Hola queridos lectores, sinceramente no voy a justificar mi tan larga ausencia, no merezco su perdón, lo sé, soy de lo peor, una mujer cruel y despiadada por mantenerme tanto tiempo en hiatus y publicar cada dos años, de verdad estoy muy pero muy avergonzada por eso pues por ustedes es que esta historia se mantiene viva, no voy a prometer nada pero en honor a ustedes y a todos aquellos que son nuevos por acá trataré de terminar las historias que comencé. Me había perdido de esta maravillosa plataforma pero he decidido volver al lugar que me vio nacer como fanficker. Gracias, mil gracias por su apoyo, enserio son lo mejor.
Espero disfruten este capítulo
Capítulo 3 " El pasado acecha"
-¡Sesshomaru-sama! –Gritaba corriendo quedándose sin aire la joven sacerdotisa -¡Señor Sesshomaru! ¡Espere, por favor! –Siguió diciendo mientras intentaba alcanzar al ambarino que caminaba por el largo pasillo del palacio sin prestarle atención a la chica.
"Demonio estúpido" –chasqueo Kagome por lo bajo mientras estaba a punto de alcanzarlo. El demonio paró su trayectoria y la miró de reojo. La pelinegra se tensó ¿Acaso la había escuchado ?, intentó sonreír y caminó un poco más rápido para llegar a su lado.
-¿Qué quieres, miko? –El youkai hablaba serenamente, había frialdad pero no fastidio en sus palabras. La chica sonrió más relajada y se posicionó frente a él.
-Agradecerle, usted salvó a mi protegida. Pensé que ella iba a morir –sus ojos se humedecieron –No sabe cuánto se lo agradezco señor –mientras decía esto hacía una reverencia significativa en señal de respeto.
-Hmp como sea –fue lo único único que respondió el ambarino y siguió caminando hasta desaparecer en los jardines.
La tarde había caído, Kagome estaba en la cocina con los niños, los había besado, abrazado y ahora estaba regañándoles, les decía lo mal que se sentía al no encontrarlos, la desesperación, el dolor y la tristeza que había abrumado su pecho al ver a Rin en el suelo, muerta. Los pequeños mantenían la cabeza gacha, actuaron mal y el fruto de sus acciones maduró de manera inmediata, tenían prohibido salir del castillo por los próximos tres meses.
-El señor Sesshomaru salvó tu vida Rin, ambos deben ir y agradecer por el acto tan noble y generoso que tuvo –los niños apenados asintieron y se dirigieron a buscar al demonio.
Caminaban en silencio y a paso firme hacia los jardines, donde sabían, por boca de los empleados, se encontraba Sesshomaru.
-Sesshomaru Sama –dijeron al mismo tiempo ambos niños logrando captar la atención del mayor, hicieron una exagerada reverencia.
-Gracias por salvar mi vida, señor. –Dijo tiernamente la pequeña.
-Gracias por salvar la vida de Rin, señor. –Secundó tiernamente Shippo.
-Largo –habló secamente el demonio.
Ambos niños se miraron y se rieron por lo bajo.
¡Si señor! Y Gracias nuevamente –dijeron ambos con una enorme sonrisa y salieron del jardín.
Sesshomaru observo de reojo el camino por donde se fueron los pequeños, una duda rondaba por su mente, no entendía porque accedió a la petición de su espada, si bien es cierto que puso resistencia en un principio e intentó ignorar y seguir su camino como lo había hecho anteriormente con algunos humanos, esta vez simplemente no lo hizo.
-Sesshomaru-sama –Kagome se acercaba a él con una bandeja en las manos, al parecer era la hora del té y la chica planeaba que lo tomaran juntos en el jardín.
El ambarino la observó detenidamente, la chica sonreía de manera dulce, no había rastro de tristeza en su rostro. Las imágenes de ella llorando sobre el cadáver de la mocosa invadieron su mente, Kagome se había mostrado vulnerable, frágil y bastante sumisa. La duda que rondaba su mente nuevamente apareció, acaso él ¿había sentido lastima ?, no, eso era imposible. Pero, entonces ¿Por qué razón salvó a la niña? ¿De quién se había apiadado? ¿De la pequeña o de la Sacerdotisa?
