Capítulo 9

Al pasado

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Shen conoció a Zed, por ese entonces Govos, cerca de treinta años atrás.

Su padre había sido capaz de adoptar al mencionado, trayéndolo de las calles para darle una vida de entrenamiento y capacitación, mucho mejor que una vida de vagabundo y ladrón de última escala. Kusho había visto en él un gran potencial que no deseaba desperdiciar.

Y en efecto, a los dieciséis años ya estaban ambos —tanto Govos como Shen— a la misma altura. Si bien uno fuera más propenso a lo físico y el otro a lo espiritual, ambos poseían los dones de la magia en una intensidad justa para ser grandes sucesores. Había pocas diferencias en sus formas de ver las cosas, más agresividad en caso de Govos, algo más de paciencia por parte de Shen.

Había un ímpetu remarcable en cada acción del primero.

Se notaba más allá de cualquier alucinación, poco claro pero presente, la necesidad de intentar alcanzar las metas y la aprobación de su maestro. Las presiones en sus hombros eran innecesarias, muchas veces dictaminado por Kusho: Govos tendría las mismas posibilidades de Shen para ser su mejor alumno, ambos compartían el primer puesto y ambos conseguirían llegar lejos.

Para un niño que llegó a los diez años y notó una mejora en toda su vida gracias a las atribuciones de su mentor, era obvio que mantenerse bajo su sombra de orgullo sería lo más natural. Shen había nacido en ese lugar, con condiciones presentes desde el mismo instante; sus presiones incluso disminuyeron cuando le llevaron al otro niño a su habitación, para comenzar a compartir cosas que les iniciarían una marca inmensa.

El hijo de Kusho era un poco mayor que el recién llegado. Por entonces, la seguridad de Govos era menor, tal cual su necesidad de empoderarse, por lo que fue recibido con bastante simpatía y buenas migas.

«Si duermes temprano, el amanecer te será más agradable».

Iniciaban sus entrenamientos desde la salida del sol, hasta el crepúsculo.

Era imposible de negar para Govos que, a bien o mal, sin Shen no hubiera podido tener una integración rápida y agradable. Su rebeldía era menguada por la compañía y comprensión que el hijo de su maestro le brindaba, volviéndose una amistad cercana muy divertida en medio de entrenamientos a golpes, jugarretas en tiempos libres, peleas en las noches, disturbios problemáticos en cuanto intentaban divertirse y se les iba de las manos.

Como esa vez en que tumbaron las estatuas sagradas por estar persiguiéndose en modo de cacería.

O aquella en que Kusho les encontró por el llanto de Govos, nacido de una disputa superficial que se tomó muy a pecho.

Siempre se tomaba las cosas de esa manera, tenía la capacidad inmensa de manipular a todos con sus ataques defensivos hacia sí mismo, con demostrar cuán atacado llegaba a sentirse y también con fingir ser un completo ignorante cuando metía la pata por su cuenta. Su hijo estaba consolándolo y disculpándose para que no le echaran pestes.

«Que solo era un juego. Que no se crea todo lo que le diga. Que sólo se molestó por un momento».

Las actitudes de los menores eran las que hacían que Kusho se contemplara a sí mismo con las elecciones que haría a futuro. Agradeció bastante que la adolescencia les calmara en cuanto a jugarretas y que consiguieran ser menos revoltosos, pero como de costumbre con toda alma en el mundo: eliminar por completo la esencia de cada una era toda una imposibilidad.

La manera en que Govos manipulaba a Shen como quería para obtener ventajas y salirse victorioso, la misma manera en que Shen permitía eso a consciencia; la realidad de que ninguno de los dos tenía una capacidad de equilibrio demasiado alta. Ni siquiera su propio hijo, que era el más capacitado en el ámbito espiritual y en el control de emociones; le había visto enojado demasiadas pocas veces y eran las mismas veces en que lanzaba por la borda su directriz para embestir todo, sin importarle nada.

En tal caso, incluso Govos conseguía ser más predecible, todavía cuando era obvio que no estaba demasiado de acuerdo en muchas doctrinas. Mantras y epitafios muy cuestionados, un sentido de justicia propia que Kusho ni nadie podría sacar de un niño que creció en las adversidades durante los primeros años de su vida, con tantas injusticias endurecedoras de carácter.

Había llegado, incluso, a estar antes que su propio hijo en cuanto a la elección del futuro.

