Generaciones Doradas
Capítulo 4
Templo Principal, Santuario de Atenea, 11 de Enero, 8:00
Los rayos de luz comenzaban a entrar a través de las ventanas de la habitación de Mónica, aunque las cortinas detenían bastante de la luminosidad de la reciente mañana. Ella se removió dentro de la cama y, murmurando, se fue incorporando mientras bostezaba un poco antes de que comenzara a sonar la alarma. Observó su ambiente aún adormilada y suspiró pesadamente, yendo directamente hasta el cercano cuarto de baño. Allí se lavó la cara con ganas cuando escuchó el sonido de aleteo, así que alarmada fue hacia el interior y se encontró con un mochuelo del tamaño de las manos de ella color blanco, de grandes y bellos ojos pardos.
-Ostias… -murmuró- ¿Tú qué haces aquí?
El animalillo no era para nada amenazante y no se acercó rápidamente a ella o con actitud peligrosa; al contrario, anduvo en su dirección y se dejó tomar por ella, que contempló al ave con cierto interés. Sólo giró el rostro cuando escuchó la puerta llamar, y tras acercarse a abrir se encontró con Kiki vestido con sus ropajes de Pontífice.
-Buenos días, señorita -le hizo una suave reverencia-. La encuentro en buena compañía.
Ella le sonrió un poco mientras acariciaba al mochuelo, que se acomodó en las palmas de la chica con cuidado. Él se permitió acariciar con suavidad la cabeza del animal, y luego miró a la mujer.
-Me lo encontré después de lavarme la cara, no sé cómo ha entrado ni nada…
-Desprende magia, ¿la nota? -le explicó él, yendo a la salida- Es uno de los animales sagrados de Atenea, y… bueno, hoy le explicaré muchas cosas muy importantes.
-Ah… -ella se dio cuenta que había estado en pijama todo el rato- Si me espera, me cambio y bajamos a desayunar un poco.
-No se preocupe, no hay prisa -Kiki le sonrió un poco-. La esperaré fuera… puedo llevarme al mochuelo, si quiere.
Ella se lo entregó y, cuando se quedó a solas, buscó su ropa y se vistió con ropa sencilla y cómoda: una camiseta de manga larga con una sudadera blanca, unos vaqueros no demasiado ajustados y zapatillas deportivas Tras mirarse al espejo y colocarse un poco el pelo, suspiró suavemente e intentó relajarse un poco por los nervios que comenzaban a salir desde su estómago. Buscó entre sus cosas por algo de maquillaje, y tras ponerse un poco de colorete se sintió algo más tranquila y se dispuso a levantarse y hacer frente a su destino definitivamente.
Se acordó de su hermano en ese momento, puede que ya se hubiera levantado así que se levantó, colocó bien la ropa de cama y recogió sus pocas pertenencias, que guardó en sus pantalones. Ya en el pasillo fue directa a donde descansaba Fran, y golpeó con cuidado la madera de la puerta.
-¡Adelante!
Ella pasó al interior y se encontró con el muchacho, ya vestido con un chándal negro y una sudadera gris, abrazando a Mónica según la vio.
-¿Descansaste bien?
-Sí… -ella le sonrió- Kiki me está esperando para desayunar, ¿vienes? Tengo hambre…
-Me encantaría, pero… -ella le miró con cierta sorpresa- ¿Tú sabes ir? Porque esto es inmenso, la verdad…
Ella soltó una alegre carcajada y ambos se encaminaron hacia donde ellos recordaban que estaba la cocina, donde esperaban poder desayunar. No tardaron demasiado en llegar hasta su destino, el Patriarca esperaba con unas tazas de café, rebanadas de pan, galletas, magdalenas, zumos varios y mermelada y aceite. Los hermanos se sentaron al lado del mayor, que les observó comer en silencio mientras una suave sonrisa se formaba en el rostro, aunque no llegó a comentar nada mientras ellos se tomaban sendos cafés y unas galletas o tostadas y cacao con leche.
En todo momento se escuchaba el agradable trinar de algunos pájaros. Por allí también estaba el mochuelo que había entrado a su cuarto posado en lo alto de una de las neveras, observando al grupo con interés pero en total silencio. En un momento dado Fran se dio cuenta de su presencia y pegó un bote en la silla del susto, reacción que hizo reír a su hermana.
-Lo rescaté en mi habitación, pero no tengo muy claro cómo entró -reconoció ella -. ¿A que es una monada? Podría ponerle un nombre… Porque puedo hacerlo, ¿no?
-Por supuesto, señorita -Kiki miró la hora en uno de los relojes colgados-. He mandado llamar a sus Caballeros y Amazonas para su presentación oficial a las 12:30, así que tenemos tiempo de sobra para poder ver bien el Templo Principal.
Ella asintió, y alejó algo la taza desde la que bebía. Era todo bastante más sencillo que el resto del edificio, suelo de madera con encimeras de piedra y todos los electrodomésticos propios de una cocina moderna. Había efectivamente un par de relojes de cuco en las paredes, unos cuadros pintados a mano hechos por el Patriarca y Raki, unos hornos y fuegos de vitrocerámica y varios fregaderos con sus respectivos lavavajillas. Sin embargo era amplia, como el salón de cualquiera de las casas de ellos, y con una gran mesa de madera en el centro con varias sillas y con un mantel de flores a modo de decoración. Era casi sencillo en comparación con la magnificencia del resto del enclave.
-¿A quiénes veré primero?
-A los dorados, tendrá una presentación personal con todos ellos -le respondió-. Luego saldremos a ver al resto de la orden, aunque a ellos se les verá desde algo más lejos, tendrá oportunidad de ir conociendo a todos ellos con el tiempo, no se preocupe por ello.
-Eso espero… -murmuró Mónica- No me gustaría ser una mala jefa que no conozca a su gente.
-Luego le mostraré a el resto del Santuario, seguramente nos tome todo el día -ambos le miraron con sorpresa-. Este es un lugar enorme, prefiero tardar más en mostrárselo todo y luego comenzar con su preparación.
-¿Estaré yo también en todo este proceso?
A la pregunta de Fran, el otro dudó un poco sobre qué responder. Sin embargo, la mujer fue bastante más veloz que el Patriarca.
-Por supuesto, desde ya digo que tú siempre estarás a mi lado si yo tengo que estar aquí.
Fran tomó la mano de ella sonriendo. Kiki llevaba analizando sus cosmos desde que llegaron y cada vez tenía menos dudas sobre la naturaleza de ambos, sin embargo iría poco a poco con las diferentes revelaciones. Además, tenía mucho que resolver previamente para poder comenzar a entrenar y prefería que estuvieran bien integrados antes de nada. Se limitó a sonreír y asintió.
-Por supuesto, contaba con ello señorita Atenea -se levantó entonces-. Entiendo que le gusta usar ropa cómoda, ¿verdad?
