Disclaimer: Los personajes de CANDY CANDY no me pertenecen
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El amor vuelve lentamente
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Totalmente distraído, el constante tic tac del reloj no dejaba de retumbar dentro de su cabeza taladrando a la vez sus sensibles oídos. Por mucho que intentaba ensamblar la pieza en el lugar correcto, simplemente no pudo hacerlo ¿Tan desconcentrado se encontraba para que algo demasiado sencillo se le dificultara? Fastidiado, hizo a un lado aquellas partes de lo que se suponía debía ser un barco a escala, se frotó el tabique de la nariz en una clara muestra de frustración, advirtiendo el repique del reloj anunciar que ya marcaba las nueve de la noche y de su hermano ni sus luces.
Suspiró un tanto cansado, tampoco quería decir que lo estuviese vigilando las veinticuatro horas del día, Archie podía llegar a casa a la hora que le diera la gana, siempre y cuando no afectara a terceros, pero lo que él hacía a escondidas de la mayoría que lo conocían estaba mal. Ya lo venía sospechando desde un principio, solo que hasta ese día se dio cuenta que estuvo postergando una muy buena reprimenda de su parte.
Tamborileó los dedos impaciente preguntándose una y otra vez que carambas se le habrá metido por la mente a Archie al ocurrirse liarse en ese embrollo ¿No se daba cuenta que jugaba con fuego? Al parecer no, y como su hermano mayor no iba a permitir que se quemara y terminara de alguna manera carbonizado.
Stear se consideraba un hombre comprensivo, nunca se inmiscuía en la vida de las personas a menos que la ocasión lo requiriera y este asunto bien que le concernía; bueno, tal vez no del todo, pero tratándose de la reputación de su terco hermano, haría hasta lo imposible por hacerlo entrar en razón. No podía permitir que arruinara su vida de esa manera, siendo el amante de esa mujer sin escrúpulos.
Escuchó el motor de su auto, respirando aliviado de que al fin haya llegado. Esperó paciente un buen rato con los brazos cruzados sobre su pecho, bien sabía que el sofisticado de Archie iría primero a su habitación a cambiarse de chaqueta o refrescarse; seguramente, el recado que le dejó a Alfred el mayordomo, ya lo habría recibido; o bien, ya intuía que algo sospechaba, por eso decidió llegar a la mansión sin alojarse a escondidas en la alcoba de esa "señorita". Tomó un poco de agua para quitarse la sequedad en la garganta, cualquier licor no le ayudaría en absoluto para hablar debidamente con él.
Oyó el clic de la perilla, mas el chirrido del crujir de la puerta que en ese preciso momento le pareció tan molesto, percibiendo al instante la inconfundible loción que suele usar.
– Hasta que al fin llegas ¿Dónde estabas? – lo reprendió en tono serio sin saludos ni cordialidades, sentado en su silla giratoria dándole la espalda. Ya parecía la tía abuela.
– No sabía que tuviera una esposa celosa – bromeó el menor de los Cornwell con la intensión de aligerar el ambiente dentro de la habitación.
– No estoy para tus bromas, Archie.
El mencionado, sabiendo de ante mano que Stear ya sospechaba algo, suspiró desganado fingiendo no saber nada.
– ¿Se puede saber que te tiene malhumorado? Desde que nos vimos a medio día actúas tan raro.
– ¿No logras adivinar?
– Soy un hombre de negocios, no un adivino.
– Precisamente porque eres un hombre de negocios, debes saber con que clase de personas te relacionas.
Archie bufó.
– Al grano Stear, no tengo humor para tus acertijos.
– ¡¿Y crees que yo si?! – el pelinegro se levantó de golpe casi tirando la silla, tuvo que calmarse y modular su voz al darse cuenta de la reacción de su hermano. Respiró hondo yendo directo al grano, tal como él se lo sugirió – A ver... ¿Por qué pasas tanto tiempo con Amelia?
Archie frunció el ceño.
– ¿Ese pequeño e insignificante detalle te tiene así de fastidiado? – Stear torció la boca a lo que Archie se apresuró a contestar – Hermano, tengo un importante contrato que atender con su padre, te lo dije en la mañana. Es normal que Amelia entable relación conmigo.
