Llevaba un par de semanas en el apartamento, procurando entretenerse con cualquier cosa que encontrara en el lugar. Al segundo día ya podía manejar el televisor sin derribar las paredes con el ruido y ya le tenía la medida al calentador de la ducha. Todavía se rehusaba a utilizar los fósforos y encendía la estufa con la varita, al mejor estilo de Molly Weasley.

Esa noche no le apetecía cenar, pero mantenía la tetera sobre la estufa, esperando a que el agua estuviese hirviendo para prepararse un té. Se sentía cansada y tenía el estómago revuelto. Pensaba en Severus mientras Peter Pan explicaba en la tele qué tan malo era crecer. El joven Peter no le daba buena espina, con sus ojillos de duende y su negativa a ser adulto; sin embargo, siempre que ponían la película la dejaba de ruido blanco. Era de algún modo reconfortante escuchar voces infantiles de fondo, como si todavía estuviese en el colegio.

El seguro de la puerta que daba al pasillo del edificio comenzó a descorrerse, sobresaltándola. Empuñó su varita con fuerza y casi derribó la tetera cuando se puso en guardia. ¿Que si tenía miedo? Estaba putamente acobardada. ¿Y si se habían tomado Hogwarts? ¿Si Harry estaba muerto? Allí en ese maldito lugar no tenía acceso a información sobre el mundo mágico, y las desapariciones de muggles que mostraba la televisión sólo conseguían ponerla más nerviosa.

—Soy yo —dijo la voz de Severus antes de abrir la puerta, seguramente consciente de que Jill estaría lista para atacarle si entraba de golpe.

—Pruébalo —dijo Jill cuando la puerta se terminó de abrir y Severus apareció en el umbral.

Le apuntaba al pecho con la varita. El hombre la miró fijamente y Jill podría jurar que sus ojos mostraban aprobación.

—Una vez me escondiste en el armario de la limpieza porque querías huir de Filch. ¿Continúo? —dijo Severus y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.

—No hace falta —dijo Jill bajando la varita y dejándola sobre el mesón de la cocina.

—Lamento haber tardado tanto —dijo Severus cerrando la puerta de nuevo con seguro —. Han sido días difíciles.

—Puedo imaginarlo —dijo Jill esbozando una débil sonrisa —. ¿Cómo están todos? Los muggles parecen estar pasándolo mal, según el noticiero.

—Todos están bien —respondió Severus acercándose a Jill para besarla.

—¿Y Harry…? —dijo Jill contra sus labios.

—No me apetece hablar de Potter justo ahora —gruñó Severus, apretándola contra sí.


Jill envolvió los brazos alrededor de su cuello, empinándose un poco para besarlo mejor. Severus la apretó aún más contra su cuerpo, dejando que sus manos bajaran hasta sus glúteos. Ella iba vestida con una larga camiseta y por lo que podía sentir, no llevaba nada además de las bragas debajo. Que oportuno, pensó Severus jugueteando con el elástico de la prenda, sopesando si debía despojarla de ellas en ese instante o esperar un poco más.

De un momento a otro, Jill detuvo el beso y lo alejó de ella con un fuerte empujón. Se había llevado la mano a la boca y respiraba dificultosamente, dilatando mucho las aletas de la nariz.

—¿Jill? —preguntó Severus dando un par de pasos hacia ella.

—No… ¿a qué hueles? —graznó la muchacha sin descubrirse la boca.

—¿A qué… huelo? —preguntó estúpidamente Severus.

Antes de ir a verla se había duchado. ¿cómo que a qué olía?

—Traes algo contigo… Vainilla… —dijo ella girándose hacia el lavaplatos y abriendo la llave del agua para mojarse la cara.

Severus rebuscó en los bolsillos de su abrigo. Al final resultó que llevaba un paquete de caramelos de vainilla que Dumbledore le había entregado en su última reunión. No los había probado y no recordaba llevarlos consigo hasta ahora. ¿Cómo es que había notado algo como eso?