Dentro de sus propios cuestionamientos había una habilidad inmensa de liderazgo y de innovación que Kusho creía muy esencial —mencionado a ambos, par a par—. Su corazonada era que Govos consiguiera la paz por completo antes de que la responsabilidad le alcanzara, con suerte, tiempo después.

—¿No sientes preocupaciones por lo que dijo el maestro Kusho?

Ingresando a su habitación compartida, fue lo primero que el muchacho preguntó al hijo de su maestro, quien avanzó hasta la ventana del cuarto y pareció suspirar, bajando los hombros antes de alzar uno de los mismos; con cierta indiferencia. Se quitó la máscara de la cara y se giró a verle, ladeando una sonrisa serena.

—¿Crees que yo debería tener contradicciones contra sus palabras? —resopló una risita ante la reacción de su compañero, que agachó la cabeza en un claro gesto de incomprensión.

Él sí se hubiera sentido menospreciado.

No entendía cómo Shen conseguía hacer esas cosas. Las manos del mayor cayendo sobre sus hombros y un apretón encantador, de aliento, le llevaron también a quitarse la máscara propia de la cabeza.

—Sí me sentiría poco valorado. ¿Te crees menos que yo?

—Para nada —Alzó los hombros Shen—. Desde niño mi entrenamiento fue dedicado a lo que pudiera ser funcional para la orden Kinkou.

—Tus capacidades dictan que podrías ser mejor que todos en este lugar —Govos intentó rebuscar, como siempre, algo que intentara alterarlo. Se alejó un par de pasos para cruzarle por al lado, siguiendo hasta su catre. Lanzó ahí sus armas y se aligeró de ropa, quedándose con la casual. En ese entonces su cabello era largo, cubría la mitad de su espalda pero casi siempre iba en una cola alta, escondido bajo sus protecciones.

Las facciones eran incluso las de un muchacho serio pero agraciado, más delgado que Shen, un poco más bajo también. Shen, por su lado, era corpulento. Siempre lo había sido y no dejaría de serlo. Aguantaba los golpes con resistencia mágica, sanaba sus heridas y las de otros con rapidez y precisión, escudaba mientras avanzaban. Era el dueño de los hombros sobre los que se subía para alcanzar la manzana de un árbol alto.

—¿Y cuál es el problema de ello? —Observándolo hacer, desde su posición, sólo ladeó la cabeza—. Iba a ser el líder de la orden por defecto, me parece correcto que mi sangre no influya en las decisiones.

—¡Pero también eres bueno! —rebatió.

—Sí, lo sé.

—¿No te molesta ni siquiera un poco?

—Ya te lo dije, me entrenaron para ser funcional en la orden. Si para eso debía ser el líder, estaba bien. Por otro lado, si para eso debo jurarte lealtad el día de mañana, no estará mal.

Por un instante, vio que las mejillas de Govos se encendían.

—Ya empezaste otra vez.

—¿«Otra vez», Govos? —mencionó, con diversión—. ¿Me creerías capaz de traicionarte? Si eres mi líder y tengo que volverme tu mano derecha, lo haré. Mientras pueda servir el objetivo que la orden comprende.

—¡Eso no…!

—Además —interrumpió, acercándose sin titubeos para tomarle el mentón y zamarrearlo con un poco de descuido—, tengo buena vista y más horas de sueño si no tengo que estar a la cabeza de ésto.

El menor le miró con completo reproche de esas cosas. Era complejo no pensar en el disgusto que pudiera sentir, más complejo aún confiar que realmente no le importaría aquello.

—¿Buena vista? ¿De qué-...?

—Estoy a tu lado.

—¡No sigas! ¡Ugh! ¿No tienes siquiera un poco de vergüenza por no llegar a la posición de tu padre? ¡Era tu puesto!

Shen meneó la cabeza.

—Sí, ¡lo era! —Ante la segunda negativa, el muchacho pareció comenzar a hervir—. ¡Tú eres el capacitado, tú sabes del equilibrio, tú sabes de las doctrinas y de cómo mantener lo que la orden dicta! ¡¿Por qué demonios me elegirían a mí?!

Govos lo vio sonreír ante su berrinche, y sintió que le ardían las orejas.

