FELINETTE NOVEMBER
- 2023 -
"Siempre fuiste tú"
Capitulo 11: Tropezar
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Louis Agreste estaba absolutamente seguro que esta vez no iba a decepcionar a Emma Fathom.
Se había levantado temprano, incluso antes que el despertador sonase, y fue derechito al aseo, a ducharse, frotarse los dientes hasta arrancarse las encías y arreglarse pulcramente.
Por fin, luego del estrepitoso desencuentro del día anterior, hoy iba a desayunar con Emma. En la cafetería del Congreso.
Se había aprendido incluso, lo que iba a pedirse él. Café con leche y un pain au chocolat. En su mente, había recreado cómo batiría el azúcar, como cortaría el pan. Recordó que debía usar una servilleta.
- Un café con leche y un pain au chocolat para mí, y para la señorita...no lo sé, Emma, ¿qué prefieres? ¿Leche? ¿tostadas? ¿Algún zumo de frutas? - Louis practicaba sus palabras, y repetía el diálogo que diría, frente al espejo de su baño, en tanto aprovechaba para afeitarse el rostro.
Era un piso pequeño, en una primera planta, moderno pero no lujoso. Se lo había pedido a su padre, cuando él le preguntó que qué quería de regalo por haber terminado su carrera. Louis hubiera querido decirle que sólo quería ir a cenar con ellos dos, su madre, su padre y él, pero esos sueños los desechó de inmediato, al ver que su madre no había asistido a su graduación. De hecho, Chloe Bourgeois se encontraba al otro lado del mundo, saliendo con su último novio. La tía Zoe en cambio, saltaba batiendo la mano al fondo del Auditorio y chifló y chifló cuando dijeron su nombre y él salió al estrado, a recibir su diploma.
Su padre estaba hablando al teléfono, mirando hacia otro lado. Eso también lo recordaba clarísimo.
Sin quererlo, Louis recordó la foto de Emma, cuando terminó el doctorado con un cum laude, tan magnifico que la publicaron en una revista de ciencia.
- Quizá yo no era tan bueno como ella. - pensó, sumamente triste. El brillo animado de sus dulces ojos verdes desapareció en un instante, y volvió a ser niño, volvió a estar solo. Pero ya era un hombre, esas cosas ya no le hacían daño. Tenía que olvidar y seguir.
- Hoy va a ser un buen día. - murmuró de nuevo, al espejo. - Me va a salir todo bien. Haré todo bien. No debo alzar la voz. No debo llevarla a sitios concurridos. -
Era un adulto suficiente.
Podía descongelar unas pechugas de pollo, tiraba la basura y era capaz de hacer café en una cafetera italiana. Con un poco de suerte, freía huevos y una vez, sólo una vez, intentó hacer un puré de patatas. Muy aparte de eso, era capaz de hacer ecuaciones matemáticas complejas, explicar el cómo se obtuvo el numero "pi" y demostraba, resolviendo logaritmos, que la teoría de cuerdas probablemente no era correcta.
Además podía plantarse frente a una pequeña clase de estudiantes universitarios hormonales, irritables y depresivos, varias veces por semana, con relativo éxito. Si persistía en la docencia, poco a poco se haría un nombre en la misma Universidad, y con el paso de los años, tendría una cátedra propia, doctorandos a su cargo y al final, sería el doctor Agreste, hijo de nadie, profesor de todos y, si cerraba sus ojos y dejaba su imaginación volar, podía ser también el esposo de Emma Fathom.
- ¡Basta! - se dijo cuando ya se imaginaba la casa que compraría para que vivieran juntos. - ¡Basta Louis! -
Era un matemático puro, no entendía muy bien cómo era posible que organizase tremenda fantasía sobre su vida. Su tía Zoe le decía que había heredado el sensible temperamento de su padre, y su profunda imaginación.