-Pensé en tomar el té con usted aquí en el jardín, espero no molestarlo –las palabras de la chica lo sacaron de sus pensamientos y giró su cabeza para ignorarla –Veo que mi presencia ya no le es tan insoportable –dijo extendiendo su brazo para ofrecerle la taza de té.
-¿Estás tratando de agradarme? –Preguntó secamente mientras tomaba la taza de las manos de la chica.
-¡Oh! ¿Así parece? –Sonrió cálidamente, dio un sorbo a la taza de té y continuó hablando –Debo confesar que usted me parecía un demonio cruel, frío, déspota, arrogante, altanero, sin nada de empatía –la morena lo vio tratando de averiguar si sus palabras le molestaban y al parecer le daban igual así que continuó –Creo que he hecho mal al juzgarlo sin conocerlo, he sido muy prejuiciosa por eso le pido una disculpa Sesshomaru sama, me he portado muy mal con usted y he sido descortés.
-Lo que pienses de mí me da igual –la miró fijamente –yo pienso que eres una atrevida, altanera e irrespetuosa ya diferencia de ti no pienso disculparme.
La chica lo miró un poco sorprendida y al cabo de unos segundos soltó una risita.
Ambos permanecieron en silencio, era algo sumamente incómodo para Kagome, él no volteaba a verla y ella miraba ensimismada la taza que tenía en sus manos, luego con un poco de curiosidad levantó la vista hacia el rostro del demonio, lo vio con los ojos cerrados , sus facciones relajadas lo hacían verse atractivo, ya lo había notado antes, no era ciega, el hombre frente a ella era sumamente hermoso, su fina nariz, sus labios, sus preciosos ojos miel, la luna en su frente le daba un aire de encanto, su cabello largo y plateado era fabuloso, ese demonio parecía haber sido tallado por los mismos ángeles, si bien es cierto que su carácter lo hacía inaccesible debía admitir que ese detalle le parecía muy encantador. Además sintió que el demonio no era tan malo, después de todo, había salvado a Rin y eso le demostrada que podía confiar en él.
-¿Qué me estás viendo, miko? –Preguntó con seriedad el albino.
La chica palideció, un rojo intenso cubrió sus mejillas y volteó a ver a otro lado muy avergonzada.
-Na… Nada –terminó de decir mientras aclaraba su garganta sin mirarlo para ocultar su nerviosismo por haber sido descubierta.
El ambarino, por su parte, parecía distante, seguía analizando la situación, le daba muchas vueltas a la duda que rondaba en su mente, no le gustaba inflamarse la cabeza con cosas tan "insignificantes" así que dejó por zanjado asunto, sin embargo , una sensación extraña aparecía en su ser, su ego le reprochaba que estaba tomando el té con una humana, le reprochaba que precisamente esa humana no le fuera desagradable.
Él, detestaba a los humanos por ser simplemente eso, "Humanos", sabía lo débiles que eran pero, es que la chica que tenía en frente le parecía diferente. Kagome no era una humana cualquiera, debía admitir que era una sacerdotisa poderosa, una chica con una personalidad pesada, algo mandona y chillona pero a diferencia del resto había sido la única capaz de retarlo e insultarlo de manera genuina, sin una sola gota de miedo , sintió que la chica lo miraba con respeto, hasta había cierto grado de admiración y eso extrañamente le satisfacía.
-Señor Sesshomaru –llamó la chica, el demonio volteó a verla -¿Por qué no se ha casado? Usted es mucho mayor que Inuyasha y él ya lo hizo. –Preguntó muy curiosa.
-No tengo tiempo para tonterías –respondió al instante.
-Entiendo –contestó la morena dando otro sorbo a su taza de té.
El tiempo pasó, la hora del té terminó y se despidieron de manera formal, cada uno se fue a realizar sus respectivas tareas y no se vieron hasta la hora de la cena.
