Pesadillas, me he familiarizado con ellas, conozco una amplia variedad de los terrores que habitan en mi subconsciente, desde el día en el que logré escapar de la neblina, el día en el que superé mis miedos fue el día en el que mis noches se plagaron de recuerdos de todo lo que vi en mi prisión del mundo espíritual, a pesar de que logré ver más allá de mis temores, me resulta imposible no reaccionar a las terribles imágenes que mi mente recrea noche tras noche.
Ser valiente no es sinónimo de no temerle a nada, ser valiente implica ser capaz de ver tus miedos y enfrentarlos para poder llegar más allá de los límites que estos marcan en tu vida.
¿Pero qué pasa cuándo sigues adelante a pesar de tus miedos y estos terminan por apoderarse de tu vida?
Vivir en un mundo en el que tus temores están presentes a cada segundo del día es peor que vivir atrapado en pesadillas todas las noches de tu vida.
La guerra fue dura con todos los que participaron en ella, no perdonó a nadie, gente de Las Tierras Frías del Norte, de Las Tierras Frías del Sur, de Ba Sing Se, del Antiguo Reino fuego y por supuesto, del pueblo sobre las ruinas de Ciudad República, todos pagamos un precio alto por aquella batalla.
Intentaré narrar los días que siguieron después de la guerra lo mejor que pueda, mi experiencia personal, porque es algo que necesito para mí misma, necesito un punto de referencia que me ayude a ver el avance que hemos logrado después de la terrible madrugada del bombardeo.
Tengo que aclarar que mis recuerdos no son claros, una de mis heridas fue un golpe en la cabeza y hay muchas cosas que se borraron de mi mente, muchas cosas que no supe distinguir entre sueños y realidad.
La guerra se libró durante la noche de un jueves y parte de la madrugada del viernes, eran inicios de Septiembre, el invierno se aproximaba pero esa noche se asemejó más a una noche de verano, un poco cálida y con el cielo despejado.
Las heridas que recibí durante la batalla me impidieron formar parte de los líderes que ayudaron a motivar a la gente después de haber vencido a nuestro enemigo, mi ausencia se prolongaría por meses así que se puede decir con seguridad que yo no ayudé mucho a la recuperación del pueblo.
Yo fui trasladada al mundo de los espíritus, me sumergieron en un oasis de agua espiritual y Katara debió mantener mi energía fluyendo día y noche, Desna se encargaba de traerle agua y comida, en ocasiones él también ayudaba un poco para brindarle unos minutos de descanso a Katara pero según escuché, ella trabajó sin descanso durante poco más de cuarenta y ocho horas.
Personalmente no recuerdo haber estado en el mundo espiritual, no sufrí dolor, tampoco hambre o sed, no sentía nada, era como no estar ahí, Katara hizo todo lo que pudo por sacarme del peligro, gastó todas las energías que tenía disponibles en su envejecido cuerpo y el Domingo al medio día, cuándo mi corazón recuperó un poco de fuerza, Desna se ofreció a tomar su lugar para que pudiera reponer energías.
A partir de ese día ambos comenzaron a turnarse, sin la ayuda de un maestro agua mi cuerpo estaba destinado a fallar, el daño recibido había sido más de lo que cualquiera hubiera podido soportar y ni la ayuda del agua espiritual bastaba para sanar mis heridas lo suficientemente rápido, lo más fácil hubiera sido dejarme partir, pero nadie estaba dispuesto a hacer tal cosa, todos se encontraban severamente lastimados, habían perdido demasiado y se negaban a perder más.
Mako renunció a su puesto como jefe de la guardia para poder permanecer a mi lado en todo momento, se aseguraba de llevar comida suficiente para que los tres pudieran comer y también acarreó equipo médico para conectar mi brazo izquierdo a una bolsa de suero que alimentara mi cuerpo mientras yo permanecía inconsciente.
El jueves Suyin envió a más maestros agua para respaldar a Katara y a Desna, así se formó una guardia de maestros agua que cuidaban de mi día y noche, los cuidados intensivos duraron dos semanas y cuándo mi cuerpo se estabilizó un poco más se me permitía descansar sin ayuda de un maestro agua, aún así necesitaba de sus cuidados una o dos veces al día porque mi energía se debilitaba tanto que temían que pudiera apagarse por completo.
Al cumplirse un mes de mi estancia en el mundo espiritual, Katara sugirió moverme a una habitación de la clínica que tenían operando en el pueblo, a esas alturas mi cuerpo ya había sanado pero por algún motivo mi conciencia permanecía perdida en un lugar que incluso yo desconozco.
Aquí es dónde mi memoria se vuelve confusa, como un laberinto, estoy segura que hubo momentos en los que estuve consciente pero debieron ser momentos cortos y débiles porque los recuerdos se mezclan con sueños, sentimientos e ideas que pasaban por mi mente.
Mucha gente me ha preguntado si tengo recuerdos de los días en los que permanecí inconsciente, y aunque la respuesta es afirmativa, nunca me he permitido hablar abiertamente al respecto, hasta el momento he preferido decir que no recuerdo nada porque durante ese tiempo mi estado de ánimo llegó lo más bajo que jamás ha estado.
Esta vez me permitiré expresarlo a través de este medio pues se dice que es más fácil sanar los malos recuerdos cuando los desahogas de alguna manera, y a decir verdad, no creo ser capaz de compartir mi experiencia de otra forma que no sea escrita.
Lo siguiente se remonta a mis días en la clínica dónde pasé tres meses en cama:
Me encuentro recostada, no veo nada, mis ojos están cerrados, puedo sentir mi pecho subir y bajar al ritmo de mi respiración, siento algo en mi brazo izquierdo, no pertenece a mi cuerpo y es incómodo pero algo dentro de mí me dice que no debo intentar mover ese brazo o retirar lo que sea que hay en el.
Mi mente se siente extraña, hay demasiado ruido y silencio a la vez, no tengo las fuerzas necesarias para abrir los ojos o mover los dedos, solo puedo limitarme a respirar y a intentar ignorar el dolor que me invade el cuerpo entero.
Voy y vengo, nunca permanezco demasiado tiempo despierta y cuando logro recuperar algo de conciencia no soy capaz de recolectar lo suficiente de mí para entender lo que está pasando, pero no importa, porque hay una pesada angustia que anida en mi pecho cada vez pienso en volver a la realidad, se siente como si no quisiera enfrentar nada en lo absoluto, simplemente no tengo las energías para hacerlo, solo quiero dormir, descansar y seguir descansando... para siempre.
Escucho voces ir y venir, por el momento no siento el paso del tiempo así que no sé cuánto duran hablando y cuánto duro a solas, puedo reconocer aquellas voces, en mi mente tienen rostro, no sabría qué nombre utilizar para ellas pero sí sé que apariencia tienen.
Me angustia que la mayoría de ellos suenan tristes y preocupados, todos parecen estar al borde del colapso, todos se escuchan débiles y sin esperanza, me preocupan, pero tengo miedo de despertar, abrir mis ojos y contemplar la tristeza que escucho en sus voces, así que permito que el cansancio me arrastre de vuelta a un sueño profundo y silencioso sin sonidos o imágenes.
Puedo escuchar a Katara hablando, sé que lo que dice es acerca de mí y sé que no es algo positivo, esto debería angustiarme, pero no lo hace, solo escucho y guardo silencio, al parecer les preocupa que no haya despertado, aún así no siento la necesidad de decirles que estoy aquí, con ellos en la habitación, escuchando... A decir verdad no sé si tengo miedo a intentar despertar y no poder hacerlo, lo único que sé es que despertar me causa terror, no quiero volver, aquí estoy bien, segura en mi interior, a salvo de todo y cerca de nada.
Sé que el tiempo está pasando, se que pasa más rápido para mí porque al dormir no estoy aquí y al despertar las horas del día ya se han consumido, ya que duermo la mayor parte del día tengo la sensación de viajar hacia el futuro, creo que tal vez he llegado a dormir días enteros, pero como dije antes, no tengo noción del tiempo, solo sé que a pesar de que yo no lo sienta el tiempo sigue ahí, soy yo la que no le presta atención y lo deja pasar desapercibido.
Voces van y vienen, ahora me doy cuenta de que rara vez me encuentro sola, también puedo sentir el suave roce de caricias acompañadas de palabras cálidas que me piden volver.
Una parte de mi quisiera ser capaz de ignorar ciertas ideas y simplemente hacerlo, regresar con ellos, muchas personas han venido a verme, amigos, viejos conocidos, trabajadores del pueblo, la lista es larga y a pesar de reconocer a la mayoría de ellos no puedo dejar de lado el hecho de que en todo este tiempo no he escuchado a mi padre, él no está, no ha venido ni una sola vez, siento que han pasado años aunque es probable que ese no sea el caso, de cualquier manera sé que ha pasado suficiente tiempo para que él pueda visitarme, pero no, no está, no está aquí conmigo y entiendo que tal vez tampoco esté ahí, con ellos, creo que él se ha ido y no me siento preparada para aceptarlo.
Me pregunto si le ha pasado a otras personas, sentirse intimidados por el sonido del llanto de una persona, no es un llanto agresivo o desesperado, no, es un llanto sincero y lleno de emoción. Tal vez no fue el llanto en sí, tal vez lo que me atemorizó fue saber que provenía de ella, una mujer que nunca imagine escuchar así, tan triste y abatida.
Kuvira llora y pide perdón, ha posado su frente sobre mi mano izquierda que reposa sobre la cama, sostiene mi mano y continúa llorando, sus lágrimas empapan mi piel y yo la escucho, repite que me ha fallado, repite que debió hacer más por ella y continúa llorando, mi corazón se encoge, no necesita pronunciarlo para que yo entienda, el tiempo ha sanado el dolor que invadía mi cuerpo y eso me ha servido para recuperar algo de coherencia en mis pensamientos.
Mi padre no es la única ausencia que he notado, mi vida se siente hueca pero no he querido pensar al respecto, porque lo sé, yo no estaba despierta, en aquel tiempo no tenía las fuerzas necesarias para pensar, pero lo escuché, era Lin, su voz parecía un triste eco arrastrado por el viento, el eco de un espíritu en pena que traía con él el mensaje que me arrancó las ganas de seguir luchando.
"No pudo haber sobrevivido a algo así ¡Katara la isla entera voló por los cielos! - Sollozó. - ¡Por todos los espíritus! No entiendo de qué manera logramos salir de ahí, aquel era un infierno de fuego y roca derretida, nadie hubiera logrado escapar, mucho menos a la distancia a la que ella se encontraba, el suelo debió abrirse bajo sus pies... -"
Respiró profundamente tratando de tranquilizarse y luego escuché a Katara silenciar a Lin.
"Tranquila, ven, este no es lugar para hablar de eso"
Su voz vieja y desgastada fue lo último que logré registrar de aquel día, el llanto de Kuvira me ayudó a recordarlo...
Lo sabía, no tenía sentido despertar, no había ningún propósito, dormir era lo mejor que podía hacer, estaba segura de que Kuvira entendería que yo no le guardaba ningún rencor y esperaba que tarde o temprano entendiera que nada de lo ocurrido había sido culpa suya.
Mientras tanto no había nada que ella o nadie pueda hacer por mí, me sentía exhausta, aún no era capaz de mover mi cuerpo, no podía abrir mis párpados o mover los dedos, no podía hacer nada pero tampoco quería esforzarme por hacer algo, no podía, simplemente no estaba en mi, el peso que había caído sobre mis hombros era más del que podía soportar.
Volví a dormir, esta vez mi intención era clara, no quería volver a escuchar aquellas voces, no quería imaginar sus rostros y recordar lo feliz que me hacía compartir mis días con ellos, no, lo único que quería era desaparecer, así que lo intenté, dormía y al despertar lo único que hacía era buscar la manera de volver a dormir.
