Generaciones Doradas
Capítulo 5
Templo Principal, Santuario de Atenea, 11 de Enero, 13:30
La recepción de los hermanos con los caballeros dorados se desarrolló con normalidad. Hablaron con todos unas pocas veces en ese rato, degustando algunos de los manjares que había repartidos por la mesa antes de seguir tomando unos licores que entraron a los diez minutos de comenzar. El dulzor de los mismos hacía que entraran como el agua fresca por sus gargantas, disimulando el sabor del alcohol lo bastante para que este pudiera llegar a golpear fuerte al descuidado que bebiera sin esa consideración; consciente de ello, y viendo que se podían pasar sin darse cuenta, el Patriarca rápidamente dio la orden de sustituirlos por bebidas más inocuas en ese sentido, luego hablaría con su señora para darle el aviso.
La aludida, por supuesto, se dio cuenta pero no llegó a decirle nada. En tres cuartos de hora se había tomado tres copas de licor de menta, apenas se le había subido y que el otro decidiera por ella no le gustó demasiado y se lo hizo saber a Fran en prefecto español… sin recordar que él no era el único que comprendía esa lengua, así que Kiki se limitó a suspirar en su sitio, al otro lado de la mesa. Por supuesto era una mujer adulta que no necesitaba ser cuidada en esos aspectos, pero desde el punto de vista del Patriarca sí que necesitaba aprender ciertas cosas de protocolo. Como diosa del Santuario, eventualmente lo representaría allá a donde fuera y tenía que comprender esa situación.
Arturo no pudo evitar darse cuenta de detalles así a lo largo de esa hora. Ella comía sin demasiada finura, metiéndose la comida en la boca con poco recato y a veces hasta hablando sin haber terminado de tragar; sí, se tapaba la mano con la boca si era poco y podía vocalizar, pero al otro le podían los nervios. A los Caballeros y Amazonas esos detalles les daban igual y disfrutaban más de sus bromas y anécdotas que de la forma de contarlas, de hecho, el que más disfrutaba era Seiya de Sagitario.
-Y claro, yo tenía que pasar por esa calle sí o sí o tenía que dar toda la vuelta otra vez y pasaba de eso -ella le dio especial énfasis a toda, ante la atenta mirada del otro-, así que metí el morro del coche y pegué un acelerón, pero claro, venía un autobús por la derecha a toda ostia… ¡No me llevó por delante de milagro! Dios, como le pité…
-Él tendría que haber esperado a que pasaras, claro -afirmó el otro-. Como diosa siempre llevas la preferencia,
Ella se rio y chocó su copa con la de él en señal de confianza.
-Eso pensaba yo, sí… -reconoció, y le tendió uno de los trozos de tortilla- Por suerte llegué a la hora, era mi primer día en esa empresa y no podía llegar tarde,
-Señorita, ¿está bien? -comentó este de pronto -Lleva rascándose la espalda un rato ya…
-Es que me pica… -murmuró- Será la tela o algo, no es nada.
Fran parecía tener una reacción similar, pero eventualmente se les pasó y siguieron charlando con los demás como si tal cosa. Eran hermanos, puede que algo en común tuvieran en ese sentido… en cualquier caso el día sólo acababa de empezar. Según terminaran allí, a las 14:00, saldrían hacia el exterior y conocerían a los Caballeros y Amazonas de Plata, que esperaban en la plataforma de entrada al Templo Principal; luego bajarían hasta el Coliseo, donde se encontrarían con la Orden de Bronce. Y tras aquello harían una visita guiada por todo el complejo, así que tendrían que comer bien dado que no probarían más bocado hasta la cena. Acabarían agotados, pero valdría la pena para conocer aquel lugar, si lo poco que conocían ya era increíble… ¿qué maravillas esperarían más allá?
Durante la charla, Fran comprobó que todos estaban bastante unidos. Si él iba a ser uno de ellos quería estar bien integrado, sobre todo para adaptarse bien a su nuevo estilo de vida… pero le daba miedo el estilo marcial que le esperaba. Durante la noche anterior comenzó a ser consciente de lo muy intenso que debía ser el entrenamiento por allí y comenzó a agobiarse un poco, pero fue cerrar los ojos para controlar la respiración y quedarse dormido como un niño. Y durante la mañana no tuvo demasiado tiempo para pensar en ello, hasta ahora que comprobaba la buena musculatura de todos ellos. Alma de Géminis pareció darse cuenta de ello, con ella estaba Diana y Raki.
-Los entrenamientos serán duros, sí -le reconoció la primera-. Tendrás que echar muchas horas, si acabas resultando ser uno de los Caballeros de tu hermana… Pero tendrás a los mejores maestros.
El aludido se llevó la mano libre al pelo para colocárselo mejor.
-Yo nunca he entrenado realmente, tenedlo en cuenta… -murmuró- ¿Eso del cosmos es difícil de aprender?
Las tres se miraron entre sí. Todos los presentes lo dominaban como el respirar, pero llevaban toda su vida usándolo. Para ellos era algo totalmente novedoso, sus cuerpos no estaban acostumbrados y, a comparación, sería como enseñar a un adulto a echar a andar. Tomaría mucho tiempo y esfuerzo, pero sería necesario… pese a que pudiera volverse en su contra en cualquier momento. Él podía ser un guerrero de Poseidón, o de Apolo, o de cualquier otro Olímpico o incluso de un dios extranjero, pero la diosa había sido tan clara que él estaría allí con ellos que esa opción casi ni la contemplaba. Y si iba a ser así, estaría sometido a las mismas reglas que los demás… y eso pasaba por entrenar.
-Piensa que es una fuerza muy poderosa en ti -le explicó-. Está latente pero se la puede despertar, igual que se despierta un músculo que está dormido… sólo se necesita el estímulo adecuado.
