DORADO

Por: Okashira Janet

El otro día me puse a ver "¡Hey Arnold!" y no pude evitar la feliz melancolía de la infancia, éste es un tributo a esos años alegres de mi vida.

Hey Arnold le pertenece a Craig Barttlett y Nickeloden yo solo escribo con el propósito de entretener.

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—¡Outch! —Arnold dio vuelta a una esquina de la secundaria cuando repentinamente se fue al suelo, aquello le trajo un deja vu de sus tiernos años infantiles.

—¡Ten más cuidado cabeza de balón! —Helga G. Pataki lo fulminó con la mirada desde el suelo.

—Lo siento Helga. —Como siempre él se levantó primero y le tendió la mano, pero (siguiendo la vieja costumbre) la chica desdeñó su ayuda y se alejó mascullando acerca de camarones con pelo, Arnold la vio alejarse con un suspiro, en el pasado aquella escena había sido muy común, pero últimamente los recuerdos de primaria eran cada vez más lejanos.

—¡Hey viejo! —Gerald le palmeó un hombro—. Allá va Helga. —Su amigo negó con la cabeza—. Suerte que solo compartimos la mitad de las clases.

—Sí. —Arnold se acomodó la mochila al hombro, había sido un poco triste pasar a secundaria y darse cuenta de que el unido grupo de primaria se deshacía, no sólo porque los turnos y las clases eran diferentes si no porque cada quien empezaba a buscar nuevas cosas por su cuenta.

Algunos seguían compartiendo clases, pero a veces no eran más que conocidos que se saludaban con un gesto vago de la mano, incluso Helga, su más temido enemigo de la primaria, había pasado de fastidiarlo desde que habían ingresado a secundaria, algunas veces (como ese día) le tiraba un insulto, pero hacía ya bastante desde que se había encontrado con la novedad de que su cabello estaba cubierto con bolitas de papel.

—Apura viejo, —Gerald lo volvió a palmear en un hombro—, si volvemos a llegar tarde a matemáticas nadie nos salva de un reporte.

—¡Vamos! —Ambos amigos echaron a correr por el pasillo, por el camino vieron a Harold, ahora un muchachote de espalda como tren y piernas como troncos, había dejado atrás la panzota pero no se podía decir mucho de su expresión bobalicona, ambos lo saludaron y siguieron corriendo, entraron como un suspiro a su clase y apenas alcanzaron a ganar lugar antes de que entrara el maestro. Una vez bien situado Arnold se echó hacía atrás y dejo vagar su mente, atravesaban un verano bastante caliente, lo único que deseaban luego de salir de clases era echarse un buen helado (quizás Gerald intentara alcanzar a Phoebe y con algo de suerte coquetearle un poco), pero desde el desafortunado romance que había tenido con Lila el año pasado Arnold prefería separarse de las chicas un poco.

No era tampoco como si fuera el chico con más ligue de la secundaria, de hecho era bastante regular y no se podría decir que fuera popular, seguía siendo amable y tranquilo lo que le traía buenos amigos como recompensa, pero nada de fama.

Rhonda en cambio había encontrado en la secundaria su medio social tan ansiado, era la reina de la escuela, siempre a la moda, siempre distinguida, y hablando de fama… lo cierto es que Helga era bastante famosa, aunque de modo contrario, para ponerlo en palabras claras seguía siendo una matona, después de todo la mala reputación era tan popular como cabría esperarse.

Con aburrimiento Arnold giró la mirada a la ventana, no pudo evitar sorprenderse al ver a lo lejos a Helga, aparentemente amenazando a un chico con el puño (hacía tiempo que había pasado de amenazar gente de esa manera).

—Mira, —Rhonda que estaba sentada tras él susurró por lo bajo a Nadine—, ahí esta Ivan.

—¿Ese chico nuevo? —Nadine también se interesó en la ventana.

—¿No es guapísimo?

—Sí, ¿pero que hace con Helga?

—Dicen que quiso acercársele y ella dijo que si lo hacía le pondría la lengua de corbata. —Rhonda ahogó una risita—. Nunca he comprendido a esa chica, la verdad. —Aunque tenía ese tono distinguido que la siguiera desde la primaria Arnold detectó que en realidad el comportamiento de Helga le causaba gracia en un plano amistoso, era extraño que aquella niña rubia que tanto los había martirizado no se diera a odiar a fin de cuentas (les fastidiaba, sí, pero nadie había llegado a odiarla).

Distraído Arnold mordisqueó su lápiz olvidándose de Helga y de las chicas que murmuraban tras él, le había prometido a su abuelo que a la salida iría a recoger una caja con manzanas, tener quince años y ser capaz de cargar ciertas cosas pesadas no había resultado tan bueno como cabría esperar.

—Oye, —aburrido Gerald le susurró dándole un golpe con el codo—, a la salida vamos por helados.

—Lo siento Gerald, le prometí algo al abuelo. —Al instante el moreno se desinfló cruzándose de brazos y hundiéndose en su asiento, las largas piernas extendidas en señal de estar inconforme.