– Me imagino que Albert está enterado de esto ¿O lo hacen a espaldas de él?
– ¿El qué? Solo son visitas sociales, el protocolo lo indica. Bien sabes que no puedo dejar a una dama que ande sola por ahí sin la compañía de su prometido. Theodore lo aprueba, él está al tanto, por si no lo sabías.
– Aun así haces mal, sobre todo ella al no tener una pizca de vergüenza e ir a visitar a su futuro esposo sin memoria... Que considerada – el joven carraspeó un tanto incomodo percibiendo la indirecta del inventor. El silencio se apoderó de los dos por unos segundos, hasta que Stear se atrevió a preguntar sin tapujos – Quiero que me respondas una cosa ¿Theodore sabe que te acuestas con su hija?
Archie dejó de jugar con el pequeño pisapapeles que agarró de uno de los estantes llenos de cajas, herramientas y planos. Cuando su hermano se proponía ser directo, sus palabras calaban hondo y se escuchaban algo crudas; no obstante, prefirió no inmutarse.
– Y si lo hiciera ¿En qué te afecta?
– ¡Con un demonio, Archie! ¡¿Es qué tu no sabes lo que es el respeto?! ¡Estamos hablando de la prometida del tío! Además, esa mujer no te conviene.
– ¿Y quién te crees tu para decidir con quien debo salir, eh?
– Soy tu hermano mayor, me preocupo por ti ¿Qué no te das cuenta?
– Y te lo agradezco en serio, pero es mi vida privada, Stear. Se que hicimos las cosas mal desde un inicio, y aunque no lo creas ella a cambiado. Yo la amo y estoy completamente seguro que Amelia siente lo mismo por mi.
– No me digas... – se burló un tanto – ¿De verdad crees que eso es amor? Hermano, reacciona, ella es un simple capricho o mejor dicho deseo carnal el que tu sientes, como muchos hombres suelen hacerlo.
El rostro de Archie se endureció al mismo tiempo que empuñaba sus manos fuertemente, a Stear no le pasó desapercibido aquella reacción. Trató de calmar los ánimos.
– Escucha, se que Amelia es una mujer sumamente hermosa, yo mismo quedé impactado por su belleza cuando la conocí, pero entiende que eso no te da derecho a seducirla, está comprometida... Albert debió tener sus razones para no poner una fecha exacta de la boda, y estoy seguro que todo aquello te cayó como anillo al dedo ¿No? – Archie no contestó, Stear cerró los ojos ajustando sus anteojos sobre su nariz – Independientemente de eso ¿No crees que Albert debe saberlo? Está en todo su derecho sin importar que no recuerde nada. Tan lo menos si hubieran tenido la decencia de hablar con él desde un principio para terminar el compromiso, todo sería diferente y no tendría que tener esta conversación contigo.
– Stear...
Al notar que su hermano no daría su brazo a torcer, suspiró cansado.
– Mira, no tengo ganas de discutir, ya eres un adulto, no un chiquillo adolescente con las hormonas alborotadas, aunque te comportes como tal. Tu sabes lo que haces, tanto tu como Amelia lo saben. Allá ustedes, yo solo te estoy advirtiendo, Archie.
– ¿Le dirás a Albert?
– No, a mi no me corresponde. Tu lo harás, si no es que ya lo sabe, recuerda que Albert es un hombre muy intuitivo, tienes suerte de que esté desmemoriado, pero cuando sus recuerdos vuelvan, no se lo que pasará. Tengo el presentimiento de que no le dará mucha importancia, incluso creo que no la ama, solo estaban juntos por compromiso. Aun así, tomará cartas en el asunto, William Albert Andrew es un hombre de temer, tu bien lo sabes.
Archie en ningún momento desvió la mirada.
– Asumiré las consecuencias de mis actos.
– Es lo menos que espero de ti – una última mirada de advertencia le dedicó hasta que volvió a hablar – Me voy a dormir, estoy cansado. Buenas noches.