Era mejor así, porque de ser sincera no sabía de qué manera explicar lo que sentía, sabía que necesitaría de mucha ayuda y sabía que habría gente dispuesta a brindármela, pero nadie podría ayudarme porque yo no sabía de qué manera explicarles que todo me dolía, no era un dolor físico, era algo que no podía ver o tocar, pero estaba ahí y sabía que ninguno de ellos sería capaz de arrancarme ese dolor del pecho para hacerme sentir mejor.
Mi cuerpo tiembla violentamente, tengo frío pero sé que me encuentro bañada en sudor, me duelen las articulaciones, la cabeza y el pecho, esta vez es algo real, algo que ellos pueden ver porque puedo escuchar a Katara dando órdenes e indicaciones de moverme a una tina con hielo.
Yo me quejo pero mi cuerpo está entumecido, lo único que escapa de mis labios es un débil gemido que apenas se puede escuchar, dentro de mi cabeza me encuentro gritando con todas mis fuerzas y aún así lo único que escucho salir de mis labios es una respiración agitada.
- Creo que despertó. - Habló uno de los enfermeros.
- No hay tiempo que perder, métela a la tina, esto no debería de estar sucediendo, su cuerpo ya se recuperó. - Katara sonaba preocupada. - Esto lo está haciendo ella, se ha rendido. - Suspiró.
- Vuelve, por favor, te necesitamos. - La escuché murmurar, entonces logré ver sus ojos azules mirándome de frente, su rostro lucía sumamente angustiado. Al percibir mi mirada Katara no perdió la oportunidad de intentar razonar conmigo.
- Tienes que volver, no te podemos perder a ti también. - Me rogó desesperada pero haber abierto los ojos me drenó las únicas energías que tenía, mi mente volvió a dejarse llevar y una vez más todo fue obscuridad.
De nuevo perdí la noción del tiempo, mi mundo volvió a llenarse de voces, la fiebre se había ido, el cuerpo ya no me dolía pero mi espíritu se sentía apagado, entumecido, pensé que ninguna de aquellas voces podría ayudarme porque ninguna de ellas era la voz que quería escuchar.
Amigos, rebeldes, aliados, voces de todas partes del mundo, todos me contaban historias alentadoras, me contaban sobre sus vidas, me platicaban lo que ocurría en el pueblo, me acompañaban y me alentaban a volver, solo así supe que todo estaba avanzando, la gente se escuchaba menos asustada, menos devastada.
No estoy segura de qué me hizo volver, pudieron ser los esfuerzos de toda la gente que se tomaba el tiempo de visitarme y contarme historias, o tal vez fue porque mi cuerpo había terminado de sanar lo que le hacía falta, pero de pronto recuerdos fragmentados inundaron mi mente logrando separarme de aquel momento tan doloroso en el que me encontraba congelada hasta ese día.
Recordé quien era.
Asami Sato, hija de Hiroshi Sato, líder del pueblo sobre las ruinas de Ciudad República, campeona del coliseo rebelde, líder de la alianza rebelde y la fiel compañera de vida de Korra, el Avatar.
Esa fue la primera vez que desperté de verdad, mis ojos se abrieron lentamente revelando una imagen borrosa del lugar en el que me encontraba, era inevitable, cada una de mis células se sentía agotada, cada fibra de mis músculos parecía encontrarse a punto de reventar con cada movimiento que intentaba hacer, mi respiración comenzó a agitarse después de mover el brazo derecho, quería tallar mis ojos y ver si así podía aclarar la imagen que tenía frente a mí pero cualquier movimiento, por mínimo que fuera, demandaba energía con la que no contaba.
Aturdida, desorientada, mareada y cansada, opté por permitir que mi espalda descansara sobre la cama otro poco, de cualquier manera no podía hacer nada más, sentía la garganta terriblemente seca al igual que el resto de la boca, era como si mi cuerpo se hubiera rendido y por algún motivo desconocido yo siguiera habitándolo en contra de su voluntad, todas las sensaciones que llenaban mis sentidos eran negativas y poco placenteras, quería saber que ocurría, quería saber quién era y qué se suponía que debía hacer, pero al no verlo posible decidí permitir que mis ojos descansaran otro poco y volví a dormir.
El tiempo continuó corriendo como siempre, yo no sabía si era de día o de noche, me limitaba a reunir las energías suficientes para desafiar la realidad un vez más, quería abrir los ojos y lograr ver algo, lograr enderezarme en la cama y recordarlo todo, cosas sencillas y de poca dificultad para cualquier persona que inicia su día cada mañana, cosas que la mayoría hace sin pensar, y sin embargo ahí estaba yo, postrada en una cama de la cual no lograba apartarme sin importar cuanto lo deseara.
Noches y días sin sueños o pensamientos me hacían sentir parte del mobiliario de la habitación ¿Qué me volvía diferente a un objeto? Ahí descansaba inmóvil, no hacía nada, no pensaba nada y no sentía nada, estaba cansada de sentirme así, necesitaba un cambio.
Abrí los ojos ignorando el tiempo que había pasado desde la última vez que intenté hacer lo mismo, porque no importaba, en mi mente no existía el tiempo, solo existían fragmentos de imágenes que iban y venían, imágenes que no sabía si había vivido o soñado.
La imagen comenzó a aclararse al cabo de un par de minutos, estaba contemplado el techo de la habitación, un techo blanco y poco llamativo que me ayudaba a tranquilizarme, tal vez la simplicidad del color y lo vacío y liso de la superficie me llevaban a no pensar en nada, no sé exactamente cuál fue el motivo, pero sé que permanecí observándolo por un largo periodo de tiempo.
Sin apartar la mirada del techo comencé a mover los dedos de los pies, minutos después comencé a mover los de las manos solo para sentir un agudo dolor subirme por el brazo derecho, algo no andaba bien, con dificultad levanté el brazo y acerqué la mano a mi rostro, enderecé un poco el cuello y observé la mano que tenía frente a mí, podía no estar segura de lo que estaba pasando a mi alrededor pero eso no me salvó de la impresión que sentí al ver aquella mano tan maltratada, cubierta con muchas cicatrices y dos dedos torcidos y desfigurados.
Los ojos comenzaron a arderme, sin querer había contenido la respiración, aquella mano me pertenecía, esa era mi mano derecha y ese era su estado actual, la simple idea me horrorizó ¿Qué había pasado? Me preguntaba intentando reprimir las lágrimas que caían una tras otra, todas silenciosas pero cálidas e imposibles de ignorar, entonces logré liberar el aire que había contenido y salió en la forma de un sollozo ahogado que continuó mientras yo batallaba para sentarme sobre la cama.
- ¡Maldita sea! - Emití palabras que incluso yo no fui capaz de escuchar con claridad, la garganta aún me picaba, necesitaba agua para hidratarla un poco, miré a mi izquierda y después a la derecha, nada además de un par de mesitas vacías, suspiré e intenté pasar saliva lo que resultó en un ataque de tos que de a poco me ayudó a encontrar las fuerzas necesarias para sentarme, era como estar quitando el polvo de un objeto viejo y abandonado, mi boca comenzó a generar saliva, mis músculos comenzaron a desentumirse, poco a poco lograba integrarme de vuelta al mundo físico.
La tos disminuyó hasta desaparecer y me dejó cansada, agitada pero bien sentada y con la libertad de usar mi cuello para girar la cabeza e inspeccionar la habitación, era la clínica, la primera clínica que habíamos tenido, pensé con seguridad sin saber bien de dónde provenía la idea.
Era de noche, lo pude confirmar después de notar la ventana y la obscuridad que había detrás de ella, por eso había mucho silencio a mi alrededor, no se escuchaba ni un alma cercana, nadie en los pasillos y nadie en las calles, solo yo en aquella molesta cama que ya se había grabado mi figura a la perfección.
Me aterraba atreverme, pero necesitaba revisar el resto de mi cuerpo, al terminar de inspeccionar la habitación me aventuré a mirar hacia abajo, pude notar mis pies descansando debajo de las cobijas, intenté moverlos, también las piernas, nada de eso detonaba dolor o incomodidad, todo ahí parecía estar bien así que continué subiendo hasta notar el suero que llevaba conectado al brazo derecho, eso me había ayudado a sobrevivir, suspiré volviendo a notar la mano y después de contemplarla miré mi mano izquierda, ahí noté más cicatrices pero no eran tan graves como en mi mano derecha.
Continuaba preguntándome sobre el origen de todo el daño que había recibido mientras desataba la bata blanca que me cubría el torso, sabía que ahí encontraría algo importante y quería comprobar que mis pensamientos eran acertados, que estaban respaldados por la realidad y que no eran producto de un sueño más, así que abrí la bata e inspeccioné mi abdomen, ahí encontré lo que buscaba, más cicatrices, en la boca del estómago y en un costado por debajo de las costillas.
- Por todos los espíritus... - Murmuré débilmente, las manos comenzaron a temblarme, todo estaba ahí, las memorias frescas como si todo acabara de ocurrir un par de horas antes, la guerra, mis peleas y mi derrota. - Espíritus... - Repetí entre pesados sollozos que al escucharlos no hacían si no disgustarme más.
¿Por qué debió ocurrir de esa manera?
Me lamentaba observando las rosadas cicatrices sobre mi piel, tenía miedo, de la violencia que había usado para lastimar a mis enemigos y de la violencia que se había grabado permanentemente en mi cuerpo, era demasiado tarde para hacer algo al respecto, ya no había marcha atrás, porque estaba realmente despierta y este no era otro de mis sueños.
No sé cuánto tiempo duré sola en la habitación, solo recuerdo que lloré hasta que mis ojos se hincharon y mi voz se volvió rasposa, no estaba del todo segura de las razones que tenía para llorar, pero sentía que necesitaba hacerlo y así lo hice, me sentía enojada, triste, impotente, sola y herida, muy herida.
Una enfermera debió pasar por el pasillo y escuchar algo porque se acercó a la puerta y asomó la cabeza, sus ojos se abrieron como platos al notar que me encontraba despierta, sus manos liberaron la perilla de la puerta y esta se abrió por completo permitiendo el paso de la luz del pasillo, yo la vi a los ojos durante un instante pero volví a bajar la mirada casi de inmediato, no la reconocía y honestamente no tenía interés en ella así que continué llorando.
- Señorita Sato. - La escuché pronunciar mi nombre pero me negué a responder a su llamado. - Enseguida vuelvo. - Me dijo con tono apresurado y enseguida desapareció, yo continué desahogándome como si no hubiera pasado nada, al cabo de un par de minutos aparecieron un par de asistentes más y el médico.
- Asami... - Dijo con una pronunciación tan delicada que parecía tener miedo de lastimarme con sus palabras, su voz me resultaba familiar al igual que su rostro pero aún me encontraba un poco confundida y su nombre no vino a mi mente de inmediato. - Soy yo, Tarrlok. - Se presentó.
Hubo silencio en la habitación, yo mantuve la mirada clavada sobre mi mano derecha, observaba detalladamente cada una de las cicatrices y la manera en que los dedos meñique y anular habían perdido su estructura original, no me gustaba lo que veía, me hacía sentir que, a pesar de encontrarse conectada a mi brazo, aquella mano era ajena a mí.
- Encenderé la luz. - Me advirtió.
- No. – Me apresuré a responder, hasta el momento había logrado ver gracias al tenue resplandor de una vela que reposaba sobre un estante a la derecha de mi cama, era obvio que la luz de un foco me ayudaría a ver mejor pero lo cierto era que yo no deseaba ver más, aún necesitaba procesar lo que acababa de descubrir y requería de tiempo para calmarme un poco antes de poder seguir adelante.
