Generaciones Doradas

Capítulo 6

Templo Principal, Santuario de Atenea, 11 de Enero, 19:30

El recorrido a lo largo del Santuario llegaba al final pero aún quedaba la parte más importante, y el Patriarca lo había relegado para el final adrede, buscando que llegara la noche para poder contemplar los mayores secretos de aquel lugar para maravillar a los hermanos. Su paseo por Rodorio resultó bastante satisfactorio y pudieron ver sus paseos, jardines y fuentes; pero nada en comparación con lo que les deparaba, primero, en el bello Star Hill. Situado a medio kilómetro de allí en lo alto de uno de los picos más elevados del sistema montañoso donde se encajaba el Santuario.

Para acceder al mismo Kiki solía teletransportarse, sin embargo, en esa ocasión usarían los caminos habilitados para llegar hasta el pequeño templo. Salían de uno de los laterales de la estatua de la diosa y serpenteaba entre las rocas, con fuegos en los pebeteros colocados a lo largo del camino para iluminarlo; si uno se giraba a la mitad tenía una visión privilegiada de todo el completo, pero no estaban allí para eso.

-¿Y para qué sirve Star Hill?

A la pregunta de Mónica, el Patriarca asintió.

-Es donde contemplo las estrellas -le explicó-. Estas marcan el destino, si se aprenden a leer adecuadamente… por supuesto, lo hará.

-Entiendo… -murmuró- Debe ser muy bonito.

-Se puede observar toda la Vía Láctea desde allí -le explicó, sonriendo-. Y también observar qué le deparará a Fran, tengo… mis sospechas al respecto.

Siguieron avanzando en silencio hasta llegar a la plataforma de mármol en la que se alzaba el pequeño templo: de tres metros de alto, era más bien un círculo con dinteles mostrando las hazañas de los doce caballeros de oro originales, una sección para cada uno de ellos. Las columnas estaban bellamente decoradas con hiedras y se podía notar un inmenso cosmos manar de la construcción. Y, efectivamente, desde donde estaban se podía ver a la perfección la magnificencia del universo, y la densa galaxia en la que vivían cruzar de lado a lado el firmamento. Ni una nube cubría el cielo, así que era un espectáculo que erizó el pelo de ambos… aunque ayudaba el suave y frio viento que aullaba allí arriba.

-Entremos… hay muchas cosas que ver.

Y aunque por fuera no aparentaba ser especialmente grande, el interior del templo sí que era espacioso: duplicaba su tamaño, bajo el techo – que seguía la circunferencia, dejando todo el centro de la sala a la luz de las estrellas – se podían ver multitud de tesoros como vasijas, cofres y herramientas de trabajo, algún que otro mueble hasta arriba de cosas, y frescos a lo largo del techo y en algunas columnas. Era, sin duda, un edificio impresionante. En el centro, además, e iluminado por la luz de las estrellas encontraron que había multitud de cristales multicolor…

-Es una fiel representación del cielo estrellado en vivo y en directo -les explicó-. Si se fijan, verán que se mueve suavemente…

Y así era, aunque era un movimiento muy delicado ahí estaba. En realidad no estaban depositadas en el suelo, sino que flotaban en el aire aunque muy pegadas al mármol que ellos pisaban. Comprobaron con sorpresa como, según puso Kiki un pie en ese círculo, se generaron líneas que dibujaron la constelación de Aries en un cálido tono dorado, únicamente permaneciendo en su sitio aquellas que conformaban la figura; las demás quedaron, ahora sí, depositadas en el suelo pero aún en el movimiento circular de cada noche.

-Aquellas estrellas que, en el movimiento natural del planeta en torno al Sol, son imposibles de ver se colocan en su posición, pero más allá del círculo -les señaló varias-. Aries, a estas alturas del año, comienza a verse pero aún no del todo, para eso aún queda… ¿Veis que las estrellas de la cola aún están bajo techo?

Los hermanos comprobaron que así era, y también que Fran había entrado en esa parte, Kiki le miró y sonrió un poco, e invitó a Mónica a hacer lo mismo. Maravillada alzó la vista al cielo, así como su hermano, mientras el mayor rebuscaba entre las cosas.

-Qué pasada… -murmuró Fran- ¿Es así todas las noches?

-Incluso de día se pueden ver las estrellas, pero no es tan impresionante -le respondió Kiki, había abierto uno de los cofres-. Gracias al poder de la diosa.

Recuperó lo que parecía un colgante, lo acarició con los dedos, y se encaminó hacía la chica, a la que llamó la atención con una mano en el hombro. Ella se giró, y notó cómo le ponía aquello: era de oro, con varias cuentas de diferentes piedras de colores y el símbolo de Atenea cincelado en una de ellas, un bello sílex con forma de punta de flecha. Era muy hermoso y tenía un gravado, pero que ella no era capaz de leer… Kiki, sabedor de eso, le sonrió un poco.

-Tendrás que aprender a leer primero -murmuró-. Atenea, diosa guerrera, protectora de los hombres -dijo, mientras se lo colocaba adecuadamente-, eso pone.

-¿Y esa puerta, Kiki?

El aludido se giró, y comprobó que Fran miraba hacia una puerta justo en frente a la que habían cruzado para entrar. El Patriarca suspiró un poco, y se dirigió hacia ella.

-En su momento conducía al Olimpo, pero la diosa lo cerró -explicó-. Ahora, en cambio, sólo lleva a un precipicio… en un futuro la tendrás que volver a abrir, señorita.

Ella asintió, y ahogó un suave bostezo. Iba a hablar cuando un suave viento recorrió todo y pudo notar que, en su nuca, se formaba un cosquilleo; comprobaron que por el cielo comenzaron a danzar auroras boreales de múltiples colores, predominando los verdes y los azules pero con presencia de los demás, cosa sorprendente dada la posición geográfica en la que estaban. Al mismo tiempo voló una estela dorada desde el Santuario, aunque se perdió rápidamente en dirección al horizonte. Kiki identificó la ruta… y suspiró un poco.

