Capítulo 8
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El pie de Irelia estaba sobre la garganta de Zed, bien hundido, casi para asfixiar sólo de presionar más. Y todas sus cuchillas apuntalándolo desde cada extremo. Akali sintió terror al ver a su madre arrasarlo de esa forma; tanto como saltó y dio un golpe a su padre cuando le tomó por sorpresa del suelo. Un agarre a su hombro, firme y sanador.
La calidez de Shen fue instantánea apenas descubrió su presencia.
—¡Te advertí que no te acercaras! —La voz de la mujer resonó contra todos.
El humo iba disipándose y la claridad volvía entre todos.
Irelia pateó con la pierna libre, la que no tenía a su pie casi enterrada en el cuello del sujeto, la máscara del líder de las sombras. El cabello blanco, la tez misma y los ojos dorados quedaron a la vista. Las puntas de las armas de Irelia hundiéndose amenazantes contra la piel del mismo.
Akali pudo reconocer los ojos con rapidez, casi instantánea.
Eran como los de Kayn.
Y se sintió flaquear a tal punto de temblar otra vez, ahora en desesperación.
Kayn.
Le buscó con la mirada pero no le dio tiempo a nada, Shen la había levantado y sacado del templo. Estuvo en la calle en segundos, y a trote hacia su hogar en los que siguieron, porque su padre ni siquiera le dio pie a una palabra.
«Vete a casa y no salgas hasta que regresemos».
Lo vio tendido en el suelo antes de salir. Pero no tuvo miramientos en darse la vuelta e irse como le indicaron. La palabra de sus padres en momentos de problemas, aunque éste fuera el primero en su vida, siempre había significado obediencia inmediata, ellos a fin de cuentas le dejaron siempre en claro que estarían detrás de ella apenas se encontrara en una situación adversa.
Al volver al templo, Shen observó al muchacho en el suelo, de primera mano. Su entrecejo se contrajo y cerró las puertas a sus espaldas. Los cadáveres que su compañera dejó atrás y los de quienes se habían encontrado en el salón cuando llegaron estaban con ellos aún, podía oírla jurarle a Zed y a toda su existencia una muerte atroz por haber intentado siquiera querer tocarle un pelo a Akali.
No estaba en contra de nada, pero tampoco a favor.
Habían tocado a su hija para hacerle daño. Eso era lo que quería solucionar. Aunque la sola idea de ir primero donde Irelia sometía a Zed le hacía tensionarse todavía más.
No había visto a quien fue su hermano de crianza en muchos años. Todo el lugar y la situación se abrieron ante él como un viaje al pasado, a uno demasiado amargo que todavía tenía la osadía de generarle dolor y angustia. Había sido un complot su vida ahí. Antes de que tuviera que irse, dejó atrás muchas cosas que creyó serían eternas, toda la vida que conocía y al sujeto que ahora estaba ahí, a unos pasos.
Se acercó, sin embargo, al muchacho primero.
Kayn estaba inconsciente, tal cual había caído: de lado, su arma no tan lejos.
La sangre hacía un círculo a un lado de su cabeza y rostro, pero gruñó en medio del movimiento que el mayor hizo para tenderlo boca arriba. Las manos de Shen pasaron haciendo sombra sobre el cuerpo del chico, luego de lo que asintió con mayor calma. Estaba con vida, no había órganos comprometidos.
Nada más un reguero de sangre del lado izquierdo de su cabeza. Un poco de carne al rojo vivo. Las sombras de Zed arrastraban como dientes sobre la piel de sus víctimas. El chico había sabido esquivar lo suficiente, pero no todo; había saltado a cubrir a Akali de lo que pudo matarla en segundos. Lo vieron con sus propios ojos, no por nada fue que Irelia entró lanzándose contra todos y directo a apuntalar a Zed.
Al tomarlo desprevenido tuvieron su ventaja.
Y vieron que el hijo de su anterior compañero acababa de salvar a la de ellos.
Shen canalizó lo necesario. Su sanación restauró pronto de la piel suelta y los huecos que quedarían como cicatriz en esa zona. El ojo comprometido volvió a como estaba. Todo quedó como cicatriz de arrastre, de quemadura, de traición inmensa a lo que el chico correspondía en esa circunstancia. Porque era el futuro líder de las sombras, salvando a la hija de quien podría llamar su «contra».
La expresión del muchacho pareció abandonar el dolor inicial. No iba a poder curarlo del todo, por ello se encargó de terminar su trabajo con un parche sobre el ojo y zona superior derecha de ese rostro. Pudo verlo de cerca, pudo apreciar en él facciones conocidas. Pudo conocerlo por primera vez en años… a un niño del que no sabía su existencia y que le fue obvio de sólo ir dejándole descansar en el suelo, para su recuperación.
Al ponerse en pie, Irelia le miraba, claramente a esperas de que dejara su ritual de compasión y atendiera lo que ella tenía intentos de finalizar ya.
Los dos miraron al ninja desde arriba.
—¡Dime ya cuál era la necesidad de asesinar a mi hija! —bramó Irelia. Envió de un movimiento casi sutil a una de sus cuchillas, a enterrarse en el hombro de Zed y así poder anclarlo al suelo. El aludido gruñó de bronca y dolor a la par, en ese sentido de cantidades e importancias.
Shen sujetó uno de los hombros de la mujer. Y Zed pareció soltar una carcajada.