Eso a él no le sonó demasiado bien, pero tendría que confiar en ellos. La que le preocupaba era Mónica, no sabía si aquello sería demasiado para ella. Ya había tenido su primer "encuentro" con el Patriarca y no llevaban allí ni un día. Y tenía pinta de ser alguien estricto con esa y otras muchas cosas, desde luego las voces tenían pinta de convertirse en algo común entre ellos. Sin embargo no quiso pensar más en eso y se limitó a seguir de cháchara con las chicas, hasta que llegó la hora adecuada.
Cuando el reloj marcó las 13 el Patriarca dio un par de palmadas para llamar la atención de todos. El murmullo constante desapareció de golpe y todos los presentes le miraron, así que carraspeó un poco y alzó la copa.
-Caballeros y Amazonas, es hora de que volváis a vuestros quehaceres cotidianos -estos se cuadraron en el acto-. Mónica, Fran, háganme el favor de venir conmigo, para conocer al resto de su Orden.
Estos asintieron y suspiraron un poco, era la hora de la verdad. Se despidieron de todos ellos, y acompañaron a Kiki hacia el exterior, donde se encontraron con algo más de una veintena de hombres y mujeres. Daya de Leo parecía bastante cercana a una de las mujeres, de hecho se paró a su vera y le sonrió algo pero sin llegar a decirle nada – al menos en apariencia – y siguió su camino hacia sus respectivos lugares. Los tres se colocaron en el centro de la explanada, y ante ellos y colocados en semicírculo, formando dos líneas, estaban los veinticuatro que formaban la Segunda Orden, los de Plata.
Uno a uno fueron nombrados. Si los de Oro eran las constelaciones de la elíptica, en este caso no parecía haber una correlación entre su posición en el cielo y el rango, o con su tamaño, luminosidad de la estrella principal o algo así. Era más bien algo aleatorio, lo que permitía que conviviera, por ejemplo, Águila y Auriga, que nada tenían que ver en tamaño o posición… entre otras cosas. Estaban también Copa, Mosca, Perseo, Cuervo, y otros muchísimos nombres que a ella se le cruzaron absolutamente, de tal manera que acabaron sin enterarse de absolutamente nada.
Con lo que sí se quedó Mónica fue con las diferencias respecto de sus superiores, los de Oro. No eran tan veloces en combate, y sus armaduras – mucho más variadas en colores, aunque predominaba siempre el plateado – cubrían menos sus estómagos y extremidades, aunque seguían siendo bastante completas. Pero donde más notó el cambio fue en las energías que notaba en ellos, pues eran muy pequeñas – incluso en reposo – en comparación con los otros. Mientras estaban en ello, a la mujer le volvió un poco de aquel picor, aunque rápidamente lo obvió al sentir un suave escalofrío cuando dirigió su mirada durante unos instantes hacia el Coliseo, desde allí se podía ver a un grupo de gente que debían ser los de Bronce.
Algo en ella la llamaba a ir hacia allí ya, pero el protocolo era el que era. El besamanos, donde cada uno se inclinaba ante ella y hacia su juramento, no duró demasiado por suerte para ella, que no era demasiado fan de ese tipo de cosas. Pasaban ante Fran y simplemente se inclinaban con cierto respeto, la noticia de su posible futuro como Caballero de Ofiuco le convertía en un dorado y, por tanto, había que guardarle el correspondiente decoro. Kiki parecía bastante contento con todo aquello, tenía las manos a la espalda y apenas tuvo que decir nada a alguno de ellos que se quedaba demasiado embelesado ante la imagen de la nueva Atenea. Si alguno fue capaz de darse cuenta de lo que pasaba con su energía no lo hicieron evidente, cosa que agradecía.
Se había dado cuenta de algunas cosas en ese rato, pero guardó silencio. En el momento que pasó el último de los de plata, tomó a ambos de los hombros para transportarse a la entrada de las escaleras, en el primer peldaño de la Casa de Aries. No les tomó totalmente desprevenidos, por eso no se asustaron de aparecer en otro lugar totalmente diferente. A decir verdad preferían ahorrarse el largo tramo de escaleras, que les dejarían las piernas baldadas… aunque igual tenían que subirlas a la vuelta, y no sabían qué era peor. No tuvieron tiempo de pensar en ello dado que el otro echó a andar.
-Después de la reunión con los de Bronce y su juramento, os enseñaré más detalladamente el resto del lugar -les dijo-. Si nos da tiempo iremos a Rodorio también, el pueblo que vimos ayer.
-¿Es muy grande?
A esa pregunta de ella, el negó.
-No demasiado, pasa por poco de los mil habitantes -explicó-. En su día era un lugar de paso comercial, pero ahora… viven de nosotros, en buena medida.
-¿Cuántos hay de bronce, por cierto?
-Cincuenta y dos -respondió Kiki, sonriendo a la pregunta de Fran-. Son los más numerosos, y algunos dirán que los más débiles… aunque entre ellos estuvieron de los hombres más poderosos que he conocido.
-¿Les conoceremos?
Mónica parecía bastante interesada en ello, pero el mayor negó suavemente. En su mirada apareció un cierto deje de tristeza.
-Murieron hace mucho… Yo era un niño en ese entonces, en su honor nombré a varios de los Dorados actuales -les explicó-. Concretamente a Sagitario, Libra, Virgo y Acuario… ellos salvaron a la diosa del Siglo XX cientos de veces, hicieron arder sus cosmos a unos niveles que los demás no podríamos ni soñar…
-Ellos enfrentaron a los dioses, ¿no?
A la pregunta de Fran, él asintió.
