Disclaimer.Todos los personajes que aquí aparecen son propiedad de Disney lo demás es invención mía.


Capitulo 4 Reencuentro


Hans estaba ansioso porque llegara el día en que la princesa Elsa fuera coronada reina, estaba al tanto que aún faltaban tres años, sin embargo con ayuda de su hermano Lars, había logrado que su padre lo mandara a diversos reinos cómo su representante o a resolver problemas de su mismo reino, dejándolo bien parado ante el monarca. Para que así su padre no tuviera ninguna objeción en concederle viajar a la coronación de la princesa llegado el momento.

Llegó a toda prisa a la biblioteca donde su hermano Lars ya lo esperaba, para seguir instruyéndolo sobre todo lo que tenía que saber sobre Arendelle.

—¿Estás seguro de querer cortejar a la causante de tu desdicha? —le preguntó a Hans.

El aludido levantó la vista del libro que leía y lo cerró de golpe.

—Eso tenlo por seguro la enamorare y tendré el trono de Arendelle y cuando estemos casados la haré pagar por todos esos años que sufrí de reprimendas por su culpa, por haberme difamado. Mi padre no paró de culparme por el cese de comercio entre ambos reinos.

—Quizás te equivocas y ella no es del todo culpable —dijo su hermano mirándolo a través de sus anteojos de luna.

Hans dio un golpe a la mesa. —¡ Te equivocas! ¡Ella es culpable! Debió acusarme de algo grave o qué se yo… pero una cosa si te digo ¡La haré pagar por hacer mi vida más miserable de lo que ya era!

Lars negó con la cabeza para nada de acuerdo con sus palabras pero decidió no contradecirlo, el tiempo se encargaría de descifrar ese misterio .

Tres años después:

El día de la coronación de la reina Elsa el sol fue brillante y cálido. El Consejo Real de Arendelle, los dignatarios extranjeros y los plebeyos de la ciudad se reunían para la celebración. El canto de las aves marinas y el olor del aire salado flotaban sobre la calzada que conectaba el castillo con el puerto marítimo. Gente del pueblo bien vestida se alineaba en la calzada, ansiosa por conocer a la nueva reina, de quien se rumoreaba que era muy hermosa, pero rara vez se la veía.

Hans miró por la proa del barco y sonrió triunfal. Su barco atracó en el puerto de Arendelle y él, Hans Westergaard, el decimotercer y menor hijo del rey de las Islas del Sur, finalmente tendría la oportunidad de hacerse un nombre. Se convertiría en el próximo rey de Arendelle si todo salía de acuerdo a lo planeado.

Hans desembarcó, y después de unos minutos montó su caballo y se dirigió a la ciudad.

Encontrándose con todos los habitantes de Arendelle y representantes de todos los reinos distantes reunidos al pie del castillo. Hans miró a su alrededor y vio que el reino era tan perfecto como sugerían los libros que había leído. Podía ver montañas cubiertas de nieve en la distancia, pero era verano dentro del pueblo.

Siguió admirando el colorido del lugar y decidió que le gustaría gobernar un lugar así.

….

Elsa respiró hondo mientras abría los ojos, estaba tan nerviosa que esa noche no había dormido ni un poco de tan solo pensar en que sus poderes se pudieran salir de control.

Hubo un golpe en la puerta.

—Adelante —concedió Elsa, sin ánimos.

—Mi señora, es hora de comenzar a prepararse para su coronación —dijo Gerda, entrando y abriendo las cortinas.

—Oh sí, la coronación.

El único día por el que no estaba muy emocionada. No había salido de su habitación desde aquel incidente con Hans. Años han pasado y se preguntó ¿cómo se verá Anna ahora? ¿Anna querría hablarle? Estas preguntas junto con innumerables otras invadieron la mente de Elsa como un torbellino.

—¿Mi señora? ¿Está bien?— Gerda cuestionó. Gerda era la sirvienta más cercana a Elsa.

