Disclaimer: Crepúsculo es de Stephenie Meyer, la historia de LyricalKris, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from LyricalKris, I'm just translating with the permission of the author.

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Edward era un romántico declarado. Le había dicho que le gustaba planificar citas. Había ensalzado las virtudes de las muchas posibilidades. Un crucero al atardecer desde Newport Beach donde pudieran contemplar la puesta de sol y bailar en la cubierta. Ir a la sala de juegos donde podría pretender que ella le vencía en un juego de carreras y luego ganarle un animal de peluche desagradablemente grande. ¿Cena y película? Le prometió que la cena sería increíble y la película sería horrible, así tendría que distraerla besándola hasta dejarla sin aliento.

Bella se entregó a una fantasía de lo que vendría; una vida con Edward como su novio. Ella no era el tipo de mujer que necesitaba que la llevaran a beber y cenar. Ella no necesitaba lujos ni cosas caras. ¿Pero bailar al atardecer en los brazos de Edward? ¿Estar tan cerca, balancearse con la música mientras el sol brillaba sobre el océano?

Sí.

Lo puso en su lista de deseos para el futuro. Cuando no estuvieran en el principio. Cuando estuviera segura de que esta necesidad vertiginosa que sentía pudiera ser algo sólido, real y sorprendente.

Nunca le fue tan fácil ver un futuro con un hombre con el que estuviera tan recién involucrada. Eran aguas inexploradas.

Así que Bella pidió algo ligero, divertido y cliché. Nada demasiado concurrido; con otra cepa de la enfermedad desenfrenada, ¿quién querría enfermarse unos días antes de Navidad?

Edward cumplió. Los llevó a una tienda llamada Color Me Mine, uno de esos lugares que vendían varias piezas de cerámica para que el cliente las pintara y la empresa las metiera al horno. Las paredes estaban revestidas de platos, figuritas, jarrones y cosas por el estilo de un blanco inmaculado, todos pidiendo a gritos un poco de color. Esta cita, dijo Edward, tenía el doble propósito de permitirles hacerse regalos navideños el uno al otro sin la incómoda conversación sobre si era apropiado o no.

En realidad, apenas se conocían.

Bella se dirigió directamente hacia las tazas de café. Edward solo se rio.

―Lo vi venir ―bromeó, y se inclinó para susurrarle al oído―. Conozco tu gusto por las tazas de café. Intenta mantenerlo apto para todo público, Swan. Hay niños aquí.

―No hay nada malo con las partes del cuerpo ―indicó, haciendo que sus ojos se abrieran de par en par e inocentes―, todos las tenemos.

Al final, pintó un gallo alto y orgulloso con un plumaje azul y naranja brillante y una cresta impresionante.

―Una buena polla para ti ―susurró―, ya que estabas tan celoso de la mía.

Edward eligió un árbol de Navidad para ella. Lo decoró con pintura reluciente y chispeante, con hermosos adornos en lugar de luces y ornamentos. Sus sobrinas más jóvenes le habían informado que a las chicas les gustaban las cosas que brillaban.

Después fueron a cenar. Un lugar nada lujoso donde pidieron un festín de aperitivos y una bebida cada uno. Él pidió un cóctel Old Fashioned, lo que a Bella le pareció gracioso dada la diferencia de edad, pero la dejó robar el trozo de confite que traía.

Y cuando ella puso su mano en su muslo, inclinándose para darle un beso cerca de la boca, no se sintió tan tonta como solía sentirse cerca de él.

―¿Podemos ir a tu casa? ―preguntó ella cerca de su oído―. ¿Para el postre?

Bella era fanática del sexo en general. Era una mujer en pleno dominio de sus artimañas y segura de sí misma y de su cuerpo. El sexo era divertido, y todas las parejas con las que había estado fueron bastante agradables, ya fueran relaciones o simplemente casuales.

Esto era diferente. Esto era nuevo.

En algún momento de los últimos días, mientras se enviaban mensajes de texto día y noche, ella había perdido esa sensación de incomodidad que la atormentaba cuando estaba con él. Todavía estaba extrañamente disparatada (ambos lo estaban, envueltos en la euforia de esta cosa que eran ellos), pero no se sentía cohibida por ello.

No, llegó a verlo como si fuera uno de esos animales que nacen en el mundo y esperan caminar al entrar. Eso era todo esto con Edward: un mundo nuevo y hermoso. Simplemente necesitaba recuperar el equilibrio.

Se sentía tan natural volver a casa con él; Bella casi olvidó que nunca antes había visto su casa. Era pequeña en comparación a los hogares del sur de California; de un piso ubicado en un lote de buen tamaño. El todoterreno que le dijo que tenía estaba en el camino de entrada. Se detuvieron en un garaje, donde Bella no se sorprendió al descubrir que él era del tipo que tenía una pared entera dedicada a sus herramientas, cada una de ellas colgada en un lugar dedicado, bien ordenado. La otra mitad del garaje para dos coches estaba acondicionada como un taller con máquinas más grandes. Reconoció la sierra, pero no tenía idea de lo demás.