Stear pasó de largo a su lado sin siquiera hacerle una de sus típicas bromas, salió de la habitación sin tomarse la molestia de cerrar la puerta. Archie quedó completamente solo y en silencio, a excepción de ese molesto tic tac del reloj. Agachó la mirada, repasando de nueva cuenta las palabras de su hermano, por primera vez en su vida se sintió un gusano.
OoOoOoOoOoOoOoOoO
En Chicago, el ambiente se respiraba diferente. Los días transcurrían con toda normalidad, mas sin embargo, para dos rubios, algo ya estaba cambiando.
Su amistad crecía a pasos agigantados. Salían a pasear, a comer, incluso cabalgar ya formaba una de las actividades favoritas de ambos, o el simple hecho de platicar ya era algo mágico. El tiempo se detenía ante sus encuentros, unos acordados, otros simples azares del destino, como si se buscaran sin proponerlo. Lo dos se encerraban en una burbuja perdiéndose en su mundo, habían hecho buenas migas convirtiéndose en eternos confidentes, como si se conocieran de toda la vida.
Para el rubio de ojos azules, ese acercamiento le daba esperanzas para empezar a cortejarla, porque ya era un hecho que se encontraba profundamente enamorado de Candy.
Para la rubia de ojos verde esmeralda, ese acercamiento le ayudó a conocerlo mucho mas a fondo y sin darse cuenta, llegó a un punto en que simplemente Albert la complementaba.
¿Quién diría que dos simples desconocidos, cada uno con una historia desgarradora en un punto de sus vidas, hayan congeniado de manera significativa?... No fue fácil al principio, una lo evitaba y el otro la veía desconfiado; no obstante, el tiempo se encargó de acercarlos, sin llegar a imaginar lo que el futuro les depararía.
En el hospital, Candy procedía a tomar la presión, temperatura, peso y estatura de una mujer mayor, paciente frecuente a quien ya conocía. Todo esto lo realizaba mientras tarareaba alegre en un tono bajo sin disimular su contagiosa sonrisa.
– Hoy se encuentra muy contenta, Candy.
– ¿Se nota mucho? – la rubia enfermera llevó las manos a sus mejillas, la anciana asintió conmovida por su reacción – Tiene razón, la vida es tan hermosa, eso me hace muy feliz.
La viejita asentía a lo que escuchaba sin dejar de sonreír.
– De un tiempo para acá su semblante es otro, tiene un brillo en su mirada que difícilmente puede ocultar. Seguramente la razón de tanta felicidad se debe a un hombre muy especial que ronde sus pensamientos.
– ¿Eh?
– Oh vamos, niña, seré algo vieja pero no ciega. Conozco esa expresión en la mayoría de las mujeres. Yo misma pasé por esa dulce experiencia, yo se lo que es estar enamorada.
Candy enmudeció por un instante, aquella revelación le pilló desprevenida. Ella... ¿Enamorada? Imposible.
– Que cosas dice, señora Jenkins – rio nerviosamente sin ocultar su ligera turbación.
La mujer mayor la tomó de las manos, mirándola ensoñadora a los ojos, como si ella misma estuviese viviendo aquel mágico suceso.
– Si ese joven es el causante de tanta dicha y le origina esa deslumbrante sonrisa, no lo deje ir. Vale oro, muchacha.
Con los colores en el rostro y sin saber que decir, Candy solamente asintió.
Se despidió de la curiosa mujer repitiendo nuevamente lo que el doctor le indicó con anterioridad. Un vez quedó sola, exhaló todo el aire que contuvo, se dirigió al baño; se lavó, se acicaló y luego se encaminó a la salida. Su turno ya había terminado. Buscando su bolso en los casilleros, meditaba en lo que le dijo la anciana.
¿En verdad Albert es la causa de su reciente felicidad? Últimamente las charlas con él se enfrascaban en temas muy interesantes, bien podían pasar horas hablando de todo y de nada a la vez. Su compañía le resultaba muy agradable, no se aburría a su lado y a pesar de la perdida de memoria, él sabía decir siempre las palabras correctas. Ya nada quedaba del huraño, desconfiado, desesperado e inseguro Albert, sino ahora trataba a un hombre diferente, amable, atrayente, fascinante. Un hombre que poco a poco se instalaba profundamente en sus pensamientos... y en su corazón.