-Sí, lo prefiero… -murmuró- Me gustan los vestidos también, pero para estar por casa, pues… ¿es malo?
-No, en absoluto -ella parecía aliviada-. Únicamente tendrá que vestirse de gala en las ceremonias oficiales, ya sabe, es la representante del Santuario allá a donde vayamos.
-Creí que esa era tu… su función.
Kiki sonrió un poco y le restó importancia con un gesto.
-Y lo es, pero estando usted, la diosa, yo quedo en una segunda posición -le explicó-. Luego estaría mi obispo, el Caballero de Capricornio que nos acompañó ayer por la noche, y por último los Caballeros y Amazonas de oro.
-Así que tú serás representante mío, Fran -sonrió Mónica-. ¿Te hace ilusión?
-Te defenderé con mi último aliento, te lo garantizo -él le sacó la lengua-. Ya lo hacía en el colegio, ¿te acuerdas?
-No me recuerdes a la tonta de Esther…
Sin darse cuenta comenzaron a hablar de sus infancias y Kiki se limitó a esperar a que terminaran su charla en respetuoso silencio. Estuvieron sus buenos diez minutos comentando hasta que Fran se levantó a recoger las cosas, momento en que Mónica miró al otro con interés.
-¿Es muy grande este edificio?
-Lo bastante para necesitar parte de la mañana para verlo todo en detalle.
Ella iba a responder cuando por la puerta apareció Arturo. Engalanado con una larga prenda que les recordaba a una toga romana, de color blanco con birretes morados y abalorios en manos y en torno al pecho. No eran tan impresionantes como los de Kiki pero seguían teniendo cierta belleza, observaron que tenía un anillo dorado en la mano derecha con un bello símbolo en color plata.
-Buenos días, señores -hizo un respetuoso saludo entonces-. Patriarca, está todo listo para la visita, cuando guste.
El aludido asintió, y cuando dejaron todo ordenado – ninguno de ellos quiso irse sin antes tenerlo todo colocado como se lo encontraron – se dispusieron a salir a comenzar con la visita al bello templo principal. Debía ser realmente enorme si exigía la mañana para poder visitarlo completamente…
-Ya conocéis vuestros cuartos y la sala de recepciones, mi despacho y la cocina -fue enumerando el Patriarca-. Ahora… conoceréis el área privada de la diosa.
Habían vuelto precisamente al salón de recepciones, donde se alzaba el mismo trono que habían visto a su llegada, pero esa vez fueron a la izquierda en vez de a la derecha. Una segunda puerta de madera de roble sin decoración de tipo alguno y con un solo candado apareció detrás de las cortinas. Algo dentro de Mónica chasqueó y sonrió.
-Es ideal, así nadie piensa que de a un lugar relevante…
-Exacto, señorita -Kiki sacó un llavero y destacaba una de ellas por su simpleza-. ¿Hará los honores?
Le tendió el objeto y ella observó las diferentes llaves y optó por la más sencilla. Según la introdujo en la cerradura la pudo girar y, de un suave empujón pudo abrir sin problema alguno. Ante ellos apareció un largo pasillo que llevaba hasta unas escaleras que iban hacia arriba. A los lados un grupo de puertas se apostaban elegantes y bien integradas en las paredes, ella se quedó embobada contemplando esa belleza.
Tocaba con cuidado los dinteles, bien lustrados y ornamentados por plantas, enredaderas y hojas de roble; y Kiki iba diciendo tranquilamente qué se escondía detrás de cada una de las puertas. Había una armería, un telar, una terma y un zona de pintura pero a las que no llegaron a entrar, pues rápidamente subieron las escaleras y llegaron hasta una zona de parques muy hermosos.
-Esto, aunque os lo parezca, no es el techo del edificio -explicó el mayor-, sino la parte trasera… y esa es su estatua, Atenea.
Ella se quedó absolutamente pasmada con la imagen. El parque, con varias zonas con tierra decorada por árboles y arbustos, tenía en su centro un círculo sostenido por un total de cuatro columnas jónicas y una hermosa fuente de agua limpia y pura recién salida de las montañas colindantes. Tras esa fuente se podía ver un arco con enredaderas hecho de piedra cincelada y con decoraciones en oro y palabras en plata y mármol. Sin embargo, en el horizonte se veía perfectamente y sin problema alguno la enorme estatua de quince metros de alto de la diosa. Hecha en mármol, resplandecía con la luz de la mañana y portaba un gran escudo que descansaba en el suelo y llegaba a su cadera; en su derecha, Nike extendía sus alas y una corona de laureles, teniendo Atenea un bello casco en su cabeza, portaba una armadura en el pecho y un manto cubriendo sus piernas.
-Es… increíble…
-Es la segunda cosa más importante de este lugar, señorita -indicó él-. La otra está tras ese arco de allí, Atenea.
Kiki señaló hacia el arco tras la fuente, y los tres se acercaron hasta el mismo.
- πλήν τοῦ μύθου plen tû mízu - leyó Mónica-. Salvo la leyenda…
-Salvo el mito, significa que nadie puede entrar por esta puerta -Kiki la miraba con las manos tras la espalda-. Es la entrada a Pánmizos, la tierra de todas las leyendas.
-Guau… este lugar es impresionante…
-Lo sé, Fran -el Patriarca sonrió un poco-. El Santuario es una de las entradas a ese lugar fantástico, además de ser el bastión de la diosa en la Tierra y su centro de operaciones.
-Sigo sin entender cómo es posible que nadie haya visto este sitio desde los satélites…
Kiki se limitó a suspirar un poco y siguió andando por el parque. Los hermanos le siguieron de cerca mientras él explicaba sobre esa tierra, y muchas otras cosas.
-Como indicaba el texto del dintel, sólo los seres mitológicos pueden entrar… así que eso nos excluye a todos menos a la diosa -tenía una voz solemne-. El Olimpo, los reinos nórdicos, la Duat egipcia o las tierras de Dannan celtas en sus diferentes versiones están en Pánmizos… ¿Entiende su relevancia?
-Diría que sí, pero… -ella le miró con cierto interés- No comprendo por qué sólo yo puedo, ¿es porque soy una diosa?
-No exactamente -acarició con cuidado los pétalos de las diferentes rosas que por allí había-. Se refiere más a criaturas mágicas, seres mitológicos… cosas así.
-¿Y usted no lo es?
Kiki negó suavemente, y arrancó con cuidado una de ellas, de tono rojo intenso, y la colocó con mimo en el cabello de la mujer, que le sonrió un poco.
-Debo reconocer que me halaga que me pueda considerar mágico, señorita -le respondió él, divertido-. Sin embargo sólo soy un humano, de una raza diferente, pero humano.
-¿De qué raza? -preguntó Fran- Salvo por los puntos en las cejas, eres totalmente normal.