Recordó que unos días atrás lo vio trabajar con sus manos fuertes y seguras. Un escalofrío recorrió su espalda al imaginar lo que esas manos podrían hacer con su cuerpo.

Él abrió la puerta de la casa, a la cocina. Miró a su alrededor, curiosa por todo.

―¿Qué estás pensando? ―preguntó él con tono divertido.

―Me pregunto cuánto de esto hiciste tú mismo.

Él se rio entre dientes.

―No mucho. Estoy ahorrando mi energía para la casa que quiero construir yo mismo. Ya sabes, comprar el lote y construir desde cero.

Ella se giró para mirarle.

―¿Un lugar que tú mismo diseñes?

Su mirada se volvió melancólica y agachó la cabeza.

―Sí, bueno... ese es el retraso. ―Él la miró a los ojos―. Es el tipo de cosa que planeas con la persona con la que vas a pasar toda tu vida.

La respiración de Bella se contuvo. Debería haberla aterrorizado... esas palabras y la intensidad en sus ojos. Su voz todavía era ligera, pero el cambio en la atmósfera era inconfundible.

Él no podía evitarlo más que ella. Esto entre ellos era más... simplemente más.

Ella lo deseaba, todo él, y era una sensación embriagadora y asombrosa. Estaba tan equivocada la vez que habló con Jacob cuando salía con Paul. Algunas personas realmente hacían que los fuegos artificiales salieran por el trasero.

Metafóricamente hablando.

Edward se lamió los labios y asintió a través de la habitación.

»Aunque yo hice la mesa.

Bella parpadeó, agitó las pestañas y miró hacia donde él le indicó. Nunca antes había pensado seriamente en las mesas, pero ésta era una robusta pieza de caoba con un brillo agradable. Pasó las manos por el suave acabado, admirándolo.

»¿Te gusta?

Su voz llegó más cerca de lo que esperaba. Ella se estremeció y los latidos de su corazón se aceleraron cuando él le quitó la chaqueta de los hombros.

―Me gusta ―confirmó, dándose la vuelta. Ella le rodeó el cuello con los brazos―. Creas cosas tan finas y hermosas. Es arte.

―Mmm. ―Él puso sus manos en su cintura, acercándola un poco más―. Tú también eres toda una artista. Me gustó la bonita polla que me pintaste hoy. ―Él inclinó la cabeza hacia abajo, rozando sus labios contra los de ella, provocándola al principio antes de presionar con más fuerza.

Bella gimió en su boca mientras él pasaba las puntas de sus dedos a lo largo de su columna. Su cuerpo se arqueó por voluntad propia, moviéndose en conjunto con el de él, cerrando cualquier espacio entre sus cuerpos. Ella presionó su lengua a lo largo de la comisura de sus labios, buscando la entrada, pero él retrocedió. Tenía los ojos cerrados y la respiración entrecortada.

Podría haber protestado, pero cuando él abrió los ojos, pudo ver el deseo allí; deseo ferviente que se reflejaba profundamente en su propio cuerpo.

―Quiero… ―comenzó, con la voz áspera. Tragó con fuerza―. Hay algo que he querido hacer toda la noche.

Los ojos de él recorrieron su cuerpo. Bien podría haber sido una caricia porque sólo avivó el fuego que ella sentía, la creciente necesidad por él. Anhelaba su toque, pero no tuvo que esperar mucho. Él extendió la mano, trazando una línea desde su cadera hasta su costado y luego hacia abajo. Cuando levantó las manos, sus dedos recorrieron su columna. Se acercó, tragándose el espacio entre ellos hasta que estuvieron sólo a una pulgada de distancia.

Sus dedos encontraron la cremallera en la nuca. Llevaba un mono de una sola pieza, con los hombros lo suficientemente anchos para momentos como éste. Edward bajó la cremallera y dio un paso atrás, con una mirada de profunda satisfacción en su rostro mientras el mono caía de sus hombros y se arremolinaba alrededor de sus pies con un suave susurro.

Bella sonrió, divertida por la expresión de su rostro.

―¿Te gusta eso? ―preguntó ella, su tono plano.

Sus ojos se encontraron con los de ella y su sonrisa se volvió traviesa.

―Realmente me gusta. ―Él dio un paso adelante, obligándola a dar un paso atrás para que sintiera el borde de la mesa contra su trasero. Puso sus manos en sus caderas mientras presionaba su cuerpo contra el de ella. Él inclinó la cabeza y tomó sus labios en un rápido y provocativo beso.

»Y hablando de cosas en las que he estado pensando toda la noche… ―Su voz era un ruido sordo cerca de su oído. La besó de nuevo―. Creo que me prometiste postre.

―No. ―Ella tomó su rostro entre las manos, recorrió los dedos por su barba y el pulgar rozó sus labios―. Dije que quería postre.

―Mmm. ―Enganchó sus pulgares en la banda de sus bragas y las bajó lentamente. Él se acercó y tomó su trasero. Antes de que pudiera comprender esa deliciosa sensación, él la levantó y la puso sobre la mesa. Se echó hacia atrás y sus labios se curvaron en una esquina―. Tal vez tengo esta idea sobre lo de "las damas primero" esta noche.