Retrocedió casi por inercia dos pasos, de los cuales Shen adelantó tres. Bastaba la mirada intensa y rojiza del mayor para que él comenzara a titubear, porque no tenía reparos, no tenía tapujos. Había confesado hechos y cosas que no sabía si eran demasiado respetables, siquiera aludido a otras que de sólo pensarlas hacían sentir que la cabeza le explotaba.

Había algo en los tratos del mayor que no eran lo mismo desde hace un tiempo.

Más sonrisas ligeras —de esas que le eran tranquilizadoras y le serenaban—, más apretones y cercanías físicas —que en principio molestaban, pero después se volvieron una buena contienda para promover su privacidad—, más palabras y demostraciones que le dejaban con la mente en una nube, volando sin problemas hacia quién sabe dónde.

—Porque a los ojos de nuestro maestro eres mejor que yo para ésto —Shen siempre parecía demasiado seguro, todavía cuando su espacio personal era invadido en un lugar donde ya no necesitaban privacidades de nadie, porque estaban solos. Eran seguridades que le hacían burbujear la boca del estómago y tensar; hacía que su respiración se acelerara si no la controlaba.

Ahora que volvía a estar cerca, que sentía su presencia tan adherida y pensaba en todo lo que ocurría y pasaban, seguía sorprendiéndose de la templanza.

—Se supone que debes ser bueno para algo más que sólo servir.

—Sí lo soy, tengo siete años de experiencia acoplando personas a lugares diferentes, para que alcancen sus potenciales. También tengo una buena capacidad de equilibrio y de control sobre mis emociones.

—¿Estás seguro de eso? —ironizó el menor. Momento donde sintió deslizar una mano de Shen por lo largo de uno de sus brazos, y se crispó.

—También soy bueno inquietando, al parecer —mencionó, todavía con cierta gracia. La mirada que recibió fue algo tajante y de contención plena, sea por sus palabras como por sus acciones—. Ya sé, soy bueno leyéndote también. Mi capacidad de controlar mis emociones implica también elegir cuándo y cuáles quiero dejar salir.

—¿Y por qué siempre es conmigo?

—Porque de los siete años de experiencia que me has dado para acoplar personas, llevo dos años intentando que entiendas lo que no permites que diga en voz alta.

Govos gruñó.

—¿Y por qué me haces caso? —escupió.

Shen notaba que no tomó distancia, directamente le encaró, y la emoción burbujeando en su vientre explotó con ganas por todo su cuerpo.

Sólo le hacía mantener la sonrisa serena, porque sabía que eso le llevaba haciendo brotar lo que deseaba que brote en su hermano adoptivo. Más allá de la fraternidad impuesta, de la crianza juntos, del entrenamiento, de los problemas en que se metieron y metían… Govos le gustaba.

—¿Para no incomodarte? —cuestionó, era exacto el motivo por el que lo decía.

Últimamente no dejaban el tema, si bien empezaban hacia un punto, terminaban en el mismo. Con claridad algo tenía que resolverse, porque desde las insinuaciones que Shen comenzó a tomar hacia él, todos parecían saber lo que ocurría y Govos el único que no quería aceptarlo.

Más de una vez Shen había tenido la directiva de ir a misiones.

Todas esas veces llegó a pensar que no eran peligrosas, pero que podían serlo. Podían volverse así. ¿Y si él no volvía?

La desazón fue abrumadora la primera vez, incomparable en las siguientes; donde crecían sus deseos por estar a su lado como siempre antes de que se largara, llegando a mandar al demonio silenciosamente a Kusho por hacerle irse. Deseos de que vuelva a entrenar con él, de pasar por alto las condiciones que les daban, sólo para asegurarse de tenerlo consigo otra vez.

Desde las primeras veces hasta las últimas, el aumento de necesidad por mantener su presencia cerca iba alzando vuelos épicos.

Y las insinuaciones del mayor llegaron en complot de lo mismo.

Govos tenía entendidas las relaciones sociales, de pareja, de compromiso y de orden. Eran pocas las relaciones de personas del mismo sexo avanzando por una alfombra de mayor poder. Siquiera tenía idea de nada relacionado a un interés como tal, hasta que Shen hizo alusiones demasiado obvias.

—¿Entonces sí te importa no incomodarme ahora?

Shen se permitió una risa, suave.

—Puedo caminar hasta ti, pero eres tú quien me dice hasta dónde llegar.

De a poco había notado el cambio, la curiosidad, el interés.