Gerda siempre le llevaba la comida a Elsa por las mañanas, tardes y noches, ella fue como su segunda madre.

—Sí, lo siento… Estoy bien —respondió levantándose de la cama—. Terminemos con esto ¿Tienes mi vestido?

—Por supuesto, tengo vuestro vestido aquí mismo —dijo Gerda señalando el vestido verde con intrincados diseños, con mangas negras y una capa de color magenta que iba a usar sobre el vestido. Tenía el símbolo de Arendelle en un tono más claro.

—No puedo creer que sea hoy.

—Me temo que sí, mi señora —dijo Gerda mientras ayudaba a Elsa a quitarse el camisón—, todo saldrá bien, ya lo verá.

—Eso espero.

Después de ayudarla a vestirse y peinarse, Elsa pidió a Gerda que la dejara sola antes de la coronación, necesitaba tiempo para prepararse psicológicamente.

Elsa se miró las manos, estaban al descubierto, abrió uno de sus cajones de su mesa de noche y de ellos sacó el par de guantes azules que le había regalado su padre. Se amoldaban a medida que ella fue creciendo.

Elsa tomó los guantes y se los puso mientras se acercaba a la ventana, observando a toda la gente que se agrupaba en el patio del castillo y entre ellos vio a alguien corriendo y notó que era Anna. Sonrío levemente al pensar en que al menos ella es feliz ese día.

Alguien tocó a la puerta y al abrirla, se trata del obispo, quien le indica que ha llegado el momento de la coronación.

Elsa respiró tan hondo como pudo y exhaló llenándose de valor. Caminó en silencio hacia la sala de la iglesia y se paró unos instantes hasta esperar el momento indicado.

Las puertas se abrieron frente a ella y caminó con elegancia por el pasillo, con la cabeza en alto y la espalda erguida, viendo a Anna a un lado del obispo en el atrio, sonriéndole.

El obispo dijo unas palabras que ella no le dio importancia, solo quería que ese infierno terminara, por fin la coronó y cuando está punto de agarrar el orbe, el hombre la interrumpe:

—Los guantes, su alteza.

Maldición. Necesito quitarme los guantes.

Dudó por un segundo y luego se los quitó con cuidado, dejándolos sobre la almohada. Recogió con cuidado el orbe y se dio la vuelta para quedar de frente a la multitud que se puso de pie mientras el sacerdote hablaba.

Entre la multitud un pelirrojo captó su atención al instante y sus ojos se abrieron de manera considerable.

Es pelirrojo igual que Hans ¿No puede ser él o sí? Y si es él, ¿qué hace aquí? ¿me recordará?

Inmediatamente se desconectó de todo y solo escuchó al sacerdote hablar, pero no registró nada de lo que decía. Se miró las manos y vio que empezó a formarse escarcha en el orbe, justo cuando el sacerdote termina, dejó el orbe y el cetro para después rápidamente ponerse los guantes y mirar a la multitud.

Ellos no vieron. Bien, pensó mientras suspiró con alivio.

Pero no pasó por alto las miradas cómplices entre ese pelirrojo y su hermana.

¡No podía ser Hans!

Los despidió al salón de baile y esperó a que todos se fueran.

—Elsa, ¿vienes? — preguntó Anna.

—Sí, solo dame un minuto.

Ella asintió en comprensión y se dirigió al salón de baile.

En el salón de baile, ya presentadas ambas hermanas, intentaron sostener una charla que ambas deseaban desde hacía años pero se vieron interrumpidas por el duque de Weselton, quien sacó a bailar a la princesa Anna.

Elsa rio levemente al verla bailar con ese peculiar hombrecillo, minutos después se acercó a la mesa del buffet para tomar un pequeño refrigerio y, si tenía suerte, un chocolate. Justo estaba en eso cuando una princesa de otra tierra se aproximó a saludarla. Tenía el pelo corto y castaño y el hombre que la acompañaba supuso que era su marido, quien parecía muy interesado en el brillo de su corona.