—Puff. —Arnold le sonrió de medio lado, esa sonrisa que decía "Oye, lo siento amigo" y Gerald rodó los ojos "vete a la mierda", pero amigos eran amigos así que le sonrió en respuesta.

La campana sonó sin que Arnold le pusiera la más minima atención al maestro, cargó los libros en la mochila y se la colocó al hombro, era la última clase así que los pasillos estarían atestados. Los alumnos salieron murmurando o pidiendo a alguien más que los esperara, el asunto es que cuando Arnold le dio la vuelta al bebedero se encontró con una escena extraña.

Helga estaba con los brazos cruzados, parcialmente recargada en un casillero y con los ojos chispeando de algo que se parecía mucho a la rabia, frente a ella se encontraba un muchacho bastante alto, atlético, piel clara y cabello castaño que le caía desordenadamente por la frente.

—Te lo diré una vez más flecos de bisonte, —la voz aguda de Helga parecía augurar problemas—, quítate de mi vista. —Como siempre no parecía que la rubia tuviera inconvenientes con el hecho de que toda la secundaria la estuviera escuchando, sin embargo el chico frente a ella no se veía amedrentado, de hecho tenía una sonrisita divertida en el rostro, por un momento Arnold se dijo a si mismo que aquel rostro parecía hecho para esos comerciales de pasta de dientes que sacaban en la tele.

—Pero Helga, —el muchacho sonrió aún más—, tu vista es lo único que…

—¡Oh quítate bobalicón! —La chica le metió un empujón y se largó a grandes pasos, las piernas un poco más abiertas de cómo caminaría cualquier chica normal.

—Estoy enamorado. —El chico (Ivan si tomaba como bueno el susurro enamorado de las chicas de alrededor) se llevó una mano al pecho viendo a la rubia alejarse, por todos lados estallaron carcajadas y entonces Arnold (el bueno, metiche, bondadoso, sensato y siempre correcto de Arnold) vio necesario intervenir, quizás Helga no fuera su mejor amiga (de hecho no estaba seguro si calificaba como amiga), pero había sido su aguerrida compañera en la escuela después de todo y no creía correcto que se burlaran así de ella.

—No deberías burlarte de Helga. —Con su tono amable de siempre el rubio intervino.

—Pero no lo hago. —Ivan contestó con presteza, parecía lejanamente sorprendido—. De verdad ella me gusta.

—Oh viejo, —Gerald negó con la cabeza—, ciertamente tiene un buen trasero, pero en serio, ¿Helga Pataki?, se ve que eres nuevo. —Al instante varios alumnos empezaron a educar al nuevo compañero acerca del volátil y explosivo comportamiento de la rubia, pero Arnold sólo podía pensar en una cosa, ¿buen trasero?, ¿por qué Gerald decía eso?, ¿cuándo lo había notado?, ¿en que momento?, era como caer en dimensión desconocida donde Helga dejaba de ser Helga (tirana, malvada, cruel, sin corazón Helga) para pasar a calificarla como una chica más, ¿buen trasero?, ¡Gerald estaba loco!

—Empieza diciéndote "Flecos de bisonte" y terminara poniéndole apodos a todo tu cuerpo. —Gerald intentaba desesperadamente poner al nuevo e inocente chico en órbita con la realidad.

—Oh bueno, —Ivan se pasó una mano tras la nuca sonriendo—, yo creo que eso es porque le gusto.

—¿Estas loco? —Sid que se había acercado hacía poco arqueó ambas cejas—. A éste chico lo tiranizó durante toda la primaria. —Jaló a Arnold de un brazo y lo puso en medio de todos, eso de alguna manera fue incomodo (y vergonzoso por decir lo menos)—. ¿De verdad crees que lo hizo por amor?

—¿Pero te sigue molestando? —Con felicidad Ivan se dirigió hacía Arnold.

—N-no, en realidad no. —Decirle "cabeza de balón" una vez a la semana cuando se topaban y caían al suelo en alguna esquina de la escuela no podía ser denominado como "molestar" no en el diccionario de Helga al menos.

—¡Exacto!, eso quiere decir que ya te olvido y si ahora me molesta a mí será porque me ama.

—Este chico esta un poco zafado, ¿cierto? —Sid le susurró a Gerald por lo bajo y el moreno le dio la razón.

—Como sea, nosotros te advertimos. —Se intercambiaron bromas amistosas y luego cada quien siguió su camino a casa, Arnold ligeramente intrigado, ahora que lo pensaba desde que Helga había dejado de molestarlo su relación se iba volviendo cada vez más como "si te vi ni te conocí" y aunque aquello era preferible a tener su tirana personal de alguna manera era triste.

—Ese Ivan esta loco, —cuando se separaron Gerald lo miró de reojo, casi como cuando quería sacarle un secreto a la fuerza—, si su teoría fuera cierta entonces es seguro que Helga te amaba locamente.

