Disclaimer: Los personajes de CANDY CANDY no me pertenecen
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El amor vuelve lentamente
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Dentro de su habitación, Albert se paseaba de un lado a otro como león enjaulado ansioso por salir corriendo, pero sin tener idea que hacer al respecto, la razón es muy simple: Desde hace una semana... una larga, tortuosa y desesperante semana no sabe absolutamente nada de Candy, le preocupó bastante el hecho de no verla esos días después de su paseo en el lago. Cabe señalar que anduvo buscándola en su departamento, en el hospital o en todos los lugares que ella suele frecuentar y... nada, nadie le supo decir nada, tal parecía que la tierra se la había tragado ¿Acaso tuvo que ver su inesperada declaración luego del beso compartido? De ser el caso, definitivamente actuó como un tonto adolescente ¿Por qué se comportó tan impulsivamente? Debió haber esperado y no ceder a sus alborotadas hormonas.
No pudo evitar suspirar metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón, los encuentros entre ellos se convirtieron en un hábito placentero luego de terminar sus respectivas actividades. Simplemente no puede sacarse de la mente sus charlas o sus paseos juntos acompañado de sonrisas y bromas inocentes que alegran cada uno de sus días, sonríe mientras la visualiza en su mente, hablando cantarina sin parar mientras le cuenta cualquier anécdota del hospital o de su propia rutina. Él jamas se cansaría de escucharla, mucho menos de admirarla, toda ella es una gran luz en sus memorias perdidas.
Todavía mantenía el vivo recuerdo de aquellos verdes ojos ocultarse tras sus parpados y ser remplazados por sus espesas pestañas, las incontables pecas resaltando su nariz, esos labios entreabiertos esperando anhelantes por los suyos, la sensación de su exquisita y húmeda boca...
– Basta – dijo por lo bajo respirando acelerado yendo directo a la ventana para tratar de calmar las ansias de ir a buscarla nuevamente.
Trató de serenarse, pensar en frío, que tal si se le presentó algún problema y tuvo que ausentarse sin decir nada a nadie. No, tampoco ese pensamiento le ayudó, porque eso significaba que él no está ahí para ella, se supone que ellos dos son... ¿Qué son ellos ahora? Ni siquiera lo plantearon, solo tenía entendido que ella le pidió tiempo, y él respetaría su decisión.
Suspiró frustrado, ya no supo que pensar, se pasó varias veces la mano despeinando sus rubios cabellos, y sin poder evitarlo, aquella dulce escena se materializó en su mente, rememorando la increíble sensación de besarla.
Flash back
– Candy yo...
Albert se perdió en ese angelical rostro salpicado de diminutas pecas colocando a su vez la palma de su mano en la mejilla de la joven mujer, aquel sonrojo por demás adorable y sus facciones delicadas le instaron a querer besarla sobremanera. Manteniendo la mirada de sus hermosas esmeraldas a sus labios y viceversa, se fue acercando lentamente aprovechando que de igual manera Candy se sintió atraída a su contacto, la advirtió cerrar los ojos, clara señal de que ella también lo anhelaba.
Se armó de valor iniciando con un pequeño roce, seguido de otro, ambos sonriendo encantados con los rostros colorados, Albert se alejó unos centímetros, con la frente pegada a la de Candy, respirando ese embriagador aliento que no dejaba de enloquecerlo ¿Fue una ráfaga de viento revolver sus dorados cabellos? Quien sabe, no se dio cuenta pues todo lo demás dejó de existir al momento de envolver completamente esos suaves labios de rubí.
Hizo memoria de su primer y minúsculo beso, cuando por accidente o llámese como quiera, la besó eufórico por el hecho de volver a caminar. Aquel gesto fue inesperado, en cambio este... podría decirse que este es su primer beso real.
