Capítulo 7

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Intentó ser el muchacho que su padre quiso, creció sin rebatirle ni una sola palabra, sin saber lo que era tener una oreja personal, con palabras de firmeza tomadas como consejos de aliento. Siempre se trataba de lo mismo, porque siempre era entrenar. Incluso cuando no lo hacía, era entrenar.

Porque no lo querían débil, porque no quería que fuera una plasta inútil.

Porque si tenía magia para controlar las sombras, debía aprovecharla y no largarse bajo ningún término, si no tenía la libertad para hacerlo.

El mismo día que conoció a Akali, acabó ahí porque no le dejaron ir a una misión por ser muy joven. Tenía catorce años cuando escapó de su casa por primera vez, y cuando Zed cometió —lo que él se creía— el error de permitirle tal libertad. Porque el mocoso deambuló por horas hasta llegar al pueblo, hasta cruzar el puente, hasta llegar a los árboles, lanzar la guadaña con rabia e impotencia y conseguir que ésta acabe enredada entre las ramas.

Al bajar, Akali ya estaría en su vida.

Y en lugar de conocer un mundo con mayores posibilidades de poder e inclemencia, le adoptó una amiga que le hizo tanta presión en la vida como para que su humanidad no decaiga, sino que tomara fuerzas. Aprendió a respetarla, a quererla, a añadirla en el puesto de personas importantes en su vida.

Ciegamente, a veces, se imponía el cariño por la chica más que la lealtad a su padre.

Muchas veces la creyó culpable de cosas que no eran más que su propio despertar.

Había conocido la sensación de que otra persona le cubra la espalda, le tenga confianza, se sienta segura consigo. Conoció con ella la rebeldía, otra manera de ver las cosas; no iba a ser el mismo después de saberse igualado, después de conocer emociones y sensaciones que nada tenían que ver con el dolor, la presión y frustración. No después de conocer un paraje donde nada más que él, su alma, la de Akali, ella y la naturaleza se encontraban, siendo ellos mismos.

Imposible después de saberse incluso con un tacto tierno, con gusto por el placer, con la emoción de saberla en su vida de tantas maneras.

Quizá por eso le fue incluso indiferente cada vez siguiente que no le permitieron ir a las misiones, y por eso cuando comenzó a hacerlo éstas le hicieron dudar en sus pasos y agarre, pese a cumplirlas a la final. Su temple se había partido de la niñez cruda a la adolescencia consternada, a la adolescencia hormonal e instintiva de querer estar entre las piernas de la chica que quería.

Todavía recordaba que el día de su primera vez, acabó yendo inconscientemente hacia ella.

En parte porque llevaba tiempo sin verla, en otra porque la duda en la misión previa le había dejado tan perdido en un halo de incertidumbre que había comenzado a canalizar gracias a la presencia de Akali en sus encuentros.

Y la magia del río le llevó a verla, de forma directa y como mujer, al mismo tiempo en que pareció despertarlo a sí mismo como hombre. Le llevó embrujado a envolverse de la muchacha, a querer envolverla también de sí.

Y ahora… si era lo que la tierra quería que ocurra, ¿por qué…?

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Akali llegó al punto de encuentro como siempre, ese mismo día.

Un poco de estiramiento previo al calentamiento y a esperar a que Kayn llegara para comenzar. Ese día fue sólo con agua. Irelia le comentó al dejarla ir que volviera temprano y no se distrajera mucho, que oyera bien a sus alrededores porque comenzaba a tener malos augurios. El propio Shen había murmurado algunas incoherencias antes de dejarle encomendada a su madre e irse, quizá un poco más preocupado de lo que era usual.

Kayn no había tenido demasiado tiempo.

Nada más con la idea bajo su conocimiento y que su padre les enviara, salió incluso antes de que el resto de los hombres que deberían ir consigo estuvieran listos. Atravesó con la rapidez de nunca, desgastándose casi toda la magia en potenciar las sombras, con tal de que le lleven más rápido que nadie al lugar. Porque si él se encargó de largarse antes, daba por seguro que ya tenía al resto de los hombres detrás.

Tendría minutos una vez llegara.

Pudo sentir al atravesar el puente que algo fluctuó en el aire… y fue la primera vez que Kayn reparó en que había barreras de magia alrededor de todo el perímetro. De que era una magia de razones nobles pero impuesta por algún maestro. No terminó de pensar en la mención de los padres de Akali, de la realidad de que la chica siempre se sintió segura por esos lugares debido a eso.