-Esto suele ser señal de que algo importante pasa… -comentó en voz alta- ¿Volvemos? Tendrán hambre.

Los otros dos asintieron.

-Sí, y tendré que trabajar un poco también… -dijo Mónica, llevándose la mano a la tripa- ¿Mañana a qué hora hay que levantarse?

-Tendrá que ser temprano, para comenzar con vuestra formación -comentó-. Por cierto, Fran, me gustaría que me acompañaras a un sitio, pero ya mañana, ¿t-le importaría?

Este asintió, y el mayor agradeció que al otro no le importara demasiado las formalidades. Salieron de Star Hill mientras las auroras dejaban de brillar mientras charlaban, los dos jóvenes le preguntaban por cosas que habían visto allí dentro y que les llamaban la atención: le preguntaron por los frescos – representativos de diversas gestas de generaciones anteriores de caballeros – por los cofres, protectores de múltiples tesoros antiguos, unos mágicos y otros no; y, por supuesto, por las piedras que representaban las estrellas. Contrario a lo que pudieran haber pensado eran sólo vidrio templado pero con esferas de tinta en su interior o con piedras de los colores adecuados, y que incluso mostraban los colores de los astros reales.

-Incluso se muestra su realidad física, como estrellas dobles, triples, púlsares… -Kiki parecía saber bastante- No se pusieron los planetas por que ya hubiéramos llenado demasiado la zona, pero se pudo haber hecho.

-Es muy hermoso, debió llevar mucho trabajo -dijo Mónica, sonriendo-. Este collar… ¿quién lo hizo?

-Un orfebre en la época del mito -le respondió-. Antes de cenar… me gustaría mostraros una última cosa, tomará poco, lo garantizo.

Los otros dos asintieron, confiaban en su palabra. En no demasiado habían vuelto hasta el templo principal y se dirigieron hacia el mismo sitio al que fueron por la mañana: la parte privada, de acceso exclusivo para la diosa. Se detuvieron en la zona de los telares.

-¿Sabéis qué enseñan?

Los hermanos los contemplaron con interés. Había varios, reconocieron a varias figuras por ser muy evidente: Poseidón con su tridente, Zeus y sus relámpagos, Atenea con su lechuza y el escudo, Apolo con la lira… Kiki les sonrió un poco y suspiró pesadamente.

-Relata… la época mitológica, ¿verdad?

-Ordenada cronológicamente, sí -completó el Patriarca-. Comenzando con la lucha por el poder contra Cronos por los seis hermanos, el nacimiento de los hijos de Zeus, la traición de estos a su padre y la construcción de las murallas de Troya… y el propio final de Troya, que dio final a la época mitológica e inició la edad de los hombres con la poderosa Roma.

-Guau…

-Yo no lo hubiera expresado mejor, Fran -comentó, sonriendo-. En fin, es tarde y estarán cansados, vamos a cenar.

-Te tengo dicho que nos puedes tutear…

El otro suspiró, las costumbres era complicado cambiarlas…

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Cercanías de Roma, 11 de Enero, 20:00

La parejita había recorrido las calles del municipio a lo largo de la tarde, charlando animadamente y, oficialmente, para que Severo le mostrara a Bianca las bellezas locales. Realmente era para estar más rato juntos, ya que el gato que ella pretendía buscar hacía rato que lo habían dejado en la casa de ella y en compañía de la noble Laika. Ella se quedaba sorprendida del vasto conocimiento del otro, que le señalaba las pequeñas parroquias mientras daba información de estas.

-Eres una verdadera biblioteca andante -le felicitó la mujer-. ¿Has sido siempre de aquí?

-Nacido y criado, así es -le respondió-. ¿De qué parte de Italia eres tú?

-No vengo de demasiado lejos, de Nápoles -le respondió-. Pero estudié magisterio en Roma y ahora trabajo aquí, es… mi pasión.

El otro asintió, y sonrió un poco.

-¿Se te dan bien los niños?

-Conmigo es como si se calmaran, la verdad -comentó-. No sé, me han dicho a veces que tengo un don natural.

-Eso es bueno -Severo sonrió un poco-. Siempre me gustaron los niños, algún día querría tener varios.

-Oh… -ella llevó su vista a otro lado, iban de la mano- ¿Y tienes alguna mujer con la que tenerlos, Severo?

-Me temo que no, por ahora… -reconoció- Nunca se sabe quién será la indicada, pero por ahora no he tenido suerte.

-Seguro que encontrarás alguna, pronto…

Ella le sonrió un poco, y se encontraron en las inmediaciones de los templos de Proserpina y Diana. Los contemplaron en silencio, sobrecogidos, aunque había gente yendo y viniendo sin fijarse demasiado en ellos. Sin pensarlo demasiado se aproximaron mientras, en lo alto, las estrellas brillaban con algo más de intensidad y un suave cosmos rodeaban a ambos en tonalidades púrpuras. Anduvieron hacia el de la izquierda, dedicado a la regente del Inframundo y esposa de Plutón: de piedra, en su interior no quedaba nada y sólo estaba cubierto en una parte, pero las columnas sí permanecían parcialmente decoradas con flores talladas en el material, y según penetraba Bianca, era rodeada de un cosmos cada vez más intenso.

Cuando se situó en el centro un estallido de energía llenó la sala y les rodeó, mientras en el cielo aparecían las brillantes luces de las auroras; sin embargo ellos no se percataron de ello, pues se centraron más en una florecilla que apareció entre las losas del templo, era el brote de un granado, en unos años daría bellas granadas… precisamente la fruta cuyas semillas comió la diosa en cuyo templo estaban durante su estancia en el Inframundo, acto que la unió al lugar. Sin embargo, aquel árbol creció hasta tener el tamaño de ellos, verde y florido con múltiples granadas.

