ADVERTENCIA: el siguiente capítulo contiene escenas de sexo y violencia extremas que pueden herir la sensibilidad de los lectores. Se recomienda discreción.


A los pocos minutos de haberse desatado el encuentro, Frida y la señora Rosa salieron del edificio, e inmediatamente acudieron en ayuda de Ronnie Anne, a la que hallaron desmayada en el callejón de la calle contraria junto a un tacho de basura.

–¿Qué te pasó? –le preguntó su tía una vez esta despertó y la ayudó a ponerse en pie.

Ouch… Fue ese desgraciado de Clyde –se aquejó la joven, sintiendo que la cabeza le daba vueltas–. Pero esperen a que lo agarre y verá.

Ring, ring… Ring, ring…

Al volverse, siguiendo el sonido del timbrazo, por fin dio con el teléfono de Lincoln bajo un contenedor de los grandes. El protector de mica se había resquebrajado por el golpe, pero seguía funcionando. Una vez contestó a los padres de su amigo y les contó que había sido de este, la muchacha se echó el móvil al bolsillo.

Luego salió del callejón y volvió a cruzar la calle seguida por su abuela y su tía. En las puertas de su edificio se volvió a encontrar con su hermano, su tío, su abuelo y sus primos. Pero de su amigo y su atacante no halló un solo rastro.

–¿Dónde esta Lincoln? –preguntó a todos.

–Él y ese otro muchacho se estaban dando de golpes aquí en la calle –respondió el abuelo Hector.

–Yo los vi correr para allá –informó CJ señalando la esquina al final de la cuadra.

Total, que mientras su familia ayudaban a buscarlos por sus alrededores, Ronnie Anne fue a la tienda coreana a preguntar por ellos.

–Buenas noches, Señor Hong. Disculpe que lo moleste a esta hora, ¿pero no ha visto por aquí a dos chicos que se estaban peleando? Uno de ellos era mi amigo Lincoln de Royal Woods y el otro…

–Si, un albino y un negro –respondió el viejo que salió a recibirla en la puerta de su negocio, pese a que a esa hora ya estaba cerrado–. Claro que los vi. Ese par de revoltosos se estaban peleando afuera de mi tienda, así que los corrí a puntapiés de aquí.

–Ehm… Lincoln no es albino –aclaró la hispana–. Pero si, han de ser ellos. ¿Sabe a donde habrán ido?

–No, no sé a donde habrán ido –respondió tajante el anciano–; pero será mejor que no vuelvan a venir a armar alboroto en mi negocio o llamaré a la policía.

–Oh… Bueno. Gracias de todos modos.


En cuanto Ronnie Anne y los Casagrande se retiraron a seguir buscando, el señor Hong volvió a entrar a su tienda, aseguró las puertas y bajó al sótano donde le esperaban Lincoln y Clyde, cada uno atado de pies y manos a una silla y con una mordaza de bola en la boca.

Hacía poco que los había obligado a bajar hasta allí a punta de rifle, y en primera forzado a Clyde a atar a Lincoln a su silla y ponerle la mordaza. Después él mismo se encargó de atar y amordazar al otro chico.

Al regresar con ellos abrió el cajón de un mueble y sacó unas pastillas azules en su empaque. Luego una botella de agua de un mini refrigerador de al lado y pasó a sentarse en una silla frente a ellos.

–Animo, chicos –dijo en lo que destapaba la botella–. En cuanto llegue Vito empezará la fiesta.

¡Ding dong!…

–Ahí está –avisó con otra sonrisa siniestra. Lo que presagiaba a Lincoln y Clyde no les esperaba nada bueno.

Rato después, el señor Hong volvió a bajar en compañía de otro extranjero de avanzadilla, un obeso italiano llamado Vito Filiponio, que se daba la casualidad –Lincoln sabía– vivía en el mismo edificio que Ronnie Anne y su familia, y hasta entonces había aparentado ser un señor agradable como el coreano dueño de la tienda en la que estaban prisioneros.