Debía ser un perímetro marcado bajo intenciones.

Si su idea era hacerle daño, no podría pasar. Por eso su padre se había dado cuenta de que algo escondían.

Kayn nunca había tenido ideas de hacerle daño a nadie cuando pasó por ahí, mucho menos de hacerle daño a la chica que conoció después.

Iba comprendiendo con tal rapidez las cosas que su pecho retumbaba con una maroma de latidos adrenalínicos, incentivando su desesperación silenciada en su interior. Trataba de no dejar salir su temperamento, sólo para poner esas energías en llegar a ella.

Fue tan inconsciente la rapidez en que lo hizo, que ni la misma chica reparó en él hasta que estuvo a sus espaldas. Jadeando cansado, con su arma colgando en su mano y una mirada de completa perturbación.

Por un momento, volver a verla tuvo en él esa misma sensación de reblandecer; quiso estar llegando ahí para comenzar la rutina de siempre. Para divertirse con ella entrenando, para molestarse hasta que los besos empezaran y todo escalara hasta el enredo del que disfrutaban últimamente. La apreció con un dejo de sentimientos que prefería no catalogar por su cuenta —era parecido, casi, a la sensación de ver algo bellísimo y todo lo bueno que tenía, por última vez—.

Algo se quebró de manera muy dolorosa en su interior sólo de pensar qué tenía que decir a continuación. Akali sólo se había volteado a verlo.

Kayn la observó con ese halo de consternación y preocupaciones, alterado. Y ella supo en seguida que algo no estaba bien, casi por primera vez desde que se conocieron, él habló primero, sin dejarla siquiera pensar.

—Tienes que irte.

Akali pareció sentir una sombra caerle encima.

—¿De qué hablas?

—Mi padre… me siguió, llegó hasta la barrera del maldito puente y se dio cuenta de que estabas aquí. No sé por qué demonios le interesas, pero me envió a mí y a unos cuatro hombres más para capturarte y llevarte con él.

La ninja se quedó pasmada. Pareció que había escuchado todo muy rápido y no le daba tiempo a procesarlo. Era tan contradictorio a todo, ella estaba tranquila, de repente…

—Tienes que irte —Las manos de Kayn fueron a sus hombros, soltó la guadaña para tomarla de los mismos y sacudirla ligeramente, a su modo—. Sé cómo termina ésto.

Akali vio el miedo rayando en su mirada. La preocupación involuntaria que le había atravesado la sangre para llevarlo hasta allí con ella. Pensó en todo y nada a la vez, en segundos. Pensó en cuatro cosas, más bien:

Correr a casa.

Correr donde su padre o su madre.

Enfrentar la situación.

Enviar la señal de alerta al cielo…

¿Qué tan peligroso era todo?

Kayn sabía la metodología de Zed: si no te unías a las sombras, si no aceptabas su ideología, morías.

Akali era más que todo lo que no aceptaría Zed, incluso el tipo de persona que le levantaría un hombro con insolencia y le diría lo mismo que tiempo atrás le dijo a Kayn: «extremista». De sólo pensarlo era una desesperación mayor, estaba a punto de juntarla sobre su hombro y sacarla de ahí, cuando la vio comenzar a moverse; sacó de su cintura un papel amarillo de conjuro, lo colocó entre sus dedos índice y medio y murmuró unas palabras de invocación.

Cerró los ojos, lanzó el papel hacia arriba y éste pareció estacionarse sobre sus cabezas un momento, para después salir disparado hacia el cielo como fuegos artificiales. Explotó en un millón de puntos blancos de energía, que se llevó el viento con direcciones aparentemente ordenadas.

¿Entonces ella sabía que esto podía pasar alguna vez?

—¿Estabas al tanto? —indagó él.

Ella le sonrió con cierta resignación, meneando la cabeza.

—Yo te esperaba a ti —dijo, soltando el aire y contrayendo su entrecejo. Le habían dado los puntos para aprender a esconderse, claramente porque algo como ello podía pasar. No esperaba que fuera de parte de él, no la primera vez que ocurría.

