Disclaimer: Los personajes de CANDY CANDY no me pertenecen.

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El amor vuelve lentamente

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La suave brisa del viento movió ligeramente la cortina de la habitación donde una joven dormía plácidamente en una gran y acogedora cama de dosel, sus rizos rubios yacen desparramados sobre la almohada como cascada de oro y una pequeña sonrisa se mantiene intacta adornando sus labios. Quien sabe con que o quien estará soñando, tal vez con un apuesto hombre rubio de ojos azules estrechándola entre sus fuertes brazos, rio entre sueños musitando algo inaudible cambiando de posición en la lecho.

El canto de un pájaro la fue despertando poco a poco, abrió un ojo y la intensidad del sol asomándose por la ventana provocó que lo cerrara nuevamente. Arrugó la nariz cubriéndose en su totalidad con la colcha, no pasaron ni dos segundos ya que enseguida se destapó estirándose cual gato luego de despertar de una reconfortante siesta. Apartó completamente el edredón y caminó directamente hacia la ventana.

– ¡Qué hermoso día! – exclamó alegre aspirando el rocío de la mañana.

El pasto verde, el follaje de los árboles, el hermoso cielo azul, el brillante sol y el canto de los pájaros le avivaron mucho mas su estado de animo, alimentando su espíritu con una actitud positiva ante la adversidad que se avecinaba. Eso y estar en compañía de Albert le hicieron sentir segura y amada; lo demostraba con sus acciones, sus besos, sus abrazos, una que otra traviesa caricia.

Enrojeció porque a pesar de haber estado casada, todavía se sentía un poco pudorosa, aunque paulatinamente la confianza iba aumentando debido a la gentileza de su novio. No negaba que deseaba estar con Albert, en todos los sentidos, seguir descubriendo juntos las nuevas sensaciones que ambos ya experimentaban.

– Lo amo – susurró al aire, muy enamorada del hombre que le había devuelto ese hermoso sentimiento. Quería gritarlo a los cuatro vientos.

Divisó a Pouppe correr de aquí a allá con sus nuevas amigas, unas juguetonas ardillas correteaban con ella disfrutando de otro nuevo día, ajenas a las preocupaciones de los humanos. Recordó entonces el porque de su permanencia en aquella hermosa casa del bosque cerca de la mansión de Lakewood desde hace unos días.

Flash Back

– ¿Y si nos fugamos?

Un leve estremecimiento se apoderó de todo el cuerpo de Candy ¿Fugarse? La idea le parecía descabellada y a la vez irresistible ¿Quién no querría fugarse con un hombre como Albert? Siendo honesta, ansiaba comenzar un nuevo capítulo en su historia de vida compartiendo todo tipo de aventuras a su lado, ser libre, feliz, lejos de todo aquel que pudiera separarlos. Nunca se había sentido tan enamorada desde lo de Michael... ¿Por qué no? Tal vez la sombra de Elroy y Amelia los asechaba, pero estando con Albert todo podía ser posible y le daba la fuerza necesaria para seguir adelante.

– ¿Candy... Qué opinas? – le preguntó un poco preocupado por su prolongado silencio – Seguramente piensas que estoy loco, puede ser, soy un lo...

Candy lo silenció con un fugaz beso.

– ¿Qué me está proponiendo señor Andrew? – dijo coqueta picando con su dedo ese amplio pecho, Albert la abrazó por la cintura completamente aliviado – Y no, no estás loco, bueno tal vez un poquito... – dijo bromeando – Debo admitir que tu propuesta suena muy tentadora, me encantaría irme contigo, pero también quiero que todo el mundo incluyendo a tu tía sepan cuan enamorados estamos.

– Lo sé, preciosa, créeme que igual lo deseo. Es solo que quiero protegerte de esa mujer, es solo precaución, ella es capaz de todo con tal de lograr su objetivo.

– Esa mujer es tu tía, Albert.

– Pues mi tía actuó muy mal por la forma en que te trató hace un rato ¿No lo recuerdas? Sin mencionar todos los desplantes que recibiste mientras yo estaba bajo tu cuidado. Simplemente no confío en ella, siento que si bajamos la guardia en cualquier momento podría aprovecharse para separarme de ti, y eso es algo que no puedo permitir, ni siquiera tiene derecho de inmiscuirse en mi vida, no soy su títere y tampoco soy un niño. Quiera o no algún día tendrá que aceptar nuestra relación.

– Estoy segura que lo hará ¿Y sabes por qué? Porque me tienes a mi, yo estaré ahí para apoyarte. Se que ella hace mal, pero es mejor intentarlo ¿No crees? Hablar con la verdad, y si no funciona, la opción de fugarnos no estaría mal, irnos lejos, muy lejos.

Ambos rieron compartiendo otro corto beso.

– Gracias por estar para mi – Albert no resistió las ganas de besarla otra vez Por cierto, he omitido lo mas importante.

– ¿Qué cosa? – preguntó curiosa.

Albert tomó las mejillas de la joven y respiró hondo.

– Mi bella Candy ¿Aceptarías ser mi novia?

Nunca olvidaría el hermoso resplandor de sus verdes esmeraldas y en todo su dulce rostro lleno de pecas.

– ¡Si y mil veces si! – contestó ella abrazando fuertemente a su ahora novio quien la recibió gozoso en sus brazos agregando un par de vueltas al abrazo – ¡Oh, Albert esto... esto es maravilloso!