–Dijiste que me esperarías –habló Vito, con su característico acento ítalo americano.

–Eso hice –aseguró el señor Hong, haciéndole entrega de una de las pastillas azules.

Misma que Vito se metió ávidamente en la boca y se la pasó con el agua de la botella.

–¿Por qué están golpeados? –preguntó a continuación.

–Se golpearon entre ellos, Vito –respondió el coreano–. Llegaron peleando.

–¿En serio? Muy mal hecho, niños –les recriminó el obeso italiano, no obstante en tono burlón–. Ahora vamos a tener que castigarlos bien feo.

El par de incautos se miraron de reojo entre si, con la frente perlada en sudor, los huevos hasta la garganta y la certeza que no iban a salir vivos de ese lugar. No ante la actitud que mostraban el par de viejos locos esos.

–Bien –dijo Vito, quien procedió a quitarse la chaqueta y colgarla en un gancho–. Llama al cojo.

–Creo que está dormido –avisó Hong.

A lo que Vito le pellizcó una mejilla y se la palmeó dos veces de modo juguetón.

–Entonces tendrás que despertarlo, ¿no crees?

Acatando las ordenes del viejo italiano, el coreano anciano cruzó una puerta a espaldas de Lincoln y Clyde. Llegó hasta una gran caja de madera sellada que había en ese cuarto y procedió a quitarle los seguros.

Al cabo, que la caja estuvo abierta por la parte de arriba y de adelante, Hong sacó una llave con la que abrió el cerrojo de una enorme jaula en la que yacía acurrucado un sujeto en traje de cuero ajustado con máscara.

–Arriba.

A su regreso lo trajo arrastrando con una correa atada al cuello, como si de un perro se tratase, que luego entregó a Vito que lo hizo ponerse de rodillas.

–Al suelo.

Lincoln y Clyde seguían sin saber que les aguardaba exactamente, pero si que se trataba algo de connotación sexual. El traje del tercer involucrado era negro y extra ajustado, que para entrar habría tenido que untarse con gel lubricante. Contaba con un arnés y su máscara con sólo tres orificios: dos para los ojos y el de la boca que estaba sellado con una cremallera con candado limitándole el habla. Todavía, como si se tratase de un perro en posición sumisa, Vito le puso una mano en la cabeza.

–¿A cuál de los dos quieres primero? –le preguntó Hong.

Mientras acariciaba la cabeza del flaco en traje de cuero, el obeso italiano miró meditativo al par de adolescentes a su merced.

–Aun no estoy seguro… –se rascó la barbilla meditativo y con su gordo dedo pasó a apuntar alternadamente a Clyde, luego a Lincoln y de Lincoln a Clyde–. Veamos… De tin… Marín… De do… Pingüe… Cucara… Ma… Cara… Títere… Fue… Yo… No fui… Fue… Teté… Pégale… Pégale… Que ella… Meríta… Fue… Ella fue… Ella… Meríta… Fue… Fuiste elegido, negrito.

–¡Mmm…!

Clyde gimió el doble de asustado y empezó a sacudirse en su silla, ante lo cual Vito lo mandó a chistar con un gesto como si nada antes de volver con Hong.

–¡Chst…! ¿Quieres hacerlo aquí?

–No, mejor vayamos a la habitación de Par.

–Me parece bien.

El par de ancianos engancharon el arnés del tipo en traje de cuero a una viga que pendía delante de Lincoln y Clyde. A este ultimo lo arrastraron al otro cuarto con todo y silla mientras se sacudía exasperadamente en esta.

Por el rabillo del ojo, el peliblanco vio al señor Hong azotar la puerta tras de si, y a los pocos segundos se oyó que de allí emergían las risas maniáticas y lujuriosas de aquel par de viejos depravados, seguidas al instante por los gemidos y chillidos del chico de color.

–¡Ja ja ja…!

–¡Flojito y cooperando!

