FELINETTE NOVEMBER

- 2023 -


"Siempre fuiste tú"


Capitulo 8: Oscuridad.

La primera noche que la tuvo entre sus brazos, fue casi sin quererlo.

De hecho, ni siquiera lo esperó.

Sólo tenía que estar ahí, y pasar desapercibido. Estar callado, sin hablar. Fingir que estaba enfermo y que por eso no decía nada, actuar como si le doliera la garganta. Había alborotado un poco su pelo, y había cambiado su dramático atuendo de todos los días en uno más informal y juvenil.

Marinette se rio al verlo llegar así, de esa manera.

- No puede ser. - masculló ella, entre carcajada y carcajada.

Félix Fathom sólo había aceptado aquel intercambio de identidades a súplicas de su primo. Y un poco gracias a Marinette.

Habitualmente él, no hacía favores. Sin embargo, no dudó ni un segundo cuando Marinette juntó sus manos sobre su pecho como si estuviera rezando, y lo miró con sus ojitos azules al borde del llanto.

- Acompáñame a la fiesta, por favor. - dijo eso unos días antes.

Ella podía haber ido sola. Simplemente podría haberse puesto guapa, con un poco de maquillaje, algún vestido bonito y juvenil, y se hubiera plantado ahí, sin su novio. No era necesario ir con ella.

- Invitaron a Adrien, yo voy como su acompañante. Sólo que él, ya sabes, su padre, Adrien no puede ir. Así que tú irás conmigo. - explicó ella, un poco después de su insólito pedido.

Y una mierda, él pensó decirle. Pero Marinette hurgaba en su penumbra, para atraerlo a la luz. Si lo veía en la mansión, iba directo hacia él, a preguntarle que qué tal su día, que si estaba bien, que si le gustaba París. Muchas veces, él rebuznaba y seguía su camino, lejos de ella:

"Marinette reía e iba detrás de él, saltando en un pie, criticando su vestuario, insistiéndole en cambiar de atuendo. Ella podría asesorarle. Le escondía los libros que leía con ferocidad, diciéndole que había que salir, que podía acompañarlos al cine o tan sólo a ir con ellos, a respirar aire fresco. Félix Fathom la observaba como un si fuera un bicho extraño, recorriéndola desde la punta de los pies, hasta la altura de su cabeza. Comprobaba lo grácil que eran sus piernas, lo torneadas de sus caderas y lo delicadamente elegante que era su pecho.

- No saldré contigo nunca, Marinette. Menos si va él. -

Ella volvía a reír. Él no paraba de dejar de pensar en ella, en su risa, en su aliento, en su insoportable alegría, en su persistente necesidad de ir colgada del brazo de Adrien. Marinette era una enfermedad, un cáncer, algo que le quitaba las fuerzas, para llenarlo de energía cada vez que la veía.

Con el tiempo, fue él quien le abría la puerta de la mansión cada vez que ella visitaba a su novio. La hacía esperar en el vestíbulo y conversaban por unos buenos minutos. Luego recordaba que todavía no le había avisado a Adrien que ella estaba ahí. Marinette volvía a reír. Su alegre voz y su melodiosa risa pintaban la adusta mansión Agreste con toda una paleta de colores pastel.

Muchas veces, cuando Adrien aparecía, ella ya había cambiado de planes. Ya no quería ir al cine, sino quedarse a escuchar el resumen de un libro que Félix había leído. Ya no quería pasear por el Sena, comiéndole la boca a su novio, sino que quería hacerle probar a Félix su nueva receta de tortitas.

Adrien los observaba de lejos, mientras estudiada el primer año de su carrera en la Universidad. Gabriel Agreste lo supervisaba estrechamente, dudando permanentemente de la capacidad de su único hijo para dirigir sus empresas."

En medio de su oscuridad, Marinette era un pequeño rayo de luz que se colaba en su desesperación. Era ella quien lo sacaba de ese zulo inconmensurable, oscuro y tétrico, donde había decidido refugiarse en su juventud. Félix Fathom se había encerrado en sí mismo. Tal vez fuera por la muerte de su padre, o por las malditas hormonas, o simplemente porque era británico y a todos los británicos la vida a las 18 años les sabe mal, probablemente fuera una consecuencia directa de beber el té sin azúcar.

A Félix, le gustaba su tono relajado al hablar y el leve tartamudeo que tenía ella cada vez que conversaba con alguien. Y también le gustaba su intrínseca torpeza. Su ingenuidad. La alegría que irradiaba de ella. Dulce y cariñosa. Sonriente y divertida.

