X. Hojas de rosa – Por favor cree en mí.
«Tú serás… lo que tanto buscaba y yo creía que no existía y…
Tú vendrás… robándome la vida pa' fundirla con la tuya…
¿Y qué será de mí cuando en tus brazos yo descubra…? Que tú serás… el cielo que jamás podré tocar…
Es imposible ya lo sé… Abrázame…»
Tan solo tú, Franco de Vita & Alejandra Guzmán.
A la hora de tomar una decisión importante, Quinn solía meditarla lo mejor que podía.
Por desgracia, había decisiones importantes que debían ejecutarse en cuestión de segundos.
Quinn prefería repasar sus opciones antes de elegir una, pero con su suerte, estaba resignado a decidir por adelantado. Le fastidiaba, pero en ocasiones se imaginaba ciertos escenarios para poder saber cómo reaccionar si se daba una situación similar en su vida cotidiana. No acababa de funcionar, pero era un método que le ayudaba a estar menos ansioso.
No pensó que llegaría el día en que realmente tendría que decidir sobre la marcha.
Los cazadores de sombras no eran de su agrado. Eso lo sabía cualquiera que lo conociera, pero no eran conscientes de los motivos concretos. Los subterráneos a su alrededor tenían sus propias razones para hallar desagradables a los hijos del Ángel, pero Quinn dudaba que coincidieran en algún punto.
A lo largo de su vida en el plano mortal, los cazadores de sombras lo habían decepcionado, una y otra vez.
Gauthier Flamme, Gran Brujo de Londres desde antes que Quinn naciera, le contó en una ocasión que "hay tantos tipos de cazadores de sombras como de subterráneos", pero no lo había comprendido a la primera, porque se lo había tomado demasiado literal y cuando se lo dijo al brujo, éste soltó una carcajada. Fue entonces que Quinn lo pensó mejor y creyó saber lo que significaba: había tanta variedad de carácter entre los cazadores de sombras como entre los subterráneos, y eso los hacía más fáciles de sobrellevar.
Para Quinn, que debía vigilar constantemente su comportamiento con cierto tipo de subterráneo, descubrir cosas así era bueno para sobrevivir.
Justo en esa temporada fue cuando cometió el error de hacer caso omiso a su instinto, dejándose llevar por una vez nada más, todo para que se confirmara que seguían existiendo cazadores de sombras astutos y dos caras.
Sin embargo, tuvo que dejar de lado sus recelos cuando las circunstancias lo hicieron tomar de nuevo una decisión de último minuto, con la cual se fue acercando a algunos cazadores de sombras de maneras que no había imaginado antes.
Lo que más temía Quinn de eso, de abrirse a los nefilim, era que no podía asegurar cuánto duraría su buena voluntad. Podía agradarles, pero seguía siendo un subterráneo para ellos, y un mestizo para más señas. Tarde o temprano, su preciosa Ley podría dictar que los subterráneos volvían a ser parte de su lista de criaturas a exterminar y todo habría terminado.
En ese sentido, tuvo que venir un cazador de sombras de otro país con tal de hacerle creer otra vez en los suyos. No los licántropos, que tanto daño le hicieran a su madre y no la aceptaran de vuelta en la manada de Londres por quién sabe qué chisme cruel, sino aquellos que, como su padre, eran de una belleza indescriptible y una vida muy larga.
No había pensado en mucho tiempo en las hadas, porque sentía que eran todavía más distintos a él que los licántropos y las pocas que se había topado, lo miraban con cierto desdén. Su madre, con gentileza, le advirtió que por desgracia, pocas hadas serían como su padre, así que debía tratar a las que se topara con cauteloso respeto y no dejarse engatusar con ninguno de sus obsequios, que rara vez resultaban beneficiosos.
Al final, de cierta forma, fue él quien acabó obsequiando algo, y pareció recibir algo a cambio.
—No creo que debas rechazarlo.
Era extraordinario lo que pasaba en esos días, el ver a su padre e incluso tener el placer de hospedarlo, pero lo estaba molestando que se comportara como… bueno, como un padre humano.
—No sé de qué hablas.
—Quizá no esté comprendiéndolo realmente, pero desde mi perspectiva, Percy, tu cazador de sombras ha dejado claras sus intenciones y dejó en tus manos la última palabra. Debe realmente apreciarte, porque los cazadores de sombras que llegué a conocer, antes preferían ingerir veneno de demonio que cortejar a un subterráneo.
—Olvido lo anticuado que es tu vocabulario, padre. ¿Cortejar? ¿En serio?
—¿De qué otra manera lo llaman ahora?
—¿Sabes qué? Tienes razón, para el caso es lo mismo. Es solo que… Me resulta extraño.
—¿Por qué? A tu edad, deberías haberlo sabido.
—¿Cómo?
—¿Cómo? Con otras parejas, por supuesto.
—Padre, ¿tienes fiebre o algo así? ¿De dónde sacaste que pudiera tener pareja antes?
—Eres tan extraordinario como tu madre, ¿por qué no tendrías pareja antes?
Quinn quiso tachar a su padre de ingenuo o achacarle a su parentesco que se creyera semejante cosa, pero supo que no serviría de nada. Un hada así (antigua, poderosa, muy seria) jamás diría algo así de no creerlo realmente.
Deseaba que su padre tuviera razón, descubrió con un respingo. Y quería depositar su fe en ese cazador de sombras, así como su amor, y que no acabara hecho pedazos después.