– ¡Me siento el hombre mas afortunado del mundo! – gritó eufórico llenándola de mas besos Ya veras que todo saldrá bien, amor.

Candy sintió su pecho vibrar de pura emoción; amor, que bonito se escuchaba aquella palabra de sus labios.

Se quedaron otro rato celebrando su nuevo vínculo amoroso; posteriormente, la pareja se encaminó lentamente a la mansión entre sonrisas y bromas mirando las estrellas y escuchando los sonidos de la noche. Casi llegando al rosedal pararon un momento para compartir un profundo beso, ya no podían estar lejos uno del otro.

El carraspeo de un hombre rompió el encanto y tuvieron que detenerse.

– Amo William... señorita Candy – interrumpió el mayordomo un poco apenado que bien supo disimular.

Albert se aclaró la garganta sin soltar a su novia, mas bien la atrajo hacia si deslizando la mano alrededor de su cintura. Candy no se resiste, pronto se apoya contra su costado.

– ¿Qué sucede, Hans? – preguntó sin ocultar la dicha en su faz, un ligero tono carmín adorna sus mejillas, Candy está en las mismas, aunque mucho mas ruborizada.

– La señora Rosemary me pidió explícitamente que le diera esto, señor. Es de suma urgencia que lo lea.

– Gracia Hans – dijo tomando la misiva.

– Señor, señorita.

– Hans...

– ¿Si, señor?

Albert tomaba en cuenta la lealtad del hombre, pero sabía que el chisme llegaría a oídos del personal y por ende a los de su tía. Ante todo, prefirió advertirle.

– Te agradecería no dijeras nada de lo que acabas de ver. Yo mismo lo anunciaré en su debido tiempo.

– Seré una tumba, señor.

De nueva cuenta gracias.

El mayordomo asintió y se retiró solemne. Albert leyó la nota compartiéndola con Candy.

"Necesito hablar urgentemente contigo. Por favor, dirígete a la dirección escrita, no digas nada a nadie"

El rubio reconoció perfectamente la hermosa caligrafía de su hermana.

– ¿Qué crees que signifique?

– No lo sé, pero tengo que ir y tu vendrás conmigo.

– Pero es a ti a quien quiere ver.

– Comprende que no puedo dejarte sola, además es Rosemary, ella lo entenderá. Confía en mi.

– Siempre – dijo aferrando su mano con la de él.

En lugar de ir a ver a la tía, ambos salieron sigilosos por una rejilla secreta que Anthony mencionó cierta noche a Albert platicando de su niñez, de mucha utilidad para este tipo de situaciones. Una vez en el exterior apuraron el paso lejos de la mansión y tomaron un carruaje camino al lugar acordado, al rubio se le hizo un poco extraño que su hermana lo citara de esta manera, pero podría asegurar que no debía temer, en todo el trayecto no soltó la mano de Candy, necesitaba sentir su toque, saber que todo es real y no un sueño. Llegaron media hora después, la residencia frente a ellos no es grande ni ostentosa, sino sencilla y hermosa, los faroles iluminan la entrada dándole un aspecto encantador y sereno, un enorme árbol frondoso y bien cuidado cubre la fachada e infinidad de rosas embellecen el jardín.

Abrió la rejita, apretó la mano de Candy y juntos pero alertas se encaminaron a la puerta principal. Una señora que ni Albert ni Candy jamas habían visto en Chicago o Lakewood los recibió amablemente, los guió a la sala donde una mujer rubia se hallaba sentada observando con cierta nostalgia una fotografía enmarcada.

– Señora – la voz de la mucama interrumpió las cavilaciones de la dama – Su hermano ya se encuentra aquí.

– Gracias Ellen – agradeció colocando el porta retrato en su lugar.

– Con permiso – se despidió la sirvienta.

La hermana de Albert respiró aliviada al ver a Candy junto con su hermano.

– Candy, me alegra verte a ti también, sean bienvenidos. Por favor, tomen asiento.

Los rubios un tanto confundidos hicieron lo pedido sin dejar de admirar la decoración armoniosa de la habitación.

– Rose ¿Dónde estamos? – se atrevió a preguntar Albert rompiendo el silencio – Gracias – dijeron los dos por la taza de té que ella les ofreció y que previamente ya estaba dispuesta en la mesita.

– En mi pequeño refugio, nadie a excepción de Vincent sabe de este lugar. Aquí vengo de vez en cuando a descansar un rato de la tía o cuando mi marido se encuentra en alta mar. A veces me encantaría embarcarme con él ahora que Anthony es un hombre casado y padre de familia, pero mi condición delicada me impide viajar, por eso aprovechamos nuestro rincón especial cada que mi esposo regresa de sus largas travesías.

– Es un bonito lugar – dijo Candy.

– ¿Verdad que si? Entre el señor Brown y yo la decoramos a nuestro gusto – Rosemary tomó un sorbo de té – Disculpen la hora y la cita así tan de repente, me arriesgué mucho temiendo que la tía pudiera descubrir a Hans, no quiero que se entere ni siquiera de este sitio.

– No entiendo – mencionó Albert todavía confundido.

– Para empezar, estoy tan contenta que ambos llegaran juntos, he de suponer por como se toman de las manos que ya han hablado al respecto ¿Verdad?

– Si Rosemary, le he contado todo a Albert.