-A Poseidón y a Hades, cuando atacaron la Tierra para conquistarla -explicó-. Bueno, realmente cada uno la quería destruir a su manera y ampliar sus propios reinos, del dios del Inframundo se esperaba porque cada dos siglos había que luchar contra él, pero… fue la primera vez contra Poseidón fuera de la época mitológica.
-¿A qué te refieres?
A la pregunta de ella, Kiki se pensó la respuesta. Hasta entonces había llevado un ritmo más o menos veloz, sin embargo, en ese momento se detuvo bastante; llevó sus manos a la espalda y comenzó con la explicación, como si fuera una importante clase la que tenía que llevar a cabo.
-Atenea, como sabéis, es la protectora de la Tierra… y el principal enemigo que ha tenido desde hace siglos es Hades, dios del Inframundo -comenzó él-. Su principal deseo era hacer de nuestro mundo un lugar frío y oscuro, carente de luz, pues odiaba a los humanos desde lo más profundo -ellos parecían nerviosos, notó-. Por suerte se le detuvo siempre, aunque la última Guerra Santa contra él terminó… de forma peculiar, cuando terminemos aquí os lo explicaré mejor, es demasiado largo para hacerlo ahora.
Así, ambos hermanos no tuvieron demasiado que decir. El Patriarca parecía con cierta prisa, aunque también entendían que había que ver muchos lugares en el día y las horas de Sol eran limitadas… según se acercaban un cosmos fue encendiéndose al fondo del Coliseo. Los Caballeros y Amazonas de Bronce se habían congregado en la arena central, en torno a ella se elevaban unas gradas que permitirían al ejército de la diosa al completo sentarse, eran de piedra con placas de madera para indicar los asientos. Contaban con el dibujo de su constelación tallada en su parte superior de tal manera que cada quien tenía su lugar. En la parte inferior había una sala a la que sólo los Caballeros de Oro o sus superiores – esto es, el Obispo, el Patriarca y la diosa del Santuario – podían acceder, y es que era el almacén de las armaduras de los Caballeros.
Colocadas en tres plantas, las de Oro estaban en la inferior, las de plata en la intermedia y las de bronce en la superior, estando en esos momentos prácticamente vacías por tener todas ya un poseedor. Sólo estaban la famosa dorada de Ofiuco… y las antiguas armaduras de los Caballeros Legendarios, Pegaso, Dragón, Cisne, Fénix y Andrómeda. Nadie que se había postulado para ellas había logrado el favor de las protecciones sagradas, por lo que no habían podido ser reclamadas, hasta que esta última se envolvió en llamas rosáceas de puro cosmos y voló a toda velocidad.
Aquello pasó en un abrir de cerrar de ojos, y es que la armadura cayó al suelo como una lluvia rosa, las cadenas se enroscaron con fuerza y su presa cayó al suelo de la impresión mientras la armadura se colocaba delante de una muy sorprendida Mónica, que acabó de culo en el suelo. Ni el Patriarca tuvo tiempo de reacción, cuando se dio cuenta ella ya estaba intentando levantarse y todos los de la Orden de Bronce se arremolinaban en torno a ella, así que Kiki pudo aprovechar para examinar la armadura de Andrómeda. Esta brillaba con fuerza e incluso manaba algo de calor, sin embargo cuando intentó moverla ni pudo levantarla; ni un ápice siquiera, elevando su cosmos tampoco y eso alteró a los demás, incluso Raki de Aries se había acercado para saber qué estaba pasando en esos momentos. Grande fue su sorpresa al ver que la diosa tenían en torno a sus antebrazos las cadenas del ropaje, y a este brillando con intensidad.
-¿Q-qué sucede, Kiki?
Ella se había hasta olvidado de hablar por su cosmos, así que el mayor decidió dispersar a la multitud – lo que incluía a la Amazona de Oro – para quedarse a solas con la diosa y su hermano. Aunque los de la Orden de Bronce no parecían demasiado dispuestos a dejarles allí a solas, una voz autoritaria del mayor hizo que finalmente se disolvieran y se fueran cada uno por su lado. De lo poco que había podido ver Fran eran todos especialmente jóvenes, mucho más que los de Plata, cosa que le llamó la atención… hubiera preguntado de no ser mucho más prioritario lo que estaba pasando ante ellos.
-Esta es la Armadura de Bronce de Andrómeda, su anterior poseedor era el legendario Shun… luego pasó a ser el Caballero de Virgo del siglo pasado -murmuró Kiki-. Con sus cadenas podía atacar y defenderse a la vez, tenían vida propia y sólo obedecen a aquel que porte la armadura… aunque parece que ahora son tuyas, Mónica.
Ella había tomado los eslabones que se habían enroscado en su antebrazo izquierdo, pero no fue capaz de separarlos; lo mismo al contrario, y aunque no apretaban ni molestaban, como si fueran un tatuaje, ella preferiría que no estuvieran ahí. Las puntas, una en forma de círculo y la otra en triángulo, quedaban suspendidas sin más detrás de sus muñecas, pero no perdía movilidad en absoluto.
-No lo entiendo, si no he hecho nada… -murmuró la mujer- ¿No? No la habré… ofendido o alguna cosa así, ¿no?
-No creo, señorita -le garantizó él-. Muy grave debe ser el comportamiento de un Caballero o Amazona para que su armadura le abandone, sólo conozco un caso y fue en la pasada generación… Esto es sólo una muestra de deseo de protección.
Ella le miró con curiosidad, Fran la ayudó a levantarse de un suave tirón.
-Eso es porque… Soy Atenea, ¿no?
-Eres la diosa del Santuario, protectora de la Tierra -le respondió-. Atenea… bueno, es difícil, pero lo iréis entendiendo, si me permite guiarla.