Se acercó hasta el muchacho y le tomó del cuello para agacharlo a su altura: le miró a los ojos con firmeza, Kayn vio pasar un halo de cierto temor, pero muchísima seguridad. Antes, había visto con total victoria el temor pasando por los ojos de quienes tenía que aniquilar o perseguir, ahora esa sola fugaz imagen le estaba haciendo revolver el estómago.

Le rodeó por debajo de los brazos y la apretó con fuerzas, ella haciendo que sus frentes se junten y la contención se aguantara entre los dos a esperas de lo que llegaba. Era inminente, ambos sentidos asesinos estaban detectando de lejos cómo las presencias se acercaban. Akali podía oír los pasos quebrando las mismas hierbas de pasto, Kayn podía sentir cómo pisaban el rastro que dejó atrás.

Los dos notaron cómo las barreras caían.

Segundos contados. ¿Siquiera llegaban a tener minutos?

La besó con cierta fuerza, con notable desesperación. Le saboreó los labios, la misma boca. Sintió su piel bajo sus manos para querer guardarse las sensaciones tan adentro como pudiera. Ella misma se prestó a aceptar sus gestos, a dejarle hacer. Podía estar más segura que él sobre lo que podía llegar a ocurrir, tenía confianza ciega en más personas que las que Kayn podía llegar a tener. Enredó las manos en su cabello largo y negro, le acarició el cuello con las uñas y correspondió a cada demanda fugaz.

La soltó con pesar absoluto, lentamente.

—Lo lamento —murmuró él, ella asintió.

Cuánta sorpresa y tristeza de saberse receptora de tales palabras.

Retrocedió lo necesario para volver a tomar su guadaña y alzarse frente a la chica. Había promesa implícita en su rostro que indicaba cualquier intento de salir de ahí, también podía ver las cantidades de culpa que estaba echándose encima.

Akali todavía le miraba con seriedad, con los labios brillantes y rosados por sus besos, su respiración tranquila. Le miró sin inmutar su rostro, levantando de su cuello la máscara por encima de su nariz. Ella, por su lado, estaba demasiado segura.

Lo estaba incluso cuando los hombres le rodearon.

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Irelia se congeló cuando llegaron por su espalda los halos de luces volando con el viento.

Reconoció en seguida el significado, siendo su hija ninja, su padre quien la entrenaba, estaba al tanto de las medidas de precaución que le otorgaron para las emergencias. Ese conjuro sobre el papel era fácil, una vez explotaba bajo palabra o en el mismo fuego, los pequeños puntos de cenizas iban luminiscentes hacia las personas acordadas.

Verlos llegar hizo que su mundo se derrumbara en cinco segundos.

Había dejado a Akali sola hace menos de dos horas.

—No —murmuró, su alma queriendo salirse de su cuerpo, el tono de preocupación y negación transformándose, en firmeza y alma asesina.

Empecinada.

Alzó los brazos a cada lado para que las cuchillas llegaran volando a sus espaldas, las llevó de un ademán al frente y se subió encima de éstas para que avanzaran con toda la velocidad hacia donde apuntaba todo. Eran luces rojas. Había sido dentro del perímetro cerrado. Iban hacia el sur: ya sabía dónde estaba su hija.

Tocaba que la vieran bailar sobre sus cadáveres.

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Shen no tuvo diferentes reacciones, se encontraba en la muralla de protección para tratar de solventar lo que intentaba perturbarla para debilitarla, justo ahí cuando ésta cayó sin más a sus pies y toda su tensión aumentó hasta imposibilidades. Las mismas que fueron sobrepasadas cuando vio a poca distancia el lanzamiento al aire, la explosión, las chispas volando donde él para advertirle.

Alguien con malas intenciones irrumpió en el perímetro asegurado.

Y alguien atacaba a Akali.

Fue el primero en llegar donde el lugar, viendo las virutas de papel mágico dirigirse hacia el sur, ni siquiera tuvo que pensar de quién se trataba. Había signos de lucha en el lugar, desde arrastres en las hierbas, marcas de presencias sobre los árboles… sangre en el suelo.

Kunais enterrados en la tierra.

Tuvo que concentrarse un instante para no sucumbir más allá de lo que debía centrarlo ahora.

Buscar a su hija, sacarla de las garras de las sombras.

Y probablemente enfrentarse otra vez a su pasado.

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Sería mentira decir que salieron ilesos y que fue fácil.