Los dos se vieron sonrientes y con adoración. Rosemary notó enseguida el amor y la felicidad brillar en lo ojos de cada uno.

– ¿Y qué crees? Esta hermosa dama a aceptado ser mi novia.

– ¡Eso es maravilloso! ¡Me da tanto gusto por ustedes!

– Gracias, Rose. Precisamente íbamos a decirle a la tía de lo nuestro cuando Hans nos encontró y me dio tu recado.

– Gracias a dios los encontró a tiempo, de eso precisamente quiero hablar – Rose hizo una pausa antes de continuar Albert, lamento decirte que no puedes ver ni hablar con la tía, no mientras estés sin memoria, ella tiene poder sobre ti debido a tu enfermedad.

– ¿Qué? Yo no estoy enfermo.

– Desgraciadamente para el consejo si, la perdida de memoria resultó ser un mal para ellos y la tía pasó a tener el control total ante cualquier decisión que tomes.

– ¡Eso es una injusticia!

– Lo sé y por eso mismo debes mantenerte oculto, escuché por error todo lo que la tía Elroy y Amelia tienen planeado, quieren casarte a la fuerza y a la brevedad posible, en una semana a mas tardar. Por mucho que intenté hablarle pacientemente y disuadirla a que no hiciera tal cosa, no quiere entender, sigue cegada y empecinada con esa ridícula obsesión de que los Andrew deben emparentar con gente de nuestro mismo círculo social. Para ella, lo mas importante es el buen nombre y el linaje, criar buenos herederos que lleven en alto el apellido Andrew, sería una ofensa y una gran vergüenza si algún miembro de la familia llega a desposar a cualquier persona de clase inferior, incluso los nuevos ricos le parecen poca cosa. Por eso puso el grito en el cielo cuando le presenté a Vincent, y aunque trató por todos los medios humillarlo y separarnos, al final tuvo que aceptar lo nuestro.

– No puedo creerlo.

Albert ardía en furia por dentro, esa mujer y sus arcaicos pensamientos.

– Me he puesto en contacto con George para que averigüe si nuestro padre dejó algún documento válido que anule totalmente ese compromiso, de no ser así, tu deber es contraer nupcias con Amelia.

– ¡No! Ni crea que con un simple papel cederé a sus artimañas, lucharé, incluso puedo ofrecer mi lugar a Archie o a Anthony, pero nunca me casaré con esa mujer.

– Albert, por favor entiende, tienes que esconderte, mientras no reciba respuesta de George debes hacerlo. También tu Candy, mi tía no es tonta y ya sospecha algo, te desaparecerá si resultas ser un estorbo para ella.

– ¡Eso si no lo voy a permitir! Que no se atreva a meterse con Candy porque ahí si no respondo.

– Albert, tranquilo, tu hermana tiene razón – la rubia sobó el brazo de su novio con la intención de calmarlo – Creo que hasta que George no consiga algo nos mantendremos escondidos como precaución, bien lo dijiste. Hay que ser prudentes.

– Nunca creí que la tía llegara a tal extremo, tontamente pensé que recapacitaría. Quisiera no tener que hacerte pasar por esto, Candy.

– No te lamentes, te recuerdo que tu fuiste el de la idea de fugarnos ¿O ya se te olvidó?

– Lo tengo muy presente.

Cualquier indicio de enojo se esfumó, Rosemary aun seguía sorprendida por la forma en la que Candy congeniaba y tranquilizaba a su querido hermano, desde que la vio ayudarlo aquel día en el parque supo que ella iba a hacer milagros en la vida de Albert. No se equivocó. Contuvo una sonrisa divertida al verlos tan ensimismados olvidándose de su presencia.

– Con que fugarse ¿eh? interrumpió a los tórtolos de su pequeña burbuja – En ese caso, la casa del bosque allá en Lakewood está disponible. La tía Elroy nunca pondría un pie en esa casa, créanme, solamente el guardabosque da su rondin cada día, no se preocupen, yo lo mantendré al tanto. Puede que la tía tenga autoridad, pero tanto tu como yo también la tenemos, el guardia es muy leal a nosotros, así que no dirá nada.

– No se como agradecerte, Rose.

– Conque tu seas feliz me basta, hermanito – tomó la mano de Albert de forma maternal Ya es tiempo de cambiar viejas costumbres que han marcado a los Andrew durante generaciones... Candy – tomó la mano de ella de igual manera – Por favor, cuídalo mucho.

– Lo haré, gracias Rosemary.

fin del flash back

Candy emitió un profundo suspiro contemplando la hermosa naturaleza frente a sus ojos, por mas que estos días hayan sido divertidos, mágicos y de sanación, no dejaba de preocuparse de toda la situación allá en Chicago ¿Cómo habrá reaccionado la tía de Albert al enterarse de la desaparición de su sobrino? ¿Y Amelia? La despampanante joven se mostró tan confiada sin una pizca de vergüenza, todo con tal de atrapar en sus redes a Albert luego de abandonarlo a su suerte en su enfermedad ¿Qué clase de mujer utiliza a alguien para su propio beneficio? Esa y mil preguntas le daban vueltas y vueltas en su cabeza.

Se encontraba tan abstraída que no sintió la presencia de cierto rubio entrar a la habitación hasta que unas manos grandes rodearon su cintura y un delicado beso aterrizó amorosamente en su mejilla.

– Pensé que seguías dormida ¿Qué te tiene retenida aquí?