—Ahora usas tu método de calma con ella, ¿ah? Y defiendes a una niña que ni siquiera quiere seguir tus principios —resopló, casi como si la idea de acabar de ser apuñalado ni estuviera en su sistema. Probablemente fuera que la misma adrenalina de verlos… de ver de nuevo a Shen, fuera suficiente para canalizar esos dolores físicos—. Supongo que te mantiene tranquilo que ya han de tener a más de uno esperándolos.
Irelia y Shen se miraron.
Los dos con la misma expresión de incertidumbre e incredulidad. Luego regresaron al sujeto en el suelo y ella pareció ubicarse en el tiempo.
—¿Secuestraste a mi hija para hacernos venir aquí? —Echó en cara, indignada.
—No —Shen apretó su agarre y la instó a que se baje de encima del sujeto. Que con todo y pie atravesado, voz rasposa y ahogada, no escatimó en hacerse oír. El mismo tosió y respiró con mayor profundidad apenas tuvo fuera de encima a la mujer—. Quería que yo viniera aquí a confirmar que lo hizo.
—¿Por qué? —Irelia volvió a mirar mal a Zed—. ¿Para qué demonios querías corroborarlo? Sé que querías arrastrarla contigo, ¿ibas a matarla sólo por su negativa?
—Nadie puede negarse a la Orden de las Sombras —respondió, recibiendo otra cuchilla a enterrarse y atravesar su otro hombro. Gruñó otra vez de dolor.
—¿Y lo enviabas a tu hijo?
—Lo estaban corrompiendo. ¡Tu hija! —Miró a Shen, como si Irelia no estuviera siendo quien hacía principalmente las preguntas—. Comenzó a tener dudas en su agarre, en sus ataques… flaqueó luego de una misión. Busqué qué era lo que le tenía perturbado.
—Llegaste al límite y no pudiste pasar —continuó su historia Shen—. No deja pasar a nadie que arrastre malas intenciones hacia las personas que se encuentren dentro.
—No muchas personas conocen esa magia —finalizó Zed. La mujer suspiró, volteando a ver el cuerpo inconsciente de Kayn.
—Yo no lo vi dubitativo cuando se lanzó a defender a Akali —dijo Irelia. Todo lo que decía parecía echarlo en cara con fuerzas.
—Kayn es un mocoso —respondió Zed. Y parecía ofendido con que ella le hablara—. Debe aprender que las dudas de hoy formarán a quien será mañana. Desobedecerme y regresar con altanería y mala disposición no es la dinámica. Es mi único sucesor de sangre y el mejor de mis alumnos —Y esto pareció remarcarlo—, ¿cómo podía permitir que ustedes lo arrastraran…?
—No sabía que su nombre era Kayn —Irelia ladeó la cabeza, callándolo.
—Ni yo —corroboró Shen.
Zed se mantuvo en silencio un momento, momento que se dividió en dos instancias: primero el golpe de la noticia, después el mutismo por no saber qué formular ante ello. Mismo que Irelia interrumpió casi con una risa burlona, en realidad era muy irónica.
—No puedo creerlo. ¡Já! Él quería que tú vengas —descubrió, girándose a ver a su compañero—. Quería que vengas, no le importaba Akali. Creyó que estabas influenciando a Kayn con tus normas —Miró a Zed ahora; con burla, ahora sí, más épica y divertida—: Kayn se enamoró de mi hija. Esa es la respuesta a todo. Ya es un hombre, ¡¿creías que ibas a poder dominar un alma de Jonia a figura y parecer?!
Esa última cuestión fue más agresiva, Irelia había alzado la voz en su consulta, con la rabia nuevamente renovada. No era un chiste. Eran Noxus y Demacia las naciones encargadas de formar réplicas de soldados para sus filas. Irelia todo el tiempo había crecido y criado a su hija bajo las mismas demandas: su tierra es zona de magia, de instinto, de libertad individual. Cada persona tenía su posibilidad de ser lo que buscaba.
Por lo mismo era que nunca quiso comprometerse a una Orden, las mayores historias de traiciones y desgracias internas de Jonia siempre venían de las mismas. Siempre eran hermanos asesinándose, traiciones, imposiciones, venganzas.
Sólo tener en claro que su hija casi acabó herida por una misma cuestión de ellas, estaba haciendo que su rabia aflorara con hambre. Recordar instantáneamente un gramo del dolor que debió atravesar al perder a su familia, sólo ante la idea de que pudieran hacerle algo a su hija… era impensable. Y sólo quería ahora mismo enterrar en Zed todas sus cuchillas.
Shen notó el brote de la mujer, conociéndola como lo hacía.
Supo que era momento de ponerse entre ambos y hacerse cargo de Zed… otra vez. Como debió hacerlo muchas veces en su vida, incluso cuando comenzaba a creer que nunca más tendría que ocuparse de ello. Esta vez estaba interponiéndose para que Irelia no lo termine de asesinar.
Era salvarlo, cuando tampoco tenía demasiadas ganas de hacerlo y estaba sintiendo bien adentro el asemejado cansancio por estas vueltas y vueltas.
—Yo me haré cargo de esto aquí, tú vuelve a casa a vigilar. Las barreras están altas otra vez, reforzadas.
La paciencia con que le hablaba… siempre hacía que Irelia acabara sintiéndose más pequeña y comprendida, sosegada. Por eso se llevaban bien, ¿no? Ella alimentaba la impulsividad medida de Shen, Shen tranquilizaba las alteraciones esporádicas que tenía y podían superar el momento—. Intenta corroborar los lugares aledaños…
La mujer le miró directamente a los ojos mientras hablaba, parecieron tener una silenciosa conversación interna entre ellos por unos segundos contados. Luego ella volvió a mirar a Zed con el rechazo patentado, y encontró que éste la miraba con el mismo nivel de enojo, pero avasallado y arrasado por mil emociones diferentes.