- ¿No? - Preguntó confundido.
- Por favor no la enciendas... - Le pedí sintiéndome extraña después de escuchar mi voz, sonaba rasposa, profunda y pesada, ajena a todo lo que había sido antes.
- ¿Te molesta la luz? - Preguntó, yo asentí con la cabeza y suspiré. - Necesito hacerte algunas preguntas, también unos exámenes para verificar en qué condiciones se encuentra tu cuerpo... - Continuó hablando, yo lo escuché sin decir nada, él debió tomar eso como una respuesta positiva porque dio inicio a un cuestionario que fácilmente pude responder con "si" o "no".
- Bueno, a excepción de tu mano derecha, parece que la mayoría de tu cuerpo ha sanado favorablemente. - Pausó mientras continuaba haciendo anotaciones en su libreta.
- Estoy cansada. - Declaré sin apartar la mirada de mi mano derecha, simplemente no podía dejar de verla, los dos dedos que se mostraban fuera de lugar no se movían como yo deseaba, se sentían rígidos y dolían cuándo intentaba forzarlos a moverse.
- Es normal que te sientas agotada. - Me aseguró. - Tal vez sea mejor dejarlo así por ahora, volveré a revisarte por la mañana para continuar con preguntas, esta vez serán referentes al estado de tu mente. - Me sonrió.
Yo asentí y me permití recostarme sobre el colchón una vez más, sentía que la cabeza me estaba por reventar pero no me quejé, no tenía interés en recibir ayuda de Tarrlok o de sus asistentes, simplemente quería reposar y volver a dormir.
La mañana siguiente llegó más rápido de lo que hubiera esperado, Tarrlok entró a mi habitación e intentó despertarme gentilmente pero no había nada que él o nadie pudiera hacer para regalarme un despertar tranquilo.
- Está bien... soy yo. - Intentó calmarme cuándo me enderecé rápidamente sobre la cama con los ojos desorbitados y la respiración agitada, había tenido otra pesadilla más. - Todo está bien, estás a salvo. - Continuó usando un tono de voz suave y gentil.
Sus ojos me inspeccionaron a detalle con cierto aire de preocupación en ellos, ahora que había más luz en la habitación era probable que fuera capaz de ver cosas que tal vez había omitido durante la madrugada.
- Asami. - Se aclaró la garganta. - ¿Sabes quién soy? - Preguntó, yo debí alzar la mirada y verlo a los ojos, sabía que lo conocía, su rostro me era familiar pero aún no era capaz de asignarle un nombre.
- No. - Suspiré.
- ¿Sabes quién eres tú? - Continuó.
- Asami Sato. - Respondí con inseguridad, hasta el momento solo recordaba mi derrota, recordaba haber asesinado a sangre fría a más de treinta personas, recordaba sus gritos y la expresión de horror en sus ojos cuándo mis dagas cortaban o perforaban sus cuerpos, recordaba el aroma de su sangre y recordaba sus ojos llenos de rencor cuando lograron derribarme y herirme.
- ¿Puedes recordar el nombre del asentamiento en donde naciste?
El silencio creció entre nosotros mientras me daba a la tarea de buscar rastros de recuerdos en lo que quedaba de mi memoria, Tarrlok me miraba preocupado y yo me negaba a admitir que mi cabeza parecía estar llena y vacía al mismo tiempo, sentía que había algo ahí pero no lograba encontrarlo.
- Está bien, no te esfuerces. - Tarrlok sonrió. - Recibiste un fuerte golpe en la cabeza que te causó una fractura en el cráneo, puede que exista un trauma en tu cerebro y que eso te impida recordar todo al instante, pero recuerdas tu nombre y eso es una buena señal.
- Tengo sed. – Respondí ignorando sus palabras casi por completo.
- Esa es otra muy buena señal. - Volvió a sonreír. - ¿Hambre? - Preguntó.
- No. - Negué con la cabeza.
- Bueno, de igual manera pediré un poco de comida, deberemos volver a acostumbrar a tu cuerpo a procesar comida sólida.
Cuándo dejó la habitación posé la mirada sobre mi mano derecha, tal como lo había previsto, la luz esclarecía la gravedad de la apariencia de las cicatrices, suspiré, aún me sentía oxidada y entumecida, desconocía el tiempo que había permanecido en cama pero gracias a la apariencia de mis brazos podía adivinar que había sido un tiempo prolongado porque mi complexión era extremadamente delgada, aunque mis recuerdos no eran para nada claros, sabía que ese no era mi peso regular.
- ¡Asami! - Mako entró seguido por un grupo de enfermeras y asistentes médicos, todos lucían molestos e insistían en querer arrastrarlo de vuelta al lugar de donde había llegado pero él se negó a obedecer y se adentró a la habitación. - Estás despierta... – Murmuró entre jadeos, lucía agitado, sorprendido y con los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer.
- ¿Mako? - Pronuncié insegura, él asintió con la cabeza y dio un par de pasos más hacia la cama.
- ¡¿Qué haces aquí?! - Tarrlok lo cuestionó. - Les dije que debían esperar afuera, Asami no se encuentra en condiciones para recibir visitas. - Reclamó.
- Lleva dormida poco más de tres meses, no creo que verse rodeada por médicos y enfermeras sea algo placentero para ella. - Mako arrugó las cejas y bufó. - Necesita a alguien cercano a ella a su lado. - Presionó.
- Sufrió un golpe muy serio en la cabeza y a penas recuerda quien es, lo que necesita es reposo y atención médica. – El médico defendió.
- Recordó mi nombre. - Mako se negó a rendirse, Tarrlok se mostró sorprendido y me miró con una ceja alzada, yo le devolví la mirada sin decir nada y al cabo de unos momentos pareció resignarse.
- Bien. - Exhalo lentamente. - Le hace falta desayunar. – Declaró resignado. - Por favor ayúdala, pero cuando termine deberás marcharte y esperar como el resto. - Le advirtió, Mako suavizó la expresión en su rostro y asintió con la cabeza.
- Está bien. - Accedió extendiendo las manos como señal para que el médico le hiciera entrega de la charola con comida y agua que llevaba con él.
- Recuerda no presionarla, su mente se encuentra muy sensible y es posible que no sea capaz de recordar nada. - Le advirtió, le entregó la charola y se marchó llevándose con él a las enfermeras y asistentes.
- Buenos días. - Mako me sonrió y se acercó tomando asiento en la silla que había al lado izquierdo de la cama.
- Buenos días. - Respondí sin ningún tipo de entonación en la voz.
- ¿Todo bien? ¿Te duele algo? - Se apresuró a preguntar, yo negué con la cabeza y suspiré, por algún motivo no podía parar de suspirar, me daba la impresión de que mi espíritu se escapaba un suspiro a la vez.
- Tengo sed. - Admití mirando el vaso con agua que llevaba sobre la charola, los ojos de Mako se abrieron como platos y de inmediato se puso de pie y me acercó el vaso.
- Aquí tienes ¿Puedes sostenerlo? - Preguntó, instintivamente levanté la mano derecha pero no tardé en retractarme y entonces levanté la mano izquierda, él no hizo preguntas y se limitó a hacerme entrega el vaso.
- ¿Qué te pasó? - La pregunta escapó de mis labios antes de que mi mente pudiera procesarla.
- Ah... - Mako sonrió siguiendo el enfoque de mi mirada directo hacia su mano izquierda. - Heridas de guerra. - Se encogió de hombros y volvió a tomar asiento.
- Lo siento... - Murmuré. - Es solo que todo está revuelto dentro de mi cabeza y nada me queda claro... - Me esforcé por explicarle.
- No te preocupes por eso, te entiendo. - Volvió a sonreír, a decir verdad se le notaba muy contento, sus ojos irradiaban un brillo especial que rara vez se apreciaba en él. - Cualquier otra persona en tu lugar no hubiera logrado sobrevivir... - Inició. - Y sin embargo aquí estás, sentada, tomando agua y hablando.
- No debí sobrevivir... - Repetí la idea sin ninguna intención en particular, simplemente era algo que resonaba en mi interior y que me hacía pensar.
- ¿Disculpa? No te escuché. - Me miró extrañado.
- Nada. - Negué con la cabeza y me llevé el vaso a los labios, la sensación del agua bajando por mi garganta resultó ser más placentera de lo que esperaba, Mako me observó en silencio mientras me terminaba el agua. - ¿Hay más? - Pregunté, él asintió con la cabeza y se puso de pie.
- Te dejaré esto aquí, intenta comer un poco, ya vuelvo. - Yo asentí con la cabeza y contemple la charola que me había dejado sobre las piernas, contenía una pequeña porción de arroz y verduras, no tenía ningún aroma en particular que llamara mi atención pero entendía que para mejorar debía intentar consumir un poco de aquella comida.
Mover mi mano derecha resultaba ser una completa molestia, los dedos meñique y anular continuaban estorbando y causándome dolor así que volví a optar por la izquierda con la que me las arreglé para sujetar torpemente la cuchara.
Me frustraba notar la debilidad que entorpecía las funciones de mi cuerpo, incluso algo tan básico como masticar me exigía hacer un par de pausas, Mako debió demorarse cerca de diez minutos en volver y en ese tiempo yo apenas había logrado llevarme la segunda cucharada de arroz a la boca.
- Te voy a dejar esta jarra aquí para que puedas servirte más agua cuándo la necesites. - Dijo colocando la jarra sobre la mesita que había a un lado de la cama y volvió a tomar asiento sobre la misma silla que había abandonado minutos antes.
Continué comiendo sin decir nada más y él me observó pacientemente, no me sentía presionada para hablar, su presencia me era demasiado familiar y reconfortante así que me permití alcanzar mi objetivo antes de volver a prestarle atención. - No puedo más. - Exhale pesadamente y recliné la espalda sobre la cabecera de la cama, me había terminado la mitad de las porciones que me habían servido, había alcanzado mi límite, mi estómago se sentía extraño y ya no tenía energías para continuar masticando.
Mako retiró la charola y la dejó a un lado de la jarra, ambos volvimos a guardar silencio y yo cerré los ojos.
- ¿Cómo te sientes? - Preguntó.
- Como si este cuerpo no me perteneciera. - Respondí al instante. - Me duele la cabeza, mis recuerdos son como un laberinto complicado y mis pensamientos no me llevan a ningún lado. - Concluí.
- Pudiste reconocerme. - Comentó.
- Pero hay muchas cosas que no recuerdo de ti. - Aclaré.
- ¿Qué recuerdas?
Suspiré e intenté concentrarme. - Que crecimos juntos... - Inicié. - Y que eres un renegado. - Agregué, él rió suavemente.
- Con eso basta. - Bromeo y yo sonreí.
- ¿Bolin? - Pregunté.
- Afuera, Tarrlok nos avisó que despertaste pero no nos permite entrar a verte porque dice que necesitas tiempo para recuperarte. - Me explicó.
- Tal vez tenga razón. - Suspiré y abrí los ojos volviendo a enfocar el techo blanco que había sobre mi cabeza. - Cualquier idea basta para que mi cabeza se sienta como la rueda de un carruaje, todo me da vueltas y me resulta difícil enfocarme en lo que quiero. - Intenté aclarar.
- Está bien, es comprensible. - Pausó. - Yo estoy aquí porque de verdad quería verte despierta, causé un alboroto en la entrada de la clínica y me colé. - Se encogió de hombros. - Lo lamento.
