Bueenas bueenas, cómo andan? ¡Espero que bien! Yo acá, reviviendo de las cenizas para traerles otro one-shot (siempre larguito) de nuestras chicas favoritas.

En esta ocasión quise explorar un poco el género G!P/FUTA o comocarajosellame. Me da cosa decirle así porque traté de llevar el tema de la forma más realista posible, ya se darán cuenta porqué. Pero bueno, pintó hacer la historia así. A los que no les guste el género, son libres de pasarlo.

Sinopsis: Kirari quiere tener su primera siesta con Sayaka. Sin embargo, Sayaka pronto descubrirá que, tal vez, quería más de ella al pedirle una inocente siesta.

Advertencia: G!P

Sin más qué decir, les deseo una buena lectura :)


La siesta

Gotas gruesas se resbalaban por el gran ventanal del despacho del Consejo estudiantil.

Sayaka las veía pasar sintiéndose un poco melancólica. Deslizó un dedo hacia abajo por el vidrio. Estaba húmedo. La fina llovizna, que había comenzado a molestar a la mañana, se convirtió en una tormenta. Relámpagos tronaban cada tanto en el cielo gris, avisando que la tempestad solo atinaría a empeorar.

Cerró los ojos, relajándose con el sonido de la lluvia. Se preguntaba porqué el ser humano caía en una relajación absoluta al escucharla. ¿Era algo instintivo?, ¿relacionado a sus antepasados? Por lo que fuere, le estaba entrando sueño. Abrió los ojos para cortar la soñolencia. Continuó observando la lluvia.

Kirari la observaba a ella.

Desde su escritorio, con una mano en la mejilla y la otra en la taza de té, la espiaba de reojo con una sonrisa. Se preguntaba en qué estaría pensando. Si en el trabajo, si quizás en ella… En ella no, rectificó. Cuando Sayaka pensaba en ella, la miraba fijo. Muy fijo, no dejando lugar a la duda. Hoy esos ojos parecían nadar en recuerdos mientras contemplaban a la gente pasar por el campus de la academia. Se veían más claros que de costumbre debido al clima.

Con mucha cautela, comenzó a ponerse de pie.

Sayaka respiró profundo contra el cristal, empañándolo, cuando unos brazos delicados se cerraron en su cuerpo.

—¿Presidenta…?

Su mejilla se pegó suave a la de Kirari cuando giró el rostro para verla. Ella sonreía con los ojos cerrados, reforzaba el abrazo. Sayaka se quedó quieta con los brazos pegados al cuerpo.

—¿Sucede algo? —insistió, comenzando a ponerse nerviosa por su inusual comportamiento.

Kirari se refregó contra su mejilla lentamente. Parecía un gato buscando atención.

—La lluvia me pone mimosa. ¿A ti no?

—¿Mimosa…? —Sayaka devolvió la vista a la ventana. Vio sus mejillas sonrojadas en el reflejo—. Más bien, me da sueño.

Kirari soltó una risita encantadora en su oído.

—¿Deberíamos dormir, entonces?

—¿Eh? —Sayaka volvió a mirarla. Kirari mantenía los ojos cerrados. Respiraba profundo contra su cabello.

—Tomemos una siesta. No tenemos nada qué hacer, ¿no es así? Ya terminamos nuestro trabajo.

«Terminé»

Aclaró Sayaka por dentro.

—Pero una siesta… ¿aquí? —Echó un vistazo por encima del hombro. Lo más cómodo que halló en el despacho fueron los sillones de estilo francés— ¿Y si viene alguien? No podemos permitirnos ser encontradas así, presidenta. Creerán que no cumplimos con nuestro trabajo.

—Cerraré con llaves. De todos modos, ya nadie vendrá. Es tarde.

La respuesta generó en Sayaka una vibración nerviosa en el estómago. Estar sola con la presidenta no era un problema, estaba acostumbrada. ¿Pero encerrada con ella? ¿Por qué de pronto se sentía tan inquieta? Como si el mero hecho de estar encerradas conllevara que sí o sí la situación se desviara.

—¿No quieres? —Kirari le corría el flequillo de la frente con calma—. Solo me apetecía tener la experiencia de dormir una siesta en la academia, sin embargo, si a Sayaka no le agrada la propuesta…

—¡M-Me agrada! Me agrada mucho, presidenta. —Sayaka se obligó a poner su mejor sonrisa. Si la presidenta quería su primera siesta escolar, era su deber dársela— ¿Dónde lo haremos?

—... En el sillón debería estar bien, ¿no es así? —Kirari tardó unos segundos en contestar. La pregunta la tomó por sorpresa, activando un lado de su cerebro que, con mucha facilidad, pensó mal.

Sayaka se giró entre sus brazos para examinar mejor los sillones. Si iba a darle su primera siesta a la presidenta, debía ser perfecta. Pero esos sillones, aunque fueran muy elegantes, no parecían muy acogedores para la tarea.

—¿No estará incómoda allí, presidenta? No creo que entre estirada.

—Me adaptaré.

Kirari apoyaba las manos en la ventana, acorralándola. Sonreía con travesura.

—Tú, me imagino, estarás más que cómoda. Eres tan pequeña que entras donde sea, Sayaka. —le decía, deslizando una mano por su coleta.

Sayaka se achicó en el lugar con una sonrisa tímida.

—No estoy muy orgullosa de eso.

—Pero yo sí. Así me gustas, mi linda y tierna secretaria. —Kirari le susurró al oído con cierto placer que le puso los pelos de punta. Cerró la cortina detrás de ella, sobresaltándola—. La luz no es una buena acompañante para la siesta, ¿no lo crees?

—S-Sí, eso creo.

—Vamos.

Kirari comenzó a llevarla por la espalda a uno de los sillones. Por los hombros la hizo sentar.

—Espérame aquí. Prepararé todo para que estemos a gusto con la experiencia.

Fue hasta la puerta. Cerró con llaves y apagó la luz, dejando de fondo solo a la luz del acuario. El reflejo de los peces nadaba por las paredes. Sayaka la veía volver con los dedos doblándose nerviosamente contra las rodillas.

«Solo vamos a dormir, ¿por qué estoy tan nerviosa?»

Se obligó a recuperar la compostura, irguiendo la espalda. Buscando ser de utilidad, agarró el celular del bolsillo de la falda y entró al navegador. Escribió: siesta. Toda la información necesaria —e innecesaria— sobre las siestas le fue revelada.

—Según los expertos, quince minutos de siesta es lo ideal. Pondré una alarma.

—¿Quince? Ya me siento insatisfecha de solo pensarlo. —Kirari caminaba hacia el acuario quitándose el saco rojo en el camino. Lo dejó en el otro sillón y siguió hasta pararse al lado de un mueble antiguo. Había varios trofeos en las vitrinas. Debajo, cajones. Abrió uno—. Olvídate de la alarma y dejémonos llevar, Sayaka.

—¿Pero y si nos quedamos dormidas? Aunque es poco probable que yo duerma profundo, pero usted… —Sayaka iba bajando la voz a medida que Kirari sacaba una manta marrón de uno de los cajones.

—Sabía que algún día me sería de utilidad. —comentaba ella, regresando con la manta en la mano. Sayaka la miraba, curiosa.

—¿Por qué guardó una manta ahí?

—Quién sabe… Supongo que fue un acto inconsciente nacido de un deseo muy presente.

Sayaka trataba de entender el acertijo mientras Kirari se sentaba a su lado en el sillón. Ella puso la manta en sus piernas. Era calentita y suave, perfecta para el invierno.

—Tenía la esperanza de dormir con Sayaka algún día, por eso la guardé —susurró cerca de su boca, llevando las manos a su saco rojo. Comenzó a desabotonarlo—. Si no te quitas esto dormirás incómoda.

Kirari arrastraba el saco por sus hombros, dejándola solo con la camisa blanca. Sayaka sentía su aliento cálido en la boca. En un momento de debilidad, bajó la vista un crítico segundo a esos labios celestes. No se permitió estar mucho tiempo ahí. Hizo fuerza para levantar los ojos, encontrándose con otros hipnóticos. Éstos comenzaban a bajar por sus piernas.

—Los zapatos también.

Kirari se agachó para quitárselos.

—¡Ah! ¡Yo puedo hacerlo!

Intentó detenerla, pero Kirari levantó una mano, frenándola en seco. Empezó a quitarle los zapatos. Con paciencia, arrastraba el derecho hacia abajo por el talón.

—Qué pies tan pequeños tienes —murmuraba entre risitas, pasando la mano por el empeine. Era casi del mismo tamaño que su mano. Sayaka cerraba un ojo ante los masajes lentos que le hacía allí— ¿O yo tendré el pie muy grande, será?

Se preguntaba, quitándose sus zapatos también. Dejó ambos pares bien prolijitos en el suelo. Torció el rostro al ver sus pies juntos; unos vestidos de medias blancas y otros de medias negras. En efecto, su pie era un poco más grande. Sonrió, por alguna razón feliz con el descubrimiento, y volvió a enderezarse.

Sayaka tragó saliva al verla. Kirari estiraba las manos hacia ella de una forma que le entumecía los huesos. Daba la impresión de que ocultaban unas intenciones perversas.

—Acuéstate, Sayaka.

Se dejó recostar por ella, quien, sonriéndole desde arriba, comenzó a recostarse también. Se sonrojó contra el respaldo del sillón cuando Kirari se puso de costado y subió la manta para taparlas.

—¿V-Vamos a dormir juntas?

Kirari pestañeó con una sonrisa dura.

—¿Esperabas que durmiéramos separadas?

—Pensé que iba a ir al otro sillón…

—¿Quieres que vaya?

Sayaka se observó. Estaban muy pegadas, apenas entraban las dos en ese sillón. Los pechos de ambas se encontraban suavemente. Cualquier movimiento, aunque fuera leve, generaba un roce. Subió la vista. Ojos ingenuos fue lo que halló.

—N-No, está bien.

—¿Segura? Te veo un poco inquieta, Sayaka.

—Es que… —Sayaka miró para otro lado, arrugando los labios.

«Mi corazón no soporta la cercanía»

Bombeaba desesperado, haciéndole doler el pecho.

Kirari permanecía observándola, apacible. Suavizó la sonrisa.

—Lo siento, lo di por hecho.

—¿Eh? —Sayaka regresó los ojos a ella.

—Dormir juntas, lo di por hecho. Me pregunto porqué… Solo pensé que así debía ser. Tú y yo, juntas.

—Presidenta…

Kirari levantó una mano.

—Oh no. No pongas esa cara, Sayaka. El malentendido fue absolutamente mío.

Sayaka la miraba con culpa. Quería decir mucho, pero nada salía de sus labios tímidos. Y que Kirari mantuviera esa expresión gentil no ayudaba. La culpa solo tendía a crecer y crecer, alimentando a la bronca que sentía consigo misma por resultar tan cobarde.

—No temas, esto no arruinará nuestra experiencia. Ahora mismo iré al otro sillón y proseguiremos como lo teníamos planeado. —Kirari comenzó a incorporarse, pero entonces Sayaka sufrió un ataque de valentía. Tomó su brazo, provocando que la mirara— ¿Sayaka?

—Um… La manta. —Fue lo único que pudo decir, levantándola hacia ella.

Kirari puso una mano sobre la suya negando levemente con la cabeza.

—Puedes quedártela. Yo no tengo frío.

—Pero… yo sí. La manta no es suficiente, por eso… —Sayaka subió los ojos a ella, sonrojada—… no se vaya, por favor. Yo también quiero dormir con usted.

El corazón de la presidenta se removió histérico ante esos ojos suplicantes. De inmediato se acostó de nuevo y se arropó.

—De acuerdo.

Sayaka respingó con una sonrisa aliviada.

—Eso fue rápido.

Los ojos de Kirari bajaron de una manera que vio infantil. Algo tierno emanaba de ella aunque su expresión se mantuviera tan fría como el clima de esa tarde.

—Mi deseo de dormir con Sayaka es más fuerte que todo. Y cuando tengo un deseo…

—Lo cumple, no importa qué. Lo sé.

Sayaka se acomodó mejor de costado, usando un brazo como almohada. Subió la manta hasta el cuello de Kirari, quien, como una niña, entrecerró los ojos por el cuidado.

Un silencio, que parecía contar que ya se irían a dormir, se hizo antes de que otra vez alguien hablara.

—¿Podrías… acariciarme la cabeza?

Sayaka pestañeó.

—Me ayuda a dormir. —agregó Kirari, haciéndole sonreír.

La sola idea de que la presidenta le pidiera un mimo la llenaba de dulce éxtasis. Ella no solía pedir nada con palabras. Se las arreglaba para que, con acercamientos y vistazos, Sayaka se viera envuelta en una situación donde rechazarla la dejaría mal parada. De esa forma, sin haber pedido nada realmente, recibía a la fuerza las caricias de ella cuando apoyaba la cabeza en su hombro o dejaba "accidentalmente" la mano muy cerca de la suya. Si Kirari le rozaba la mano con un meñique, Sayaka nada podía hacer más que esperar una próxima caricia o, en el más valiente de los casos, adelantarse y ser ella la que colocara la mano sobre la suya para acariciarla. Esa era su rutina. Pero hoy Kirari no se estaba esmerando en ser rebuscada. Lo pedía oralmente, solicitaba su atención. Y aunque a Sayaka le encantaban sus insinuaciones calladas, su sueño siempre había sido escucharla demandar por ella. Era una especie de fantasía cumplida, pues jamás se había escuchado a la reina demandar por nadie.

Con mucho gusto, acudía a su rescate.

—Como usted guste, presidenta.

Sayaka puso la mano en su cabeza. Comenzó a acariciarla despacio. Kirari bajó el rostro, escondiendo la nariz debajo de la manta. Las trenzas habían quedado fuera. Sus ojos lucían pensativos.

—Sayaka…, te mentí antes. La experiencia de dormir la siesta se hubiera arruinado por completo sin ti, por ese motivo agradezco que me hayas aceptado.