El exquisito tono de su voz le trajo un remanso de paz y se olvidó por completo de sus recientes preocupaciones.

– Solo reflexiono.

Albert se dio una idea de lo que podría estar aquejando la mente de su dulce novia. Sabía que en Chicago se respiraba un ambiente de tensión, que mas quisiera estar allá y poner él mismo en su lugar a su tía, sin embargo debía ser prudente y esperar un poco mas. Prefirió no hablar del tema.

– El desayuno está listo – habló meciéndola suavemente admirando a su vez el mismo paisaje que ella.

– Con razón huele tan rico – Candy mantenía sus manos sobre las de él dejándose llevar por el ritmo constante de su movimiento – Aunque me hubieras despertado para ayudarte.

– Entré hace una hora y como te vi durmiendo profundamente decidí dejarte descansar un rato mas.

– Me mimas mucho, mi amor, para la próxima vez me despiertas, me encanta ayudarte en la cocina.

– Y a mi me encanta tenerte cerca.

Los dos suspiraron quedamente sin romper el contacto disfrutando del balanceo lento y agradable. Segundos después, fue Candy quien rompió la intimidad del momento.

– Ahora si me disculpa señor Andrew, tomaré una rápida ducha, no tardo.

La joven rubia se volteó sin borrar su sonrisa y se alzó de puntitas besando la comisura de sus labios, Albert sonrió embobado viéndola alejarse y desaparecer en el baño. El corazón le latía con fuerza, adoraba el encanto natural de Candy, toda ella es una tentación a la vista y ya no podía evitar esconder la vorágine de emociones acumuladas muy dentro de si. Es cierto que compartían besos que seguramente escandalizarían a Elroy, eso sin mencionar las placenteras caricias llenas de deseo que rebasaban los limites del pudor. Oh, dios, reprimió un gemido, ante todo es un caballero, pero estos días, permaneciendo los dos solos en esa casa le estaban deshaciendo el poco autocontrol que le quedaba.

El que haya perdido la memoria no significaba que era un santo, George lo puso al tanto de lo que conlleva una relación entre un hombre y una mujer, asimismo a la hora de acudir a sus citas médicas era inevitable hablar del asunto debido a los cambios ocurridos en cierta parte de su anatomía, evidencia mas que notable en su cuerpo cuando andaba excitado. Justo ahora mismo, sentía la imperiosa necesidad de entrar con ella, quitarle ese camisón, recorrer su tersa piel, llevarla a la cama y hacerle el amor.

Volvió en si al sentir una dureza familiar en su bajo vientre, carraspeó, tal vez otra ducha fría no estaría mal, se encaminó al umbral de la puerta, se detuvo abruptamente y se pegó la frente con la mano, por poco entra al cuarto de baño donde se escuchaba la voz de ella tarareando una melodía. La imaginó cual sirena bajo el chorro de agua empapar su cuerpo desnudo... Gruñó saliendo de la habitación corriendo como bólido a la suya para de una vez por todas bajar el calor de sus pensamientos.


En algún punto del vasto océano, el enorme Mauretania navegaba por las tranquilas aguas del Atlántico. La noche era gélida, las estrellas brillaban con intensidad en el negro firmamento, la mayoría de los tripulantes dormía y uno que otro se mantenía en vigilia. Uno de ellos era Archie, el joven caballero se encontraba en su camarote sentado en la amplia cama enteramente pensativo, sosteniendo en sus manos el pedazo de papel que lo llevó a realizar este viaje de nuevo a América. Tal vez se tardó en tomar una decisión, su idea de ir a alcanzarla inmediatamente menguó ¿En verdad valía la pena luchar por ese supuesto amor?

Todavía las palabras de Stear le taladraban el juicio, a lo mejor su querido hermano siempre tuvo la razón, puro deseo carnal sentía por Amelia confundiendo el amor por obsesión y lujuria. Recordó el inicio de su tórrido romance, el como al principio vivió ese año lleno de secretos, mentiras, noches apasionadas sin pensar en nadie mas que ella. Si bien sabía que esa relación no era mas que una aventura pasajera, siempre tuvo una ínfima esperanza que en cualquier momento cambiaría de parecer y neciamente pensó que dejaría a Albert y se decidiría por él. Que ingenuo y estúpido fue. Debía reconocer que jugó muy bien sus cartas, divertirse con el galante Archie un rato para luego irse deprisa por el pez gordo cuando este volvió a caminar.

Maldita sea ¿Por qué entonces Amelia se derretía en sus brazos cuando estaban juntos? Oh si, otra cualidad de ella, una gran actriz, en público actuaba como si nada pasara entre ellos mas que una buena amistad, pero en la intimidad de su habitación se desinhibía ante él gozando de su propio placer. Agitó la cabeza queriendo olvidar sus encuentros, el contrato con los Evans estaba hecho, Theodore era un hombre respetable y honesto, no entendía como su única hija se comportaba tan egoísta. Estaba muy seguro que él no tenia idea de las andanzas de Amelia.

Desdobló la hoja blanca que ya contaba con varias arrugas en los bordes.

"Me casaré con William, eres libre Archie, adiós"

Esas palabras le perforaron como dagas el corazón, una maldita escueta nota escrita sin emoción. Una marioneta, eso siempre será él para la inalcanzable Amelia Marie Evans.