—Sí, —Arnold sonrió, aunque la sonrisa le quedó floja y a su mente llegó la imagen de una niña cubierta con una gabardina que intentaba escabullirse de él sin conseguirlo—, que bobo.

—Ni que lo digas. —Y haciendo su saludo (ese que los había unido como hermanos en la infancia) se despidieron.

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Arnold tenía clase libre así que había ido a la cafetería, sin embargo al llegar recordó que había olvidado la cartera y se vio obligado a regresar al salón, caminaba por un pasillo vacío cuando repentinamente notó que el cuarto de escobas estaba entreabierto y un trapeador asomaba sospechosamente por el resquicio. Sin ponerse mucho a pensar sujetó el trapeador y abrió la puerta para devolverlo a su lugar, pero al instante se suscitó un grito y luego algo parecido a un suspiro aliviado.

—Ah Arnold, eres tú.

—¿Helga? —Con sorpresa el rubio se metió al diminuto cuarto entrecerrando la puerta tras él, había muy pocas ocasiones en las que la rubia lo llamaba por su nombre, o la había sorprendido con la guardia baja o estaba demasiado enfadada con alguien más para prestarle atención a él… o ambas cosas.

—¿Qué haces aquí? —Arnold susurró, aunque ciertamente no supo porqué, no era como si él se estuviera escondiendo.

—Es ese idiota flecos de bisonte, —Helga apretó tan fuerte un puño que pareció que se sacaría sangre con las uñas—, no me deja en paz en ningún momento, me tiene hasta la coronilla, quisiera matarlo.

—¿Por qué no lo hablas con él? —Arnold le aconsejó, pero ella rodó los ojos.

—Por Dios Arnoldo el tipo es un negado, le he gritado que lo odio en la cara, le he aventado papeles toda la clase de física, le deje caer pudín en la cabeza, —oh sí, parecía que las viejas bromas infantiles volvían con fuerza—, ¡no entiende!

—Quizás… —Arnold en realidad no quería decirlo (no de esa forma al menos), pero al final no le quedo de otra—. ¿No has intentado…?, como cuando éramos chicos…

—¿Fuerza bruta? —Helga achicó los ojos, Arnold por toda respuesta asintió torpemente con la cabeza—. ¡Ay por Dios Cabeza de balón!, ¡sólo mírame! —La chica extendió ambos brazos a los lados como para darle mayor fuerza a su punto, aturdido Arnold hizo lo que le había pedido, primero observó su cabello, ahora lo llevaba atado en una coleta alta con un lazo rosa, la dorada melena le caía hasta media espalda y el fleco desacomodado le tapaba la frente, sus cejas (¡Dios, eran dos y no solo una!) seguían tan gruesas, negras y enfáticas como siempre, sus ojos oscuros tenían la fiereza de antaño y curiosamente la boca se le había vuelto más gruesa. Vestía una playera negra que le quedaba bastante holgada, pero aún así dibujaba el contorno de unos senos que parecían en su punto justo (¿Helga?, ¿senos?, ¿punto justo?, ¡que alguien lo matara!), después hacía aparición una falda rosa que le llegaba unos dedos arriba de la rodilla, piernas torneadas, delgadas y bastante raspadas, no la clase de piernas bien cuidadas de una chica de secundaria ordinaria.

—¿Entiendes? —La voz de Helga lo volvió a la realidad, pero solo pudo observarla con el mismo aturdimiento de antes—. Eres imposible Arnoldo, ¡mira! —Sin darle tiempo a negarse le sujetó un brazo y lo puso lado a lado con el suyo, Arnold no pudo hacer otra cosa que observar, ¿cuándo su brazo se había vuelto el doble de grueso que el de ella? Y ahora que caía Helga tenía que verlo hacía arriba cuando en el pasado ella había sido la más alta de los dos, ¿en que momento había pasado todo eso?, asustado retiró rápidamente su brazo como si le quemara.

—Exacto melenudo, —pero al parecer Helga creía que había visto su punto—, la naturaleza me jugo chueco y ahora hasta un flacucho como tú puede derribarme, ahora ya sólo le pegó a Harold en mis sueños, ¡pero…! —La chica alzó un dedo con la mirada triunfal de quien tiene un buen plan—. Tengo cerebro y sé como usarlo Arnoldo, ese flecos de bisonte se va a arrepentir de jugar con Helga G. Pataki, ya verás. —Acto seguido Helga salió del cuarto de escobas con el mismo arrebato de siempre (echándolo a un lado en el proceso) sin embargo Arnold estaba tan sorprendido de sus nuevos descubrimientos que ni siquiera pudo quejarse.

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—Sabes, creo que ese Ivan va en serio. —Gerald comentó con ambas manos tras la cabeza, estaban caminando al campo de béisbol, a esa hora las chicas terminaban sus prácticas y empezaban las suyas.

—¿En serio? —Arnold preguntó sin saber muy bien cómo sentirse al respecto, es decir, era gracioso que alguien sintiera esa clase de amor por Helga, ¿cierto?, (gracioso o espeluznante) pero por alguna razón sentía que el sentimiento que lo embargaba no era ese.