La lengua parecía tener la necesidad de soltarse estando al lado de su secretaria. En general, ese era un efecto de su presencia que, con mucho esfuerzo, controlaba a diario. Hoy no podía. Una necesidad de abrirse no dejaba de brotar. Se preguntaba si sería por la cercanía, la comodidad, o si simplemente ya no era capaz de oponer resistencia a sus propios sentimientos. Se sentía débil con ella.

Sayaka asentía a todo lo que decía. A Kirari se le estaban cerrando los ojos mientras hablaba. Le resultaba aquello lo más tierno nunca antes visto.

—Duerma, presidenta. No me pienso mover de aquí. Puede usarme de almohada si así lo desea.

Kirari se zambulló en sus ojos antes de asentir. Se arrastró hacia adelante, apoyando la frente en su pecho y así encontrando a la mejor de las almohadas. Inevitablemente se abrazó a su espalda. Respiró ese aroma dulce que la acobijaba. Una mano igual de dulce pasaba por su cabeza y nuca.

La lluvia golpeteando en la ventana, el burbujeo del acuario, el calor de Sayaka y las caricias… Kirari cerró los dedos en su espalda, respirando profundo contra su pecho.

Era el día más feliz de su vida.

Estaba tan a gusto que tenía unas ganas locas de reír, como cuando te acuestas en la cama a descansar después de un largo día. Las sábanas suavecitas, la ropa ligera para dormir, la oscuridad y el silencio… El placer de descansar la mente. Así se sentía.

Finalmente descansaba.

Sayaka compartía sus sentimientos. Se sentía en las nubes acurrucada con la presidenta, calentitas por la manta y el calor mutuo. Llevada por aquel sentimiento cálido, que borró a toda timidez pasada, la impulsó más a su pecho por la cabeza. Percibía a Kirari como una niña que debía proteger, pues nadie, nunca realmente, la había protegido.

—Presidenta...

—¿Hm?

—Soy muy feliz ahora mismo.

Kirari abrió los ojos en su pecho; unos ojos profundos y cristalinos. Debido a la cálida voz de su secretaria, se vio en la necesidad de salir de ese cómodo refugio para verla a los ojos. Éstos brillaban por la luz del acuario. Kirari los miraba embelesada, pasaba el dorso de los dedos por su mejilla de algodón. Se inclinó para besarla.

Sayaka sentía a sus labios presionándole la mejilla, los dedos finos bajando por el cuello. Se prendió a su espalda con la mirada perdida en el techo. Perdida y enamorada.

—¿No íbamos a dormir? —le preguntó en un murmullo, sintiendo a esos labios arrastrarse por la mejilla. Se cerraron en el borde de su cuello.

—En un momento…

Kirari refregaba la nariz por su piel, subía una mano por el abdomen. Sus dedos apenas se escondieron debajo de la camisa. Sayaka arqueó las cejas llegando a su límite de comodidad. Atajó su muñeca.

Kirari salió del cuello y la miró. Sayaka solo le respondía con la cara roja. Pero ese acto fue suficiente para sacarle una sonrisa. Volvió a recostarse a su lado. Allí se quedó, sonriendo en la casi oscuridad, acariciándole la mejilla.

—Eres una lindura, ¿lo sabías?

Sayaka se preguntaba qué parte de la evasiva de recién podía ser considerado lindo. Cualquier otra persona se hubiese sentido rechazada.

—Lo siento… Entré en pánico.

Kirari soltó una risita. Juntó sus narices, arropándola con la manta.

—A partir de ahora dormiremos todos los días una siesta, ¿te parece bien?

Sayaka asintió con una sonrisa. Kirari suavizó la suya y pasó un brazo por encima de su cintura. La arrimó a ella y cerró los ojos para, esta vez sí, dormirse una siestita.

Sayaka permanecía mirándola en la oscuridad, analizando ese rostro de ahora expresión pacífica. Sus ojos se profundizaban en él, luego bajaban a esos labios celestes levemente entreabiertos. Un impulso de llevar un dedo a ese agujerito y meterlo para sentir la humedad de su boca la agobiaba por dentro. Tragó saliva, juntando las piernas. El tacto de la presidenta, siempre amable y cariñoso, últimamente invocaba en ella una sensación tan vertiginosa que se convertía en pánico. Fuego ardía en sus mejillas cuando ella se acercaba de más con esas manos que, antes santas, hoy parecían buscar aventuras por su cuerpo, pero siempre siendo disimuladas.

Demasiado ingenua sería si ignorara que aquellos deseos de la presidenta eran un claro indicio de una mutación de sentimientos. Si estos eran más profundos que antes, o si simplemente encontró en su cuerpo un nuevo juguete, a Sayaka no le importaba. Creía natural —y agradecía— el hecho de que el vínculo entre las dos hubiese crecido hasta ese punto. Desde que era una pequeña raíz, desde que decidió cosecharse, de alguna manera fue pensado para terminar de esa manera. Ella solo quería dejarse llevar, disfrutar de los mimos de la presidenta lo más que pudiese, pues la preparatoria no sería eterna, pero la timidez que siempre la acompañaba, además de un presente temor consigo misma, no le permitía relajarse, terminando todo en recurrir a la huida.

Temía que un día la presidenta se cansara de las evasivas.

Pero ella demostraba paciencia infinita en tratarla. Tampoco es que vocalizaba su deseo de profundizar el vínculo. Éste se iba afianzando en silencio; no había necesidad de explicar una obviedad. Lo que sucedía entre ellas se asemejaba al típico escenario de unos amigos que llevan mucho tiempo gustándose, pero que solo con miradas y actos demuestran lo que sienten. Nunca lo ponen en palabras. Hacerlo, pareciera ser, despierta la posibilidad de sufrir el rechazo, así como también la obligación de aceptar un compromiso en caso de ser aceptado. El ser humano, histérico como él solo, teme por igual al rechazo y a la aceptación porque, en ambos casos, habrá que responsabilizarse de tal sentir.

Somos una ironía, pensaba mirándola.

Queremos amar, pero tememos hacerlo. No queremos ser rechazados para no sufrir, pero tampoco aceptados por la presión que conlleva comprometerse con otra persona. Para muchos decidir estar con alguien es como firmar un contrato esclavizante. Sayaka tenía muy frescos esos conceptos, sin embargo, solo le temía a uno de ellos: el rechazo. Respecto al compromiso, se consideraba implacable. En su mente super lógica, si los beneficios les ganaban a las contras, entonces aceptaba comprometerse, accediendo así vivir con las consecuencias de la contraparte.

Pero todo tiene un punto de anclaje donde el barco debe estacionar. Sayaka, un año atrás, podía afirmar con mucha seguridad que Kirari no tenía intenciones de asentarse, ni con ella ni con su vida en general. Ella solo quería ver una supernova. Hoy, después de pasar varias luchas, eso había cambiado. Los ojos de Kirari ya no irradiaban locura, por el contrario, nadaban en un río calmo. Ya no buscaba las apuestas como antes, más bien aceptaba las que llegaban como para no perder el ritmo y la reputación. El tiempo libre que tenía lo pasaba en el despacho, donde solía poner excusas —que su secretaria no notaba— para que pudiera quedarse sola con ella.

En síntesis, solo quería paz.

Kirari había descubierto que para ver una supernova no era necesario buscarla afuera. Ésta siempre se encontró dentro de ella, y fue activada, sorpresivamente, no por una apuesta sino por un sentimiento intenso hacia otra persona. Hacia Sayaka.

Ella era su supernova; una bella explosión estelar.

—Sayaka, ¿estás despierta?

Sayaka abrió los ojos en la oscuridad. Habrán pasado diez minutos desde que los cerró. Recién estaba entrando en el sueño profundo. Despertarse de súbito la dejó atontada, pero hizo su mejor esfuerzo para colocar la voz.

—Dígame, presidenta.

La llamada presidenta se abrazó más a ella. Sus ojos brillaban con cierta expectativa.

—Quizá me esté inmiscuyendo demasiado, pero sabrás disculparme…, no puedo contra la curiosidad. Y tampoco podré dormir hasta saciarla —explicaba en voz baja, poniéndola en estado de alerta— ¿En qué estabas pensando antes? Cuando mirabas la ventana. Te veías abstraída en tus pensamientos.

Sayaka tardó un momento en contestar. Y en ese momento su mirada se volvía melancólica, una mano se movía sola, subiendo por la espalda de Kirari. Hizo presión, pegándola más a su cuerpo, y apoyó el mentón en su cabeza. Allí dibujó una sonrisa triste.

—En lo mucho que la extrañaré cuando se vaya.

Para Kirari aquello fue un disparo directo al corazón. Al final sí estaba pensando en ella, pero no en su presente sino en el futuro. Cerró los ojos contra su pecho, dejándose acurrucar por su secretaria.

—Sayaka…, sabes bien que yo jamás me interpondría entre tú y tus estudios. Admiro la forma en que te tomas lo académico. Sin embargo, creo haberme ganado al menos un lugarcito al costado de tus libros, ¿no lo crees?

Sayaka miró hacia abajo.

—¿A qué se refiere?

Kirari subió el rostro. Seriedad había en él.

—A que la vida no gira solo alrededor de la preparatoria. Sayaka, quiero seguir viéndote fuera de la academia. ¿Es eso posible o tus estudios rigurosos impedirán darle una mísera visita a tu presidenta?

Sayaka mantenía la boca abierta ante el pedido de Kirari. Estaba demandando su presencia fuera del acuario. En otras palabras, le estaba pidiendo verla en el mundo real.

Eso, sin dudas, no podía tomarlo más que como una confesión.

—¡Presidenta!

En un arrebato tomó sus hombros, asustándola. Kirari se defendía con una sonrisa dura.

—¡Mi único sueño en este mundo es poder seguir a su lado!, ¡no hay nada que quiera más! Sé bien que fuera de la academia su vida es ajetreada. Tiene muchas responsabilidades y las respeto, por eso había decidido no ser una responsabilidad más. Si es por usted, ¡yo era capaz de renunciar a todo! Incluso al privilegio de verla. Pero ahora… Si me dice esto… —Sayaka reforzaba el agarre en sus brazos. Pasión e impotencia desprendían sus ojos. Kirari se dejaba empapar por ellos, embelesada— ¡Simplemente no puedo no ser egoísta al respecto! ¡No importa que usted se gradúe primero, yo iré a visitarla todos los días si así lo desea!

—Si Sayaka lo desea también, serás bienvenida.

—¡Lo deseo!, ¡es mi único deseo! —Sayaka apoyó la frente en su pecho. Lágrimas se resbalaban por las mejillas—. Lo único que quiero… es permanecer a su lado para siempre. Los estudios me tienen sin cuidado.

«Ah…»

Los ojos de Kirari rodaron con satisfacción en la oscuridad. El alivio que sentía era enorme. Años atrás, cuando Sayaka empezó a trabajar con ella, le dijo lo mismo: quiero permanecer siempre a tu lado. En ese momento, con su mejor sonrisa, Kirari ocultó el malestar que le generó aquella confesión. Se sintió invadida. Le inquietaban los sentimientos de más de esa chica, pero a la vez, y muy irónicamente, los anhelaba con locura. Le gustaba sentirse querida aunque desconocía cómo recibir tal amor.

Hoy la melosa era ella.

Sin vergüenza ni reparos, se refregaba contra la cabeza de Sayaka con una sonrisa infantil en un agradecimiento por su fidelidad.

—Tu cabello es tan suave... —Le dio un beso en la frente.

Sayaka cerró los ojitos aún llorosos, rebalsando de felicidad. Haciendo a un lado también a la vergüenza, la abrazaba fuerte.

—Estabas sufriendo en silencio, ¿no es así? —Kirari le hablaba en un murmullo, limpiándole las lágrimas de la mejilla— ¿Hace cuánto? ¿Hace cuánto que tienes esos pensamientos, Sayaka?

—… Siempre los tuve. Nunca me dejó descansar el hecho de que usted fuera un año delante de mí. —Sayaka se acomodó mejor de costado para verla a los ojos—. Era consciente de que me faltaban tanto años como experiencia cuando vine aquí a solicitarle el puesto de trabajo, por eso me sorprendí cuando me aceptó a pesar de todavía estar en la secundaria. Desde ese momento supe que siempre iría un paso detrás de usted, y en nada era un problema para mí esa realidad. Siempre amé verla desde ese ángulo, presidenta. Pero cuando empecé a comprender que se iría primero, yo… odié no haber nacido en el mismo momento que usted.

Kirari no podía evitar ser hipnotizada por las palabras de Sayaka. Se sentía más floja que antes, sin fuerzas para responder nada. Los sentimientos se estaban acumulando dentro de ella, haciéndole sentir el pecho pesado y una adrenalina de tintes peligrosos. Temía que se disparara en cualquier momento.

—Si hubiera nacido en el mismo año estaríamos en el mismo curso. Tendríamos un año más para disfrutar, nos graduaríamos juntas… Esas cosas pensaba. —Sayaka deslizó los ojos al costado, como si de pronto le costara verla de frente—. Sé que suena ridículo, pero para mí el solo pensar en ser separada de usted es peor que la muerte misma.

Kirari respiraba hondo para no dejarse poseer por un instinto carnal. Podía hasta sentir cómo le crecían los colmillos y el deseo irremediable de clavarlos en ese cuello. Y en todo su cuerpo.

—¿Acaso lo haces apropósito? —le preguntó con cierta molestia que a Sayaka descolocó.

—¿Eh?

—Tu discurso parece gritar "bésame", Sayaka. —Kirari levantó una ceja—. Sin embargo, si me acerco de más volverás a alejarte, ¿no es así? Me dejas en una encrucijada, mi querida secretaria. Realmente me pregunto si lo disfrutas, el torturarme así… —murmuraba, acomodándole un mechón detrás de la oreja.

—¡J-Jamás! ¡Yo nunca desearía su sufrimiento!

—Entonces, permíteme besarte.

Sayaka se sonrojó hasta las orejas. Los ojos de Kirari brillaban profundos.

—Necesito besarte... —ronroneaba, inclinando el rostro hacia ella. Rozó sus labios—. Moriré si no lo hago.