Sólo pudieron reducirla porque Akali no había ido demasiado armada, la toparon justo en día de campo. Eran cinco sujetos con Kayn en el medio. Uno de ellos volvió con un kunai incrustado en el abdomen, los otros iban con cortes y marcas. Se notaba que Kayn debió reducirla al final, hasta arrastrarla a los grilletes, mientras otro usaba su misma máscara para cerrarle la boca.

Kayn tuvo un camino de regreso silente y malhumorado.

No sabía qué vendría ahora mismo, pero no tardaron demasiadas horas en llegar a su templo y Akali, silenciada y llevada como paquete encima de los hombros de uno de los gigantes que Zed mandó consigo, iba refunfuñando maldiciones y probablemente imaginando mil maneras de asesinarlos a todos.

No sería una buena presentación.

Kayn lo sabía desde que salió del templo, desde que supo que ella acabaría ahí en frente de su padre.

Reducirlos a todos y huir… no podía. Su rastro sería abandonado muy lentamente para alguien como Zed, que podía encontrarlo con rapidez incluso sin sus medios. Necesitaba saber cómo demonios iba a actuar en el momento, necesitaba saber qué hacer. Necesitaba que su cabeza le soltara las cosas y posibilidades, necesitaba que tomara acción y autonomía ya mismo.

Ya entendía que la chica iba a odiarlo.

Saber que no podía juzgarla por eso era incluso peor para su crisis interna. Pero prefería hacerle caso a ésta última.

A fin de cuentas, ¿qué pasaría en el momento? ¿Cómo actuaría? ¿Podría dejar que Zed la asesine?

Le punzó la cabeza bajo la idea, se le revolvieron las entrañas.

No quería llegar, pero podía ver la expresión de la chica cuando retrasaba el paso, imitando a quien vigila todo. Ella meneaba la cabeza a cada gesto que el muchacho parecía tener, intentando mitigarlo y que no actúe. Casi parecía poder leerle la cabeza.

«Estaré bien».

No importaba cuánto ella se lo indicara, no dejó de estar tenso y queriendo degollar a todo el que se le cruzara por delante para liberarla y correr. Pero correr no era una opción si te seguían a rajatabla. No era funcional además si después las consecuencias serían peores. El respeto por su padre como maestro era muy fuerte, sabía tan bien de lo que era capaz que creía que no podía sorprenderle con nada.

Fue un viaje rápido para cumplir sin miramientos.

Se llevaron al herido a la sección médica, aunque para Kayn ya estaba muerto. No terminaron de ingresar al templo, cuando en la misma plaza principal apareció Zed. Saliendo por las puertas, campante e imponiéndose, enseñándose con la grandeza que todos ahí le veían. Y Kayn sintió recelos.

El temor por su padre había finalizado tiempo atrás, cuando comenzó su rebeldía. El respeto por sus acciones no era lo mismo. No era por nada que continuaba bajo su tutela, mientras todavía se hallaba en medio de las incertidumbres. Era un muy buen punto para acabar de sacárselas, si lo pensaba un poco más: estaba haciendo que dejaran de rodillas, sujeta con grilletes, silenciada con la misma máscara que él descendía en cada victoria contra ella para besarle la boca con insolencia, a la mujer que amaba.

Insolencia tan divertida e intencional, por gusto y un placer que se daban tanto por victoria como por premio consuelo. Y ganaban los dos.

Ahora era tétrico.

—Tuvimos una baja, pero aquí está como ordenó, Maestro.

No fue Kayn quien habló, claramente. Akali estaba mirando al aludido con el temple molesto de quien le arruinan una cita añorada —que a medias lo era, porque iban a encontrarse para pasar el tiempo juntos, no para que acabaran amordazándola y llevándosela lejos de casa—. Fue una expresión que Zed reconoció tan a fondo que le hicieron eco los sonidos en el cerebro.

Se acercó a ella, Kayn apretó el agarre alrededor de su guadaña.

Le bajó la máscara a modo de mordaza de un tirón y ella pareció tragar saliva finalmente. Un gusto amargo. Mayor todavía fue la insolencia y temple con que le miró.

Zed no tenía mucha idea de ella, no más de la que le interesaba: era la hija de Shen.

Akali, por su parte, bajo el título de «maestro» había conocido de parte de Kayn muchas cosas y actitudes de este hombre extremista. Porque lo era, lo entendía. Incluso cuando el muchacho le había explicado formas de reclutamiento, ella se había ido a meditar horas en su casa a solas, pensando en cuánto podía pasar una vez estuviera sola, para que la buscara.