—Buenas tardes, su majestad, soy Rapunzel, princesa de Corona —ella sonríe, presentándose—. Este es mi esposo Eugene... Mis padres me contaron que vos y vuestra hermana, la princesa Anna, son primas mías.

—Ah, sí. La princesa Rapunzel y el príncipe consorte Eugene. Bienvenidos —dijo sonriendo.

Entonces recordó cómo su padre le contó la triste historia de la desaparición de su prima y le alegró saber que tuvo un final feliz.

—¿Dónde está Anna? —preguntó Eugene, mirando a su alrededor.

—Me temo que está bailando con el duque de Weselton —dijo sin evitar reír.

Rapunzel y Eugene dirigieron su mirada hacia el exótico baile del duque y comprendieron que la conocerían más tarde.

—¿Eso es un duque?— dijo Eugene divertido recibiendo un codazo de su esposa.

—Eugene…

—Lo sé, debo comportarme —dijo rodando los ojos.

—Lo siento, reina Elsa… él aún no está acostumbrado a estos bailes.

—Créanme, yo tampoco — dijo Elsa sintiéndose de buen humor.

Luego de unos minutos de charla, la pareja se alejó a bailar y Elsa se volteó de nuevo a la mesa de buffet suspirando.

—Al fin sola.

—Se podría pensar que la recién coronada reina quisiera ser el centro de atención —dijo una voz masculina a sus espaldas.

Elsa volteó y vio a un hombre de cabello pelirrojo bebiendo champaña.

—¡Oh, lo siento! ¿Interrumpí una charla interna? —dijo con diversión el príncipe.

Para este momento Elsa ya había averiguado la identidad del príncipe y era consiente que se trataba del mismo Hans de años atrás.

—Solo soy un invitado aquí, su majestad. Puede ignorarme. De todos modos, debo seguir mis asuntos —dijo el hombre sin moverse de su sitio.

—Entonces, ¿por qué no se retira? — Preguntó Elsa por curiosidad.

Cualquier otra persona le hubiera obedecido inmediatamente para su satisfacción. Sin embargo, este hombre no intentó hacerlo.

¿Era posible que no la recordara?¿Porque le miraba tan indiferente?

Ella, pese a todo, albergaba la esperanza de que al verla la pudiera recordar, recordar los momentos que pasaron juntos esa tarde, pero se equivocó o al menos eso parecía.

—¿Cree que soy cómo esos estúpidos príncipes que besan el suelo que pisa? —sacudió su cabeza—. No, no tengo la oportunidad de cortejarla e incluso si lo hiciera, nadie pensaría en casarse con un príncipe en la decimotercera fila de la sucesión —dijo con amargura.

Los pensamientos de Elsa venían en un vaivén, tantas preguntas tenía y ninguna sin responder.

¿Seguía sufriendo el maltrato del que fue testigo en el pasado? ¿Lo culparon por lo que pasó ese día? ¿Es por eso por lo que se comportaba así con ella o simplemente no la recordaba? No pudo evitar sentir un pinchazo de dolor en su corazón al pensar que no la podía recordar.

La molestia comenzó a invadirla al ver cómo sus ojos verdes la miraban con frialdad.

—¿Por qué no se ha presentado con propiedad, príncipe Hans de las Islas del Sur? —preguntó Elsa tratando de ocultar su enojo—. He conocido a todos los presentes, pero usted ha preferido quedarse en las sombras sin siquiera prestarme atención. Eso me parece una falta de educación —recriminó la reina, arrepintiéndose al instante por parecer imprudente pero lo disimuló lo mejor que pudo.

Ella esperaba que el príncipe se burlara de su persona sin embargo él se mostró sorprendido por el interés de la reina.

