Disclaimer: Los personaje de CANDY CANDY no me pertenecen.
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El amor vuelve lentamente
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El enérgico llanto de un bebé se escuchó en todos los rincones de la villa Andrew en Escocia, anunciando la llegada de un niño al mundo ante el asombro y regocijo de su madre, cuya expresión no cabe de felicidad a pesar de lo agotada que la dejó el parto. Priscila Andrew sollozó alegremente cuando la enfermera le entregó a su hijo recién nacido con sumo cuidado.
– Hola, mi vida... – le saludó con voz entrecortada acunándolo en sus brazos, el bebé poco a poco dejó de llorar sin dejar de mover sus manitos – No sabes cuanto esperábamos tu llegada, mi cielo, no importa si hubieses sido niña, te querríamos igual como a tu hermana Rosemary. Mi dulce bebé, tu padre se pondrá tan feliz, espera a que lo conozcas, te pareces tanto a él.
La puerta de la gran alcoba se abrió lentamente, la doncella de la señora Andrew le dio el pase con una leve inclinación solamente al patriarca de la familia. El hombre no tardó en adentrarse a su propia habitación, su cabello desordenado y su ropa arrugada es una muestra de lo nervioso y aterrado que estuvo esperando noticias de su mujer y de su bebé.
– Es un varón, William. Felicidades – dijo el doctor enjuagándose las manos y los brazos en el recipiente de vidrio blanco dispuesto frente suyo.
El millonario empresario asintió sin poder creer la maravillosa noticia, sus ojos inmediatamente apreciaron la hermosa escena de una madre con su hijo viéndose por primera vez. Le dio las gracias al galeno palmeando su hombro y no tardó ni un segundo en acompañar a su esposa en la cama.
– ¿Cómo estás? – le preguntó colocando su mano en la cabeza del niño mientras se sentaba en la orilla del lecho.
– Cansada pero feliz – comentó la mujer emitiendo un corto suspiro.
William apartó un par de mechones rubios pegados en su frente.
– ¿Sabes que eres una gran y maravillosa mujer? Gracias por darme este precioso regalo, nuestro niño amado por fin está con nosotros. Solo míralo, es tan perfecto.
El emocionado padre rozaba los diminutos pies de su hijo sin dejar de contemplar su carita arrugada.
– Nuestro pequeño Albert nació fuerte y sano.
– ¿Albert?
– ¿No te gusta?... William Albert Andrew.
El hombre sonrió.
– Me encanta.
El matrimonio compartió un casto beso, mas el gorgoteo del niño los hizo separarse de inmediato. Completamente conmovidos, la pareja se dedicó a admirar a su adorado hijo un rato mas.
– Ve – dijo Priscila a su marido luego de unos minutos – Yo se que te mueres de ansias por compartir esta dicha con Rosemary y con tu hermana Elroy.
– Suena tentador, aunque prefiero quedarme otro rato contigo.
– No las dejes esperando, aprovecha en lo que la enfermera limpia a nuestro bebé, y de paso Katie me asea, me he de ver horrible.
– Para mi te ves hermosa, pero ya que insistes.
El hombre le guiñó un ojo y besó la frente de su mujer, dio un ultimo vistazo a su hijo y se encaminó fuera de sus aposentos a exclamar las buenas nuevas a los demás.
– ¡Un varón! ¡Ha nacido un varón! – gritó el patriarca lleno de júbilo, Elroy se incorporó del cómodo diván junto con Rosemary quien hizo un gesto de sorpresa y de alegría – ¿Escuchaste, Elroy? ¡Un hijo, un heredero! Rosemary, cariño, tienes un hermanito.
– ¿En serio, papá? – preguntó la niña de trece años con evidente entusiasmo.