Entonces la besó, un beso profundo y posesivo. Los ojos de Bella se cerraron. Ella abrió la boca para él y le devolvió el beso incluso mientras sus manos se curvaban alrededor del borde de la mesa, tratando de estabilizarse. Estaba mareada, desorientada como en una montaña rusa. Oyó el ruido de una silla arrastrando contra el suelo. Edward soltó su boca pero usó su nariz para inclinar la cabeza de ella hacia atrás y poder besar su cuello. Le mordisqueó el hombro, depositó unos cuantos besos a lo largo de sus pechos, por encima de la línea de su sujetador, y luego...

―Oh, Dios ―soltó Bella en un gemido, mientras él se sentaba en la silla que había sacado. Ella miró hacia abajo a tiempo para captar su mirada y gimió de nuevo. Sus ojos eran oscuros por la lujuria, y esa sonrisa sexi y ansiosa...

Él le abrió las piernas y agachó la cabeza.

»Oh diablos. ―Los dedos de Bella se enredaron en su cabello, presionados detrás de su oreja.

Se dio un festín con ella.

Como si ella fuera un postre delicioso y delicado que él quisiera saborear. Presionó su lengua contra sus pliegues y la lamió, con las manos contra su espalda. Su barba le hizo cosquillas en el interior de los muslos: una experiencia completamente nueva para ella. Él la lamió lentamente, provocando su entrada. Cuando sus palabras se convirtieron en ruidos y gemidos sin sentido, él movió su lengua contra su clítoris y luego la lamió lánguidamente.

Bella se derritió. Ella le entregó su cuerpo por completo, recostándose sobre la mesa, con una mano sobre los ojos y la otra extendida detrás de ella. Sus caderas se alzaron para encontrarse con él mientras él presionaba uno o dos dedos dentro de ella.

Sus manos. Sus manos fuertes, sus dedos callosos y sus susurros engañosamente suaves haciéndole cosquillas en sus partes más íntimas.

La mesa estaba bien construida, resistente debajo de ella. Su espalda se arqueó. Su mano encontró el cabello de él nuevamente. Ella jaló y gritó su nombre.

Mientras descendía del pico del éxtasis, apenas era consciente de otros sonidos. La silla moviéndose, el cinturón desabrochando, el sonido del envoltorio de un condón. Casi había recuperado el aliento cuando él estuvo allí de nuevo. Él la levantó y la rodeó con sus brazos para que su cuerpo tembloroso no se deslizara de la mesa al suelo. La subió a su regazo para que ella se sentara a horcajadas sobre él. Podía sentir su polla dura y lista.

Volviendo en sí, le tomó la cara. Lo besó, lamiendo su propio sabor de sus labios mientras movía sus caderas, se movía sobre él. Después del orgasmo, cada centímetro de ella era sensible y consciente. Jadeó y gimió mientras lo besaba, y él le respondió a su vez. Separó su cabeza de la de él el tiempo suficiente para respirar y levantarle y quitarle la camisa.

Cuando se levantó, con su mano agarró firmemente la base de su polla y bajó para que él quedara enfundado dentro de ella, él rompió el beso.

Él gimió, apoyando su cabeza contra su hombro.

―Bella ―susurró, con los dientes en su cuello―. Joder, cariño, fuiste hecha para mí, ¿no?

Fueron hechos el uno para el otro.

Ella lo montó suavemente al principio, como una suave ola, aclimatándose a su ancho y a la sensación de lo profundo que estaba dentro de ella.

»¿Sabes lo que es tenerte aquí? ―murmuró, jugando con una mano en el cierre de su sujetador. La tela se cayó y él agachó la cabeza para hacer girar su lengua alrededor de su pezón una vez―. Nunca volveré a sentarme en esta mesa sin verte aquí, lista para mí.

―¡Oh diablos! ―Bella echó la cabeza hacia atrás mientras él se empujaba dentro de ella―. Eso podría ser incómodo si tú... Oh, sí. Sí. Cariño. Ah. Si... si alguna vez invitas gente a cenar.

Él se rio entre dientes, y la forma en que hizo que su cuerpo se moviera hizo cosas interesantes en la forma en que estaban conectados. Bella gimió, meciéndose más fuerte contra él, encontrando sus embestidas.

Con las piernas a cada lado de él y los pies precariamente apoyados en las patas de la silla, iba a sentir esto, sentirlo a él durante días.

Sólo unos minutos más tarde él se corrió debajo de ella. Sus manos apretaron sus costados casi hasta el punto de causarle dolor, hasta que ella sintió en cada fibra de su ser que era suya. Pronunció su nombre con un grito ronco.

Después, durante un rato, él descansó la cabeza sobre su hombro, suavizándose dentro de ella. Le pasó los dedos por el pelo y la barba.

Finalmente, levantó la cabeza. Su expresión era muy tierna. La besó tan dulcemente.

―¿Quédate?

Para siempre, quería decir ella.

―Por supuesto ―dijo en su lugar―. Pero sólo si me consigues esos pasteles para el desayuno.

―Trato hecho.