuro e incestuoso.