Marie, una noche se lo soltó a quemarropa, también le confesó ser el único (aparte de sus padres y una nana que tuvo) en saber su otro nombre, un nombre que a ella nunca le gustó por ser sencillo y sin gracia, pero que a él le encantaba.

Se burló de si mismo, arrugó el papel y lo arrojó al suelo. Se frotó el tabique de la nariz meditando si sería prudente contarle toda la verdad al padre de Amelia. Ya no podía cargar con la culpa por haber traicionado la confianza tanto de su tío Albert como de Theodore. El hombre inglés también iba a bordo en el transatlántico, la verdad no tenía ni idea de como abordarlo. Tomó el café ya frío que el servicio le ofreció hace horas, le supo amargo igual que la amargura que sentía por dentro. Esa noche, en la soledad de su camarote no pudo conciliar el sueño.


Cubierta por un fina bata, Amelia se contemplaba en el gran espejo de su habitación, totalmente hipnotizada por su hermoso reflejo, rozaba con sus dedos la blanca piel de su mejilla, de su cuello y el inicio de sus senos, de que le servía tanta beldad si William ni siquiera, en ningún momento suspiró por ella. Nunca. Los abrazos, las salidas, los besos vacíos carentes de deseo solo fueron una fachada para mantener satisfechos a sus padres y a la tía de su prometido. En parte, ella tuvo la culpa por no hablar claro y con la verdad, pero fue mas grande su deseo de sentirse importante, de codearse con la crema y nata de la sociedad, y aunque ella fuera tan rica como ellos, así le era mas fácil tener en la mira a su siguiente amante. No es que haya estado con varios hombres, solo tres incluyendo a Archie nunca le fueron indiferentes, el único Andrew por el cual suspiraba nunca fue suficiente. Quería mas. Convertirse en la distinguida señora Andrew solo era un título que la ayudaría a heredar todo lo que aquella familia poseía.

Su respiración se volvió agitada, demasiado tarde se dio cuenta que no actuó a tiempo. William la rechazó, desapareció, la boda no se llevaría a cabo como se planeó ... ¿Eso era bueno o malo? No lo sabía, pero lo que si sabía es que no pasaría por alto el desprecio de William. Y encima esa enfermera no le generaba ninguna pizca de empatía, la aborrecía sin conocerla.

La doncella de Amelia emergió del armario con un bello vestido, hoy saldría con su madre a comer luego que regresara de hacer una diligencia. No le dijo a donde iba, pero no importaba, necesitaba un descanso, distraerse y olvidarse un momento de Elroy y de William Andrew. Le ordenó a su doncella apresurarse, justo la joven disponía a quitarle la bata, la madre de Amelia, la señora Madeleine hizo acto de presencia.

– Por favor, Ruth, déjanos solas – le indicó sin despegar la mirada de su hija.

La joven mucama hizo una leve reverencia y salió aprisa.

Amelia se mantuvo al margen, el cabello lo traía medio húmedo y estaba empezando a sentir frio, esperaba no tardara demasiado. Lo que no se esperó fue la fuerte bofetada que le propinó.

– ¡Madre! – se quejó cubriendo rápidamente su mejilla.

– ¿Cómo pudiste? – le recriminó furiosa y decepcionada.

– ¿De qué hablas?

– Amelia, ya no eres una chiquilla, ni una adolescente, deja de hacerte la que no sabes nada.

– ¿Fue la señora Elroy? – preguntó sin escapatoria. Maldita anciana.

– ¿Quién mas? Me lo dijo todo ¿Por qué, hija? Yo no te eduqué así, ni tu padre.

Amelia todavía con el ardor en la mejilla la confrontó.

– No lo sé. No sé porque me siento importante, deseada cuando los hombres ponen sus ojos en mi y me miran con lujuria – Amelia ignoró la expresión de horror en el rostro de su progenitora – ¿Qué creían? Pensé que me casarían con un viejo decrépito.

– Eso no te daba el derecho de meterte en la cama de otros hombres, ese comportamiento tuyo es de una mujerzuela.

– ¿Por qué no me dijeron antes que William no era un anciano?

Y si te lo decíamos ¿En que cambiaría las cosas? Ya ves, aun así osaste acostarte con su sobrino, por dios, Amelia, teniendo a un caballero como William a tu lado, apuesto, un poderoso hombre millonario.

– Un invalido sin memoria, madre, un moribundo a quien yo no amo... Encima lo tendría que cuidar – se burló.

– Que clase de hija crié – susurró incrédula – No se como pude permitir que te alejaras de él cuando mas necesitaba de ti con la excusa de que no podías verlo en ese estado por el bien de tu salud mental. En parte tuvimos la culpa por consentirte todo, ahora lo veo, eres una oportunista, te enteras que William se ha recuperado y lo buscas para tener... para tener sexo ¿Verdad? Eso es todo lo que te importa.

– Por favor, madre.

Amelia miró hacia un lado cruzando los brazos sobre su pecho.

– ¿Ahora te avergüenzas por tus acciones?

– Es el colmo ¿No me puedo permitir divertirme y pasar un momento íntimo con mi prometido? Es mi derecho.

Madeleine volvió a abofetearla, ese no era el comportamiento de una dama.

– Eres una cínica, cuando te conviene es tu prometido ¿Te acordaste del compromiso al liarte con su sobrino? ¿Por eso pasaban tanto tiempo juntos? ¡¿En qué estabas pensando?! ¡Pudiste quedar embarazada! Da gracias de no estarlo, sino Elroy...