-Guiar no implica tratarme como a una niña -le espetó-. Soy una mujer adulta, puedo tomar mis propias decisiones… si conozco lo suficiente las consecuencias.
El otro suspiró un poco, decidió que era el momento de volver a caminar. Con suerte se irían encontrando durante el trayecto con los de Bronce… Pensó durante unos segundos cómo responder a la mujer, decidiéndose eventualmente por lo que hacer.
-Señorita, este mundo es diferente al que conoces -le explicó-. Aquí todo se rige por ti, debo cuidar de usted para que puedas cuidar del Santuario, y del mundo.
-Kiki, por Dios, que sólo estaba bebiendo algo de licor -le recriminó-. No sería la primera vez que bebo alcohol, te lo aseguro, ni la primera vez que llego perjudicada a casa.
El otro suspiró pesadamente. Se tendría que armar de paciencia con ella.
-Beber no es algo sano, si va a entrenar tendrá que abandonar esas cosas.
-Llevo ya unos cuantos años bebiendo y nunca he necesitado ir a urgencias o similar -le respondió-. Sé controlarme, y tampoco es que lo haga cada fin de semana, así que no me vuelvas a decir qué hacer, ¿queda claro?
La tensión era evidente y se sentía en el aire. El Patriarca ya sabía que ella, como mujer adulta, no se dejaría gobernar como si hubiera estado toda su vida allí, así que… tendría que acostumbrarse, ya la doblegaría. Fran, algo nervioso, se rascó el brazo, pensativo.
-A mí también me gusta beber de vez en cuando -comentó-. Igual que salir a comer, o de fiesta, o al cine… son cosas de la vida cotidiana que quiero mantener.
-Si acabas siendo un Caballero… es posible que no puedas conservar todo eso -le aclaró Kiki-. Igual que con la diosa, tenéis que entender vuestra posición ahora.
Antes de que ninguno pudiera replicar, sin embargo, el otro siguió con las explicaciones del sitio. Mientras discutían habían salido de la zona del Coliseo, y ahora pasaban por las cercanías de la escuela. Los estudiantes prácticamente habían abandonado las instalaciones y sólo quedaban unos pocos por allí, sin embargo, todo el complejo estaba abierto y pudieron entrar a la escuela interna del Santuario. La simple idea le gustó a la mujer, que miraba a todas partes con una suave sonrisilla.
-Por allí están las aulas de educación primaria, y allí están los de secundaria -los edificios, notó, estaban por separado-. Detrás nuestro están los que se preparan para la universidad, y las pistas de gimnasia… a la tarde se llenarán con maestros y sus alumnos, para ir renovando a los usuarios de armaduras o, simplemente, tener un grupo regular de personas capaces de usar su cosmos.
-Entonces siempre tenéis gente aprendiendo a luchar, ¿no?
-Por desgracia sí, nunca se sabe quién puede salir malherido en una misión… o peor -le explicó Kiki-. Aquellos que no quieran este futuro al menos tienen la opción de estudiar y llevar una vida fuera de nuestro mundo, lleva poco tiempo en funcionamiento, pero mejor tarde que nunca.
Ella asintió, satisfecha. Eran apenas cuatro edificios de tres plantas cada uno, pero lo suficiente para que aquellos que quisieran aprender cosas más allá de dar puñetazos pudieran satisfacer su curiosidad. Lo ideal es que no tuvieran que aprender a luchar, claro, pero era mejor que nada.
-Y aquel pueblo… No es Rodorio, ¿verdad?
El Patriarca miró en esa dirección, y asintió. Situado a unos doscientos metros, las cabañas en las que antes vivían separadas las pocas Amazonas del Santuario ahora servían como garajes para guardar toda clase de herramientas. En la actualidad, todos los habitantes del Santuario se encontraban a la izquierda a las escaleras de las 12 casas, de tal manera que todo quedaba en un área de dos o tres kilómetros. Así, en el centro estaban los templos; al este, las casas de los Caballeros, Amazonas y aprendices; y al Oeste, el Coliseo y la escuela. Ya fuera del Santuario, pero dentro de su área de protección, Rodorio era el nexo con el resto de la civilización. De hecho, esa sería su siguiente parada, para ello tendrían que dar la vuelta y usar uno de los coches que tenían…. Por supuesto conduciría el Patriarca.
-Rodorio no está demasiado lejos, allí van muchos de nosotros para relajarse -explicaba el otro-. Podrás bajar con cierta regularidad, les gustará ver entre ellos a la diosa.
-¿Ellos ya me reconocerán? -preguntó ella- Quiero decir, como hacen los Caballeros.
-No tienen esa capacidad, pero te reconocerán por el trato que te daremos -le respondió-. De toda formas eventualmente se darán cuenta, no hay alumnos tan mayores entre nosotros, así que…
Ella asintió, despacio. Mientras andaban se fijaron en que en el Coliseo se habían reunido de nuevo varios de la Orden de Bronce, así que ahí sí pudieron hacer unas breves presentaciones sin que pasara nada relevante como la vez anterior. Fue breve pero intensa, fueron muchos nombres de golpe y estuvieron cerca de media hora intercambiando impresiones entre sí, confirmando que lo más notorio de todos ellos era su juventud.
Ninguno pasaba de los dieciocho años, y sus armaduras apenas cubrían más allá de pecho, antebrazos, muslos y, como máximo, la cabeza. El que menos tenía era una bonita tiara pero que era más decorativa que una verdadera protección, su defensa venía más de su cosmos que de las armaduras que portaban. Kiki, de todas formas, parecía con la mosca detrás de la oreja pero no llegó a decir nada al respecto, había algo que no le cuadraba. ninguno se dio cuenta por estar demasiado pendientes de los demás. Aquellos muchachos estaban como si fuera una especie de club de fans de la diosa, que tuvo muy buenas sensaciones con ellos.