—Bueno, son tal para cual, —Gerald sonrió—, él se la pasa hostigándola todo el tiempo, dicen que intentó espiarla en los vestidores y que Helga le estrelló el palo de la escoba en la cabeza.

—Definitivamente Helga. —Sid sentenció con su voz medio gangosa de siempre—Realmente no sé como un chico atractivo como ese pudo fijarse en Helga, —frunció un poco el ceño—, es decir, ¡es Helga!

—Bueno, —Stinky que avanzaba unos pasos más atrás entrecruzó los dedos tras su espalda—, la verdad es que cuando pasas tiempo cerca de Helga a veces termina olvidando que estas ahí y te deja conocerla un poco más. —Arnold lo miró de reojo recordando que una vez (cuando tenían 9 años) Stinky le confesó que se había enamorado de Helga y que su desamor le había roto el corazón.

—¿Conocerla? —Sid lucía escéptico con todas las de la ley—. ¡Ella es una persona sin corazón!

—En realidad es muy tierna. —Stinky parecía nervioso y no muy seguro de que hablar fuera lo correcto—. Cuando se olvida que estas ahí y empieza a hablar sola dice mucha poesía.

—¿Poesía? —Sid frunció el ceño.

—Ahora que lo recuerdo algo así decía el señor Simmons. —Gerald pasó las manos tras su nuca, pero Arnold observó con desconcierto que lo miraba solo a él—. Que conocerla a través de sus escritos había cambiado su vida o algo así. —Arnold también lo recordaba, quiso preguntarle a Gerald si el recuerdo le parecía gracioso o porqué lo estaba viendo con esa expresión burlona.

—Y hablando del rey de Roma. —Pero Gerald rompió el contacto visual y señaló al frente, Helga corría, la coleta casi deshecha sobre un hombro, el flequillo sudado pegado a la frente y una expresión de horror total.

—¡Espera Helga! —Ivan corría tras ella agitando los brazos—. ¡Solo quiero darte amor!

—¡Piérdete flecos de bisonte! —Helga le chilló sin dejar de correr.

—¡Por favor, lo merezco, lo sabes!, ¡tiraste mi mochila al contenedor!

—¡Solo déjame subnormal! —Por un breve, muy breve instante Helga miró por encima de su hombro para ver que tanto le llevaba de ventaja a su captor, aquello fue un craso error, tropezó con una piedra y antes de poder evitarlo se encontró chillando en el aire de camino al suelo, los chicos por entero desviaron la mirada con el "uuu" que precedía a una caída espantosa, sin embargo esta nunca se llevo a cabo porque Ivan la sujetó de la cintura y antes de que pudiera intentar siquiera darse cuenta se la había subido sobre un hombro.

—¡Ah! —El rostro de Helga enrojeció por completo—. ¡Bájame chiflado!

—No hasta que me digas que me amas.

—¡Te odio flecos de bisonte!

"¡Te odio cabeza de balón!" Arnold se vio a si mismo siendo victima de Helga cuando eran niños, solo que esta vez por más que gritara enfurecida parecía que la victima estaba siendo ella.

—Sé que me amas. —Ivan la abrazó contra si sacándole el aire, era considerablemente fuerte, eso o Arnold no se había dado cuenta de que en algún punto Helga se había quedado como una chica delgada que por consiguiente era muy fácil cargar. La falda rosa se subió por completo, gracias al cielo Helga usaba short abajo, lo malo es que era muy corto…

—¡Bájame inútil! —Sinceramente ni Arnold ni los demás recordaban haberla visto tan furiosa antes, se debatía en sus brazos como un animal salvaje y movía las piernas con el afán de patearlo como si no hubiera un mañana.

—Esta bien pero dame un beso. —Ivan la separó un poco para verla a los ojos, por un momento pareció que Helga iba a estallar, pero luego sonrió de medio lado.

—Esta bien. —Los chicos que observaban se unieron en un profundo "¡Iugh!", pero Arnold simplemente entreabrió la boca, ¿de verdad iba a besarlo?—. ¡En tus sueños pelmazo! —Acto seguido le asestó una patada en los bajos que la dejo en libertad de mala manera (cayó al suelo como perrito apaleado), pero por lo menos tuvo la satisfacción de ver a Ivan desplomarse en el suelo.

—¡Helga! —A lo lejos Phoebe agitó la mano señalando un auto, parecía el carro de Lorenzo, a saber. Sin siquiera ponerse a pensar Helga echó a correr, ni siquiera notó a sus antiguos compañeros y Arnold sintió la brisa pegarle en la cara cuando ella pasó a su lado… sin verlo.

―Ugh. ―Ivan se retorció con ambas manos en la entrepierna―. ¡Helga, te amo!

―Dios mío, empiezas a darme miedo. ―Gerald puso cara de asco y se acercó a él seguido de los demás.