—¿Estás bien? —inquirió Severus dejando el paquetito de dulces sobre el mesón y acercándose un poco más a ella. Quería tocarle la frente con la mano para comprobar su temperatura.

—Dios, no… —graznó ella, escabulléndose bajo su brazo y saliendo a la carrera de la cocina.

—¡Hey! —exclamó Severus, yendo tras ella rápidamente.

La siguió hasta el baño, justo para ver cómo se arrodillaba frente al sanitario y echaba afuera hasta el primer biberón.

—Jill… —murmuró Severus antes de inclinarse junto a ella y sujetarle el largo cabello con una mano, mientras le acariciaba la espalda con la otra.

—Lo lamento —gimió la muchacha abrazada al sanitario —. Ese aroma…

Severus sintió una punzada de pánico, comprendiendo repentinamente lo que todo aquello podía significar.

—¿Hace cuánto estás así? —preguntó, tratando de que su voz sonara firme.

—Hace un par de días —respondió Jill con voz cansada.

—Ya veo —musitó Severus.

Tal vez no era lo que pensaba. Quizás era algún virus de temporada, se dijo a sí mismo, acobardado ante la idea de haber tenido éxito tan rápidamente. ¿Pero de dónde podría haberse contagiado con un virus de temporada, idiota? ¡Ha estado encerrada sola más de dos semanas!

—¿Qué otros síntomas has tenido? —dijo él sin dejar de acariciar la espalda de la muchacha.

—He estado un poco mareada… me ha dolido algo el bajo vientre…

Severus soltó el cabello de Jill y dejó de acariciarle la espalda, llevándose la mano al rostro, apretándose el puente de la nariz y dejándose caer de culo al suelo. No tenía muchas dudas de que había cumplido con la misión que le encomendaran.

—¿Estás bien? —preguntó Jill, dejándose caer junto a él mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano.

—Sí —respondió Severus. Se mesó el cabello, despeinándose un poco —. ¿Has pensado en lo que está ocurriendo contigo?

—Creo que he comido algo en mal estado —dijo Jill encogiéndose de hombros.

—No creo que sea eso, Jill —la contradijo Severus.

La muchacha lo miró interrogante. Estaba muy pálida. Sin embargo, no parecía en absoluto preocupada por su estado de salud. ¿Cómo no podía verlo? Ella ya había pasado por aquello. Aunque claro, en esa oportunidad era sólo una niña. Quizás ni siquiera recordaba cómo se sentía…

—Creo que estás embarazada —dijo Severus de golpe.

Ella se echó a reír de repente, con expresión divertida.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Severus sintiéndose un tanto fastidiado. Él acababa de arruinarle la vida y a ella sólo se le ocurría reírse. ¿Qué acaso estaba loca?

—Ya te dije que yo no puedo tener hijos… ¿Recuerdas lo que te conté de Archie?… ¿Recuerdas que él arregló que no volviese a pasar por eso nunca más? —dijo Jill con una sonrisa que a Severus se le antojó cargada de tristeza.

—¿Cuáles fueron las condiciones del hechizo, Jill? —Severus puso sus brazos sobre las rodillas y miró los pálidos azulejos del baño.

—Dijo que yo no concebiría nunca… —dijo ella pensativa.

—¿Estás segura de que dijo "nunca"? —Severus la miró de nuevo.

—Bueno, dijo que no concebiría sin… —los ojos de Jill se abrieron mucho y se llevó las manos a la boca, horrorizada —. Sin amor… ¡Oh, Dios mío!

Los labios de Severus se curvaron en una sonrisa carente de humor.

—No hay mucho que pensar entonces —dijo Severus sin dejar de mirarla. Tenía un nudo en la garganta.

—Severus… lo siento —gimió Jill descubriéndose los labios. Se había puesto de rodillas frente a él y parecía muy asustada. Su expresión era la de alguien que acaba de cometer un crimen —. Yo no quería… no pensé…

Severus dejó que sus piernas reposaran completamente en el suelo y tomándola de los brazos, la acercó a él para envolverla en un fuerte abrazo.