—Lo dejo en tus manos —Alzó una de sus propias manos, primero la giró con rapidez y las cuchillas en los hombros de Zed giraron, haciendo que lance un alarido de dolor por la sorpresa; luego alzó con elegancia sus dedos hacia arriba y las cuchillas salieron del sujeto en el suelo, regresando a sus espaldas como arsenal.
Irelia se marchó erguida y orgullosa, tan hermosa como amenazante.
Zed, por un momento, llegó a pensar en lo normal que debió para Shen elegirla. Era una mujer temeraria, con porte, buenas defensas y una inquebrantable actitud.
La habían conocido juntos en el mismo lugar, en zona de guerra. La primera faceta de Irelia que habían visto fue la de una asesina despiadada y sin temor a perder nada, sólo comedida en defender, en no permitir que nadie avance sobre su región si no fuera por sobre su cadáver.
Ella era joven, además. Recordaba que no tendría más de dieciocho años en ese entonces. Todavía más delgada, ojerosa, hostil y retraída. Ambos la habían visto orar y hablar a los espíritus que la acompañaban en sus memorias trágicas, pero hasta donde supo, ninguno de los dos consiguió acercarse tanto a la mujer, no como para llegar incluso a enamorarla.
Yevnai lo esperaba en casa en ese entonces, recordó; con su vientre grande y pidiéndole que regresara apenas finalizara todo.
Y también estaba Shen consigo en el campamento de resistencia, en la guerra, a quien no había visto en más de un año para entonces.
Recordó verlo destruido y bajo en sus seguridades. Y que estaba de esa forma por su causa, porque él había asesinado a su padre, había tomado lugar en la Orden y creado una regida por sombras. Lo había dejado solo a la adversidad y fue la primera vez que creyó no volver a verlo nunca más.
Primero fue su esposa quien le hizo buscarlo, para la ayuda contra Noxus.
Después era su hijo quien le llevaba al mencionado.
Su hijo.
A quien sus sombras arrasaron porque se interpuso para proteger a esa mocosa.
Kayn.
Zed ladeó la cabeza hacia donde lo vio tendido la última vez.
Ya no estaba ahí.
—Se fue antes que Irelia misma lo hiciera, no lo busques —Shen se sentó en posición de loto junto a él, que todavía estaba tendido en el suelo con las heridas supurando sangre. Sabía que el ojo del crepúsculo podía sanarlo, pero también entendía que no quisiera hacerlo justo ahora. Si fuera por su lado, no sería suya ni de su hijo la sangre que correría en el piso en ese momento, sería la de la hija de Shen.
Y por no serlo era que todavía estaba vivo.
—¿Fue detrás de ella?
—No tengo dudas —respondió con calma. Su interior era un torbellino controlado por la magia de su paciencia y entrenamiento. Sentiría de otra forma un millón de cosas comerle las entrañas y no había posibilidades de permitir eso por el momento. Podía dejarse sentir con ganas cada sensación que le atravesaba la mente y sentidos humanos, su control era para que los mismos no le ganaran al razonamiento—. Tiene gran parecido con Yevnai, se ve fuerte.
—No sólo se ve, lo es —corrigió Zed.
De repente la conversación parecía trivial. Pero tampoco podía ser de otra manera siendo ellos y en tal situación. Si Zed iba ganando era imposible, ahora estaría desangrándose si no fuera porque Irelia apuntó a zonas salvables. En cambio, Shen sentía que le hacía falta un pocillo y té de hierbas relajantes para poder seguir en pie sin inmutarse tanto.
Estaba recobrando energías para poder curarlo, no podía sencillamente hacerlo a uno detrás del otro.
—También parece haber nacido con su nula cobardía —sumó.
—¿Estás diciéndome cobarde? —cuestionó Zed. Él sí se encontraba irritado, era una burla y humillación sólo saberse descubierto de su plan, sólo haber sido tomado por sorpresa por este sujeto y su mujer. Haber herido a su hijo por meterse en el medio. Estar ahora en tal posición.
—De alguna manera parece que lo crees —Shen alzó los hombros, con calma—. ¿Y ella?
Zed juntó aire en sus pulmones. —Murió.
—¿Hace mucho tiempo?
—A las horas de dar a luz a Kayn.
Ambos llamaron al silencio respetuoso por traerla a sus memorias. Había sido una mujer clave en la vida de ambos, a fin de cuentas. La habían querido los dos, con sinceridad.
Zed principalmente hundió la vista en el techo, recordando más de lo que Shen podía. Habían tenido pocos años juntos, sólo un par en realidad, era una tragedia kármica que bien podía entender cuando tenía a la voz del equilibrio a su lado.
Había olvidado lo que se sentía la presencia de Shen.
—¿Dieciséis años, ya?
—Casi dieciocho.
—Ya veo. Es un año mayor que Akali.
—Tsk.
Una sonrisa se apareció bajo la máscara de Shen. Apenas dándose cuenta de que estaban solos y en el templo donde crecieron juntos. Llevó las manos tras su nuca y desató los lazos, dejando su rostro a la vista. Ojos rojizos, un temple pacífico. La curva de su rostro marcando una expresión de templanza. Rasgos apuestos y agradables a la vista de cualquiera.
Realmente sólo eran tres personas con vida que habían conocido su rostro detrás de su máscara. Hubieran sido cinco con Yevnai y su padre.