Elroy Andrew sonrió satisfecha ignorando la efusividad de su hermano y de su sobrina, par de maleducados, bueno, pasaría solo esta vez por alto el comportamiento infantil de ambos. Irguiéndose orgullosa, se dirigió con elegancia distinguida hacia la ventana, observando con extremo regocijo el enorme jardín ¡Un niño! Por fin un varón en la línea sucesoria. Ya tenía en mente a la familia indicada para estrechar lazos muy beneficiosos, los Evans; Theodore y Madeleine Evans, ambos pertenecientes a la alta sociedad y padres de una niña de mes y medio de nacida. Esa era la oportunidad perfecta para consolidar una unión no solo matrimonial, sino la unión de dos de las familias mas influyentes y adineradas del mundo. Mas vale estar preparados, ese bebé, su sobrino ya cargaba con una gran responsabilidad, en un futuro se convertirá en el próximo patriarca, y ella debe asegurarse preservar el noble linaje de sus ancestros concertando un matrimonio adecuado, pero primero tendría que hablar con su hermano y la esposa de este; su cuñada.
Desafortunadamente para Elroy, el asunto tuvo que postergarse debido a la inesperada muerte de Priscila Andrew, acontecida dos meses después del nacimiento del heredero. Un hecho por demás lamentable dejando devastado al poderoso William Andrew, y que decir de los dos adorados hijos de la pareja, huérfanos de madre a una temprana edad.
Los meses transcurrieron sumergiendo de lleno a William en el trabajo; juntas, viajes de negocios, contratos, mucho papeleo y poco tiempo para sus hijos, dejando el cuidado de ellos a sus nanas y a Elroy, por supuesto.
– William, has pasado todo el día encerrado en tu habitación con esa cara – le reprendió Elroy cierta tarde de invierno – No es buen ejemplo para Rose, se suponía que hoy saldrías con tus hijos.
Silencio total, el hombre bebía un vaso de coñac sin apartar la vista del vidrio de cristal.
– William.
– Te escuché, Elroy... – dijo un poco irritado por la insistencia de su hermana – La verdad no tengo ganas de nada.
– Pues deberías, te la pasas trabajando sin parar en la oficina, llegas, a duras penas comes y ves a tus hijos, luego te encierras en tu alcoba hasta el día siguiente. Ya han transcurrido seis meses, Rose pregunta mucho por ti y William está creciendo, cuando menos te lo esperes no tardará en decir sus primeras palabras.
– ¿Crees que no estoy consiente de la situación? Amo a mis hijos, pero tengo que ocuparme de los negocios de la familia ¿Quién crees que los sustenta? ¿Quién crees que maneja este emporio? No puedo dejarlos desamparados económicamente si algo llegase a salir mal, cualquier error sería contraproducente si me ausento, no, no puedo arriesgarme. En cuanto a sus cuidados y su educación, por eso te tengo a ti hermana, puedes disponer de prestigiosos maestros de Europa o institutrices bien cualificadas, incluso tu misma puedes educarlos.
– Sabes que lo hago con gusto, Rosemary necesita enderezarse... – Elroy se aclaró la garganta – Aprovechando que hablamos del tema, pienso que es necesario empezar a velar por el futuro de tu hijo, concertar un matrimonio para él.
El patriarca por poco se atraganta con el líquido ambarino que en ese momento se bebió de un trago.
– Mi hijo ni siquiera cumple el año y tu osas hablar de matrimonio ¡Por el amor de dios, Elroy, Albert es un bebé!
– Debemos prever para que el ilustre apellido Andrew perdure, que mejor escoger desde ahora a la candidata perfecta que cuente con un linaje noble como la hija los Evans.
– ¿Los Evans? ¿Te refieres a Theodore y Madeleine? – su hermana asintió – Si, algo escuché del nacimiento de la niña hace unos meses.
– Los Evans son tan ricos como nuestra familia, Madeleine es una socialite muy famosa de Nueva York y Theodore pertenece a la nobleza británica, ambos cuentan con una genealogía prestigiosa. Nadie mejor que una dama de buena cuna a la altura de William.
El señor Andrew resopló mirando el ocaso a través del enorme ventanal de su habitación.
– ¿Sabes qué? No tengo cabeza para esto, ocúpate tu, haz lo que creas conveniente, todo por un buen futuro para mis hijos.
– Efectivamente lo haré... – mencionó sin disimular una ligera sonrisa – Por cierto, de una vez te aviso que también empezaré a planificar los preparativos para la presentación en sociedad de Rosemary, se está convirtiendo en una señorita, el tiempo pasa y ya sabes lo meticulosa y precavida que soy.