-Lemuria, era la Roma de Asia -le respondió-. Sin embargo nos pasó algo similar, y es que nuestro mundo desapareció… con tan mala suerte que nuestro pueblo casi desapareció por los mongoles y el creciente auge de los emperadores chinos.
-Lo… siento…
Kiki negó suavemente, y siguieron andando tranquilamente. Estaban cerca de la base que sostenía la enorme estatua de la diosa, que resplandecía con el Sol vespertino de una forma maravillosa, casi parecía viva y que fuera a saltar y gritar en cualquier momento.
-Esta estatua es fundamental, señorita -la miró a los ojos-. Si su vida algún día peligra, le servirá de protección como su armadura, lanza y escudo… Se dice, incluso, que le dará una gran compañera.
-Por Nike, ¿verdad?
-Sólo en la época mitológica se la ha visto luchar al lado de Atenea -respondió Kiki-. Esta terminó con la Guerra de Troya, ¿se sabe la historia?
-La del caballo de madera, ¿no? -comentó Fran- Que los griegos lo construyeron para entrar en Troya porque no podían romper sus murallas.
-Correcto -el Patriarca sonrió-. Todo vino por un concurso entre Atenea, Hera y Afrodita por ver quién era la diosa más hermosa, la cizaña la comenzó la diosa de la discordia Eris al no ser invitada a la boda de Eros y Psique.
-Y el premio era una manzana, ¿a que sí?
-Así es, señorita -Kiki suspiró algo-. El concurso lo ganó Afrodita al prometerle al juez, el príncipe troyano Paris, a la mujer más hermosa de Grecia… que resultó ser la reina Elena de Esparta.
-Y se lio la mundial…
-Yo no lo hubiera definido mejor, Fran -le respondió el mayor-. Con ese evento, la diosa se dio cuenta de su poder sobre el resto de sus congéneres, y sobre todo se dio cuenta su abuela Nix, hermana de Gea y Urano.
-Por qué me da que nos daremos de ostias con ellos… -murmuró Mónica- Nix era la noche, pero no recuerdo que hiciera nada relevante.
-Sus hijos son muy numerosos, es uno de sus mayores activos -le dijo-. Destacan Hipnos y Thanatos, los gemelos del sueño y la muerte respectivamente, pero también están las Moiras o Hécate, entre muchos.
Kiki observó la estatua, parecía bastante preocupado de golpe. Los hermanos se miraron con algo de nerviosismo así que ella abrazó al mayor por la espalda. Eso pareció hacerle despertar, incluso dio un pequeño saltito.
-Mi misión será… luchar contra ellos, ¿no?
-Esperemos que no sea así, pero es más que probable -le respondió-. Los titanes, hijos de Gea y Urano y los padres de la primera generación de los Olímpicos, también participarán en esta guerra, necesitaremos… la más poderosa de sus versiones, señorita.
-Joder…
-Y eso incluirá a la original -terminó Kiki-. Tienes que ser más poderosa que la misma Palas Atenea, nacida de la cabeza abierta de Zeus y lanzando un grito tan poderoso que toda Grecia tembló.
Ella bajó el rostro y giró sobre sus pies, agobiándose por momentos. Su hermano la abrazó por detrás y la acercó a su pecho con cariño, besando su cabeza mientras ella intentaba asimilar esas palabras lo mejor posible. Entendiendo la tensión, Kiki se alejó un par de pasos de ellos para darles privacidad y encontró desde allí que estaba Andrómeda de Piscis cuidando y regando de buena mañana las plantas que separaban su templo del Principal. Vio a Arturo recorrer la escalinata a toda prisa y sentía al servicio ir y venir por el interior del edificio con la organización y precisión de un reloj atómico, así que suspiró pesadamente y se acarició su cuello con algo de cansancio.
-Señorita, siento si la he impresionado o puesto demasiado peso sobre sus hombros -había alzado la voz para que ella le escuchara -. Siempre podrá contar con toda la Orden para ayudarla y apoyarla… nunca caminará sola.
Ella se separó de su hermano y asintió despacio. Carraspeó un poco y se limpió los ojos y nariz para estar algo más presentable y se plantó ante el Patriarca, que ofreció su brazo para que ella se apoyara en él. Anduvieron de nuevo al interior del edificio, desde esa posición se dieron cuenta que había unas escaleras ocultas justo al lado de las que subían; sólo que estas discurrían hacia abajo, se trataba de un juego visual que impedía ver las descendentes hasta que no se recorrían las ascendentes, una cuestión de perspectiva que alucinó a los hermanos.
-Ahí abajo están los mayores secretos del Santuario, si lo que habéis visto hasta ahora era relevante, ahí… -ella parecía bastante ilusionada- Sólo podéis imaginaros, pero necesitaremos más tiempo para poder ver todos los salones y estandartes que hay ahí abajo, si… me deja entrar con usted, señorita.
-Pero tú eres el Patriarca, ¿no puedes ir a cualquier parte de este Santuario?
-No, no puedo moverme plenamente libre, señorita -le aseguró él-. Es verdad que soy el único que no sea usted que puede ir a Star Hill, pero como ha visto, aún hay sitios que me son restringidos si no tengo la aprobación, como esta parte privada.
-¿Has oído, hermana? -bromeó Fran- Eres la mandamás de aquí, que no se te suba a la cabeza, ¿eh?
Ella negó con diversión y rio un poco, aún tomando el brazo del Patriarca. Este estaba bastante contento con ellos, eran dos jóvenes normales en las cercanías de los treinta con sus vidas más o menos hechas… y que parecían estar aceptando bastante bien su nuevo destino. O eso pensaba, nunca se podía saber del todo.
-Me alegra veros de buen animo, a ambos -comentó-. Ese era uno de mis mayores miedos, que no quisierais estar aquí…
Ninguno llegó a contestar. Obviamente estarían mejor en sus casas, con la familia cerca y con el estrés del trabajo que allí, en un lugar totalmente desconocido… pero preferían ver la vida con optimismo y centrarse en las cosas positivas. Si sólo se quejaran se hubieran colgado de alguna rama hacía tiempo.
-Supongo que ahora tendré que arreglarme, ¿no, Patriarca? -comentó ella- Para la presentación, quiero decir.
-Tenemos varios vestidos de gala preparados, señorita -le aseguró-. Podrá vestir aquel que más apropiado elija, y por supuesto, diseñar usted misma los que vaya a usar en próximos eventos.
La chica asintió, de paso respondería los seguro muchísimos correos y mensajes que tendría pidiendo explicaciones. Suspiró, se agobió sólo de pensarlo, pero se limitó a andar dirección a su cuarto dispuesta a no dejarse engullir por esa ola.
