Los primeros días de vuelta al colegio fueron especiales. Tal vez era porque estaban conscientes de que el tiempo ahí se les acababa, tal vez porque los sucesos de los últimos meses habían puesto demasiado sentimental a Rose sobre cómo Hogwarts era su hogar y todo eso, el caso era que cada mañana se sentía diferente, fresca, chispeante con magia, verdaderamente única.

Las clases de séptimo grado eran en verdad interesantes, y lograron captar la atención de Rose en poco tiempo, haciéndola sentir verdaderamente emocionada por primera vez en mucho tiempo. Estudios Avanzados de Aritmancia se había convertido en su asignatura favorita, pero la clase que realmente siempre esperaba era Astronomía. Se había convertido en una especie de tradición de ella y Scorpius, que compartían aquella materia, charlar suavemente sobre su día mientras observaban el cielo, buscando nodos y cuadraturas.

Se había convertido en una tradición, para Rose, observar siempre la constelación de Scorpius. Y ahí, Antares, la estrella de su corazón.

Aquella noche el cielo era especialmente claro. Las estrellas brillaban como esferas de nieve en el firmamento. El aire olía como a caramelos y magia, y Albus se estaba sintiendo enormemente furioso con sus cartas astrales.

—Si sigues apretando la pluma de ese modo romperás tu carta, Al —dijo Rose, mirando la expresión frustrada de su primo.

Albus resopló.

—¿No he dicho cuánto detesto esta maldita materia? —gruñó. —Porque, de verdad, no puedo esperar para terminar esta estúpida carta.

Scorpius resopló. Con dedos ligeros movió el pergamino de Albus, colocándolo al revés. La cara de su mejor amigo pareció mostrar una comprensión inmediata y luego decidió quitarle importancia al asunto.

—El equipo de Gryffindor hará audiciones —soltó, pretendiendo ser casual y discreto—. Lily me lo dijo esta mañana. Supongo que no piensas en otra actividad extracurricular este semestre, ¿cierto, Rose?

Rose quería muchísimo a Albus. Esta era su forma de preguntar si había superado de una buena vez la fobia a las escobas que había tenido durante el último año, después del accidente. Lo cierto era que Rose ansiaba decir algo que calmara las ansias de su primo, pero había tantas cosas que aún no superaba. Volar era una de ellas.

—Es suficiente con todas las clases a las que me apunté, Al —contestó, divagando un poco. —¿Seguirás en el equipo de Slytherin?

—Eso creo —Albus se encogió de hombros. —No puedo decir lo mismo de tu novio.

Ella lanzó una mirada confundida a Scorpius. Su novio fingió estar concentrado en la explicación de la profesora.

—¿Scor? ¿A qué se refiere Al?

Para el final de la clase, Al se quedó atrás de nuevo mientras Scorpius y Rose charlaban en voz baja al bajar de la torre.

—¿Cómo que no te inscribiste al equipo? Pero tú amas el quidditch…

Scorpius dio un ligero apretón en su mano.

—Después de lo del año pasado, Rose, francamente me da escalofríos.

Ella sabía que no era cierto. Lo había visto jugar con sus primos en la casa de Albus durante todo el verano. Lo estaba haciendo por ella. No quería que Rose fuese la única que se alejaba de aquel deporte debido al trauma, o a los malos recuerdos, o a la sensación de que si volvía a subir a una escoba, algo malo…

—No tienes que hacerlo—dijo ella. —Scor, tú eres libre ahí arriba. No tienes que dejarlo sólo porque yo tenga miedo.

Él besó las puntas de sus dedos con suavidad.

—Rose, no jugaré quidditch este año. Nos pasó a los dos, así que tú no tendrías que cargar sola con eso, ¿bien?

Rose quiso refutar. Quiso decir que él no tenía que ser débil como ella. Que él podía seguir adelante si quería, aún si ella permanecía estancada. Sin embargo, Albus interrumpió y ella tuvo que despedirse al llegar al punto del camino donde cada uno se encaminaba hacia sus respectivas salas comunes.

Su corazón egoísta se alegraba de que Scorpius estuviera decidido a no dejarla sola y atrás con el dolor.

Las mañanas después de Astronomía eran particularmente difíciles para Rose. Le costaba mucho más trabajo despertar pronto para llegar a tiempo a clases, y las cosas empeoraron después de la fiesta de bienvenida que organizaron los Hufflepuff para todo el séptimo año, donde Albus se puso una borrachera monumental y Rose decidió relajarse y beber un poco, lo que, por supuesto, los llevó a ella y Scorpius a terminar enredados uno con el otro en una apacible habitación de la Sala de Menesteres.