William asintió sin decir nada, a veces se ofuscaba con tanta parafernalia por parte de su hermana ¿Su adorada Priscila habría consentido todo esto? No quiso pensar tanto en ello, mejor decidió salir con sus hijos y disfrutar con ellos lo que quedaba de la tarde. En parte Elroy tenía razón, el tiempo transcurría demasiado rápido y él en verdad deseaba verlos crecer.
La hermana del patriarca no esperó mas, obviamente tuvo que convencer a su hermano para que estuviera presente en la reunión de dicha unión, ambos hombres acordaron un convenio que sería beneficioso para ambas familias en un futuro. Desafortunadamente, William falleció en un trágico accidente unos años después, un golpe muy duro para los Andrew; sin embargo, la unión ya estaba consolidada, y esto para Elroy Andrew era mas que suficiente.
La joven mujer se acomodó el escote de su vestido rojo cubierto de fina pedrería y seda negra, un tanto sugestivo que incitaba una tentación para cualquier hombre con sangre en las venas, de igual manera, tanteó su cabello recogido en un perfecto, pulcro y sofisticado peinado con sus manos cubiertas por unos delicados guantes negros para la ocasión. Si todo salía bien, ambos disfrutarían una velada como lo haría cualquier par de prometidos; una obra de teatro no estaría mal, seguida de una exquisita cena a la luz de las velas en uno de los mas lujosos restaurantes de Chicago. Luego... Ahogó un jadeo placentero al imaginarse lo que sucedería después, tal vez por fin podría gozar y descubrir ese potente cuerpo escondido entre tantas capas de tela, si Archie contaba con un físico inimaginable ¿Por qué no el patriarca? Se mordió el labio recriminándose mentalmente el no haberlo seducido mucho antes.
"Hoy será una gran noche", no pudo evitar pensar muy confiada con una sonrisa atrevida remarcando el pequeño lunar negro en la comisura de sus labios.
Tocó suavemente esperando ansiosa una respuesta.
– Adelante.
Sintiéndose segura de si misma y pasando por alto el abandono en el cual sometió al rubio por mas de un año, se adentró al estudio dispuesta a conquistarlo. Lo vio de pie de espaldas a ella, un ligero estremecimiento se apoderó de su cuerpo al contemplar ese sensual porte masculino, su altura, sus cortos cabellos rubios, esa ancha espalda.
– ¿Qué ocurre? – preguntó sin voltear, se encontraba totalmente ensimismado en su lectura.
La mujer inspiró hondo llenándose del aroma a maderas proveniente del rubio.
– William, soy Amelia Evans, tu prometida – se presentó sin rodeos ni titubeos.
Albert dejó de leer el libro que sostenía en sus manos, ni siquiera se inmutó, mas bien se quedó un buen rato callado, silencio que le pareció eterno a la joven ¿Estaría sorprendido? ¿Por qué tardaba tanto tiempo en responder? Debía confesar que se encontraba un poco nerviosa. Albert por fin se dio la vuelta observando a la mujer quien siempre fue un fantasma en sus días mas oscuros.
– ¿No dirás nada? – preguntó con un tinte de decepción, después de todo ella lo abandonó durante su convalecencia, pero pensó obstinadamente que al verla quedaría deslumbrado por su belleza.
– ¿Qué quiere que le diga? Usted es una completa desconocida para mi.
– Pero ya estoy aquí... – comentó sensualmente rozando la orilla del fino escritorio con la intención de acercarse lentamente al rubio – Me advirtieron de tu pérdida de memoria, si tu me permites, déjame ser yo quien refresque tu mente, me es imposible que no recuerdes los agradables momentos que compartimos juntos, los abrazos, los besos...
Albert cerró el libro de golpe, totalmente asqueado se alejó de ella y su nauseabundo toque.
– Usted no tiene ningún derecho de venir a decirme tales cosas, el que yo no recuerde nada no significa que sea un idiota. Que casualidad que usted "señorita" Evans se aparezca mágicamente cuando ya estoy casi recuperado ¿Acaso la mandó mi tía? ¿Es una confabulación entre ustedes dos para atarme de por vida?