—¿Irelia tenía razón? —preguntó Shen, respirando un aire más limpio.
Entre cadáveres.
—¿En qué? —Zed continuaba tendido, aparentemente sin ganas de levantarse de su derrota actual. La misma actitud le estaba respondiendo a su acompañante las cosas.
—¿Tu plan era atraerme a mí? Además de intentar asesinar a mi hija por no aceptar unirse a ti.
Silencio.
Shen tuvo que llamar más paciencia a su temple.
—Vi a Kayn titubear y sospeché de sus andanzas —respondió al final—. Al seguirlo, me topé con la barrera en el puente y supe en seguida que era tu magia —Le miró de soslayo. Shen observaba a la nada, con seriedad, mientras oía—. Creí que iba a entrenar contigo a escondidas. Luego mis hombres me dijeron que lo vieron con una chica en el pueblo.
—¿Y antes?
—¿Antes?
—Cuando llegaste al campamento de Irelia para decirle que ya sabías sobre mi hija, ¿cómo lo supiste y por qué fuiste con ella? No deduzco que supieras que era su madre todavía.
—No, no lo sabía —resopló—. Había un rumor en algunos condados, por años nadie supo nada del Ojo del Crepúsculo. De lo último, se supo que atravesaste un lugar para no volver a aparecer otra vez. Y aludían que ibas con un niño en brazos.
Shen intentó hacer memoria.
—Irelia podía saberlo. Era la única otra persona que podía saber sobre ti más concretamente. Pero me convenció, no parecía tener idea de dónde estabas ni tampoco se inmutó cuando mencioné que buscaba a tu descendencia —Otra vez soltó un resoplido, esta vez con una sonrisa de burla en medio—. Hasta pensé que fue un error del propio rumor.
—¿Y cuál era la fascinación con llegar a encontrarme otra vez? La necesidad, me refiero. El niño con que pudieron verme siquiera debió ser mi hija.
—¿Cuán seguro estás?
Shen sonrió, pareció que con diversión.
—Akali es mi hija además de mi alumna, Govos —Sintió tensar al aludido a su lado—. Creció sabiendo su posición y estilo de vida.
—¿No la presentaste en sociedad como tu hija?
—¿Para qué tomar asuntos tan a rajatabla? Ella era una niña feliz donde creció, aprendió a tratar entre otros niños, a manejarse en la ciudad, ser independiente y tener elecciones propias, sin presiones más allá de las de entrenarse para salvaguardar su vida. Luego se hizo adolescente y con tu hijo llegó a ser mujer… probablemente —Deducciones que hasta ese día no había sido capaz de fijarse, realmente ni Irelia o Akali le habían comentado sobre la aparición de un ente rondando a la última. Pero pareció demasiado importante, viendo los últimos sucesos—, al menos lo que a nosotros respecta ese término.
—No me llames así.
Fue una interrupción bastante bruta. Shen supuso que sería una forma de desestabilizarlo, incluso creyendo que su siguiente discurso paternal pudiera también distraerlo. Era una prueba: quería saber hasta qué punto Zed habría acabado con todo por encontrarlo, quería entender si era por los resquicios de su pasado juntos. Govos era el nombre de Zed antes de su bautismo personal, si aún era el único con vida que lo sabía, seguro fuera muchísimo.
Y que todavía le doliera o fuera todo a lo que se centrara en su discurso, era claro.
Shen supo desde el día de su separación y disputa que las cosas entre ambos necesitarían, en lo eventual, conversarse y regresar a verse. Fueron demasiados los puntos que los separaron y era demasiado, a la vez, lo que los unía. Desde traiciones a hermandades, desde su propia crianza a su adultez y, ahora, sus hijos.
El equilibrio dictaba ser paciente y comprensible en los ámbitos humanos, pero también dictaba que todo equilibrio tenía un costo. En el caso de Shen podía llevar ese mismo a dos posibilidades; derrapaba su paciencia y endurecía más su firmeza, o el cansancio le hacía sucumbir a instintos básicos, los mismos que su entrenamiento intentaba mantener bajo un control pactado.
Esos mismos eran liberados y salía a relucir el hombre herido y, exactamente, exhausto que había pasado por muchísimas cosas como para seguir aguantando más. Así fuera no aguantar más un piquete de mosquito. Akali había conocido principalmente al que se quedaba sin paciencia y se ponía firme con ella; Irelia y Zed tenían mayores capacidades para dejar aflorar su estrés.
Pasado un largo suspiro, Shen cerró los ojos y pareció comenzar a recitar. El ninja de las sombras se dio cuenta un poco tarde de todo lo que le estaba diciendo. No eran palabras de epitafios ni mantras.
—Fuiste primero mi amigo, luego mi hermano, cuando mi padre te trajo a este lugar. Luego me enamoré de ti perdidamente y te perseguí sin presiones hasta que me aceptaste…
Zed pudo ir sintiendo esas energías canalizándose en Shen. Era otro de los pocos que lo conocían cuando comenzaba a lanzar las barreras lejos de todo. Sólo lastimaba a alguien si era justo y necesario, no asesinaba a nadie más allá de la propia necesidad por hacerlo. Enviaba siempre a sus espíritus a ser libres una vez daba lugar la misma muerte.
Pero podía torturar.
—... luego tus celos por la preferencia de mi padre te llevaron a distanciarte, me abandonaste. Conocí a Yevnai, iba a casarme con ella y te la llevaste contigo. Me pidieron ayuda para atrapar a Khada Jhin, asesinaste a mi padre cuando estuvo en contra de su sentencia a muerte, me echaste del templo y no volví a saber de ti hasta que volvieron a pedirme ayuda… esa vez contra Noxus.