La señora Evans calló recordando lo que le dijo la matriarca Andrew.

– Tu lo dijiste, no soy una niña ni una tonta jovencita, se cuidarme madre, tomo las debidas precauciones.

– Cuando se entere tu padre... – Madeleine su cubrió la boca tratando de no llorar o desmayarse, contó hasta tres, se serenó y continuó – He sido clara y he hablado con Elroy, no te casarás con William.

– ¡¿Qué?! ¿Qué te dijo? Ella está empecinada en que debo hacerlo.

– Te dije desde un principio que tuvieras cuidado con esa mujer, nunca me generó confianza cuando acordaron el compromiso, pero tu padre siempre tiene la última palabra. Hablaré con él, no importa lo que haga, debemos romper todo lazo con esa familia.

– Pero...

– No hay peros, Amelia, mira lo que has provocado con tu desliz, solo piensas en ti sin medir en las consecuencias, pero ya no toleraré mas, ya debes comportarte como es debido, como una dama de sociedad respetable. Vístete – le ordenó fríamente – Contraerás un resfriado sino te apuras, y ni se te ocurra llamar a Ruth, hazlo sola, querida, sabes cuidarte tu misma ¿Oh no?... Te espero en el salón.

Amelia no tuvo opción mas que obedecer no sin antes arrojar con furia el cepillo al tocador, deslizarse en el suelo y derramar lágrimas de impotencia, furia, dolor y vergüenza.

Por otro lado, en la mansión Andrew de Chicago, Elroy se frotaba las sienes en una clara muestra de molestia, la conversación que sostuvo con la madre de Amelia no fue muy beneficiosa aun con todas las advertencias que le citó ¿Quién se creía? Todo por culpa de la indecente de su hija, vaya furcia resultó ser. También es culpa del maleducado y malagradecido de su sobrino, en lugar de dar la cara se desaparece así como así, pero ya verá cuando regrese, la va a escuchar, y ni se diga de Archibald, esos dos si continúan con ese comportamiento salvaje, a la larga pronto le provocarán un soponcio.

– ¿Desea algo mas, madame?

– Dile a toda la servidumbre y a quien quiera que me busque que no quiero ser molestada ¿Entendiste, niña? – contestó toscamente a la empleada, ella asintió – Retírate.

La anciana mujer se mantuvo quieta dentro de su recamara por varios minutos luego que la sirvienta se retiró, su jaqueca disminuyó gracias a la agradable y agridulce infusión que mando pedir.

"Por qué, William", siguió con su monologo mental, no podía dejar de pensar en todo el plan de casar a su sobrino no le resultó como ella esperaba ¿La edad le estaba afectando? Tampoco se consideraba tan vieja. "Santo cielo, de haber actuado a tiempo esto no habría ocurrido" pensó recriminándose su terrible falta ¿Qué no entendían que lo único que deseaba era la estabilidad de su familia y que la nueva generación Andrew lleve en alto el apellido?

Se incorporó del sofá yendo hacia la cómoda donde reposaban algunos porta retratos. Agarró uno de ellos contemplando la imagen con añoranza; su hermana Janet, su hermano William y su yo mas joven de diecisiete años posaban serios frente al extraño artefacto fotográfico junto a sus padres. Recordaba a su madre, una dama severa, inteligente y muy bien educada, a su padre, un lord escoces, serio y estricto, él le enseñó mucho sobre los orígenes de la familia.

No podía permitir que el trabajo arduo de su padre así como de sus antepasados se fuera al caño por el capricho de William ¿En que falló como matriarca para que las cosas se le salieran de control? Dejó el marcó en su sitio contemplando el siguiente, otra generación Andrew inmortalizaba la fotografía; un infante William de unos tres años, Rosemary y Janis mostraban una gran sonrisa, por muy estricta que pareciera con sus queridos sobrinos los amaba en demasía ¿Cómo no? Que decir de sus sobrinos nietos, ellos son su adoración; Anthony ya un hombre casado y de bien, Stear comprometido con una joven inglesa de buena cuna, y Archie, oh su elegante muchacho Archie, él y William se mostraron reacios en cuanto al matrimonio, les dio su tiempo sobretodo a William y ¿Qué fue lo que sucedió?... Dio un largo suspiro entristecido, pensando que no presenciaría a otra generación Andrew crecer, solo al pequeño Richard, y tal vez si dios lo quiere, en unos años a la descendencia de Stear.

Escuchó un leve toque en la puerta, esa muchacha ¿Qué no fue bien clara en sus instrucciones? Ignoró los golpes que poco a poco se volvieron insistentes.

– ¿Quién es y qué quiere? – su voz resonó muy molesta.

– Soy Rosemary, tía. Necesito hablar con usted.

Silencio, se lo pensó mucho antes de contestar.

– Adelante – respondió un poco mas suave dejando a un lado las fotografías, solo para ver a través del espejo ovalado el reflejo de Rosemary adentrarse a la habitación, su querida sobrina le debía muchas explicaciones, aunque, por una vez en su vida, solo quería tener un minuto de paz.