―Deberías dejarla en paz. ―Arnold se encontró hablando antes de siquiera razonarlo y su voz no estaba siendo amable―. Ella ya te ha dicho de manera directa que no le interesas. ―Sid giró a verlo con ligera perplejidad, es decir, Arnold siempre era quien daba consejos y se metía en donde no le importaba, pero por primera vez desde que eran niños le parecía que aquel consejo lo había dicho con enfado.

―Yo creo que si persevero tendré éxito. ―Ivan estaba realmente llorando y Gerald le ayudó a sentarse en el pasto por camaradería masculina posterior a un golpe en su sitio más sagrado.

―Yo creo que la estas acosando. ―Stinky declaró con rotundidad―. Y ya no tenemos ocho años.

―Me encanta ver como se encienden sus ojos cuando se enoja. ―Ivan suspiró y Gerald lo soltó como si la estupidez fuera contagiosa.

―Si ella en realidad te gustara no deberías sentirte feliz haciéndola enojar. ―Arnold remató con una voz más parecida a la habitual de chico bueno, aunque en su mente recordó a una niña que lo había molestado hasta el borde de su paciencia y que luego le había dicho que lo quería… bueno, pero se había retractado…

―Como sea. ―Gerald tronó los dedos de sus manos―. Puedes ser todo lo idiota que quieras alrededor de ella pero si vuelves a tocarla cuando ella te ha dicho que no lo hagas vamos a tener que tomar cartas en el asunto. ―Stinky asintió con la cabeza también, Sid abrió la boca como diciendo que él no quería entrar en ese grupo de vengadores y Arnold miró a su amigo como si de pronto no lo reconociera.

―¿Es que a ti también te gusta? ―Ivan entrecerró los ojos.

―No. ―Gerald arqueó ambas cejas―. Pero es la mejor amiga de mi chica así que te estaré vigilando.

―Lo que ordene novio de la mejor amiga. ―Ivan puso una mano a modo de saludo militar y Gerald rodó los ojos dejándolo sentado aun medio quejándose en el pasto.

―Es más estúpido de lo que pensé.

―Lastima de apariencia. ―Sid dio una mirada atrás como sintiendo pena de que un hombre tan atractivo fuera al mismo tiempo tan tonto. Arnold caminó mecánicamente detrás de Gerald, quería preguntarle muchas cosas y de pronto parecía que todo lo que había dado por sentado se removía bajo sus pies.

Había sido un poco extraño ver a Gerald y a Stinky defendiendo a Helga y bueno, también él se había puesto un poco raro, era solo que ver a Helga intentando soltarse de alguien que no se lo permitía…

Helga era una chica, de niños eso no había parecido tener mucha importancia, ni siquiera porque siempre usaba vestidos y lazos, era tan ruda que casi nunca recordaban que era una niña. Pero viéndola en brazos de Ivan era obvio, era muy obvio que era una chica.

―¿Te pasa algo? ―Gerald le chasqueó dos dedos frente a la cara cuando Stinky y Sid se despidieron y él seguía sin hablar.

―N-no.

―Sí, claro. ―Llevaba rato que Gerald lo veía con esa sonrisita de suficiencia.

―Es solo que... ―¿Qué se había dado cuenta que Helga era una niña y que ahora molestaba a otro chico y no sabía si era porque le gustaba o simplemente porque el chico en cuestión la molestaba a ella?

―Phoebe ama a Helga, ¿sabes? ―Gerald tronó los huesos de su cuello―. A veces cuando vamos por helado solo hablamos de ella, al principio me daba la lata pero luego me he dado cuenta que ha tenido una vida dura. ―Gerald pateó una piedrita―. Y luego todos esos comportamientos raros de la escuela tenían una razón de ser.

―¿A qué te refieres con eso? ―Arnold sabía de su hermana que era perfecta y con quien siempre la comparaban, sabía de su padre egocéntrico y su madre… no recordaba mucho de su madre.

―Todos tenemos nuestras cosas en casa, ―Gerald metió las manos en sus bolsillos―, pero creo que ella lo ha tenido más difícil, es todo.

―¿Pero por qué dices eso? ―Arnold se detuvo, Gerald suspiró.

―No puedo decirte, secreto de chicas.

―¡Tú no eres una chica!

―Cuando eres un novio entras a formar parte del secreto de chicas. ―Gerald alzó el dedo meñique―. No puedes decirlo.

―¿Ni a tu mejor amigo?

―Te he dado pistas, ¿no? ―Y de nuevo esa risita burlona, Arnold le metió un empellón.

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Está bien, Gerald había despertado su curiosidad y bien que mal él había sido parte del grupo "vamos a proteger a Helga" así que ahí estaba… espiando.

No, espiar era una palabra muy fuerte, era mejor dejarlo en "tarea de protección y seguimiento", en las primeras horas Stinky había ido con él y casi había sido divertido, pero ahora Stinky se había ido a clase, Gerald había dicho que iba a la cafetería con Phoebe y ahí estaba él: espiando.

Helga llevaba una playera negra de Queen y su falda rosa salía disparada por debajo, había estado mucho rato sola debajo de un árbol mordisqueando un lápiz y escribiendo, no parecía que estuviera haciendo tarea, más bien parecía que escribía algo para sí misma.