Bianca tomó una y, solemne, la partió le entregó una de las mitades a Severo, que, hipnotizado, comió de ella con suavidad hasta terminarla en pocos minutos. Con el último mordisco parecieron salir del trance mágico y el árbol se deshizo en motas de energía púrpura, pero ellos sonrieron un poco y se tomaron de las manos.

-¿Crees en los antiguo dioses? -murmuró ella- Puede… que esto fuera su bendición, ¿no crees? Sería lindo…

A Severo aquello le causó gracia, pero asintió. Desde hacía un tiempo, una corriente neopaganista había recorrido Europa y hecho que muchos volvieran a las viejas costumbres, creencias y tradiciones grecolatinas o nórdicas… era gracioso cuanto menos que uno de ellos se fijara precisamente en él, un dios helénico. Le colocó el pelo a la chica detrás de la oreja y salieron de allí, charlando y ajenos a lo que acababa de pasar y a las pocas flores que habían aparecido a lo largo del templo.

-Estoy algo cansada… -murmuró ella, ya saliendo- Pero me lo he pasado muy bien, Severo… ¿Nos volveremos a ver?

-Por supuesto -le dijo-. Puedo… darte mi teléfono, si quieres.

Ella asintió, y le cantó el número suavemente.

-Está… -él sonrió- Te acompaño a casa, si quieres.

-Me encantan tus modales decimonónicos -rio ella-. Eres todo un caballero…

-Así me criaron mis padres -le respondió-. Forjado a la antigua.

Ella tomó suavemente su brazo y anduvieron con calma por las calles del pueblito, aunque en un momento dado Severo llevó su vista durante un instante dirección a Roma, notando algo interesante… pero devolvió en el acto su atención a la chica que le acompañaba, que no se había enterado de nada de lo sucedido. Eventualmente llegaron hasta la casa de ella, la obediente Laika esperaba tumbada en el suelo mientras el gato jugueteaba con una pelotita alrededor de su compañera; se levantó en cuanto sintió a su dueño y se quedó en el sitio, expectante.

-Bueno… aquí nos despedimos, hasta la próxima vez -comentó Bianca, sonriendo-. Si… quieres, claro.

-Será un honor, Bianca -le dijo, sonriendo un poco-. ¿Podrás comer mañana? Tengo reuniones, pero un hueco podré hacer.

-No me gustaría molestar en tu trabajo…

-No lo haces -aseguró él-. ¿Molesto yo en el tuyo?

-¡En absoluto!

-¿Ves? -y ella se rio- Mañana te llamo y quedamos, si quieres.

-Vale… -Bianca abrió la parcela y le permitió pasar- Qué bien se porta Laika siempre, la criaste muy bien.

El otro asintió y recogió la correa de su mascota, que anduvo a su lado y salieron. La despedida fue un suave beso en la mano a ella, que se sonrojó suavemente por el gesto y comprobó cómo el otro se encaminaba hacia su propia casa… Sintió un agradable calor y se limitó a ir hacia el interior de la casa en silencio, contenta; las flores de la zona crecieron con fuerza y el césped y los árboles reverdecieron y recuperaron la salud perdida por el invierno.

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Aeropuerto de Roma, 11 de Enero 20:00.

De uno de los muchos aviones llegados al lugar bajó un hombre rubio y ojos pardos. Iba bien vestido, con un libro bajo el brazo y una maleta de ruedas detrás suya. Mientras bajaba por la escalera mecánica que le llevaría hasta el autobús que le acercaría a Roma, vio a un par de cuervos que le parecían estar vigilando. El tipo suspiró un poco y se dirigió hacia el vehículo tapándose el rostro, al que subió y se colocó en una de las esquinas en silencio, observando cómo el resto del pasaje iba subiendo.

A su lado se colocó una mujer con una prominente tripa de embarazada con algo de dificultad, así que él le hizo hueco rápidamente y ella le agradeció el gesto con una suave sonrisa, y tras colocarse en el sitio suspiró.

-Gracias… -murmuró ella- Estoy torpe ya…

-No se preocupe -le respondió él-. ¿De es?

Ella negó, era rubia de ojos claros, pero tenía la piel ligeramente morena.

-Mi marido es de Noruega, yo soy de Italia… -murmuró, el otro asintió, se le notaba por el acento- Él está aquí viviendo, yo no pude llegar antes por trabajo.

El otro asintió, despacio, y le sonrió suavemente. Ella no se dio cuenta, pero al chico le rodeó un suave cosmos verdoso que también llegó hasta la mujer, concretamente a su vientre; pareció relajarse de los dolores que pudiera tener, y se llevó la mano al sitio.

-Espero que vaya todo bien -le dijo-. ¿A dónde se dirige?

-A mi casa, en un pueblo de aquí cerca -le explicó-. ¿Y usted?

-También, tengo que ver a un compañero de… trabajo, por así decirlo.

La conversación siguió un poco más, mientras hacían el viaje hacia la terminal. Allí se despidieron y cada uno siguió su ruta, ella con la sensación de poder llegar con su marido a tiempo para dar a luz en pocos días, durante medio vuelo tuvo la sensación de ir a parir en cualquier momento; y él con la idea en la cabeza de cumplir con su objetivo y, en especial, de conocer la naturaleza de aquello que siempre había tenido pero que, últimamente, iba cada vez a más. Sólo dejó esas ideas a un lado al pasar por la aduana, en la que tuvo que mostrar el pasaporte al agente de autoridad que vigilaba la procedencia de los vuelos y que toda la documentación de los pasajeros estuviera en regla.