Deslizó un poco la mano entre la quijada y su níveo cuello, profundizando el beso con movimientos rítmicos y cuidadosos sin ganar demasiada velocidad. Sonríe dichoso al notar el leve estremecimiento y la pronta reacción de ella al corresponder su ferviente toque, siente sus manos recorrer vacilante por el largo de su camisa hasta llegar a su pecho donde aferró sus delicados dedos como ancla. Lo que daría por que durara para siempre, sentirla, bebiendo el manantial de su deliciosa boca hasta saciarse. Poco a poco fue rompiendo el contacto, con el rostro en brasa viva percibiendo el mundo girar nuevamente; las aves trinando armoniosamente, el cálido roce del sol acariciar sus cuerpos, el cielo casi anaranjado cubriéndolos con su cálido manto.
La había besado, el sentimiento es indescriptible, abrió los ojos y la notó aún con los suyos cerrados, pero sonriendo levemente.
– Me gustas – le dijo Albert acariciando tiernamente su mejilla.
Candy parpadeó como aleteo de mariposa, sonrojándose aun mas por aquella inocente y tierna declaración. Debido a la intensidad del beso no pudo articular palabra, la boca le ardía en el buen sentido.
– Tu también me gustas – susurró tímidamente luego de volver a tierra.
En un instante, Candy se sorprendió por sus propias palabras, lo miró fugazmente, el anhelo en los ojos azules de aquel apuesto hombre brilló esperanzado. Ella enseguida bajó ligeramente la vista, Albert notó la incertidumbre en su expresión.
– He deseado besarte desde hace unos meses, no te lo voy a negar – le dijo alzando la vista al firmamento – Esto que siento no es ningún arrebato, el haberte besado expresa mi mas grande anhelo hacia ti, aunque al parecer lo único que logré fue incomodarte, no debí... Discúlpame, por favor, Candy.
La rubia rápidamente negó con la cabeza.
– No Albert, no te disculpes. Para serte sincera, yo... yo también lo deseaba, me gustas, pero... – Candy respiró hondo – Mira, no sé si estoy haciendo lo correcto o si estoy lista para esto ¿Entiendes? Iniciar una relación después de...
Calló de repente, aunque la idea de permitirse abrir plenamente su corazón cada día retumbaba con mas fuerza. Entonces ¿Por qué le resultaba difícil contarle sobre su anterior matrimonio o su difunto esposo? Se imaginó el peor de los escenarios; podría molestarse o no querer saber nada por el simple hecho de haber estado casada, embarazada y luego perder al bebé en el parto ¿Qué hacer?
– ¿Quieres hablar sobre ello? – habló un poco preocupado al notarla asustada sumida en sus pensamientos.
Candy reaccionó inmediatamente.
– No... es decir, si... yo... Albert – la rubia agarró una de sus manos entre las de ella, trazando leves roces con su pulgar – Te lo contaré en otra ocasión, solo que no ahora. Dame tiempo, por favor.
El rubio suavizó su semblante acomodando un rizo rebelde detrás de su oreja.
– Por ti, toda la vida.
Candy apretó ligeramente su mano agradeciéndole en silencio su comprensión, si en verdad quería iniciar algo con él, tenía todo el derecho de saber.
Después de un rato contemplando el atardecer, Albert ayudó a Candy a incorporarse, se sonrieron abiertamente con las manos ligeramente entrelazadas, caminando juntos de regreso al automóvil con nuevas emociones recorrer cada poro de su ser.
Fin del flash back.
¿Por qué Candy desapareció así de repente? Albert se apoyó en el ventanal recargando la cabeza en el vidrio, esperaba no haberla ofendido con su actuar, bien se lo dijo Rosemary, darle tiempo, solo que él se precipitó y no esperó. Golpeó levemente el cristal suspirando cabizbajo, lo que daría por encontrarla, aclarar cualquier situación que le estuviera aquejando, empezar a cortejarla y compartir una vida a su lado.
Candy se agachó colocando un ramo de flores en cada lápida ¿Cuánto tiempo ha pasado de aquella horrible tragedia? Aún la tristeza se refleja de vez en cuando, pero ya no la sentía tan dolorosa como antes, ella seguía viva, ellos... por muy triste que sonara, su marido y su bebé se habían ido.
– Debo encontrar nuevamente mi felicidad – habló en voz alta.
Resopló una especie de risa burlona dirigida hacia su persona ¿Tan difícil le parecía aceptar que su reciente felicidad lo dejó en Chicago? ¿Qué pensará ahora de ella al irse sin decirle nada?