—No te preocupes —dijo Severus contra su oído.

—Severus…

—Shhh todo está bien. Lo resolveremos —susurró Severus.

—¿Tú… quieres que…? —Ella se tensó entre sus brazos.

—No. No te pediría algo así —dijo Severus y sintió como Jill se relajaba nuevamente.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó con un hilo de voz.

—Estaré contigo —dijo Severus.

No la dejó levantarse y continuó allí sentado con ella entre sus brazos. El nudo en su garganta había descendido hasta su estómago, oprimiéndolo como nada lo había hecho nunca. Iba a ser padre, y no cualquier padre, sino el peor padre del maldito mundo. Le ganaría el puesto a Tobías Snape, porque, aunque él había sido un bastardo maltratador, no se lo había entregado a nadie para que lo desangrase en un ritual. ¿Qué le diría a Jill cuando diera a luz y él tuviese que llevarse al pequeño? ¿De dónde sacaría el valor para decirle que él había matado a su hijo? Cerró los ojos con fuerza, deseando no tener que pensar más en ello.


Despertó con lentitud, sin querer abrir los ojos, rogando mentalmente que la noche anterior sólo hubiese sido un sueño. Sin embargo, recordaba claramente las pruebas de embarazo muggle que Severus comprara en el sitio que los muggles llamaban farmacia. Habían sido cuatro y todas habían dado positivo tan sólo segundos después de hacerlas.

Abrió los ojos lentamente hasta acostumbrarse a la luz del día y notó de inmediato que Severus no estaba junto a ella. ¿Se habría marchado? Tal vez hubiese cambiado de parecer respecto a compartir responsabilidades. No iba a culparlo de ser así, porque él había confiado en su palabra. La estúpida era ella por no haber tenido en cuenta las condiciones del encantamiento del elfo.

Se levantó y fue hasta el baño para lavarse los dientes. Su reflejo le devolvió una mirada angustiada, con aquellos ojos que le pertenecían a Sirius. Se preguntó cuán enfadado estaría su padre si estuviera vivo para verla en esa situación. Supuso que la respuesta sería: mucho, rayando en demasiado. Sin embargo, dudaba que su molestia fuese siquiera parecida a la de Atos Peverell. No quería ni pensar en lo que le habría hecho el maldito loco si no se hubiese volado la cabeza.

No necesitó esforzarse mucho para recordar con lujo de detalles lo que había ocurrido cuando había resultado embarazada a sus escasos doce años. Atos descargó toda su furia en las piernas de Jill, castigándola por no prevenir algo de lo que no tenía ni la más mínima idea de cómo prevenir. Ella a duras penas estaba relacionando lo que le hacía Lucius con estar esperando un bebé. Su "padre" había dicho que sólo utilizaba el cinturón en sus piernas por si el señor Malfoy deseaba a la criatura. Sin embargo, Malfoy se mostró incluso más enfadado que Atos y la golpiza propinada por él la dejó fuera de combate casi una semana. Para su mala suerte, los golpes no se deshicieron de lo que ellos consideraban un problema y la llevaron a aquel lugar frío y apestoso, con aquella mujer vieja y de higiene dudosa… cuánto le había dolido aquello, cuánto había sangrado…

—¿Todo en orden? —dijo la voz de Severus al otro lado de la puerta.

Así que no se había marchado, pensó mientras tomaba aire profundamente para despejarse de aquellos recuerdos.

—Sí. Todo está bien —dijo en voz alta.

—Te espero para el desayuno —dijo Severus.

—Está bien.

Se llevó la mano al vientre y tragó saliva. Ser madre era totalmente inesperado para ella, sobre todo después de haber pensado que jamás iba a tener hijos. Y tenía miedo, muchísimo. ¿Estaba en capacidad de proteger a un ser tan indefenso? Ella misma se sentía vulnerable. No era la mejor época para traer un niño al mundo. No con el Señor Oscuro amenazando todo lo que ella amaba.