-¡Ha sido un placer, chicos! -les gritó, mientras se alejaba- Tenemos que volver a hablar otro día más tranquilamente…
De los presentes, Hidra y León menor le fueron especialmente agradables, dos hermanos mellizos de quince años y que, según el Patriarca, apuntaban a maneras para ascender en algún momento de sus vidas. Eventualmente ella comenzaría a moverse por las instalaciones y podría estar con ellos, pero también con los de la Orden de Plata y lo estudiantes de la escuela, eso alegraba al Patriarca pero también le preocupaba. Más con su carácter… en ello pensaba mientras se encaminaban hacia el garaje donde guardaban los todoterrenos.
-Después de Rodorio, ¿iremos a algún lado?
-En principio no, pero hay… lugares relevantes que ver, pero que es mejor hacerlo por la noche, señorita -él parecía pensativo-. Discúlpame por mi trato, sólo… intento hacer lo mejor posible para todos.
Ella asintió suavemente, le observó arrancar el coche y mirar por el retrovisor.
-Para mí todo esto es nuevo también… -reconoció ella- Lo único familiar aquí para mí es Fran… ¿verdad?
Este se había colocado como copiloto, y suspiró mientras se colocaba el cinturón.
-Es complicado para todos, me temo -reconoció-. Tendremos que acostumbrarnos a los demás, y tener mucha paciencia… Nosotros no entendemos vuestra marcialidad, ni vosotros nuestra falta de ella, así que debemos aprender, ¿me explico?
Kiki suspiró, sin llegar a responder a lo que había dicho el otro. La suave música permitía que el ambiente se destensara y pudieran estar más tranquilos todos. No había dicho nada que no fuera relativamente obvio, pero una cosa era darse cuenta de eso y otra muy distinta trabajar en lograr el objetivo. Eran demasiado orgullosos y dados a querer llevar la razón como para ceder en cualquier sentido, pero por el bien de todos tendrían que ser así. Fran, por su parte, sí que pretendía esforzarse para llegar a ciertos entendimientos, así que tras acariciarse la cara pensativo, siguió hablando.
-Por ejemplo, creo que una copa podremos tomarnos algunos días, por ejemplo para celebrar o cosas así -comentó-. O ver películas, salir a comprar… Pero también debemos estar dispuestos a levantarnos temprano y atender a las clases que nos deis.
Eso también lo había pensado Mónica, claro. Pero era más sencillo decirlo que hacerlo, y los conflictos serían relativamente recurrentes en esos primeros días, cuando sus mundos más chocarían entre sí. A partir de ahí, esperaba Fran, podrían limar bastantes asperezas. Mientras él pensaba se dio cuenta que su hermana se había puesto a bailar en su asiento al son de la música, incluso cantando suavemente las canciones; le sacó de su ensoñación con un suave golpe en el hombro, y hasta se unió a ella mientras el Patriarca se limitaba a conducir… sonreía un poco, al final puede que su visión más sencilla de la vida fuera útil y le permitiera tener otro punto de vista.
No tardaron demasiado en llegar hasta Rodorio, y como bien dijo Kiki, no dejaba de ser un pueblo grande. La noche anterior no pudieron apreciarlo del todo, pero ahora que la luz del día acompañaba las cosas se podían apreciar bastante mejor y parecía haber ambiente en las calles. Había familias con hijos y grupos de jóvenes tomando algo en los bares, personas con sus mascotas o montando a caballo; y algún que otro agricultor con su tractor. Aparcaron cerca de una de las cafeterías y entraron en la misma, de aspecto antiguo pero bien decorada con telas y hecha de madera; la cafetera echaba humo y estaba llena con los parroquianos habituales, que saludaron amigablemente al Patriarca y a sus dos jóvenes acompañantes; y tras un par de minutos de charla, se sentaron en una de las mesas, no sin antes haber sido limpiada por la camarera con un trapo húmedo.
-Bueno, ¿qué van a querer ustedes? Buenas tardes Patriarca, ¿qué tal estás?
Era una mujer joven, de unos veinticinco años. Pelo negro lacio colocado en una coleta alta, sus ojos pardos destacaban en su piel ligeramente bronceada, bien vestida con un polo negro con el logotipo de la cafetería y unos pantalones ajustados negros y delantal blanco. Sudaba ligeramente pero parecía satisfecha.
-Bastante bien, Esther, gracias -este le sonrió-. Yo café con leche, ¿y vosotros?
-Ah, sí, eh…
En torno a la camarera se formó una suave aura que no pasó desapercibido para Kiki, pero no llegó a decir nada. Una vez que todos pidieron lo suyo la mujer se retiró, así que los tres se quedaron charlando entre ellos. Fue entonces que Mónica cayó en que seguía teniendo puestas las cadenas de Andrómeda, pero nadie parecía darse cuenta, o mejor dicho no le daban la importancia que ella le otorgaba. Una vez que recibieron sus bebidas, Kiki puso una suave sonrisa al llevarse a los labios el cálido líquido.
-Te gusta mucho, ¿eh?
-Es una de mis bebidas favoritas -reconoció él-. Despierta la plenitud de mis poderes, diría que incluso los potencia…
-Y… ¿los demás suelen venir por aquí?
A la pregunta de Fran, el otro asintió.
-Sí, en sus ratos libres sí -comentó-. A lo largo de la semana tienen sus respectivas guardias de vigilancia o misiones aquí y allá para ayudar en misiones de paz, de rescate, para obtener información… y sus descansos proporcionales, al final son ciclos de doce semanas cada uno en el que todos pasan por todas las opciones.