–¡Mmm…!

–¡Deja caer esos pantalones!

–¡MMM…!

–¡Deja de protestar y sólo hazlo!

–¡Ja ja ja ja ja…!

–¡Quitale la camisetita!

–¡Los panties, piérdelos!

–¡MMM…!

A sabiendas que su integridad era la próxima a estar en juego, Lincoln se apuró a tantear los nudos de sus ataduras. Esto mientras el tipo en traje de cuero reía con picardía y le hacía gestos sugerentes.

Lo bueno es que Clyde no le había hecho un nudo tan eficaz al atarlo de manos bajo amenaza del señor Hong. Aparte, algo con lo que tampoco contaban sus captores, era que había estado perfeccionando sus métodos de escapismo para su acto de magia. Sus amigos seguían diciendo que era aburrida y sus hermanas que era algo tonto, menos Lucy, Lily y Luan, claro. A Charlie si le divertía y a Ronnie Anne le encantaba, pero daba igual. Poco le importaba las opiniones de otros cuando se dedicaba a lo que más le gustaba hacer, y cuan oportuno que la magia le hubiera gustado tanto para motivarse a aprender y perfeccionar los mejores trucos del libro.

Así, entre dolorosos forcejeos que le laceraron la piel, finalmente consiguió desajustar el nudo principal y librar sus manos. Cosa por la que el flaco en traje de cuero se puso a gritar bajo la cremallera de su máscara para alertar a sus compañeros.

–¡MHP…!

Una vez pudo desatarse los pies y quitarse la mordaza, Lincoln lo desmayó de un golpe y aguardo a ver si Vito y Hong acudían al llamado; pero no. El par ese seguían en lo suyo.

–¡Ponte en cuatro! –oyó gritar a uno.

–¡Que te pongas en cuatro, dijo! –oyó se carcajeaba el otro.

–¡MMM…! –oyó gemir a Clyde.

Por lo que aprovechó el momento para escabullirse fuera del sótano de Hong.

Pero antes, sólo por curiosidad, se regresó a quitarle la máscara al tipo de traje encuerado. Imaginad su desconcierto al descubrir que se trataba del amigo de Bobby que entregaba las frutas en el mercado e impartía las clases de Taekwondo en el dōjō al que acudía el primo de Ronnie Anne.

–Ah, caray. Si ha sido ese Par –masculló.

Igual no le dio gran importancia a eso y terminó de escabullirse fuera del sótano. Todo lo vivido ya aquella noche, desde la repentina llegada de Clyde, se había vuelto peligroso, pertubador y muy random para derivar de una estupidez cometida por cualquier adolescente cachondo; y lo sintió mucho por Clyde, pero antes estaba su propio culo que el de él, y por él ya no se podía hacer nada.

Por supuesto iría de inmediato a dar parte a la policía. Mas para cuando estos llegaran al lugar de los hechos, seguro Vito y Hong ya habrían descubierto que se les había escapado y habrían salido huyendo del país, llevándose consigo a Clyde de rehén. Eso si no lo mataban y arrojaban su cuerpo a una zanja, que era lo más probable. Una lastima, ¿no?

No obstante, la culpa le impidió salir de la tienda, a su libertad, pues esta le llegó con los incesantes y adoloridos aullidos de Clyde siendo violentado sexualmente, los cuales alcanzaban a escucharse hasta allí arriba.

Que si, que había sido un cabrón en toda regla desde que destrozó su camioneta hasta haber lastimado a Ronnie Anne. Pero tampoco sería justo dejarlo a disposición de aquel par de viejos degenerados. De hacerlo sería tan desgraciado o más a la primera vez que cedió a las insinuaciones de Chloe.

Por lo que, resuelto a no cometer la misma afrenta dos veces, regresó a pasó sigiloso por donde vino, pero no se devolvió al sótano todavía. Antes irrumpió en la oficina del señor Hong y se puso a buscar entre sus cajones, pese a que dudaba tuviese guardada alguna otra arma además de su escopeta, y esa la tenía allí abajo donde oía el delgado cuerpo de Clyde siendo penetrado a fondo.