Mientras andaba por el exterior del aeropuerto vio las luces boreales justo encima de un pueblo a varios kilómetros de allí, así que comprendió cual era su destino próximo. Siempre se había dejado guiar por las sensaciones que tuviera en cada momento y, hasta ahora, le había ido bien… pero ahora necesitaba bastante ayuda. Suspiró un poco, ¿dónde sería eso? Pensaba en ello cuando se encontró de nuevo con aquellos cuervos, que se posaron delante de él con interés para, acto seguido, volver a salir volando.

-Necesito un lugar donde dormir y luego ir hasta allí… -murmuró- Aquello fue… veamos…

Sacó su móvil y comenzó a revisar diferentes direcciones de los municipios cercanos y los apuntaba en las notas, y de paso revisó algún hostal en el que poder dormir un poco… suspiró un poco al ver que las aves se iban de allí, sabedor de lo que implicaba, pero contaba con ello. Esperaba no estar equivocándose…

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Templo de Capricornio, 12 de Enero, 09:00.

El caballero dorado había preparado un par de libros, mapas y tizas de diversos colores, que guardó en una mochila que se llevó al hombro una vez terminó de desayunar en su cocina. Se vistió con ropa cómoda, una camisa de manga corta y unos pantalones deportivos largos. Suspiró un poco y ascendió los escalones que llevaban hacia el templo principal, sólo con Piscis entre medias… de hecho, se encontró con la amazona protectora del templo a la entrada de este, revisando unas hiedras que se levantaban por las paredes externas del mismo.

-Buenos días, Andrómeda -saludó-. ¿Descansaste bien?

La aludida se incorporó, y le sonrió un poco. Sus manos estaban protegidas por unos guantes de cuero, a su vera tenía tijeras y varias herramientas para sus queridas plantas, e incluso un saco con varios kilos de tierra preparada con fertilizantes de todo tipo.

-Sí, Arturo, ¿y tú? -le preguntó, y le señaló una de ellas-. Pásamelo, por favor, que tengo que cortar unas ramas…

Era una especie de cortadora manual, así que el otro se la entregó.

-¿Qué quieres hacer con estas hiedras?

-La quiero preparar para que genere flores durante las primaveras -le explicó-. Y también que cubra totalmente esta pared, ya lo hace bastante, pero quiero que sea mucho más densa… ¿A que queda bien?

-Sí, sin duda -Arturo sonrió-. Tengo que ir con la señorita, nos veremos en un par de horas para los entrenamientos.

-¿Bajará él?

-Es posible -comentó él-. Tenemos nuestras ideas al respecto, por cierto… ¿viste las luces de ayer por la noche?

-Como para no hacerlo… -murmuró- En ese momento estaba con algunos estudiantes de Palestra en sus clases de repaso, y los pobres se asustaron bastante.

Él asintió suavemente, y se limitó a recolocarse la mochila en su hombro. Tras despedirse de ella con un suave gesto, se dirigió hacia el templo principal por las escaleras centrales; la amazona de Piscis retiró con su cosmos las rosas venenosas que cubrían las escaleras como un bello manto rojo, así que él pudo ascender sin demasiados peligros. En poco tiempo llegó hasta donde estaba el Patriarca, que había colocado una gran pizarra negra en el centro de la sala del trono junto a una amplia mesa y un par de sillas, además de varios libros más.

-¿Estás preparado, Arturo?

A la pregunta de su superior, el otro asintió tranquilamente.

-Perfectamente -le indicó-. ¿Y usted, Patriarca?

-Saldré con Fran en media hora hacia Rodorio, mientras quiero que tú le des la primera clase a la señorita -le explicó-. ¿Dijiste algo al respecto?

-No, Andrómeda no parece haberse dado cuenta -le dijo-. De los demás no puedo hablar, pero puede que sea igual.

-Las auroras ayudaron, sin duda -le dijo-. En fin, gracias por cubrirme por hoy, no fue algo que me esperara.

-La llegaba de la diosa ha revolucionado el Santuario, empezando por incluso las armaduras -comentó Arturo-. ¿Es verdad lo de las cadenas nebulares?

Un suave tintineo hizo que se giraran y se encontraron con la chica. Tenia un top rosa con una sudadera blanca, leggins y zapatillas deportivas, y portaba una carpeta con unos bolígrafos y lápices. Las cadenas de la armadura de Andrómeda seguían en torno a sus brazos y brillaban suavemente con el cosmos de la diosa; junto a ella, Fran tenía ropa más formal y un café para llevar en la mano. Se acercaron hacia el Patriarca, que les sonrió un poco y le dio un apretón de manos.

-¿Desayunasteis bien?

-Sí, ya hoy pude descansar más -sonrió ella-. Buenos días, Arturo.

Este le hizo una suave reverencia, momento en que dejó sus cosas en la mesa. Fran, por su parte, dejó el cartón a un lado tras terminar de beber y se acercó a Kiki, que le colocó algo mejor el cuello de la camisa, casi como si fuera su padre.

-Mientras nosotros bajamos a Rodorio, vosotros id dando la primera clase, luego nos incorporaremos nosotros -les indicó-. ¿Listo, Fran?

-Sí, señor.

Este asintió, de las primeras cosas sería precisamente el griego e historia y mitología. Eso por las mañanas, por las tardes entrenarían. Sintieron tentaciones de entrenar todo el día, pero eso haría que no aprendieran de otras cosas importantes y útiles también… y quedaría mal que la diosa de la sabiduría fuera una ignorante en tantas cosas. Su hermano se sorprendía de recibir el mismo tratamiento, pero no se iba a quejar al respecto, desde luego. Igual si avisaba le ponían a limpiar las letrinas o algo así.

-Con esta edad y volviendo al cole… -bromeó Mónica, sentándose- ¿Para cuándo volveréis?

-No creo que tardemos más allá de medio día -le indicó-. Marchamos, si hay algo importante me avisas, ya sabes.