Varios días habían pasado desde que Sesshomaru salvó a la pequeña de la muerte, los ánimos en el palacio estaban bien y una nueva costumbre había surgido; Kagome y Sesshomaru tomaban el té juntos, todos los días a la misma hora. Era una situación extraña pues ninguno emitía palabra alguna, únicamente era su presencia, ambos permanecían en silencio, no era un silencio incómodo sino uno confortable.
Kagome no entendía la razón de su actuar, últimamente para ella, lo hora del té era sagrada, buscaba acomodar su horario entorno a ella. Por su parte, Sesshomaru solo se limitaba a estar puntual, siempre altivo y sereno esperaba a la sacerdotisa, se convencía de que era ella quien lo buscaba pues su ego le reprochaba que ella le agradase.
La algarabía en el palacio por el anuncio oficial del embarazo de Kikyo, hacía que la situación de los protagonistas pasara desapercibida para todos excepto para Sango.
-Acepta que el demonio te gusta –insistió Sango quien se encontraba de pie al lado de Kagome.
Kagome sonrió y negó con la cabeza. Ambas chicas estaban esperando la autorización de sus padres para bajar a la ceremonia que se llevaría a cabo en honor al embarazo de Kikyo, esa noche en el palacio se ofrecería una enorme cena, todos los representantes de los puntos cardinales han sido invitados.
La sacerdotisa era una joven sencilla, sin embargo debía reconocer que la celebración era especial y por tanto ameritaba verse decente. Por este motivo llevaba puesto uno de sus mejores trajes, no era un kimono tradicional japonés, si no que usaba un traje muy parecido que había bordado una sacerdotisa del templo Hanshan, en uno de sus viajes a China.
El traje era de color rojo intenso, la pieza principal era como un vestido medio ajustado al cuerpo cubierto por una hermosa bata de mangas largas no ajustadas en el ante brazo y anchas en la distancia que cubre del codo a las manos. El cuello de la bata era estilo vampiresco adornado con detalles dorados, el cinturón se ajustaba perfectamente a la cintura de Kagome, este era de color dorado. Llevaba el cabello suelto adornado con una hermosa diadema dorada con cristales rojos en forma de copos de nieve.
Llevaba los labios pintados de rojo, los ojos delineados y las mejillas levemente ruborizadas, todo combinaba perfecto con sus aretes largos con cristales rojos. Se veía extremadamente bella, la chica se sintió bonita, esa noche quería sentirse bien, tal vez se arregló para ella o tal vez, muy en su interior quería lucirse para alguien.
-Señorita Sango, señorita Kagome –habló uno de los empleados posicionándose frente a ellas –Sus padres las esperan, por favor bajen de inmediato.
Las chicas asintieron, empezaron a caminar hasta llegar al salón, el lugar estaba lleno, humanos y demonios importantes formaban parte del ambiente, Sango se dirigió a saludar a unos amigos del reino vecino, dejando sola a Kagome. La chica comenzó a sentirse incomoda, muchas miradas estaban dirigidas a su persona, no sabía qué hacer, quizás había sido mala idea haberse arreglado tanto.
-Kagome –dijo el padre de la morena que había notado su llegada, a pesar de no ser muy amoroso con ella pudo notar la inseguridad de la chica.
-Estoy aquí, padre –la chica sintió la mirada de su progenitor recorriendo su figura, se preparó mentalmente para lo que ella creía sería una reprimenda por vestirse de esa forma.
-Te ves… preciosa –dijo finalmente después de titubear un poco, la chica levantó la mirada de inmediato hacia su padre, esas palabras regresaron de una sola vez la seguridad en ella por lo que una enorme sonrisa se dibujó en su rostro y únicamente pudo articular la palabra gracias.
-De nada –respondió seco el hombre mientras se marchaba a saludar a gente importante.