- No tienes porque disculparte, me alegra verte. - Giré la cabeza y me atreví a verlo a los ojos. - Al menos ahora sé que soy capaz de recordar un par de cosas. - Le ofrecí una sonrisa cansada, él asintió con la cabeza y liberó un profundo suspiro, estaba claro que deseaba cubrir más temas de conversación conmigo y que se estaba conteniendo, desgraciadamente tanto él como yo sabíamos que una conversación más elaborada me resultaría difícil de procesar.
- Creo que será mejor que me retire para que descanses un poco. - Se puso de pie.
- No. - La petición me salió sin pensar. - ¿Te podrías quedar un poco más? Aún no quiero contestar la lista de preguntas de Tarrlok. - Le dije con honestidad, Mako se sonrió y asintió con la cabeza.
- ¿Hay algo de lo que quieras hablar? - Me preguntó con voz suave.
- No. - Arrugué la frente y comencé a negar con la cabeza. - Bueno. - Pausé. - No lo sé. - Suspiré.
- Tranquila, puedo quedarme aquí en silencio, no hay problema. - Me aseguró.
- La guerra. - Inicié. - ¿La ganamos? - Lo miré.
- Si. - Respondió con seguridad. - Ya no hay ningún peligro ahí afuera. - Añadió, yo asentí la cabeza y volví a guardar silencio mientras imágenes de los aviones se proyectaban en mi mente.
- ¿Las bombas? - Pregunté.
- Golpearon el pueblo, destrozaron la mayor parte de los edificios. - Pausó. - Pero gracias a los maestros tierra y a nuestros aliados hemos logrado avanzar mucho en estos últimos tres meses, la mayoría de los pobladores ya tienen un hogar para ellos y sus familias. - Me dijo con entusiasmo.
- ¡¿Tres meses?! - Me enderecé de golpe y lo miré detenidamente, él se sorprendió por mi reacción pero se recuperó casi de inmediato, entonces su semblante se entristeció y sus ojos evitaron los míos.
- Tres largos meses. - Habló manteniendo la mirada sobre el suelo. - Pensamos que no volverías a despertar. - Sus palabras eran honestas pero me daba la impresión de que intentaba ocultarme algo.
- Tres meses... - Repetí, intentaba aclarar mis pensamientos, pescar recuerdos y obtener el material necesario para hacer las preguntas adecuadas, pero por más que intentaba no lograba aclarar la neblina que me nublaba el pensamiento.
Bomba, aliados, pueblo, guerra, pobladores, palabras que me eran muy familiares pero que no detonaban nada en mi interior.
- Supongo que por eso me siento tan cansada. - Respondí intentando no demostrar la tormenta que había en mi interior.
- Si, es normal. - Mako asintió con la cabeza, sus ojos aún me evitaban, ambos volvimos a caer en el silencio por un par de minutos antes de que Tarrlok asomara la cabeza por la puerta sin dar aviso alguno.
- ¿Terminaron el desayuno? - Preguntó, Mako me miró preocupado y yo negué con la cabeza indicándole que estaba bien, recordaba que él siempre solía protegerme cuándo éramos chicos y sabía que si identificaba a Tarrlok como a una molestia para mí se daría a la tarea de echarlo sin importarle que él fuera el médico a cargo de mis cuidados.
- ¿Está bien si Mako se queda durante la revisión? - Me apresuré a preguntar, Tarrlok se mostró indeciso, yo no le quité la mirada de encima y al poco tiempo se resignó.
- Si eso te hace sentir mejor por supuesto que se puede quedar. - Confirmó.
- Gracias. - Volví a relajar mi posición recargando la espalda contra la cabecera.
- Solo hay que esperar a una persona más y entonces daremos inicio. - Indicó, Mako y yo nos miramos confundidos pero no pasó mucho antes de que Katara entrara a la habitación, al verla no fui capaz de reconocerla, tenía la sensación de haberla visto antes pero no lograba ubicarla con exactitud.
- Asami. - Me dedicó la sonrisa más cálida que había visto hasta el momento, su presencia bastó para tranquilizar todas mis inquietudes, de inmediato noté que se trataba de alguien en quien podía confiar plenamente así que no me dio miedo admitir que no tenía idea de quién era.
- No te preocupes. - Respondió. - Con mi ayuda es probable que logremos sanar tu memoria.
Sus palabras eran alentadoras, de verdad deseaba poder recuperar cierta claridad mental, al mismo tiempo temía ser capaz de ubicarme y entender las consecuencias que la guerra le había traído al pueblo y a mis allegados, sabía que mi entendimiento iría más allá de mi misma y que el peso de todas las pérdidas caería de golpe sobre mis hombros.
- No creo estar lista. - Respondí un poco a la defensiva.
- Oh no, aún es demasiado pronto, primero tenemos que permitirle a tu cuerpo recuperar un poco de fuerzas. - La anciana volvió a sonreír.
- Está bien. - Asentí con la cabeza y me di a la tarea de responder las preguntas de Tarrlok mientras Katara y Mako observaban atentamente.
Según Tarrlok mi estado mental era prometedor, me explicó que era probable que mi mente comenzara a despejarse sola y que el tratamiento con agua control sería mínimo.
Al principio tuve una opinión neutral sobre su diagnóstico, me preocupaba considerar que pudiera estar equivocado, pero su teoría se probó a si misma cuando Tarrlok se encontraba a punto de marcharse.
- ¿En dónde está mi padre? - Pregunté de pronto, la imagen de su rostro llegó a mi mente de un momento a otro y fue entonces que noté su ausencia. Todos en la habitación parecían haber visto a un fantasma, incluso Mako, los tres me miraban sin decir nada.
- Asami... - Tarrlok inició.
- ¿Le ocurrió algo? - Me anticipé pues no había otra manera de interpretar sus expresiones, en ese momento mi mente comenzó a inundarse con imágenes de todo tipo de recuerdos, como cuándo encuentras la orilla de un hilo en tu ropa y decides tirar de él para cortarlo pero terminas siguiendo un largo camino a lo largo de la costura y terminas por sacarlo entero.
- El estaba en el centro de comunicación. - Comencé a retroceder en mis recuerdos hasta el momento en que me despedí de él. - Debía estar seguro. - Pensé en voz alta.
La última vez que supe de él fue cuándo hablaba por la radio con...
- Hiroshi... - Mako suspiró buscando la mejor manera de dar inicio a aquella conversación.
- Korra... - Murmuré dirigiendo mi mirada hacia Mako a tiempo para notar como sus ojos se entristecían aún más.
- ¡Ugh! - La cabeza comenzó a palpitarme, el dolor aumentó repentinamente hasta el punto de censurar mis pensamientos por completo porque no podía enfocarme en otra cosa que no fuera el intenso dolor y presión que sentía en la cabeza, Tarrloq corrió hacia mí y Katara se preparó para usar su agua control mientras yo caía aturdida sobre la cama.
Me dijeron que había sido un episodio de migraña, yo solo recuerdo haber perdido la visión parcialmente, y después, nada, había perdido la conciencia.
La siguiente vez que abrí los ojos ya era de tarde, mi cuerpo aún se sentía torpe y debilitado pero podía notar que las molestias habían disminuido considerablemente lo que me daba a entender que la comida me había ayudado a recuperar fuerzas y que si de verdad quería recuperarme debería esforzarme por comer apropiadamente.
El techo blanco de la habitación volvió a capturar toda mi atención mientras permanecía acostada, lágrimas silenciosas corrieron por mi rostro, me negaba a pensar en ello, a pesar de que ninguno de los tres dijo nada, sus miradas bastaron para comunicar lo que había ocurrido.
Ahora era capaz de recordar más sobre mí misma, entendía quien era Asami Sato y cuál era la función que cumplía dentro del pueblo y la alianza rebelde, aún me quedaban ciertas lagunas mentales y algunos recuerdos confusos pero cerca del ochenta por ciento de mis recuerdos ya se encontraban a mi completa disposición.
La expresión de horror y tristeza en los ojos de Mako no bastaría por sí misma para llevarme a tomar una conclusión definitiva, pero si a eso le sumaba que llevaba tres meses dormida y que en ese tiempo no había recibido ni una sola visita de ninguno de los dos, entonces bastaba para confirmar mis temores.
Las probabilidades de que alguno de ellos se encontrara en las mismas condiciones que yo se reducían a menos del 1 por ciento. Dormir por tres meses no es normal, la gente que resulta severamente herida suele morir, desconozco las condiciones que me llevaron a cumplir con los requerimientos para lograr algo así pero sé que es casi imposible que otra persona caiga en la misma situación, y la probabilidad de que esa otra persona pueda ser Korra o mi padre es aún menor.
Ahora, si alguno de los dos se encontrara a salvo jamás habría despertado sola en mi habitación, mi padre o Korra se habrían aferrado a pasar las noches a mi lado sin importar el tiempo que hubieran tenido que esperar por mí.
Una vez más rompí en un llanto pesado y cargado de emociones, con cuidado giré sobre mi lado izquierdo y me volví un ovillo abrazando mis rodillas contra el pecho.
En ese momento toqué fondo, me sentí sola, abandonada y sin propósito, todo tipo de pensamientos negativos desfilaron por mi mente, perdí el sentido de mi existencia, casi podía jurar que había un hueco en mi pecho porque el dolor era casi palpable, como si me hubieran extirpado algún órgano, simplemente no lograba encontrar un rayo de luz que me hiciera ver a través de la obscuridad que me había tragado durante la guerra.
Lloré hasta que no brotaron más lágrimas, mis ojos se hincharon hasta casi impedirme la visión, la cabeza volvió a dolerme y yo permanecí en silencio, abrazando mis rodillas con todas las fuerzas que quedaban en mis debilitados brazos, volví a agotarme y en algún punto me quedé dormida.
Una enfermera me despertó al atardecer, la cabeza me estaba a punto de explotar, no quería hablar con nadie y tampoco quería completar más revisiones médicas así que la pobre mujer debió lidiar con mi mal humor mientras intentaba convencerme de comer otro poco, yo me negué rotundamente y le pedí que se marchara pero ella insistió, al final no logró su cometido y se disponía a marcharse cuándo me vi forzada a detenerla y pedirle que me ayudara a ir al baño.
La enfermera me pidió un minuto y desapareció detrás de la puerta, el silencio de la habitación resultaba aplastante porque me permitía pensar con libertad, afortunadamente la enfermera no tardó mucho en volver con una silla de ruedas y entonces me vi obligada a descifrar la manera de enfrentar mi siguiente reto, ir al baño.
Mis piernas parecían estar hechas de gelatina, no se mantenían firmes y eran incapaces de soportar mi peso, la joven enfermera no lucía un cuerpo atlético pero sorprendentemente fue capaz de sostenerme y posicionarme correctamente sobre la silla.
La travesía en el baño fue poco placentera, sentirte incapaz de realizar una necesidad tan básica como lo es orinar te deja en una posición demasiado vulnerable, esta era la primera vez que experimentaba algo así por lo que jamás me imaginé lo difícil que podía llegar a ser.
Cuando la enfermera me devolvió a la habitación mi dignidad había decaído lo suficiente para borrar el enojo que sentí antes, le agradecí sinceramente por su ayuda, intenté comer un poco y me permití volver a dormir.
Esa noche fui asaltada por otro sueño poco placentero, a pesar de estar acompañado de un sentimiento cálido y acogedor, el efecto que tuvo sobre mí fue devastador, aún ahora lo recuerdo vívidamente.
Me encontraba reposando en la habitación tal como lo había hecho los días anteriores cuándo no estaba despierta pero sentía que estaba presente, en el sueño volví a sentir la presencia de alguien sentado al lado de mi cama.
