Hogar:

Nunca fue aceptada por sus padres, y eso ella lo sabía a la perfección, sino no la hubieran abandonado ¿o sí? Anna veía fantasmas y no es algo que ella haya buscado, pero ese don había nacido con ella y le parecía divertido puesto que los fantasmas que la perseguían eran los amigos que no podía hacer con sus demás niños ya que obviamente la trataban de loca, al igual que sus padres, y que estos últimos lo crean es lo que más le dolía.

Había pasado un año de su abandono y Anna se estaba acomodando su cabello en el espejo, y en él solo podía ver su reflejo y el del repugnante monstro que ella misma había creado y el cual le decía "madre" y ella odiaba eso, le parecía repugnante. En fin se estaba arreglando porque su mentora le iba a presentar al que iba a ser su ¿prometido dijo? No lo sabía pero bueno eran órdenes y tenía que cumplirlas.

Bajó y una vez que la vieja Asakura la llamó lo primero que encontró fue a un sonriente y algo desconcertado muchachito de su edad que al verla se sorprendió al igual que ella, ¿no era el chico con el que se había cruzado minutos antes en el mercado? Pensaba pero al verlo que le largo una encantadora sonrisa que le provocó que su frágil corazón saltara por primera vez en su vida, todo pensamiento lógico había desaparecido, creándose a su alrededor un aura muy cálida.

Anna nunca tuvo un hogar, ni siquiera el lugar donde estaba ahora lo consideraba un verdadero hogar, pero esa sonrisa de ese extraño muchachito, le dio esa calidez hogareña que nunca antes había sentido.