-Eso incluye a los Dorados, imagino -comprendió Mónica-. ¿O es en especial para ellos?
Kiki negó suavemente, y se explicó.
-Los ciclos de doce semanas son para los dorados, sus funciones al final son muy estrictas -les dijo-. En cambio, los Caballeros y Amazonas de Plata y Bronce tienen trabajos más de administración, por ejemplo, hoy mandé a varios de plata a por suministros.
-Eso… ¿no les molesta?
Él miró a Fran. Sí, en alguna ocasión se habían quejado de ese tipo de cosas, dijeron que se sentían relegados a trabajos impropios de guerreros como eran ellos.
-Es su deber, al final -le respondió-. Alguien tiene que hacer ese trabajo, y es bastante honroso… además, muchos sirven de maestros, ya sea en el cosmos o en la escuela.
Los hermanos se miraron. Si algo sabían de trabajar en equipo es que, efectivamente, ciertas tareas poco atractivas debían ser hechas igual que las más interesantes. Sin embargo, aquellos que querían más tenían que ser tenidos en cuenta para esos asuntos más importantes – desde su perspectiva – y, al menos, darles la oportunidad. Claro, esa era su visión y desde un mundo bastante más liberal que aquel en que vivían ahora, mucho más estricto y jerarquizado.
-¿Tú tienes días libres, Kiki?
Esa pregunta sí tomó por sorpresa al otro, y se lo pensó un poco. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo unas vacaciones? Hacía bastante, eso sí, pero realmente no sentía la necesidad de tenerlas.
-Bueno… no demasiadas, la verdad -comentó-. No necesito descansar, ni tengo tiempo para ello la verdad.
Ella asintió, y miró a su hermano de reojo. Este paró de beber segundos después y posó su vista en el mayor.
-Piensa que todos lo necesitan -le dijo-. Tendrás que tomarte un descanso pronto entonces, mi hermana se podrá encargar, ¿verdad?
Ella sonrió y asintió, aunque Kiki no parecía en especial convencido con ese concepto. El Santuario era un complejo bastante, valga la redundancia, complejo y complicado de llevar y sostener. Había muchas personas allí viviendo, todos con sus necesidades y deseos de querer estar mejor y con más medios… y había que compatibilizar todo dentro de las limitaciones económicas que tenía el lugar. Las cuentas costaba cuadrarlas a menudo, y esa era una de esas cosas en las que aún fallaba y, de vez en cuando, tenía problemas. Según pensaba en ello se volvía a agobiar, a lo que se sumaba la llegada de ellos dos y demás asuntos que le crispaban… claro está, ellos lo notaron.
Buscando cambiar de tema le preguntaron por la historia de Rodorio, pregunta que pareció sacarle de ese estado de ansiedad y recuperó su forma habitual de hablar y actuar. Eso demostraba que él era tan humano como ellos, no eran súper hombres ni nada que se acercara, tenía tantos fallos como cualquiera y podía caer… pero también levantarse. Mónica, pese a saber su verdadera naturaleza, no se consideraba en esos momentos – ni se sentía – como una diosa, y lo prefería. Perdería su esencia de otra manera, Fran se había dado cuenta de ello y eso le gustaba: que siguieran siendo hermanos y, en definitiva, humanos. Sólo así podrían cumplir con esa misión que, al parecer, el mundo les había confiado años atrás.
( ) ( ) ( ) ( ) ( )
Cercanías de Roma, 11 de Enero, 16:00
El bar había permanecido lleno durante todo el rato de la comida, los trabajadores iban y venían con las bandejas de bebida y comida hasta arriba mientras los comensales iban haciendo las comandas. En una de las mesas estaban ya con el café Severo y Bianca, habían estado juntos desde que llegaron a media mañana y no se habían separado más que para ir al baño. Charlaron entre risas y parecían bastante cómodos entre ellos, Laika había permanecido tumbada a los pies de su amo sin inmutarse en ningún momento salvo cuando él le daba algún trozo de carne.
La chica le había explicado lo contenta que estaba como maestra en la escuela del pueblo, le hacía feliz enseñar y era su pasión en aquel momento. Sentía que, así, hacía algo que le gustaba más allá de lo que nunca había sentido, y esa pasión había pasado a sus alumnos. En el colegio estaban contentos con ella, y eso alegraba a Severo; en su caso no tenía tanto amor por llevar sus fincas, sin embargo era algo que le gustaba y se le daba bastante bien, pero era consciente que, si quería seguir creciendo, necesitaba más… y ahorrándose en sus explicaciones de toda la parte de Señor del Inframundo.
En cualquier caso, algo había en ella que le llamaba la atención y le era muy interesante. Había tenido parejas previas, pero con ella se sentía en la confianza para poder hablar de cualquier cosa. Sin duda ella sería una gran amiga, si seguían conociéndose. Ya estaban tomando el café y habían pedido la cuenta a Carlo.
-Sigo pensando que este es el bar más barato de Italia, ¿no crees? -comentó Bianca, viendo la cuenta-. Dos comidas completas por siete euros por cabeza, más café y bebidas…
-Desde luego, y está todo bastante rico -señaló Severo-. De vez en cuando vengo, cuando tengo tiempo.