¿Por qué le gustaba? ¿Por qué lo miraba? ¿Por qué lo enaltecía? ¿Cómo era posible que el hijo de sangre de su maestro estuviera babeando por él, el callejero adoptado? Habían sido ya un par de años en donde las dudas crecían junto a su interés y a la firmeza de Shen, de permanecer a su lado y conseguir algún indicio positivo.

Cuando Govos había comenzado a permitir más cercanía, más agarres a sus hombros, más consuelo y refugio donde esconderse, fue cuando Shen se permitió caer a sus pies del todo… y también cuando el menor aceptó las posibilidades. Porque las curiosidades se volvían deseos cuando ya las manos de Shen lo tocaban incluso respetuosamente, porque la curiosidad banal de saber qué se siente se volvía un «sé lo que se siente, pero ¿cómo se sentiría más?».

La voz le titubeaba en cuanto se notaba pensándolo.

Aún más cuando, de pensarlo, seguían sobreviniendo inseguridades.

No había importado jamás en Jonia que las relaciones homosexuales existieran. La forma de crecer en los niños era con la libertad justa para poder encontrarse a sí mismos de mejor manera. Era agradable el sentirse comprendido, notar que podía buscar escudo en otra persona, tenerle la confianza suficiente como para que le acompañe en sus pasos diarios.

¿Era gustar de la persona que se lo brindaba o sólo de lo que brindaba?

Y su mismo maestro fue quien le respondió a la duda indirectamente, cuando mencionó la facilidad con que se sintió cómodo llevándolo a su casa, con su hijo, a tenerlo bajo tutela.

«Un amigo brinda la armonía y seguridad necesaria para vivir; un compañero o compañera adjuntan las armonías y seguridades necesarias para vivir en el día a día».

«¿No es… igual?»

«Ja, ja. No, Govos. Un amigo puede aparecer diez años después y será como si no hubiera pasado tiempo entre ambos, un compañero es alguien con quien no puedes imaginarte sin su presencia diariamente».

Era sabio.

Y sus palabras llevaban meses atormentándolo.

—Camina hasta donde me encuentro.

Shen alzó una ceja, sorprendido de la repentina demanda.

Pero antes de preguntar, lo hizo. Llegó a su lado, mirándole desde sus pocos centímetros más alto. Govos le seguía la mirada y la mantuvo aún estando así de cerca.

Porque estaban cerca.

—¿Hasta aquí? —preguntó Shen.

Un paso en falso y hubiera perdido.

Pero no fue un paso en falso en absoluto, porque lo conocía. La seriedad con que Govos le miraba le impacientó, pareció titubear en acciones, quiso adelantarse a las mismas, pero su acompañante habló antes y su propia manera de tratar y ver las cosas no le instaban a ser de esa manera.

Govos pareció titubear y ponerse firme, más tenso. Enalteciendo su postura y notándose las dudas y la propia ansiedad carcomer. Sentía que le retumbaba la cabeza de la rapidez con que el ritmo de su corazón bombeaba acelerado. Intentaba controlar su respiración, intentaba ver cómo reaccionaba su cuerpo y cómo podía ser ante todo.

No podía mentirse por mucho tiempo más.

Las reacciones físicas, los arrebatos, arreboladas. Las necesidad de sentir. Un nudo en su vientre que hormigueaba y una insolencia capaz de derribar todas las barreras que su parte insegura podía detallar. Govos era muy inseguro, pero no lo era con Shen. Shen tenía la seguridad de que él le gustaba, Govos debía saldar esa duda aún dentro de sus inseguridades.

—Ahora… haz lo que harías si te dejara llegar hasta mí.

Los gustos de Shen, desde pequeño, se habían notado claros. Había tenido romances infantiles, fijaciones pasajeras por muchachas bonitas —una, en específico, que le robó el corazón por un buen tiempo en su iniciante adolescencia, y que generó una buena metida de pata a ambos muchachos, en plus de un castigo por parte de Kusho—, sus intereses sociales se notaban como los del muchacho normal que era.

Govos, por otro lado, no parecía tener otro gusto más que por el de complacer las expectativas de su padre adoptivo, avanzar por encima de todo y de todos.

Su humanidad se repartía en proporciones pequeñas, hacia puntuales detalles.

Shen se acercó.

Él era uno de esos detalles.