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Cercanías de Roma, 11 de Enero, 11:00
Era una mañana como otra cualquiera en aquel pequeño pueblo donde nunca pasaba nada. La gente se había acercado a la capital para trabajar o ido a los próximos campos de cultivo para arar la tierra o dar de comer a las bestias de carga o a los grandes grupos de animales de pastoreo que salpicaban aquel paisaje bucólico que se podía apreciar desde una de las casas de la localidad, a cuya espalda daba el mar unos kilómetros más allá. Severo Fabio tecleaba rápidamente en su portátil con una taza de humeante café al lado que poco a poco se iba vaciando según él tomaba del líquido, desde su ventana se podía observar los campos anejos a su casa de campo y el todoterreno que usaba para desplazarse.
Era una casa de dos plantas, con una zona habitable y una parte que antaño servía para tener allí animales pero que ahora servía como enorme almacén de un montón de trastos y sacos y sacos de las olivas y uvas que producían. La suya era una familia de pequeños comerciantes de aceite y vino que aún conservaban el negocio, y él se estaba encargando de mantener a flote, y hasta hacer crecer si las cosas iban bien, el negocio familiar. Suspiró pesadamente al escuchar el teléfono sonar, la pastor alemán que permanecía tumbada a su lado ni se movió del sitio.
-Dime Luca -se recostó en su silla-. Sí, compré un par de tractores nuevos, los viejos ya fallaban demasiado, sí… A ver, se supone que las ovejas de Darío no deberían pasar porque… Joder, ¿habéis llamado al veterinario ya?
Se levantó de un tirón y no colgó hasta que el otro respondió. Gruñía toda clase de improperios mientras pasaba por las diferentes puertas de la casa para salir escopeteado hacia el coche y acudir a la emergencia. Se suponía que el vecino de la finca norte, un granjero novato que estaba aprendiendo de sus padres, había arreglado la rotura de su vaya y ya no iban a pasar sus animales… por desgracia parece que no fue así y unas cuantas lograron salvar el muro de piedra y adobe por donde siempre, entre ellas una que estaba a punto de dar a luz, con tan mala suerte que no le dio tiempo a salir corriendo cuando uno de los tractores pasaba pues, precisamente, estaba en pleno parto.
Ya se estaba viendo en más de un lío por este desastre, según se montó en el todoterreno lo arrancó y se dirigió hacia la parte de la finca donde sucedió el siniestro. Por suerte para él no tenía demasiados terrenos, lo bastante para producir lo suficiente y poder vender el excedente y vivir de ello con comodidad, aunque siempre buscaba cosas nuevas que hacer o producir con lo que tenía. Precisamente estaba a punto de cerrar un contrato con una explotación de oro cercana para entregarles aceite cuando recibió la llamada.
Según llegó se encontró a tres de sus hombres rodeando a la oveja, tirada en el suelo y con algo de sangre a su alrededor. Estaban tirando de algo con ganas pero no parecía acabar de salir del cuerpo del animal, que se removía con nerviosismo. Severo se acercó, arremangado, y se arrodilló de tal forma que tenía en frente la espalda de la parturienta.
-Está tan estresada que se ha puesto a parir aquí mismo… -Luca temblaba algo- Hemos llamado al veterinario pero tardará en venir…
Allí estaba hasta Darío, que había venido corriendo a por su res al escuchar los gritos, pero igualmente estaba sobrepasado. Estaban intentando sacar al cordero pero no parecían ser capaces. Fue entonces que Severo apoyó sus manos en la clavícula de la oveja y se concentró mientras apretaba suavemente hacia abajo y metía su mano por dentro de su vientre. Pudo palpar el muy cálido cuerpo de la cría y dio un tirón contundente a la vez que apretada, y aunque ninguno se dio cuenta, un aura color violeta le rodeó completamente; en apenas un minuto lograron sacar al animal del interior de su madre, aún dentro de la bolsa en la que descansaba.
Con cuidado rompieron el tejido y el cordero comenzó a moverse con torpeza, aunque la madre se quedó donde estaba sin moverse demasiado más que mover las patas delanteras y extender malamente el cuello. Los presentes sudaban y jadeaban un poco, Severo se dio cuenta que estaba totalmente manchado en esos momentos de sangre e incluso heces y tierra… se tendría que dar él y todos los presentes un buen baño.
-Creo que se ha roto la cadera cuando casi la atropello… -murmuró el otro trabajador, Lucio- Por eso no se ha levantado tras el parto, pobrecita joder…
-Tranquilo, por suerte se ha quedado en un susto -Severo se incorporó, algo mareado-. Por ahí viene el veterinario, ¿no, Darío?
Este se giró en la dirección que miraba el otro y asintió. Como buenas gentes del campo eran todos de piel ligeramente bronceada y pelo negro, con ojos café y monos de trabajo con botas y guantes gordos que andaban tirados por el suelo para atender la emergencia. Por su parte, el veterinario era un hombre ya algo mayor, con el pelo ligeramente canoso y gafas, con un poco de barriga y ropa también de campo. Corrió hacia ellos con el estetoscopio sacado y a su lado un ayudante con guantes ya puestos, balbuceando entre ellos cosas que ninguno entendió, apartando de inmediato a todos para atender a madre y cría con comodidad.
-¿Me explicaréis ahora mejor qué pasó?
Severo y los demás se alejaron un par de metros para hablar entre ellos. A la pregunta de él, Luca suspiró.
-Yo iba conduciendo el tractor, como siempre -explicó-. Cerca estaba Lucio por seguridad, íbamos tan tranquilos cuando él corrió y se puso delante haciendo señales de que parara, y…
Lucio frunció algo el gesto y suspiró un poco, el chico parecía aún algo nervioso así que terminó él.
-Él no vio a la oveja, estaba demasiado quieta y aunque berreaba no se la escuchaba entre la música de la radio y el sonido del motor -musitó-. Por suerte logré que parara antes de que pasara del todo la rueda delantera por encima del animal, estaba a punto de aplastarla cuando la quitamos de encima, creo que notar la… subida alertó a Luca.
Darío de pronto vomitó en el sitio y Severo le sacó de allí a rastras junto a los otros dos dirección a su propia finca, se disponían a cruzarla cuando llamó el veterinario, así que el segundo decidió volver sobre sus pasos para escuchar lo que tuviera que decir.
-Tiene rota la cadera derecha y el fémur, que es donde se apoyó la rueda izquierda, por suerte la oveja estaba girada y no hubiera tocado la barriga, pero estuvimos a punto de una desgracia -le explicó el mayor-. Habéis tenido suerte de no haber matado al cordero, estaba protegido por los huesos de su madre…
-Joder… -murmuró Severo- Pero se recuperará, ¿verdad?
-Sí, tardará y habrá que operarla porque creo que se ha descolocado, pero estará sana y perfectamente en unos meses -le explicó-. ¿Quién la ayudó a parir?
-Estuvimos entre todos, aunque cuando llegué parecía tener dificultades -comentó él-. Apreté en la zona baja del vientre y tiré del cordero para que saliera, tuve que tomarla de los hombros porque lo primero que estaba saliendo eran las pezuñas.