Mientras las cosas se arreglaban en Chicago, dos rubios pasean montando a caballo muy cerca del hogar de Pony, las siluetas de ambos se divisan entre los árboles y las risas llenas de satisfacción y diversión resuenan en cada espacio del bosque. Saliendo a campo abierto, las grandes praderas y las planicies verdes contrastan con el azul del cielo, el viento acariciaba la piel blanca y sonrosada de sus rostros y mientras el potro trota bajo el cálido sol, Albert y Candy disfrutan la compañía del otro. Sabían que tenían que dar la cara en algún momento, pero mientras George y Rosemary se ocupaban de ciertos detalles, ellos disfrutarían un tiempo lejos de la artimañas de Elroy.

– Este es un buen lugar para comer ¿Qué te parece?

– Me parece perfecto – dijo Candy observando los alrededores.

Albert ayudó a Candy a bajar del caballo tomándose su tiempo en estirar las piernas y caminar un corto tramo. Juntos se dispusieron a preparar su picnic, colocaron el mantel y algunos aperitivos que Candy estaba dispuesta a saborear.

– Es un hermoso y tranquilo lugar – dijo el rubio respirando el aire puro – Me recuerda a Lakewood.

– Me lo supuse, es difícil olvidar tan bello y mágico paraje... – Candy miró a lo lejos señalando un punto en especifico – Mas allá está el hogar de Pony, fue mi hogar durante mi niñez y parte de mi adolescencia ¿Ya te he dicho que fui una niña muy... bulliciosa? No paraba de hablar ni de cometer una que otra travesura. Si supieras cada cosa que se me ocurría.

Albert cerró los ojos imaginando a una traviesa y pequeña Candy.

– Te puedo ver corriendo descalza en la pradera siguiendo a unos patitos, tus simpáticas coletas se agitan graciosamente por el movimiento, llevas puesto un vestido blanco y tu delantal rojo está un poco sucio. Creo que la hna. María te regañó luego de descubrir tu travesura; amarrar a esos patos bebés con su mamá para que no se perdieran.

– Ja ja ja ja ja lo hice con toda la buena intención ¿eh? – Candy le guiñó el ojo – Perdona, te lo he contado varias veces, seguramente has de estar cansado de mis historias.

– Para nada, amor. Así puedo darme una idea del como eras cuando niña.

Albert nunca se cansaría de escucharla, le fascinaba oír su voz relatando una y otra vez las aventuras de su infancia.

– ¿Sabes? Siempre pensé que nunca iba a dejar el hogar donde crecí, mi querido hogar de Pony, era mi deseo quedarme para siempre, ayudar fervientemente a la señorita Pony y a la hermana María para dedicarme al cuidado de tantos niños.

– ¿Qué te hizo cambiar de opinión? – preguntó atento jugando con el minúsculo tallo de una manzana.

– Fue una noche de invierno, recuerdo la tormenta que azotó ese día, el señor Cartwrigth un hombre de edad avanzada a quien estimo mucho, enfermó de gravedad. Yo era una chiquilla de dieciséis años, tenía cierto conocimiento en curaciones, los niños a veces se torcían un brazo o ardían en fiebre, pero por primera vez siendo testigo del pobre hombre sucumbir ante la enfermedad, me sentí una inútil al no poder hacer nada mas que cambiarle los paños. Pensé lo peor y no quería que por mi ignorancia muriera, afortunadamente su doctor llegó a tiempo y pudo salvarlo, desde ese día cambió mi perspectiva de lo que en verdad quería ser en la vida, se lo conté a mis madres, siempre lo han sido porque son lo mas cercano a una. Ellas me apoyaron y decidí irme a estudiar enfermería en Milwaukee, mi amor por esa noble profesión fue creciendo cada día, no fue fácil, tuve muchos retos y malos ratos, pero también obtuve un gran aprendizaje así como buenas experiencias.

A Albert se le hinchó el pecho de orgullo sintiéndose aun mas atraído de su dulce Candy.

– Eres constante, valiente y decidida... son tantas cualidades que admiro y amo de ti. No es por presumir, pero tengo la dicha de tener a mi propia enfermera personal.

– Oh Albert, me haces sonrojar.

Candy colocó sus manos en sus mejillas calientes y coloradas. Albert no dejaba de verla con infinito amor.

– Me siento muy afortunado de haberme enamorado de una gran mujer.

Candy se acercó a su novio y lo besó suavemente, tiempo atrás nunca se hubiera imaginado estar de novia y muy enamorada del hombre que mas de una vez trató de evitar a toda costa. Cuando se separó lo miró a los ojos, esos ojos azules que en un principio desprendieron tristeza y dolor, ahora se mostraban diferentes, el cielo puro en su mirada destella un nuevo brillo, el brillo del amor y la esperanza.

– Te amo, Albert – habló quedamente acariciando su mejilla – No se como ni en que momento lo supe, pero te amo... Te amo tanto.

– Yo también te amo, princesa – extasiado, esta vez Albert no le dio tiempo de siquiera pestañear, inmediatamente tomó sus labios saboreando lentamente su boca y guardando en su memoria su sabor. Rompió el beso con la respiración agitada y con la frente pegada a la de ella – Candy, no puedo seguir negando lo que anhelo, daría toda mi fortuna hasta quedarme sin un centavo con tal de estar contigo. No vengo preparado ni siquiera tengo un anillo... Candy yo... Tu... ¿Me harías el honor de ser mi esposa?

Con los ojos llorosos y los labios temblorosos, Candy a duras penas logró articular palabra.

– Albert... Es... Es lo que mas quiero en el mundo.