Arturo asintió, y se limitó a ir escribiendo las diferentes letras del alfabeto griego y varias frases típicas para practicar con ella. Su letra era bastante pulcra, notó,así que ella se limitó a escribir en las hojas que tenía mientras los otros dos salían hacia la escalera de los templos. Durante la bajada a pie – querían aprovechar esos viajes para ir entrenado su físico – se encontraron con varios de los caballeros dorados llevando a cabo sus actividades habituales.

Seiya de Sagitario estaba preparando su arco para unas sesiones de tiro con arco, Antares de Escorpio volvía de su guardia nocturna y Shun de Virgo estaba ordenando la biblioteca de su templo, pues al parecer estaban usando su colección para la preparación de ellos. No dieron con nadie más hasta Tauro, donde estaba también Raki ayudándole con sus pesas y maquinas de entrenamiento, había desmontado algunas y movido a una sala especial y acondicionada para que ellos hicieran sus ejercicios y sin necesidad de antes calentar dado que el propio desplazamiento les obligaría a ello.

El enorme Hércules de Tauro hacía parecer pequeño a cualquiera que se colocara a su vera, pero era un gigante noble en palabras de su compañera de Aries. Ella le sonreía y desplazaba lo que él le pedía con sus poderes psíquicos como si fuera lo más sencillo del mundo y charlaban en el proceso, aunque él también cargaba con lo que fuera necesario sin demasiados problemas.

-¡Buenos días, Patriarca! -le saludó él- Fran, muchacho, ¿qué tal?

-Bien, ¿vosotros?

-Estamos montando el gimnasio, ¿lo querréis aquí finalmente, o en el templo principal?

A la pregunta de Raki, Kiki se limitó a negar suavemente.

-Aquí será -le indicó-. Luego me gustaría hablar con todos, he ido avisando.

Los dos de oro asintieron y siguieron a lo suyo. Tras cruzar Tauro y Aries eventualmente llegaron a donde quedaban los coches. Subieron al mismo todoterreno que usaron cuando ellos llegaron y se dirigieron directamente hacia Rodorio, la suave música de la radio les acompañaba aunque el chico tenía alguna que otra pregunta. El Patriarca, consciente, le miró de reojo mientras recorría los caminos.

-¿Recuerdas lo que pasó ayer en Star Hill?

-Como para no hacerlo -comentó él-. Fue una pasada…

-Vosotros no os disteis cuentas, pero una estrella voló desde el Santuario hasta Rodorio.

-Curioso… ¿Vamos a investigar eso?

-Así es.

Fran asintió un poco y se limitó a estirarse un poco en el sitio. Llegaron en un momento dado a las cercanías del pueblo, en el que todo parecía tan normal como siempre. En los campos cercanos hacía tiempo que los locales ya estaban trabajando, igual que en los diferentes negocios existentes, aunque uno de los bares estaba abierto sólo a la mitad, pues la chapa que normalmente lo cerraba estaba elevada sólo en parte. Concretamente era el mismo en que estuvieron ayer tomando un café, se llamaba Casa Esther, como su propietaria, que estaba de limpieza a juzgar por las bolsas de basura que cargaba en esos momentos. Llevaba un delantal algo manchado por suciedad de dudosa procedencia, pero ni se fijó en ellos y fue directamente a tirar las bolsas a uno de los contenedores cercanos.

-¿Por dónde empezamos?

-No parece haber energía de ningún tipo, no que yo note… -comentó Kiki- Tendremos que ir preguntando por ahí, a ver con qué nos encontramos.

-¿Sabemos al menos qué buscamos?

-Es sólo una corazonada, la verdad -comentó él-. Pero tendremos pronto a nuestro nuevo Caballero de Ofiuco.

El otro le miró con sorpresa, y asintió.

-Entonces… ¿no soy yo?

-Me sorprendería que así fuera -le explicó-. Pero no te preocupes, pronto sabremos tu lugar entre nosotros, me… hago una idea.

El otro asintió, despacio, pero no sabía demasiado qué pensar al respecto. Dudaba qué pensar al respecto, pero comprendía el secretismo en torno a aquellas cosas- Tampoco es que pudiera darle una respuesta más concreta porque no la tenía, esperaba eventualmente tenerla. En ello pensaban mientras recorrían las calles de Rodorio, Ya habiéndose perdido por una de las avenidas, Esther estuvo más tranquila ahora que el señor del Santuario se había ido y fue hacia la trastienda, donde un cálido brillo llegaba junto a un agradable tintineo y algo de calor, incluso…

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Cercanías de Roma, 12 de Enero, 08:00

Nada más despertar de un agradable sueño, y tras dejar salir a Laika para que se aireara por los campos, Severo desayunó en tiempo récord y fue hacia su coche con la intención de llegar a Roma cuanto antes. Pandora le acompañaría, había llegado a través de la puerta que siempre usaba y estaba preparando en la cocina algo para comer en el viaje mientras cantaba dulcemente… y estaba siendo ayudada en esos momentos por Saga, que cortaba pan y jamón para los tres. Este manejaba el cuchillo con habilidad, siguiendo las instrucciones de vez en cuando de la mujer, hasta que el otro llegó ya embutido en su abrigo. Parecía nervioso.

-No creo que haga falta que vengas, Saga…

Pero el aludido negó.

-Necesita alguien que le proteja hasta que tenga a sus Espectros, Lord Hades -le indicó-. Además, quiero ver qué maravillas tecnológicas depara esta época nueva.

-Cierto… -murmuró- Pronto llegarán, espero.