El veterinario asintió, pensativo.
-Precisamente hoy íbamos a venir a asistir al parto, sabíamos por las ecografías que estaba dada la vuelta… -le colocó una mano en el hombro- Lo has hecho muy bien, compañero, ¿eres veterinario?
-No, sólo… bueno, pensé que era lo más conveniente, no pude ni lavarme las manos.
El otro asintió, su ayudante parecía haberlo dejado todo ya preparado.
-En fin, mi enhorabuena, vuestra intervención salvó hoy dos vidas -le sonrió un poco-. Llevaremos a ambos a la finca de Darío y allí le explicaremos todo.
Tras despedirse Severo pegó un largo suspiro y miró a la nada, pensativo, y decidió volver hacia su todoterreno para darse una buena ducha y calmarse. Luego hablaría con los otros dos, había que evitar sustos así a futuro. Comprobó que la maquina de la que tiraba el tractor, recolectora de las uvas de sus vides, estaba en perfecto estado así como el dulce fruto, también en óptimas condiciones. Mientras andaba hacia el vehículo pudo ver en la distancia una figura en la sombra de uno de los cercanos árboles de olivas.
-Ah… hola… -le sonrió un poco- Gracias por la ayuda… aún me cuesta un poco, lo siento.
Se dejó caer en el asiento de su coche tras llegar, y una vez encendió el motor condujo lentamente vuelta a la casa con la radio puesta. Se sentía cansado pero tenía que seguir trabajando como siempre, al menos todo se había arreglado más o menos bien y estaba en orden, pero tendría que darle una buena charla a Darío también. Apretó el volante algo molesto, aquella energía morada intensa y luminosa como el Sol volvió a rodearle y tuvo que aspirar y espirar varias veces para recuperar el control sobre sí mismo, y no paró con eso hasta aparcar el todoterreno al lado de la puerta.
Según llegaba encontró que el bueno de Carlo esperaba a su puerta, con su siempre impoluto uniforme de trabajo como camarero. Parecía algo nervioso, notó, así que se le acercó con algo de cautela mientras le sonreía un poco. Este le devolvió el gesto y aceptó la invitación de entrada, momento en que el otro se acordó de su reunión con él. Fue directo a la cocina y le entregó una bolsa llena de envases de plástico y se lo tendió.
-Te noto… no tan elegante como siempre, ya decía que tardabas en responder, ya me estaba preocupando tío…
-Es una larga historia -le respondió-. Una que incluye un tractor, una oveja pariendo y mierda… ¿quieres algo de beber?
-Parece intenso… -murmuró- Tengo que volver a trabajar y he venido en mi moto, no me gustaría tener un problema con la teniente, ya sabes.
Severo se rio un poco mientras entraba a la casa seguido por el otro. Fue directo al baño al tiempo que Carlo tomaba sus cosas que colgaban en la silla, y tras revisarlo todo, se sentó en una de las sillas de la cocina. Era pequeña pero acogedora, con un fregadero, un par de fuegos y una nevera moderna. Tenía una tele al otro lado y la luz entraba desde las ventanas de la izquierda, yendo por la derecha se iba al baño y al cuarto del otro donde aún estaba encendido el portátil del otro.
-La teniente, como tú la llamas, es mi prima Adriana -le recordó-. ¿No le estabas haciendo ojitos hasta la universidad?
-Sí, pero ella acabó… bueno, ya sabes.
Escuchó el agua caer instantes después y supo que el otro se estaba duchando, así que se limitó a servirse un poco de agua de la nevera y se dejó caer en una de las sillas, suspirando. Tenía que llegar de vuelta al bar para atenderlo y ver de nuevo a la bella Bianca, pero ella parecía haberle echado el ojo a Severo… suspiró un poco, con esos ojazos azules, ¿qué mujer se podría resistir a él?
Se estremeció un poco con ese pensamiento y pudo sentir la misma aura que notó minutos antes, mientras su amigo aseguraba salvar la vida de un animal en parto. Sonrió de medio lado al verle salir con una camisa de manga larga y una toalla alrededor de la cintura, aunque se dirigió de inmediato hasta su cuarto. Dos minutos más tarde salió con unos vaqueros y una sudadera, se había peinado algo y ahora al menos no parecía un asesino en serie.
-Bueno, ya te he devuelto los envases, ¿deuda saldada?
-Sobradamente, amigo -le aseguró-. ¿Tienes para comer hoy?
-Me sobran aún unas alitas de pollo del otro día -le dijo-. Últimamente… como mejor, gracias por preguntar.
-¿Y quién te cocina? Nunca has sabido hacer nada que no fuera calentar algo en un microondas -bromeó el otro-. ¿La conozco?
-No, no creo -Severo le sonrió-. Es… en fin, ya te la presentaré.
Entendiendo los deseos del otro, Carlo decidió guardar silencio y se levantó tras ver al otro en pie, y le acompañó hasta la salida.
-¿A qué hora llegarás al bar?
-Para el café, tengo que terminar unas cosas antes de ir…
Se despidieron con un cálido abrazo, y tras cerrar Severo suspiró pesadamente. Decidió volver hasta su despacho y revisó que su portátil seguía encendido, así que tras colocar el cargador para que no se apagara de golpe por falta de batería se sentó para comprobar que se le había enfriado el café así que tuvo que volver a la cocina a calentar la bebida un poco. En cuanto estuvo listo volvió a colocarse al frente y siguió trabajando con algo de música de su móvil para crear ambiente y, por fin, cerrar aquel contrato.
Si todo iba bien podrían producir un mejor vino y aceite con la maquina de prensado que quería comprar, además podría recoger más si la segadora que pretendía adquirir cumplía con las cosas que prometían en los anuncios; sólo necesitaba el crédito del banco para poder terminar todo, así que en ello estaba, buscando la mejor manera para lograr su objetivo. El café iba bajando según hacía las llamadas necesarias y respondía a los correos de diferentes proveedores y a sus a veces preocupadas llamadas, siempre bajo la curiosa mirada de su mascota, que sólo se levantó cuando Severo la llamó para darle de comer.
Tras echar en sus respectivos cuencos el agua y su pienso el reloj tocó las 14:00, giró el rostro cuando notó un suave escalofrío en la espalda, escuchó unos pasos por detrás, y se encontró con una mujer de largo pelo oscuro y traje ceñido del mismo color. Tenía un anillo de plata en su mano derecha y un delantal blanco con alguna que otra mancha, y tras sonreírle un poco fue directamente a la cocina. La perra ni se inmutó y según terminó de comer se colocó al lado de la puerta a la espera del paseo.
-N-no hacía falta que vinieras hoy también…
-Tranquilo, sabes bien que no es problema -ella comprobó con cierta ilusión que lo tenía todo en orden-. ¿Te gustaron las lentejas y las albóndigas que preparé la última vez?
-Sí… Gracias por la ayuda… Penélope.
