Final imaginario del siglo XIX

En estos tiempos, las personas que poseen extraños poderes provenientes de su cuerpo o incluso de misteriosas y poderosas armas, son conocidas como ladrones, escoria de la humanidad que roba hermosas y valiosas obras de arte, estatuas o joyas de diversos museos de todo el mundo, con la esperanza de reunir los 108 trozos de inocencia perdidos.

OOOOO

-Bruno Yamana. – Umiko respondió seriamente la pregunta de Lavi. - Muchos lo conocen como el cazador de ladrones. Es... mi hermano mayor.

Bruno bufó.

-Pareces estar bien informada sobre mí.

-Necesitaba saber si ese día habías muerto o continuabas siendo torturado por los experimentos. – agachó la mirada. – Para mí desgracia... fue lo segundo.

-¿Qué experimentos? – se atrevió a preguntar Komui.

-Cuando nuestros padres fueron asesinados por unos Akuma, a Umiko y a mí nos llevaron a un hospital en Londres, donde, día tras día, fuimos ratones de laboratorio para los doctores que trabajaban ahí. – explicó Bruno, concentrando toda su atención en Umiko. - Su objetivo, era crear un ejército con un nuevo tipo de criaturas. Más inteligentes y más mortales que las creaciones del Conde. Con lo que no contaban esos estúpidos, era con que el suero que tanto trabajo les costó crear, solo fuera compatible con dos humanos. – sonrió. – Por eso te salvé la vida, Umiko. Para saber quién de nosotros, es el demonio de Shizen más poderoso.

La joven entornó los ojos. Tomando el guante de metal oscuro que llevaba en su brazo derecho, con su mano izquierda, accionó un botón oculto que lo transformó a su verdadera apariencia. El brazalete azul oscuro con tres franjas doradas. Luego de moverlo hacia sus dedos para quitárselo, se llevó su mano derecha a sus lentes, apartándolos de su rostro.

-Komui-san. – se giró hacia atrás y le extendió los objetos al aludido. – Se los encargo mucho. Son mis más grandes tesoros.

El hermano mayor de Lenalee asintió, recibiéndolos con cierto temor en las palmas de sus manos temblorosas.

-¿Umiko? – Lavi la llamó, viendo como pasaba entre él y su abuelo, dejando caer de sus hombros, la capa negra que la identificaba como ladrona de la orden oscura. - ¡O-Oye! ¡¿Q-Qué haces?! – preguntó, enojado y confundido.

-Cuando herí gravemente a Kie-san, juré que jamás volvería a usar a mi demonio. - parpadeando una vez, cambió el color de sus ojos de un violeta brillante a un carmesí penetrante. - ¡Pero si esta es la única forma de salvar a mi hermano, ENTONCES LO HARÉ!

Doblando los brazos y extendiendo sus manos hacia arriba, le dio paso a una transformación bestial con la que los demás quedaron abrumados. Su piel era peluda y violeta. Sus orejas se alargaron, asemejándose a las de un conejo.

Sus brazos y sus piernas crecieron, al igual que el resto de su cuerpo, siendo la combinación de un gorila con un lobo enorme. Pese a ello, sus ropas continuaban intactas. Usaba una blusa sin mangas de color blanco y una falda negra, cuyos pliegues se desbordaban con libertad sobre sus rodillas flexionadas.

Una vez que quedó preparada, levantó la cabeza para liberar un inquietante gruñido entre sus filosos colmillos. Y haciendo presión en el suelo; con sus grandes patas de lobo, dio un gran salto hacia Bruno.

Este último, sonriendo, les dio una indicación a Ruri y a Hari para que se separaran en dos direcciones diferentes y también se transformó. Su pelaje era de color negro y su altura superaba a la de Umiko, por dos cabezas.

-¡¿Q-Q-Q-Q-QUÉ RAYOS...?! – exclamó Lavi, asustado con el enfrentamiento de los demonios frente a ellos, soportando la fuerza de cada uno con sus manos.

Bookman y Komui tampoco podían creer lo que veían. La dulce Umiko, quien se esforzaba por recolectar junto a ellos los trozos de la inocencia, era una sobreviviente de los siniestros planes de la familia de Noé. La prueba viviente de que nadie estaría a salvo, si el Conde del milenio se apoderaba del mundo.

De pronto, Ruri apareció al lado derecho de Lavi, atacándolo en repetidas ocasiones con su lanza. Junto a él, Bookman lidiaba con las espadas gemelas de Hari, usando sus agujas como escudo, para protegerse a sí mismo y a Komui y atacar a la joven.