La expresión dura reblandeciendo para transformarse en una de determinada molestia, fue lo que llegó a la vista de Zed cuando Shen giró la cabeza a verlo de nueva cuenta. Los ojos rojizos centelleaban, como los de Akali mientras le gritaba todas sus verdades también.
—Me buscaste por diecisiete años o más porque no tenías idea del lugar en donde me escondí. Rompiste la confianza con tu hijo aún luego de perder a tu esposa y saber que él se quedaba sin madre, lo seguiste a sus únicos encuentros saludables como humano… secuestraste a mi hija aprovechándote de eso.
Zed le mantenía la mirada.
Podía sentir el fuego comenzando a arder, principalmente en el dolor de sus heridas. En su estómago, en su vientre. En toda su piel crispándose por el tono autoritario, la voz firme y cada vez menos centralizada. En especial con las últimas frases.
Fueron punzadas de odio directo a su propio pecho, como dagas afiladas y todavía peores que las cuchillas de Irelia.
Zed estaba en el suelo, boca arriba. Su cabello blanco mal sujeto, su armadura atravesada e inutilizada. Notaba tanto la presencia de ese sujeto a su lado que le hormigueaba el cuerpo y todo cuanto cada palabra salía de su boca. Más y más.
Cada confesión fue un golpe que le recordaba todo, incluso motivos. En el pasado había sido siempre un muchacho impulsivo y desorejado, pero inteligente y fuerte como para compararse y superar a todos.
Había tenido a Shen para sí, a su padre, a su gente. Luego su berrinche colisionó contra todo y el no poder controlar eso fue el detonante mayor. Desde ese momento había ido todo en derrape y todo cuanto pasó en medio fue por su propia impulsividad. La muerte de su padre adoptivo, Yevnai, Kayn, la Orden.
Y todo eso sin Shen a la vista, sin la única persona que le consideró desde el primer momento en que se vieron. Fue por completo imposible para él sólo aceptar que no estuviera, cuando ya lo creía tener todo. Le era imposible incluso ahora creer que el Ojo del crepúsculo le había conseguido poder olvidar y hacer una vida lejos.
Sólo era imposible aceptar que no lo tendría de nuevo. Por eso lo buscó tan asiduamente al final.
Ahí mismo, en su posición, no dejaba de corresponder a la mirada que le llenaba de los mismos impulsos sobre los que no podía actuar ahora. Ya sabía la última consulta que Shen haría, sea antes de liquidarlo o de largarse. Podía sentir en el entorno que compartían la fuerza de su pasado uniéndose con la firmeza de este presente.
Otra vez donde empezaron. Otra vez donde…
—¿Con qué fin, Zed? ¿Para qué volver a aparecer con todo esto en contra? —Una nueva capa de intenciones barrieron toda ligereza que quedaba en el ambiente—. ¿Qué era lo que querías?
Zed remarcó una media sonrisa, ladeada y socarrona.
Flexionó sus piernas, arrastrando los pies hacia su cuerpo para después mirar al techo. Cerró los ojos, guardando la vista dorada de su acompañante. Vibraba su sangre en sus venas y su corazón palpitaba. Como cada vez que ese sujeto estaba cerca en otros y en cualquier tiempo.
Volver a verlo era entregarse a las inmediaciones de todo lo que podía ocurrir con ello.
—A ti.
Respuesta escueta.
Zed sabía que le haría explotar.
Y Shen sintió la sangre hervir, sea de rabia o la misma tentación que desintegró sus huesos. O una mezcla de ambos, porque incluso esa respuesta fue un golpe de rabia, en son de lo caprichoso, desastroso y venenoso de todo lo malo que pudo ocurrir por esa simpleza de quererlo a él.
Sus manos fueron al suelo, el halo de sanación pasó veloz sobre las heridas del ninja de las sombras, que ni siquiera se dio cuenta de ello hasta que Shen le tomó de los tobillos y le arrastró por el suelo hasta su cuerpo. De repente estaba erguido sobre él, llevando las manos a arrancar sus prendas superiores rotas; un saque avispado de las inferiores. Zed levantó los brazos con toda la rapidez que pudo para sujetarle de los hombros y arrastrarlo encima de sí.
Lo deseaba, a la final.
Si lo quería ahí no era precisamente para que fuera un adorno, no.
Sus deseos iban más allá, más allá y en donde se presentó cuando supo que Yevnai lo había tocado después de sí, ahora mismo en donde supo que Irelia fue quien arrastró las manos por el cuerpo del ninja. Shen estaba colapsando bajo los instintos que le provocaba, que le provocaba él, no otra persona en ese momento.
Shen estaba arrancando todo de su cuerpo porque él acababa de hacerlo salir de sus casillas, nadie más.
Y así era como tenía que ser.
Tenía que ser suyo como lo fue antes, tenía que tenerlo arrastrándose a sus pies de nuevo.
La diferencia concreta, era que Shen esta vez tenía dispuestas muchas horas y meditaciones de carácter. Si bien siempre había sido el que se soltaba y le arrasaba, ahora mismo también estaba el odio impuesto en medio de todo eso.
Se notó en el beso que les hizo doler un poco los dientes, en cómo el Ojo del crepúsculo le devoraba la boca con hambre y ganas de beberse hasta su último aliento. En cómo apretaba las carnes de sus muslos y nalgas para abrirlo.
Un roce superficial sobre su entrada apretada.