La respiración de Sayaka comenzaba a descompensarse sobre esos labios que daban la impresión de guardar los mejores besos.

—Solo uno… —insistía ella, tomándole el rostro. Sus ojos ya no parecían amigos de la paciencia—. Si te desagrada, me detendré. Lo prometo.

—S-Sé bien que me gustará, ese es el problema.

Kirari se apartó un poco.

—No comprendo. ¿Por qué huir de una sensación placentera?

—Es que…—Sayaka se mordía el borde del labio. Le costaba hacer contacto con sus ojos, que la esperaban brillantes—. Verá, yo… puedo llegar a ser muy sensible.

—¿Oh?, ¿de eso se trata? —Kirari volvió a inclinarse con una sonrisa—. Entonces, no hay de qué preocuparse. Yo puedo atender esa sensibilidad.

—No…, ¡no lo entiende! —Sayaka la miró entre impaciente y penosa—. Presidenta, me gusta tanto que temo perder el control. —Se tapó la cara— ¡No podría perdonarme si termino lastimándola de alguna manera!

Kirari ensanchó los ojos de golpe. Un rayito cruzó por su cerebro, destruyendo a cada neurona coherente en él. Besar, morder, rasguñar. Deseo. DESEO. Era en todo lo que podía pensar ahora. El pecho se elevaba precipitado guiado por un corazón que, cansado de haber guardado por tanto tiempo un sentimiento de tal magnitud, comenzaba a enloquecer.

«Ah… No es justo que seas tan linda»

Llevó una mano tosca a su mejilla, sobresaltándola.

—Es todo. No voy a preguntártelo más, Sayaka.

Se fue hacia adelante y empujó sus labios casi con furia. Sayaka parpadeó contra sus pestañas, suspendida. No tuvo tiempo de pensar en nada. Los labios se Kirari movían apasionados sobre los suyos, no permitiéndole respirar. Resbaló los dedos por su espalda, arrugándole la camisa, cuando ella comenzó a sumir la lengua dentro de su boca. Sintió la punta húmeda tocar los labios y entonces un tirón excitante la asaltó en la parte baja. Sus lenguas comenzaron a enredarse acompasadamente, sin embargo, nada tardaron en volver el beso una danza revoltosa. Kirari giraba la lengua por la suya, la absorbía por momentos, luego volvía a presionarle los labios, pintándolos de celeste.

—Presidenta…, espere.

Suplicaba en su boca, pero ninguna compasión conseguía. Kirari la devoraba sin paciencia. Sus manos, aún más impacientes, buscaban por el cuello rastros de esa piel suave. Subían y bajaban por el borde al besarla, se arrastraban hacia abajo por el torso. Apretó uno de sus pechos por encima de la camisa. Un jadeo ronco se le escapó sobre la boca de Sayaka, como si fuera ella quien en realidad hubiera recibido la caricia. Pero es que hacía tanto deseaba tocarla que el hecho de por fin conseguir su cometido era un placer.

—Quítate esto…

Comenzó a desabotonarle la camisa, apresurada. La manta terminó en el suelo. No podía creer que tal comportamiento errado e impaciente proviniera de ella misma. La culpó a ella, a Sayaka. Esa chiquilla ya había tocado el techo de su paciencia con las constantes evasivas que, por un tiempo, tuvo la fuerza para tolerar.

Ese tiempo llegó a su fin.

Le bajó la camisa por los hombros con Sayaka quejándose de fondo, no obstante, a sus oídos solo llegaba una voz placenteramente culposa.

—E-Espere, si seguimos…

Kirari le tapó la boca con la suya. Se dio el gusto de disfrutar sus labios unos segundos más, presionándolos, estirando el labio inferior hacia ella en una leve mordida. Con mucho pesar, abandonó esa boca carnosa para digerirse al cuello. Lo bordeaba y besaba, arrastrando una mano por su cintura. Sayaka solo podía mirarla con la respiración tornándose pesada. Kirari, anhelando escucharla más, le masajeaba los pechos por encima del sujetador blanco. Giraba las manos por ellos, juntándolos. Sayaka apretó fuerte los ojos. Un cosquilleo peligroso amenazaba con bajar por el vientre. No dejaba de tirarle la entrepierna.

—Sayaka…, quiero verte.

La urgencia de Kirari la llevó a desprenderle el sujetador por la espalda. Los breteles perdieron fuerza en los hombros de Sayaka, derrumbándose por ellos. Kirari se vio congelada un instante debido a esos pechos que, al liberarlos, rebotaron frente a sus ojos duros. Eran redondos y firmes, acorde a su cuerpo. Los pezones, erectos por el estímulo anterior, parecían pequeñas cerezas.

«Ah…»

Se sumió de lleno entre sus pechos, apretándolos con las manos, resaltando esos pezones erectos entre los dedos. Sayaka se agarró de su cabeza, buscando un sostén para las sensaciones. Kirari besaba la curva de sus pechos con una impaciencia que en nada la caracterizaba. Pasó la lengua por uno de los pezones, dejándolo mojado.

—Presidenta…

Ella lo succionó largamente, robándole gemidos ásperos. Se dedicó a lamerlo y mordisquearlo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Olía bien. Sayaka olía condenadamente bien allí. Su lengua no se cansaba de pasar por ambos pezones duros, la boca no podía evitar cerrarse en esa piel esponjosa como si buscara alimentarse de ella.

—Hueles tan bien… —Levantó unos ojos ausentes, topándose con los de Sayaka entrecerrados. De pronto, tuvo un instante de lucidez—. Perdóname, iba a ser solo un beso, pero es que eres tan linda… ¿Puedo seguir? Déjame seguir… —Rogaba volviendo a su boca, adentrándose en ella.

Sayaka respiró profundo al encontrarse de nuevo con su lengua. Esta vez llegó más calmada que la vez anterior. Se entrelazaban despacio, saboreándose mutuamente, brindándose un placer lento que viajaba por todo el cuerpo en un hormigueo. ¿Qué podía responder a su pregunta? La presidenta, aquella que nunca perdía el control de sus emociones, que se mantenía firme hasta en la peor de las ocasiones, ya la había desnudado de la cintura para arriba, revelándole que también era un ser humano que sentía. Y mucho. Toda barrera del respeto, que con tanto cuidado habían mantenido hasta ese día, se había hecho trizas. Negarse era igual a mentirse. Su cuerpo pedía a gritos ser atendido y la presidenta rogaba por ella. Decepcionarla no estaba en su sangre.

—Solo… tenga cuidado.

Kirari sonrió en sus labios, un poco agitada.

—Gracias. Y discúlpame de nuevo, mi linda secretaria.

Ella seguía disculpándose, pero la culpa no la privaba de seguir conociéndola. Su mano más osada comenzaba a deslizarse hacia abajo por el abdomen de Sayaka, que tiritaba por el solo contacto de sus dedos fríos. Kirari apretó su intimidad por encima de la falda y entonces ensanchó los ojos. Un relieve llamativo se sentía cada que pasaba la mano por ahí. Sonrió en la boca de su, ahora, enrojecida secretaria. Ésta parecía estar deseando desaparecer en silencio.

—Comprendo… Sayaka no estaba mintiendo, es muy sensible. Pero nada de malo tiene aquello. Yo también lo soy. —Kirari tomó una de sus manos y se la guardó dentro en la falda. La hundió más abajo, metiéndola debajo de las medias y la ropa interior.

Sayaka abrió los ojos de par en par. Sus dedos se fundían con un suave fluido. Kirari le hacía frotar sus finos pliegues con las yemas.

—¿Lo ves? Sentimos igual, Sayaka. No hay nada de qué avergonzarse.

—P-Pero…

Kirari se fue hacia adelante, callándola de nuevo con un beso. En el camino, se atrevía a dar rienda suelta a sus deseos, deslizándose por la ropa interior de Sayaka, escalando por aquel bulto que daba la impresión de crecer en volumen.

—Yo puedo aliviarte…

Sayaka separó los labios cuando empezó a masajearle el miembro por encima de la ropa. La mano de Kirari subía y bajaba por él, trazando su forma. Sayaka abría las piernas inconscientemente. Torció un poco el rostro con la respiración entrecortándose. Kirari alargaba la sonrisa a medida que iba metiendo la mano debajo de la ropa interior.

—Ah…, presidenta.

La voz en éxtasis de su secretaria le hizo latir fuerte el corazón. Era tan emocionante para Kirari encontrar nuevas expresiones en Sayaka, unas que solo ella tenía el derecho de invocar. Nadie más. Nadie más podía tocarla, pensaba con los ojos volviéndose peligrosamente brillosos. Queriendo más de éstas, cerró la mano en su miembro, haciéndole soltar un quejido. Comenzó a frotarlo lentamente de arriba abajo, llevándose con ella esa piel suave que cubría el duro entusiasmo de su secretaria. Éste iba levantando vuelo con cada caricia, tironeaba la ropa interior como si quisiera escapar de ella con desesperación. Kirari arqueó una comisura sintiéndose extrañamente poderosa y quitó la mano de allí para llevar ambas al borde de la falda. Se la bajó de un tirón junto con la ropa interior. Sayaka pegó un gritito cuando su miembro saltó en un saludo. Enseguida se tapó con las manos.

—¡E-Esto es…!

—Amor.

Sayaka pestañeó. Kirari le sonreía amable.

—¿No es esto amor? El amor que sientes por mí… —Kirari bajó los ojos de forma traviesa. Atrapó sus manos y las quitó de allí ignorando todas sus negativas. Agrandó un poco los ojos al ver su miembro. Éste pegaba unos saltitos como si estuviera llamándola. Para venir de una chica tan menudita como ella, su tamaño era bastante respetable, pensaba humedeciéndose los labios. Tanto el grosor como la altura eran proporcionados. Por otro lado, agradecía que no fuera monstruoso. Hasta podría decir que le daba ternura. Creía a la puntita rosa pastel lo más tierno nunca antes visto. Solo por jugar, empujó con un dedo la punta, provocando que éste pegara otro saltito—. Ah, está saludándome.

—¡Deje de bromear! —Sayaka se moría de vergüenza. Trataba de taparse la entrepierna, pero Kirari no la dejaba. Estaba muy empecinada en volver a cerrar la mano en su miembro para masturbarlo. A Sayaka, cuando lo hacía, no le quedaba otra más que relajar las caderas y resignarse a sentir un cosquilleo intenso en la pelvis—. No vaya tan rápido…, por favor.

Kirari frenó la mano. La observó con curiosidad.

—¿Sayaka puede guiarme?

—¿Huh?

—Nunca antes realicé esta actividad, por ende, desconozco cómo hacerla.

—Y-Yo tampoco hice esto. No sé bien cómo funciona.

—Oh…, vaya. Esto un poco decepcionante. —Kirari se llevó una mano a la mejilla con una mueca triste—. Estaba segura de que Sayaka, al menos una mísera vez, se había masturbado pensando en mí.

—¿Q-Q-Qué? —Los ojos de Sayaka saltaron—. Mastur... Yo no… —Corrió el rostro, sonrojada.

—Yo sí lo hice. Muchas veces —agregó Kirari, juntando sus frentes—. Debido a ello, no puedo evitar sentir una inmensa soledad por este descubrimiento.

Sayaka no podía levantar la mandíbula. ¿Masturbarse pensando en ella?, ¿qué demonios? Jamás se le hubiera pasado por la mente que la presidenta llegara a esa instancia del clímax pensando en ella. Más bien, costaba imaginárselo, puesto que era toda una damita. Y ahora esa damita, muy perversa por lo que veía, le pedía la verdad como condición para continuar. Bufó. Su miembro empezaba a doler por el placer encerrado. Se sentía atrapada en una telaraña.

—… Lo hice.

—¿Oh? —Kirari se acercó con una mano en la oreja—. Disculpa, no te escuché bien. ¿Qué fue lo que hiciste?

Sayaka gruñía por dentro. Ella solo estaba jugando, como siempre.

—¡M-Me toqué pensando en usted!

—¡Oh! —Kirari se apartó con las manos juntas. Tenía una sonrisita feliz en los labios— ¿Cuántas veces? Si puedo preguntar.

—¡No puede! Ya deje de avergonzarme así… Solo quiero morir. —Sayaka se tapó la cara.

Kirari se la destapaba entre risas.

—Estoy feliz. Sayaka pensó en mí como yo pienso en ella. —murmuró, para luego besar sus labios con dulzura—. Entonces, sí puedes guiarme. Te escucho.

Sayaka la miraba, inquieta. Pasó la vista a su entrepierna. Allí, en lo alto, lucía tan entusiasmada como Kirari.

—Iba bien, solo… —«Quiero disfrutarte más, si sigues así voy a acabar», pensaba palabras que jamás podría decir. La presidenta la estaba tocando en su parte más intima, el nivel de nervios que manejaba era equivalente al de excitación. Y por eso mismo había mantenido una distancia hasta el día de hoy, porque sabía que tanto su alma como cuerpo era débil ante ella— ¿P-Puede hacerlo de esta manera?

Se animó a tomar su mano y guiarla. La movía lento por cuerpo del pene, enfocándose en estar lejos de la punta.

Kirari asintió, sonriente. Como buena alumna, siguió masturbándola de esa forma. Sayaka, resignada a dejarse llevar, se permitió colocar las manos detrás del cuerpo y apoyar la espalda en el respaldo del sillón. Su pecho subía y bajaba acelerado por las sensaciones. La mano de la presidenta era muy suave. Seguía un ritmo preciso al frotarla. Aún no podía creer que la estuviera tocando así. ¿Cómo pasaron de tomar una siesta a eso? De algún modo, tenía sentido.

—Espero poder igualar a la Kirari de tus fantasías. —decía ella, buscando su boca. Sayaka respiraba precipitado contra ella.

—No la iguala, la supera… Ah, por mucho. —Levantó el rostro con placer cuando le apretó más fuerte el cuerpo del pene.