El tiempo para Kagome pasaba muy lento, había recorrido todo el salón en busca de cierto ambarino de ojos miel pero era inútil, empezaba a pensar que su esfuerzo por arreglarse había sido en vano. Decepcionada, pidió un poco de vino de arroz a uno de los empleados, estaba resignada a aburrirse cuando lo vio entrar por la puerta del salón.
Su corazón palpitó emocionado, el demonio se veía condenadamente guapo, lucía un traje diferente al de siempre y su cabello lo llevaba amarrado en una coleta. Se quedó embobada por un instante y segundos después volteó su rostro hacia el lado contrario mientras pedía otra copa de vino para intentar ocultar el nerviosismo que empezaba a invadir su cuerpo, para disimular más, la castaña se acercó a un grupo de chicas con las que había estudiado el arte de las sacerdotisas, hablaba con ellas pero su atención estaba dirigida enteramente a Sesshomaru.
Mientras tanto al otro lado del salón, el ambarino no perdía tiempo en observar a la morena, inconscientemente había quedado embelesado con el aspecto de la chica. Debía admitir que se veía preciosa, para ser humana no estaba mal. El demonio, observaba descaradamente a la miko, lo que provocó que la chica por instinto buscara la mirada de quien la observaba. Ambos, chocaron su mirada, Kagome pensó en retirar la vista pero se arrepintió rápidamente, no quería dejar notar su vergüenza así que opto por sonreír, pidió disculpas al grupo de chicas y decidida, comenzó a caminar en dirección al ambarino. Sesshomaru, por su parte, hizo lo mismo, se retiró del grupo pero no avanzó hacia Kagome, dejaría que ella se acercase.
Kagome esbozaba una enorme sonrisa lo estuvo buscando toda la noche, sintió que la noche era especial y por ese motivo quería estar junto a él, aun no entendía las razones de sus deseos y siendo honesta consigo misma, tampoco quería averiguarlas.
-Joven Sesshomaru –la sacerdotisa paró su andar, ya estaba frente al ambarino, sin embargo, ella aún no articulaba palabra alguna. Ambos protagonistas enfocaron su atención en la chica que se había acercado a ellos sin que se dieran cuenta y había saludado especialmente al demonio. –Pensé que no lo vería esta noche, lo estuve buscando insistentemente –continuó hablando la chica, luego dirigió su vista a Kagome –Hola Kagome, ¿has estado bien?
La joven miko respondió amablemente al saludo de la chica. Varios minutos pasaron pero para Kagome habían sido siglos, la chica recién aparecida estaba acaparando la atención que Kagome creía sería para ella, intentaba entablar una conversación únicamente con el demonio dejándola a un lado, era como si quisiese que Kagome no estuviera ahí, " estorbando ". Sesshomaru por su parte, no tenía expresión alguna en su rostro, las respuestas que daba a la chica eran frías y cortantes pero tampoco eran groseras, miraba de vez en cuando a Kagome como analizando sus expresiones a lo que ella respondía con una sonrisa.
-Lo siento, disculpen que los interrumpa pero debo llevarme a esta hermosa chica por unos instantes –la exterminadora de demonios había notado la incomodidad de su prima por lo que decidió intervenir. Kagome se despidió de sus acompañantes y se retiró con Sango.
-Gracias por sacarme de ahí, ya estaba empezando a aburrirme –agradeció tomando un bocadillo de la mesa que estaba suficientemente largo de Sesshomaru y su acompañante.
-Ni que lo digas, te conozco e identifique perfectamente bien el suspiro que lanzaste como un "Auxilio, sácame de aquí" –ambas chicas rieron –Por cierto Kagome, ¿Quién es la chica con la que estabas? Jamás la había visto.
-Su nombre es Sara, es hija del lord del norte.
Sara, era una hermosa chica, no era sacerdotisa pero tenía el don de tocar la flauta como los ángeles, debían admitir que a pesar de ser mayor que Kagome era una mujer muy bella, capaz de seducir a cualquiera que le interesase y al parecer, ya había puesto los ojos en uno.