- No dejes que tus sueños te nublen la visión. - le dijo su tía Zoe unos días antes, cuando la llamó por vídeollamada para decirle que iba a conocer a una chica de la que llevaba enamorado un tiempo. - Aterriza un poco, Louis, porque la realidad, los hechos, al fin y al cabo son los que cuentan. No sólo te guíes del amor. -
Su tía siempre tenía una pequeña palabra amable con él. Intentaba enseñarle, en los escasos minutos que duraba su llamada telefónica, que está bien ser empático y tranquilo, pero que debía actuar para conseguir sus objetivos. Que estaba bien amar, y que para ser amado, debía trabajar en ello.
Hubiese querido preguntarle, si es que un hijo tiene que trabajar para ser querido por sus padres.
Pero tía Zoe no había tenido niños, ni se había casado, así que probablemente, no supiera esa respuesta.
Ella era tan buena con él. Y él no quería perder a su única tía. Le escribiría más tarde, para contarle que la chica que amaba era genial y preciosa, que era sumamente inteligente, y tranquila. Le quería decir, que Emma no lo interrumpía cuando hablaba, aunque no estuviese seguro si ella lo escuchaba. Quiso contarle sobre los bucles que ella tenía en el pelo, tan rebeldes, sobre sus cejas perfiladas, los labios delgados y su gesto elegante. Su sobria presencia. Louis estaba convencido que si Emma Fathom hubiese vivido en la Regencia británica, hace un par de siglos, con alta probabilidad hubiese sido una reina, o una duquesa.
Suspiró, mientras que la crema de afeitar se le escurría por el cuello.
- Café con leche. Pain au chocolat. Café con leche. Pain au chocolat. Café con leche. Pain au chocolat.-
Emma Fathom había dormido con el teléfono sin sonido, pero en modo vibración, bien colocado sobre su pecho, para así sentir cuando se activase el despertador. Se había quitado el antifaz y había recogido las cortinas, para que el sol también la ayudase a despertar.
Con todo eso, había logrado llegar sólo un par de minutos antes de la hora acordada.
Louis Agreste ya la estaba esperando.
Él tenía una piel reluciente, el cabello peinado todo hacia atrás y vestía muy formal, con zapatos brillantes, pantalón, camisa y chaqueta americana. Emma en cambio, se había puesto un vestido que no necesitaba planchar, de los que le hacía su madre, junto con unas medias largas negras. No encontró sus zapatos de tacón, así que se puso unas zapatillas de deporte que había traído para hacer turismo en París.
Emma lamentó su falta de buen vestir, a pesar que su madre fuese una diseñadora de modas. Emma era muy negligente con la moda, pero muy exigente con la ropa: le molestaba el perfume del detergente, y el tacto duro de las prendas recién planchadas. También odiaba notar las costuras sobre su piel, y aguantaba muy poco sobre unos tacones de más de 5 cm de alto.
Su madre siempre le decía que estaba bien, que Emma era una persona práctica.
Su padre coincidía con su madre, asintiendo en silencio.
Emma no pudo evitar pensar que, si Kagami Tsurugi fuese su madre, la vestiría siempre con quimonos y obis, además de colgarse cosas extrañas en la cabeza. Y esos zancos, dios. Emma respiró aliviada por el hecho que su padre no se hubiera casado con ella.
Cuando se acercaron a pedir su desayuno, Emma todavía pensaba en el hecho que su padre estaba comprometido con otra, mientras amaba a la distancia a su madre, Marinette. Uno en Londres, la otra en París. No. No en Londres.
- Yo voy a pedir un café con leche y un pain au chocolat, por favor. Y Emma...¿Qué vas a pedir? ¿Un zumo? ¿Café?...no recuerdo lo que me dijiste el otro día, sobre si deseabas el café descafeinado o con cafeína, leche entera de vaca o alguna leche vegana? o si...-
No, su padre no estaba en Londres.
Su padre debía haber estado en Japón.
Emma dejó de escuchar a Louis y rebuscó en su bolso, hasta encontrar las postales que su padre enviaba a su madre. Seleccionó la más antigua, y luego continuó hurgando hasta que encontró la carta que había leído ayer.
Entre esa carta y esa postal, había solo unas semanas de diferencia.