Kirari sintió el mismo placer por solo ver la pintura de su secretaria tan rendida ante ella. Entre sus piernas, la besaba enredando sus lenguas mientras continuaba masturbándola cada vez más rápido. A Sayaka le costaba coordinar la excitación con el beso. Se movía torpe contra sus labios gracias a esa mano que, ya no tan obediente, comenzaba a subir por el cuerpo del pene como si tuviera tenebrosos planes para ella. Comenzó a frotar más fuerte aquella piel movediza cerca de la punta. Sayaka gruñó en su boca.

—L-Le dije que no tan cerca de ahí.

—Pero aquí parece gustarle más a Sayaka.

—Por eso mismo no toque ahí.

—No comprendo.

—¡Que no quiero terminar tan rápido, presidenta! —gritó su pecadora verdad, harta de sus juegos.

Kirari rio en un murmullo.

—De acuerdo. Entonces, haremos esto.

Bajó del sillón para apoyar las rodillas en el suelo. Sayaka veía, infartándose en el medio, cómo ella comenzaba a inclinarse lentamente hacia su miembro. Se llevaba una trenza hacia atrás, cerraba los ojos separando los labios. ¿Qué parte de "no quiero terminar rápido" no entendió?

—¡No no no no no! ¡Eso nn-Ahhh… —Un largo y agonizante gemido salió de su boca cuando la de Kirari cubrió la cabeza. Ella comenzó a succionarla con lentitud, generándole una sensación tan aguda y excitante que le hacía rodar los ojos. Sus labios se arrastraban acompasados sobre la punta rosada, dejándola reluciente de saliva—. N-No…

—¿Hm?

Kirari subió los ojos a ella de forma coqueta. Los de Sayaka apenas la enfocaban. Parecía ebria. Sofocó una risita y siguió succionando, arrastrando esa piel suave ya manchada de labial celeste. El aroma de Sayaka allí no era muy diferente del usual. Era su dulce olor, pero mezclado con su esencia más íntima y un toque de jabón. Por alguna razón, éste le excitaba tanto como estar devorándola, pues su sabor también era suave y ameno, resultando en un disfrute el probarla. Pero no era la única excitada. Venas firmes iban formándose en el miembro de Sayaka, la cual jadeaba sin aliento. Podía sentirlas cuando arrastraba los labios por él. Tomando aire, se fue hacia adelante, llegando hasta la mitad del miembro. Éste se deslizó hacia abajo por su lengua hasta casi tocarle la campanilla. Al instante tuvo una arcada que preocupó a su secretaria.

—¿S-Se encuentra bien, presidenta?

Kirari levantó la mano, como siempre, para calmarla. Respirando profundo por la nariz, bajó la lengua lo más que pudo dentro de la boca para tener más espacio. Y entonces aprendió que de esa forma podía evitar mejor las arcadas. La campanilla se elevó automáticamente por el movimiento, la garganta se abrió más también, permitiendo así que el miembro de Sayaka se deslizara hacia adelante hasta bajar unos centímetros por la garganta.

—¡Ah!

Sayaka se prendió de su cabeza.

«Su boca es tan caliente… ¿Me está apretando con la garganta?»

Pensaba con los ojos en el techo. Sentía a la garganta de Kirari contraerse contra su miembro. Estaba perdiendo el juicio.

Kirari arqueó las cejas con los ojos cerrados al sentir tal pasional agarre. Quería más. Quería ver a Sayaka muerta de placer. Comenzó a succionarla de esa forma, dándole el regalo de probar su garganta opresora. El pecho se elevaba brusco debido a las arcadas inminentes que con esfuerzo contenía, pero el escuchar los gratificantes jadeos de Sayaka hacía que todo trabajo duro valiera la pena. Estaba bañando a su miembro de saliva. Se resbalaba por sus comisuras cuando aceleraba los movimientos, yendo y viniendo por él. Subió los labios por su miembro hasta liberarlo —y permitirse respirar—, pero no lo dejó libre mucho tiempo. Comenzó a degustarlo de costado, arrastrando los labios por el cuerpo del pene ya notablemente venoso, luego volviendo a metérselo en la boca. Giraba la lengua por la punta, probando el líquido preseminal que comenzaba a salir de ésta. Era tan viscoso que al despegar la lengua quedaban restos colgando de ella. Una de sus manos, sin querer quedarse fuera del juego, comenzó a masajear a los ya abultados compañeros que yacían debajo.

—Hm…, presidenta, eso…

A Sayaka le costaba modular mientras miraba, muy atontada, cómo Kirari se llevaba un dedo a la boca y lo chupaba, lubricándolo por alguna razón que no tenía la energía para averiguar. No podía creer que toda la zona baja fuera tan erógena. Nunca se le ocurrió acariciarse los testículos cuando se masturbaba, sí, pensando en ella. Y tampoco rodear esa sensible entrada que yacía un poco más abajo, dilatándola en suaves masajes. Ahí la excitación se sentía tan punzante que podía llegar a…

Parpadeó.

—Espera, ¡¿qué?! —Bajó la cabeza. La de arriba, aclaramos— ¡¿Qué está haciendo?!

Kirari subió unos ojos inocentes. Detuvo el dedito medio que estaba por meter.

—Superar a la Kirari de tus fantasías.

—¡No no no no no! ¡Eso sí que no! —Sayaka atajó su muñeca.

Kirari sonrió al sentir su temperatura corporal. Hervía.

—Relájate, Sayaka. Prometo que te gustará.

—¡P-Pero ese lugar no es para-nnn... Ah… No de nuevo. —Su rostro cayó de lado, agitado, cuando Kirari comenzó sumir lentamente el dedo medio en aquella entrada ya no tan estrecha—. Por qué… no me hace caso.

—Nunca te hice caso, querida. Hoy no cambiaremos eso.

—Mierda…

Sayaka trataba de mantener la boca cerrada, pero era imposible. Kirari giraba el dedo dentro de ella, haciéndole arder. Poco a poco iba sumiéndolo más. Le daba impresión. Se le achicaba el estómago a medida que ella iba entrando. Kirari presionó arriba, rozó con el dedo una pared alta y rugosa, y entonces Sayaka tuvo que gritar. Se tapó la boca, sorprendida de la sensibilidad extrema que la atacó. Su miembro se elevó de pronto, resaltando aquello. No entendía nada. La invasión se le hacía incómoda, por no decir que le recordaba a un acto que nada tenía que ver con el sexo, sin embargo, detrás de esa invasión un placer extraño se asomaba.

—Vaya…, veo que te gusta mucho aquí. —Kirari se relamió los labios antes volver a cubrir la cabeza con la boca. Continuó trabajando en ello mientras la penetraba por detrás. Su dedo se hundía y salía de ella, estirando esa piel rugosa.

—Presidenta, pare… Se siente raro.

El cuello de Sayaka descansaba en el respaldo del sillón. La boca abierta, las piernas abriéndose más. Comenzaban a temblarle. Los dedos del pie se cerraban, un cosquilleo intenso se expandía por el cuerpo, centrándose en la punta del miembro. Subió unos ojos ausentes al techo, nublándose. Era como si cada partícula de su ser palpitara, queriendo escapar de la piel.

«Oh no… Estoy cerca»

—Presidenta, s-siento que no puedo respirar.

—¿Hm? —Kirari se quitó su miembro de la boca. Seguía frotándolo con una mano mientras retiraba el dedo de su interior. Sayaka soltó un quejidito. Le dejó ardiendo toda la zona— ¿Es así? Bien, aguanta un poco más, Sayaka. Pronto terminaré. —Sonrió—. Mejor dicho…, terminarás.

Volvió a devorarle el miembro.

Sayaka bajó como pudo los ojos a ella. La presidenta lo daba todo para hacerla sentir bien. Lo notaba en su respiración. Tomaba mucho aire para conseguir llegar más a fondo sin atragantarse. Luego lo soltaba por la nariz de una forma que llegaba insinuante a sus oídos.

«Eso debe costar... ¿Por qué se esfuerza tanto? ¿Es por mí? Por mí…, incluso aunque tenga esa cosa»

Kirari no mostraba desagrado alguno por lo que ella llamó durante mucho tiempo "una anormalidad". No le cuestionaba que fuera diferente, solo lo aceptaba con naturalidad. Era la primera vez que Sayaka no se sentía extraña consigo misma. Por primera vez gozaba el sentimiento de sentirse normal, y todo porque quien la estaba atendiendo la recibía con los brazos abiertos, sin cuestiones morales ni molestas preguntas. Sus ojos enrojecieron. Se estaba emocionando en un momento que no creía adecuado. No con su miembro tan endurecido en la boca ajena. Miembro que Kirari de repente devoró hasta el fondo, revolviéndola de pies a cabeza.

—Ah…, presidenta. Si sigue… voy a enloquecer.

Pasó la mano por su cabeza en una caricia. Kirari aflojó la expresión en el rostro al sentirla. Su entrepierna también comenzaba a palpitar. La tentación de llevarse la mano allí para masturbarse era alta. La verdad, prefería las lindas manitos de Sayaka entrando en ella, pero estar de rodillas en el suelo con la cabeza metida entre sus piernas era una complicación para lograr tal objetivo. Por eso, muy sigilosamente comenzó a llevar la mano a ese ardiente lugar que pedía ser atendido. La metió dentro de las medias negras y comenzó a rozarse suavemente por encima de la ropa interior. Presionó el clítoris, hallándose muy sensible. Jadeos que sonaban tímidos morían en el miembro de Sayaka mientras lo succionaba con más fervor que antes, como si fuera lo más delicioso del mundo.

Sayaka miraba todo desde arriba, ya ida.

—No es justo, yo también quiero tocarla.

Kirari abrió los ojos con su miembro adentro de la boca. Soltó una risa opacada y deslizó los labios hacia arriba hasta abandonarlo. Este rebotó contra su mejilla, grueso y brillante de saliva. Lo agarró enseguida y se dio unos golpecitos en la lengua con la punta. Sayaka casi se desgarró los ojos de tanto que los abrió. Y entonces todo acabó. Literalmente. Aquella imagen depravada provocó que una ardiente sensación la asaltara de golpe. Una que, por algún lado, tuvo que salir.

—¡Presidenta!

Se agarró con las manos de su cabeza mientras se corría en la boca de Kirari. Ésta le frotaba el pene en el acto, manchándose con la descarga. Sayaka lanzaba todo su néctar blanco en aquella lengua que, maldecía, resultó en una perdición para ella. Kirari recibía su placer gustosa, tragándolo como si fuera el elixir de la juventud. Se fue hacia atrás, llevándose también las manos temblorosas de Sayaka, para deslizar la lengua por la punta resbaladiza y obtener más de él, pero el descargo no era prolijo ni pensado. Éste se resbalaba por una de sus comisuras con pereza mientras tragaba, otro se disparaba a la mejilla. Kirari movía la lengua de lado a lado debajo de esa entrada pequeña que, en realidad, actuaba de salida para el placer espeso de Sayaka, quien no dejaba de retorcerse sobre el sillón. Cerró los labios allí, sintiendo a su miembro vibrar desesperado, y comenzó a chuparlo en medio del terremoto para no desperdiciar nada de los dulces fluidos de su adorable secretaria.

Sayaka ya no soportaba el contacto. Estaba pasando del placer tortuoso a una directa tortura. La sensibilidad que la agredía era extrema, al punto de darle vuelta el cerebro. Tomó su muñeca e hizo fuerza para alejarla. Kirari, entendiendo el mensaje, despegó los labios del pene, llevándose con ella sus fluidos. Sonrió lasciva al verlo todo brillante y palpitando. Le dio un besito en la punta rosada, como si así pudiera inducirlo a la calma.

Sayaka intentaba respirar mientras su miembro iba en picada, agotado por la descarga. Como pudo, enfocó a Kirari. Tenía los labios blancos. Se los relamía sin asco alguno.

—Bien, es un hecho que no te masturbas seguido. Esa sí fue una gran descarga. —dijo, deslizando la lengua por uno de sus dedos manchados.

Sayaka seguía desarmada en el sillón. Apenas podía respirar, menos hablar. Con mucho esfuerzo, levantó la mano para limpiarle la mejilla.

—No puedo creer… que hizo eso.

—¿Qué hice qué?, ¿probarte? —Kirari se reincorporaba del suelo. Gateaba entre sus piernas y se sentaba sobre ella. Su intimidad estacionó en el miembro cansado de Sayaka. Lo sentía palpitar a través de las medias— ¿No es lo natural? Probar a tu persona amada… Descubrir cada parte de ella.

—Pero tan así… Es mi primera vez. Tenga compasión.

Kirari se acercó a su oído entre risitas.

—No quiero… Por cierto, eres deliciosa.

Sayaka pasaba una mano por su cintura con los ojos apagados, Kirari la lengua por el borde de su oreja. Aunque carecía de energía y fuerza, aunque apenas estaba retomando el ritmo de la respiración, tener a Kirari encima de ella se la estaba regresando de golpe. Lástima que su entrepierna no pensaba igual; seguía descansando aunque sintiera la ropa húmeda de Kirari sobre la piel. No lo podía creer…, con tal incentivo enfrente. Sayaka rogaba que su miembro se levantara, que hiciera un último esfuerzo para poder complacer a la presidenta. Nada. Éste no respondía. Más bien parecía desear la soledad. Era como si se hubiese desconectado de su cuerpo.

—Sayaka tiene manos también, ¿no es así? —Kirari, que pareció leerla a la perfección, tomó una de sus manos. Besó el dorso—. Unas manitos muy lindas.

Sayaka pestañeó con letargo. Cierto, pensó. Ella no era únicamente un pene andante.

Con la emoción llenándola veía a Kirari llevarle la mano a la entrepierna. Le hizo apretar allí, por encima de las medias negras. Entornó los párpados, acomodándose mejor en el sillón. Un movimiento involuntario por el entusiasmo.

—¿Puedo quitarle eso, presidenta?

—No.

—Ah…

—Mejor, rómpelo.

—¿Huh?

