Gui: Draco visita Hogwarts, y Scorpia habla de más... por desgracia, Rose no estaba lejos.
Disclaimer: Jotaká blablablá
It's a Kind of Magic
y no el tipo de magia habitual en Hogwarts
Capítulo 5 - Encontronazos
SCORPIA
Draco vino a Hogwarts el tercer fin de semana de marzo para arreglar asuntos con el profesor Legendre, subdirector y jefe de Slytherin. Como siempre que ocurría eso, se llevaba a Scorpia a Hogsmeade para ahondar en el lazo padre-hija.
Hoy, Scorpia pretendía sacudir ese lazo, con la esperanza de que aguantase. Seguro que aguantaba. Su madre se lo había dicho mil veces: a tu padre, con la verdad de frente. Pero su madre no estaba ahí para añadirle humor a la situación, sino tumbada en su cama con malestar, y esas veces Scorpia se dejaba invadir por el pánico y olvidaba las risas.
Antes de irse, se aseguró de tener el pelo bien peinado, ningún bollo en la cabeza por la cola de caballo, ninguna arruga en la ropa, la corbata bien atada, la espalda bien recta. Una Malfoy. Una Malfoy.
–¿Te han metido un palo de escoba por el culo?
Ese era Rick. Vaya idiota. Desde la vuelta de vacaciones había dejado de ser el chico educado que habían conocido hasta cuarto y se había vuelto demasiado amigable. La confianza da asco. Scorpia decidió ignorarle mientras salía de la sala común. Detrás de ella, oyó como los demás se metían con él. A Scorpia le caía bien, pero sus comentarios eran muy básicos. Esperaba que Rowena cambiase de objetivo pronto.
Draco esperaba delante del Gran Comedor, y aunque Scorpia no le quería hacer esperar, tampoco podía correr para alcanzarle. Parecía de buen humor. Bien.
–Hola papá.
Draco se giró al oír su voz.
–Hola hija, ¿lista?
Scorpia asintió.
Anduvieron a buen ritmo hacia el pueblo. Draco iba con el bastón negro de su padre, clavándolo sin piedad en el suelo de tierra, como si tuviese que dejarle claro a las rocas quién mandaba ahí. Si Astoria estuviese presente, ya le habría dicho a Draco que las piedras llevaban en la tierra muchos más años de los que llevaba ahí Draco y que, de hecho, tenían más legitimidad que él, porque él se descompondría un día.
Sonrió para sí, sin atreverse a decirlo en voz alta, pero relajando los hombros.
Se instalaron en Las Tres Escobas, como solían hacer, y Draco pidió dos cervezas de mantequilla.
–¿Qué tal las clases?
–Ya sabes, estudiando para los TIMOS. ¿Qué tal mamá?
–Mejor que el mes pasado.
Scorpia asintió. Más buenas noticias.
–¿Alguna novedad que contar?
–Hice un trabajo sobre giratiempos con Albus Potter.
Draco alzó las cejas y se llevó la cerveza a la boca. Scorpia fue a imitarlo cuando pensó que mejor lo soltaba todo de una:
–Es muy simpático. De hecho, nos quiere invitar a todos a su casa una semana este verano.
Entonces, y sólo entonces, bebió de su cerveza. Para hacer algo mientras esperaba a la reacción de su padre.
–Albus Potter, el hijo de Harry Potter.
–Hm –Scorpia asintió de nuevo, llenando su boca de cerveza de mantequilla. El sabor reconfortante abrumó sus papilas gustativas–, el segundo.
–¿Un trabajo sobre giratiempos? –siguió con cautela. Así que lo hablarían despacio…
Scorpia asintió otra vez, con naturalidad. Como si todo aquello fuese lo más normal del mundo. Como si nunca se hubiese planteado que pudiese suponer un problema.
–¿Y qué dijisteis?
¿Tanto tiempo necesitaba? Scorpia estaba empezando a hacer temblar su pierna derecha bajo la mesa.
–Bueno, ya sabes, una breve historia del objeto, quién lo inventó, cómo funciona, cómo se destruyeron todos, si queda algo, proyectos para reconstruirlos, qué encantamientos podrían reemplazarlos…, ese tipo de cosas.
Draco asintió, interesado. Scorpia no le había comentado que era con Albus con quien se carteaba esas navidades. Había mencionado un trabajo en grupo y poco más. Draco no parecía estar conectando esos dos elementos.
–Bueno, me temo que no puedes ir a casa de los Potter –anunció Draco, tajante.
–Técnicamente –Scorpia casi le interrumpió, habiendo anticipado algunos reproches–, sería la casa de los Weasley. Los abuelos Weasley. Y durante una semana en la que no hubiese nadie más, para que quepamos todos. –Draco iba a hacer un comentario sarcástico sobre los Weasley, así que Scorpia añadió–: Que somos Rowena y yo, Albus, Paul Patil y Rick Jackson, que son todos de Slytherin.