La imagen de Albert se coló en sus pensamientos; un hombre atento, paciente, apuesto, comprensivo...
– ¿Será que merezco sentir nuevamente este sentimiento? – susurró al cielo azul repletó de nubes blancas – ¿Estaré haciendo bien en enamorarme de otro hombre?... Michael, dame una señal.
Cerró los ojos sintiendo el viento acariciar la piel de su rostro. Suspiró regresando la vista a aquellas tumbas cubiertas de flores, quedándose otro rato conversando con ellos. Rezó por el descanso de sus almas y se retiró silenciosamente del camposanto.
Llegó a Milwaukee queriendo alejarse de Chicago ¿Por qué? Ni ella misma lo entendía, lo ocurrido hace una semana no dejaba de estremecer sus sentidos. Ese apasionado beso compartido con Albert, removió el rincón mas intimo de su corazón que creía ya extinto, se sorprendió por corresponderle febrilmente, de alguna u otra manera también estuvo anhelando besarlo. Si bien se sentía dichosa, el temor no dejaba de atormentarla, pensando que traicionaba a su marido.
Detuvo su andar de golpe. No podía creer que a esas alturas pensara que le era infiel a Michael.
– No – musitó negando con la cabeza.
Nada tenía que ver con ese asunto, si lo pensaba bien, aún no se hacía la idea de que otro hombre entrara en su vida; tomarse de la manos, abrazarse, besarse... Se tocó levemente los labios rememorando de nueva cuenta la escena, ambos sumergidos en la boca del otro entregándose al deseo de sus corazones. Un rojo intenso coloreó su rostro, tuvo que abanicarse con la mano viendo avergonzada a todos lados por tener esos pensamientos en un lugar público, por suerte no había un alma alrededor.
"¿Qué estará haciendo Albert?" pensó de repente retomando el camino.
Nuevamente el calor se apoderó de sus mejillas. Si la viera Dorothy, gritaría de alegría ante...
– ¡Dorothy! – dijo casi gritando.
¿Cómo pudo olvidarse de ella? Se dio un coscorrón por su terrible descuido, tendría que enviarle una carta sumamente extensa preguntando por su estado de salud. Dorothy presentó algunas complicaciones a causa del embarazo, por ordenes médicas debía guardar reposo absoluto, así que ella se encontraba en Minnesota con su familia y por supuesto George, él se fue totalmente preocupado por la salud de su esposa. Alzó una plegaria al cielo, orando en silencio por el estado de su amiga, al igual que del bebé en su vientre.
Iba tan abstraída que no se dio cuenta de la otra figura que venía de frente hasta que chocó con ella.
– ¡Lo siento tanto! – Candy se disculpó demasiado apenada, presurosa auxilió a la persona a su lado – ¿Se encuentra bien? – los ojos de la rubia se abrieron de golpe ante la mujer que no había visto en mas de un año – ¡Señora Lanusse!
Al escuchar aquella voz tan familiar, la otra mujer no pudo evitar sorprenderse.
– ¡Oh, Candy, querida! ¡Qué sorpresa! Tanto tiempo sin verte.
– Ha sido bastante.
Béatrice Lanusse miró de arriba a abajo a esa dulce muchacha que conquistó el corazón de su difunto y muy amado hijo.
– ¿Te parece si tomamos un café? Si no andas muy ocupada, me encantaría charlar contigo.
Candy asintió sonrojada recordando lo cariñosa y amable que era su suegra, se le veía que no había cambiado en nada. Le ayudó a recoger su sombrero junto con el bolso, y así ambas se encaminaron en buscar un sitio donde platicar.
Las dos llegaron a un pequeño restaurante que Candy conocía muy bien, eligiendo la parte exterior del lugar para mayor comodidad.
– Estas galletas están deliciosas, nunca había visitado este local durante mi estancia aquí, ni mucho menos probado algo tan rico – mencionó la mujer mayor.
– A Michael le encantaba este lugar, cuando terminábamos nuestra guardia siempre acordábamos venir aquí, sobre todo por ser un espacio sencillo y acogedor, ni se diga de los postres sabrosos que cocinan.