Kirari alcanzó su otra mano y también se la llevó a la intimidad. Se levantó la falda, incitándola a que le rompiera las medias justo allí. Sayaka se preguntaba si querría verla en su faceta salvaje o qué. Como fuere, no pudo contenerse por el pedido. Agarró con los dedos las medias negras de seda y tiró hacia los costados, haciéndole un agujero importante al canto de un rasguido. Muslos blancos se hicieron presentes, además de una ropa interior del mismo color.

Kirari, subiendo una comisura, decidió comenzar moverse perversamente sobre ella, disparándole un escalofrío por todo el cuerpo. Se refregaba contra su pene por encima de las bragas. Sayaka veía a sus caderas menear de adelante hacia atrás. Al clítoris, destacando debajo de la ropa, rozar contra la punta ya no tan dormida.

—Hm…

Kirari jadeó yendo a sus labios, acomodando mejor las caderas sobre ella. Sayaka la besaba mientras ella continuaba meciéndose, frotándose con su miembro. Éste seguía descansando, pero con la sensibilidad suficiente como para sentir los pliegues de la presidenta pasar por él a través de las bragas. Inevitablemente comenzó a endurecerse.

Kirari, sintiéndolo cobrar fuerza, sonrió a la vez que con sus finos dedos corría la ropa interior hacia el costado. Apoyó despacio su intimidad ahora al desnudo sobre el pene de Sayaka. Ésta última jadeó; Kirari soltó un respingo placentero. Comenzó a mecerse más lento y profundo, frotando sus pieles mojadas.

—Se siente bien…, Sayaka.

Los ojos de su secretaria estaban puestos en el diminuto clítoris de ella. Envuelto en una capucha, que comenzaba a tornarse rojiza, parecía hincharse cuando se arrastraba por el cuerpo del pene. Su respiración se entrecortó de golpe por la imagen, devolviéndole esa sensación vertiginosa de la que creía haberse recuperado. Puso la mano en su cintura. Sin darse cuenta, la impulsaba más hacia ella para sentir en su totalidad esos pliegues mojados sobre la piel. Su pene comenzaba a levantarse sobre la intimidad de Kirari, pero ésta no le permitía tomar vuelo. Lo aplastaba cada vez más fuerte.

—Mh…

Kirari enredó los brazos en su cuello. Entrelazaba sus lenguas, bailando las caderas más rápido. Sayaka arrastró la mano hacia arriba por su espalda. Se aferró fuerte de la camisa. Temía volver a terminar sin siquiera haberse levantado por completo. La sensación cosquilleante caminaba por todo el largo del miembro hasta centrarse en la punta.

—Sayaka…, tu mano. Quiero tu mano.

Kirari tomó su mano y la impulsó hacia su lugar de necesidad. Habló sobre sus labios.

—Mételos.

Sayaka, perdida en el momento, resbaló los dedos por esos pliegues húmedos y finos, buscando un lugar por donde ingresar. Debajo de ellos halló una entrada muy pequeña. Parecía palpitar, como si se muriera de ganas por sentirla. Presionó despacio hacia adentro. Kirari tembló sobre ella.

—Es ahí… Justo ahí, entra.

Sayaka tragó pesado, encontrando la garganta seca, antes de comenzar a hundirse en su interior. Kirari arqueaba la espalda a medida que esos dedos subían, raspando sus paredes más íntimas. Sayaka, asombrada por hallar una piel tan suave y caliente, tiró hacia afuera en búsqueda de un punto placentero. Kirari se sobresaltó.

—Eso… se sintió muy bien. Hazlo de nuevo.

Sayaka comenzó a mover los dedos dentro de ella. Hacía un vaivén hacia afuera, generándole una puntada aguda en la intimidad. Kirari festejaba el placer con una sonrisa apenas abierta. Para Sayaka, estar dentro de ella era un sueño cumplido, pero tampoco era capaz de dejar sin atención a su parte externa y más sensitiva, que ya se había hinchado lo suficiente como para asomarse por lo que antes le había parecido una capucha. Era como si estuviese suplicando por una mísera caricia. Presionó con el pulgar el clítoris, estremeciéndola.

Kirari sonreía en sus labios, los presionaba para sentir su cálido aliento en la boca. Sayaka se regocijaba con los fluidos que se resbalaban por sus dedos. Abajo, su miembro, queriendo llamar la atención, trataba de levantarse en medio del trasero de Kirari. Quería volver a la acción y ella quería utilizarlo con urgencia. Una ironía. Siempre consideró a su parte intima un juguete innecesario, quizás porque nunca pensó que lo usaría de esa manera y menos con la presidenta. Desde que nació no sintió excitación alguna en esa zona. Era solo un juguete roto y se maldecía por haber nacido extrañamente con él. Aunque los médicos le decían que era una anormalidad aceptada, pues la intersexualidad existía, ella no dejaba de sentirse un fenómeno. Siempre teniendo que esconderse en los vestuarios de mujeres, siempre avergonzándose de sí, deseando ser, por un solo día, normal. Esa cosa no servía para nada, ni siquiera reaccionaba.

Hasta que la conoció a ella.

Allá con sus inocentes catorce años, cuando habló con la presidenta por primera vez, cuando ésta se inclinó hacia ella de una forma que, a sus ojos, resultó provocadora, lo escuchó. Ahí, el juguete hablando, removiéndose inquieto debajo de la falda. Sayaka se sintió desconcertada. Era la primera vez que reaccionaba por sí mismo ante un estímulo externo y real, pues hasta ese momento solo había reaccionado ante roces accidentales o por la necesidad de ir al baño mientras dormía. Despertarse con una erección ya era una costumbre para ella, pero nada tenía que ver aquello con lo sexual. Ese día, cuando conoció a la presidenta, por primera vez también conoció al placer en su parte baja. Y le asustó. Por instinto se llevó las manos a la falda y la bajó, empeorando aún más la situación, puesto que, al apegarla al cuerpo, el bulto apenas despertándose resaltó como quien esconde una mano en el bolsillo del pantalón. Rogó que la presidenta no lo notara.

Pero Kirari lo notó, allá tres años atrás.

Notó el, en aquel entonces, pequeño entusiasmo de Sayaka. No sintió absolutamente nada por él más que una remota curiosidad que vino acompañada de un pensamiento: ¿se excitó por mí?, ¿por qué?

¿Le atraigo?

Y como si el sentimiento ajeno fuera contagioso, inevitablemente empezó a verla de la misma forma. Pero nada más lejos a un contagio estaba pasando, se aseguró. Mucha gente gustaba, la adoraba e incluso fantaseaba con ella. No sería el primer bulto que debía haber revuelto, sin embargo, nunca hubo un efecto rebote por ello. Nunca nadie le generó nada. Sayaka sí.

¿Por qué?

La raíz de esa pregunta la llevó a curiosearse más por su persona, por sus talentos, por sus ternuras y modo lógico de ver la vida. Se sintió encandilada por ella, más no por su parte baja. A Kirari le daba igual lo que tuviera entre las piernas mientras Sayaka permaneciera a su lado siendo ella misma. Porque de quien se había enamorado era de su mente y corazón, no de su cuerpo. Aunque debía agradecer que su persona elegida tuviera un rostro tan bello. Era un placer verlo todos los días, perderse en esos ojos oscuros que ocultaban un sinfín de sentimientos pasionales que, otra vez, de forma inevitable, la llevaron a desearla en todos los sentidos posibles. El amor para ella empezaba en la mente. Si no había estímulo mental, no había interés alguno por todo lo demás.

Y ahora ahí estaba, refregándose contra ese bulto, ya no tan pequeño, que en su momento no le llamó la atención y ahora moría por conocerlo a fondo, así como a todo su ser. Si pudiera, le mordería el cerebro para saborearlo y drenarse de todas sus ideas lógicas tan opuestas a las suyas.

—Sayaka…

De a poco fue quitando la mano de su muñeca. Con la otra sigilosamente tomaba su pene, lo levantaba para colocarlo en la entrada.

Sayaka se alertó cuando ella alzó las caderas. De pronto un baldazo de realidad le cayó en la cabeza. Uno que, si no le hacía caso, iba a lamentar. Descubrió entonces que cumplir los deseos de la presidenta era igual a complicarle la vida.

Agarró su mano rápido, deteniéndola.

—Presidenta…, no tengo protección.

Kirari levantó la vista. Por un instante sus ojos se perdieron en los suyos, pensativos, pero pronto una sonrisa tenue se dibujó en ella.

—Sayaka…, en este momento no puedo pensar en nada más que unirme contigo.

—Pero…

—Ya lo arreglaremos después, ¿de acuerdo? Relájate, lo tengo todo controlado.

«Pero yo no»

Pensaba Sayaka mientras Kirari levantaba más las caderas para hundirse en su miembro. Para variar, no tenía intenciones de hacerle caso. Ya había probado en carne propia que las negativas no funcionaban con ella, por ende, solo le quedaba un plan: confiar.

—H-Haga lo que haga, no me deje… Ya sabe, adentro.

—¿Acabarme adentro?

—¡No lo diga así! —exclamó con su risa de fondo—. Levántese antes. Si no lo hace, la tiraré del sillón. Hablo en serio. —Sayaka arrugaba la frente, testaruda. Temía que Kirari no fuera consciente de las consecuencias. Y que ella riera más fuerte le hacía confirmar la teoría.

—¿Sayaka no quiere tener un hijo conmigo?

—No bromee…

—No bromeo.

La forma seria en la que respondió la dejó estática. Se vivió un suspenso entre ellas antes de que, como siempre, Kirari lo cortara con una sonrisa.

—Comprendo. Somos muy jóvenes, así que tendré cuidado.

—Le avisaré, lo prometo.

—Oh, no hará falta. Me daré cuenta, no te preocupes. —Kirari reforzó el agarre en el cuerpo del pene, sacudiéndola—. Aquí voy, ¿estás lista, Sayaka?

Sayaka asintió muy insegura de lo que iban a hacer. Kirari, rebalsando seguridad, apoyó la punta en la entrada. Apenas se encontraron ambas pieles intimas, los párpados de ambas se entornaron. Empezó a bajar las caderas muy despacio, intentando ser penetrada, sin embargo, el miembro de Sayaka se resbaló por la entrada y terminó en su trasero.

Sayaka se sonrojó; Kirari pestañeó.

—Oh, vaya… Creo que soy más estrecha de lo que pensé. No quiso entrar. Y eso que Sayaka hizo un estupendo trabajo aflojándome. —A Sayaka le hervían las orejas por su vocabulario—. Bien, vamos de nuevo.

Lo agarró de nuevo y esta vez afinó la vista en él para apuntar bien. Comenzó a bajar las caderas en un segundo intento. Sus muelas se encontraron cuando esta vez consiguió su cometido, metiéndose aquella punta sobresaliente. Sayaka separó los labios enseguida, placentera.

«Ah…, estoy adentro de la presidenta. Se siente bien…»

Kirari, por otro lado, aún no encontraba al placer. Éste se le escapaba gracias al ardor que quemaba cada pared existente allí adentro. Aguantándose un agudo pinchazo, siguió bajando un poco más, arrastrando los labios interiores por su pene. Y entonces dolió en serio. Soltó un quejido apenas audible, pero que Sayaka escuchó.

—¿Se encuentra bien? No tiene que forzarse, presidenta.

Sayaka le acariciaba la cadera con unos ojos de cachorro que hacían sonreír a la otra. Incluso en un momento tan candente, Sayaka se preocupaba por ella. Le resultaba una ternura. Como si lo tomara como un desafío, se sostuvo de sus hombros y arqueando el trasero hacia abajo se impulsó, cubriendo más de la mitad de su miembro. Sayaka gimió junto a ella, no obstante, el gemido de Kirari se vio envuelto en dolor. Uno que disimulaba con una sonrisa tirante.

Sayaka miró hacia abajo, sorprendida. La parte más gruesa había ingresado con éxito. Volvió la vista a ella.

—Entró.

Dijeron a la vez. Rieron bajito por ello.

—¿Voy a empezar a moverme?, ¿de acuerdo? Si sientes alguna incomodidad, no dudes en decírmelo. —avisó Kirari.

Sayaka le sostenía la mirada con un placer culposo. La presidenta tiritaba un poco sobre ella.

—Me está tratando como si fuera yo la que sufre, presidenta, y sabe que no es así. No se compara lo que yo siento a lo que usted está sintiendo ahora mismo.

Ella solo sentía un placer abrazador. Calor, una sensación de protección por estar dentro de ella. En cambio, para Kirari el acto convocaba una doble naturaleza. Creyó injusta a la vida. ¿Por qué su presidenta debía sufrir antes de conseguir el anhelado placer?, ¿por qué aquello era un requisito? ¿Por qué no podía ser tan sencillo como lo era para ella? No podía dejar de pensar, aguantándose las lágrimas. Cualquier sufrimiento que la presidenta pasara le destruía el corazón, en especial si la causa era ella misma.

Pero Kirari no tenía el más mínimo arrepentimiento de lo que estaba sucediendo. Le daba la bienvenida al dolor con los brazos abiertos porque sabía que éste era significativo.

—Ciertamente… mi lado conlleva un poco de sacrificio. No obstante, es uno por el que vale la pena sacrificarse. Estoy segura de que con la práctica ya no dolerá tanto.

—Presidenta, yo… Ah…

Sayaka se vio interrumpida por las caderas de Kirari, que comenzaron a moverse lentamente de arriba abajo, estimulando a su miembro. En un acto instintivo, llevó las manos en su cintura danzante. La miró de una forma perdida, recibiendo la misma mirada.

«Se siente parecido a lo que hizo antes, pero mucho más apretado… Me está quemando»

Comenzando a respirar pesado, Sayaka bajó los ojos y entonces una sensación de pánico total se apoderó de ella. Kirari regresaba los pliegues por su miembro, dejándolo no solo brillante de fluidos. Una delgada línea de sangre se resbalaba por él.

—¡Presidenta!

La detuvo por la cintura. Kirari estiró la sonrisa y se acercó a su rostro.