Zed sonrió con grandeza, de la sola idea de que no iba a recibir ninguna atención o cuidado, más allá de la contemplación sobre las heridas en sus brazos. Esos acababan de sanarse lo necesario para que los mueva y sostenga. Shen no iba a tener mediciones, porque estaba colapsando y porque ese hombre le hacía enojar tanto como le recordaba los deseos que tuvo por años.
Previos a conseguirlo, posteriores en donde le dejó. Hasta que apareció Yevnai, y hasta que Irelia le dijo que se apareció frente a ella.
Se las iba a cobrar.
—Si nos ven…
—¿Ahora te importa tu imagen, líder de las Sombras?
Shen le dio la vuelta como trapo. Zed no la vio venir, pero no hubo demasiados intervalos; algo húmedo pasándose por en medio de sus nalgas y luego la erección de Shen abriéndose espacio en su interior, hicieron que gruñera de dolor.
Hizo un puño con su mano y golpeó el suelo.
En cuanto fue a erguirse, notó la presión del agarre sobre su nuca, manteniéndole el rostro sobre el suelo. El otro agarre estaba en sus caderas, manteniéndolas arriba. Y Shen continuó hasta estar dentro por completo. Tantos años sin ese tipo de actividad podían pasar facturas ahora, pero no estaba prestándole demasiada atención.
Podía aguantar todo.
En ese mismo instante, Zed sólo podía pensar en que el calor de Shen estaba sobre su piel y dentro de su cuerpo. Un hálito caliente salía bajo la respiración densa del aludido. Le oía respirar con fuerzas, así como notó el agarre pasando de su cadera a uno de sus glúteos: le abrió más para comenzar a moverse.
Zed lanzó una maldición má audible, resoplando sobre el suelo. Era denigrante la idea de tener su mejilla aplastada contra el mismo, ser sometido de esta forma incluso después de una batalla que perdió.
Después de que sus ideas enfermizas quedaran a la luz, de casi haber podido morir por sus motivos.
Pensar que ésto era algo de lo que más deseaba y Shen, ni lento ni perezoso, había sucumbido a dárselo. Tal cual antes, tal cual a cuando Zed pedía azul y Shen se lo traía en varios tonos, para que elija el mejor. De alguna forma, aunque el dolor de las arremetidas estaba presente en su cuerpo, no había forma de que su cabeza no sintiera placer con todo esto.
Shen todavía caía a sus pies si lo quería, en más de una de las maneras con que lo deseaba.
Notaba su miembro sacudirse con las arremetidas, la mano de Shen hundiéndose en su cabello para sujetarlo desde el mismo y la libre soltándose de sus carnes para dirigirse donde el mencionado. Goteaba y estaba duro, bajo la simple razón del morbo, sólo sentir los dedos ajenos tocarlo le hizo gemir. Un golpe de calor abrumador.
Y ahí estaba lindando el Shen que recordaba en esta actividad: soltando su pelo para rozar sus pezones duros, abrazándole por el pecho para levantarlo del piso y que se sujetara sobre sus codos, masturbándolo mientras embestía en su interior, dándole tanto punzadas de dolor como de tensión placentera en cuanto rozaba y presionaba el punto que no pareció olvidar, ahí dentro.
—Era lo que querías —masculló Shen, y apenas se dio cuenta Zed de que tenía la voz de él sobre su cuello.
Se crispó toda su piel.
—Sí —Era toda la respuesta que podía dar, bajo la poca consciencia que estaba rescatando ante la culminación inminente.
Shen sintió que las paredes del esfinter se apretaban alrededor de su sexo y aumentó la velocidad de su mano sobre el miembro de Zed. Si él no acababa, por su parte tampoco podría quedar satisfecho. Con todo y el motivo principal por el que lo hacía. A la final, el sexo era de disfrute mundano y no podía ser excesivamente cruel.
Ni siquiera con el tipo que más se lo merecía.
Zed abrió la boca para jadear con tintes de dolor en las últimas arremetidas, luego de lo que Shen permaneció aletargando los movimientos de su pelvis; pero no de su mano.
—Anda, córrete —dijo, sobre su misma piel crispada.
Y Zed lo hizo, dejándose llevar.
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Akali llegó a su hogar con una mancha de sombras encima, entró directamente al baño y dejó caer el agua helada del dispersor encima de su cabeza, se quitó el elástico del cabello y éste cayó negro hasta su media espalda. Se fue quitando la ropa conforme se fregaba con la misma para que todo intento de energía extra se lavara con ella. La pateó fuera de la bañera de madera y finalmente se sentó a fregarse con las hierbas y una de las piedras callosas de limpieza.
Se fregó las manos, los pies e incluso el rostro. Se lavó con precisión hasta sentir que la ansiedad volaba de sí misma y dejaba de pensar en las cosas. Para lo mismo, acabó pasando una buena cantidad de minutos, porque despertó de su enajenación sentada, con sus codos encima de sus rodillas, el agua por encima de sus senos quieta, como una caricia que iba acomodando su cuerpo a su temperatura.
Normalmente eran en negro sus análisis sobre las situaciones previas. Nunca sabía en qué se perdía mirando al infinito mientras las cosas pasaban por su cerebro. Era su forma de tranquilizar la mente, en realidad: eliminar todo rastro de pensamientos o pesares incómodos. Salió de la ducha con la bata de dormir puesta; blanca, sujeta a sus espaldas con un moño sencillo y hecho de cualquier manera.
Sus pies descalzos caminaron hasta su habitación y cerró a sus espaldas, recargándose en la misma.
Kayn.