Por eso permitió que le tome del rostro, de su cuello y lo bese con ímpetu. Probablemente por lo mismo le tomó del cuello con las manos también, en principio tentando a repelerlo; en siguiente, aferrándose para que no se detenga. Su entrecejo arrugándose por las sensaciones que el contacto tibio y húmedo le dejaba, por algo como un beso. Los pulgares de su hermano adoptivo mimando en círculos ahí donde le sujetaban, su respiración encima de su piel. Las succiones sobre sus labios.

Y el reblandecer de todo su cuerpo para permitir que continúe, porque no sabía cómo por su parte, así que sólo era dejarse enseñar y seguir. Ni tantas ideas más tenía Shen, pero le siguió besando porque tenía ganas desde hacia muchísimo rato para sus impaciencias hormonales.

No importaba ni siquiera la chica por la que Govos se metió en problemas por su culpa, ya que para conseguir llegar a ella, los dos acabaron metiéndose en propiedad privada y siendo sacados de las orejas. Recordó vagamente que su hermano le mandó al demonio y jurado que nunca más lo ayudaría con sus enamoramientos corredizos, y también a la muchacha riéndose de ambos, casi con ternura.

Le soltó los labios con exagerada exaltación, en cuanto Shen pareció tomar un respiro.

Se miraron como quienes analizan qué acababa de pasar, o por lo menos era la expresión del menor. Shen no, Shen parecía tener un brillo incluso más marcado y deseoso en sus ojos.

Govos no recordaba haber visto tal ambición en él antes, respecto a nada.

Se sintió poderoso de ser quien lo generara.

Por lo mismo, ni siquiera rompió el silencio, sólo avanzó el paso que retrocedió, para volver a besarlo con muchísima más seguridad. La confianza impuesta permitiendo que las cosas ocurran, que aprendan cómo, dónde y qué tocar; mismas consultas sobre el gustar de las mismas. Las manos grandes de Shen repiqueteando por su cintura, acariciando su cabello.

Los dientes del muchacho sobre su cuello, sus suspiros de placer calientes encima de sus labios. Propuestas silenciosamente indecentes, un lapso de luz cegándolo hasta llevarlo a la perdición. Susurros de continuación, pedidos de intensidad. Los jadeos, gruñidos y gemidos de Govos alentando su morbo; porque estaba perdido y tan entregado como Shen jamás lo vio tampoco.

Y era para él.

La sola retroalimentación explicaba todo.

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Duró menos de lo que Shen hubiera querido, siempre y desde lo más profundo de su corazón. El temple de su equilibrio fue toda razón por la que las consecuencias de lo que siguió no lo hundieran o arrastraran a peores cosas.

Sus mandamientos en la orden Kinkou eran fáciles de entender para él, no se le impedía expresar ni se le obligaba a reprimir sus emociones, realmente su relación con Govos se había vuelto de suma importancia para él; una fraternidad que ocultaba los cientos de encuentros que tuvieron a lo largo del siguiente año. Ninguno permaneció quieto en sus entrenamientos, ni abandonaron tampoco las inquietudes que los formaban.

Tampoco se dejaban mucho tiempo solos.

Por lo mismo, cuando les enviaron a buscar al Demonio Dorado, creyeron que sería una misión rejuvenecedora para los dos, todavía bajo los malos presentimientos de Shen y su padre.

El muchacho respetaba su postura como aprendiz. No opinaba abiertamente de las cosas ni mucho menos se volvía en contra de lo que sus mayores dictaban; sabía a la vez que Govos no era así, que pronto a encontrar y después de ver las masacres que el mencionado Demonio dejaba atrás, comenzaba a quebrarse su propia estabilidad emocional.

Su última noche juntos fue durante el regreso a casa, con quien era en realidad un hombre tras el apodo de «demonio»: Khada Jhin.

Habían levantado la tienda lejos de los demás, tomando partidas al ser los que lideraban la expedición. Shen debió detener a su compañero antes de asesinar al sujeto sobre los mismos charcos de sangre que dejaba a su paso, le recordó con calma que no tenían la voz del juicio, que lo habían detenido, que ya no iba a continuar atormentando gente inocente.

«Mi padre tomará las medidas necesarias, pero no podemos hacer justicia por nuestra cuenta. No de esta manera aleatoria».

Govos lo había permitido, porque fue el último ápice de su enseñanza juvenil lo que le dejó esperanzas sobre lo mismo.