– ¡Cómo te atreves! ¡Soy tu prometida!¿Qué no te das cuenta que nos casaremos?! ¡Seremos marido y mujer!– le reprochó molesta fingiendo demencia.
Albert resopló.
– Esto es absurdo ¿Qué gana con decir semejante desfachatez?
– ¡Es el colmo, William! Vine aquí dispuesta a ayudarte a recuperar la memoria ¿Y así me recibes?
– ¿Y cuándo recién desperté del coma? Cuando me sentí sin ganas de vivir ¿Dónde se encontraba usted? – Amelia por primera vez tartamudeó sin saber que decir – Mire, ni siquiera la conozco y no pretendo ser un grosero pero váyase, por favor, ahórrese sus comentarios y deje de humillarse.
– Eres un...
– Soy un hombre consiente de cuan bajo es su comportamiento...
Candy se alejó un poco de la enorme puerta entre abierta, no está bien escuchar conversaciones ajenas, tampoco quería seguir viendo aquella discusión. ¿Acaso esa mujer no conocía la vergüenza? ¡Qué descarada! Quería entrar y propinarle un par de bofetadas.
– ¡¿Se puede saber que haces aquí, muchacha?!
Candy se llevó la mano al pecho por el susto que le provocó no solo ese grave y despectivo tono de voz, sino también la campana del reloj que marcaba las seis de la tarde. Ahí, emergiendo de la oscuridad del pasillo con la única tenue luz del candelabro, apareció Elroy Andrew viéndola acusatoriamente con desprecio e indiferencia. Consternada, la rubia solo negó con la cabeza.
– No tengo la menor idea del porque de tu presencia en esta casa, William ha mejorado y aunque sigue sin recuperar la memoria, mi sobrino ya no requiere mas de tu servicios – la matriarca Andrew miró de reojo la puerta y sonrió con burla– ¿Ya te diste cuenta con quién se encuentra? Obviamente su prometida, la mujer que lo cuidará de ahora en adelante – con saña la agarró del brazo – ¡Vete, no quiero verte!
– ¡Suélteme!
– ¡Qué pasa aquí!
La voz de Albert resonó por todo el pasillo espantando a las dos mujeres.
– ¡William!
La anciana soltó a Candy, fue entonces que Albert se dio cuenta de quien estaba a lado de su tía.
– Candy – susurró su nombre con los ojos brillando esperanzados, sintiéndose aliviado de volverla a ver, de saber que ella se encontraba bien.
La rubia se sintió atrapada, ofuscada... de repente se le olvidó a lo que vino, la presencia de la matriarca Andrew y aquella otra señorita le hicieron sentir como una cucaracha. Sin decir nada y dándole una ultima mirada al rubio, Candy se dio media vuelta y empezó a correr.
– ¡Candy, espera!
– ¡William! – lo frenó la anciana – ¡No seas un maleducado y atiende a tu prometida!
– Ella no es nada para mi, tía – dijo apurado el rubio – Para empezar, yo ni siquiera la invité, seguramente fue usted, y ni crea que se va a salir con la suya, es mas no quiero ni saber que planea su retorcida mente ¡Entienda de una vez que no me casaré ni con Amelia ni con nadie!
– ¡¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono, William?! ¡Yo no te eduqué así!
– Pues da la casualidad que no recuerdo nada ¿O ya se le olvidó que soy amnésico? Lo mejor será que usted atienda a su invitada, no tengo nada que ver con ella... Si me disculpa.
Albert se alejó corriendo sin importarle nadie mas que Candy, necesitaba alcanzarla, no podía permitir que ella desapareciera otra vez.
Las dos mujeres anonadadas ante el desaire del hombre, no supieron como reaccionar, Elroy simplemente endureció su semblante desaprobando ese horrible comportamiento de su sobrino, seguramente esa chiquilla es la culpable de su actuar. Por su parte, Amelia rechinaba los dientes cuestionándose la decisión repentina de querer formalizar el matrimonio a la brevedad posible ¿Para esto dejó a Archie? ¿Para ser ignorada por su propio prometido? Recordaba a William cortés pero distante, este William era mucho peor.