Ella era todo lo que él no era.

Y ahora, él se había doblegado. Le dijo Marinette que, en esa fiesta, se presentaría Kitty Section, una banda de rock conformada por sus amigos de Instituto. Un ex-novio de ella era el cantante y algunas de sus mejores amigas, eran coristas.

Adrien le había prometido asistir juntos a esa fiesta. Pero unos días antes, él llamó a Marinette y le comunicó que su padre, Gabriel Agreste, le mandaba de viaje a Japón a entrevistarse con las Tsurugi. Le pidió perdón por no acompañarla, y colgó el teléfono. Marinette, no se enfadó. No era la primera vez que no podían salir juntos. Él siempre tenía algo que hacer. Pero ese día, ella se hartó de plantar cara frente a sus amigos, de ser siempre la novia solitaria. La mujer abandonada. La que parecía no ser amada.

Apenas llegó, Félix saludó sonriente a cada uno de los amigos de Marinette. Estrechó manos, dio palmaditas en los hombros. Metido totalmente en la representación de su papel. Marinette se encargó de decir que tenía una infección en la garganta y que no podía hablar.

-Lo lamentamos, Adrien - le dijo Alya Cesaire. - Lo bueno es que por fin te has dejado a Félix en la mansión. -

Marinette dio un respingo. Félix elevó una ceja. Nino rompió el momento incómodo, partiéndose de risa por el comentario mordaz. Sería una larga noche. El grupo de rock fue un éxito entre los asistentes, y el alcohol también. A mitad de la madrugada, Nino debió arrastrar a Alya de vuelta a casa, prácticamente colgándosela al hombro.

Marinette, en cambio, podía caminar, aunque necesitaba bastante ayuda para apoyar los pies uno delante de otro. La calle estaba desierta e iban rumbo al aparcamiento donde habían dejado la moto de él.

Ninguno de los dos distinguió el momento preciso en el que debían dejar de fingir que eran novios.

Era sumamente cómodo, ir con las manos entrelazadas, pegados sus cuerpos uno al otro. Marinette trastabilló varias veces, antes que Félix se rindiera y la abrazara por la cintura manteniendo la deambulación.

Hacía frío, y ambos, juntos, estaban muy calientitos.

La línea de lo inapropiado se difuminaba, conforme el cansancio aparecía y la noche avanzaba. Nadie los veía. No había personas a su alrededor. Las calles estaban vacías porque ya era muy tarde. Félix hacía horas que había arreglado su cabello, o al menos, lo había intentado, luciendo cada vez menos despeinado.

- Sujétate de mí, Marinette. - habló él, por fin, después de tantas horas. Justo cuando estaban a unos pasos de llegar a la moto.

Marinette lo contempló en la cercanía, algo mareada y confusa, lo vio distinto, como nunca antes lo había visto, con su chaqueta de piel, sus pantalones vaqueros, su atuendo de motorista urbano. Ella nunca había montado en una moto. Y esa noche, Félix había insistido en llevarla así a la fiesta. Y estaba bien al inicio. Pero ahora de madrugada y apabullados por el frío y ella por el alcohol, le parecía que subirse a ese vehículo podía ser peligroso.

Ella no supo que el verdadero peligro no era la motocicleta en sí.

Sino que el peligro era él.

Se obligó a deshacer su abrazo y retrocedió, respirando hondo. Todavía la cabeza le daba vueltas. Él no supo porque ella hizo eso. ¿Por qué rompió el contacto, por se alejó?. Marinette se abrazó a sí misma, temblando de frío y de miedo. Un torbellino de ideas, de sentimientos, todo se batió y se revolvió en su corazón.

Sin que Marinette se lo pidiera, él se retiró la chaqueta y se la puso sobre los hombros.

Su prenda sobre sus hombros, olía bien. Se sentía bien. Estar así, arropada por él, pegada a él, caminando con él. Todo estaba bien. Él. Él. Él. No había rastros de incomodidad o fastidio. Era como si ella debería estar ahí, a su lado, en su compañía, siempre que pudiese. Le dio terror aquel tremendo descubrimiento. Aquella necesidad. Y eso, la llenó de pavor.

Por eso retrocedió.

Ella no podía sentir eso.

No era amor, claro. ¿No?

¿Pero entonces qué?

Marinette cerró los ojos, jugándose el pellejo.