—Estoy bien. Muy bien…

La besó. Sayaka respiró profundo contra su boca, resignándose, nuevamente, a aceptar cada capricho de ella. Otra cosa no podía hacer. Kirari era quien mandaba. Marcaba el ritmo saltando sobre su pene. Danzaba las caderas lento, metiéndoselo y sacándoselo, luego más rápido y profundo, como si estuviera tanteando la manera de sentirse más cómoda. Y Sayaka, sintiendo un placer arrasador, la dejaba ser. De a poco empezaba a disfrutar mejor de la unión, dejando la culpa para después.

—Sayaka…

No era la única nadando en el disfrute. Kirari cada vez más se hundía en su miembro. Sintió cómo tocó el fondo y entonces cerró los ojos con placer. Su vientre estaba en llamas. Aún dolía, en especial cuando golpeaba el fondo, pero ese ardor no se comparaba a la excitación que le despertaba tener a Sayaka dentro de sí. Apreciaba al acto tanto violento como angelical, pues con quien estaba teniendo relaciones era con su persona elegida. Mientras más iba y venía por el cuerpo del pene, más su intimidad se estiraba para recibirlo. Estaba tomando su forma. Y mientras más se amoldaba a él, volviendo el acto cómodo, más nacía un deseo de volver a la incomodidad, de que le duela un poco, pues sabía que detrás del dolor encontraría un placer aún mayor. Guiada por la teoría, se fue hacia debajo de golpe, quedando totalmente sentada sobre sus piernas. El rastro del miembro de Sayaka desapareció.

—¡Ah!

Kirari gimió alto por primera vez, tapando el gemido de Sayaka que le siguió. La tenía completamente adentro. Creía que había tocado el fondo antes, pero no. Su intimidad se estiró más para recibirla. Quedó aprisionada por el miembro de Sayaka. Le temblaban las piernas, comenzaba a sudar. Sentía a la punta palpitar en su pared más alta, como si ésta quisiera atravesarla para llegar al vientre. Llevó una mano allí de forma inconsciente y comenzó a mecerse más rápido.

Los pechos de Kirari saltaban bellamente ante los ojos oscurecidos de Sayaka. Aún tenía la camisa puesta. Ah, ¡qué blanca era aquella porción del pecho de ella, que dos botones desprendidos, le permitían ver!, pensaba entre delirios. Esas curvas saltando, asomándose por la camisa, eran una cruel tentación. De pronto Sayaka no soportó que la presidenta le ocultara tal manjar. No tenía sentido. Abajo le estaba entregando todo de ella, ¿por qué arriba no? Y por qué ella… se estaba sintiendo tan ansiosa. Un instinto primitivo gritaba en su corazón. Era como si la rasguñara por dentro, queriendo salir. Poco a poco se iba viendo presa de una desesperación de índole caótica que, comparada a su naturaleza consciente, carecía de lógica.

«Ah, su cuerpo… ¡Quiero ver su cuerpo!»

Sus manos, las primeras en perder el control, fueron brutalmente hasta la camisa de Kirari y la abrieron, revelando por fin aquellos pechos de un volumen generoso. Kirari no llegó a reaccionar que Sayaka, con unos ojos salvajes que nunca antes había visto, ya estaba levantándole el sujetador.

—¡Presidenta!

Su boca viajó sin miedo al pecho izquierdo y lo devoró. Kirari se agarró de su cabeza con el labio inferior desprendido.

—Sayaka…

Su dulce secretaria le succionaba el pezón con hambruna. Giraba por él con la lengua, luego lo mordisqueaba, generándole unas cosquillas traviesas. Sostenía los pechos por debajo con rudeza. Los apretaba, sintiendo su esponjosidad.

—Mh…

Kirari estiró el cuello hacia atrás. Sus caderas disminuían la velocidad por el placer inmenso que estaba sintiendo en los pechos. Los pezones rosados se levantaban por el estímulo constante, llegando a su máximo de rigidez. Costaba manejar tanto la excitación alta como baja. Sentía al miembro de Sayaka endurecerse aún más en su interior, rasparle cada pared como si quisiera destruirla.

—Eso es…, hazlo más.

Sayaka deslizaba la lengua entre sus pechos para morder al otro pezón. Lo jaló hacia sí con los dientes casi como un animal y luego lo envolvió con la boca. Comenzó a chuparlo entre jadeos roncos. Kirari la observaba desde lo alto con una sonrisa excitada.

—Pareces un bebé, Sayaka… Uno muy hambriento.

Sayaka subió unos ojos oscuros a ella y la impulsó hacia sí por la espalda.

—Ah…

Kirari se fue hacia adelante por el impulso, cayendo de cara contra su hombro. Arqueó las cejas. Esa posición se sentía muy bien. El clítoris rozaba contra la pelvis de Sayaka en las embestidas. Ésta última, como si se hubiera olvidado de quien era, despegó la espalda del sillón y atajó sus glúteos. Comenzó a bajarla y subirla con fuerza, haciéndola saltar sobre su cuerpo.

—Ah… Eso es —gimió Kirari, sintiendo cómo le rompía las medias en el trasero para clavarle los dedos en la piel—. Quiero que por tu propia voluntad… me destruyas.

—Presi…denta.

La voz placentera de Kirari navegó por los oídos de Sayaka, despertando aún más esa bestia hambrienta que, pareciera ser, se había mantenido sellada hasta el día de hoy. Los ojos fijaron un punto en su cuello. Parecía delicioso, suave y húmedo. Olía tan bien… Las pupilas se dilataban mientras se llenaba de un voraz deseo.

«Ah… ¡Ah!»

Clavó los colmillos en ella. Kirari aspiró el aire entre dientes.

—Saya… ka.

El cuello de Kirari ardía. Y le encantaba. La adrenalina subió de golpe, cosquilleando cada parte de su cuerpo. Respirando ya agitada, buscaba los labios de Sayaka en medio de los saltos. Los unió al encontrarlos, pero el beso era torpe debido a los movimientos que su, ya no tan dulce secretaria, le proporcionaba.

—Hm… Sayaka.

Ronroneaba contra su boca, pasando la lengua por sus labios. Se agarró de su nuca, la otra mano en el hombro. Abrió los ojos para ver los suyos. Una mirada caótica fue lo que halló.

«Ah… Hermosa»

Sayaka había encontrado a su supernova, y qué feliz era ella por resultar ser la dueña de aquella explosión estelar. Estaban sincronizadas. Finalmente Sayaka compartía su pasión.

Enderezó la espalda y por la cabeza la sumió entre sus pechos. Con una expresión que comenzaba a tornarse sufrida, continuó siendo asaltada por ella. Sayaka la penetraba duro y parejo, golpeándole el fondo hasta hacerle sentir que la partiría. La escuchaba jadear entre sus pechos como si se estuviera ahogando, también escuchaba a sus intimidades tornarse pegajosas, haciendo ruidos que, en otro momento, a Sayaka le hubieran infartado. Echó un vistazo por encima del hombro. Sus testículos le golpeaban el trasero sin compasión. Estaban mucho más hinchados que cuando tuvo el gusto de probarla allí abajo. Sonrió en medio del éxtasis. ¿A eso se refería Sayaka cuando le dijo que no quería lastimarla?, ¿a entregarle su amor apasionadamente? Menos mal que dejó sus miedos atrás, pensaba regocijada, porque se sentía mejor que nunca. Ni las apuestas le generaban un sentimiento tan grato como Sayaka comiéndola viva. Volvió el rostro adelante, encontrándola sin aire.

—Presidenta… ¡Ah!

Sayaka cerró los ojos aferrándose fuerte de sus glúteos, dejándole marcas rojas en él.

—Me está apretando tanto…

La imagen de su miembro desaparecido, apenas asomándose cuando Kirari se mecía, la estaba volviendo loca. Veía todo entre los pechos de ella. El placer de ambas, resbaladizo, se pegaba y despegaba de los muslos cuando la penetraba. En un intento de sentirla más, resbaló un poco la espalda del sillón y se agarró mejor de su trasero. Comenzó a golpearla más rápido con las caderas, penetrándola con fuerza.

Kirari se mordió el labio inferior, reforzando el agarre en su cabello desordenado. La coleta de Sayaka solo tendía a bajar y bajar, y su excitación a subir y subir. Un cosquilleo agudo y tirante se estaba haciendo presente en toda la zona. De pronto tener a Sayaka adentro se estaba volviendo desesperante. Su intimidad quería expulsarla, estaba a punto de hacerlo.

—¡Ah!

Y Sayaka lo sintió. La intimidad de Kirari, ya rojiza de excitación por fuera, la estaba estrujando demasiado. Tiritaba fuerte por momentos, tratando de deshacerse de ella.

—Presidenta…

Sin conocimiento alguno de la materia, algo dentro de sí le dijo que tenía que darle un final memorable, pues su presidenta estaba cerca. Aunque no era la única. Su miembro también comenzaba a sentirse en llamas. La misma energía puntiaguda que la atacó antes regresaba, pero mucho más revoltosa. Estaba a nada de hacer un desastre con ella otra vez.

Ensanchó los ojos, despertando por un crítico momento.

«No… ¡No puedo!»

—Presidenta, es ahora. —Se halló con la voz rasposa, carente de aire—. Quítese. Terminaré de atenderla con esto. —Acercó la mano a su intimidad. Kirari le dio un manotazo que hasta le ardió— ¿Presidenta?

La nombrada alargaba las comisuras ante su rostro cansado y desentendido. Algo en sus ojos asustó a Sayaka. Eran similares a cuando enloquecía en las apuestas.

—No…, no puede.

Kirari se agarró fuerte de sus hombros. Se inclinó a ella de un modo sombrío.

—Sí puedo.

—¡Presidenta…!

De pronto ella comenzó a saltar salvajemente sobre su miembro, agudizando las sensaciones en ambas. Sayaka sufría previos espasmos con los ojos cerrados y la mandíbula tan tensa que pensaba que se le iba a romper. Era todo. Su miembro palpitaba ferviente dentro de ella. Estaba a punto.

—N-No, quítese. ¡Voy a…!

Hizo fuerza para apartarla, pero Kirari la impulsó hacia abajo por los hombros con aquella sonrisa maliciosa.

—Suéltalo, Sayaka.

—¡N-No!

Sayaka levantó el rostro de golpe al ser arrasada por un placer doloroso que explotó dentro de la presidenta. Ésta última abrió la sonrisa de forma perdida, encantada con lo que estaba recibiendo. Su ser se estaba llenando de Sayaka. Pronto cerró los ojos al verse arrasada también por esa misma descarga que tocó el último punto que necesitaba para explotar.

—¡Ah!

Cruzó los brazos en su cuello mientras su cuerpo comenzaba a temblar estrepitosamente sobre el otro, que no se quedaba atrás.

—Presi… denta, ¡pare!

Sayaka trataba de quitársela de encima levantándola por los muslos, pero Kirari se resistía. Hacia fuerza hacia abajo para continuar recibiendo todo su, según ella, amor.

—¿Por… qué?

Sayaka, agotada de la descarga, dejó caer los brazos en el sillón. Pequeñas lágrimas se asomaban por sus ojos, más no entendía si eran de culpa, bronca o de la excitación misma. Quizás era por todo.

—Hm… Sayaka.

Kirari, perdida en su mundo, pasaba los labios por su mejilla brillante, meneaba lento las caderas, empapándose con sus fluidos. Sujetó esas mejillas con rastros de lágrimas y deslizó la lengua por una, llevándosela consigo.

—Mi adorable secretaria…, te amo.

Juntó sus labios. Sayaka, derritiéndose por la confesión, no se vio con más remedio que abrazarla por la espalda. Abrió la boca para recibir a esa lengua que, temblorosa como el cuerpo de ambas, se enredaba lenta y cansada con la suya.

De a poco sus cuerpos iban aceptando lo sucedido, relajándose en aquella oscuridad que relampagueaba por momentos. La tormenta seguía fuera del despacho, y también en el corazón de Sayaka. En medio de aquella fogosa sesión, dejaron de escuchar la lluvia. Sus sentidos se centraron solo en la respiración de la otra, en la voz y el tacto de la otra. Por un largo rato solo existieron ellas y su mundo caótico.

Pero todo lo que sube tiene que bajar.

Kirari fue la primera que, con un profundo suspiro, se separó de sus labios para verla a los ojos. Sayaka no la miraba. Tenía la cabeza gacha, fruncía los dedos contra el sillón, pero la otra mano seguía en su espalda como si no fuera capaz de soltarla a pesar de todo.

—¿Qué sucede? —Kirari levantó su mentón. Un ceño fruncido fue lo que encontró— ¿Te lastimé?

—Lastimarme… ¡Deje de bromear! ¿Por qué hizo eso? —explotó sin aliento—. Íbamos a tomar una siesta, solo iba a ser un beso… ¡Y ahora está llena de-

—Sayaka.

Sayaka frenó en seco.

—Estoy llena de Sayaka. Muy llena… —Kirari levantó las caderas. El miembro de Sayaka lentamente iba saliendo de ella. Se resbaló hacia atrás, agotado—. Ah, está saliendo.

Sayaka se mantenía rígida ante la imagen de la presidenta abriéndose los pétalos húmedos y enrojecidos. Poniendo una cara algo sufrida, ella hizo fuerza y un fluido blanco se expulsó de golpe por el orificio, derrumbándose en el abdomen de Sayaka. Estaba caliente.

—Mh… No para de salir. De verdad, estabas muy cargada.

Kirari se refregaba los pliegues con los dedos, manchándose con esos fluidos como si disfrutara de ello. Enfrente, un pecho agitado no paraba de subir y bajar.

—Es muy espeso…

Se llevó los dedos a la boca. Comenzó a chuparlos con unos ojos duros mirándola fijo.

—Y salado… No está mal. ¿Con qué te alimentas a diario, Sayaka?

Y entonces, su secretaria tuvo otro ataque.

—¡Deje de jugar!

Tomó sus hombros y la estrelló de espaldas en el sillón. Kirari soltó un "oh" sorprendido.

—Vaya…, pero cuánta energía. ¿Acaso quieres llenarme de nuevo?