Candy recordó con nostalgia esa maravillosa época en el inicio de su noviazgo, luego en su matrimonio. La señora Lanusse la observó detenidamente.
– Dime, Candy ¿Cómo has estado últimamente?
La rubia quedó mirando la taza de café a medio camino, analizando debidamente aquella pregunta. Tomó un sorbo dejando su bebida a un lado.
– Se podría decir que estoy bien, no ha sido fácil, usted lo sabe, he recaído, pero he logrado levantarme, me siento tan agradecida por tantas personas buenas que se han cruzado en mi vida. Por mi profesión de enfermera, el cual me mantiene ocupada, ayudar a otros me hace inmensamente útil, viva, muy feliz.
La madre de Michael colocó su mano encima de la de su nuera, apretando levemente su dorso.
– Me alegra saber que tienes esas ganas de vivir nuevamente, hija.
La rubia le devolvió el apretón. La miró con cariño, Candy nunca olvidaría el infinito apoyo de sus suegros cuando perdió a su bebita, la nieta de ellos. Siempre estaría agradecida por su paciencia y comprensión.
– ¿Y usted cómo ha estado? ¿Su esposo se encuentra bien?
La mujer mayor exhaló un hondo suspiro, observando a uno que otro transeúnte caminar en la acera.
– Ambos gozamos de excelente salud, gracias a dios. Laurent y yo decidimos no sumergirnos tanto en la rutina de la casa o del trabajo, sobre todo él, así que hace unos meses nos fuimos de vacaciones para relajarnos y aprovechar un tiempo en pareja – la señora Lanusse sonrió un tanto decaída – Aunque... He de confesarte que tampoco ha sido fácil, el dolor sigue ahí, lacerante como la primera vez que recibimos la horrible noticia de la muerte de nuestro único hijo.
Béatrice sacó un pañuelo de su bolso, las lágrimas brotaron inevitablemente, no tenía la intención de ahondar en el asunto, su nuera también perdió un hijo, esa es una herida mucho mas grande que nadie puede curar.
– Estoy bien, cariño... – dijo para no preocupar a Candy quien se acomodó a su lado para abrazarla, decidió cambiar el tema – ¿Sabes? Nunca esperé encontrarte aquí en Milwaukee, nosotros llegamos apenas ayer. Se escuchará extraño, yo tenía pensado descansar en la villa en lo que el señor Lanusse anda en sus asuntos de negocios, pero mi intuición me decía que debía salir. Me alegra haber hecho caso.
– Y a mi me alegra haber chocado con usted.
Las dos se sonrieron mutuamente, la mamá de Michael le dio unas ligeras palmadas en la mano.
– Por algo se dio este encuentro ¿No crees?
La rubia inmediatamente recordó aquella señal que le pidió a Michael en el cementerio ¿Será esta? Béatrice no tardó en notar un brillo nuevo en esos risueños ojos verdes acompañado de un atisbo de duda ¿Podrá ser que...?
– Candy, no quiero inmiscuirme en tu vida privada, tal vez ni siquiera soy la indicada para hablar de ello. Desde que te fuiste, no hemos tenido la debida comunicación mas que esporádicas cartas, y lo comprendo – la señora Lanusse suspiró – Aunque mi hijo se haya adelantado en el camino, tu sigues siendo parte de nuestras vidas. Tanto Laurent como yo te apreciamos bastante, sabes que puedes contar con nosotros, cualquier cosa que necesites.
– Lo sé y en verdad agradezco sus palabras... – la rubia empezó a arrugar la servilleta un tanto nerviosa, pensando en como abordar toda esa maraña enredada en su cabeza – Tiene razón, por algo nos hemos reencontrado aquí. Que le puedo decir, estos meses han sido una montaña rusa de emociones.
Candy no sabe por donde empezar, no es como si fueran a conversar del clima, costura, algún cotilleo u otras cosas. Contarle a su suegra que se ha enamorado de otro hombre no es nada fácil.
– Querida – Béatrice colocó su mano sobre las de ella – El amor es muy difícil de ocultar, lo noto en tus ojos ¿Será qué hay alguien que ocupe de nueva cuenta tu corazón?