- "Eso quiere decir que mi padre le confesó sus sentimientos, y luego, se marchó lejos. ¡El Paso de Calais! ¡Al norte de Francia, lejos de París!. Para después viajar a Japón, desde ahí él siguió escribiendo tristes versos, pequeños poemas de amor, apuntados en la parte de atrás de estas postales" -
- Emma, ¿Te gusta el chocolate? Aunque ayer probaste nata, pero yo creo que esto... -
- "¿Qué hacía mi padre en Japón? Por lo pronto, conocer a Kagami Tsurugi y llevarse muy bien con ella" - Emma entrecerró su mirada, entendiendo por fin el significado del compromiso entre esa mujer y su padre. - "Continuaba amando a mamá, pero se comprometió con otra. Turbio. Indecente. Confuso. Desesperado." -
Mordió sus labios, pensativa.
No se dio cuenta que Louis ya se había rendido con ella, y ante su falta de respuesta había pedido lo mismo que él. Café con leche y una napolitana de chocolate.
A Emma no le gustaba el chocolate, pero eso Louis no lo recordaba.
Lo recordaría muy pronto, eso sí.
- "Y papá le pedía a mamá que dejara a su novio, ¡Mi madre con otro novio! Y queriendo a papá."- Emma abrió los ojos y separó un poco los labios, atónita. Poco a poco iba desenrollando la madeja. - "¿Acaso mamá no quería a papá? ¿Acaso amaba a otro?".
Amaba a otro, repitió en silencio, completamente trastornada.
Mientras tanto, Louis Agreste cogió una bandeja con ambos desayunos y trató de guiar, con éxito parcial, a la doctora Emma Fathom, quien estaba distraída con una carta y una postal en la mano. Louis veía cómo Emma intercalaba la mirada entre uno y otro, abriendo y cerrando los ojos, como si fuera un semáforo que cambiaba del rojo al verde.
Al sentarse, Emma se percató que el desayuno estaba enfrente suyo, su estómago rugió ante la bollería y el café. El hambre, en ese momento, fue más grande que su curiosidad. Así que sin pensarlo mucho, guardó la carta, la postal, agradeció a Louis con la mirada, mientras pinchaba un trocito de la napolitana y se lo metía en la boca.
Lo escupió de inmediato.
El trocito voló y le cayó a Louis en el rostro.
El trocito de pain au chocolat se deslizó, en parte, sobre sus labios, y Louis se preguntó si eso significaba un beso indirecto.
- Pudiese ser que sí. - pensó Louis. Dejó la servilleta quieta. No se limpiaría jamás esa parte de su rostro. Al menos, hasta que la besara. Porque iba hacerlo. Algún día. Hoy. Mañana. Dentro de un mes o un año. Pero la besaría.
Emma lo observaba, atónita, con la boca abierta. Como si no pudiera creer la grosería que acababa de hacer. Sin embargo, debía quitarse el mal sabor de boca. Ella trabajó arduamente frotándose la lengua con la servilleta, tal cual fuera un gato. Y por unos segundos, se olvidó de Louis. Cuando creyó estar limpia de todo rastro de chocolate, bastante tiempo después, vio que él todavía estaba inmóvil, congelado, como si no respirase. Desesperada, pensó que él sentía verdadero asco, y sin pensarlo más, Emma se lanzó a limpiarlo con su propia servilleta, ya usada.
- Un doble beso indirecto. - concluyó Louis. Se sentía en la gloria. Tenía a Emma a centímetros de él, pasándole la servilleta sucia con su saliva sobre los labios. Vio cómo le bailaron los rizos de su cabello, cómo fruncía el ceño. La enorme profundidad de sus ojos. Descubrió pecas sobre el puente de su nariz, y se preguntó, vaya si lo hizo, si es que Emma odiaba la protección solar, tanto como él.