La noche se hacía más vieja, la cena se dio sin novedad y ya se había anunciado el embarazo de Kikyo. Todo estaba bien para todos menos para Kagome. Sara se había encargado de pasar todo el tiempo pegada a Sesshomaru, incluso había compartido el mismo espacio en la mesa durante la cena. Un malestar incómodo estaba abrumando a la sacerdotisa, era una mezcla de tristeza y decepción, estaba pensando en retirarse cuando notó que su viejo amigo de toda la vida había entrado al salón, sonrió genuinamente e intentó usar sus poderes para ocultar su presencia y poder acercarse a él sin ser descubierta.
El chico que al parecer buscaba a alguien con la mirada dio un pequeño salto al sentir unas pequeñas manos pellizcar sus orejas, volteó emocionado, reconocería ese saludo donde fuera.
-Hola Kouga –fueron las palabras únicas que salieron de la boca de la chica.
-¡Pequeña! –El lobo abrazó a su amiga pero luego se separó de ella, tomó su cara con las manos y empezó a pellizcar sus cachetes como buscando explicación.
-Kouga, esto es doloroso ¿Qué te pasa? –Exigió saber la chica que hablaba como si tuviese la boca llena pues sus cachetes estaban siendo apretados.
-No entiendo –expresó el lobo –la última vez que te vi eras una chiquilla llorona y horrorosa, no te pareces en nada a la preciosura de chica que esta frente a mí ahora –terminó de decir liberando los cachetes de la miko.
-Pues tú sigues siendo el mismo odioso de antes –dijo sonriendo mientras se sobaba los cachetes, para luego abrazarlo tiernamente.
La escena en la que se encontraban Kagome y Kouga era observada por Sesshomaru, desde su perspectiva parecía que ambos chicos se conocían desde hace años pues el nivel de confianza en ellos era bastante alto. Observó las acciones genuinas de la miko, por alguna razón buscó alguna señal que indicara que ella sintiese atracción por el chico pero lo único que logró ver fue la profunda amistad que Kagome ofrecía al lobo. Así mismo, también buscó en el demonio alguna señal de deseo, buscó insistentemente pero sus sentimientos también eran de amistad genuina, extrañamente esto último hizo que un raro alivio se asentara en su interior.
La noche seguía su trayecto y para mal de Kagome, otra vez estaba sola, al parecer Kouga la había cambiado por irse detrás de una chica. La morena suspiró cansada decidida a retirarse de la sala, buscó a sus padres y anunció que se retiraría a sus aposentos.
" Todo fue un desastre" –pensaba con decepción la sacerdotisa mientras empezaba a subir las escaleras.
Cuando estaba a punto de subir el último escalón, una extraña presencia detuvo su andar, miro alrededor un poco alarmada, no era que sintiese miedo, sabía que en el castillo a causa de la fiesta Había presencias demoniacas, pero es que esa presencia era diferente . Rápidamente se concentró en la energía liberada por la presencia para conseguir la dirección de su procedencia, su nerviosismo era inevitable, algo muy en su interior se estaba removiendo, su corazón palpitaba a mil, estaba segura de que el dueño de esa presencia era Naraku.
Caminó un poco insegura hacia el balcón, la presencia tenía su punto de concentración cerca de ahí. Una vez había llegado al lugar intentó tranquilizar su respiración, tomo unas cuantas bocanadas de aire y con más confianza abrió el ventanal para salir al balcón. Para su sorpresa, la presencia se esfumó rápidamente.
" Se ha ido" –pensó decepcionada, cerró sus ojos y se concentró en buscar, lo único que encontró fue la aceptación de su hipótesis, la presencia ya no estaba.
La noche era hermosa, las estrellas brillaban con insistencia en el firmamento y el viento jugaba con el cabello suelto de la sacerdotisa. Seguía en el balcón, con un poco de melancolía observaba las estrellas mientras disfrutaba la sensación del viento chocar con su cuerpo.