El pelirrojo apenas y podía esquivar los ataques de su adversaria. Lo había tomado tan desprevenido que ya tenía una cortada en su mejilla izquierda y en su pierna derecha.

Sonriendo a carcajadas, la chica de la armadura azul no dejó de atacarlo, hasta que, de pronto, un objeto; lanzado desde lejos, se interpuso en su camino, haciéndola retroceder un paso y voltear con curiosidad hacia su derecha.

-¿Una flecha morada?

-¡Garras de acero!

InuYasha la atacó en su costado izquierdo, haciéndola girarse y retroceder de nuevo, reuniéndose con Hari sobre una pila de escombros.

Al otro lado, llevando su pelea a los alrededores de la torre, Umiko continuaba enfrentándose a Bruno; defendiéndose de sus puñetazos y patadas, para luego contratacar con más fiereza.

La batalla entre los dos demonios llamó por unos segundos la atención del Hanyou, antes de escuchar con desconcierto unas risas de parte de Ruri y Hari.

-¡O-Oigan, locas! – exclamó Lavi. - ¡E-Está bien que InuYasha esté bien feo pero no es para tanto!

Al instante, se ganó un puñetazo por parte del mencionado, quedando medio muerto sobre los trozos de un pilar.

-Mocoso imprudente. – masculló Bookman, con Komui viendo la escena con una gotita de sudor bajando por su cabeza.

-¡¿Se encuentran bien?! – cuestionó Kagome, llegando con ellos desde el pasillo más cercano.

Al verla, Ruri y Hari comenzaron a reír de nuevo.

-¡Menomaru-sama sí que es alguien cruel...! – aseguró la dama de cortos cabellos azules.

-¡...al haber permitido que alguien como Cross Marian te quitara tu sello! – agregó la chica de cabello rosa pálido, dirigiendo sus ojos a InuYasha.

-¡Pero...! ¡Sin duda, lo que resulta más gracioso...!

-¡...es que terminaras enamorándote de la misma chica!

-¿La misma chica? – cuestionó Lavi, recuperándose de su golpe y volteando confundido de un lado a otro.

-¡Kikyo y Kagome no son y nunca serán la misma persona! – gritó InuYasha.

-¿Y porque te acercaste a ella? – preguntó Ruri.

-¿No fue por el gran parecido que tiene con Kikyo? – cuestionó Hari.

-Cállense... - el muchacho gruñó por lo bajo.

Las chicas bajaron de la pila de escombros y, sin dejar de sonreír, caminaron a su alrededor.

-Admítelo, mitad bestia. – dijo Ruri, yendo hacia la derecha.

-Sin importar cuanto lo intentes, jamás podrás olvidar a Kikyo. – agregó Hari, yendo hacia la izquierda.

-Su recuerdo siempre te perseguirá...

-...hasta el día de tu muerte.

Con su paciencia agotada, el Hanyou desenfundó de un solo movimiento su espada, transformándola y levantándola por encima de su cabeza.

-¡Viento...!

Antes de mover su arma en dirección a Hari, Ruri saltó hacia él, acortando la distancia entre sus rostros.

-Esperaba que hicieras esto. – comentó con una sonrisa, haciéndolo gruñir más.

Aproximando el filo de su lanza, hacia la hoja de colmillo de acero, hizo que lo atravesara, absorbiendo su poder sobrenatural, su forma y sus técnicas.

Los presentes miraban aquello asombrados, entrando en pánico una vez que la lanza de Ruri se convirtió en la espada de InuYasha, dejando a la verdadera, en su forma oxidada y antigua.

-No... puede ser... - murmuró para sí, con su mano temblando en la empuñadura.

Mientras tanto, la joven de la armadura azul levantó su nueva espada sobre su cabeza, usando solamente su mano derecha.

-¡Viento cortante! – exclamó, dirigiendo su ataque hacia Bookman, Komui y Kagome.

Reaccionando al grito de esta última, InuYasha corrió hacia ellos, enfundando su espada, para sacarla por completo de la cinta donde la tenía amarrada a su cintura, y colocarla de forma horizontal con sus manos. El suelo a su alrededor se fracturó con 5 franjas gruesas.

-¡InuYasha! – Kagome lo llamó, viendo asustada como su campo de fuerza comenzaba a ceder ante el ataque.

-¡Bookman! ¡Llévate a Komui y a Kagome! ¡Rápido! – pidió el Hanyou, empujando un poco más su barrera para resistir.

El anciano ya estaba preparando sus agujas, como un par de plataformas que les serviría para transportar a la joven y a su líder.

Para su mala suerte, Hari fue más rápida, posicionándose a la izquierda de todos para tomar varios pétalos de las flores que llevaba en su cabeza. Soplarlos y transformarlos en agujas de luz que cambiaron a inmensas bolas de fuego.