El otro se limitó a asentir, y le entregó una mochila con las cosas, que llevó hasta el coche, ya listo para partir. Una vez se metieron algo al buche se dirigieron al vehículo y montaron: Severo conducía, Saga de copiloto y la mujer detrás del primero, preferirían ser alguno de ellos quien llevara los mandos pero desconocían cómo se hacía, así que tendrían que ser él el que lo hiciera. Tras arrancar tomó los caminos hasta llegar a la autovía, no tomándoles más de veinte minutos en llegar a las proximidades de la capital italiana. Durante el trayecto charlaron entre ellos, aunque Saga parecía en especial interesado en las vistas, contemplándolo todo con mucho interés.

-¿Te gusta el campo?

-Mucho, Lord -le respondió-. Lo prefiero al bullicio de la ciudad.

-Igualmente, nunca me gustaron las aglomeraciones -convino-. Espero acabar pronto con esto, la verdad, he… quedado.

Los otros dos se miraron, en la cena de ayer les comentó de las bondades de aquella profesora, y debían reconocer que sorprendía ver al señor del Inframundo tan centrado en una mujer. Se supone que mandó una carta al Santuario solicitando permiso para buscar a Perséfone, pero se le olvidó rápido con aquella mujer. Era, cuanto menos, divertido.

-¿A qué hora, mi Lord?

-Para comer.

-No creo que haya problemas, entonces -comentó Pandora-. Y si no llega, siempre puede llevarle Saga usando sus fabulosos poderes.

Este suspiró un poco, pero asintió. Contaba con que, en un momento dado, tendría que usar la Otra dimensión para esas cosas, aunque no estuviera pensada para ello en un inicio. Sin duda era más segura la teletransportación de Mu, pero para algo rápido su técnica también valía. Pensando en ello cruzaban la larga circunvalación que rodeaba la ciudad y llegaron hasta el aeropuerto… sus cosmos entonces reaccionaron a una presencia.

Se encontraron con un hombre sentado en uno de los bancos de madera, con un librito entre las manos. En cuanto alzó la vista les sonrió un poco y los cosmos de Severo y el extraño se alzaron, como si de alguna manera se reconocieran. Según aparcó, frente al tipo, se bajaron y se acercaron suavemente, Saga vigilaba las proximidades con interés y Pandora se limitaba a esperar a ver qué decían.

-¿Hablas mi idioma?

El otro asintió, tomó sus cosas y le extendió la mano.

-Folken Ordensen, de Islandia -se presentó-. ¿Con quién tengo el honor?

-Severo Fabio, de Italia -este suspiró-. Te presento a Pandora y Saga, son… mis… amigos, aunque trabajan para mí.

Folken sonrió un poco, satisfecho, y comprobó a los dos aludidos. Se fijó en especial en Saga, que se removió con cierta incomodidad.

-Tú… te me pareces -le dijo-. Te llamabas, ¿Saga, verdad?

-Así es -respondió-. Pero dudo que alguien como usted se parezca a mí.

-¿Por qué lo dices?

-No soy más que… un tipo con suerte, señor.

Folken asintió despacio, y llevó su mirada hacia Severo.

-¿Desayunamos? Apenas he probado bocado…

-Pero…

-Es mejor comer dos veces, que dar explicaciones -bromeó el otro-. Invitaré yo.

No pudiéndose negar, se dejaron llevar hasta un cercano bar donde pidieron sus respectivas bebidas y algo para comer, así que, ya sentados, se miraron entre sí en un suave silencio que rompió Severo.

-Tú… también tienes el mismo poder que yo, ¿verdad?

Folken tamborileó en la mesa, y alzó su mano. Se concentró y a duras penas apareció un cosmos, pero sin duda era poderoso. El otro hizo lo mismo y ambos brillaron con más fuerza, Pandora veía aquello con sorpresa e interés, mientras Saga analizaba todo, concentrado en lo que veía y sentía.

-En realidad, sí que es posible… -murmuró, rodeado de todo su poder- Hades, dios olímpico del Inframundo y señor de los muertos… tu esencia me recuerda a mi reino.

-Yo… no sé que soy, pero sí que tengo gran poder -le explicó-. Sé que vengo del norte y puedo curar y ayudar mucho a los hombres, eso es lo más importante.

A Severo eso le era más que suficiente, pensó, y le miró a los ojos. Iba a decir algo cuando se fijó en un par de cuervos más allá de los cristales, cosa que le sorprendió bastante. Los animales graznaron, en ese momento Saga gruñó y lanzó, a través de un hueco en las ventanas, un rayo de cosmos dorado que impactaron en ambas aves.

-Eran espías, los ojos y oídos de alguien -murmuró-. Antes era Patriarca del Santuario de Atenea, y aprendí muchas cosas… entre otras, de los dioses del norte.

-¿Y bien, Saga?

A la pregunta de Severo, este suspiró algo. En ese momento llegó la camarera con las cosas, que dejó hábilmente en la mesa y, con la misma, recibió el pago por parte de Folken. Saga se aclaró la garganta antes de seguir.

-El cuervo era el animal de Odín, el principal dios -comentó él-. Pero también lo era de la diosa celta Morrigan, o de Dagda, y había muchos más como Thor, Lug, Freyja o Cernunos… había, además, muchos clanes de dioses pero que convivían en paz desde hacía mucho tiempo… aunque me sorprende que no sepas de tu naturaleza divina.

-A la señora del Santuario de esta época le pasa -intervino Pandora-. No ha sabido de su naturaleza divina hasta hace muy poco, a él le debe pasar lo mismo.

-Y su propia naturaleza le ha llevado hasta aquí -completó Severo-. Guiado hasta nosotros para ayudarle.

Saga se limitó a suspirar un poco y bebió algo de su café, pensativo. No se fiaba demasiado, pero tampoco tenía forma de poder demostrar nada ni tampoco tenía ganas de discutir con ellos. Aún así el cosmos de Folken no parecía malévolo ni con malas intenciones, lo cual hablaba muy bien de él, básicamente porque no había manera de engañar a nadie con el mismo. Era un espejo del alma, como lo eran los ojos…

-Lo agradecería, pero no quiero molestar -comentó él-. Entendería si tenéis cosas que hacer y…

Pero Severo negó.