- ¿Recuerdas el primer día que nos vimos? Yo lo recuerdo bien. - Pausó, podía escuchar la sonrisa en su voz e imaginar sus ojos reflejando esa mirada llena de energía. - De hecho, fue en esta misma habitación, yo intentaba husmear un poco y tú entraste sin avisar... las primeras palabras que me dirigiste fueron "Lo lamento" ¿Recuerdas?
Su voz sonaba distante lo cual dificultaba que pudiera escuchar bien.
- Recuerdo haberte visto y pensar que eras hermosa... tu apariencia era impecable, tu cabello lucía perfecto y tus ojos verdes resaltaban dando la impresión de brillar, no sé cómo pude distraerme con Mako luego de notar lo bella que eras. - Rió y mi corazón latió con fuerza.
- Aún me cuesta creer que hayas correspondido mis sentimientos, el primer beso que compartimos me dejó la mente en blanco, en ese momento entendí que nunca podría experimentar algo similar con nadie más. - Suspiró y yo luchaba por recuperar la conciencia, quería estar ahí con ella y poder verla pero por más que lo intentaba no podía abrir los ojos.
- Muchas veces soñé contigo, siempre te eché de menos y cuando nos volvimos a ver en aquel acantilado, tres años después, me sentí como una niña pequeña... luché para no correr a abrazarte y cuando al fin se dio aquel tan esperado abrazo me sentí tan feliz y satisfecha de poder sentirte cerca de mí. - Suspiró y luego rió brevemente. - Y luego Thano tuvo que llegar a arruinar el momento.
Lo recordaba, recordaba bien todo lo que decía, quería decirle que yo también tenía presentes todos nuestros reencuentros, yo también había vivido día con día recordando su rostro y su voz, siempre me tomaba un tiempo para imaginar lo que estaría haciendo, siempre la tenía presente y cuando al fin nos encontrábamos mi pecho se sentía tibio, muy tibio y mi estómago parecía llenarse de mariposas, la amaba y ella lo sabía bien, pero quería decirlo de nuevo, quería decírselo una vez más.
- Te amo Asami. - Escuché con claridad al tiempo que posaba su mano sobre la mía, aquel contacto envió una serie escalofríos por mi cuerpo, la sensación bastó para despertarme, sin darme cuenta comencé a buscarla con la mirada hasta que entendí que aquello no había sido más que un sueño.
A veces la mente puede ser tu peor enemiga, repasando las palabras que había escuchado en el sueño me di cuenta de que en verdad me encontraba en la misma habitación en dónde habían colocado a Korra después de rescatarla del mar, la habitación en dónde nos conocimos, de alguna manera mi mente se había percatado de ello mientras mi conciencia lo ignoraba lo que terminó por agregarle un toque un tanto perturbador a aquel sueño.
No hace falta mencionar que mis delicados nervios quedaron destrozados, me había despertado a las cuatro de la madrugada y aunque lo intenté no logré volverme a dormir, aquel sueño me dejó llorando por horas, cuando el sol al fin salió por el horizonte me di a la tarea de poner mis sentimientos en orden porque sabía que Tarrlok o alguna de las enfermeras no tardarían en entrar y no quería que nadie presenciara la gravedad de mis pesares.
Tal como lo había predicho Tarrok apareció cerca de las siete de la mañana, yo me encontraba sentada sobre la cama y lo observé sin decir nada, esperaba que no notara el cambio en mi persona pero el hombre tiene experiencia observando gente, no sé qué fue lo que me delató pero la expresión de su rostro cambió en cuanto sus ojos se posaron sobre mí.
- Buenos días. - Intentó no apresurarse.
- Buenos días. - Le respondí sin interés.
- Parece ser que has recuperado parte de tu memoria ¿No es así? - Se detuvo al pie de la cama con su libreta en mano y me observó con una sonrisa ensayada y ojos analíticos.
- Algo así. - Bajé la mirada con la esperanza de poder ocultar la verdad.
- Si, tu semblante es muy diferente al de ayer. - Asintió con la cabeza.
- ¿Diferente? - Lo miré arqueando una ceja.
- Es extraño. - Suspiró. - Pero ayer parecías una chica completamente diferente a la Asami Sato que todos conocemos. - Pausó. - En cambio hoy puedo ver esa chispa que siempre te ha caracterizado. - Concluyó.
- Ah. - Liberé un profundo suspiro.
- ¿Qué tanto recuerdas? - Se aventuró a preguntar.
- Suficiente. - Pronuncié con amargura. - Pero la cabeza no deja de dolerme ¿No tienes algo para eso?
- Tratamiento con agua control. - Propuso.
- Si eso requiere moverme de la cama, prefiero quedarme así. - Me eché hacia atrás y me recargué contra la cabecera.
Tarrlok guardó silencio, sus ojos no se despegaron de mi figura mientras yo contemplaba el techo y pensaba si se habría visto igual cuándo Korra estuvo aquí.
- ¿Te sientes mejor para recibir visitas? - Preguntó al cabo de un momento.
- No. - Respondí al instante. - Necesito ir al baño, luego me gustaría desayunar y después darme una ducha. - Enliste lo que necesitaba casi sin pensarlo.
- Definitivamente estás de vuelta... - Una sonrisa sincera se pintó en su rostro.
- Aún me siento aturdida y un poco confundida, creo que aún necesitaré la ayuda de Katara. - Aclaré.
- No hay problema, iré por la enfermera. - Me avisó, yo asentí con la cabeza y esperé.
Completar aquellas tres tareas me llevó casi toda la mañana, volví a mi cuarto cerca del medio día y entonces permití que Tarrlok admitiera a un visitante que yo misma seleccioné.
Mako me miraba en silencio, sus manos jugaban arrugando la tela de su pantalón y yo debatía en mi mente los temas que quería tratar con él.
- Tarrlok dice que aún te duele la cabeza. - Comentó.
- No me ha dejado de doler desde que logré despertar la primera vez... - Pausé. - Supongo que dormir tres meses seguidos no es bueno para el cuerpo. - Intenté bromear pero el tono de mi voz se escuchaba demasiado apagado.
- No. - El respondió con una sonrisa triste en el rostro. - Asami... escucha. – Inició decidido a aclarar lo que había fallado decir el día anterior.
- No quiero hablar de eso Mako. - Me apresuré a silenciarlo, mis manos se aferraron con fuerza a la sábana y el dolor que subió por mi brazo derecho me recordó la lesión que tenía en los dedos obligándome a aligerar la fuerza que había aplicado en esa mano.
- Pero... - Inició.
- ¡No estoy lista! - Bufé con las cejas arrugadas permitiendo que mis ojos conectaran con los de él, Mako me miró sorprendido pero pareció entender el mensaje porque desistió y volvió a guardar silencio.
- Lo siento... - Exhale.
- Lo lamento. - Dijo él, sus manos comenzaban a temblar y pude notar las lágrimas que se formaban en las orillas de sus ojos.
- ¿Qué ocurrió en Ba Sing Se? - Pregunté intentando desviar sus pensamientos hacia otro tema, no quería verlo llorar porque esa sería otra manera de comunicarme el mensaje que yo quería obligarlo a guardarse.
- ¿Ba Sing Se? - Arqueó una ceja.
Así logré que comenzara a contarme lo que había pasado con los aliados, Ba Sing Se apenas recibió daños, cuándo los aviones alcanzaron sus tierras sufrieron algún tipo de falla y cayeron en poco tiempo, el Loto Rojo acercó un ejército que era más bien limitado, trescientos soldados que los rebeldes aliados detrás de las murallas no tardaron en destrozar, según los informes no dejaron a nadie con vida.
Rost permaneció como líder durante un mes más después de la guerra hasta que Suyin fue enviada de vuelta para tomar el lugar de líder porque Kuvira decidió quedarse aquí mientras yo me recuperaba, tal vez pensando que no sería por mucho tiempo ¿Quién iba a pensar que me tomaría tres meses volver a abrir los ojos? La verdad me sorprendió escuchar que Kuvira se encontraba en el pueblo.
Mako me explicó que ella realizó un trabajo excepcional manteniendo la fuerza que la gente necesitaba para levantarse de las cenizas, ella misma asistió a los maestros tierra para limpiar escombros y levantar nuevos edificios.
Por su parte, los rebeldes de Ba Sing Se y los de Oma shu mandaron recursos, comida, hombres y mujeres dispuestos a ayudar, lo mismo ocurrió con los aliados del Norte y del Sur, todos dispusieron de lo que pudieron para ayudarnos aquí, noticias favorables que me ayudaron a olvidar el sabor amargo que había tenido en la boca hasta el momento.
Mako me acompañó a comer cuándo se dieron las tres de la tarde y se marchó a las cuatro, a esa hora ya me encontraba agotada y opté por dormir sabiendo que la enfermera de las siete me despertaría para cenar y llevarme al baño.
A partir de ese día comencé a seguir la misma rutina, claro, añadiendo las terapias con Katara para aliviar el constante dolor de cabeza. Además de Mako me negué a permití que alguien más entrara a mi habitación, aún no me sentía lista para hablar con los demás. Con Mako ya había establecido reglas implícitas necesarias para no tocar temas delicados lo que parecía funcionar para ambos por lo que no quería esforzarme por hacer lo mismo con otras personas.
Fui capaz de mantener mi aislamiento durante dos semanas, la última semana de Noviembre y la primera de Diciembre, durante ese tiempo lloraba la mayoría de las noches antes de dormir y las mañanas antes de que Tarrlok o las enfermeras empezaran sus rondines, nunca nadie se percató de mis quiebres emocionales, se preocupaban al verme desganada pero nada más y así quería que continuara.
Martes 10 de Diciembre.
A penas iban a ser las seis de la mañana cuando escuché que la puerta de la habitación se abrió casi de golpe, Kuvira giró su cabeza un poco pareciendo mirar a alguien que la seguía por el pasillo. - No hace falta que le avisen a nadie. - Pronunció con voz firme y autoritaria, entonces sus ojos se posaron sobre mí, sus cejas se mantenían firmes en una posición que la hacían lucir seria, casi molesta.
- Veo que ya estás despierta. - Me dijo mientras cerraba la puerta lo suficientemente fuerte para que se escuchara al cerrar. - Me lo suponía. - Pronunció a medida que se abría paso por la habitación y se posaba sobre la silla a la izquierda de la cama.
Kuvira vestía ropa sencilla, una blusa de manga larga color verde y pantalones de combate color negro con botas militares del mismo color, llevaba el cabello en una larga trenza que le alcanzaba la cintura, sus manos permanecían vendadas, su persona reflejaba fuerza y seguridad, se le notaba saludable y llena de energía, sus ojos resplandecían con una llama imposible de apagar, llenaba todos los requerimientos de la líder que mi pueblo necesitaba en estos momentos.
- ¿Cómo te sientes? - Preguntó sin mucho tacto, mis ojos se encontraban enrojecidos, yo me había despertado a las cinco de la mañana y me había dedicado a llorar desde entonces.
- Bien. - Suspiré terminando de limpiarme las lágrimas.
- Me refiero en general. - Presionó con un tono un tanto irritado.
- Bien. - Bufé.
- Si, por eso luces como si un camión te hubiera pasado por encima. - Gruñó. - Que te niegues a recibir visitas solo va a retrasar tu proceso de recuperación. - Añadió.
- ¿Ah sí? - Liberé una breve risa llena de ironía.
- Si sigues llorando así no te dejará de doler la cabeza. - Señaló. - También necesitas salir de cama y tomar algo de aire, el pueblo no será lo que recuerdas pero las calles son transitables, si no te sientes capaz de caminar con un par de muletas te pueden sacar en una silla de ruedas. - Su voz fue adoptando cada vez más el tono de un regaño.
- ¿Ya me viste bien? - Alcé los brazos señalando el diámetro de mis muñecas.