Parpadeó un par de veces agarrándose del barandal para no tropezar, no solo por aquel pensamiento, sino por lo que contemplaban sus ojos. Llevó las manos a su pecho observándolo embelesada, Albert la esperaba recargado en su auto descapotable vistiendo de manera casual; una camisa negra, pantalones beige y unos lentes oscuros ocultaban sus bellos ojos azules. Sus cortos cabellos dorados se ondeaban ligeramente con la brisa del viento ¿A qué hora habrá ido al peluquero? Nada quedaba de aquella melena larga, debía confesar que aquel corte le sentaba de maravilla, lucía arrebatadoramente apuesto.
Se fue acercando lentamente sin apartar la mirada de aquella gallarda figura.
– ¿Albert?
Una encantadora sonrisa adornó las facciones masculinas del rubio, el corazón de Candy palpitó acelerado.
Horas antes...
El joven patriarca colocaba en el piso una maceta a pedido de Rosemary, la mujer le contaba sobre varias cosas, y a pesar de que el rubio respondía con monosílabos, su mente se encontraba en otro lugar, pensando en una encantadora rubia pecosa de ojos verdes.
– ¿Qué piensas al respecto? – al notar que su hermano no respondía, alzó levemente la vista al igual que el tono de su voz – ¿Albert?
– Perdón ¿Me decías?
– ¿Se puede saber que te tiene tan distraído? – preguntó divertida su hermana.
– No he dormido bien últimamente.
Rosemary levantó las cejas, seguramente ni él se creía aquella respuesta.
– Me imagino que la causa de tu insomnio y lo que te tiene tan desatento es cierta joven enfermera ¿O me equivoco?
Albert no pudo evitar sonrojarse, sonriendo levemente ante lo obvio. Su hermana justo dio en el clavo y eso lo puso un tanto nervioso ¿Cómo decirle?
Rosemary, al notarlo indeciso, agregó sin dejar de podar algunos tallos del rosal.
– ¿Sabes? Antes de tu accidente solías contarme tantas cosas, no todas obviamente, pero me confiabas tus temores, tus sueños, incluso tus amores adolescentes. Tampoco quiero forzarte, pero te conozco, eres mi hermano después de todo.
– Discúlpame. Aun me es difícil asimilar todo esto, sigo sin recordar nada, y tu te has portado muy comprensiva y paciente para conmigo – un suspiro acongojado brotó de la boca masculina, observó el cielo despejado, y sin razón alguna, la dueña de sus pensamientos se materializó en el horizonte – Tienes razón, es por Candy.
Rosemary lo miró comprensiva.
– Ella a cambiado tu vida... Te gusta ¿Verdad?
– Mas que eso, estoy enamorado, Rose, mi corazón late por Candy, siento un profundo deseo por hacerla feliz, amarla hasta el ultimo aliento de mi vida – Rosemary vislumbró en esos ojos azules un pequeño destello que ella conocía perfectamente, eso sin mencionar el tono apasionado de su voz – Y antes de que me digas sobre el compromiso concertado con Amelia Evans, cosa que tengo bien clara, déjame decirte que me tiene sin cuidado. No he recibido ninguna muestra de interés hacia mi persona por parte de mi supuesta prometida, no le veo el caso seguir con este absurdo ¿No crees? Si tanto insiste la tía en ello, lo mejor será que se vaya buscando otro patriarca, no estoy dispuesto a compartir mi vida con una mujer carente de sentimientos. Yo anhelo a alguien que en verdad me ame, que desee compartir sus alegrías, sus tristezas, sus miedos, sus sueños, todo... Entenderás que ya he tomado una decisión y no la pienso cambiar.
Rosemary pensó que justo ahí mismo Albert había recuperado la memoria, verlo tan seguro de si mismo sin una pizca de desconfianza le emocionó, cuanto anhelaba el día que pronto pudiera recordar.
– Y la respeto, tienes todo el derecho de estar con quien tu elijas como tu compañera de vida. Bien sabes que cuentas con todo mi apoyo.