-En absoluto -comentó-. En realidad… tenemos una misión importante, toda ayuda será bienvenida llegado el momento.

Y procedió a cortar su tostada con jamón tranquilamente, así que el resto le imitó. No tenían en especial hambre, pero el día acababa de empezar y aquello no lo iban a desaprovechar. En especial Saga, que hacía días que no probaba algo diferente a lo que venía comiendo o cenando últimamente. La cocina de Mu y Shaka era deliciosa, pero demasiado repetitiva, salir de ella era un soplo de aire fresco.

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Templo principal del Santuario, 12 de Enero, 11:00

Una vez estudiadas de memoria las letras y ahora que había aprendido a leerlas y escribirlas con relativa fluidez, habían pasado a los números y algunas expresiones sencillas. Sorprendentemente no era algo que le costara, le salía con relativa fluidez y eso que las lenguas nunca fueron su fuerte en la escuela… puede que tuviera que ver ser la diosa griega de la sabiduría y estar en su principal templo. Rellenó varas hojas con la información y algunas anotaciones, incluso escribió algo en el diccionario que le dieron, hasta que Arturo sacó un par de mapas y los colocó encima de la pizarra, tapándola.

-Este es el mapa de Grecia, notará que los nombres están escritos en su versión antigua -llevaba una vara en la mano con la que apuntaba-. ¿Los puedes leer?

Mónica asintió, observando todo, y se levantó. Fue nombrando los diferentes montes y ríos primero, luego pasó a las polis, y más tarde a otras localizaciones como lagos y zonas sagradas, llamándole la atención una que ya había escuchado.

-Pánmizos… -murmuró- Así se llamaba la tierra fantástica que hay en el piso de arriba, ¿Verdad? Eso dijo Kiki.

El otro asintió, sonriendo un poco.

-Así es, ¿quieres ir?

Ella le miró con cierta sorpresa, pero el otro se rio un poco y negó.

-¡Qué susto!

-Irás, pero no ahora, tienes que perfeccionar tus poderes.

La mujer se cruzó de brazos y contempló más el mapa, con interés.

-Ese cosmos… es muy interesante, ¿cómo se descubrió?

El otro se limitó a acariciar el papel del que estaba hecho en mapa, pensativo, y luego la miró de reojo.

-En la época mitológica, los dioses luchaban entre ellos y, a su lado, los hombres… eso nos ponía en gran desventaja ante ellos, por no tener medio de defendernos -Mónica le observó con interés-. Atenea sabía que la única manera de nosotros poder hacerles frente sería a través de la enrome energía que es el cosmos, así que nos enseñó a usarlo… ahora le enseñaremos a usted.

Ella sonrió un poco.

-Cada vez me llamas de una manera -bromeó, y luego puso cara algo más seria-. Me sorprende… que no se usara en las guerras.

-Este es un secreto que sólo lo conoce el Santuario y sus habitantes, así se decidió por Atenea -le explicó-. Y los guerreros del resto de deidades aprendieron los mismos trucos que nosotros, hasta que llegaron las armas, momento en que perdimos la ventaja.

Ella asintió, recordaba la historia.

-Y la diosa creó las armaduras, para protegeros.

Arturo asintió, sonriendo un poco, y tomó con delicadeza una de las cadenas de ella. La chica alzó el brazo y ésta se elevó suavemente en el aire como si tuviera vida propia. La extensión en forma de triángulo se movía con calma, como si observara de alguna manera el ambiente.

-Las únicas armas de los ochenta y ocho caballeros son tus cadenas, y las armas de Libra -le explicó-. Hay varios escudos, como el de Dragón o Cisne, Medusa… pero no sirven como armas.

Mónica asintió, y entonces llevó su vista al mapa nuevamente.

-Hiperbórea… es el mundo del norte, ¿verdad?

-Las tierras de más allá de nuestras fronteras, sí -comentó el otro-. Ya no son tan misteriosas como antaño, pero conservan algo de su misticismo.

La chica suspiró un poco y se rascó la frente con algo de nerviosismo. Era mucha información y necesitaba un descanso, así que comprendiendo aquello, la invitó a seguirla a la cocina a por un café. Salieron en esa dirección, charlando de otras cosas y, una vez allí, se sirvieron cada uno un café. El Caballero de Capricornio podía notar perfectamente el cosmos de ella, le agradaba y se sentía a gusto con ella pero… le costaba comprender su naturaleza, lo que le hizo suspirar mientras accionaba la maquina del café, en torno a la que estaban en ese momento. Eso llamó la atención de la mujer, que le miró de reojo.

-¿Qué os perturba?

Se giraron y comprobaron que allí, con ellos, estaba Diana de Géminis, su brillante armadura era impresionante, aunque su casco, demasiado grande al gusto de Mónica, lo tenía bajo el brazo.

-Nada en concreto -reconoció la mujer-. ¿Qué tal tu guardia?

La aludida suspiró un poco y se colocó algo mejor el cabello, sujeto en una coleta con un moño.

-Tranquila, apenas ha pasado nada -comentó-. Los entrenamientos de Daya y Hyoga han sido tranquilos, apenas se lanzaron unos pocos ataques.

Arturo asintió, y se acarició la barba, pensativo.

-Pensaba que pasó algo, noté tu cosmos arder durante unos instantes.

Sin embargo, la aludida negó con cierto ímpetu.

-Esa habrá sido Alma, no yo -se defendió-. Ella, además, estaba con Romeo de Cáncer perfeccionando la puntería, debiste sentir eso.