- Te estoy viendo. - Respondió, sus brillantes ojos verdes penetrando los míos como si se tratara de ver a través de un cristal transparente.
- No me siento lista... - Murmuré derrotada. - Me siento apaleada, perdida, sin rumbo. - Confesé.
- Pensé que morirías. - Inició ella. - Nadie hubiera sobrevivido a lo que tú pasaste, incluso con ayuda del agua espiritual, esperaba volver a tu pueblo y enfrentarme a la noticia de que habías muerto una o dos horas después de haber sido llevada al mundo espiritual. - Continuó y se encogió de hombros. - Pero sobreviviste, y lo que es aún más sorprendente, despertaste. - Concluyó.
- Si, aquí estoy, a medias. - Renegué.
- No, estás completa. - Me corrigió. - Yo ya he estado en tu lugar, simplemente te encuentras debilitada, nada que una buena dieta y ejercicio no puedan arreglar. - Me aseguró manteniendo la misma expresión fría y poco amigable con la que había entrado a la habitación.
- Es diferente... - Murmuré.
- No, una líder derrotada con la tarea de recuperarse, es exactamente lo mismo. - Presionó.
- Ya di todo lo que podía ofrecer. - Exhale.
- Tu pueblo te necesita. - Insistió. - Yo solo soy un reemplazo.
- Yo ya no puedo ser su líder.
- ¿Por qué no?
- Rompí todos mis principios para poder proteger a Korra. - Pausé. - Me convertí en una asesina a sangre fría. - Pensaba en voz alta.
- Entonces vuelve a Ba Sing Se como Carmín y yo permaneceré aquí. – Resolvió sin mostrar ninguna duda.
- ¿Qué? - La miré llena de incredulidad.
- Si tú y yo seguimos con vida los rebeldes querrán que alguna de las dos sea su líder. - Me explicó. - Por el momento Suyin está en mi lugar pero es algo temporal y los rebeldes lo saben.
La convicción de Kuvira me sorprendió, estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de ayudar a la gente que la necesitaba, eso hablaba mucho de la persona en la que se había convertido.
El silencio volvió a apoderarse del momento, Kuvira me miraba mientras yo me observaba la mano derecha sin decir nada, no sabía que más responderle porque parecía tener respuesta y solución para todos mis pretextos.
- Bien, haré que te traigan el desayuno, te darás un baño y volveré por ti a las nueve para sacarte a tomar aire, tú decides si quieres muletas o silla de ruedas, a mí me da igual tener que caminar lento o empujar una silla, es tú decisión. - Concluyó poniéndose de pie y encaminándose hacia la puerta. - Nos vemos. - Se despidió y salió casi tan rápido como había llegado.
Ella y yo no tendremos la mejor de las relaciones pero debo admitir que su forma de ser me salvó de caer en una profunda depresión, Kuvira no me dio alternativa, no se detuvo a esperar mi opinión, simplemente me ordenó estar lista y pasó por mí a las nueve en punto.
La presencia de Kuvira me hizo optar por llevar muletas, al parecer aún quedaba orgullo suficiente en mí para querer competir contra ella, de ninguna manera le iba a permitir empujarme sobre una silla de ruedas, así que tomé las muletas y caminé a su lado.
Recuerdo notar que sus ropas estaban sucias, me explicó que había estado trabajando toda la mañana y por eso lucía desalineada, a pesar de eso no se le notaba cansada, caminaba a mi lado sin molestarle la lentitud de mis pasos.
Yo vestía una pantalonera azul marino y una sudadera del mismo color, ropa que me habían prestado en el hospital, ambas prendas me quedaban sueltas y ayudaban a ocultar la falta de carne sobre mis huesos así que ninguna de las dos lucía elegante o superior en esos momentos.
Ambas nos mantuvimos en silencio, Kuvira se limitó a seguirme mientras yo me abría paso por las calles observando todos y cada uno de los edificios.
Ella tuvo mucha razón al decir que yo no reconocería muchos de los edificios porque así fue, la mayoría de ellos eran nuevos, incluso parte de la clínica había sido reconstruida, mi mirada iba de izquierda a derecha sin parar, me sentía como si me encontrara en pueblo completamente nuevo.
Luego de caminar un par de manzanas al fin llegamos a la plaza central, esta lucía casi igual que antes a diferencia de la posición de los bancos y algunos árboles.
- Descansa un poco. - Kuvira me ayudó a tomar asiento. - Iré por comida, espérame aquí. - Me indicó y se marchó, andar en muletas no era tarea fácil, mis piernas batallaban para mantener el paso, Kuvira debió percatarse de eso y por eso me obligó a tomar asiento.
A lo largo del camino había saludado a muchos pobladores, a pesar de encontrarme baja de peso y llevar el cabello corto, que ya me había crecido un poco y me alcanzaba un poco más abajo de la barbilla, nadie tuvo problemas para reconocerme, y aunque desganada, fui capaz de devolver todos los saludos gracias a la emoción que veía reflejada en los rostros de los pobladores cuándo me distinguían en las calles.
- ¿Quieres? – Me preguntó al tomar asiento a mi lado, traía un plato con fruta y otro con verduras y arroz, yo negué con la cabeza. - Acabas de desayunar, es normal. - Se encogió de hombros. - Pero a la una es la hora de la comida y esa no te la puedes saltear. - Me advirtió antes de concentrarse en sus alimentos.
- Todo luce diferente. - Comenté.
- Si, las bombas redujeron la mayor parte del pueblo a escombros y cenizas. - Respondió sin perder la concentración en su desayuno.
- Pero la gente luce contenta. - Agregué.
- Les tomó tiempo levantar los ánimos, tal vez mes y medio, casi dos meses. - Pausó. - Ahora se les ve sonreír con más frecuencia, los niños comienzan a jugar en las calles otra vez. - Explicó posando la mirada sobre un par de niños que jugaban con una pelota a media plaza.
- Gracias. - Murmuré. - Por estar ahí para mi gente. - Aclaré.
- Alguien tenía que hacerlo. - Arrugó las cejas y continuó comiendo.
- Pudiste permitir que el consejo se las arreglara, pero decidiste quedarte. - Señalé.
- Si hubieras visto la incertidumbre que había en sus ojos entenderías porque decidí quedarme. - Negó con la cabeza. - No tenían idea de por dónde empezar. - Rodó los ojos y continuó comiendo.
- Habrían salido adelante, tal vez no igual de rápido, pero sí. - Sonreí de lado.
- ¿De qué me serviría tener aliados débiles? Después de ver el potencial y la fuerza de tu pueblo en su máximo esplendor no estoy dispuesta a aceptar algo inferior a eso. - Volvió a intentar sonar fría pero era imposible juzgarla de esa manera cuándo era obvio que su interés iba más allá del beneficio que obtenía de nuestra alianza.
Después de que terminara de comer nos pusimos de pie y continuamos caminando, esta vez tenía un lugar en mente y a pesar de que la mayoría de los edificios fuera diferente, se había respetado la ubicación de las calles así que supe guiarme sin problema alguno.
- Esta parte del pueblo sigue sin tocarse. - Kuvira advirtió, no lo expreso abiertamente pero estoy segura de que ella sabía a dónde me dirigía. - Intentamos darle prioridad a las zonas en el centro para que todos los pobladores se encontraran cerca unos de otros. - Explicó.
- Entiendo. - Fue todo lo que respondí, pronto se terminaron las filas de edificios nuevos y pude ver una escena que me causó escalofríos y me revolvió el estómago, la escena era casi idéntica a la que observabas entre los escombros de Ciudad República pero esta vez se trataba de mi pueblo.
Edificios quemados y caídos en pedazos, había algunos que continuaban en pie pero entendía el motivo por el cual debieron derrumbarlos por completo y levantar uno nuevos, la estructura estaba dañada y era peligroso permitir que gente viviera en ellos porque cabía la posibilidad de que se pudieran derrumbar con ellos adentro.
Kuvira se encargaba de despejarme el camino, me insistía que tuviera cuidado y me obligó a caminar detrás de ella lo que confirmó que en realidad estaba al tanto de mis intenciones porque no necesitó que yo le indicara qué dirección tomar.
La lentitud de mis pasos me hizo demorar el doble de lo que usualmente me tomaría caminar a casa, pero luego de un par de horas y varios descansos, llegué, mis ojos contemplaron los escombros que antes habían conformado mi hogar, toda la parte frontal de la casa había volado en pedazos dejando al descubierto mi habitación, parte de la cocina y parte de la habitación para invitados, la biblioteca, la sala y la habitación de mi padre habían sido completamente destruidos.
- Es peligroso que te acerques. - Kuvira me advirtió.
- Lo sé. - Exhale con pesar, el taller también había sido impactado, podía ver el lugar que debieron despejar para abrir la escotilla del túnel en el que se habían resguardado los del centro de comunicación.
- Parece que podré recuperar un par de cosas de aquí. - Comenté.
- Es probable. - Kuvira me observaba detenidamente. - Pero no intentes hacerlo por ti misma, es mejor si te ayuda un maestro tierra.
- ¿Podrías ayudarme? - La pregunta fluyó por sí misma, Kuvira levantó ambas cejas y abrió la boca un par de centímetros, parecía querer objetar pero al final terminó liberando un profundo suspiro.
- ¿Ahora? - Preguntó.
- Si necesitas ayuda de otro maestro tierra lo entenderé. - Me encogí de hombros.
- No, ya he practicado lo suficiente. - Exhalo. - ¿A dónde quieres llegar? - Me preguntó posando la mirada sobre el montículo de escombros.
- A la habitación de mi padre, debería estar justo ahí. - Señalé para indicarle el lugar.
- Bien, retrocede hasta el otro lado de la calle. - Me ordenó y yo obedecí.
El control que Kuvira tenía sobre sus poderes había mejorado considerablemente, era capaz de mover rocas con una precisión milimétrica y lo logró sin hacer mucho esfuerzo, también me sorprendió verla manipular las vigas de metal que había entre el escombro.
- Lin me enseñó. - Me dijo con una pequeña sonrisa llena de orgullo y continuó trabajando.
Cuándo logró despejar lo suficiente Kuvira se adentró entre los escombros, le dije que buscaba un viejo escritorio de metal, gracias al material del objeto Kuvira no tardó en encontrarlo y con cuidado lo sacó y acercó a la calle para poder verlo mejor.
Mi padre lo había sacado de los escombros de la ciudad cuando yo era una niña y lo utilizó desde entonces como su escritorio personal, era cuadrado, gris y metálico, no me parecía demasiado atractivo pero mi padre lo veía como si fuera el descubrimiento del siglo y por eso decidió quedárselo. Al igual que yo, él guardaba todo tipo de cosas en su escritorio, casi podía asegurar que también guardaba objetos valiosos para él y era eso lo que yo estaba buscando.
Kuvira me ayudó a enderezar el metal doblado del escritorio para poder sacar los cajones y revisar su contenido, había tres cajones de cada lado del escritorio, dos cajones anchos, dos medianos y dos delgados. La maestra tierra tomó asiento a mi lado mientras yo revisaba cada uno de los cajones.
En los dos grandes encontré los primeros registros del asentamiento, todos bien organizados y separados en dos grupos, población y recursos, al mismo tiempo esos dos grupos estaban organizados por fecha, mi padre siempre había sido un hombre organizado, tal vez por eso logró hacer que su asentamiento creciera tanto incluso antes de que yo tomara su lugar y recibiera la ayuda de los espíritus.
Continué buscando en los cajones medianos, ahí encontré un sin fin de planos y proyectos, muchos de ellos ya habían sido desarrollados y otros eran demasiado ambiciosos para intentar recrearlos.