– Gracias Rose... – una ligera sonrisa surcó los labios del hombre – Dime ¿Qué piensas de Candy? Se que le tienes mucho cariño, también se que la adoras, e independientemente de ello ¿Qué piensas de ella?
– Candy sabe ganarse el corazón de las personas a pulso, es una joven excepcional, divertida, espontanea, trabajadora, muy independiente, sin duda llegará a ser una compañera idónea. Solo te aconsejo que no te precipites, ve despacio con ella, estoy segura que aun hay cosas que ella debe hablar contigo antes de iniciar una relación amorosa.
– ¿Qué quieres decir?
– Deja que ella misma te lo diga. Tenle paciencia, recuerda que una buena relación de pareja empieza con una sincera amistad, pero por sobre todo una buena comunicación. Tiempo al tiempo, no la presiones.
Albert suspiró.
– Estos meses nos hemos vuelto muy cercanos, se con detalle varias cosas sobre ella, pero hay otras cosas que simplemente desconozco. No se, a veces siento que me quiere decir algo importante, aunque luego se retracta y cambia el tema, ojala algún día me tenga la suficiente confianza para contarme todo. Por mi parte, cualquier cosa que Candy necesite, ahí estaré, con o sin memoria la amaré, quiero que lo sepa de todas las formas posibles... Rose, estoy casi seguro que jamas he sentido con nadie este amor que ya se ha instalado con fuerza dentro de mi corazón.
Ella le dio la razón palmeando levemente su hombro, ni siquiera con Amelia Evans o cualquier otra jovencita que haya ocupado los pensamientos de su hermano lo emocionaban tanto como Candy provocaba en Albert. Aunque, no sabía si estaba haciendo bien al animarlo a entablar algo mas que una amistad con la viuda de Michael Lanusse, un amigo muy querido del rubio. Solo esperaba no estar equivocada, ella lo único que deseaba era la felicidad de su querido hermano.
Albert manejaba rumbo al hospital donde laboraba Candy. Si bien, no le diría nada todavía sobre sus sentimientos, deseaba verla, estar cerca de ella. Tenía planeado llevarla a un mágico lugar que descubrió hacía poco.
La esperó recargado en su auto sin siquiera notar las miradas nada disimuladas de algunas mujeres que transitaban cerca, mas bien se quedó pensando en como Candy le cambió la vida de la noche a la mañana. Su perseverancia, su paciencia, su dulzura y otras cualidades aparte de su belleza física, lo cautivaron a tal grado de enamorarse perdidamente, tanto que ya soñaba un futuro a su lado.
– ¿Albert?
Escuchó de repente su melodiosa voz. Le sonrió, percatándose de la sorpresa y el rubor en su rostro, algo que le pareció adorable.
– Hola, Candy – la saludó alegre.
– ¿Qué haces por estos rumbos? ¿Te sientes mal? – instintivamente la rubia tocó la frente del hombre – No tienes temperatura.
– Para nada, me siento de maravilla. Solo quise venir a visitar a un amiga muy especial – el tono carmín en las mejillas femeninas se hizo mas evidente, algo que sin duda no pasó desapercibido para el rubio – ¿Has terminado tu turno?
– ¿Eh?... Si ¿Por qué?
– Hace un hermoso día ¿Te parece si damos un paseo? Me gustaría mostrarte un hermoso lugar cerca de aquí – mencionó Albert sonriendo a más no poder.
Candy inmediatamente se contagió de su evidente entusiasmo, olvidándose unos segundos de las palpitaciones en su pecho.
– Déjame pasar a mi departamento para cambiarme. No querrás verme con estas fachas toda la tarde.
– Que disparates dices, Candy. Vestida de enfermera o con cualquier otro vestido, tu siempre luces hermosa.
Otra vez esas palpitaciones en su corazón, no podía evitarlo, la sola presencia del rubio la estremecía. Hizo caso omiso a los estragos en su cuerpo, y juntos se dirigieron primero al departamento de ella y luego a su destino final.
– ¡Este lugar es maravilloso! ¿Cómo lo descubriste?
– En mis tantas caminatas que hago a diario. Es increíble la cantidad de lugares inimaginables que Chicago esconde.
– ¡Es precioso!