—¡No! ¡Quiero que pare de arriesgarse! No puedo creer que… haya hecho eso. —Sayaka bajó la cabeza. Estaba a punto de llorar otra vez—. Seguro planeó todo esto… Siempre hace lo mismo. ¿Por qué nunca tiene en cuenta mis sentimientos? ¡Nunca me escucha!

—Te escuché… aquí. —Kirari puso la mano en su corazón—. Conocía tu deseo de estar conmigo, así como también tus miedos de estarlo. Solo quería que me fueras sincera, Sayaka. Y ahora tu sinceridad está dentro de mí. Eso es todo.

Sayaka se mordía el labio con la vista al costado. Estaba a nada de desangrarse.

—No planeé nada, solo sucedió. Puedo jurarte aquello —agregó, incorporándose entre su cuerpo. Sayaka se fue hacia atrás, aún evitando el contacto visual—. De verdad solo quería dormir una siesta contigo, pero… te mostraste tan linda que no pude contenerme más. Te ofrezco mis más sinceras disculpas.

Kirari bajó la cabeza en una reverencia.

Sayaka no lo podía creer. Era la primera vez que esa mujer bajaba la cabeza ante alguien. Bueno, la segunda. Sin contar que la bajó antes para cubrir su cabeza.

—Dios… —Se tapó la frente—. Siento como si hubiera sido violada.

—¿Oh? —Kirari levantó el rostro—. Qué curioso que te sientas así, porque fuiste tú la que me hizo esto. —Se señaló el cuello.

Sayaka se paralizó al ver la marca de una mordida penetrante. Resaltaba, carmesí, en medio del blanco cuello de Kirari. Estiró unos temblorosos dedos hacia ella y la rozó, sintiendo el relieve de la mordida.

«Yo… ¿la mordí? ¿Cuándo fue? ¿Por qué?»

Devolvió la mano a la cara. Sus ojos desvariaban debajo de ella. Se le hundía el pecho con solo pensar en el dolor que habrá sentido. Lo sabía. Dentro de sí siempre lo supo, que dejarse llevar era igual a perder el control. Estaba tan apenada que solo quería desaparecer de la faz de la tierra.

—Lo lamento… ¡Lo siento tanto, presid-

Kirari calló su culpa con un beso. Sayaka iba relajando los párpados a medida que ella se separaba suavemente de sus labios.

—Estoy muy orgullosa de llevar esta marca, Sayaka.

La impulsó hacia el costado por los hombros. Cayeron en el sillón. Una sintiendo una culpa poderosa y otra sonriente.

—Me encantaría que lo hicieras de nuevo.

—Está loca…

—Qué perceptivo de tu parte. —Kirari cerró los ojos con calma. Se escondió en su cuello—. Hueles a mí… —Lo besó.

Sayaka suspiró, agotada de todas las sensaciones; placenteras y sufridas por igual. Llevó una mano a su cabeza.

—Presidenta, no quiero desvalorar el momento de recién. Siendo sincera, estar con usted fue lo mejor que me pasó en la vida. —Kirari entrelazaba sus piernas mientras la escuchaba, buscando su calor—. Sin embargo, dadas las circunstancias, es necesario que nos preguntemos qué vamos a hacer… con eso. —Sayaka bajó la vista a su intimidad. A los ojos de cualquiera, parecía como si hubiera librado una batalla. Kirari aún tenía la ropa interior corrida hacia el costado y las medias negras rotas.

Pero ella continuaba apacible en su cuello, nada perturbada con lo sucedido.

—Oh, no te preocupes por ello. Estoy en mis días seguros.

—Nada es seguro en esta vida, presidenta.

—Hm… Buen punto. De acuerdo, Plan B. Puedo tomar una pastilla anticonceptiva. De hecho, la tengo aquí mismo. —Señaló hacia atrás con el pulgar. En la mesita baja, que separaba los sillones, se encontraba su bolso—. Se llama "la pastilla del día después". Podrá evitar este inconveniente. O… podemos simplemente aceptar los hechos y ver qué sucederá.

—… Tengo dos preguntas.

—Adelante.

—¿Por qué tiene la pastilla aquí? —preguntó Sayaka con cierta molestia.

Kirari dejó caer los hombros.

—Siempre la llevo conmigo. Tenía la esperanza de que algún día se diera este milagro de estar contigo, por eso me tomé el trabajo de instruirme como corresponde para estar preparada ante cualquier caso de emergencia.

Sayaka no dejaba de fruncir el ceño. Entonces ella siempre supo de su condición, pensaba.

—Segunda pregunta. ¿Aceptar los hechos y ver qué sucederá…? Presidenta, ¿está segura?

—¿Sayaka no quiere tener un hijo conmigo?

—¡No empiece con eso de nuevo! Sabe bien que yo quiero todo con usted.

Kirari esbozó una sonrisa.

—¿Entonces?

—¿No lo entiende? Presidenta, usted tiene muchas cosas qué hacer antes de eso, en especial ahora que está por graduarse. Su propósito al ingresar en esta academia… ¿acaso lo olvidó?

Kirari cerró los ojos.

—No… Aunque, debo admitir, teniéndote desnuda a mi lado es muy fácil para mí el olvidar mi deber. Estar con Sayaka, sorprendentemente, es mucho más divertido que destruir a mi familia.

Sayaka sonrió de lado.

—Presidenta, solo quiero lo mejor para usted, pero… no quiero sonar como si estuviera forzándola. Yo me haré responsable de cualquier decisión que tome. Queda en sus manos.

Kirari soltó una risita. Llevó una mano a su mejilla.

—Lo dices como si ya estuviera embarazada. Que yo sepa, no funciona así, Sayaka. Debo hacerme un test antes.

—Solo soy precavida. Y usted… está tan tranquila —acotó con recelo— ¿Ya ha estado en una situación así antes…? No, no es necesario que me responda. —agregó rápido, mirando para otro lado.

Kirari la devolvió al suyo por la mejilla.

—Lo estuve.

Los ojos de Sayaka se aguaron de inmediato. Kirari rio para adentro.

—Es broma. Tú eres mi primera, Sayaka. Lo siento, no me canso de ver tus lindas expresiones.

Sayaka infló los cachetes.

—De verdad, hoy está insoportable.

Le dio la espalda. Escuchaba a Kirari reír detrás, luego sentía cómo la envolvía en un abrazo.

—Me disculpo por ello, y por todo. —Besó su hombro—. No obstante, debo confesar que no me arrepiento de nada.

Sayaka mantenía los ojos en el respaldo del sillón.

—De cualquier modo, no tenemos muchas alternativas. Tienes razón. Si llego a quedar embarazada, mi familia se las arreglará para quitarme este bebé y hacer con él lo que hicieron conmigo. —Kirari se puso seria. Desprecio emanaba de sus ojos—. Él se convertirá en el próximo descendiente de los Momobami y tarde o temprano ocupará el puesto de líder. No puedo permitir aquello. Me gustaría, si es posible, que él fuera libre para llevar tu apellido, por eso... tomaré la pastilla. Cuando me deshaga de mi familia podremos aparearnos tranquilamente y engendrar una cría.

Sayaka reía bajito en un intento de ocultar la amargura. La historia familiar de Kirari había tomado la forma de una estaca, y la tenía clavada en el corazón desde que se enteró de todo el año pasado. Dolía. Odiaba al clan Momobami por convertirla en un mártir.

—Aparearnos… No somos animales, presidenta.

—Pongo eso en duda. Al aparearte conmigo perdiste el control y me mordiste. Yo me dejé llevar por ello y perdí el control también. ¿Qué es eso más que un instinto animal, Sayaka?

Sayaka se achicó en el lugar dándole la razón por dentro, más no queriendo admitirla por fuera. Kirari la daba vuelta por el hombro.

—Me gusta que seas desaforada conmigo. No hay nada qué lamentar.

Dijo y la besó, borrando así todas sus lamentaciones pasadas y futuras.

Estar abrazada a Kirari, desnuda y sin capas, era una sensación tan gratificante que opacaba cualquier incomodidad antes sentida. La complicidad que se había formado entre ellas se percibía en el aire. Sayaka no podía evitar relajarse entre esos pechos desnudos y suaves. Abrió los ojos contra ellos. Blanca. Su piel era tan blanca... Ahora podía apreciarla con calma. Deslizó los ojos por su cuerpo, hallando a esa anhelada intimidad que fue suya un rato atrás. Y entonces, se lamentó de no haber podido hacer más por ella.

—No es justo…, yo también quería probarla.

Kirari abrió los ojos en su cabeza. Estaba quedándose dormida. El desgaste de "aparearse" era más del que pensó. Pero si su secretaria deseaba probarla…

—Permiso concedido. Puedes bajar.

Comenzó a bajarla por la cabeza. Sayaka la levantó enseguida.

—¡Pero no ahora! —exclamó, haciéndole reír.

—¿A qué se debe el rechazo? ¿Será que acaso te disgusta tu propio placer, Sayaka? Aquel que aún está en mí…

—¡Claro que me disgusta! Es asqueroso. —Sayaka respondía con las mejillas rojas— ¿No siente nada? Es decir, si aún está ahí debería…

—Estar saliendo, en efecto. Estoy sintiendo vivamente cómo se resbala hacia afuera.

—¡P-Presidenta!

—Es extraño, pero familiar. A qué me recuerda... —Kirari pensaba con una mano en la boca mientras su secretaria entraba en calor por la vergüenza— ¡Ah, ya sé! Es similar a cuando te baja la regla. Ya sabes, esa sensación cuando te pones de pie y sientes que baja de golpe, pero... mucho más espesa y caliente. —agregó con una voz ronca, humedeciéndose los labios.

Sayaka ya no sabía dónde ocultarse. Se tapaba la cara con el cabello. Estar hablando de tales intimidades le daba más vergüenza que haberlas hecho con ella.

—¡E-Es suficiente! No me explique más, por favor. —rogó, sacudiendo la mano.

Kirari se reía.

—Sayaka es muy linda..., avergonzándose por todo. —murmuró, corriéndole el cabello de la cara.

—Usted es la que es una desvergonzada. —Sayaka la señaló—. La próxima vez tomaremos... precauciones... —Su voz iba bajando a medida que notaba un pequeño —y pegajoso— detalle en su flequillo. Al ser su cabello blanco, se camufló antes a la perfección—. Ah...

—¿Ah?

Sayaka pasó la vista a sus ojos, tragando pesado. Kirari la miraba con ingenuidad.

—Tiene… en el pelo…

—¿Hm? ¿Un billete?, ¿un insecto?

Kirari amagó a sacudirse el flequillo. Sayaka le tomó la mano rápido.

—¡N-No se preocupe, presidenta! Yo se lo quitaré.

«¡No puedo dejar que lo vea!»

Con una cara de asco, que Kirari no comprendía, cerró los dedos en uno de sus mechones; aquel que estaba pegajoso por su placer. Parecía como si tuviera shampoo, pero éste no olía exactamente a rosas. Deslizó los dedos hacia arriba por el mechón y entonces el alma se le escapó del cuerpo. El flequillo quedó parado, al igual que su corazón.

—Se… secó.

Kirari torcía el rostro con el pelito parado como una antena.

—¿El insecto se secó? Vaya, cuánto tiempo llevará fallecido allí. —Se tocó la cabeza con Sayaka gritando de fondo. Pestañeó— ¿Qué…? —Deslizó los dedos por el mechón—. Ah, está duro. Ya veo… Esto es lo que se secó.

Sayaka solo quería que la tierra la tragase mientras Kirari la espiaba de reojo con picardía.

—¿Cómo es que esto se llama? El placer de Sayaka… ¡Ah, semen!

—¡No lo diga! —Sayaka le tapó la boca—. Lo siento tanto, presidenta. No tengo idea de cómo llegó ahí. Bueno, en realidad sí… ¡La próxima vez apuntaré mejor!, ¡lo prometo!

—¡Oh! ¿Entonces habrá una próxima vez? ¡Qué felicidad! —Kirari se sumió en su pecho desnudo. Sayaka tiritó un ojo al sentir el pelito duro en la mejilla—. Aún hay muchos lugares que deseo conocer de ti. En especial éste… —Pasó los dedos dentro de sus glúteos, sonrojándola—. Me quedó pendiente probarlo.

—¿Pero qué dice? Presidenta, vayamos a bañarnos. Podemos usar el baño de aquí. No puede seguir con... eso en el pelo.

—¿Eso...? Ah, semen.

—¡Deje de decirlo!

—Seee~men.

Ronroneaba en su oreja. Sayaka cerraba fuerte los ojos como si así pudiera evitar escucharla.

—¡Ya pare, por favor!

Kirari, tumbada a su lado, reía ante las caras que ponía. Sayaka se encontró relajando el rostro al verla tan alegre. Y es que no podía contra su risa libre de toda atadura. Una mano se movió sola antes de pensar, posándose en su cadera. Kirari frenó la risa para reemplazarla con una sonrisa gentil.

—Sayaka, creo que ahora estoy lista. Tomemos una siesta.

—Deberíamos bañarnos, presidenta. —insistía ella, subiendo una vista inquieta al pelito parado.

—Solo serán quince minutos, como decía la información. —Kirari apoyó la mejilla entre sus pechos—. Pon la alarma.

—Ya la puse —respondió. Kirari, curiosa, buscaba su celular con los ojos. Sayaka se adelantó a su próxima pregunta, llevándose un dedo a la sien con arrogancia—. La puse en mi cabeza.

Kirari rio por lo bajo, acomodándose de nuevo en su pecho.

—Entonces, hasta dentro de un rato, Sayaka.

—Descanse, presidenta.

La que nunca descansaría con ese pelito duro rozándole la mejilla sería su secretaria, pero nada más que aguantarlo podía hacer. Kirari parecía muy cómoda yéndose con Morfeo. No quería ser la causa de su despertar.

«Solo por esta vez haré lo que quieres sin quejarme»

Cerró los ojos en su cabeza y la acurrucó más en su pecho. Kirari sonrió feliz allí.