No pensó que sería tan rápido, mientras todavía estaba en el nido que sus padres construyeron para ella.

—Una baja, entre cinco, contra una niña —comentó Zed, silenciando todo a su alrededor.

Kayn no podía dejar de mirar sus acciones.

—Te felicito, se ve que tienes el temple de una asesina —Él se acuclilló frente a la muchacha, con todo y propia máscara cubriéndole el rostro, Akali solo fue capaz de reconocer el color de sus ojos… era como los de Kayn. Dorados, menos brillantes, menos felices. Podía notar la amargura y resentimientos opacando halos de muchas cosas.

Era algo avasallante, lo mismo que le hizo pestañear para desenfocar la vista.

No iba a responderle palabras a un secuestrador. Menos al maestro y padre del muchacho de quien estaba enamorada. Amedrentarse jamás.

—¿Tienes idea de lo que conforma mi orden? —cuestionó ahora el mayor, ella hizo una mueca, él siguió de la misma a su hijo, que se encontraba a un par de metros—. ¿Mi hijo te lo comentó?

Akali escupió, hasta con jovial respeto, sus palabras:

—No estoy interesada.

Sí, había dicho algunas cosas al respecto. Sabía que dominaban la fracción de Jonia que creía en la exterminación de todos, sin importarle condición, con tal de que sean noxianos o cualquier otro tipo de extranjero que quisiera avanzar, o cualquier joniano que distara de presentarse a la guerra para defender. Akali creía firmemente en que su tierra siempre estaría del lado de ellos para la guerra, por lo que tal extremismo le parecía pues, extremista.

Ni siquiera acompañaba el pensamiento de su madre.

Y es que ni siquiera su madre alcanzaba este punto.

Irelia iba y venía de las fronteras para corroborar que no haya nuevos intentos de invasión. Había conseguido salvaguardar su región, no necesitaba nada más que aquello se mantuviera al margen y en paz, pese a que los noxianos en sí habían perdido la humanidad hace tiempo ante sus ojos.

Este sujeto quería blanco o negro… más bien negro.

Y Akali había ya rechazado inclusive la orden de paz y equilibrio de su padre. Cualquier cosa que le dijeran ahora sobre tener otro tutor o mentor le hacía picar las manos, sus decisiones eran personales. La simpleza de estar en esa posición ya le generaba ansiedad impulsora de querer arrasarse a todos.

Zed, por su lado, pareció poco inmutado pero muy interesado en la muchacha.

Kayn lo observaba, porque presentía. Siempre presentía lo que le ocurría a su padre. Había sido la única persona que se encargó de analizar a lo largo de su infancia y adolescencia, intentando por algún hueco hallar sus motivos para todo, incluso inconscientemente. Él no necesitaba saber motivos, después de todo, sólo necesitaba que Zed le dijera qué hacer y era suficiente.

Hoy en día, estaba dándose cuenta de cómo esos años de observación —bajo el halo de admiración y respeto— daban pie a reconocer y prevenir sus acciones ahora, y estar viéndolas bajo el sentimiento de rechazo por las mismas era… superador.

Estaría perdido en el medio del limbo entre la consciencia e inconsciencia, pensando por sí mismo y hacia sí mismo, si no fuera porque estaba atento a todo y era más imperioso evitar la aparición de siquiera una sombra cerca de la muchacha. Porque ya estaba teniendo suficientes con la del propio Zed tan cerca.

—Ah, ya veo —La voz del hombre no era mucho más que gruñona y rasposa—. ¿Estás presente en la orden extinta de tu padre?

Kayn abrió los ojos como platos.

—¿O debería llamarlo tu maestro?

Y aún más fue su sorpresa cuando vio a Akali abriéndolos por igual.

¿Entonces ella era…?

Kayn avanzó unos pasos, el agarre de su guadaña con firmeza en sus manos. La mirada enterrada en la muchacha.

—¿Eres hija de Shen, el Ojo Crepuscular? —Se dirigió a Akali, luego a su padre—. ¿El lider de la maldita orden que llevas buscando desde hace años? —La muchacha tragó en seco, luego arrugó su entrecejo con el gesto de siempre ante el disgusto por algo. Le miró de arriba a abajo como si acabara de desconocerlo por completo.