- ¡Qué hermosas pecas tienes, Emma! - susurró Louis, Emma se detuvo al oírlo, se alejó un par de centímetros. - De hecho, creo que todo lo tuyo es hermoso. -
Ella no supo qué decir. Sabía que era hermosa. Su madre se lo decía todos los días, y su padre le llamaba "princesa", "cielo" y "cariño". Cada gato que tuvo la amaba, se encariñaban bastante pronto con ella. Su abuela, Amelie, le decía que descendían de la nobleza. De alguna reina lejana, tal vez. Quizá por eso ella fuera hermosa. Aunque tuviese ese cabello rebelde, esponjoso y difícil de peinar. Aunque las pecas que tuviese eran gracias a que su padre le quitaba la crema solar.
Se tocó los dientes, recordando que de niña, le obligaron a llevar ortodoncia y un aparato para corregir la mandíbula por años.
Movió los dedos de los pies, notando cuan largos eran.
Pero era hermosa. Sus padres se lo habían dicho. Cuando se veía al espejo, la imagen que se reflejaba era el de una joven rubia, con bucles desordenados, con labios delgados y dientes corregidos. Y tenía los pies, infinitamente largos.
Emma se estiró en su asiento, ruborizada. Dejó quieta la servilleta. Cogió el teléfono y empezó a escribir un largo mensaje, explicando lo que había pasado.
- No sólo me molesta el ruido/sino también algunas cosas más/el olor a tierra mojada, por ejemplo/ y la piel del melocotón/el chocolate/ y las semillas de las fresas/Lo siento por escupir.-
Louis suspiró, todavía preguntándose si su primer beso con ella fue con una servilleta. Apoyó su mentón en una mano y sonrió ampliamente.
- Me puedes escupir todas las veces que quieras, Emma, quiero decir, en plan, bueno...no en plan malo, no creas que me gusta que me escupan. Hay una tribu en África creo, que en vez de besarse se escupen, y dios, es todo tan raro. Pero yo no soy así, pero contigo sí, o sea...no, pero ...no pasa nada si me escupes de vez en cuando. En serio que no. -
Emma dejó de sonrojarse, para fruncir el ceño y elevar una ceja.
Louis Agreste era un chico amable, muy hablador y sumamente extraño. ¡Y eso que ella era la rara siempre!
Aquel penúltimo día del Congreso Mundial de Matemáticos terminó con ella huyendo de nuevo al habitáculo de la limpieza, Louis persiguiéndola por todo el pasillo, acompañándola hasta que su ansiedad pasase, para al final, cuando gran parte de la multitud ya se había retirado, y ella estuviera más tranquila, ser presentada ante algunos catedráticos de la Sorbona, todos conocidos de Louis.
Por suerte, y con Louis de intermediario, ella logró aceptar asistir a algunas charlas de la Universidad, ver sus laboratorios y conocer al alumnado. Muchos se ofrecieron, pero ella sonrió, negó y se colgó del brazo de Louis, señalándolo, diciendo claramente en silencio, que si iría a la Sorbona, sería con él.
Justo cuando ya iban a salir, y mientras estaban bajando las escaleras de la entrada principal, Emma se tropezó con un hombre y sus cascos canceladores de ruido volaron y cayeron a unos metros de ahí. El hombre le pidió disculpas por tropezar con ella. Emma se encogió de hombros, dio una pequeña y horizontal sonrisa, en tanto Louis trataba de reacomodar los cascos dañados.
El matemático al que ovacionaron el día anterior se les acercó justo cuando Louis logró repararlos, ajustando una varilla de longitud en el arco que mantenía unidos a los auriculares.
- ¿Emma Fathom? - susurró Max Kanté.
Era un hombre bajito, de piel oscura y cabello gris ensortijado, llevaba unas gafas de pasta y un atuendo formal. Emma lo recordaba de las revistas que leía. Él, dominaba un campo que Emma no y por eso, no había leído mucho sobre su tema.
Eso no impidió, que ella le sonriera como bien había aprendido, acompañandolo con un asentimiento de cabeza.