– Señora Elroy, esto no va a funcionar – habló con los ojos fijos en dirección a donde el hombre corrió detrás de esa chica rubia.
¿Será ella la que le mencionó Archie la otra vez? ¿Estará en verdad enamorado de esa joven? Su pecho subía y bajaba, sentía el corsé mas apretado de lo normal ¿Cómo pudo rechazarla? Ningún hombre la había humillado de esa manera.
– No te preocupes, Amelia, mi sobrino solo está confundido, la amnesia lo hace actuar impulsivamente – la mujer abrió el abanico que portaba en sus arrugadas manos para darse un poco de aire – Ten por seguro que tarde o temprano cederá, con o sin memoria lo hará, ya verás – dio un ultimo vistazo a la oscuridad del pasillo yéndose del lugar con la frente en alto, seguida de una despechada mujer.
Por alguna razón, Candy llegó cabizbaja al kiosco escondido entre los frondosos árboles de aquel enorme jardín. Tan solo haber visto a esa atractiva y elegante mujer, se le fueron las ganas de hablar con Albert ¿Para que hacerlo? Su prometida al fin mostraba la cara para tomar su lugar como futura esposa del patriarca.
"No, esto no puede estar pasando" pensó apoyándose en el pilar de mármol.
Dejándose caer en el duro suelo, flexionó las rodillas abrazándolas escondiendo su cara entre ellas. Una lágrima se deslizó en su mejilla, se sentía derrotada, todo lo contrario a como amaneció en la mañana; renovada y optimista ante el brillante futuro. Un futuro posiblemente truncado por una mujer llamada Amelia Evans, siendo honesta se había olvidado de ella hasta esta tarde que escuchó su nombre y la contempló de pies a cabeza.
No supo cuanto tiempo estuvo así, sino fuera por las leves cosquillas en su oreja que la trajeron de nuevo a la realidad.
– Pouppe – dijo acariciando el pelaje de la mofeta, ella enseguida se colocó en su regazo – ¿Qué hago, Pouppe? Yo... Estoy enamorada de Albert, quiero estar a su lado el día que recupere la memoria, pero...
El crujido de una ramita hizo que callara de repente.
– Candy...
La rubia se paró como resorte al reconocer la profunda voz del hombre que ya no podía sacar de sus pensamientos, ante la acción, Pouppe saltó escalando hasta las ramas de un árbol, escondiéndose entre las hojas observando la escena entre sus rubios amigos humanos.
– ¡Albert!
– ¿Es cierto, Candy? Dime que es verdad lo que dijiste.
– Yo...
Oh, dios ¿Dónde esconderse? Nunca le había declarado sus sentimientos abiertamente, si, le gustaba y él lo sabía, pero es muy diferente estar enamorada.
– ¿Qué hice mal para que te alejaras por varios días? Si es por el beso... – Albert suspiró con angustia – Te estuve buscando...
– ¿Me buscaste? – sorprendida le interrumpió.
– Como no tienes idea.
El corazón de Candy latió rebosante, pero luego recordó cual era su lugar.
– ¿Qué haces aquí, Albert? Te casarás, tu prometida está esperándote en la mansión, yo no puedo hacer nada mas que irme y olvi...
Candy no terminó la oración porque Albert acunó su rostro tomándola desprevenida con un abrasador beso, un beso lleno de necesidad ante su ausencia, un beso que le demostraba lo importante y especial que es ella en su vida. De un momento a otro, Candy ya estaba envuelta entre esos poderosos brazos, ella no hizo mas que rodear su cuello y dejarse llevar por el deseo de su corazón.
Para Albert, sentirla nuevamente le regresaba el alma al cuerpo, el amor lo había abrazado con fuerza para no dejarlo ir nunca, su otra mitad al fin se abría ante él sin vergüenza. Fue relajando su toque hasta que se separó de ella lentamente, ambos con las respiraciones agitadas.
– Ella no significa nada para mi. Estoy enamorado de la única mujer que quiero a mi lado y esa mujer es...