Naraku –mencionó el nombre del demonio, todavía no le daba una explicación lógica a lo que acababa de sentir, había deseado volver a verlo, quería que él le contara el motivo real del porque la había abandonado, estaba segura de no amarlo o al menos eso creía, el amor que sintió por él se había muerto de a poco, cada noche que lloró por él logró lavar su alma y su corazón, y de ese modo también lo había hecho con sus recuerdos.
Sin embargo, Kagome no imaginaba que al mencionar su nombre estaba despertando una pequeña esperanza en el demonio que la observaba desde que salió al balcón, y es que efectivamente la chica no se había equivocado, Naraku la miraba asombrado desde la rama de un árbol. El hibrido había dejado notar su presencia para atraerla pues quería verla.
El hanyou vio salir a la chica, sus expresiones eran de asombro, no había rastro de la pequeña niña indefensa que dejó en el pasado, ahora era una hermosa mujer, estaba maravillado y escucharla decir su nombre le daba un rayo de esperanza, quizás algún día no muy lejano, cuando apareciera frente a ella, podía volver a recuperarla.
" He vuelto por ti, mi Kagome" –pensó para sí mismo mientras controlaba sus ganas de salir y abrazarla.
Mientras tanto, en el salón del palacio, el ambarino había visto salir a Kagome, la notó un tanto extraña, sus facciones denotaban duda y nerviosismo. Con toda la sinceridad del mundo, interrumpió de una vez la conversación que Sara intentaba entablar con él, esa chica lo tenía fastidiado, no entendía como la había soportado tanto tiempo.
-Disculpe, debo retirarme –la interrumpió sin pensarlo mientras ella hablaba de cosas que no le interesaban.
-Esta bien, Sesshomaru-sama –dijo intentando disimular su inconformidad. –¿Irás con Kagome? –Preguntó queriendo saber, había visto como Sesshomaru la miraba en cada oportunidad que había tenido a lo largo de la noche, al ver que el demonio no respondió, decidió intentar convencerlo para que se quedara con ella un poco más. –La compañía de ella no será tan grata como la mía, de eso usted puede estar seguro –afirmó sonriendo.
-No me interesa tu compañía –dijo con inusual frialdad mientras empezaba a caminar en dirección al balcón, dejando a Sara con un pequeño nudo en la garganta, se había sentido humillada.
Caminaba a paso lento, se dirigía al sitio donde estaba seguro se encontraba Kagome, siguió su olor como si de tarea fácil se tratase. Llegó al tope del pasillo y pudo divisar la silueta de la chica que buscaba, el olor de su cabello se intensificaba y el viento se empeñaba en llevar su aroma como un invasor a sus fosas nasales.
-No entiendo cómo puedes maravillarte por cosas tan triviales como las estrellas en el cielo –el ambarino había llegado a su lado, hablaba con su tono usual.
La chica no se inmuto por su llegada, ya había sentido su presencia así que en su mente agradeció a Kamisama por dejar que él llegara a ella.
-Supongo que a lo largo de su vida ha visto cosas maravillosas, yo no viviré tanto como usted así que disfruto cada cosa que me haga feliz –la sacerdotisa se volteó sonriente hasta quedar frente a Sesshomaru para seguir diciendo –La lluvia, las estrellas, las flores, la naturaleza en general, mi familia, amigos y todas las cosas que para usted pueden ser sencillas o triviales, para mí son un regalo, son cosas que me dan felicidad y por tanto para mí son importantes.
La chica volvió a girar su cuerpo y siguió apreciando el firmamento, cerró sus ojos para sentir el viento y en un susurro casi inaudible dijo: "Que usted esté aquí conmigo Sesshomaru-sama, también me hace feliz".
Una pequeña punzada cruzó el pecho del ambarino, su vista se dirigió a ella, la había escuchado, no había error alguno, esa chica dijo que su presencia la hacía feliz, una extraña satisfacción se acumuló en su pecho mientras un suspiro sarcástico y cimarrón salió de su boca.
" Tonterías" –pensó para darle fin a las emociones que la frase dicha por la sacerdotisa había despertado en él.