Volvió a su mente como ráfaga. Haciendo que su corazón latiera con ganas.
Recordaba con muchísima precisión el cómo la lanzó lejos para recibir el ataque de su padre. Su padre, que era Zed, el mismo tipo de las historias de Shen. El que también intentó asesinarla de alguna manera y de donde había salido de pura casualidad con vida. O bueno, no tanta casualidad, fue porque Kayn se interpuso.
Se interpuso.
Justo cuando comenzaba a creer que la mataría por su cuenta.
La mente del muchacho no era algo que ella tuviera fríamente analizada dentro de un contexto así, pero sí tenía en claro desde los principios que era volátil y estaba demasiado influenciado por su padre, que prácticamente vivía bajo sus órdenes y a disposición de lo que dijera, sin chistar. Las pocas cosas que su rebeldía consideraba era escaparse a verla, a hacer el amor, a tener una amistad, a tener sentimientos, por lo que parecía.
Los mismos que, a la Akali que sintió la traición de Kayn a fuego, le parecieron inexistentes cuando vio al muchacho voltear a verla, luego de la orden.
En el momento se sintió completamente descartada, traicionada. Ilusiones rotas por mil décadas y un dolor en su pecho que le ardió, con la misma rabia con que escupió todas sus palabras en la interrogación. Kayn no había volteado a verla siquiera con un poco de interés en cuanto Zed le dio la orden, y creyó por un instante que la mataría.
Hasta que no lo hizo, y la salvó.
Ahora había muchas cosas en su cabeza, y más de una presencia en su habitación también. Cuando alzó la cabeza, vio a Kayn atravesar su pared como espectro; con el parche en su ojo, su arma siendo lo primero en caer al suelo para descartar. Akali le miró con tanta seriedad que supo en seguida que el chico no tenía idea de qué hacer a continuación.
—Llegaste a mi casa, felicitaciones.
—Tsk.
Nunca había estado ahí, en un mismo día de conocer a los padres del otro y lugares de residencia, sentían un montón y complot de ocurrencias. Como si más de un año ocurriera en un instante.
Kayn notó las manos de Akali tras la espalda, sabiendo que estaba armada. La ironía con que le habló también le dijo mucho sobre su estado de ánimo. Y la perdición de ideas en su rostro eran muy grandes. Quiso acercarse, apretarla entre sus brazos y respirar esencias conocidas, sabiendo que estaba bien.
En parte porque por su propia cuenta no lo estaba.
—¡No te acerques! —chilló ella, justo cuando Kayn regresó el paso que dio en el aire a su posición previa—. Lárgate de aquí. No quiero ver-...
—¡No tienes ni un maldito derecho a decirme nada! —Le apuntaló, alzando la voz.
Akali no supo si sorprenderse o enojarse, momento exacto para que Kayn avanzara unos cuantos pasos hasta quedar frente a frente.
—¡Ibas a asesinarme! —reprochó la chica, notando el mínimo quiebre en su voz por ello.
—¡No iba a asesinarte! —rebatió—. Me lancé a recibir las sombras de mi maestro para que no te alcancen, pude haber muerto yo antes que tú. Es más: ¡no me importó morir si te salvabas! ¡¿De qué me estás hablando?! Estuviste ahí, viste toda la situación. Creí que ibas a morir en verdad. Si no te atacaba por mi cuenta, él te mataría. Y lo iba a hacer, de todas formas salté sobre ti. ¡Ahora no podré volver allá, ¿sí entiendes esto?!
Era la primera vez que exteriorizaba preocupaciones tan humanas.
Era exactamente porque tuvo un viaje lo suficiente largo como para pensar en las cosas que acontecieron. Salvó a la recluta que estuvo en contra, ayudó a que su maestro fuera clavado al suelo, le curó las heridas el enemigo invasor, acababa de fugarse donde la misma intención de recluta negada estaba.
No iba a poder volver, ¿cómo demonios iba a poder volver?
Zed como padre debería ya haberlo desconocido y, como maestro, tachado de traicionero.
Ahora estaba ahí con ella otra vez, para ver que todo estuviera bien. La persiguió más que para cerciorarse, para que fuera su respaldo.
No iba a aceptar reclamos. No los merecía.
Akali se mantuvo en silencio.
Momento contemplativo, en donde se vieron el uno al otro en posiciones distintas. Pero aún siendo posiciones distintas, corazonadas y orígenes revelados, se dio cuenta la chica de que él tenía razón. La salvó. Y de que Kayn era más transparente, que no solía hablar de más y no sabía lo que era cantar verborragia para salvarse, conocerlo le trajo la salvación a su inseguridad; la silenció, recordándole que él seguía siendo la misma persona y que sus actos lo comprobaron.
Bajó las manos a cada lado de su cuerpo, primero. Las alzó a cada lado de su cabeza después, vacías, en son de tregua. Apreció el rostro masculino con el delineado raspado, con su ojo izquierdo cubierto por el parche y la breve sombra gris en su ojera descubierta. Cerró sus propios ojos para llamar a su naturaleza usual, pareciendo que el viento ingresaba por donde fuera para llevarles una brisa a los dos.
De limpieza.
De calma.
De aliento.
—Ven conmigo —dijo Akali.
Kayn avanzó sin dudarlo un instante.
Ambos sabían que lo necesitaban.
Ella le esperó con los brazos a cada lado de su cuerpo, que fueron directamente a rodearle el cuello cuando él llegó a sujetarle de la cintura. Las manos del muchacho en seguida viajaron a sus muslos y le alzó con facilidad para que ella le rodeara con las piernas.