Pero el muchacho no estaba con ella ahora, estaba mirando a su padre con el claro reproche. ¿Cómo no iba a decirle? ¿Cómo iba a dejarle con tantas incertidumbres? Habían hablado de la orden Kinkou antes, sabía que su padre la había derrocado para instalar la orden de las Sombras en su posición. Sabía el afán de su padre por enfrentarse de una vez contra el único sobreviviente de la misma.

Le había contado con apremio, y en parte emociones indistinguibles, la historia: el cómo asesinó a su maestro, de cómo consiguió que el hijo de éste debiera recluirse. Que la última vez que pudo encontrarlo fue en la última guerra contra Noxus, donde hicieron tregua. Tregua de la cual lo convenció su madre, en ese tiempo embarazada de sí. Lo sabía, lo entendía.

¿Por qué no le había dicho que Shen tenía descendencia? ¿No le PUDO haber dicho que había una manera de arrastrarlo a su templo antes? ¿Por qué no le dijo que sería justo ESTA forma?

Antes, al menos antes.

Antes de que acabara enamorándose de la misma muchacha que ahora buscaba desatarse con un papel conjurado en sus manos. Escondido bajo la faja de su pantalón. Silenciosamente, concentrándose al ver que Kayn, ahora mismo, acabaría robando la atención del mayor.

Antes de que cayera con Akali en un círculo del que ya le era imposible salir.

Cayeron sobre él las respuestas claras sobre todo, pero estaba imposibilitado de pensar ahora, con tantas cosas a la vez.

—Sí —Fue la respuesta esporádica de Zed.

—¡¿Y cómo pudiste no decirme que ella era el objetivo?! —El desdén con que le apuntó con su arma, hizo que la chica notara un hueco apareciendo en su pecho con hambre de devorarlo todo. Le comenzó a costar desde que Kayn le mencionó de tal manera como la hija de Shen, sumando el desdén ahora, sólo sentía la rabia acumularse con ganas.

¿Así de rápido pasó de ser su chica a una contra?

No era eso, para nada.

Kayn estaba indignado y ofendido, pero con su padre.

—Tú nos llevaste a ella —Zed se puso en pie, Akali palideció en unos segundos—. Quién sabe, quizá no hubieras querido aceptarlo para que no acabe muerta. O intentaste esconder que tus sentidos están siendo corrompidos por su moral inepta.

Akali alzó la voz.

Ella también conocía la historia.

—¡Cierra la boca en nombre de mi maestro! ¡Destruiste todo su mundo por un pensamiento irracional! ¡Estás demente! ¡No pensaste en él, ni en ti, ni en nada de todo lo que atravesaron, antes de que terminases metido en tu propia ambición! Será ingenuo y tendrá una moral equilibrista que te lleva a la rabia, pero tiene fundamentos suficientes como para saber cuándo, dónde y contra quién meterse.

El silencio de todos ante la voz de la chica fue unánime. Y Kayn estaba pasmado.

No había escuchado ninguna vez a alguien hablándole así a su padre.

—O con quién —continuó Akali, y esas tres palabras fueron sal en una herida tan vieja que parecía olvidada—. ¿Sentidos corrompidos? ¡JÁ! —La burla fue sin temor alguno—. Kayn está casi tan loco como tú —escupió—, que piense, haga o disfrute de estar vivo por su cuenta no es corromperse. Corrupto estás tú.

Se calló en cuanto Zed dejó de mirarla. Su puño se había apretado con rabia notablemente contenida. Akali supo en qué llaga meter las gotas de limón de nuevo y Kayn no pudo hacer otra cosa más que devolverle la mirada a la muchacha.

Ésta también le miró, seria y con notables ganas de soltarse a apuñalar a Zed.

—Akali —masculló el muchacho, casi en silencio, moviendo la boca en un susurro mínimo.

Ella apretó los labios,él notó que sus ojos rojizos se cristalizaban.

Ah, mierda.

No iba a llorar en ese momento, pero vio esas broncas acumularse en su garganta y que las lágrimas iban como torrentes internos. Y él sintió como puñal ese dolor, se enajenó por completo mirándola bajar la cabeza, desviando su vista de sí.

El toque en su hombro le trajo apenas de regreso.

Zed.

—Mátala. No sigue nuestras directrices.