–¡MMM…!

A falta de ello se dedicó a revolver una caja de herramientas que halló en una esquina. De esta sacó un martillo, una llave inglesa, un desarmador y una segueta. Pero tampoco quedó convencido de que alguno de estos le sirviese de arma.

Entonces, al volverse y levantar la mirada, la vio puesta de adorno encima de un archivero, mismo sobre el que se asentaba su soporte tallado en madera: Una katana Hamkumdo.

Lincoln se estiró a cogerla, la desenvainó y, después de comprobar la autenticidad de su filo, ensayó maniobrando un poco con ella empuñándola por el mango. Era perfecta.

Decidido si o si a concretar el rescate, regresó al sótano, lenta y sigilosamente, dando un solo paso a la vez y teniendo sumo cuidado de que las tablas no crujieran con sus pisadas al bajar. Pasó junto a Par que todavía colgaba inconsciente de su arnés y se encaminó hasta la puerta.

Se detuvo a un solo paso de llegar, tomó aire, respiró hondo y, empuñando la katana por el mango con firmeza, alargó su otra mano hacia el pomo. Si se topaba con Hong frente a frente y este tenía su escopeta en mano, lo más probable es que allí acabaría todo.

Pero al girar el pomo y empujar la puerta con suavidad, cuidando que ninguno de estos rechinara, lo encontró dandole la espalda y su escopeta arrimada contra la pared.

–¡Eso es! –reía gozoso el coreano–. ¡Dale duro!

Como tal, al otro lado de la habitación, Vito Filiponio le daba duro y parejo a Clyde, al que tenía empotrado contra una mesa bien agarrado de los cabellos, estando el pobre así a su completa disposición.

–¡Oh, si…! ¡SI…! –gruñía el obeso anciano entre cada tira y empuje–. ¡Así se hace!… ¡Goosh goosh!… ¡Goosh goosh!… ¡Goosh goosh!… ¡GOOSH GOOSH!…

–¡MMM…! –gemía el flacucho chico, sintiendo que en el momento menos esperado se iba a partir en dos.

–¡Seguro que chillas! –rugió extasiado Vito, cuyas venas se remarcaron en su cuello recubierto de pliegues de grasa–. ¡Vamos, chilla! ¡Chilla para mi! ¡Chilla igualito a un cerdo! Así: ¡WII…!

–¡WII…! –repitió Clyde entre lloriqueos, al tiempo que su agresor lo nalgueaba repetidas veces y otras le masajeaba la entrepierna.

–¡Eso es!… ¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…!

–¡WII…! ¡WAAAGGH…!

–¡JA! ¡Ja ja ja ja…!

Humillado y a nada de desfallecer, Clyde se desplomó rendido sobre la mesa. En esto apuntó su vista borrosa hacia Lincoln, quien se llevó un dedo a los labios indicándole que no hiciera ruido. A continuación avanzó otros tres pasos y levantó la katana empuñándola por el mango con las dos manos.

Al ser el primero en percatarse de la inmediata reacción de sorpresa de su víctima, el señor Hong dejó de carcajearse y se dio la vuelta, pero ya fue tarde para él, pues el peliblanco le asestó un sablazo en el pecho, certero y en diagonal: ¡ZAZ!

–¡AAAAAAGH…!

Lo que tomó por sorpresa a Vito, que de inmediato soltó a Clyde y retrocedió a tropezones hasta caer contra una esquina contraria.

Mirando fijamente a este otro, Lincoln se adelantó al malherido coreano que quedó en pie, aturdido y temblando. Ahí giró la katana y se la ensartó en el vientre por la espalda: ¡ZAZ! Luego la desensartó y volvió a apuntar con ella a Vito.