Se mordió el labio, pensativa. ¿Qué iba a pasar ahora? ¿cómo cambiaría esta situación su relación con Severus? Si es que lo que tenía con Severus podía llamarse relación. No tenía un título para ella y no estaba segura de si debía tenerlo. Él decía que la amaba y ella le correspondía: tenía la prueba de ello creciendo en su interior justo ahora. Eso debería ser suficiente ¿no? Sin tanta parafernalia.

Salió del baño y se dirigió a la estancia que hacía las veces de sala, cocina y comedor. Severus la esperaba sentado a la mesa. Estaba más pálido que de costumbre y tenía las ojeras muy marcadas, como si no hubiese pegado el ojo en toda la noche.

—¿Estás bien? —preguntó Jill sentándose frente a él.

—Sólo un poco pensativo —admitió Severus.

Él le sirvió un vaso de zumo de naranja y comenzó a ponerle mermelada de arándanos a una tostada.

—¿En qué piensas? —Jill lo miró con curiosidad. Esperaba una respuesta tipo: me he equivocado y ya no pienso quedarme a cambiar pañales contigo.

—En cómo pedirte que te cases conmigo en un lugar como este —dijo sin rodeos.

Jill casi derrama el jugo en su regazo.

—¿Qué has dicho? —preguntó, incrédula, dejando el vaso sobre la mesa.

—Bueno… vamos a tener un hijo —dijo Severus depositando la tostada sobre un plato frente a Jill.

—Sí… —Jill se humedeció los labios —. Pero no tienes que hacer nada de eso…

—¿Qué cosa?

—Casarte… no es necesario que te comprometas así…

—Quiero hacerlo —dijo Severus con seriedad —. Es posible que no salga vivo de todo este asunto y…

—No… no digas eso —lo interrumpió Jill. Jamás se había planteado que Severus pudiese morir algún día. No había querido pensar en lo peligroso de su trabajo para Dumbledore.

—Es una realidad, Jill —él se encogió de hombros —. Si muero… no tengo demasiadas cosas… pero si muero es necesario que puedas reclamar tu derecho sobre ellas.

Jill negó con la cabeza. Todo ese asunto era demasiado para ella. No le interesaban las posesiones de Severus en lo más mínimo.

—No hace falta… —comenzó a decir.

—Sí. Sí hace falta, Jill —Severus la tomó de la mano y la miró con intensidad. Sus oscuros ojos parecían atravesarle el alma —. ¿Serías mi esposa?


Severus vio cómo Jill tragaba saliva, nerviosa. Su mano estaba helada y la sentía temblar dentro de la suya. Sabía que la estaba presionando demasiado, pero después de pasar toda la noche en vela había llegado a la conclusión de que cuanto antes se lo planteara a ella, sería mucho mejor. Naturalmente no expondría ante ella sus verdaderas razones, pero era necesario convencerla de cualquier forma.

Nunca pensó en la posibilidad de casarse con alguien, salvo cuando fantaseaba en su adolescencia con Lily. Ahora parecía una opción bastante acertada en medio de su desesperada situación. Y había sido el mismo Señor Oscuro quien le diese la idea cuando le recordó a Avery la posición de Narcisa dentro de los mortífagos: ella era la esposa de Lucius y, aunque no fuese un miembro activo del grupo, debía respetársele su lugar como compañera de uno de ellos. Severus lo tenía claro: si se casaba con Jill, Lucius se vería obligado a respetar el estatus que adquiría la esposa de un mortífago. Si por Severus fuese, se limitaría a matarlo, pero eso no era conveniente; si mataba a Lucius, el Señor Oscuro lo mataría a él.