Poesía, Stinky había dicho que hacía poesía.

Se imaginó que serían versos rudos como lo era ella, tal vez palabras de protesta o incluso con pensamientos oscuros de golpes y patadas. Aquello le causo gracia. La gracia se fue en cuanto vio que Ivan aparecía de su lado izquierdo y sus ojos se iluminaban como un niño que ve un caramelo nuevo.

―¡Helga! ―Había que admitir que no atacaba a traición. Helga lo miró con los ojos entrecerrados y guardó la libreta en su mochila, luego se puso de pie y puso los dos puños al frente como si se preparara para un round de box.

―Ven acá y voy a barrer el piso contigo. ―El asunto era poco probable porque ella era mucho más delgada y pequeña que él.

―Sea la paz. ―Ivan levantó ambas manos como un adiestrador intentando domar a una fiera.

―Pues no te acerques. ―Pero él se siguió acercando, pasos largos y titubeantes a través del césped.

―Helga me gustas mucho muchísimo.

―Solo estas medio obsesionado. ―Helga entrecerró los ojos―. Sé lo que te digo ya pase por eso.

―Lo sabía. ―Los ojos de Ivan se iluminaron―. Me contaron de un tal Arnold cabeza de balón. ―Al instante la cara de Helga se puso roja, las mejillas, las orejas y un escandaloso rubor le bajó por el cuello.

―Ni idea de lo que hablas. ―Pero todo su cuerpo la había delatado y Arnold sintió que algo tiraba en su estómago, algo que daba vueltas y era horrible, pero a la vez maravilloso.

―Pero si ya lo superaste puedes darme una oportunidad.

―¿Quién dijo algo de superarlo? ―Helga recordó la pose de batalla y volvió a subir los puños―. Estaba medio obsesionada dije. ―¿Eso que significaba?, ¿qué ya lo había superado?, ¿o que sus sentimientos se habían vuelto verdaderos y tranquilos como debía ser el amor?

―Pues entonces yo estoy obsesionado contigo. ―Ivan ya estaba a escasos dos pasos, aun con las manos en alto―. ¿Por qué no salimos y decides si quieres o no darme una oportunidad? ―Sus palabras comedidas no tuvieron mucho que ver con sus acciones pues agarró a Helga de un puño y la atrajo hacía él, por supuesto Helga uso el otro puño para darle en la cara, pero él le sujetó ambas manos y la volteó para que su espalda quedara contra su pecho.

—De verdad, de verdad, de verdad, me gustas mucho, muchísimo. ―Como un niño pequeño le besó repetidamente la cabeza, pero Arnold podía ver la expresión de Helga y estaba ahí, con aquel rostro de impotencia, como si fuera a echarse a llorar y al mismo tiempo reuniendo todas sus fuerzas para intentar un ataque suicida.

Y se preguntó si la escuela para ella había dejado de ser el lugar seguro fuera de los problemas en su casa.

―¡Ey! ―Siempre había sido un hombre de palabras, sus acciones siempre eran honestas y de frente, siempre había pensado que las personas se entendían hablando y no con golpes―. ¡Suéltala! ―Pero quería golpearlo por hacer que ella pusiera esa cara.

―No le estoy haciendo daño. ―Ivan la soltó sonriendo―. Solo le besaba la cabeza porque tiene un cabello que parece oro. ―En cuanto la soltó Helga se dio la vuelta levantando la rodilla, pero él la bloqueo con ambas manos dando un brinquito para atrás―. No me la vas a volver a hacer cariño.

―Ella no es tu cariño. ―Arnold se detuvo frente a él y puso un brazo frente a Helga para que desistiera de seguir atacándolo―. Te advertimos que la dejaras en paz.

―Ya tuviste tu momento. ―Ivan se pasó una mano por el cabello―. Ella te supero.

―Ella no necesita estar conmigo para que yo me preocupe por ella. ―Para su desconcierto Arnold sintió como ella ponía las dos manos sobre su brazo, deditos que estaban temblando.

Era una chica.

Una chica que estaba siendo acosada pero nadie lo tomaba en cuenta porque él era demasiado guapo.

―Helga y yo nos parecemos. ―Ivan le guiñó un ojo―. Por eso no se queja ni me reporta, ¿no es así cariño? ―Los deditos de Helga se apretaron más fuerte contra su brazo, pero su voz salió igual de cínica que siempre.

―No necesito guardianes para darte una paliza pelos de bisonte. ―Aunque no era cierto.

―Solo déjala en paz. ―Arnold dio media vuelta y Helga le soltó el brazo siguiéndolo a escasa distancia, Ivan no hizo por seguirlos, aunque tronó un par de besos en el aire y le dijo que la amaba al infinito y más allá.

―Debí clavarle el lápiz en la pierna. ―Helga refunfuño cuando ya estaban llegando a la entrada de la escuela, luego giró a verlo y puso dos dedos contra su frente en señal de despedida―. Gracias por la ayuda Arnoldo.