Ella le sonrió un poco, algo sonrojada pues tenían las manos tomadas en ese momento. Procedieron a levantarse y llevaron el dinero justo hasta la barra, y tras despedirse, salieron del bar tomados del brazo y con Laika bostezando algo, atontada. Pasaron entonces a andar por la plaza local, encaminándose a la casa de la chica cargados con un par de bolsas con comida guardadas en cajitas de plástico. El Sol iba cayendo poco a poco hacia el horizonte, las calles estaban bastante vivas y familias iban y venían con sus hijos, así que el gentío era bastante grande pero agradable, le daba ambiente a la calle. Severo le iba contando las historias de algunos edificios cerca de los que pasaban, hechos en piedra y con ladrillos horneados, pintados en blanco y con tejas rojizas. Las puertas y ventanas estaban adornados por bellas flores que parecían alegrarse sólo con la presencia de ella, que ni se había fijado en ello pues estaba demasiado atenta a las explicaciones de él. Parecía realmente sabio…
Era un pueblo con mucha historia, desde luego, y todo tenía un encanto antiguo que a ella le llamaba la atención. Muchas de las casas eran del Siglo XVIII, llenas de la historia familiar de sus ocupantes; y si se cruzaban un par de cuestas se llegaba aún más atrás en el tiempo, hasta llegar a los templos de las diosas Diana y Proserpina. Localizadas en una zona algo más elevada, contrario a lo que normalmente pasaba pues a más abajo se iba más antiguo se llegaba. Sin embargo era un pueblo bastante llano, las cuestas apenas eran pronunciadas y permitían ir en bici o a caballo a cualquier lado con facilidad, y por supuesto paseando; en breve llegaron hasta donde se localizaba la casa de alquiler de Bianca. Era una casa baja, bien decorada con plantas enredaderas en los muros y vallas de madera que formaban un patio.
Un camino empedrado permitía entrar al edificio, de una planta y hecho en piedra, acogedora y cálida en los meses de frío como aquel, y fresca cuando el Sol abrasaba la tierra. A Severo le parecía bastante bonita, la suya era algo diferente pero el encanto lo tenía, desde luego. Al frente estaban las zonas de cultivo del pueblo y los templos; a la izquierda se llegaba hasta la plaza y el colegio, y al otro lado se alzaba la bella Roma. Por detrás discurría el Tíber dirección al cercano mar, y, una vez se cruzaban unos montes bajos cercanos, se llegaría al Mediterráneo. Sin duda era un entorno bucólico.
-He tenido mucha suerte con este lugar, la verdad -comentó-. Sale a buen precio y está por el centro, pero no en la mitad del pueblo -le explicó-. Lo único malo es que a veces me llega el olor de los bares cercanos, pero no todo puede ser perfecto…
Efectivamente, al lado había varias tabernas desde la que manaba el fuerte olor de comida frita, y aunque en esos momentos no era demasiado desagradable podía llegar a serlo a partir de un punto.
-Pues sí… -murmuró él- Y… ¿ahora qué harás, Bianca?
Ella había abierto ya la puerta de la valla, con un gesto le invitó a pasar así que él así hizo. Ya dentro, avanzaron hasta el interior de la casa de la mujer… apenas tenía decoración, pero tenía un aura de casa de campo bastante interesante, a Severo le recordaba el interior de la suya propia. Era un estilo común en la zona, lógicamente todas conservaban grandes bloques de roca para las paredes y algunos techos. Las partes inferiores de las paredes estaban decoradas con baldosines con motivos campestres, al fondo estaban los tres cuartos, un baño, el salón con cocina, y al final un pequeño patio finamente decorado con algunas plantas verdes, unas enredaderas y, en el centro, un olivo.
Severo soltó a Laika para que saliera corriendo a olisquear todo, mientras los otros dos pasaban al patio. Allí, ella le fue mostrando las diferentes plantas que tenía y le contaba cómo las cuidaba, los ratos que les chava agua o las ponía al Sol; de cómo las protegía de los insectos, y de la vez que encontró un gatito al inicio del curso que tenía una pata rota. Como pudo le llevó a un veterinario y, a día de hoy, se acercaba por las tardes a por trozos de pollo y atún para comer.
-Tu perra es muy tranquila -comentaba Bianca-. Nunca había visto a un animal tan dulce…
El otro sonrió. Efectivamente, olisqueaba las plantas con bastante interés, moviendo la cola suavemente y pasando a lo largo del patio arriba y abajo. Ellos dos se habían sentado en el salón, aunque podían ver al animal desde una ventana enrejada.
-Lo es, la tengo desde hace bastante -reconoció él-. Siempre me ha cuidado mucho, y yo a ella, claro… ¿Tú has tenido mascotas?
Ella sonrió. Podía abrirse bastante con él, se sentía cómoda en su presencia y asintió suavemente, cuando tuvo una idea.
-Bueno, ahora tengo a ese gato que te dije, y… diría que sé por dónde va cada día, me gustaría confirmar algo.
Él la miró con interés, hasta que recordó que los gatos, precisamente, solían estar cerca de los templos por ser un lugar con muchos huecos en los que guarecerse. Allí además había muchos nidos de pájaros y roedores, presas naturales de los felinos.
-De pequeño íbamos mucho por esa zona para… me da vergüenza reconocerlo, cazar ratones -murmuró él, ella se rio un poco-. Nunca les hacíamos nada al final, pero les tirábamos piedrecitas o cosas así, y estaba plagado de gatos.
-Por eso pensé que igual iban allí… ¿Me acompañarás? -pidió- Lleva unos días sin venir y me preocupa que le haya pasado algo…
Era verdad que los gatos eran animales bastante independientes y les gusta ir a su aire, más si son callejeros… pero esa podía ser una excusa para ir con ella y ver aquello.
-Si quieres… podemos ir ahora, pero no es seguro que…
Comenzaron a escuchar unos maullidos entonces y ella se levantó. Severo no pudo más que reír por lo bajo al escuchar a la mujer maldecir contra el animal y tomarlo en sus brazos como si fuera un niño, con una muy atenta Laika mirando en todo momento y barriendo el suelo con el rabo. No iba a desaprovechar esa idea, desde luego.