—La mayoría, si no es que todos, en la realeza, ni siquiera se esfuerzan en recordar mi nombre, me sorprende que usted lo haga —contestó bebiendo el resto de su copa.

Elsa tiñó levemente sus mejillas de carmín, y se aclaró la garganta. —Es mi deber como reina saber el nombre de mis invitados.

Él sonrió. —No, no lo es.

—Sí, sí lo es —insistió aunque sabía que no era del todo cierto, para ello tenían a una persona dedicada a esa tarea de recordarle a la reina los rangos y nombres de sus invitados.

Él no pudo evitar reír ante esa pequeña pelea infantil que estaban teniendo, sin embargo Anna llegó como un torbellino hacia ellos y luego de disculparse con su hermana se dispusieron a bailar y acto seguido, para disgusto de la reina, desaparecieron de su vista.

Pasaron varios minutos que para ella fueron una tortura de incertidumbre al no saber a dónde se habían metido esos dos, hasta que se abrieron paso hacia ella y apenas estuvieron frente a Elsa le pidieron su bendición para casarse.

—¿Boda? —tartamudeó sin entender.

Sus ojos de repente se encontraron con los de Hans. Su boca se abrió y cerró al ver la oscuridad detrás de él. Estaban llenos de preguntas sin respuesta hasta el punto de que eran casi tentadores.

Anna sonreía cómo tonta enamorada. —¿Y bien que dices, Elsa?

Los ojos de Hans seguían fijos en la reina, quien tragó saliva y trató de apartar la mirada, pero ella no podía hacerlo. Deseaba tanto saber qué se escondía o enmascaraba detrás de ellos que no se atrevía a apartar la mirada.

¿Fue solo su imaginación de que él podría estar igualmente perdido en sus ojos como ella lo estaba en los suyos? Eso hizo que se sonrojara y desviara la mirada apenada.

—¿Hans, estás bien? —le llamó Anna.

Hans tosió aclarándose la garganta, saliendo de su aturdimiento y asintió tranquilizadoramente.

—Sí, Anna —dijo rozando su mejilla—, estoy bien, no te preocupes, es solo el cambio de clima —se excusó y Anna se lo creyó.

Elsa observó cómo se coqueteaban de una manera que le ocasionaba nauseas. Sintió que sus guantes se rasgaban bajo la tensión del hielo que ahora se extendía desde las yemas de sus dedos. Hizo una mueca intentando fingir una sonrisa pero no pudo ocultar su enojo por más tiempo.

—No tienen mi bendición. Anna aún eres muy joven para casarte y no te casarás con un hombre que apenas conoces —dijo esto con molestia.

—Majestad, ¿podría…?

—No, no puedes —dijo cortante dejándolos atrás.

¿Cómo se atreve a querer casarse con mi hermana? ¡Es un insolente!

Anna se apartó de Hans y fue tras ella, tomó su guante izquierdo y aunque su hermana trató de agarrarlo ella lo mantuvo fuera de su alcance.

Elsa empezó a sentir el frío invadirla y podía intuir que sus poderes se saldrían de control, por lo cual lo dejó y empezó a caminar hacia las puertas.

—¿Qué te hice? —preguntó Anna y todo el salón guardó silencio al notar la discusión—. ¿Por qué excluyes a todos?

—Basta, Anna —le dijo por encima del hombro.

—¡No! ¿por qué huyes de todos? ¿Qué te da tanto miedo? —exigió saber Anna.

—¡Dije silencio! —gritó la reina, dejando salir su magia. Todo el mundo la observó con miedo y sorpresa.

—¡Brujería! ¡Es una bruja! —escuchó al duque Weselton gritar e intentó encontrar el pomo de la puerta con la mano enguantada. Finalmente lo encontró, lo abrió y salió corriendo sin mirar atrás.


¡Hola!

Me disculpo por el retraso pero me enferme y no había podido actualizar hasta hoy.

¡Feliz navidad y próspero año nuevo!

¡Nos leemos!