– Y la vista lo es aún más, ven.
El rubio guió a Candy por un pequeño sendero, apartando en el camino unas cuantas ramas que colgaban de algunos arboles. La espectacular vista del lago Michigan se mostró esplendoroso ante sus ojos iluminando el rostro de ambos. Albert de reojo admiraba el semblante risueño de ella, aquellas esmeraldas brillaban cual luceros. Eso le gusta de ella, su espontaneidad ante las cosas que los demás consideraban simples.
Albert se sentó en el verde césped, suspirando y oliendo el delicioso aroma de la naturaleza. Candy no tardó en posicionarse a su lado.
– Tantas eran mis ganas de enseñarte este lugar que olvidé por completo preparar algún aperitivo. Discúlpame, Candy.
– No importa, este lugar lo compensa todo – la rubia le guiñó el ojo.
Albert sonrió, desvió la mirada para perderse en el paisaje verde de los árboles, el cielo despejado y el reflejo cristalino del agua, cerró los ojos un momento dejando que la brisa del viento acariciara su rostro. Candy igual hizo lo mismo; sin embargo, curiosa por naturaleza, abrió un ojo para contemplarlo solo a él, juntó sus piernas apoyando su cabeza en ellas, admirando su perfil masculino y sereno. Nunca en su vida se permitió admirar a otro hombre, ni antes ni después de la muerte de su esposo, pero ahora, contemplando a Albert tan tranquilo, atractivo y deslumbrante a su lado, pensó en la no tan descabellada idea de rehacer su vida. Tuvo que desviar la mirada para detener ese constante ritmo acelerado de su corazón. Rehacer su vida... Lo miró de nueva cuenta, hipnotizada por su relajante y seductora presencia.
– ¿Sabes? – Candy respingó levemente desviando la vista hacia otra parte, rogando que no se haya dado cuenta de su ensimismamiento hacia él – Todo este paisaje me recordó a ti y tu fuerza de voluntad. Te mantienes firme e inmutable ante la adversidad sin importar el que dirán.
Ella no pudo evitar abrir un poco mas los ojos ante sus palabras, luego sonrió aliviada a la vez que regresaba la mirada a la postal frente a ellos.
– Aunque no lo creas también tengo mis debilidades, no soy perfecta, pero trato de dar lo mejor de mi y ayudar en lo que pueda a mis semejantes.
– Eso admiro tanto de ti. Se que te he repetido un sinnúmero de veces lo agradecido que estoy por ayudarme a superar mis traumas a causa del accidente, así como también a recuperar la movilidad de mis piernas – Albert, sin pensarlo agarró la mano de Candy entrelazando sus dedos con los de ella, la rubia tembló ligeramente ante la acción, mas no rechazó su toque – Todo esto lo creí imposible, las tantas enfermeras asignadas a mi cuidado renunciaban o huían despavoridas. Pensé que mi terrible temperamento también te asustaría o te alejaría de mi lado, y yo... yo no quiero eso... quiero estar contigo... Candy... yo...
Albert en un segundo estaba tan cerca de ella observando embelesado aquel rostro de ensueño; sus notables pecas, sus ojos verdes, el tono carmesí en sus mejillas y sobre todo aquella tentadora boca. Tragó en seco.
Candy se sorprendió ante la cercanía del rubio sin dejar de admirar ese perfil de dios griego, después de todo ni ella misma sabía lo que estaba a punto de hacer o tal vez si...
– Me gustas...
Candy enrojeció ante la inminente confesión, no tenía idea que decir, su garganta simplemente se había cerrado. Rápidamente, suavizó su semblante, el sentimiento era mutuo, esperaba que él entendiera su silencio.