Le echó los brazos al cuello, nuevamente ambos se fundieron en un beso, un poderoso beso bajo la sombra de un gran roble, las palabras sobraron, se olvidaron de comer y se dejaron llevar por el placer...

Bien dicen que no hay que dejar para mañana lo que puedes hacer hoy. Vida solo hay una y nunca se sabe cuando se podría apagar.

Los rubios conversan sobre su futuro mientras contemplan los hermosos tonos del atardecer, Albert dirige las riendas con una mano y la otra se mantiene en la cintura de Candy, quien apoyada sobre su pecho, puede percibir el constante y rítmico latido de su corazón. Ambos se deleitan del suave vaivén del corcel, sus cuerpos tan juntos rozándose por el movimiento les recuerda su pequeño encuentro. Sonríen joviales. Una parvada de aves vuela sobre el horizonte. Aves. Fue precisamente el revoloteo de un pájaro que los sacó de su ensoñación, ellos probablemente hubieran terminado haciendo el amor al aire libre de no ser por la bendita ave. Sus pensamientos en ese preciso momento no estaban alejados de la realidad, entregarse en cuerpo y alma es lo que mas anhelaban.

– ¿En un mes? – Albert habló con la voz ronca, el deseo era palpable.

– ¿La boda?

– ¿Te parece apresurado?

– En lo absoluto.

Él besó sus rizos, ella enseguida alzó su cabeza para alcanzar sus labios y besarlo, la conexión es innegable, el deseo burbujeaba como torrente dentro de ellos, suspirando llegar a conocerse profunda e íntimamente. Siguieron su camino cabalgando mas rápido con la mirada hacia el frente y sus corazones latiendo desbocados.

Un par de venados salió de la nada corriendo casi a la par con ellos, un disparo se oyó de repente, el caballo relinchó asustado, los pájaros tomaron vuelo escapando lejos de las copas de los árboles. El ruido fue ensordecedor, luego vino una quietud escalofriante, Candy asustada por una leve presión en la cintura se volvió hacia el rubio.

– ¿Albert estás bien? – rompió el silencio.

Su rostro preocupado se convirtió en uno de horror cuando vio a Albert desvanecerse y caer al césped como muñeco de trapo.

– ¡Albert!

Bajó del caballo en su auxilio, el viento sopló fuerte, petrificada, Candy no supo que hacer mas que observar asustada a su novio yacer tirado inmóvil en el pasto.

Continuará...


No diré nada mas que contestar y agradecer sus comentarios.

MariaGpe22: No se si apropósito escribiste Amalia jajajajaja, me pareció muy gracioso. No te preocupes por Archie, ya va en camino dispuesto a terminar ese absurdo romance, pero ¿Realmente lo hará? El hombre si se enamoró de ella o eso quiero pensar jejeje, si, soy mala con él... Sin duda Amelia no tiene vergüenza y Elroy es una bruja que controla todo, ya veremos que acontece con esas dos. Es lo que quise retratar con Candy, un aplauso a la antigua suegra por aconsejarla. Muchas gracias a ti por leer y comentar, espero te guste este capítulo. Saludos.

Kecs: Si no es que ya está sucediendo, Elroy ha tenido pequeños detallitos que no ha sabido controlar, así que puede que tambaleé, quien sabe. Albert no se opuso en un principio porque pensó que su vida tenía que ser así como dicta la sociedad, si, ama la naturaleza e hizo cosas que lo mantuvieron cuerdo en esa jaula de cristal, pero nunca tuvo un motivo para no dejarse manipular, nunca conoció a Candy, su hermana no murió. Hasta que perdió la memoria y encontró el amor digamos que "despertó". Gracias a ti por leer, espero te guste el capítulo, saludos.

Carol Aragon: Se han ido, no tan lejos, pero por el momento Elroy no los molestará.

Ana C Bustincio Grefa: No se fugaron, pero si estarán escondidos un buen rato, bueno hasta que todo se aclare.

Candice 205: Ya era tiempo ¿Verdad? No se fugaron, pero si estarán escondidos un buen rato.

Mercedes: Mmmm, interesante tu comentario, lo pensaré.

Elizabeth: Falta poco para que recupere la memoria y no, no es como piensas, por eso Candy le confesó todo ;)

chidamami: Sudé escribiendo esa escena entre la suegra y Candy, de alguna manera Candy tenía que reaccionar y no vivir mas en el pasado. No lo dudes, la tía mete sus narices donde no la llaman, por fortuna los rubios se han ido, gracias a Rosemary, y Elroy pues los dejará en paz un rato. En cuanto a Archie, ya veremos. Muchas gracias por tus palabras y por seguir leyendo este fic, espero te guste este capítulo. Saludos.

Guiselle: Tomando en cuenta el sufrimiento de los rubios, no me atreví a escribir una historia donde Anthony y Rosemary estén muertos. Lo de Michael simplemente se me ocurrió al ver la imagen de ellos en la torre, así nació este fic. No sufras, aquí está el nuevo capítulo.

Sincity12345: Tus plegarias se han cumplido, están juntos y eso es lo importante, hasta estrellitas veo por lo que pasará entre ellos, shhhhh, mejor no digo mas. Mil gracias por la paciencia y seguir este fic, leer y comentar, lo aprecio mucho. Aunque no lo parezca, sus comentarios me ayudan un buen en seguir esta historia, incluso me dan ideas. Espero te guste este capítulo, saludos.

Un abrazo desde la distancia.