―Espera. ―Arnold puso las manos a sus costados sin tocarla para que no se fuera―. Él te está molestando en serio.

―Nada que no pueda manejar.

―Es claro que no lo puedes manejar.

―¿Estás diciendo que soy una debilucha cabeza de balón? ―Sus ojos se encendieron y entonces Arnold se dio cuenta de algo, como había dicho Gerald los comportamientos del pasado se explicaban, ella no quería, de ninguna manera quería que pensaran que era débil.

―Estoy diciendo que en ocasiones debemos pedir ayuda. ―Intentó que su voz fuera lo más suave posible, pero ella se cruzó de brazos, todo su cuerpo en negación.

―¿A quién exactamente?, ¿a los maestros que me tienen fichada y dirán que seguro le hice algo y me lo merezco?, ¿a los compañeros que maltrate durante toda la primaria?, el karma vuelve Arnoldo. ―Helga se mordió la uña del pulgar―. Lo que necesito es un mejor plan.

―Teníamos nueve años. ―Arnold parpadeó―. Eran travesuras de niños.

―Quizás no te acuerdas Arnoldo pero te molestaba tanto que me tuvieron que enviar a terapia infantil. ―Helga dejo de morder su uña, como si una idea hubiera iluminado su mente―. Lo tengo, voy a hacerlo picadillo en el entrenamiento del gimnasio.

―Yo… ―Arnold abrió mucho los ojos―. No sabía… ―¿Cuántas cosas habían pasado siendo niños que ellos eran demasiado jóvenes para comprender?, por otro lado el cerebro de Helga, como siempre, trabajaba más rápido que el de una persona normal―. Espera, nada de bromas pesadas en el gimnasio.

―El fuego debe combatirse con fuego Arnold. ―Y ahí estaba, aguerrida y malhumorada, como si hubiera olvidado los deditos que habían temblado contra su brazo hace apenas unos minutos.

―No, el fuego se combate con agua. ―Arnold extendió la mano con la palma para arriba―. Ven conmigo, vamos a reportarlo. ―Helga se quedó ahí, viendo su mano y Arnold supo que dentro de ella se libraba una batalla que iba más allá de ese momento.

―No quiero. ―Finalmente su voz salió, más baja de lo que jamás se la hubiera escuchado―.Tú nunca me reportaste, ni Harold, ni Gerald, ni ninguno de ustedes, lo de la terapia infantil fue porque el profesor se dio cuenta solo.

―¿Te hizo bien la terapia infantil? ―Arnold arqueó ambas cejas y Helga dio un parpadeo, luego en su rostro se dibujó una sonrisa, Arnold rara vez la había visto sonreír, su rostro se transformaba, era una cara muy bonita.

―Sí. ―Helga se río―. Sí, hasta abrace a la terapeuta. ―Arnold se la imaginaba a los nueve años, aquella niña ruda abrazando a una mujer que la había escuchado―. Incluso deje de molestarte tanto, aunque quien sabe si lo notaste.

―Creo que sí. ―Arnold también sonrió, seguía con la mano estirada hacia ella―. Podíamos charlar más al final de la escuela.

―Sí… ―Ella volvió a ver su mano, como si quisiera sujetarse, pero no se atreviera.

―Tal vez Ivan también lo necesite. ―Arnold movió los dedos y ella finalmente le tomó la mano―. Tiene que saber que si le gusta una chica no puede hacer esas cosas.

―Yo no le gusto. ―Helga miró al suelo―. Es solo que escuchó que nunca había besado a nadie… ―Levantó rápido la vista―Más que a ti claro, de niños, pero esos no cuentan. ―Arnold frunció un poco el ceño, para él si contaban, Helga continúo―. Bueno el caso es que escuchó que yo era una chica difícil con cero experiencias y creyó que como él era muy guapo y yo tan… bueno, pensó que sería fácil y de pronto terminamos así.

―Bueno, eso es peor. ―Arnold echó a andar, la mano de Helga era pequeña y cabía en su mano―. Pero si me preguntas a mí yo diría que eres bonita. ―Pensó que le iba a contestar con algún comentario cínico, pero el rostro de Helga se sonrojo y caminó más despacio para que él no le viera la cara.

Oh.

Entonces la obsesión se había vuelto amor.

.

..

.

Al final Arnold había sido quien había reportado a Ivan porque Helga se había encerrado en un hosco silencio. Quizás había sido lo mejor, por su historial de estudiante ejemplar lo habían escuchado y se habían tomado medidas.

Ivan iba a tener que pasar con el psicólogo estudiantil y no podía acercarse a Helga dentro y fuera del plantel, de caso contrario sería suspendido.

Helga había estado todo el tiempo enrollando y desenrollando la parte de debajo de su playera contra su dedo índice mientras veía a todo el mundo con mirada torva.

Protección.

Nerviosismo.

Fortaleza.

Ayuda.

Era increíble que hasta ese momento no hubiera notado que su expresión corporal gritaba ayuda.