El rubio ahuecó la mejilla de la joven, ella no se alejó hipnotizada por su toque y por aquellos hermosos ojos azules. Al notar que Candy no lo rechazaba, Albert se animó acercándose lentamente a su rostro sin perder de vista esa apetecible boca. Los ojos de Candy se cerraron, el aliento de cada uno se entremezcló a lo que Albert no resistió el impulso de capturar sus labios con suavidad, degustando pausadamente aquel sabor que enseguida le supo a gloria. Se separó un momento de ella, contemplando su rostro sonrojado aun con los ojos cerrados, volvió a capturar sus labios, esta vez demandante, Candy le correspondió apremiante. Poco a poco profundizaron la intensidad del beso, Albert gimió cuando Candy enroscó sus brazos en su cuello a la vez que sus pequeñas manos acariciaban su rubio cabello. Llevado por el deseo, Albert la fue recostando en el pasto posicionándose levemente encima de ella, con extrema delicadeza pero a la vez con un toque de sensualidad, subió lentamente una de sus manos debajo del vestido acariciando todo su muslo.
– Albert... – susurró excitada.
Se miraron a lo ojos, con las respiraciones entrecortadas y un deseo incontrolable creciendo en su interior. Su mundo cambiaría si se entregaba a ese hombre, apartó un par de mechones rubios de su frente apreciando esos ojos azules que no dejaban de verla con adoración. Sin mas, ella tomó la iniciativa, capturando nuevamente su boca en un beso abrasador, dejándose envolver por aquel cuerpo que le brindaba todo el calor necesario para sucumbir ante sus ardientes caricias.
Candy despertó agitada con el corazón latiendo a mil, una ligera capa de sudor cubría su blanca piel, tanteó a su alrededor volteando repetidas veces, percatándose de que se encontraba sola en su habitación. Por un segundo se sintió aliviada, luego decepcionada, para terminar sintiéndose un tanto avergonzada. Se abanicó ligeramente con la mano debido a la subida de temperatura, hizo a un lado la colcha, se levantó de la cama revelando su cuerpo cubierto con un ligero y corto camisón. Se dirigió a la ventana, la luna brillaba hermosa allá arriba.
Tuvo que abrazarse a si misma rememorando las candentes caricias de Albert ¿Hace cuánto tiempo de no tener contacto intimo? Sentir las manos de otro hombre sobre su cuerpo fue... extraño, pero no dejó de ser placentero aunque haya sido solo un sueño, un bendito sueño. Dios, lo sintió tan real, sus besos, sus caricias, su aterciopelada voz... La piel se le erizó por completo.
Sacudió su cabeza de repente ¿En qué diablos estaba pensando? Aunque tampoco es que estuviera haciendo algo malo ¿O si? Llevó su mano al pecho, ahí donde descansaba aquella alianza que la unió al único hombre con quien había estado.
Debía confesar que Albert le atraía, incluso le gustaba, que bah, estaba enamorada, no lo podía negar ya... pero ¿Y Michael? ¿Acaso ya lo había olvidado?
No. Aun mantenía en su memoria las promesas, los sueños y un grandioso futuro truncado debido a su inminente muerte. Y luego su bebita, su hija muerta a causa del dolor de perder a su marido en un horrible accidente. No, ella no podía enamorarse nuevamente, no se lo merecía.
Recordó entonces el fantástico beso y su inesperada declaración, rememoró a detalle la sinceridad de esas dos palabras, el sabor de sus labios y la entrega por parte de ambos. Con los ojos brillantes, apretó nuevamente el anillo.
– Michael... ¿Qué debo hacer?
Continuara...
Disculpen la tardanza, pero me perdí con otra pareja que me encanta, eso y estar corrigiendo este capítulo varias veces me entretuvo un buen rato. Espero que aun sigan esta historia que tenía planeada terminar sin demora, aunque ya va a ser imposible. El próximo estreno de la temporada final de una serie que sigo desde hace mucho mas la ligera obsesión de la pareja que les mencioné, me tienen muy emocionada.
Tampoco quiero hacerlas esperar, así que dejo aquí este nuevo capítulo ¿Qué les pareció? Me costó horrores escribirlo, no me convencía y... bueno, esto fue lo que salió. De un vez les advierto que la parte donde se pusieron demasiado cariñosos nuestros rubios fue un sueño de Candy, se los digo para que no se me confundan. Aunque si hubo un gran beso y una declaración por parte de Albert, uyyyyyyyy eso lo sabrán en el próximo capítulo.
Un saludo a todas las que me leen y dejan un comentario, lo aprecio mucho, en serio :)