Rose nunca había sido una gran aficionada a la bebida. A pesar de que lo hubiera sido, aquel Whiskey de Fuego había sido particularmente fuerte y había hecho que todo el séptimo grado despertase con una terrible jaqueca al día siguiente. Rose tenía ganas de vomitar y la cama le daba vueltas, pero al menos sentía el calor del cuerpo de Scorpius junto al suyo y, por un momento, se olvidó de que algo los había orillado a madurar como adultos y se sintió tan solo igual que una chica perdidamente enamorada de su novio.

Hasta que intentó levantarse de la cama para buscar su ropa, y decidió devolver su estómago en el bote de basura más cercano.

—Rosie— él estaba de inmediato junto a ella, sujetándola para que no perdiese el equilibro entre todo aquel mareo. —¿Qué pasa? ¿Estás…?

—Aún un poco borracha —dijo ella, haciendo una mueca. —Vuelve a la cama, Scor. No te preocupes por mí.

Rose sabía lo inútil de su ruego. En menos de media hora, Scorpius se había vestido para acompañarla a las cocinas de Hogwarts, un lugar que también se había convertido en un espacio privado para ambos, por lo que les sorprendió ver a Albus y a Lily charlando animadamente mientras un elfo doméstico preparaba un brebaje en un caldero.

Aquella pareció una mañana normal por primera vez en mucho tiempo. Sólo un grupo de amigos y primos pasando el rato después de una borrachera tremenda, algo tan juvenil y refrescante que se sintió bien. Más tarde, en clase de pociones, Rose deseó que aquel momento hubiera durado más tiempo. La poción que cocían en sus calderos era especialmente repugnante y ella tenía un dolor de espalda terrible, consecuencia del baile en la fiesta.

Al final de aquella semana, cuando la correspondencia llegó y las lechuzas inundaron en Gran Comedor, Rose sólo recibió una carta de su madre.

Las primeras semanas de colegio se escurrieron como lluvia veloz. Slytherin ganó el primer partido de la temporada, y Rose y Scorpius tuvieron una discusión al respecto que hizo que dejaran de hablarse durante algunos días. Ella insistía en que todo estaba bien y que él debería seguir jugando, Scorpius se negaba. Rose llegó a sentirse tan frustrada durante esos días que no pudo evitar llorar de furia durante algunos descansos. Sentía tantas emociones de nuevo, se sentía tan… enojada.

Para cuando las cosas volvieron a normalizarse, llegó el día de la víspera de Halloween. Hacía días que ella y Scorpius no discutían, y su primo estaba agradecido verdaderamente por ello. Casi lamentaba haber tocado el tema y mucho más, haberle dicho a Rose que debía relajarse. Aquello le había ganado una mirada asesina, la furia de su prima y al final una sesión de llanto donde tuvo que ingeniárselas para consolarla.

La atención de Rose había vuelto a ir hacia las clases. Estaba decidida a recuperar sus buenas notas, especialmente después de la única carta que había tenido de su padre en el tiempo que llevaba en el colegio, un tema del que se negaba a hablar con nadie.

Sin embargo, el banquete también era algo que mantenía a los estudiantes emocionados. Como cada año, se esperaba algo espectacular. Y hubiera sido de aquella forma si la clase de pociones no hubiese sido tan repugnante nuevamente. Habían tenido que usar azufre como ingrediente, y el estómago de Rose no lo había aceptado para nada bien. Scorpius la esperaba afuera del baño de chicas, viendo a los demás alumnos ir hacia el Gran Comedor.

Sostenía entre sus dedos, ocultos en su túnica, el peluche de zorro. Mientras esperaba a Rose, una sensación conocida agitó su propio estómago. La de alguien que ha vivido ya una cosa. Como una especie de repetición. De súbito, se dio cuenta de qué sucedía. Ya había vivido aquello, esperar a que Rose se sintiera mejor fuera del baño. La piel de Scorpius se estremeció, mientras en ese preciso momento Rose salía del baño, pálida.

—¿Cómo te sientes, Ro? —preguntó, impaciente.

Ella negó con la cabeza, sus rizos rojos rebotaron en su trenza levemente.

—Terrible, Scor. Es casi como… como…

La misma idea pareció instalarse en su mente. La misma sensación de Scorpius. Las calabazas flotaban en el pasillo y en el Gran Comedor en el momento preciso en que Rose y Scorpius se dieron cuenta de que las náuseas de ella eran conocidas, igual que el cansancio y el dolor de su cuerpo. Albus los encontró en el pasillo en el preciso momento en que la idea de que ella podría estar embarazada de nuevo los golpeó como una piedra dura en la mente.