Sin embargo, el otro no estaba del todo convencido. La energía que sintió era realmente poderosa, pero no fue tan cercana, era… como si hubiera sido bastante más lejana, cosa que no le cuadraba del todo. Puede que, simplemente, fueran imaginaciones suyas y realmente no hubiera nada de todo eso, de vez en cuando le pasaba.

-En fin, estaba mirando este mapa de Grecia, es… muy bonito, la verdad.

-Grecia en general es una tierra muy hermosa, le gustará conocerla, señorita -confirmó Diana, sonriendo un poco-. Será un placer mostrarle esas maravillas.

La aludida asintió, cuando notaron una suave explosión de cosmos en la lejanía. No le debieron dar demasiada importancia porque sólo giraron el cuello un poco, ni se desplazaron hasta allí. Sin embargo, el nerviosismo que manaba de Kiki sí que alarmó un poco a Arturo, pero antes de salir hacia allí todo se calmó de pronto, así que el otro se limitó a suspirar un poco, molesto.

-Este hombre me matará un día…

Mónica decidió entonces dejar su bebida en el fregadero para dejarles cavilar a solas y, de paso, dar un paseo por el edificio para familiarizarse un poco. De paso se airearía, estaba cansada de estar entre cuatro paredes y necesitaba sentir el viento en el rostro, según salía por la puerta de la cocina vio que Diana la escoltaba…

-Qué pena, ya no podré hacer ninguna trastada…

La aludida sonrió de medio lado.

-Yo no veo nada, señorita, así que…

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Rodorio, 12 de Enero, 11:20.

Los dos hombres recorrieron arriba y abajo las calles del pueblo, preguntando en las diferentes tiendas por aquel rayo cayendo, pero nadie vio nada… hasta que preguntaron en el estanco, donde la tendera que les atendió les dio una información interesante. Nada más ver al Patriarca incluso le llamó y le pidió acercarse, de hecho, incluso salió a la puerta del establecimiento, como si tuviera una información muy suculenta para él. Por supuesto, hablaban en griego y Fran entendía poco o nada.

-¿Sucede algo?

-Ayer, las luces esas en el cielo de colorines, ¿qué eran? -preguntó- Nunca vi algo así más que en la tele.

El otro suspiró.

-No es nada, no se preocupe.

Era una mujer mayor, pero bastante lucida. Se sabía todos los pormenores de los últimos acontecimientos gracias a su posición estratégica, en una de las calles perpendiculares a la de los bares y, por tanto, era recorrida habitualmente por personas más o menos bebidas y, por tanto, sueltas de la lengua. Al ser el único sitio donde vendían tabaco, además de la gasolinera y precisamente uno de los bares, muchos pasaban por allí por lo que el tráfico de información era relativamente habitual. Luego, por su parte, ella se las ingeniaba para enterarse, así que el Patriarca se había ganado su confianza aunque, de vez en cuando, le preguntara demasiado… pero era un precio a pagar.

-Por cierto, vi esta mañana algo curioso… -comentó- Conoces a Esther, ¿verdad? La de Elena, que lleva ahora el bar de su abuelo Máximo – Kiki asintió, con interés-. Esta mañana, la vi cargando con lo que parecía un bulto muy voluminoso, lo llevaba tapado con unas toallas…

El otro asintió, interesado.

-Entiendo, entiendo… -se acarició suavemente el cuello entonces- Bueno, dame un bote de liar, anda.

La mujer asintió, satisfecha, y sacó un bote de tercio de litro con tabaco preparado para liar, así como filtros y un par de paquetitos más pequeños para formar el cigarrillo. Eso sorprendió a Fran, pero no llegó a decir nada y esperó a que pagara y lo guardara todo en una bolsa de plástico. Desconocía qué habían hablado, aunque no le hizo falta preguntar nada.

-Al parecer la camarera de ayer guarda algo, y me da la sensación de saber el qué…

-¿Desde cuándo fumas?

-De nunca, pero está feo preguntar y no comprar, y esto es lo más barato -comentó-. Así, de paso, la tengo contenta.

El otro asintió, algo así había imaginado. Con esa información se dirigieron hacia el bar, que seguía cerrado, pero el mayor sabía que ella vivía allí porque, en más de una ocasión, estuvo allí tomando algo con su segundo y la habían esperado a cerrar con la intención de acompañarla a casa y ella les indicó que el trayecto consistía en subir unas pocas escaleras diez metros más allá… No tardaron demasiado en llegar, y Kiki suspiró un poco.

-Bueno, Fran, es posible que te sorprenda -le explicó-. Las armaduras tienen vida propia y suelen elegir a su portador tras superar la correspondiente prueba, pero en ocasiones lo hacen sin ese trámite previo sólo por considerar a esa persona digna.

-¿Crees que ella tenga una de las armaduras?

-Es más que probable, sí -le indicó-. No la pudo haber robado, así que la armadura la escogió por… a saber la razón, aunque me sorprende, jamás sentí cosmos alguno en ella.

Sin más, subió la escalinata y tocó la puerta con los nudillos y esperó pacientemente. Apenas medio minuto después Esther abrió la puerta, algo nerviosa, y le sonrió un poco.

-Patriarca, buenos días -comentó-. ¿Pasa algo?

El aludido sonrió un poco.

-No, en absoluto -le dijo-. ¿Podemos pasar? Creo… que necesitamos hablar.

Kiki tenía su cosmos encendido pero calmado, debió ayudar a la chica dado que pareció calmarse. Iba a permitirle pasar cuando un destello dorado al fondo voló y se colocó sobre ella; apareció un colgante en torno al cuello de la mujer en forma de serpiente con la boca abierta y un ojo verdoso con un báculo. Y Kiki se limitó a mirarla a los ojos.

-Así que lo que vi era real… Ofiuco.

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(1) Los diálogos escritos en cursiva que se muestran son para reflejar las comunicaciones vía cosmos. Aquellos que son con la letra normal, son hablando la lengua común que corresponda.