Lo que yo buscaba lo encontré en los cajones más pequeños, su diario personal, sus lentes para soldar, sus guantes para trabajar, la pistola con la que liberó al asentamiento y un viejo reloj de bolsillo, el primer objeto de los antiguos que le fue regalado por su padre cuándo era un niño, mi padre juró que encontraría la manera de hacerlo funcionar pero nunca lo logró porque entendió que para eso necesitaría baterías y se conformó con entender el motivo por el cual el artefacto no efectuaba su función.
No era mi intención mostrarme vulnerable enfrente de Kuvira pero las lágrimas cayeron sin que yo me diera cuenta, no hice ningún ruido, no había ningún pensamiento en mi mente que detonara aquella reacción, simplemente no lo pude evitar, el sentimiento emanaba directo de mi pecho en forma de una tristeza tan pura que no se combinaba con enojo, desesperación o impotencia, mi llanto ya no sonaba como un llamado de auxilio, se sentía natural, como algo que mi cuerpo necesitaba expresar para aliviar la presión.
Kuvira me acompañó en silencio y cuándo logré contenerme me dijo que era momento de volver, me prometió llevarme de vuelta a buscar más cosas si así lo deseaba y yo le sugerí que llevara el escritorio de mi padre al nuevo edificio de gobierno ya que el viejo se quemó por completo y habían perdido todas las copias de los registros que teníamos hasta el momento.
La líder temporal asignó a un guardia para que se llevara el escritorio mientras ella me llevaba a comer sin prestarle importancia a ninguna de mis objeciones. A pesar de que sabía que sus intenciones no eran malas llegué a pensar que Kuvira quería torturarme, la empedernida mujer se negó a permitir que dejara un poco de comida en el plato, se sentó a mi lado y esperó a pesar de que me tomé un largo tiempo comiendo y cuándo al fin terminé me acompañó de vuelta a la clínica, colocó las pertenencias de mi padre sobre la mesita al lado de la cama y se despidió, antes de que se marchara le agradecí, ella no dijo nada y cerró la puerta detrás de ella.
Eran las seis de la tarde, me encontraba agotada y no tardé en quedarme dormida.
Viernes 13 de Diciembre.
Kuvira regresaría por mí el día de hoy, dos días habían pasado desde su primera visita, el Miércoles y Jueves al fin permití que más personas me visitaran, hablé con Bolin, con Tenzin, con Lin, con La Roca, con Varrick, con Wu y con Zhu Li, todos lucían contentos de verme y ninguno se atrevió a mencionar nada sobre Korra o mi padre, Zhu Li no se permitió quedarse a solas conmigo, Varrick la acompañó en todo momento y a decir verdad fue lo mejor, ella y yo crecimos muy apegadas a mi padre y de verdad quería evitar compartir su pérdida con otra persona apegada a él porque eso lo volvería todo más real.
El día de hoy me encontraba lista para volver a los escombros de mi casa, había más cosas que quería recuperar, era lo único en lo que había estado pensando durante los últimos días, necesitaba recuperar la otra parte de los registros del asentamiento para juntarlos con los de mi padre, lo que si no lograría recuperar serían los registros más nuevos después de que el poder cayó en manos del consejo en vez de estar en manos de un solo líder, pero eso podía arreglarse haciendo un censo, tarea de la que nos podíamos ocupar después.
Kuvira apareció a las seis en punto, a esa hora ya me encontraba lista así que ambas partimos, yo en muletas con la misma vestimenta del primer día que salí y Kuvira con un atuendo parecido, lo único que había cambiado era su blusa que ahora era gris en lugar de verde.
Llegamos a los restos de la casa en menos tiempo que el Martes gracias a que mis piernas parecían haber ganado un poco de fuerzas desde aquel día, recuperar el escritorio de mi habitación resultó más sencillo porque esa parte no había sido destruida, Kuvira movió el escritorio sobre una placa de roca y lo acercó a mí, mi escritorio estaba hecho en su mayoría de madera y por eso no lo pudo mover como el de mi padre y debió tomar un par de pasos más para hacerlo.
En este supe exactamente en qué cajones buscar, los archivos estaban ordenandos pero no tanto como los de mi padre, los míos eran una colección de libretas, ahí anotaba toda la información tal cual la iba recolectando y eventualmente pasaba todo en limpio a un reporte que dejaba en la oficina del edificio de gobierno.
Suspiré antes de aventurarme a ver en el último cajón, el más delgado, sabía exactamente lo que encontraría ahí, Kuvira me observó con atención mientras yo sacaba la pequeña figura en obsidiana con la misma apariencia de Korra, la misma que me había regalado la primera vez que se ausentó.
- ¿Quieres verla? - Extendí mi brazo hacia ella y le entregué la figura, Kuvira la observaba mientras yo continuaba buscando en el cajón, saqué un pequeño contenedor de madera que adentro llevaba el labial que suelo usar, también saqué un bote que contenía perfume con esencia a jazmín, al fondo del cajón encontré un viejo botón roto y desgastado, le había pertenecido a Korra, era un botón de su abrigo, un día noté lo desgastado que estaba y le insistí en cambiarlo, le regalé uno nuevo y yo me quedé con este como recuerdo ya que sabía que tarde o temprano ella dejaría el asentamiento.
- ¿El armario se encuentra intacto? - Le pregunté, Kuvira me miró extrañada pero asintió con la cabeza y me devolvió la figura.
- ¿Quieres que traiga tu ropa? - Me preguntó.
- No, esa la pueden sacar otro día, quiero un abrigo de piel muy afelpado, es color azul marino, tiene parches por todos lados y luce totalmente desgastado. - Describí la prenda recordando que Korra lo había dejado ahí antes de marcharse a Ba Sing Se, el abrigo con el que había llegado a mi asentamiento y el mismo que había usado cuándo fue al norte con Bumi.
Kuvira se encogió de hombros y volvió a los escombros, al salir trajo con ella más ropa de la que le había pedido, un par de pantalones y una vieja blusa de tirantes.
- Son de ella ¿Cierto? - Me preguntó, se le notaba disgustada, su voz había sonado débil y a punto de quebrarse. - Hay más de sus cosas en Ba Sing Se ¿Verdad? - Me preguntó, yo bajé la mirada y asentí con la cabeza.
- Aquí tienes. - Me entregó el abrigo pero se quedó con las otras prendas, yo no dije nada, reconocía el atuendo que Kuvira sostenía, era el mismo con el que Korra había vuelto de Ba Sing Se después de haberse ausentado por tres largos años, me supongo que Kuvira reconoció la ropa porque la observaba detenidamente con la mandíbula bien apretada y las cejas arrugadas.
- ¿Puedo guardar esto en mi casa? - Al fin rompió su silencio.
- Adelante. - Suspiré abrazando con fuerza el viejo abrigo.
- Te debo una disculpa. - Me miró de frente, esta vez no evadí su mirada porque su expresión me hizo entender que aquel dolor no era solo mío.
- ¿Qué ocurrió? - Me atreví a preguntar preparándome para lo que fuera que pudiera salir de sus labios.
Ambas tomamos asiento frente a los escombros de la casa, Kuvira bajó la mirada y comenzó a hablar. Muchas partes de su relato me parecieron difíciles de creer, que el Loto Rojo tuviera aviones ya era demasiado, escuchar sobre el misil me dejó sin palabras, hasta el momento pensaba que Korra había sido víctima de la explosión del avión sobre la costa y jamás me imaginé que el problema se hubiera extendido hasta el punto de tener que volver a visitar el corazón del Loto Rojo.
De acuerdo a su relato, ella, Korra y el resto de la tripulación llegaron al punto de encuentro con los maestros agua del Loto Rojo, Korra los amenazó, les dijo que P'li era su rehén y que la asesinaría si no la obedecían y volvían a sus tierras para cancelar el lanzamiento del misil, los maestros agua no dudaron de ella y accedieron a hacer lo que se les pedía, Korra dio la orden de seguirlos de cerca y así lo hicieron.
Los tres días de viaje le sirvieron a Korra para recuperar fuerzas, al parecer mi amada había terminado completamente apaleada después de terminar la guerra en la costa y aún así se negó a permitir que Kuvira y los suyos se encargaran del problema del misil, cosa que no me sorprendió en lo absoluto, Korra no era ese tipo de persona y mucho menos ese tipo de Avatar, si ella llegaba a sentir que algo era su responsabilidad no iba a permitir que alguien más se hiciera cargo de ello.
Cuando llegaron a las costas del Loto Rojo notaron que no había guardias por ninguna parte, el lugar parecía desierto y se encontraba en ruinas, como si ya hubieran sido atacados por alguien antes de que ellos llegaran.
Cinco maestros agua permanecieron sobre la embarcación y el resto bajó siguiendo a Korra a través del desastroso laberinto de edificios que ella ya se sabía de memoria. Llegaron al palacio y ahí se encontraron con un grupo furioso de personas que intentaban entrar, la mayoría de ellos no-maestros, la mayoría rebeldes, antiguos miembros del Loto Rojo, traidores que habían logrado escapar de sus prisiones y que ahora buscaban terminar con lo poco que quedaba de los fieles seguidores del Avatar Obscuro.
Al inicio fue un poco confuso pero en cuanto los traidores identificaron a Korra le pidieron ayuda para entrar al palacio volviéndose aliados para ella y sus hombres.
Ellos habían sido uno de los motivos del retraso en el ataque del Loto Rojo, una revuelta interna, muchos de los que no estaban al tanto de los maestros elementales que vivían entre el Loto Rojo se mostraron disgustados por el secreto y se sintieron engañados por sus líderes así que se revelaron y se negaron a apoyarlos en el ataque en contra del Avatar, claro, P'li no aceptó esa conducta e iniciaron una guerra interna que se prolongo por uno o dos meses, incluso maestros elementales intentaron ayudar a los no-maestros y el resultado fue catastrófico, se perdieron muchas vidas y hubo demasiados destrozos en su ciudad, pérdida de suministros y poder militar.
Cuándo los traidores no pudieron más intentaron escapar, P'li asesinó a muchos de ellos y encarceló a otros tantos para usarlos como esclavos, solo unos cuantos lograron escapar.
El ejército de P'li necesitó tiempo para recuperarse, mientras tanto P'li debió iniciar otro plan de ataque porque sus fuerzas se habían reducido a dos tercios de lo que tenía antes de la rebelión interna, de esa manera llegó al plan de los aviones.
El Antiguo Reino Fuego escondía una base militar muy avanzada en el corazón del volcán, fue por eso que el Loto Rojo residía ahí, desde el inicio el Avatar Obscuro fue fuertemente apoyado por maestros fuego de alto rango, la mayoría de los líderes del Loto Rojo han sido maestros fuego o descendientes de maestros fuego y todos estaban al tanto de las armas militares sobre las que estaban sentados.
El plan de los aviones sonaba perfecto pero tenía un problema, a pesar de que las máquinas se conservaban en buenas condiciones no contaban con el combustible suficiente para abastecer a más de seis, por eso optaron por siete, decidieron arriesgarse y añadir un avión más aunque ninguno de los tanques estuviera lleno porque igual no tenían planeado regresar con ninguna de esas máquinas, solo querían la ventaja de poder bombardearnos, terminar con nuestro pueblo y con Ba Sing Se, la supervivencia de los aviones no era del interés de P'li.
Sus pilotos debieron entrenar en un cuarto en dónde tenían una simulación de la cabina del avión, sorprendentemente todo funcionaba a la perfección y el Loto Rojo tenía registros y notas sobre el funcionamiento de las máquinas, pero les tomó tiempo encontrar a las personas adecuadas para pilotear los aviones y otro tanto completar un entrenamiento básico para que supieran dirigir la nave y usar sus armas.