Lo pensó: no había sido buena idea traer a Akali a su templo. No fue bueno traer a la hija de Shen a su templo. No fue bueno poner a su hijo en medio de todo aquello. Y más aún cuando el muchacho pareció sentir que el vínculo entre los dos, con su padre, se desollaba en cientos de pedazos. No fue cosa de uno, fue de ambos.

Se lo buscó.

—Si no lo haces tú, lo haré yo.

Terminante.

Kayn sólo pensó que, si él atacaba, podía hacer algo para dejarla ir, aunque ella no lo perdonase nunca más después. Zed no le daría treguas, Zed la mataría. Sólo sobrevivían quienes huían de su vista y alcance, nadie renegaba de él.

Se hubiera sorprendido más de la velocidad de sus pensamientos, en especial porque no iban dirigidos a nada de lo que Zed decía ahora, no. Iba en dirección de la chica; Akali le lanzó una mirada de soslayo y pudo ver todavía más la forma de juzgar sus siguientes acciones. De repente se dio cuenta de cuánto la conocía, porque entendió que ella tenía encima el calor de un enojo pocas veces expresados hacia sí —principalmente de cuando la sacaba de quicio, allá en sus primeros encuentros y peleas más intensas, mientras se conocían—, y que las cuestiones estaban ocurriendo demasiado rápido como para que vea su propio interior.

Lo último que Akali tuvo de su parte fue desdén, y ahora lo veía bajo esa directiva.

Zed sólo necesitó avanzar un paso para que Kayn se interpusiera y alzara su arma, desviando la vista a la muchacha. Ésta pareció subir los niveles de enojo a puntos explosivos, en compañía de sus ojos cristalizándose de nueva cuenta, le dieron una imagen terrible que llenó de amargura todo lo que Kayn era.

Quiso murmurar alguna cosa, lo que fuera; quería hacer tiempo.

Levantaron a Akali del suelo. Ella le miraba.

—¿Serás cobarde y me atacarás con las manos sujetas? —indagó ella, irónica.

Un clic en el aire.

Kayn pudo ver un movimiento de manos extras detrás de ella. Blandió la guadaña y le lanzó un zarpazo, barriendo sus piernas para que caiga… justo al instante en que ella se soltaba las manos y con rapidez casi eclíptica sacaba dos papeles. Él supo en seguida que el primero sería una bomba de humo, y que el segundo conjugaría más armas.

Y así fue.

Se quedó quieto, como si el olor de la bomba de humo incluso le fuera de alivio por saber que había generado más oportunidades. Pero eso significaba que Akali se había soltado. Con suerte se agachó para esquivar al menos tres kunais que volaron desde la oscuridad, seguido del vaivén de la kama en la mano de la chica, por ahora invisible.

Kayn se levantó de un salto y observó hacia su padre.

No estaba.

Disipó con su arma y manos todo lo que pudo de la nube de humo y avanzó por donde oyó, sin parar, la hoja de la kama de Akali golpear algo metálico de la armadura de Zed. La propia adrenalina en su cuerpo explotó con ganas y atravesó todo, visualizando sus siluetas en medio del tizne; los vio… y se detuvo.

Un golpe seco y dos o tres de las voces antes presentes sucumbiendo en expresiones de dolor, oyendo sus cuerpos caer en seco contra el piso.

Akali también se detuvo.

Kayn pudo ver los clones de sombras de su padre avanzar encima de la chica, que pareció mirar hacia arriba y a un lado con la distracción.

Recordó en ese momento todas las veces que vio a la gente caer prácticamente destrozada luego de la colisión de las habilidades de su padre encima de sí. Y en ese momento tuvo el primer halo inconsciente de su propia moral tomando partida, porque se movió solo. No entendió cuándo llamó a las sombras para que le den velocidad, pero en menos de un segundo atravesó todo.

Saltó encima de Akali, le sujetó de los brazos, levantándola… y la lanzó lejos.

La chica pudo verlo aparecer, pudo sentir que le sujetaba y lanzaba. Cayó a traspiés y observó a Kayn endurecer todo lo posible su cuerpo para soportar el filo que le atravesó. Hizo todo lo posible por esquivarlo a la vez, pero ella pudo ver con claridad el peso del mismo rayando sobre su cabeza, haciendo que la sangre inclusive salpicase hasta donde estaba.

Y, al ver hacia Zed, tembló.

No por él, lo hizo de la sola presencia de las cuchillas afiladas de su madre, sujetando al hombre aludido contra el suelo.