Por fin parecía que iban a tener la tan esperada siesta, aquella que fue invocada por la melancólica lluvia, sin embargo, cortos minutos pasaron antes de que Sayaka —quien extrañamente estaba dormitando a pesar del pelito— sintiera una mano invasora en la retaguardia. Abrió los ojos con cara de pocos amigos.

—De verdad… nunca se va a dormir, ¿cierto?

—Huhu~

.

.

.

Despertarse al lado de la presidenta, ver sus ojos abriéndose lentamente y los labios formando una sonrisa dormida, era un sentimiento tan cálido y acogedor. Al final, sí se durmieron. Fue inevitable. Aunque Kirari trató de iniciar un nuevo juego, el cansancio no la dejó, terminando por dormirse con la mano colgada en el trasero de su secretaria.

Sayaka no podía dejar de sonreír cuando ella le peinaba el flequillo revoltoso con la mano, como aceptando el despertar, solo para luego hundir otra vez el rostro entre sus pechos, deseando volver a dormirse allí. Sayaka le decía entre risas que debían levantarse. Kirari negaba en el lugar, refregando la nariz contra esos pechos calentitos.

—Quisiera quedarme aquí por siempre.

El corazón se le revolvió, histérico, ante sus palabras. Sayaka la abrazó fuerte antes de tomar su rostro y levantarlo despacio, haciéndole encontrarse con sus ojos.

—¿Cómo se siente?

—Embarazada.

—¡¿Qué?! —Se apartó, pálida.

Kirari se echó a reír.

—Es broma. Ahora mismo tomaré la pastilla, solo por precaución.

Estiró el brazo con mucha pereza para agarrar su bolso de la mesita baja. Abrió el cierre y sacó una cajita. Sayaka observaba todo con el pecho cerrándose. Por alguna razón, sentía como si Kirari estuviera a punto de arrebatarles algo importante.

«Deja de exagerar… No hay nada en ella todavía. Y aunque lo hubiera, aún no es momento»

Se decía para recuperar la compostura, pero su rostro sincero no sabía disimular la preocupación.

Kirari sacó el blíster de la caja. Tenía una sola pastilla; era pequeña. Antes de llevársela a la boca, miró fijo a su secretaria.

—¿Segura?

Sayaka cerró los ojos.

—Haga lo que crea más conveniente, presidenta. Yo la apoyaré, no importa qué decisión tome. Es su cuerpo, no el mío.

Kirari sonrió suave. Se tomó la pastilla.

—Ya tendremos tiempo para engendrar una cría. Antes tenemos muchas cosas qué hacer.

Sayaka subió una comisura.

—Claro.

Aún le sabía extraño que la presidenta quisiera tener "una cría" con ella. No se la imaginaba como madre. A ella misma tampoco. Sus padres fueron un desastre, no aprendió nada de ellos más que el arte de la competencia. Rogaba no cometer los mismos errores con su futura cría, pero temía que fuera inevitable. Por suerte, Kirari no era competitiva. Al contrario, su personalidad, la verdadera, era tranquila como las aguas de un río. Ella podría equilibrar la crianza, enseñándole a no dejarse llevar por la competencia, más sí a disfrutar de la vida. Solo había un pequeño defecto en ella que podría llegar a contaminar la mente de la pobre cría: su necesidad de arriesgarlo absolutamente todo.

«Oh dios... Ese bebé será un desastre»

Kirari dejó el bolso en la mesita. Volvió a acomodarse en el sillón. La llamó con la mano. Sayaka se recostó en su brazo con una mueca intranquila. Kirari le acariciaba la cabeza, riéndose bajito por ella.

—¿Qué pasa con esa cara? Pareces estar viajando en un futuro indeseable.

—Ahí mismo estoy. —respondió con los dedos de Kirari pasando por su flequillo. Ésta última contenía una risita.

—Es bueno saberlo. Si no fueras la Sayaka que conozco, no estarías pensando en un futuro caótico. Me alegra aún tenerte aquí, Sayaka.

Sayaka sonrió en su torso.

—Aún así, no es saludable vivir pensando en el futuro. No te preocupes, comenzaré un correcto tratamiento de anticonceptivos para evitar que te vayas de viaje de nuevo.

Sayaka se preguntaba cómo demonios hacía para leerle la mente. Sabía exactamente lo que estaba pensando. Antes Kirari era incapaz de leerla. ¿Por qué ahora sí?

«¿Estaremos sincronizadas? Por lo que hicimos...»

—Yo también puedo cuidarme, presidenta. —atinó a contestar.

—Ciertamente puedes, no obstante, hacerlo significaría una dolencia para mí. ¿Sabes por qué? —Kirari se inclinó a su oído—. Porque me gusta sentir el placer Sayaka en todo su esplendor.

El susurro le hizo hervir las mejillas. No comprendía cuál era la raíz de ese fetiche de sentir "esa cosa" dentro de ella. La respuesta le llegó antes de preguntarla.

—Para mí, aceptar a Sayaka implica aceptarla con todo lo que venga. Y si puedo conseguir todo de ella, yo sería muy feliz.

Sayaka levantó los ojos. Kirari la miraba con otros dulces. No pasó mucho antes de que éstos la vencieran. De nuevo, ella le daba el regalo de la aceptación. Comprometerse o rechazar... Ambos conceptos le vinieron otra vez a la mente, dejando lugar para solo uno: comprometerse. Kirari lo estaba haciendo. Entonces, Sayaka haría lo mismo; por amor, por fidelidad. Por muchas razones. La única contraparte de comprometerse con ella era su desquiciado amor por la adrenalina, cosa que Sayaka no compartía. Sin embargo, debía reconocer que se veía preparada para ello. Tuvo un largo entrenamiento de tres años donde lo único que presenció fue a la presidenta siempre en peligro. Podría decirse que estaba curada de espanto.

Volvió a arrastrar la mejilla por su torso, acurrucándose contra su cuerpo desnudo.

—Si eso la hace feliz, no hay motivo por el cual negarme.

Kirari la arrimó más por la cabeza.

—Entonces, está decidido. A partir de hoy estás inmiscuida conmigo, aquí y fuera del acuario.

—¿A partir de hoy? Presidenta…, siempre estuve inmiscuida con usted.

—¿Es así? Entonces, supongo que es momento de informarte. Como estás inmiscuida en esto, lamento decirte que tendrás que soportar los posibles cambios hormonales que sufriré durante las siguientes horas. —Kirari alcanzó de la mesita la caja de la pastilla. Sacó el prospecto de adentro—. Según lo que dice aquí, quizá pueda llegar a sufrir somnolencia y hasta depresión.

Sayaka la miró, sorprendida.

—¿Usted?, ¿depresión?

—Lo sé, para mí también será una novedad el verme en aquella faceta, si es que sucede.

Sayaka se mostró preocupada antes de volver el rostro serio y asentir.

—No se preocupe, presidenta. Cualquier cambio que sufra yo lo aceptaré. Después de todo, es mi culpa que haya tenido que tomar eso.

—Oh no, por favor. No te culpes. Fue una total irresponsabilidad de mi parte. Pero, de nuevo, no me arrepiento de nada. —Kirari le subió el rostro por el mentón. Fijó la vista en sus labios—. Sentir cada partícula del cuerpo de Sayaka…, jamás podría arrepentirme de eso.

Juntó sus labios en un largo beso que, si no fuera porque escucharon la campana de la academia, se hubiese transformado nuevamente en una situación riesgosa.

—Tenemos que levantarnos, presidenta. —murmuraba Sayaka en su boca.

—¿Tenemos?

Cerró los ojos con una sonrisa.

—Sí, tenemos. Vamos.

La agarró del brazo. Kirari, para su sorpresa, suspiró como una niña que no se quiere levantar para ir a la escuela.

—Quería seguir conociendo a Sayaka...

Para Sayaka, el descubrimiento de una Kirari tan apasionada con ella era una novedad. Pecaba de ingenua. Kirari, desde el principio, fue apasionada. Solo que, al aún estar insegura del sentir opuesto a ella, no se atrevió a dar rienda suelta a sus deseos de inmediato. En consecuencia, estos fueron creciendo hasta el punto de tocar un techo. Hoy, tras pasar tanto tiempo con los sentimientos sufridos dentro, por fin podía revelárselos. Ya nada tenía que ocultarle, más si tenía que contenerse, pues su secretaria era un ser de caras adorables. De forma inevitable, éstas despertaban a la hambruna de ser, irónicamente, devorada por ella.

La forma de sentir de Sayaka era más compleja, dado que estaba ligada a la lógica. Pero muy atrás del raciocinio tedioso que le hacía complicarse las simplicidades, solo había un deseo: hacer feliz a su presidenta. Por eso, aunque fuere renegando, accedía a sus caprichos. Sin mencionar que era culposamente gratificante tener relaciones con ella de la forma más completa posible. Un lado de sí, descubría recién algo salvaje, amaba verla llena de su placer. Era como una marca de territorio.

«Ahora nadie me la puede quitar»

Pensaba dejando el sillón limpio y reluciente, como si allí nada hubiera pasado. Kirari, ya bañada como ella, se reía por cómo pasaba un trapo histéricamente por el cuero al grito de "alguien se dará cuenta". Al sillón, la verdad, casi nada le sucedió. Todo se guardó dentro de la presidenta, permitiéndole suspirar aliviado, pues una mancha de esas no era fácil de quitar. Y él era un producto de alta gama. Todo un señorito. Mancharlo era igual a insultarlo. Pero solo Sayaka lo respetaba. Para Kirari solo era un sillón más, al igual que todos sus bienes.

—Hm… Parece que no parará de llover.

Comentaba ella con los ojos en el cielo gris. Sayaka abría el paraguas en el mientras tanto. Habían abandonado el despacho para dirigirse a sus respectivas casas. Ya era tarde. Sin embargo, por cómo Kirari la agarraba del brazo, Sayaka temía terminar en la suya.

—Está pronosticado lluvia para mañana también. —respondió, comenzando a caminar con Kirari hacia la salida de la academia. La lluvia golpeteaba en el paraguas, sus zapatos en el piso mojado.

—Entonces, supongo que mañana también tendremos que tomar otra siesta.

Sayaka se giró para ver la carita inocente de la presidenta. Ésta levantó una mano y agregó:

—Solo será una siesta.

Esa sería la frase mentirosa que repetiría todos los días cuando se hiciera "la hora de la siesta". A veces resultaría en verdad, otras en mentira. En ambos casos, Sayaka la complacería, y por una razón muy simple.

—Presidenta, por dejarme llevar olvidé decirle algo importante.

—¿Hm?

Sayaka le sonrió de una forma tan bella y sincera que le fue imposible a la otra no quedarse encandilada.

—La amo. Amo todo de usted.

Kirari se quedó unos segundos suspendida. Sus mejillas se iban tiñendo de un leve carmesí. Sonrió.

Te amo, querrás decir.

—Sí..., eso mismo. Te amo, Kirari.

Kirari naufragó unos momentos más en esos ojos oscuros que la admiraban con profundidad. Devolvió la vista al frente, reforzando el agarre en su brazo. Continuaron caminando. Con la mirada fija en las rejas negras de la entrada, Kirari conservaba aquella pequeña sonrisa que, engañosa, guardaba una felicidad inmensa.

—¿Te gustaría venir a mi casa, Sayaka? Mejor dicho, vendrás. Es una orden.

Su secretaria levantó una ceja. Antes de darse cuenta, se encontró riendo por dentro. Había desesperado a su presidenta de nuevo, esta vez podía notarlo. Ese era el modo de corresponderle de ella: trazar en su cuerpo todo el aprecio que le tenía.

—Iré con gusto, Kirari. Ah, pero antes pasemos por una farmacia. —Agregó en su oído.

Kirari arqueó una comisura, traviesa.

—Bien pensado. Con este clima, seguro me resfriaré. Mejor seamos precavidas. —bromeó, haciéndole reír.

Pareciera ser que una segunda "siesta" se llevaría a cabo ese día.

Pero aunque la pasión a veces las dominara, sin poder evitar el verse envueltas en ella, lo que ambas más disfrutarían sería justamente el acto siguiente: la siesta. El cuidado posterior al momento íntimo, las caricias y los abrazos al dormirse... Consideraban aquello un momento más profundo que el de "aparearse", como le gustaba decir a Kirari. Nada se comparaba a la paz que sentían al estar abrazadas, calentitas y sintiendo la respiración de la otra.

Dicen que si se puede dormir bien con la pareja, ésta durará más que una que no pueda. Lo pusieron a prueba. Y lo confirmaron.

Tanto fuera como dentro de la academia, ellas siempre durmieron en paz.

Fin


Si llegaron hasta acá, ¡muchas gracias por leer!

Como dije arriba de todo, esta vez decidí hacer una historia con temática G!P, pero llevada lo más posible a la realidad. En otras palabras, hablo de la intersexualidad. No sé porqué terminé escribiendo sobre eso, pero bueno, salió así. Los que ya me conocen saben que no solo me gusta describir a nuestras chicas pasándola bien sino también a sus pensamientos y sentimientos, así también como citar situaciones cotidianas de la vida con el mayor realismo posible —y con una pizca de humor—, por eso (quizás debí advertir esto arriba) esta historia no se trata solamente sobre chanchadas (definitivamente debí haberlo advertido arriba, sí), como a veces se puede esperar de este género. No tengo la capacidad de escribir solo nopor, así que siempre va a haber reflexiones en el medio de la historia. Aunque creo que igual metí una buena cuota de chanchadas *guiño guiño*, pero fue sin querer (?

Pasado el mucho texto, paso a responder los comentarios:

Juds93: Amigaa, cómo va eso? Espero que andes bien y que la historia (un poquito diferente a las demás) te haya gustado. Nos hablamos pronto! Te mando un beso!

brianna: Hooli! Muchas gracias por leer! Me alegra que la historia te haya gustado :) Esta parejita es mi debilidad desde siempre, así que siempre tengo algo que decir sobre ellas jajaj Te leo prontito. Te mando un beso y que andes bien!

Eso es todo por ahora gente linda. Nos leemos pronto! Cuídense!