Tuvo que consultarlo con el maldito ente malévolo que se hacía llamar Lord Voldemort, quien pareció complacido con la idea de que su sirviente más fiel buscara mejorar su estatus de sangre. El Lord se había limitado a pedirle que su control sobre Jill fuese total, pues no dudaría un instante en asesinarla si se enteraba de que ella insistía en ayudar a Potter. Severus prometió que lo haría, condicionando que el lugar en el que ella se encontraba continuase siendo un secreto para sus compañeros. Al Señor Oscuro pareció divertirle su solicitud y había accedido, siempre que los resultados que él esperaba se vieran pronto.

Dumbledore también opinaba que Jill estaría un poco más segura si se convertía en la esposa de Severus y, sobre todo, consideraba que era más prudente darle al Lord lo que tanto deseaba, a la mayor brevedad posible. Así que, después de armarse de valor, se había decidido a lograr que Jill se convirtiera en su esposa. Tal vez Lucius no lo tomase de la mejor manera, pero tendría que atenerse a las reglas que su jefe imponía, sin derecho a reclamos so pena de terminar criando gusanos.

—Es… es bastante precipitado ¿no crees? —dijo Jill con voz trémula.

—Estás embarazada —dijo Severus mirándola con mayor intensidad, con la punzada que le producía pensar en que ella tal vez dudaba debido al engorro de Bell —. ¿No crees que es lo más apropiado?

Ella se removió en su silla. Parecía incómoda, con la indecisión reflejada en cada una de las facciones de su pálido rostro. Severus le soltó la mano, queriendo darle la sensación de tener espacio y libertad para tomar su decisión.

—Severus… yo sé que te amo… Esta situación es prueba de ello —ella se acomodó el cabello detrás de las orejas, con gesto nervioso —. Pero no puedo con la idea de que estés haciendo esto por compromiso.

—Si no deseara hacerlo, no te lo estaría planteando siquiera —dijo Severus con voz seria.

Los ojos grises de Jill lo miraron evaluadoramente, recordándole un poco a Black y sus continuas dudas respecto a Severus. ¿Qué piensas ahora, perro sarnoso? Tu nieto es hijo del hombre al que le hacías la vida miserable, pensó con amargura.

—¿Nada te haría cambiar de parecer? —preguntó al fin Jill.

Severus bufó.

—Lo dudo. Lo único que me haría cambiar de idea sería que no sintieras nada por mí… y creo que eso no es posible, en vista de las circunstancias —respondió Severus con tono burlón.

Ella continuó seria.

—No es eso —se restregó la cara con las manos, enrojeciendo sus mejillas en el proceso —. Mi padre…

—Jill, sé todo acerca de Black —la interrumpió Severus —. El odio que le tengo no cambia lo que siento por ti.

Ella rio, pero fue una risa totalmente carente de humor.

—Lo sabías entonces —no era una pregunta.

—Lo supe después de su muerte —admitió Severus encogiéndose de hombros —. No me importa de dónde provengas.

Jill guardó silencio durante un instante que se le antojó eterno.

—Si me caso contigo… —ella dudó un momento y suspiró — ¿Vas a encerrarme aquí todo el tiempo?

—No estás encerrada, Jill. Intento protegerte —repuso Severus. De nuevo le tomó la mano —. Cuando todo esto termine podrás hacer lo que te plazca. Si quieres criar dragones en el patio de nuestra casa, podrás hacerlo con libertad.

Esta vez la sonrisa de la muchacha fue autentica.

—No creo que pueda criar dragones con un bebé andando por ahí —dijo riendo.

Severus sonrió forzadamente al recordar que no habría un bebé andando por ninguna parte. Su hijo estaba condenado incluso antes de ser concebido, y él no podía hacer más que seguir con el plan de Dumbledore. Estaba metido hasta el cuello en toda la mierda que representaba el Señor Oscuro. Debía hacer cosas que repudiaba, incluyendo una que ponía su propia vida en riesgo si no cumplía la promesa que le hiciera a Narcisa.

—Serán gusarajos entonces —dijo al fin Severus, intentando mantener el buen humor de la muchacha.

—Gusarajos… suena bien.

Severus acarició la mejilla de Jill con su mano libre.

—¿Eso es un sí? —preguntó.

—Sí. Es un sí.