Cuándo P'li se marchó con su ejército se llevó a la mayoría de la gente dejando atrás a un pequeño grupo de cincuenta personas, fue entonces que los traidores que lograron escapar decidieron volver e intentar liberar a sus camaradas.
Para sorpresa de todos, además de los traidores, entre el tumulto de gente también había un par de miembros del Loto Blanco, Korra no tardó en reconocer a uno de ellos, su maestro fuego, el líder del Loto Blanco, Zuko quien al parecer tiene un pasado relacionado con el Loto Rojo pero ni Korra o Kuvira supieron mucho al respecto.
Con la presencia de Korra les resultó más fácil abrir las puertas metálicas del palacio, el lugar había sido reforzado después de nuestro escape, como no muchos maestros tierra sabían manipular el metal la idea les sirvió hasta que Korra apareció.
Una vez dentro se dirigieron a la cámara del Loto Rojo que conectaba con el calabozo y todo el sistema de túneles internos porque el agujero que dejamos ya había sido tapado y recubierto con platino.
Una vez dentro derrotaron con facilidad a los guardias que se encontraron en el camino, ninguno suponía un reto para un ejército de cien personas y mucho menos para el Avatar.
Luego de una búsqueda exhaustiva encontraron una escotilla de platino que Korra, Kuvira, Bolin y dos maestros fuego lograron forzar, detrás de la escotilla había unas escaleras en espiral que descendían en línea recta varios metros hacia el corazón del volcán, esto impidió que el grupo completo bajara al mismo tiempo así que Korra designó a diez personas para que bajaran con ella y le pidió al resto que se quedara afuera de la escotilla haciendo guardia.
Las escaleras los llevaron al interior de la base militar que los traidores habían mencionado, un laberinto metálico que aparentaba estar vacío, les tomó varios minutos encontrar al primer guardia del Loto Rojo, el hombre se encontraba armado con un rifle automático cargado con balas de platino, afortunadamente Korra no se confió, se quito del camino y contraatacó con aire control azotando al hombre contra la pared, ese guardia perdió el conocimiento pero sus disparos llamaron la atención de los otros guardias dando inicio a una pesadilla de balas volando en todas direcciones.
El Loto Rojo Logró herir a Tenzin y a Bolin, afortunadamente sus heridas no fueron graves y con ayuda de unos cuantos vendajes lograron seguir al lado del grupo principal que ya no se encontraba tan desprotegido porque había robado los rifles de los guardias que habían derrotado, de esta manera comenzaron a abrirse paso con mayor facilidad.
Eventualmente alcanzaron una cámara con una puerta de platino que debieron forzar para poder entrar, detrás de la puerta encontraron a diez guardias más y a una anciana, Kuvira me explicó que se trataba de la líder anterior a P'li, la mujer no lucía para nada sorprendida, apurada o nerviosa, muy por el contrario, se mantuvo serena con una sonrisa en el rostro, sentada sobre una silla que detrás tenía un tablero lleno de botones con todo tipo de formas y colores.
La mujer les ordenó a sus guardias bajar las armas y rendirse, admitió que no había nada que pudiera hacer en contra del Avatar y aseguró estar a merced de Korra y sus hombres.
Korra y Kuvira se dieron a la tarea de examinar el tablero que había detrás de aquella mujer pero la cantidad de botones era abrumador para las dos, sin contexto o conocimiento previo era imposible que pudieran reconocer lo que tenían frente a sus ojos.
Kuvira intentó interrogar a la anciana pero ella se limitaba a sonreír y negar con la cabeza, continuaba asegurando que todo había terminado, esto llevó a Kuvira a intentar añadir presión y comenzó a ejecutar a los guardias de uno por uno, a pesar de la vida de sus hombres la anciana se negó a hablar, Korra intervino salvando las vidas de los últimos cinco guardias y ordenó que todos debían volver a salir y llevarse a la anciana para ver si había otra manera de hacerla hablar.
El cambio en la anciana se dio cuándo salieron de la escotilla y ella cruzó miradas con el líder del Loto Blanco, entonces se mostró interesada en hablar con él, Zuko no parecía entender todo lo que ella quería transmitirle, se le notaba confundido y molesto por las acusaciones de la anciana quien continuaba llamándolo traidor.
La compostura de la anciana se terminó de perder cuándo todos emergieron del palacio y Korra percibió un ligero temblor en la tierra, la vieja líder comenzó a reír sin parar burlándose de Korra y los traidores diciéndoles que ya era demasiado tarde y que todos volarían en pedazos ahí en la isla al igual que en nuestro pueblo y en Ba Sing Se.
Aquí Kuvira detuvo su relato, se notaba que luchaba para mantener sus emociones controladas, parpadeaba constantemente y su voz había adoptado un tono suave y vulnerable.
- Debí haberle insistido. - Suspiró.
La información de la bomba cambió la actitud que Korra tenía hacia sus acompañantes, sin dudarlo les ordenó volver a la costa y partir cuánto antes, la anciana no les había dicho cuánto tiempo les quedaba pero lucía completamente segura al afirmar que ya no había salvación para ninguno de los presentes y esto les daba una idea de lo que podían esperar.
Kuvira intentó insistir en ayudarla a encontrar la bomba, Korra se negó rotundamente y le ordenó volver con el resto, el único que logró convencerla de permanecer a su lado fue su viejo maestro de fuego-control quien al igual que ella se despidió de todos y marchó detrás de la morena.
Kuvira lideró a todos hacia la costa, ahí les ordenó a los maestros agua elaborar balsas para subir a los traidores y ayudarlos a escapar, una vez arriba de las balsas todos comenzaron a alejarse de la costa, la anciana no despegaba la mirada de la isla y continuaba repitiendo que no faltaba mucho.
Pasaron cerca de quince minutos sin que nada ocurriera, la vieja líder del Loto Rojo se mostró molesta y todos comenzaron a pensar que Korra había logrado detener la bomba y los misiles cuándo escucharon un poderoso estruendo que hizo temblar la tierra y agitó el mar, segundos después hubo otro estruendo igual de poderoso y después de ese otro más.
Todos observaban llenos de incredulidad la nube de humo que subía hacia el cielo, trozos inmensos de roca habían volado por los aires pero antes de dar por hecho que todo había terminado, el enorme volcán despertó eructando una infinidad de roca derretida y cenizas en todas direcciones, la tierra temblaba violentamente mientras el volcán continuaba haciendo presencia, el cielo se obscureció casi por completo, la isla se había deformado casi en su totalidad, recubierta en fuego y lava ardía como una braza de carbón gigante.
Los maestros agua debieron esforzarse por mantener la estabilidad de las balsas y del navío, los maestros aire debieron ayudarles a limpiar el aire que respiraban y los maestros tierra los habían protegido de los peligrosos proyectiles que volaron hacia ellos.
La anciana maldijo una y otra vez, a pesar del infierno que había creado se mostraba insatisfecha con el resultado, como si volar la isla en pedazos y la posibilidad de haber terminado con la vida del Avatar no fuera suficiente.
- No pudimos volver, no había manera, teníamos que salir de ahí porque el aire se contaminaba cada vez más y la isla no paraba de temblar. - Se limpió un par de lágrimas que le bajaron por el rostro. - Según alcanzamos a ver Korra y Zuko corrieron hacia el lado opuesto de donde desembarcamos, la escotilla de los misiles debía estar de aquel lado porque las primeras tres explosiones se escucharon en esa dirección. - Suspiró.
- No hay manera de que alguien sobreviviera algo así, incluso el Avatar, la isla voló en pedazos, nosotros batallamos para escapar y teníamos un poco de distancia como ventaja, ella estaba más cerca, tal vez aún sobre la isla. - Concluyó, yo asentí con la cabeza y exhale lentamente.
- Algo más... - Añadió después de un largo silencio, yo la miré sin decir nada en espera de sus siguientes palabras. - Se cree que Korra murió en estado Avatar... - Pausó. - Los sabios del Loto Blanco que se encontraban en un templo reportaron ver un brillo espontáneo que apenas duró un segundo antes de volver a apagarse.
- ¿Entonces? - Sentí que se me escapaba la respiración.
- Piensan que el ciclo del Avatar se ha roto. - Completó.
- No... - Maldije. - ¡¿No bastaba con perderla a ella?! - Bufé golpeando la tierra que había debajo de mí, Kuvira no dijo nada.
- ¿Y ahora qué? - La miré, mis cejas arrugadas y mi respiración agitada, me sentía furiosa, las malas noticias no dejaban de apilarse. - ¿Qué se supone que haremos sin un Avatar?
Kuvira bajó la mirada, tomó aire y volvió a verme. - ¿Seguir? - Alzó una ceja. - Nos liberó de todo lo que nos frenaba, ya no hay un Loto Rojo, la humanidad trabaja unida y tú tienes contacto con los espíritus, tenemos todo lo necesario para salir adelante. - Señaló.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua helada, tenía razón, su visión era clara y acertada pero yo me negaba a aceptarla, no quería dejar pasar la pérdida de Korra y mucho menos la pérdida del guía más valioso de la humanidad.
- ¿La anciana que sacaron del Antiguo Reino Fuego? - Miré a Kuvira, ella me miró de vuelta y pareció leer mis pensamientos porque no tardó en negar con la cabeza.
- No puedes verla, la mandé a Ba Sing Se, aquí no tenemos los recursos suficientes para mantener prisioneros.
Ambas cruzamos miradas por un tiempo prolongado, sus ojos se asemejaban a paredes impenetrables que no me permitían ver más allá de las palabras que salieron de sus labios, al final desistí y sacudí la cabeza pidiéndole que me acompañara de vuelta a la clínica, necesitaba tiempo para procesar todo lo que acababa de escuchar, Kuvira no se opuso y caminó a mi lado sin decir nada más.
Viernes 10 de Enero
Ha pasado cerca de un mes y tres semanas desde que desperté, aún duermo en la habitación de la clínica, mi condición física ha mejorado notoriamente, ya puedo caminar sin muletas, ir al baño sin necesidad de ayuda y comer porciones normales de comida.
Aún me siento decaída, ya no lloro todas las noches pero si cada mañana al despertar de una pesadilla y darme cuenta de que lo que mi mente me muestra es solo una extensión de algo que ya ocurrió.
Por eso he decidido iniciar esta bitácora, quiero escribirlo todo, desahogarme con libertad, vaciar mis pensamientos en estas páginas, bueno o malo, sin temor a preocupar a nadie con los pensamientos más obscuros que inundan mi mente porque me resulta imposible no pensar así, mi vida ha dado un giro radical y aún no encuentro un punto de apoyo que me ayude a cumplir la promesa que le hice a Korra antes de la guerra.
Continuar sin ella y ayudar a guiar a la gente por el camino del Avatar, esa fue mi promesa, si tomo en consideración la posibilidad de que Korra pudiera ser el último Avatar, llego a la conclusión de que faltar a mi promesa podría significar desperdiciar todo el trabajo que Korra realizó a lo largo de su vida, algo que jamás me atrevería a hacer.
Rendirme no es una opción, seguir es todo un reto, espero que mis esfuerzos, por pequeños e insignificantes que parezcan, sirvan para sacarme adelante.
Tal como mi padre me dijo una vez, los cambios importantes no se logran de un día a otro, se dan gradualmente y la manera más fácil de notarlos es manteniendo un registro al cuál puedas volver para hacer comparaciones.
Esta bitácora me ayudará a ver mi progreso e incluso tal vez a encontrar mi punto de apoyo.
Por lo pronto continuaré viviendo un día a la vez, un paso a la vez, insistir y no rendirme es a lo que me aferro el día de hoy, espero que pronto llegue el día en el que mi objetivo sea más ambicioso que eso.