Ella le sonrió un poco. La primera vez que la vio por allí le dio el susto de su vida pero ahora parecía ya estar acostumbrado a su presencia, verla surgir de la zona más antigua de la casa a través de una pared de cuya parte trasera nunca se había preocupado y encima en plena noche tras un día completo de trabajo casi le genera un infarto y quedarse en el sitio; pero algo en ella le calmaba.
-Es un placer -le aseguró-. Como su servidora debo ayudarle, ¿cómo ha ido el día hasta ahora?
Él se limitó a sentarse mientras ella lo colocaba todo con un suave tatareo de fondo, y una vez lo tuvo todo guardado de nuevo, comenzó a cocinar algo de patatas con carne y verduras que ya previamente había preparado. No sabía cómo se las apañaba para ser tan veloz pero en cualquier caso lo era, se disponía a ir a ayudar cuando recordó sus muchas negativas al respecto y hasta su mirada de cabreo al siquiera proponerlo, así que se abstuvo de hacerlo y encendió la televisión.
-Ha sido duro, tuve… que ayudar en un accidente, pero al menos todo salió bien.
Ella asintió, el agua había roto a hervir en tiempo récord.
-¡Qué bien! Me alegro por ello -ella se giró y le sonrió un poco- La señora estará alegre por saberlo.
-Seguramente ya lo sepa… -reconoció él- No sé cómo lo hace para enterarse de todo.
-Es alguien muy importante, debe estarlo, señor -le respondió la mujer-. Así se le puede servir mejor.
-Ya…
Se había acabado acostumbrando a ese trato aunque a regañadientes desde Noviembre del año anterior, al principio era realmente raro y no se sentí cómodo, pero ahora simplemente había aceptado su destino con todo lo que ello implicaba. Vio a la mujer trabajar con diligencia y rodeada de esa energía violeta que de vez en cuando veía, y en poco tiempo ya tenía preparada la olla con la comida recién hecha, así que se sirvió a ella misma y luego al otro, que ni pudo poner la mesa dado que ella lo hizo a continuación tras posar sus manos en los antebrazos de él para impedir esa acción.
-Me mimáis demasiado, entre unos y otros…
-Nada que usted no se haya ganado, señor -le respondió-. Todos nosotros, y los que vendrán, actuamos desde el más puro amor a usted, señor.
-No sé qué he hecho para hacerlo, la verdad… -murmuró- Sólo me he dedicado a… estar aquí sentado la mayor parte del tiempo.
Ella se limitó a sentarse a su vera y comenzó a comer con ganas, el pan a su lado y la fuente de agua se iban agotando según degustaban el sencillo pero delicioso plato, en eso al menos tenía cierto poder de decisión y prefería cosas así, normales y corrientes, en lugar de los muchos platos de alta cocina que ella pretendía cocinar.
-¿Cuándo irás a ver a tu marido, Penélope?
Ella suspiró un poco, y miró la hora.
-En un rato… señor -ella le miró directamente a los ojos-. Gracias por dejarme ir con él cada día, no… sabe lo que le he echado de menos.
-No me extraña… ¿hace cuanto sucedió…? -pero él negó- Lo siento, he sido insensible.
Sin embargo, ella movió la cabeza con cierta vehemencia.
-No es algo desagradable preguntarle a alguien hace cuánto tiempo murió -ella, sin embargo, parecía algo decaída -. Fue hace trece años, en un accidente de coche… yo volvía de trabajar y un camión que tenía delante perdió el control, no… pude evitar estrellarme contra su carga.
-Lo… siento.
Ella le restó importancia con un gesto y siguió comiendo normalmente. Si hace tres meses le hubieran preguntado por fantasmas se hubiera reído y negado rotundamente sobre su existencia, ahora… las cosas eran totalmente diferentes.
-Me permite ir a ver a mi esposo, poder volver a sentir la luz del Sol en mi cuerpo… -ella puso una mirada nostálgica-. Es mejor que pasar mis días huyendo en el infierno, ¿no cree, señor?
Este asintió un poco y notaron una suave corriente que venía precisamente de la falsa pared, instante en que vieron a una segunda mujer aparecer por allí. Penélope se levantó de inmediato y le hizo una suave reverencia, que la nueva recibió cortésmente; hizo lo mismo con Severo, que le extendió una de las sillas para que les acompañara.
-Hola, Pandora -ella le sonrió-, ¿cómo te va?
-Lord Hades, Penélope -esta sonrió por el saludo-. Todo bien en el Inframundo, su cosmos trabaja bien incluso desde aquí.
Los ojos de él brillaron suavemente y asintió, algo satisfecho, se dejó recostar en su asiento, pensativo. Las mujeres le esperaron en armonioso silencio sólo roto por los cubiertos chocar con los platos o entre sí hasta que él se decidió a hablar.
-Ya te he dicho, Pandora, que no me llames Lord -le recordó-. Parezco un noble del siglo XV o algo así.
-Es el tratamiento, Lord Hades -le replicó-. Nada menos para el gran señor del Inframundo y rey de los muertos.
El aludido se miró las manos durante un par de minutos hasta que se decidió a levantarse; su cosmos le rodeaba como una manta brillante y ambas mujeres le miraron con sorpresa por esa reacción, pero en absoluto intimidadas por el enorme despliegue de poder que estaba haciendo.
La pared falsa desapareció y vieron lo que realmente escondía: era una de las pocas entradas que quedaban al Inframundo en ese plano al ser una de las antiguas Casas de Hades, lugares místicos que servían de puente entre ambos planos y de uso frecuente de mortales y dioses para ir entre los reinos. Cayó en el olvido al final de la era mitológica y, siglos después, acabó derrumbada y sirvió de casa para múltiples familias. La última era precisamente la de su nuevo yo, Severo Fabio, con el que se había unido al poco de poder volver al mundo de los mortales en una conexión muy intensa. Su conexión fue casi inmediata.
Eran una dualidad, eran Severo y Hades a la vez, como siempre debió ser en pasadas ocasiones… pero por su ego no había pasado. En siglos pasados se había limitado a tomar un cuerpo a la fuerza y eliminar toda presencia humana, ahora que había aprendido la lección no volvería a cometer ese error. Y no era lo único que había comprendido gracias a tener que volver a aparecer en el mundo tras su derrota y muerte a manos de Atenea un siglo atrás.
-Mi energía es del dios de la muerte, eso es verdad -respondió, las otras dos le seguían-. Sin embargo, como bien sabéis no soy realmente Hades y no lo digo sólo por ser un solo ser con el buen Severo.
Permitió el paso de ambas través del hueco de la pared, que encabezaron la comitiva dirección hacia la puerta al Inframundo. Era una zona oscura y húmeda pero que sentían como su hogar por el poder del dios, a cuyo paso se encendían fuegos fatuos. Ante ellos, un par de columnas y un dintel servían de paso a una visión idílica de unos amplios prados donde parecían trabajar un grupo de trece hombres.