Lo de Slytherin era para calmar a su padre. No funcionó.
–Peor me lo pones. ¿La casa de los Weasley?
–Me están invitando. Estaría feo decir que no.
–Pues les enviarás flores para compensarles.
Draco sorbió un poco más de su cerveza, como si la conversación hubiese terminado.
–¿Por qué? –preguntó Scorpia, aún con esperanza. Aquello no había sido más que el primer round.
–Porque tienes que pasar el verano con la familia. Tu madre no te ve más que en verano y Navidades.
–Y Pascua –añadió Scorpia.
–No me contradigas –dijo Draco, agresivo. Merlín, sí que estaba siendo cabezota.
–¿Y si fuésemos a casa de Rowena, podría?
Draco, que iba a responder lo que fuese que hubiese metido en su arsenal, se quedó con la boca abierta. Bien. Esa no se la esperaba.
–Bueno, Rowena es una chica. Es distinto.
–¿Ah sí?
–Claro, no te va a pasar nada en su casa con sus padres vigilando. En cambio, quién sabe lo que puede ocurrir en casa de los Potter.
–Albus tiene una hermana pequeña. Dudo que la hayan violado en su casa.
–¡Scorpia! –Draco tenía las cejas tan fruncidas que se tocaban.
Un pequeño silencio se instaló en la sala. Draco había alzado la voz y un par de clientes se habían girado a mirar. Su padre les pidió perdón con un gesto de mano, y Scorpia decidió que ella tenía que hacer lo mismo si quería conseguir algo.
–Perdón. Me he pasado. Es sólo que tu odio legendario hacia los Potter y los Weasley es un poco infundado, sobre todo teniendo en cuenta que trabajáis juntos.
Draco apretó los labios, creando una línea casi recta y muy fina de piel blancuzca.
–Una cosa es trabajar con alguien, y otra muy distinta es dejar que tu hija vaya una semana a una casa llena de chicos de dudosa educación y poco demostrada responsabilidad.
Scorpia abrió la boca y la dejó bien abierta para que su padre captase su indignación. Ni siquiera había considerado ese ángulo de ataque de su parte.
–¿Qué crees que vamos a hacer?
–No creo nada, tan solo me preocupo por ti y velo por tu seguridad.
Se quedaron unos instantes en silencio, Draco bebiendo su cerveza y Scorpia agarrando la suya con las dos manos.
–Pero sí que puedo ir a un internado mixto, ¿no? ¡Es lo mismo! Vivo con esta gente todos los días del año, papá.
Scorpia murmuraba más que hablar. Se había dejado embaucar por la actitud de su padre, tan inesperada. Tan machista.
–No confío en Potter.
–Prejuicios.
–No me faltes al respeto.
Scorpia no dijo nada sobre relaciones de poder en esa ocasión. No hacía falta luchar por eso en ese instante. Ella quería permiso para ir a casa de Albus. A casa de los abuelos de Albus.
–Vale, ¿y si fuera a casa de Rick Jackson no confiarías en el señor Jackson?
–Probablemente no.
–Anda ya, seguro que te costaría menos. Lo que te pasa es que no soportas a los Potter y a los Weasley.
–No todo en mi vida se resume a odiar a los Potter.
Ja, primera vez que le oía decir eso. Además, había dejado de lado a los Weasley. ¿Significaba eso que sí odiaba a los Weasley? ¿Si tanto le costaba convencerle de una semana de verano en casa Potter con amigos, cuánto le costaría…?
Negó con la cabeza.
–Bien –dijo Draco, que pareció tomarse esa negación como una rendición–, pues vamos a ir volviendo, ¿no?
Scorpia asintió. No se había acabado la cerveza pero no importaba. Prefería volver ya.
ROSE
Rose tachó con saña su horario de estudios. Ornella, que estaba a su lado, le quitó el bolígrafo de la mano.
–Lo vas a agujerear, y es pergamino.
–No lo voy a conseguir nunca.
–Sí lo vas a conseguir, pero necesitas una pausa. Sal, airéate las neuronas, y no vuelvas aquí en media hora. Retengo tus cosas como rehenes.
–¡Media hora es muchísimo tiempo!
–Vale, quince minutos. Tienes que ir al menos hasta los jardines. Seguro que hay idiotas retozando. Ve, júzgalos, y vuelve.
Rose estaba siempre a gusto con Ornella. Ella entendía sus angustias, su necesidad de estudiar, y no la juzgaba por ello. Era la única persona en el mundo (sus padres, sus hermanos y Albus incluídos) que sabía que había sacado un Desastroso en Transformaciones en primero.