- Félix, dime "Buenas noches, Marinette". - le rogó en la distancia, inexplicablemente.

Félix ladeó su cabeza, dudando.

Esa noche, no había luna ni estrellas. Tan sólo estaban los dos en las afueras de un aparcamiento, al final de un concierto de música. Soplaba el viento frío, algún coche transitaba por las calles. Y él, de todas las mujeres del mundo, no podía dejar de mirar a la novia de su primo.

Era un infierno. Un infierno tan dulce y ameno, juvenil y sincero.

- Buenas noches, Marinette. -

Complacida, ella rio, todavía con los ojos cerrados. Asintió, todavía riéndose. Entrelazó sus dedos y se permitió decir algo que siempre quiso decir.

- Tú y él son tan distintos. Puedo reconocerlos así, sin verlos. No sé cómo hoy hemos logrado confundirlos. No sé cómo ellos no se han dado cuenta...sí, me encanta tu voz...ahora, por favor di ahora, "te quiero, Marinette". -

Félix lanzó una mirada al cielo, y se obligó a guardar sus manos en los bolsillos de su pantalón, para resguardarse él del frío y de la expectación. Inexplicablemente, su corazón se aceleró. Y un pequeño pinchazo fue sentido en su pecho. Quiso negarse, Marinette había estado demasiado alegre y probablemente, si un policía la hiciera soplar su alcoholímetro, ella daría positivo.

- Por favor, dilo. - ella le susurró en la distancia, cerrando aún más los ojos. -

Fue un ataque de improviso. El amor era un ataque de improviso. Un asalto a mano armada. Los pilló a ambos, con la guardia baja.

Hay un momento en nuestras vidas, donde todo cambia. Un eclipse en el cielo. Un temblor en la tierra. Una ola alta en el mar. La mejor nota de la clase. El mejor trabajo de nuestras vidas. Marinette no reconoció el error, o la equivocación en su pedido. Le pareció inocente y divertido. Necesitaba con urgencia, cariño. Había extrañado su voz toda esa noche, cuando ellos estaban acostumbrados a oírse, el uno al otro.

Pero, si habían estado fingiendo esa noche, fingiendo ser novios, ¿Qué más les daba fingir un poco más?

E increíblemente, en ese momento, ambos pensaron lo mismo: -¿Qué puedo perder? Si solo será un momento. -

- A qué sabrán sus labios. - pensó ella.

- Qué tan suave será su piel. - pensó él.

Félix respiró profundo, apretó sus puños. Los metros entre ellos eran su única barrera, el último trazo de la línea fronteriza, de la línea del no retorno. El límite del amor, de la amistad, el nacimiento de un sentimiento confuso y nebuloso, una emoción que se hinchaba como un globo pero que explotaría un día, irremediablemente.

Él cogió el casco extra que había traído para ella y se lo puso en la cabeza. Le bajó el visor y acarició sus hombros.

- Te quiero, Marinette. - Un susurro candente y estrepitoso, directo. Una petición cumplida aún a costa de cargarse el presente, o de ganar el futuro.

Marinette se abrazó un poco más, a pesar de tener ya menos frío.

- Yo también te quiero a tí, Félix. -

Tal vez no era cierto. Podría deberse al alcohol. O quizá fuera la noche, lo hermosa y emocionante que había sido, la fantástica fiesta. La música, el baile. La moto. París. El cielo. Su chaqueta. Su pelo.

Félix suspiró y creó su propio Muro de Berlín en esa calle francesa. Y supo que tenía que huir, que plantearse la retirada. Pensar un poco más. Dejar de sentir. Morir, vivir, amar, llorar.

- Volveré a Londres. - dijo, casi sin pensarlo. Marinette abrió la boca, atónita, sorprendida del cambio brusco de conversación. - Prometo escribirte seguido, avisarte si llegué bien. -

Ella asintió.

Ninguno de los dos dijo nada más.

Cuando se montaron ambos en la moto, y él la obligó a abrazarlo por la cintura para no caerse, Marinette apretó los ojos y se mordió los labios. Ahogó un grito de desesperación y vergüenza.

Hundió su rostro en su espalda.

Y en silencio, sin que él la viese, ella rompió a llorar.

Ya todo estaba perdido, y no había marcha atrás.

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Holis!

Este capítulo forma parte del siguiente también...sólo que lo he partido para distribuirlo mejor.

Y sí, estamos en el pasado.

Un fuerte abrazo

Lordthunder1000