Kayn le besó con cierta brusquedad.
Se podía sentir la necesidad de consuelo, de barrer de su mente un montón o todas las cosas malas que ahora le ahogaban. Ella podía beberse el agua envenenada y transformarla en magia a su lado, por lo mismo era que le seguía el paso, aventurándose y aceptando todo cuanto viniera de él.
—Estás desnuda —Notó las manos rasposas subir por debajo de la bata, amasar sus glúteos y subir por su espalda. La boca de Kayn fue a su cuello, a mordisquear con soltura y besar con hambre cada parte de la piel descubierta.
Akali soltó uno de sus brazos para dirigir la mano a sus espaldas, soltando el moño simple y haciendo que la bata se abra con rapidez. Un desliz de ésta al suelo y con ganas el muchacho le apretó contra la puerta de la habitación, arriconándola, alzándola lo suficiente para poder hundir el rostro en sus pechos y recrearse en ellos. No habían pasado sólo días de la primera vez que tuvieron sexo, luego de tantos meses ya tenían aprendidas más mañas.
Las manos de Akali se deslizaron entre los dos, mientras la boca caliente del muchacho besaba y regaba su aliento y saliva por sus senos, por los pezones que en seguida se endurecieron y hormigueaban bajo el mismo toque; ella llevó en un segundo sus dedos dentro de la faja que le llevaba, hacia el interior de sus pantalones. Una mínima ayuda de él para poder bajarlos y sintió su erección endureciendo, comenzando a frotarse con ánimos en su propio centro.
Kayn notó las uñas de ella tentativas en sus hombros, atrapando entre sus labios uno de sus pezones, le quitó las manos del medio para poder deslizar él un par de sus dedos por los labios vaginales de la chica. Un roce superficial hasta sentir la humedad caliente y poder después hundirlos dentro de su vagina. Le notó tensarse, echar la cabeza contra la puerta hacia atrás y soltar un suspiro.
El pulgar de Kayn se presionó y comenzó a hacer círculos encima de su clitoris. Una tentativa veloz para hacer que se moje más rápido, y Akali de todas maneras no podía ni con la avidez del muchacho encargándose tan rápido de todo.
Cuando la penetró, ella gimió más alto, de ni siquiera notar más que la presión inicial sobre sus labios y a continuación el miembro masculino ingresando de una vez. Ni siquiera estaba completamente duro cuando su calor le apretó y recibió dentro, nada como los dedos de la chica enredándose en los cabellos despeinados de su nuca para que continuara sujetándola con firmeza de las caderas y la mantuviera ahí.
Quieta y por encima, para poder hacer que abriera más las piernas en cada embiste. Akali lo notaba endurecer más con cada arremetida, en primera instancia un poco más lentas de lo que acabó siendo. No se dio cuenta siquiera de que estaba gimiendo voz alta sino hasta que la risa de Kayn, socarrona y más relajada, fue arrastrándose hasta resonar en la curva de su cuello.
—Gracias —masculló.
Completamente diferente a todo lo que hacían.
Akali notó que se ablandaban sus piernas, y gruñó de placer en las arremetidas desde abajo, directamente golpeando su interior. Kayn permitió que las uñas de una de las manos de la chica se enterraran en su espalda, mientras permitía a la vez que ella llevara la otra para tocarse a sí misma. En círculos, con rapidez de sus mismos movimientos, con las respiraciones agitadas y el ambiente caldeándose con fuerzas.
—Más rápido —demandó.
Y Kayn le cumplió; aumentó la velocidad a la par en que ella lo hacía sobre su punto sensitivo. Le acompañaba en el balanceo para que llegue lejos, más adentro, con ganas. Se sentía a sí misma apretando ese miembro cada vez que ingresaba. Su humedad manchándolo, haciendo que el sonido entre ambos fuera morboso, acuoso y tan caliente como revitalizador.
Kayn notó los talones de ella sobre su baja espalda, la tensión alrededor de su erección le hizo apenas tener que moverse nuevamente hacia adentro para correrse. Contracciones calientes y húmedas recibiendo todo y la respiración de Akali por las nubes.
El muchacho le apretó con su cuerpo, agradeciendo poder sostenerla sólo con éste sobre la superficie, de pie, y que ella fuera bastante más bajita; para sujetar su rostro y besarla en la boca con ganas otra vez, sentirle abrazarlo con fuerzas, el calor de sus pechos contra el propio —siempre al descubierto—, encajados y recuperando el aliento.
—Gracias —murmuró Akali entonces, haciendo chasquear los labios sobre los de Kayn, una y otra vez—. Gracias, gracias.
Kayn recibió ese cariño, mientras sus revoluciones bajaban y sus tensiones se relajaban. Diluyendo su malestar, acoplándose a la pérdida mental y física de energías del día. Se escondió en su chica y no quiso soltarla nunca.
Era todo lo concretamente real que sentía tener y quedarle, por ahora.
Fue ella quien le indicó el lecho para recostarse, y el muchacho procedió a dormirse casi instantáneamente una vez las yemas pequeñas de ella le acariciaron el rostro y el pelo para que duerma. Era la primera vez que compartían tales gestos en un lugar más cómodo, más íntimo, resguardado y tranquilos.
Era la tranquilidad de saberse juntos frente al mundo inmenso en el que estaban, a los desastres que los hechos de sus padres y el pasado les dejaron encima. Reconocidos y acompañados, en confianza; una que traía la verdad que los dos compartían, sobre no abandonarse en ninguna otra adversidad.
Siguiendo el instinto de su sangre.
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