IV. Abeto – El tiempo no tiene sentido.

«Se van a dar la vuelta al mundo… el destino es vagabundo…

Se van volando como búhos… a buscar lo más profundo…»

¿A dónde van los muertos?, Kinky.

Thorwyn ha perdido la cuenta de los años, y no es por falta de dedicación.

En la Cacería Salvaje, si no se tenía cuidado, se podía perder incluso la identidad, la memoria de todo aquello que era exclusivamente de uno. Muchos dirían que no hacía falta, porque aparte de sus compañeros Cazadores, los únicos con los que se encontrarían ya no tenían pulso, pero si no estaba allí voluntariamente, ¿por qué debería perderse a sí mismo?

Lo pensó antes, en realidad. Cuando recién comenzaba su castigo y no le veía el sentido a refugiar su mente en los recuerdos felices. Consideró, por un instante, el dejarse llevar por la pena de estar lejos de sus pocos seres amados, pero ni el hecho de no volver a verlos logró convencerlo.

Había amado y eso parecía bastarle a su corazón para seguir recordándole quién era.

Así, cabalgó y realizó las tareas que se esperaban de él, lo cual fue una repetición de su vida antes de su castigo, solo que con más dolor en el corazón. Antes, no sabía lo que se perdía, por lo que no tenía nada qué extrañar.

Ahora, cuando tenía un efímero momento para sí mismo, casi siempre al amparo de la noche (con la inusitada compañía del fulgor de las estrellas, de un susurro del viento meciendo las copas de los árboles o del ulular de un búho), sus pensamientos se impregnaban de añoranza y el rebelde acto de desear el bienestar de su familia.

Nadie que lo mirara podría haberlo sabido. La mayor parte de la Cacería ya eran espectros de lo que alguna vez fueran, poco tenían en sus mentes fuera del grupo que conformaban. Algunos de los relativamente nuevos, a veces, hacían referencias aquí y allá sobre lo que ocurría en otros sitios, pero no pasaba de ser una anécdota curiosa. Su Líder, por supuesto, en ocasiones escuchaba alguna de esas habladurías, pero el interés que mostraba era vago y sin indicios que de fueran relevantes. Thorwyn habría pensado así, de hecho, excepto cuando los relatos mencionaban París.

París… el simple nombre le hacía pensar en una ciudad sin magia, quizá para muchas hadas sin pena ni gloria, pero para él seguía siendo el escenario de su breve dicha. Ignoraba qué llevaría a algunos camaradas a hablar de París, pero en esas ocasiones, fingiendo más que nunca que no le quedaba nada qué perder, sus oídos y su alma eran enteramente de esos hechos, quizá ciertos o quizá no, pero todos ocurrían en donde Théophile Ornoir, por un periodo que pareció durar un suspiro, existió, amó y después, se desvaneció.

Increíblemente, pensar en París esas pocas veces no lo preparó para cuando, casi perdida su esperanza de liberación, volvió a recorrer sus calles y a rodearse de su gente.

Lamentó todos los años transcurridos, pero no lo que descubrió allí. No del todo, al menos.

Los siglos no lo habían tratado bien, pero sobrevivió para recibir unas pocas alegrías y solo por eso, recobraría algo que daba por perdido.

Por su sangre, valía la pena renovar su espíritu de pelea.