Candy enrojeció hasta el cabello, había olvidado que su suegra podía ser tan suspicaz. Suspiró hondo mirando sus manos sobre la mesa, decidida a hablar sobre Albert. Si, la señal estaba presente ahí.
– A mi nunca me pasó por la cabeza enamorarme después de la muerte de Michael ¿Sabe? Mi vida giraba en torno a mi trabajo, mi rutina siempre era la misma hasta hace unos meses, cuando lo conocí – Candy no se dio cuenta de la sonrisa, aunque pequeña que mantenía en su rostro – La hermana de mi paciente fue quien solicitó mis servicios de enfermera, él quedó invalido producto de un accidente, en consecuencia también perdió la memoria, todo eso lo llevó a a caer en una fuerte depresión. Le confieso que al principio quise salir huyendo de ahí, el tan solo verlo era demasiado doloroso para mi, por fortuna recapacité, me dediqué enteramente a cuidarlo a pesar de los desafíos que se me presentaron. Gracias a dios él ahora goza de excelente salud, recuperó la movilidad de sus piernas, sus ganas de vivir... – la rubia guardó silencio unos segundos con los ojos brillantes – No tengo idea que pasó en ese lapso de tiempo... Yo...
– Te enamoraste de él – completó la mujer.
– Señora Lanusse...
– Está bien, no tienes que preocuparte o sentirte culpable, no le haces daño a nadie... Dime una cosa ¿Ese joven te corresponde?
Candy asintió sonrojada.
– Albert es un gran hombre, nunca pensé que mi corazón volvería a latir de nuevo, por eso vine aquí, con la intención de acomodar mis pensamientos. Dejé Chicago con él allá, prometiendo que le hablaría con la verdad, tampoco quiere decir que me ande escondiendo, solo... no se como decirle sobre mi pasado, tampoco se si esté bien que otro hombre despierte en mi esas sensaciones... Usted sabe a lo que me refiero – dijo Candy ruborizada, Beatrice no quiso interrumpirla, esperó a que prosiguiera – Comprendo del todo la muerte de Michael, lo extraño si, pero ¿Y mi bebé? – Candy ahogó un sollozo que no pudo reprimir – Mi bebé murió por mi culpa, me descuidé, esa es la verdadera razón por la que no merezco que alguien me ame, no podría con esa carga, es...
– Candy, tranquila – la señora Lanusse se acomodó a su lado sosteniendo sus hombros temblorosos, por suerte el sitio se hallaba vacío – Escúchame hija, tu no tuviste la culpa de la muerte de tu niña, es desgarrador, lo entiendo perfectamente, estas cosas pasan mas de lo que puedas imaginar, créeme. Shhh tranquila, tranquila – le susurró frotando su espalda ofreciéndole otro pañuelo extra – Nada aseguraba si mi nieta sobreviviría, incluso si mi hijo estuviese vivo... eso no la sabremos, lo que si se es que tu no debes sentir culpa por ello ¿Eh?... Por otro lado, me da tanto gusto saber que amaste a mi hijo incondicionalmente, que le eres fiel aun después de su muerte, pero por mucho que me cueste decirlo, él ya no se encuentra presente en este mundo. No puedes seguir aferrándote a un recuerdo amargo como lo fue su muerte que solo hará que te consuma lentamente sin tener oportunidad de conocer a alguien mas o disfrutar de la vida tu misma. Déjalo ir, cariño, déjalos ir, atesorarlos en tu corazón, pero vive... vive por ti y por ellos, ya tienes a un buen hombre esperándote, y puede que él te ayude a sanar esa herida de perder a tu hija, si no quieres apresurarte está bien, es tu decisión, solo te pido que no te niegues ese hermoso sentimiento, si lo que sienten los dos es real, date esa oportunidad de volver a amar.
A esas alturas, Candy no podía retener las lágrimas, ya no eran de tristeza sino de agradecimiento, por mucho tiempo estuvo cegada en el dolor, cuanto necesitaba escuchar esas palabras, y que mejor proviniendo de la mamá de Michael.
– Estoy segura que Michael en donde quiera que se encuentre, se sentirá orgulloso de ti por seguir adelante creciendo como enfermera y como mujer.