-Sigo sin entender, Lord Hades, a qué se refiere exactamente… -Pandora bajó el rostro- Siento mi falta de comprensión, de verdad.
-Es un concepto demasiado complejo para ser entendido a la primera -él la miró con cierta ternura y posó una mano en su hombro-. Los dioses venimos de un cosmos primordial que enmarca todas las cosas, eso lo entiendes, ¿verdad?
-Es la única parte -reconoció ella-. G-gracias por explicarlo de nuevo, señor…
Este no llegó a seguir con aquello y se limitó a continuar con la otra explicación.
-Cuando morí como el Hades mitológico no sólo perdí mi cuerpo de esa época, volví a ese cosmos original para formar parte de él -le respondió-. Eso me permitió tener… las cosas más claras, y darme cuenta de aquellos errores del pasado.
-Lo sé, Lord…
Ella le sonrió un poco, Penélope pasó la primera para darles algo de intimidad para que el otro se pudiera explicar más adecuadamente. Esos dos parecían en especial unidos y eso ella lo respetaba y le parecía la mejor posibilidad.
-Se decidió que los dioses debíamos volver a esta época, pero también que teníamos que ser mejores de lo que fuimos en la mitología -continuó Severo-. Nacimos como cuando fuimos concebidos antaño tanto Atenea como su hermano y yo, somos dioses plenos y con un cuerpo propio y no uno impostado… aunque ellos necesitarán ayuda para poder usar todo su poder.
-Es… raro eso, ¿no cree?
-Un poco -le reconoció el otro-. Somos todos nosotros parte de una misma unidad, pero que se puede descomponer en diferentes áreas de influencia… en mi caso es la muerte, vida y protección de las almas, por eso mi cosmos es similar pero diferente al de los demás dioses.
Ella le observó brillar nuevamente y se limitó a pasar al otro lado de la puerta, donde aquellos hombres continuaban con sus labores normalmente, orientadas a levantar una suerte de campo de entrenamiento de gran tamaño a la orillas del río que surcaba los prados donde vivían. Pandora miró al otro de reojo antes de decir nada.
-Hades… Entonces… ¿no eres del todo él? Quiero decir… ¿cómo le debo llamar?
-Si te sirve, puedes llamarme así -le respondió-. También vale Severo, al final soy ellos dos en uno solo.
Ella le abrazó de golpe y él no pudo evitar el gesto, limitándose a acariciar su espalda despacio. Tras separarse ella volvió al Inframundo y él subió de nuevo hasta la casa. Tomó la correa de su mascota, que le siguió al exterior y se sentó frente a su amo para que le colocara la cuerda y fueron ambos hasta el todoterreno. Ya montados él condujo hacia el pueblo, que quedaba a pocos minutos circulando por caminos de tierra y rocas a los lados para más o menos marcar el trazado.
No tardaron demasiado rato en llegar a la avenida central, donde aparcó en un hueco libre que encontró y bajó a la pastor alemán; caminaron a lo largo del camino a un ritmo tranquilo y calmado, ella olisqueaba de vez en cuando aquello que le llamaba la atención y paraba en algunos de los árboles a hacer sus necesidades como cada día a esas horas, funcionaba como un reloj suizo en ese sentido y Severo no podía estar más contento. De vez en cuando se preguntaba cómo se llevaría con Cerbero, pero nunca había intentado que ambos animales compartieran espacio.
Laika, así se llamaba, siempre había sido un animal muy tranquilo y nunca había dado problemas y casi nunca ladraba, cuando él era más joven la había visto muchas veces correr entre el ganado de sus abuelos maternos mientras los demás recogían los frutos de los campos de cultivo que ahora regentaba en solitario. Y de eso hacía ya muchos años, y ahí seguía ella, algo inactiva por la edad pero con ganas de seguir con vida durante bastante tiempo más. La veterinaria solía avisar en cada visita que igual había que despedirla pronto, algún día acabaría acertando…
Mientras andaban pasaron por las cercanías de la plaza se encontró con Bianca, se dirigía también al bar de Carlo a por su comida diaria. Sonrió un poco, Laika ladró un par de veces para llamar su atención y ella giró el rostro, dándose cuenta de la presencia de Severo, a quien se acercó cuando comenzó a reconocerle.
-Es usted el hombre que me encontré ayer, ¿verdad?
La voz de ella era suave, él se dio cuenta que olía a jazmín. Sonriendo, asintió.
-Severo, sí -ella sonrió algo-. No me llames de usted, Bianca, ¿verdad?
-Sí… -se inclinó a acariciar a Laika- Qué hermosa eres, ¿verdad, bonita?
El animal se dejó tocar en silencio y lamió algo la mano de ella, que se levantó al poco. De nuevo se quedó algo embobada mirándole a los ojos hasta que él se rascó algo la nuca, ligeramente acalorado.
-Sí, la verdad es que sí -murmuró-. ¿Dónde trabajas?
-En el colegio, soy profesora de primaria -le respondió-. Tengo que empezar en algún sitio y este pueblo me parecía bonito…
Andaban ya dirección al bar, charlando animadamente.
-Lo es, ¿has visitado el templo de Proserpina y Diana? Es uno de los grandes monumentos de este lugar.
-No sabía que hubiera -ella le sonrió-. ¿La visita es guiada? No sé demasiado de esas cosas, la verdad…
-Yo tampoco, pero… sería interesante aprender juntos, ¿no?
-Pues sí… -estaban a media altura de la plaza, a uno de los lados estaba su destino- Gracias por invitarme ayer, creo que lo suyo es invitarte hoy a ti.
-Será un placer -le dijo-. Ayer venía de una reunión importante, por eso parecía un ejecutivo, hoy…
Ella se rio. No llevaba esas prendas tan elegantes pero aún así seguía teniendo esa aura de persona importante… y sus maneras seguían siendo decimonónicas.
-No te preocupes, Severo -le respondió-. Yo a veces tampoco es que vaya muy elegante, para ir al colegio sí, pero en casa uso sobre todo chándal.
Él sonrió por eso y la acompañó hasta el bar, al que entraron incluida Laika gracias a su excepcional comportamiento. Se sentaron en una de las silla, y el camarero llegó raudo como siempre a atenderles.
-¿Qué te parece si comemos juntos hoy? -comentó él- En lugar de llevarnos la comida, pues… estamos aquí los dos.
Ella le miró con cierta sorpresa pero asintió. Carlo, por su parte, suspiró pesadamente con el bolígrafo y libreta en la mano, pero les dedicó la mejor de sus sonrisas.
-A ver, pareja, ¿qué vais a tomar?
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Templo Principal, Santuario de Atenea, 12:30.