Por ende, cuando llegaron a la Orden Kinkou y Kusho dijo que no lo sentenciaba a muerte, ambos muchachos sufrieron.

«No lo hagas, por favor».

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Por favor.

Las manos de Govos rozaron la caja negra, con la luz sencilla de una antorcha colocada en la pared. Había encontrado aquello tiempo atrás, analizado desde lejos y leído todos los libros que encontró en la biblioteca del templo para asesorarse, inclusive tuvo la poca decencia de consultar a Kusho sobre lo mismo, en voz alta, frente a Shen también.

Su padre había respondido con la verdad y claramente era Shen el que tenía que encargarse de que esas consultas no fueran un intento de acción, un interés que sobrepasara las ideas de Govos.

Porque Kusho subestimaba lo que esas consultas podían significar, pero no su hijo.

Por favor.

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Había pedido por favor que no lo hiciera, ni siquiera necesitaba aclararse las dudas.

Y Govos odió soberanamente que le conociera a ese punto, en el que no podía siquiera maquinar algo de forma silenciosa porque Shen se enteraba. Era infame, mediocre y bajo. Exacto e igual a lo que le parecieron las decisiones de Kusho ante las masacres que Jhin cometió en Jonia.

Jonia, una tierra de magia con un poder inmenso para volverse potencia. Para ganarles a todos, para destrozar a cualquier amenaza y no dejar cabida a ningún intento de usurpación.

No de nuevo.

Para un niño que venía de la calle, no era justicia que un hombre que asesinaba inocentes en sus tierras se salvara de la muerte. Juzgó su templanza, más allá de lo que sus enseñanzas hasta ese día significaron, las indagó y meditó largo rato en un intento de recobrar la poca estabilidad que había conseguido en todo ese tiempo.

Pero la idea no dejó su mente y por eso ahora tomaba la caja negra en sus manos, a espaldas de los maestros y de Shen, preparándose para aprender todo cuanto pudiera de las sombras que envolvieron poco a poco su espíritu; preparándose para irse de ese templo que lo vio crecer, seguro de que las doctrinas aprendidas no serían algo que continuara llevando en nombre.

Preparado para encarar y dejar atrás al hombre que lo acogió como hijo, y a Shen.

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Poco tiempo después de que Zed —ya no más Govos, ahora era Zed, rebautizado bajo su propio nombre, bajo seguimiento de sus nuevas ideologías— abandonara el templo de su padre, Shen comenzó a oír los rumores de a poco.

Su entrenamiento finalizó poco tiempo después, en el siguiente año aisló todo sufrimiento y dolor, intentó comprender con claros resultados excepcionales lo que llevó a su hermano a ese cambio garrafal, entendió incluso que por su propia cuenta y bajo otras circunstancias, habría pensado igual. Era consciente de que toda persona de Jonia preferiría la muerte de quien arrebató vidas de las Tierras Originarias.

En un punto, llegó a pensar en si el propio Kusho no lo creía.

Había dejado ir a Zed con influencias de magia negra y doctrinas anarquistas, sin un solo intento por convencerlo de lo contrario. Y fue otra acción que su hijo juzgó mal, seguido apenas de todo lo que había ocurrido con el recluso, sobre las que no opinó, porque todavía era un aprendiz en su última racha, porque además de alumno era hijo y su empatía hacia su padre le impedía simplemente romperle el corazón también.

«Noxus atacará las fronteras del sur en cualquier momento».

Kusho lamentó mucho lo que dijo.

«No demorará mucho en volver a aparecer».

Shen era más consciente del mundo de lo que él podía ser. Ambos alumnos estrellas le habían superado por dividido en cada aspecto de sus dotes. Zed en lo físico, Shen en lo espiritual. Comprendía que los perdió a ambos el mismo día que Zed decidió marcharse y en el mismo donde le dio la finalización de enseñanzas a Shen. Sabía que la guerra era inminente contra la nación vecina y que lo que vendría no tenía ninguna cosa buena.

Escucharon que entrenaba guerreros, no pupilos.

Escucharon que sus entrenamientos eran ligados a un punto físico, sombrío, dictatorial y de ejército.

Escucharon que planeaba regresar al lugar de donde vino, para buscar más poder.

Por lo mismo, ambos sabían que Zed regresaría.

Kusho había suspirado.

«Cuando muera en sus manos, serás el líder de esta orden».