– Señora Lanusse... Gracias – fue todo lo que pudo decir Candy debido al nudo atorado en su garganta.
– Eres una mujer extraordinaria, por eso mi hijo se enamoró perdidamente de ti – Béatrice tomó las manos de Candy de forma maternal – El amor obra de formas diferentes, unicamente dios sabe el plan que nos tiene preparado en este camino llamado vida, el tiempo de Michael contigo ya ha terminado, lo disfrutó inmensamente, yo fui testigo de ello. Ahora le toca a otro hombre disfrutar este nuevo amor a tu lado, no le niegues a ese joven la oportunidad de pretenderte, ayúdale a recuperar la memoria y crea nuevos y grandes recuerdos junto con él. Vive Candy, ama con todas tus fuerzas, se feliz, te lo mereces.
Los cascos de los caballos mas el sonido de las ruedas del carruaje resonaban por toda la calle empedrada. Ya no podía postergar esta charla, necesitaba contarle a Albert todo, parece increíble que en un periodo corto de tiempo sus sentimientos por él crecieran irremediablemente, pero el amor es así (como una vez se lo dijo Dorothy), no se sabe cuando te sorprenderá ni de que manera. Le daría una oportunidad a este nuevo amor, si él la aceptaba aun siendo una mujer viuda joven, muy bien, si no, no sabría que hacer. No, mejor tener la mente positiva.
Tomó el tren del día siguiente no sin antes agradecerle a su suegra todas sus atenciones para con ella, también aprovechó en saludar a su suegro, todavía afable y bonachón como la primera vez que lo conoció.
Distinguió la enorme mansión Andrew, ya se encontraba cerca, el corazón le empezó a latir nervioso pero entusiasmado de volver a verlo. Una vez adentro, se armó de valor yendo directamente al estudio, necesitaba verlo, refugiarse en sus brazos, tal vez besarlo... Abochornada, enrojeció por el pensamiento, lo cierto es que necesitaba sentirlo.
Oyó voces en el interior, sin duda una era la inconfundible voz de Albert, la otra de ¿Una mujer? Se asomó por mera curiosidad sin afán de espiar, no se equivocó, una mujer alta de cabello negro, piel blanca, sumamente hermosa, con clase, toda una dama de alcurnia se encontraba con Albert. Su corazón latió apesadumbrado ¿Acaso ella es...?
– William, soy Amelia Evans, tu prometida.
Continuará...
Si alguien todavía lee esta historia, le pido una enorme disculpa por tardar en actualizar. Créanme que cuando quise publicar este capítulo unos días después de haber subido el anterior (si, me llegó la inspiración por lo que me puse a escribir rápidamente), el archivo se borró sin explicación alguna, fue extraño porque ya había guardado previamente todo lo escrito. Por mucho que traté de recuperarlo, no pude, me enojé y ya no me dieron ganas de volver a escribir. Por suerte, encontré unos párrafos como borradores guardados en mi celular y anduve escribiendo, borrando, reescribiendo pacientemente y armando poco a poco este capítulo.
Bueno, perdonen los conflictos internos de Candy, ahora saben porque estaba reacia en darle una oportunidad a este rubio guapo, precioso, bello y encantador hombre. Ella todavía creía que no se merecía el amor de nadie, mas que nada porque se sentía culpable por la perdida de su bebé, poniendo de excusa el recuerdo constante de Michael. Gracias a las palabras de su suegra (que por cierto me fue difícil escribir esa escena, de hecho todo el capítulo en si fue complicado de volver a escribir), ella logró al fin recapacitar, pero ¡Oh sorpresa! ¿Qué hace Amelia ahí? ¿Será un obstáculo para Candy? Uf, hasta yo me sorprendí jejeje.
Espero les haya gustado, díganme que les pareció, por favor ¿Voy bien?
Un agradecimiento especial a: Any, guest, Ana C Bustincio Grefa, Maribel, chidamami, MariaGpe22, Sincity12345, Elizabeth, Mia Brower Graham de Andrew, Carol Aragon, fabaguirre167 y a todas las que leen en silencio.