Candy lo silenció colocando su dedo índice en su tentadora boca.
– Shhhh, yo también quiero estar a tu lado, Albert, estoy enamorada de ti... – dijo tan segura de si misma, el corazón del rubio palpitaba acelerado porque era la segunda vez que lo escuchaba de sus labios en el mismo día – Pero necesitaba aclarar mi mente. Perdóname por irme y no decirte nada, fue tonto, estaba confundida ¿Sabes? Quiero decir, mas que confundida yo tenía miedo por pensar que no merecía que otro hombre entrara en mi vida, también tengo miedo por como reaccionarás ante lo que voy a decirte – intrigado, Albert siguió con la mirada a la joven quien se alejó un tanto dándole la espalda, observando una que otra estrella allá en el cielo – Tuve un pasado, no es oscuro ni nada por el estilo, al contrario, fue muy importante para mi, y por el hecho mismo de que fue importante yo me aferraba todavía a ese pasado, con esa excusa nadie podría entrar en mi corazón. Cuan equivocada y cegada estuve, tu has logrado traspasar mas allá del mío, y ahora se con certeza que ese pasado debo atesorarlo y guardarlo dentro, muy dentro para volver a ser feliz completamente.
Albert se acercó a ella, tomó su mano y le dio un delicado beso en sus nudillos, luego los apretó suavemente, Candy se aferró a su toque y se dio valor, ya no había marcha atrás.
– Estuve casada – el rubio dejó de respirar por un segundo ante aquella impactante revelación ¿Candy casada? Nunca se lo hubiera imaginado mas que en sus sueños donde el protagonista era él – Mi esposo se llamaba Michael Lanusse, era un médico cirujano, lo conocí mientras estudiaba enfermería en Milwaukee – Candy sonrió esta vez sin sentir dolor en su corazón – Con el paso del tiempo nos enamoramos, luego contrajimos matrimonio, todo iba muy bien, eramos muy felices... íbamos a tener un bebé – Albert tragó duro, esto si no se lo esperaba – Sin embargo, Michael murió en un accidente, yo tenía cinco meses de embarazo, desde ese terrible suceso mi vida fue en picada, perdí a mi bebé en el parto y una gran culpa se apoderó de mi.
Albert colocó las manos en los hombros de la rubia, ella alzó la mirada nublada por las lágrimas que amenazaban salir, una de ellas lo logró. Con toda la delicadeza del mundo, Albert rozó su pulgar limpiando aquel rastro salado de su mejilla.
– Discúlpame, he llorado tanto que pensé...
– No Candy, no te disculpes, has atravesado este calvario tu sola, no imagino el dolor que sentiste por tan grandes pérdidas – dijo suavemente.
– Sola no lo hubiera logrado, tuve buenas personas a mi lado que me apoyaron mucho, conocí a otras que le han dado un sentido a mi vida, un nuevo enfoque... Una de ellas eres tu – Albert se inclinó ante el toque de los dedos de Candy en su mejilla – Me has devuelto tanto.
– Mas bien tu me has devuelto todo lo que creí perdido, eres mi ángel Candy, fuiste mi ángel en medio de tanto sufrimiento, no estaría aquí contigo si no fuera por ti. Está bien que llores a tus seres queridos, pero pienso que es mejor recordarlos con sonrisas y alegrías ¿No crees? – los ojos de Candy brillaron agradecidos – No te menosprecies solo porque estuviste casada, yo igual tuve un pasado, imagínate, iba a casarme con la mujer equivocada.
– ¿Y si recuperas la memoria y descubres que es a ella a quien en verdad amas?
– Recuerda que ese matrimonio es concertado, no hay amor de por medio, Amelia no es una buena persona de eso me puedo dar cuenta. Además, si en verdad amara a esa mujer, Rosemary ni siquiera me hubiera motivado a hablar contigo.
– ¿Rosemary?
– Le confesé mis sentimientos por ti, no te preocupes, mi hermana te adora, estoy segura que se pondrá muy contenta.
– Albert...
Albert nuevamente tomó esos labios que Candy saboreó encantada, besarlo se estaba convirtiendo en una gustosa adicción.