Salió al pasillo y de ahí al patio interior. Estaban Albus y sus amigos ahí sentados. Rose se acercó entre las columnatas, decidiendo si intentaba saludarles o no.
–Ha ido bien, Paul, de verdad. Lo que quiero decir es que el tema era un poco banal –decía Scorpia.
–Pero, ¿por qué banal? A mí me ha gustado.
–Claro, es un clásico, es habitual. Simplemente no es original.
Rose frunció el ceño. ¿De qué estaban hablando?
–Claro, es que después de vuestra presentación sobre giratiempos, cualquiera lo hace mejor.
Estaban hablando de los trabajos de Encantamientos.
–No es contra el trabajo. Lo habéis hecho bien. Lo habéis presentado bien. Lo único que digo es que no me gusta el tema. Es el típico tema del Manual de Instrucciones Para Ser Una Buena Alumna.
–Bueno, es que Weasley es buena alumna.
–Lo que quiero decir es que creo que tiene más sangre debajo de esa capa. Es menos perfecta y más interesante. ¿Tú qué opinas, Albus?
A esas alturas, Rose se había escondido para que no la vieran. No oía muy bien.
–No sé. Rose siempre ha sido mi modelo a seguir. ¿Tú crees que…? –el final fue ininteligible.
Rose, sal de aquí. No hacía falta escuchar esa conversación. Su modelo a seguir. Vaya panorama. No su mejor amiga. No su prima preferida. Y además necesitaba preguntarle a Scorpia su opinión sobre alguien que conocía infinitamente mejor que la rubia Doña Manual de Instrucciones.
Volvió por donde había venido. En la biblioteca Ornella miró el reloj, como para verificar que había estado fuera 15 minutos. ¿Es que no podía confiar en ella?
–¿Mejor? –preguntó.
Rose soltó una risa amarga.
–No. Acabo de oír a esa estirada de Scorpia Malfoy decir que soy un manual de instrucciones. Y este manual de instrucciones se va a ir a estudiar a la Sala Común.
Ornella la observó mientras Rose recogía sus cosas.
–No ha estado muy acertada –comentó.
–Pues no –sentenció Rose. No le podía decir lo de Albus. Lo de Albus le había agujereado el corazón–. ¿Tú vas a cenar? –Si Ornella cenaba, Rose iría con ella. Estaba deseando atiborrarse a lo que fuese que hubiese de cena.
–Vamos.
Se dirigieron hacia la mesa de Gryffindor. Rose tenía toda la intención de sentarse de espaldas a la mesa de Slytherin pero los sitios estaban cogidos.
–Merlín, y ahora ni siquiera podemos sentarnos frente a frente.
–Nos sentaremos al lado y comerás algo y te sentirás mejor –dijo Ornella.
Rose aceptó a regañadientes.
De cena había curry de verduras con arroz. Rose se lo sirvió picante.
Albus odiaba el picante. Siempre seleccionaba los trozos de curry que tuviesen menos salsa porque le gustaba el arroz blanco, seco. Rose en cambio comía poco arroz y mucha salsa. Albus decía que era genial cuando Rose venía a casa porque se complementaban. Como si fuesen el yin y el yang.
Cometió el error de mirar a la mesa de Slytherin. Ahí estaban, Albus sentándose al lado de Scorpia. Ella estaba recogiéndose el pelo en su habitual cola de caballo y Rose se preguntó si lo había estado llevando suelto. No era capaz de recordar si alguna vez la había visto con el pelo suelto. Cómo le gustaría a Rose tener el pelo liso como el de ella. Parecía seda, como una cascada de seda, tan suave como la pelusa.
Albus hizo un gesto hacia el plato de Scorpia. ¿Le estaba echando salsa? ¿Por qué Albus le echaría salsa en el plato a Scorpia? ¿Scorpia comía el curry picante? Ella era mayorcita, podía servirse sola. Scorpia le agarró del brazo a Albus y se le acercó demasiado, susurrándole algo a la oreja. Albus, para horror de Rose, enrojeció al instante. Rose bajó bruscamente la cabeza para mirar a su plato.
Un recuerdo lejano de Albus, abrazado a Rose, le atravesó la mente.
–Menos mal que estás conmigo –había dicho, con lágrimas en los ojos. Se había atrevido a probar el picante. Rose se había acabado su plato.
–Hey Rose – Ornella le rozó el hombro. Se inclinó para verle la cara.
–¿Estás llorando?
Rose se sorbió la nariz y la frotó con la palma de su mano, mirando hacia arriba, hacia Ornella, pestañeando muy fuerte.
–Es que pica mucho –sonrió con vergüenza.
–Ya.
Rose negó con la cabeza, para que dejase el tema. Ornella lo hizo y Rose quiso seguir llorando.
Es muy duro admitir que existen las emociones, ¿no os parece?
Gui
SdlN