Este permaneció inmóvil, con las manos en alto, los pantalones a abajo y la polla empinada, viendo a su compañero desplomarse muerto a espaldas del peliblanco, cuya vista también apuntó a la escopeta que Hong dejó arrimada contra la pared.

–¿Quieres el arma, Vito? –lo desafió, volviendo a mirarlo fijamente y dedicándole una sonrisa cínica–. Adelante. Adelante, toma el arma… Adelante, ve por ella… Vamos…

Con algo de dudas, el obeso anciano pretendió hacerse con la escopeta, pero se retractó de inmediato cuando el chico le acercó el filo de la katana a su pescuezo de pavo.

–¡Buen muchacho!… –lo siguió desafiando–. Quiero que vayas por ella, Vito… ¿Oíste, Vito?

Permanecieron quietos otro rato, mirándose el uno al otro, hasta que alguien más se les adelantó a agarrar la escopeta.

–Apártate, Loud, que no veo nada.

Por lo que Lincoln le dio paso a Clyde, quien se había vuelto a subir los pantalones. Contrario a Vito que no tuvo oportunidad de hacerlo siquiera antes que el otro chico cargara la escopeta y disparara dos veces a quemarropa en medio de su avejentada entrepierna que reventó como un globo.

¡BANG!… ¡BANG!

–¡WAAAAGGHH…!

O más bien como una gigantesca morcilla a la que se le salió el relleno. A eso se asemejó Vito Filiponio que quedó tendido en el piso aullando de dolor, pero vivo todavía. Con su vista poco o nada clara a falta de sus lentes, Clyde igual lo pudo distinguir como una mancha difusa al entrecerrar sus ojos.

Tras esto soltó la escopeta vacía y sus piernas cedieron. Se desplomó al no aguantar más el intenso y punzante dolor que recorría su espalda y todo su ser de la cintura para abajo. Lo bueno es que Lincoln lo sostuvo a tiempo y lo ayudó a sentarse en una silla.

–¿Estás bien? –le preguntó entonces. Lo que si, mantuvo consigo la katana por miedo a que Clyde se le quisiera lanzar al cuello en ese instante.

–No, no estoy bien –negó el otro muchacho, jadeando exhausto–. Estoy a mil jodidas millas de estar bien.

–… ¿Y ahora qué? –le preguntó Lincoln esta vez.

–¿Ahora qué? –repitió Clyde, sin dejar de mirar con odio a la mancha difusa que era Vito retorciéndose en agonía–. Te diré ahora qué. Ahora, voy a llamar a unos amigos del reclusorio que tienen ciertos contactos. Pediré que manden aquí a un par de negros empapados en crack a que disequen a este colega con un soplete y unas pinzas de alicate… ¡¿Apuntaste bien lo que dije, viejo sabroso?! ¡No he terminado contigo, ni lo sueñes! ¡Practicaremos el medievo con tu maldito culo, imbécil!

–Eh… Me refiero… ¿A qué hay de nosotros? –aclaró el peliblanco.

–Oh… Ese ahora qué… –el muchacho de color suspiró–. Pues supongo que después de esto estamos a mano.

–Entonces… ¿Estamos bien?

Clyde suspiró otra vez y asintió con la cabeza.

–Estamos bien… Sólo una cosa: No le digas a nadie sobre esto. Esto queda entre tú, yo, y el maldito hijo de puta que va a pasar lo poco que le queda de vida en un dolor espantoso y apabullante. A nadie más le incumbe.

Ya sin importarle como se lo fuera a tomar, Lincoln se desentendió de la katana y se inclinó a estrecharlo en brazos.

–Hay, yo te quiero mucho, amigo Clyde –sollozó al hacer esto–. Y, en serio, lamento mucho haberte lastimado así. Pasaré el resto de mi vida tratando de compensarte por lo que te hice.

–… Nha, ya olvídate de eso –por fin, Clyde desechó su enojo y correspondió al abrazo dado por su amigo–. Ven aquí, bobo.