- Vaya. Te pareces mucho a tu padre. Soy Max Kanté, un gusto. -
Aquel señor, bastante famoso en el mundo matemático, era un hombre bastante ecuánime. No alzó la voz, ni apretó la mano de Emma muy fuerte cuando ella se la ofreció. Emma lo miraba a los ojos, descubriéndolos del color del café.
- Lo conocí hace mucho tiempo, teníamos amigos en común...oh, perdona, no me he presentado contigo, mi nombre es Max Kanté, director del Instituto Politécnico de París. -
Louis, por otra parte, sí que lo conocía a él. Su padre le había dicho que Max Kanté había ido al Instituto juntos, cuando eran jóvenes. Y ya desde ese entonces, él era todo un genio. Louis también lo admiraba, aunque no se hubieran encontrado nunca. Respondió de inmediato el saludo.
- Louis Agreste, profesor de prácticas de la Sorbona, señor, encantado de conocerle. -
Max Kanté asintió, un poco sorprendido y descolocado.
Louis Agreste, recordó Kanté, ese es el nombre del único hijo de Adrien.
La verdad era que él también se había distanciado de sus amigos de juventud, ya sea por trabajo, por las amistades o simplemente por la falta de tiempo. A pesar de eso, Adrien Agreste jamás había comentado que su hijo hubiese estudiado matemáticas o que fuese científico, ni mucho menos, profesor universitario. Recordó alguna reunión reciente con sus ex-compañeros, pero no logró encontrar nada. En cambio, de Emma Fathom sí sabía varias cosas.
¡Cómo no saberlo! se dijo a si mismo, ¡si ella es idéntica a Félix, es un prodigio en matemáticas y es, vaya que lo es, infinitamente peculiar!
Emma era un genio, vea por donde se vea.
Él ahora entendía un poco del pasado, la razón por la cual los Fathom decidieron marcharse de París.
- Vaya. - volvió a decir Max Kanté. - No sabía que ustedes dos se conocieran, esto debió ser algo como una reunión fam...-
- ¡Profesor Kanté!¡es tiempo de partir! - gritó una voz en la distancia. Emma se contrajo sobre sí, apretando los cascos recién arreglados sobre sus oídos. Louis se apresuró a presionar sus manos sobre las manos de Emma, aislándola aún más del ruido.
Es cierto, entonces, corroboró el profesor Kanté, al ver el dolor en el rostro de la muchacha, Emma Fathom es una persona especial.
Alya Cesaire se lo había dicho alguna vez, hace mucho tiempo: "Emma no es una niña normal, tiene algo, algo extraño. No te mira a los ojos, y llora demasiado, es casi imposible cogerla en brazos. No dice palabra alguna y no puede jugar con otros niños".
Marinette se marchó a Londres, un tiempo después que Alya le contase a él todo eso.
No, es evidente que no es normal.
Pero decirlo en voz alta, le pareció muy ofensivo por su parte. Emma era lo que era, y así había logrado destacar en el mundo. Max Kanté la vio adulta e independiente, funcional, acompañada de su primo. Si Emma no perdía el ritmo, en unos años sería una de las mejores en el mundo. Tan perspicaz y joven. Le quedaba muchísimo por descubrir e investigar. Él había escuchado su ponencia, en la distancia, aunque escuchar fue mucho decir. Pero asintió, maravillado, cuando Emma se puso a resolver aquellos logaritmos imposibles, en el vídeo que expuso. Y le pareció, entonces, que todo estaba bien. Ella era un éxito. No supo cómo, pero los Fathom lo habían logrado. Emma era la mejor. Kanté apuntó mentalmente que debía invitar a los muchachos a una de sus reuniones de ciencias, no podía perderlos de vista.
- Nos volveremos a ver, Agreste, Fathom -
Y agitando la mano, salió casi corriendo hacia la puerta, sus alumnos le esperaban en un coche para ir de cena a algún restaurante.
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GRACIAS POR LEER.
un fuerte abrazo
Lordthunder1000
Nota: si quereis preguntarme cosas, tambien estoy en wattpad y en instagram. La mesnajeria de fanfiction esta fatal, toda la pagina esta fatal.