Shen asintió, todavía con la turbulencia que esas palabras agitándole las ideas de forma brusca. Era una realidad que tenía que obligarse a aceptar.

«No dejaré que tus doctrinas mueran, maestro».

«Ja, ja. Queda tiempo contado, por mientras lo mejor será disfrutar de nuestros ratos finales».

Los ratos con su padre serían todavía un poco duraderos, lo suficiente como para que Shen se topara un día con quien fue el primer amor romántico de su vida, para que supiera su nombre —Yevnai, que significaría una desventura por completo en lo que le quedaba de vida—, para que ella aceptara sus sentimientos y confesara tranquilamente que los correspondía.

Yevnai, que era poco mayor que él y toda una señorita en el momento donde se aventuró a encararla.

Yevnai, que le acompañaba en risas suaves y cantarinas los momentos de soledad, consiguiendo ser una persona que Shen quería tener cerca. Convicciones doradas, jovenzuelas, coquetas y expresivas. Era apasionada y tenía coraje. Tenía un carácter firme sobre las cosas como las sentía, le gustaba de Shen su bondad y estabilidad, distaba de querer lastimarlo como acabaría haciéndolo.

Yevnai, que le recordaba irremediablemente a Zed, porque ella lo había visto antes que a sí y fue de lo primero que hablaron. Le pareció en principio una coincidencia divertida: a ambos les había gustado la misma persona, los dos se quedaron en ascuas esperando por un solo gesto de su parte, los dos sabían que él no iba a volver por ellos.

«Acepto casarme contigo, sólo si dices la frase correcta».

Yevnai, que sonrió con ternura hacia él, que permitió una caricia en su mejilla, un beso suave sobre sus labios rosas.

«Quiero que seas parte de mi vida».

Yevnai, que le dio un beso de su parte con la emoción clara de una novia joven. Que le ayudó por un tiempo a adornar una relación emocional a la que aferrarse, le dio espacio a una posibilidad de amor, de una compañía que quería ver más sólida de lo que era.

Es increíble cómo la mente nos engaña para poder atravesar los pesares y los corazones rotos. Hasta nos hace creer que amamos a alguien, cuando sólo necesitamos no estar solos.

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Zed sabía cómo iba desarrollándose todo.

Además de hacerse de un ejército de pupilos que estaban a favor de su revuelta contra doctrinas pacifistas, tenía quienes le contaban sobre personas objetivas. Por lo mismo, sabía lo que Kusho y el resto de los viejos de la orden hacía, también sabía sus misiones, sabía cuán lejos iban. Sabía que Shen llevaba un tiempo perdiéndose en la romantización de algo que no podía ser real.

En su tiempo, una juventud donde ayudó a meter a Shen dentro de los jardines de la casa de Yevnai, supo ver que la muchacha miraba con ternura a su hermano adoptivo, así como le miraba a él con un interés más ligado a sonrojar sus mejillas. Un interés que no entendía en ese entonces por nada, ya que hasta la actitud de Shen por conquistarla le parecían exageradas e idiotas.

Pero Yevnai era una mujer hermosa y ahora que las cosas pasaban cerca, por otro lado que no era Shen, la simple idea de que ella fuera quien pudiera tocarlo, acercarse y corresponder a sus emociones, le hacían llenarse de un ímpetu arrasador. Recordar que las manos de Shen estuvieron viajando por su piel un tiempo bastante prolongado, que los besos eran suyos, su atención era suya… ¿por qué podía tener ella ese derecho?

Jonia era una tierra libre de invasiones, Shen tenía que ser libre de todo ligue emocional.

Si iba a querer destruir la orden, tenía que destruirlo todo de a poco. Si eso le llevaba hasta la casa de la mujer para entablar una conversación, que más tarde se volvería esencial para ambos, meterse en su cama y enredarse de su virtud para no dar marcha atrás, no iba a negarse.

Yevnai era hermosa y le gustó cada vez que estuvieron en una cama, a espaldas de un compromiso establecido y del hombre al que pensaba romper por completo.

Zed tenía a Yevnai.

Y si Yevnai era suya, los besos y deseos de Shen eran suyos.

Si ella le besaba con las mismas ganas o más de las que tenía a su anterior hermano de crianza, el amor de Shen sería suyo. Zed tendría lo que quería: sus emociones, su estabilidad y toda su atención, la que era suya por derecho. Era el nacimiento de las sombras a partir del crepúsculo, por cada beso que Zed le daba a la mujer que tendría y acababa de marcar como quien sería su compañera.