– Espera... – lo detuvo a regañadientes antes de que el beso se intensificara – Hay... Hay algo mas que debes saber.
La rubia se lo pensó un momento ¿Cómo decírselo? Cuál será su reacción? Ella misma quedó anonadada cuando se enteró.
– Sabes que puedes confiar en mi – dijo alzando su mentón suavemente al notar cierta duda en su expresión.
Candy se perdió en los serenos ojos azules de Albert, le transmitían tanta paz. Solamente asintió.
– Michael y tu... Ustedes – respiró hondo – Ustedes eran amigos, iban a trabajar juntos en un proyecto que Michael ya llevaba en proceso. Yo estaba enterada que se asociaría con William Andrew, no lo conocía obviamente, fue Rosemary quien me confesó que eras tu aquel hombre, el hombre que yo debía cuidar. Ustedes dos viajaban en el tren rumbo a Milwaukee cuando sucedió... Michael murió en el mismo accidente en el que tu perdiste la memoria.
Albert no dijo nada, se quedó quieto mirando sin ver el rostro de Candy, procesando cada palabra ¿Acaso escuchó bien? ¿El esposo fallecido de Candy, y él fueron amigos? ¿Se había enamorado de la viuda de su difunto amigo?... ¿Amigos?
"Eres un gran amigo"...
"Tienes que conocerla... es una gran mujer"
Escuchó su propia voz y la voz de otro hombre retumbar en su mente.
– ¡Aghhh! – de repente se quejó de la cabeza.
– ¡¿Albert, estás bien?! – dijo Candy asustada al verlo sostenerse la sien.
El rubio inhaló y exhaló varias veces hasta que el dolor cesó. Con una mano media temblorosa agarró la de ella.
– No te preocupes... ya pasó, ya pasó...
– ¿Seguro? – preocupada, Candy le tocó la frente, revisó su pulso, si tuviera su equipo de emergencia a la mano lo auscultaría – Deberíamos ir con un médico.
– Estoy bien – dijo mas calmado.
– Es mi culpa, no debí decir nada, fue una imprudencia de mi parte.
– Tranquila, Candy – Albert la abrazó por los hombros besando su frente – Solo tuve un recuerdo borroso.
– ¿En serio? – él asintió – ¿Recordaste algo mas?
– No, todo fue en un segundo y de repente se desvaneció.
– No importa, Albert, ya verás que con el tiempo tus recuerdos volverán poco a poco ¿Seguro ya te encuentras mejor?
– Totalmente... Aunque no te voy a negar que estoy un poco desconcertado, vaya, ahora entiendo tu actitud distante y reservada para conmigo.
– Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero si.
– Tenías tus motivos y no te culpo. A mi me da vergüenza mi comportamiento agresivo.
– Creo que los dos estamos a mano entonces.
Albert rio, pero luego se puso serio haciendo preocupar a Candy nuevamente.
– ¿Sucede algo?
Su preocupación se convirtió en sorpresa cuando él inesperadamente la besó fugazmente y luego le dijo entusiasmado.
– ¿Y si nos fugamos?
Las dos mujeres se hallaban en la elegante sala de estar, Elroy se mantenía callada mientras la sirvienta servía el té, el silencio era total salvo los sonidos de los cubiertos que la muchacha disponía. La anciana no dejaba de pensar en lo sucedido, no le gustó para nada esa mirada que William le dirigió a la enfermera ¿Por qué se fue tras esa chiquilla sin gracia? Un mal presentimiento le invadió por completo, como si una desgracia fuera a ocurrir, mas vale actuar de inmediato.
Por su parte, Amelia no podía dejar de apretar su bolso con cierta molestia. "Maldito seas, William" pensaba impotente. La criada terminando su trabajo, un tanto temblorosa se inclinó yéndose a prisa de ahí, una vez que la chica se retiró, Elroy tomó la taza de porcelana revolviendo con gracia el líquido caliente.
– Amelia, querida ¿Te parece si la boda se lleve a cabo dentro de una semana? – dijo calmadamente – Dadas las circunstancias será mejor adelantar el evento.
La susodicha volvió en si.