( ) ( ) ( ) ( ) ( )
Inframundo, 11 de Enero, 17:00
En los Campos Elíseos las cosas estaban tranquilas. Los Dorados se habían dedicado a hacer las construcciones necesarias usando los materiales dados por Hades, y Pandora se solía pasar por allí para revisar algunas cosas y solucionarles dudas de cómo tenían que colocar la colocación. Ella resultó ser una mujer dulce pero con dotes de mando, de voz suave pero con capacidad más que suficiente para imponerse sobre ellos trece. Y no era fácil para con según qué carácter, los mellizos eran precisamente los más dados a liderar a los demás y la mujer tenía que recordarles cada cierto tiempo que ella era la que mandaba en esos momentos.
Quien más ocupado estaba era Aldebarán junto a Mu, que estaban organizando unos campos de cultivo propios y ya habían habilitado unos establos, los habitantes de aquel lugar los necesitarían y, si deseaban tener una zona de entrenamiento a largo plazo, necesitaban algo así. Hades, aunque ayudaba mucho en cuanto a recursos, no podía darlo todo así que tendrían que organizar un sistema interno para asegurarse el comer. Lo habían colocado todo al lado de la villa en la que vivían, era un campo de diez metros por quince de largo, eran cinco en total y tenían verduras sobre todo y plantas. Al otro lado habían montado dos cabañas donde guardaban vacas y cabras, que eran pastoreadas siempre por tres de ellos junto a un par de perros… y era uno de esos trabajos que casi nadie quería.
Ellos eran guerreros, no granjeros, pero era eso mejor que pasarse los días encerrados o siendo consumidos por seres tenebrosos. Además, en algún momento tendrían que comenzar a entrenar a los muchachos de Hades, y eso sería igualmente duro… Desde luego iba a ser un tiempo duro, pero tenían la promesa de volver con su diosa, y eso a ellos les motivaba para seguir adelante.
Estaban arando con un tractor cuando apareció, precisamente, Pandora. Cargaba con una carretilla llena de cajas hasta que fue ayudada por Shaka y Shura, encargados de ir tirando las semillas en los surcos que creaba Camus llevando el aparato. Al menos ya lo llevaban recto y sin acelerarse demasiado, les tomó un par de días acostumbrarse.
-Buenos días, señorita -saludó Shaka-. ¿Qué nos traes?
-Además de semillas, fertilizantes -comentó ella-. Tenemos que conseguir la forma de producir en gran cantidad y fácil, con esto… debería ser suficiente.
Ellos se miraron, en las bolsas ponía que era de gran calidad. Es verdad que el suelo de Elíseos era sobrenatural, todo crecía fuerte y sano, y además bastante deprisa, Igual con eso iba a más aún.
-¿Sabemos cuando vendrán los primeros espectros?
A la pregunta de Shura, ella suspiró un poco.
-Dentro de poco, piensa que se ha hecho el llamamiento, pero… no sabemos si podemos contar aún con el visto bueno de la nueva Atenea.
Ellos la miraron con cierto interés, pero asintieron. Tenían entendido que era ya mayor, no una niña como en su día era Saori Kido. Eso tenía la ventaja que ya no sería una atolondrada – en teoría – pero también costaría más que aprendiera a usar su poder. Y puede que no estuviera mentalizada para lo que venía, el nuevo Patriarca tendría que esforzarse en ello.
Una vez que dejaron todos los productos en el almacén ella procedió a revisar los cultivos y las cercanas reses con una sonrisa. El cosmos de Hades se sentía omnipresente, recreando aquel lugar; Elíseos ya estaban completos, y los Asfódelos prácticamente igual, desde donde estaban se podían ver los grandes prados que formaban aquella región, pero en esa ocasión no formarían un nuevo Tártaro. Esa prisión infernal no debía volver a aparecer, en su lugar construirían una penitenciaría en algún punto distante sin más pretensiones. Durante ese tiempo, además, habían planificado dónde irían los diferentes palacios para los Jueces y las aldeas para los habitantes de cada área, siempre teniendo presente por dónde corrían los ríos. De estos detalles ya se encargaba el cosmos de Hades, pero necesitaba una ayuda y ellos la estaban brindando así.
Precisamente notaron la presencia del dios ya para la noche, aunque no se acercaron hasta su casa para dejarle descansar, ya al día siguiente hablarían con él. Además, ellos también necesitaban un tiempo de descanso para recuperarse de la dureza de la jornada, en la que habían hecho bastante y avanzado más de lo esperado. Así, los días pasaban y alcanzaban pequeños objetivos como acabar de arar un terreno, o levantar un muro, lograr llevar unas tuberías por un sitio… pequeños pasos que les encaminaban hacia el destino final.
( ) ( ) ( ) ( ) ( )
Rodorio, 11 de Enero, 20:00.
Hacía tiempo que ya era de noche. El Santuario se podía ver desde el pueblo con el suave brillar de los fuegos, su aura mágica persistía. De allí se elevó una brillante estrella fugaz mientras en lo alto de Star Hill había un resplandor y auroras se formaban en su cúspide. Esa misma estrella fugaz viajó como un bólido hasta Rodorio, en el que cayó pero suavemente en las cercanías de una de las casas. Igualmente, en el templo de Proserpina se alzaba momentáneamente un intenso cosmos pero desapareció tan rápido como vino, volviendo entonces la total paz a todo el complejo, sin que nadie ajeno a estos eventos se percatara de los demás.
( ) ( ) ( ) ( ) ( )
(1) Los diálogos escritos en cursiva que se muestran son para reflejar las comunicaciones vía cosmos. Aquellos que son con la letra normal, son hablando la lengua común que corresponda.