Había un gusto morboso de ambos por el otro, uno que sobrepasaba los sentimientos que a la vez compartían por el mismo hombre.

Las culpas de Yevnai por sus infidelidades le llevaron con bastante rapidez a echarse para atrás con el compromiso aceptado, se desesperaba por estar a la par de Zed, por comprender sus incentivos hacia todo, así como por alentarlo porque creía igual que él: Jonia necesitaba un líder, necesitaba un cambio en sus doctrinas pacifistas si había una guerra de por medio.

Jonia necesitaba a Zed y no a Shen.

Y a ella le había enamorado la bondad del segundo, así como le enamoró del primero la determinación que compartían.

Zed no podía no reblandecerse ante ello. Saber que lo querían era un protocolo que intentó ignorar siempre en su vida, imposible de hacerlo cuando supo todas las formas en que podía ser querido por Shen, imposible cuando recibió de Yevnai una fascinación todavía más impulsiva y descarada. Era hermosa, encantadora y suelta. Tenía todo por lo que llegar a quererla de verdad.

Irónico enamorarte de forma ilusiva de quien —crees— era la fijación romántica del primer gran amor de tu vida.

—Amarte es como tocar el fuego con las manos —dijo ella, con el toque un poco rudo de Zed sobre sus mejillas, intentando borrarle las lágrimas que caían en abundancia. No importaban las imágenes en la sociedad mientras no fueras centro de un conflicto, no quedaría marcada de por vida en una historia para contar, creía.

No tenía idea de que su prometido y su amante actual habían sido más que sólo hermanos.

Y los besos de Zed eran silenciadores, abrasivos.

—Es un placer —murmuraba él, con o sin ironía o sarcasmo; jugueteando o con seriedad, antes de volver a callarle la boca a besos.

Fue bajo la promesa de llevársela consigo en que partió, al poco tiempo, hacia el templo de la orden Kinkou otra vez. Iba a buscar la caja con los conocimientos sobre la magia negra, a dedicarse a expresar las sombras en todo su potencial. Iba a ser quien defendiera Jonia de cualquier intento de arrebato a su integridad. Pelearía incluso contra los mismos pueblos originarios, asentados desde mucho antes que los mismos jonios, si es que no querían luchar por la causa.

Bajo esos términos entró al templo.

Encontró a Kusho, que le imploró detenerse aunque el raciocinio fuera entendible. No le molestó atravesarlo con su espada en un movimiento seco y fugaz, ni tampoco mancharse con el charco de sangre los pies, cuando pasó por encima en dirección a las catacumbas del templo.

Encontró ojos mirándole con terror y palidez cuando salió del mismo, augurando un aura oscura.

Encontró a Shen en la puerta, que bajó la vista a la espada ensangrentada y dedujo todo sólo por conocerlo. Fue la primera vez que, a la vez, desconoció por completo una decisión de la orden, adoptándola en el mismísimo instante en que todavía no asumía como líder y que, para bien o mal, acababan de perder al anterior. Zed supo que las alteraciones espirituales de quien fue su hermano estaban por explotar.

Un golpe seco en el pecho, en la mente, en el raciocinio.

Shen había suspirado profundamente para controlarse.

Y apareció Yevnai, que acababa de decirle poco rato atrás que ya no seguiría el compromiso. Hubo una mirada vaga entre ambos, de desconocimiento aún mayor que el que Shen descubrió tener por la orden Kinkou. Quiso matar a su hermano, hasta que sencillamente le vio acercarse a ella, tomarle el mentón y besarla frente a todos y declarar, apenas soltarla, que maten a cada integrante de los Kinkou.

Su ejército de alumnos se lanzó sobre la vieja orden. Al voltear en dirección que encontró a su hermano adoptivo, luego de vislumbrar el inicio de la masacre, éste ya no estaba.

Ni tampoco existía la orden Kinkou como había existido hasta entonces, ya nunca más.

—A partir de ahora queda establecida en este templo, bajo mi mandato, la nueva Orden de las Sombras, en el final del crepúsculo. ¡Larga existencia al poder de Jonia!

Sonaron los vítores.

Fueron como sonidos lejanos de masacre a todo lo que amó en su vida para Shen, que cada vez se alejaba más del lugar, para no volver.

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Continuará...