– Señora Elroy ¿No cree que se está precipitando? Pensé que se llevaría a cabo en dos meses, tiempo suficiente para que William recapacite.
– No, lo he pensado mejor y he cambiado de parecer, no me gusta para nada la presencia de esa muchacha. Además, así no tendrás tiempo de arrepentirte por cualquier inconveniente para fugarte con Archibald.
Amelia por poco tira la taza de té ¿Cómo diablos se enteró?
– ¿Disculpe? No tengo la menor idea de lo que habla – se hizo la desentendida.
– No te hagas la inocente conmigo ¿Crees que no se nada de tus aventuras? ¿Crees que no te tengo vigilada? ¿Por quién me tomas? Fuiste muy estúpida al acostarte con mi sobrino.
Amelia tomó valor olvidando lo intimidante que puede ser la matriarca Andrew.
– Si sabía de mis aventuras ¿Por qué no anuló el compromiso? William no me ama ni yo a él.
– El amor, el amor... – Elroy rezongó azotando sin cuidado la taza que por poco rompe – Ese sentimiento es superfluo. Ni siquiera tu amas a Archibald ¿O si? – la joven se quedó callada – ¿Lo ves?... Quieras o no, tu te casarás con el patriarca de esta familia, eres la candidata perfecta para llevar en tu vientre la noble descendencia Andrew. Aun hay tiempo para enmendar el error que cometiste ¿O prefieres que tus padres se enteren de lo zorra que eres? No querrás ser una vergüenza para tu familia ¿Verdad?
Amelia no objetó, aunque ardía en furia, quiso llorar, pero no quería demostrarle ese vulnerable estado emocional, seguramente se burlaría por parecer débil. Resignada tuvo que tragarse las palabras, hasta hallar una solución a este embrollo, ella acataría las ordenes de aquella mujer sin escrúpulos.
– Se hará como usted lo disponga, señora, Elroy.
La anciana sonrió victoriosa.
Continuará...
¡Nuevo capítulo! Ahora si no me tardé mucho ¿verdad? ¿Qué piensan de la idea de Albert acerca de fugarse? ¿Qué le dirá Candy? ¡Uy, que emoción! Hablando de Candy ¿Ya pensaban que iba huir o algo así? Pues no, la verdad no me gusta mucho el drama, sobre todo cuando ya han sufrido demasiado, así que preferí no mortificar tanto a mis rubios. El infarto que le dará a Elroy cuando descubra que Albert se fue, bueno, todo depende de lo que le diga Candy.
Carol Aragon: Que bueno que te encantó.
MariaGpe22: ¿No te esperabas que se apareciera Amelia? Ni yo, ella zarpó en barco al día siguiente luego de decidirse por William y dejarle una escueta nota a Archie. En cuanto a Candy, si salió corriendo, pero no lejos y ya ves que hasta Albert se la quiere llevar. Espero te haya gustado el capítulo. Saludos.
Mercedes: Mil gracias por la paciencia, como vez, ambos ya están al tanto de sus sentimientos.
4442041831: Muchas gracias :D soy de esas y por eso estoy de vuelta ;)
Ana C Bustincio Grefa: Disculpa por la tardanza, pero ya estoy aquí y espero seguir así. No te preocupes, los rubios serán felices.
Sincity12345: Awww gracias, gracias, en verdad me alegra que mi historia te guste mucho y esté en tu top10. Dime ¿Qué te pareció este capítulo? Espero seguir con la inspiración, ya tengo en mente lo que se viene ;)
Elizabeth: Casi un año creo yo, pero regresé, espero te guste este nuevo capítulo.
fabaguirre167: ¿A que no te esperabas ese final? Bueno, pues Albert no se va a quedar con los brazos cruzados. Gracias por seguir leyendo, espero te guste este nuevo capítulo.
janina: Depende de la inspiración, pero me esforzaré. Tengo reservado un buen final para Archie, pero shhhh.
Mia Brower Graham de Andrew: Gracias... y eso que aun no saben lo que es capaz esa mujer.
Estela: Muchas gracias, yo feliz de que te guste y la sigas después de tanto tiempo sin subir nuevo capítulo, pero aquí está.
