V. Ciclamen – Resignación.
«Aquí está la misma luna (ay, ay, ay…) y en el patio el blanco lirio (ay, ay, ay…)
Los dos nombres en el muro (ay, ay, ay…) y tu rastro en el camino (ay, ay, ay…)
Pero tú, palomo ingrato (ay, ay, ay…) Ya no arrullas en mi nido (ay, ay, ay…)»
Qué he sacado con quererte, Natalia Lafourcade
Si algo sabía Anne–Laure, era reconocer cuando se equivocaba.
Con la vida que había tenido, le resultó natural el fallar y resolverlocon ingenio. Había quedado huérfana de niña, se esforzó en terminar su educación básica y consiguió una beca para una escuela técnica. Quería vivir de su propio esfuerzo, porque hacía años que los sueños se habían quedado atrás, al menos para ella.
Menos mal que el Mundo de las Sombras existía y la había dejado entrar.
Se había asustado, como cualquiera, al descubrir que notaba cosas que otros decían que no estaban allí. Al principio eran detalles que parecían esfumarse en el aire, pero Anne–Laure se preocupó un poco cuando le tocó ver a su primer subterráneo. Era un ser tan obviamente fantástico, que se preguntó si no sufriría algún trastorno mental, por lo que se armó de valor e hizo una cita con el médico para hablarle de ello.
Resultó que el médico al que acudía, por su buen trato y una tarifa que sí podía pagar, era parte de ese mundo tan extraño que, sin saberlo, siempre pudo ver.
Yves Roux, tras escucharla, le pidió discreción y le explicó poco a poco de qué se trataba el Mundo de las Sombras. Subterráneos, demonios, cazadores de sombras… le dio lo que Anne–Laure, después, consideró un curso básico bastante acelerado. Ella, que no esperaba gran cosa de la vida, descubrió que el Mundo de las Sombras no la asustaba, sino que realmente la intrigaba, así que quiso saber cómo se podía mover en él.
El doctor Roux no le recomendó sumergirse de lleno en ese ambiente, pero tampoco se lo prohibió. Los mundanos, le dijo, a veces podían ayudar, pero preferían mantenerlos al margen porque no había mucho que ellos pudieran hacer para protegerse en caso de emergencia.
Anne–Laure aceptó la velada advertencia por lo que era, se lo agradeció y preguntó, asaltada por un golpe de inspiración, si algún subterráneo tenía negocios en el mundo del espectáculo. Siempre le gustó la música, el canto y el baile; quería conseguir un trabajo en algo de eso y aportar sus ojos especiales (su Visión, como la llamó el doctor Roux) a su posible jefe.
No lo comprendió en ese momento, pero la risa que se le escapó al doctor Roux en ese momento tenía mucho sentido, dada la cuestión.
Siendo sincera, Anne–Laure también rió cuando supo que el famoso Moulin Rouge era actualmente propiedad del clan de vampiros de París. Conocer a los llamados Hijos de la Noche fue, sin duda, extravagante, pero al final salió bien.
Bueno, ya no lo pensaba tanto al admitir su último error garrafal, pues en parte fue por su trabajo en el Moulin Rouge que pudo suceder.
Los chicos del Moulin se lo habían advertido, lo mismo que sus compañeras de trabajo e incluso algunos de los clientes frecuentes más antiguos. Es más, ella misma estaba decidida a negarse, pero después de demasiada insistencia, algo le dijo que no podía ser tan malo aceptarle a… ese tipo, una simple invitación a tomar un café.
Si algo pudo comprobar es que Quentin Rousseau tiene una reputación bien merecida.
Como cualquier mujer, Anne–Laure se había sentido halagada con las atenciones de un importante abogado, tan rico como apuesto. Ella nunca se había considerado una belleza, solo lo suficientemente linda como para agradar a la vista. Rousseau le hizo creer que veía más en ella que eso y como tonta, se dejó llevar.
Ahora ahí estaba, viendo las consecuencias de ese solo instante de confianza a un hombre que no podía conservar una relación por más de cuatro meses y preguntándose si su jefe la despediría por estúpida.
Al final, el líder del clan de vampiros la apreciaba más a ella que al dinero que Rousseau se gastaba en su famoso establecimiento y lo vetó de por vida. Bueno, por apreciarla a ella y porque Rousseau demostró ser mucho peor de lo que Anne–Laure había supuesto.
Pero era hora de continuar, se dijo. Debía aceptar su parte de culpa, mirar hacia atrás solo de vez en cuando, dejando a Rousseau en el olvido, y seguir adelante sin vacilar, como siempre había hecho. El equivocarse era parte de la vida, y no siempre conducían a desgracias, ¿verdad?
No sabía cómo le iría con un bebé en su futuro, pero Anne–Laure no dejaría que Rousseau le arruinara eso. Jamás.
