III. Alhelí – Siempre serás hermosa para mí.
«De modelo, cuerpo de modelo… Del infierno o tal vez del cielo…
Cosa linda, ¿dónde guardas tu poder…? Si me miras empiezo a caer…»
Día de Suerte, Kalimba feat. Natalia Lafourcade
Günther no se había vuelto insensible al mundo, por mucho que su padre y algunos del Escolamántico quisieran lo contrario.
Su padre era un hombre serio, dedicado, pero en cierto modo, alguien increíblemente frío para ser esposo y padre de familia. Quizá su madre lo descubrió lo suficientemente pronto para dejarlo una vez, pero no para involucrarse con él en primer lugar.
No es que se quejara. Gracias a eso, había nacido.
Al pensar demasiado en la relación de sus padres, Günther tenía aquellos desafortunados pensamientos, por lo que procuraba no hacerlo con frecuencia. Se mantenía ocupado, su madre le brindaba todo el apoyo y el amor que pudiera desear; por lo tanto, su infancia fue relativamente feliz. Conforme fue creciendo, fue que su padre se interesó en él; específicamente, en su educación, por lo que quiso que conociera otros Institutos y entablara "conexiones", lo que fuera que significara para Gilbert Longord.
Para Günther, esos viajes se convirtieron en una forma de hacer amigos.
En Múnich era difícil entablar conversación con los de su edad, que no eran muchos, y supo la razón demasiado pronto. Solo el deseo de no entristecer a su madre impidió que le hiciera algún desplante a todos los que murmuraran Kriegsmesser con desprecio. Sabía que era el apellido de su madre antes de casarse, lo tenían sus abuelos después de todo. Era lo único que no echaba de menos cuando su padre se lo llevaba al extranjero, que podía alejarse de esos horribles susurros.
En uno de esos viajes, conoció a Suzette Verlac.
Ella era de París, cuyo Instituto era uno de los más hermosos que Günther hubiera visto. La gente allí, en su mayor parte, era distante y cordial, casi como su padre, por lo que no le gustó mucho. Lo único bueno fue Suzette, aunque la viera poco, siempre acompañada por un chiquillo de cabello oscuro y aire tímido por el que sintió cierta pena, ya que llegaron a mascullar un desdeñoso Montclaire a su paso, y eso le recordó Múnich y lo del apellido de soltera de su madre. Quiso acercarse, pero su padre fue uno de los que miraron mal al chiquillo, así que tuvo que contenerse, cosa de la cual no sabía que se arrepentiría años después.
La primera vez que realmente pudo hablar con Suzette, fue en el Instituto de Lisboa. Al parecer, su familia la envió allí de vacaciones, pero lo que Günther encontró extraño, quizá por su vago recuerdo de París, era la ausencia de Montclaire a su lado. Así que, tras presentarse y charlar por un rato de trivialidades, se atrevió a preguntarle a Suzette por el niño.
—Se quedó en Londres, ¡le gustaron más esos…! ¡Blackthorn!
Suzette había pronunciado el apellido del director de Londres como escuchara antes el Kriegsmesser en Múnich y el Montclaire en París, si no es que peor.
Y no pudo soportarlo.
—No creo que los Blackthorn tengan algo de malo —aseguró, preparado para alejarse de Suzette en cuanto terminara su frase—, pero podría haber algo malo contigo, si dejaste atrás tan fácilmente a alguien que, por lo que sé, te quería mucho.
No volvió a saber de Suzette en un tiempo. Poco después de eso, su padre decidió que era lo suficientemente inteligente y diestro en combate como para ser Centurión y la verdad, en aquel momento prefería estar en cualquier parte que no fuera cerca de él, así que se despidió de su madre prometiendo cuidarse, y se marchó a los Cárpatos, donde habían mejorado un poco las instalaciones desde la reapertura del Escolamántico. Se adaptó rápidamente, hizo amigos y descubrió que le gustaba esa vida, la mayor parte del tiempo.
En uno de sus descansos fuera del Escolamántico, decidió ir a París.
La ciudad seguía tan encantadora como siempre. En invierno, la nieve recién caída formaba una estampa digna de contemplar, algo que amargamente, Günther sabía que su padre jamás apreció, por muchos años que hubiera vivido allí.
—¿Günther?
Dando un respingo, el nombrado giró la cabeza por encima del hombro, topándose con los brillantes ojos de Suzette Verlac abiertos de par en par.
Se sonrieron con timidez y compartieron saludos, iniciando luego una conversación que apenas pasaba de las trivialidades. Fue cuando Günther pensaba en despedirse, incapaz de pensar en otra cosa qué decir, que Suzette preguntó si tenía tiempo para un café.
Aceptó la invitación y, por todo lo que pasó después entre ellos, sintió que hizo lo correcto.