Esta ya todo preparado para la recepción con los Caballeros y Amazonas de Oro, las hermanos se habían encerrado en sus respectivos cuartos para prepararse. Ella se había maquillado con algo de esmero para lucir bien de nuevo y que no se notara el llanto de antes, con las líneas de los ojos bien marcadas en tono negro y una muy suave base para tener un tono de piel similar al natural pero sin las imperfecciones propias del paso del tiempo. Se había puesto un sencillo vestido blanco con falda hasta un poco por encima de los tobillos y manga larga, sus zapatos tenían algo de tacón y llevaba el pelo decorados con algunas joyas, igual que su cuello.
En su mano tenía un anillo de plata con una lechuza, y mientras se terminaba de retocar entró su hermano. Este tenía un traje similar a los que llevaban Kiki y Arturo, le quedaba algo grande pero le sentaba bien. Se había colocado bien el pelo y colocado también las sortijas adecuadas, a la mujer le sorprendió que no llevara un traje de chaqueta y corbata pero no llegó a decir nada.
-¿Lista, Moni?
-Qué remedio…
Se levantó y, una vez cerraron la puerta, se encimaron hasta la sala de trono, donde se desarrollaría la recepción donde conocerían al resto de la Orden de Oro. Estaba todo en bastante silencio hasta que se encontraron a unos pocos metros de la puerta que les separaba de la sala, según la abrieron y penetraron a la misma se encontraron con algo que les sorprendió: un grupo de jóvenes en pleno cóctel.
-Lady Palas Atenea, diosa de la guerra, señora del Santuario y defensora de la Tierra -Kiki, que estaba frente a ella, se inclinó suavemente-. Somos sus humildes servidores…
Todos se inclinaron y ella removió las manos, nerviosa, y se acercó suavemente hacia ellos. La sala estaba como siempre, con la diferencia de una larga mesa con un mantel blanco con varios platos con comida de todo tipo, sobre todo jamón, queso, trozos de pan y tortilla, macarons, y cosas que ellos eran la primera vez que veían por ser productos de a saber dónde.
-Buenos días… -murmuró ella- Perdón, buenos días.
Los presentes se fueron levantando al sentir el cosmos de su señora acariciar los suyos con aquellas suaves palabras, quedándose en un respetuoso silencio a la espera de que ella dijera nada más, hasta el mochuelo que encontró esa mañana prestaba su atención a la mujer desde el respaldo del trono. A quien primero se acercó fue al enorme Heracles de Tauro que, como todos sus compañeros, portaba su hermosa armadura de gala: una versión de la misma hecha de oro y plata, con la capa blanca sostenida por chapas con la efigie del ave insignia de la diosa.
-Heracles de Tauro, a su servicio -este se inclinó suavemente y le ofreció uno de los canapés- ¿Le apetece uno?
Ella le sonrió un poco, sólo su brazo era tan ancho como la cabeza de la muchacha, pero parecía tan amable y recatado que era como un gigante bonachón. A su derecha, Andrómeda de Piscis se permitió sacar una de sus rosas blancas y, cuidadosamente, retiró la roja que aún llevaba y colocó la nueva en uno de los laterales justo como ella lo portaba.
-El blanco le queda inusualmente bien, Lady -le sonrió-. Si necesita a una chica ente tanto bruto puede contar con nosotras.
Ella se rio un poco, los hombres se limitaron a removerse en el sitio mientras Fran parecía charlar animadamente con otro de los presentes, Shiryu de Libra.
-Si estoy bien informado, eres un invitado de honor en el Santuario -el Caballero le estrechó la mano con suavidad al otro-. Espero que se sienta como en casa y se sienta bien recibido.
Kiki estaba bastante satisfecho por las interacciones que iba viendo. La diosa ya charlaba con Seiya de Sagitario, que debía estar explicándole las cosas que preparó para el evento; mientras las gemelas Alma y Diana de Géminis se habían acercado a Fran, que también conversaba con Hyoga de Acuario. Cada poco tiempo este les enfriaba las bebidas a todos los que estaban cerca, para beneplácito de todos ellos. Arturo, a su lado, tomaba de su copa con una suave sonrisa de satisfacción.
-Bueno, parece que se llevan bien entre ellos, ¿no?
-Eso parece… -el Patriarca suspiró algo- ¿Podré contar contigo para las clases de ellos, entonces? Yo no siempre podré…
-Por supuesto.
Lo que habían notado todos los dorados era que el cosmos de ambos, si bien era brillante e intenso, como había expresado antes Raki no se asemejaba a una supernova, en especial el de ella, como si algo pasara. Era claramente Atenea, todos podían notarlo, pero era como si estuviera encadenada de alguna forma; similar pasaba con su hermano Fran, puede que el entrenamiento mejorara esa situación. Precisamente ella hablaba con Romeo de Cáncer en esos momentos.
-Me habéis hablado mucho del cosmos, pero no entiendo exactamente cómo funciona -reconoció ella-. ¿De dónde viene?
Él tosió un poco, a su lado Antares de Escorpio se rio un poco mientras Shun de Virgo le daba la explicación apropiada.
-Del interior de nuestro cuerpo, todos los seres vivos tienen uno, pero sólo unos pocos pueden hacerlo explotar libremente -le contó-. Los dioses, por su naturaleza, tienen más poder, más energía… aunque no es la primera vez que se les derrota.
Ella asintió con interés, según hablaban de eso le picó con cierta intensidad la espalda y se tuvo que remover algo incómoda, así como Fran, que le sonrió un poco a Daya de Leo, que le devolvió el gesto mientras charlaban en su propia lengua.
-Nos tendréis que enseñar… lo que quiera que habléis entre vosotros.
-Sobre todo griego, que es la lengua común a todos -le comentó-. Aprenderéis pronto, encima hasta entonces estáis usando vuestro cosmos de forma natural, eso está de puta madre Fran.
Este sonrió un poco por el trato, todo era bastante agradable en ese lugar, pero tenía claro que aquello se terminaría en el momento en que tuvieran que comenzar a prepararse. Por ahora todos eran muy majos, pero, ¿y si él resultaba ser del enemigo? ¿Y si no debía estar allí? Esas preguntas les preocupaban a ambos, todos los presentes parecían bastante dispuestos a ayudarles pero puede que las cosas cambiaran.
Ese día sería bastante largo entre cosas y cosas y sólo había comenzado, la nueva Atenea ya estaba conociendo a su Orden Dorada y pronto comenzaría su entrenamiento para ser la nueva diosa de la guerra… Kiki no podía estar más nervioso pero también con más ganas de afrontar ese destino. Su señora estaría orgullosa.
-Por Palas Mónica Atenea -chocó su copa con la de Arturo-. Por la diosa.
Y ambos bebieron del dulce vino que habían traído. Aquello sería la mar de interesante.
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(1) Los diálogos escritos en cursiva que se muestran son para reflejar las comunicaciones vía cosmos. Aquellos que son con la letra normal, son hablando la lengua común que corresponda.