Al amanecer del día siguiente, Ronnie Anne se paseaba ansiosa de un lado a otro por la sala del apartamento en que vivía con sus abuelos. Para entonces los Casagrande ya habían avisado a la policía de la desaparición de Lincoln y Clyde y aguardaba preocupada a tener noticia de esos dos.

De pronto se escuchó un potente estallido, seguido por un fuerte olor a humo que llegó de fuera; y al asomarse a mirar por la ventana, vio se estaba generando una conmoción en su calle.

Dentro de poco, que oyó se aproximaba el camión de bomberos a toda marcha, ella, su mamá, su hermano, sus tíos, abuelos y primos bajaron a encontrarse con varios vecinos que se hallaban reunidos frente a la tienda del señor Hong, la cual estaba ardiendo en llamas.

Justo cuando estaba por preguntar que había pasado a Bruno, el del carrito de hot dogs, la joven se llevó una sorpresa mayor al ver a Lincoln llegar del otro lado de la calle, y con él estaba Clyde que se apoyaba en su hombro dado que parecía a duras penas podía mantenerse en pie.

Sus caras estaban machacadas a golpes, sus ropas manchadas de sangre, sus ojos amoratados y sus bocas presentaban un par de dientes menos, pero lucían más contentos que unas pascuas.

–¡¿Dónde rayos estaban?! –inquirió Ronnie Anne que corrió a su encuentro. De inmediato se olvidó del incendio que se estaba desatando en la tienda vecina. Hasta dejó de importarle como había sucedido–. ¡¿Y qué les pasó?! ¡¿Por qué están todos ensangrentados?!

–Es una larga historia –contestó Lincoln, jadeante pero sonriente–. Pero lo importante es que ya nos arreglamos. ¿Verdad que si?

–Por supuesto que si, amigo –aseguró Clyde, con que ambos chocaron puños en un saludo amistoso–. Clincoln McCloud por siempre.

–Eh… De acuerdo… –concedió Ronnie Anne. Seguido a esto buscó en el bolsillo de su bata–. Si ustedes lo dicen… Toma, encontré tu teléfono.

–Gracias –Lincoln se lo recibió y se puso a revisar las llamadas perdidas de sus padres–. Eres la mejor.

Ring, ring… Ring, ring…

–¿Bueno?… ¡Oh, rayos! –refunfuñó, ni bien contestó la llamada entrante.

–¿Qué pasa? –le preguntó Clyde.

–Es ella otra vez –bufó Lincoln.

Por lo que su amigó tomó el teléfono y se ocupó de contestar por él.

–Pásamela… ¿Hola?… ¿Chloe?… Si, soy yo, Clyde… Escucha, lo que hiciste no tiene nombre, lo nuestro se acabó… ¿Si?… Bueno, tal vez no sea perfecto, pero me merezco a alguien mejor… Y otra cosa, no vuelvas a acercarte a mi mejor amigo ni le vuelvas a hablar, ¿entendiste?… Adiós y hasta nunca.

Así, el par de camaradas ingresaron al edificio en que residían los Casagrande con Ronnie Anne siguiéndoles el paso.

–¿Donde habrá dejado la abuela el botiquín de primeros auxilios? –se preguntó esta mientras se les adelantaba escaleras arriba.

–Vamos a arreglar esto –dijo Lincoln a su vez, camino al apartamento–. Empezaremos otra vez y todo volverá a ser como antes.

–Bien dicho –secundó Clyde–. Para empezar debería entregarme de una vez.

–No te preocupes. No sé como, pero si convenceré a mis padres de que retiren los cargos contra ti.

–Y yo veré que los míos te vuelvan a recibir en nuestra casa.

–Estaremos bien.

–Si, esa maniática ya no volverá a molestarnos, nunca más.

Los dos sabían que tenían muchas cosas que arreglar y que no sería nada fácil. Pero se esforzarían en lograrlo sin importar que, ahora que habían hecho las pases y vuelto a ser el siempre inseparable duo de mejores amigos.