-¡Martillo...! – Lavi saltó como pudo y cambió el tamaño de su arma.

Sin embargo, al ver lo interesante que era, Ruri devolvió su lanza a la normalidad y saltó hacia él, quitándole su forma, su poder y su técnica, hasta hacerlo minúsculo. Un momento que la joven aprovechó para desmayar al pelirrojo con una patada.

-¡Lavi! – Bookman lo llamó, viendo horrorizado, al igual que Komui y Kagome, como Ruri transformaba su lanza en el martillo de tamaño variable, dando un salto e incrementando su tamaño.

-¡Es su fin! – sentenció a carcajadas, teniendo la intención de aplastar a los tres ladrones y al líder de la orden oscura.

Pero, para su gran sorpresa, algo impidió que el martillo se impactara contra sus cuerpos. InuYasha, soltando su espada, empujaba hacia arriba la superficie del martillo, con las palmas desnudas de sus manos y su cabeza. Gruñía mientras aguantaba el peso, detalle que le pareció tan interesante a Ruri, como para aumentar la fuerza de su ataque, consiguiendo que el Hanyou gruñera más e hiciera otra mueca.

-M-Maldita... - susurró enojado.

Mientras tanto, Komui, Kagome y Bookman salieron ilesos, para luego ser recibidos por un ataque de parte de Hari. Moviendo sus espadas gemelas, creó una "X" roja que se dirigía a ellos, al igual que un cohete.

Reaccionando, Bookman juntó todas las agujas que pudo, creando un escudo que los protegió. Lamentablemente, este no le permitió ver el próximo ataque de la joven de cabello rosa pálido, recibiendo de su parte, una fuerte patada en su pecho que lo hizo escupir saliva, enviándolo por los aires hacia un pilar que quedaba todavía de pie.

Ya sin la protección de las agujas, Hari apuntó con sus espadas a Kagome y a Komui. La ladrona, dispuesta a defender al hermano mayor de Lenalee, estiró hacia atrás la cuerda de su arco negro, invocando una flecha roja.

-¡¿Q-Qué es lo que buscan?! – cuestionó, frunciendo el ceño.

Hari bajó sus espadas y la señaló con su mano derecha, sorprendiéndola, tanto a ella como a Komui.

-En un principio, solo queríamos a Umiko Yamana, ya que su poder es indispensable para los planes de Tyki Mikk. – explicó. – Sin embargo, al ver tu gran parecido con la Exorcista Kikyo... - apareció y reapareció más cerca de ella, golpeándola con fuerza en el estómago. - ...estoy segura de que el amo Menomaru estará encantado de recibirte.

-¡Kagome! – InuYasha la llamó, viendo abrumado como caía inconsciente en los brazos de Hari.

Komui quiso sacar una de las armas que aún le quedaban en sus ropas, pero la joven de cabello rosa pálido no lo dejó, hiriéndole el brazo derecho y las piernas.

-¡Oigan! – al otro lado, sobre los escombros de la fachada, Bruno sostenía en su costado izquierdo a Umiko. Los brazos y las piernas le sangraban. Y sus ropas estaban maltratadas y llenas de tierra. - ¡Ya dejen de jugar y vámonos!

InuYasha frunció el ceño. Y, comenzando a gritar, empezó a empujar con más fuerza el martillo, desequilibrando a Ruri, sosteniendo el palo.

-Gusano infeliz... - la joven sonrió, sometiéndolo a más presión, hasta que, finalmente, consiguió vencerlo, aplastándolo de lleno con el arma.

Komui, tirado bocabajo entre los escombros, sintió una horrible culpa en el pecho por no haberlo ayudado.

Sin embargo, para la gran sorpresa de todos, InuYasha pudo levantarse de nuevo, arrojando, esta vez, la copia del gran martillo, de vuelta a su dueña. Una vez que se aseguró de que estuviera lejos de su líder, flexionó las rodillas y dio un gran salto hacia Hari. Ella sonrió confiada, sintiendo el aura de Bruno a sus espaldas.

El detective de la policía volvió a tomar su forma de demonio negro, saltando hacia el Hanyou para golpearlo con su gran puño, estampándolo hacia la pared donde aún se hallaban colgados algunas pinturas viejas.

Al verlo inconsciente, con sus ojos blancos, y rodeado por una gran mancha hecha con su propia sangre, Ruri sonrió y deshizo la transformación de su lanza. Se levantó y se reunió con Bruno y con Hari, marchándose de la orden oscura por medio de un portal.

Fin del capítulo.