Los días siguientes Arnold le propuso a Helga andar por ahí juntos, por si acaso. Stinky a veces se unía y en ocasiones iban todos juntos con Gerald y Phoebe, pero en general eran solo ellos dos.

Una vez Ivan le había dejado caer una carta sobre la falda mientras estaban sentados en la cafetería. Helga la había leído y luego la había hecho trocitos echando los pedazos en el bote de basura, Ivan se había llevado una mano al pecho fingiendo dolor y todos se habían reído.

Arnold solo lo miró fijo y él le guiñó un ojo, pero eso fue todo, no volvió a acercarse.

Arnold descubrió que Helga llegaba muy temprano a la escuela sin haber desayunado, que almorzaba papas y refresco, que hacía una cantidad de ejercicio exagerada después de clases y que se quedaba tan tarde en la escuela que a veces ya había anochecido.

Se preguntó si en casa cenaba.

Tal vez no.

No le sorprendió darse cuenta que se había vuelto delgada y pequeña en comparación con los demás.

Phoebe era una amiga estupenda y siempre traía un poco de comida de casa para ella: un sándwich, un jugo, guisados caseros… pero Helga era un caso, apartaba las verduras, intentaba comerse solo la carne y desdeñaba todo lo que tuviera incluso un lejano tinte verde.

Para sorpresa de Arnold una vez le había ofrecido una manzana y ella se la había comido, luego le había dado una pera, luego sandia picada, Helga se comía todo lo que le daba, aunque a veces se escondía para hacerlo.

Chica rara.

En ocasiones después de correr como loca por la pista de atletismo se acostaba en las gradas con el cabello desparramado y Arnold veía las hebras doradas brillando bajo el sol. Su cabello era dorado y abundante, aunque estaba igual de descuidado que el resto de su persona. Aun así, cuando estaba ahí con los ojos cerrados parecía que durmiera sobre una cama de oro.

Siempre que pasaba el tiempo con Helga Gerald lo veía con una sonrisita, a veces también le daba la misma sonrisita pedante a Helga y ella le enseñaba el puño. Por eso sabía que Gerald se estaba burlando de ambos, pero no le decía nada.

Secreto de chicas.

Phoebe era ultra amable, siempre intentando dejarlos solos, siempre hablando de tantas cosas que Helga hacía bien y tantas cosas en las que era buena. Gerald tenía razón, era una excelente amiga.

Cuando Helga hablaba de Phoebe siempre era con una sonrisa, diciendo que no la merecía, que Phoebe era la más brillante, amable, inteligente y genial amiga del mundo y que se desperdiciaba con ella.

A Arnold le parecía que simplemente habían encontrado en la otra su persona favorita en el mundo. Algo así como la relación que tenían él y Gerald.

Con el paso de los días Ivan desapareció del radar y un día que Helga pelaba una mandarina que él le había dado habló sin girar a verlo.

―No parece que el pelos de bisonte vaya a volver así que ya no necesito un guardián cabeza de balón. ―Aquello lo tomó por sorpresa.

―Pensé que éramos amigos.

―Sí. ―Helga estaba súper concentrada en la mandarina, ni siquiera lo veía―. Pero no necesitas estar conmigo 24/7, ve a hacer cosas de melenudos. ―Arnold la miró, pero ella no le regresó la mirada.

―¿Te molesta que éste contigo?

―Sí. ―Sus cejas se fruncieron más―. Quiero hacer mis cosas y tú me estorbas. ―Si hubieran tenido nueve años se hubiera encogido de hombros y hubiera aceptado lo que le decía, pero ahora podía ver los gajos que brincaban de un lado a otro porque le temblaban los dedos.

―Cuando éramos niños también te molestaba tenerme cerca.

―Sí. ―Se echó un gajo a la boca y lo masticó viéndolo de frente―. Siempre tan bueno, preocupándote por los desvalidos. ―Ironía, cinismo, y un pie que no dejaba de moverse de un lado a otro.

―Siempre me gritabas por meterme en tu camino.

―No has cambiado mucho. ―Sus cejas enfáticas y esos ojos de mirada pesada y fija que ahora le parecían tan diferentes.

―Nunca has sido muy buena con lo de la sinceridad. ―Arnold soltó un suspiro y se sentó en la banca, luego palmeó a un lado para que ella también se sentara―. ¿Es por lo que están diciendo?, ¿qué si somos novios?

―Tengo una reputación que mantener. ―Ella se sentó―. Si creen que estoy saliendo con santo Arnoldo nadie va a volver a tenerme miedo nunca.

―No necesitas darle miedo a la gente. ―Arnold adelantó una mano y movió los dedos en el aire, ella le miró la mano, fijo, siempre hacía eso, se quedaba viendo lo que quería sin atreverse a agarrarlo―. Y no importa lo que digan los demás podemos ser amigos pegajosos.

―No quiero ser tu amiga pegajosa. ―No, seguro que no lo quería, Arnold era muy bueno observando.

―Está bien, yo tampoco quiero. ―Arnold movió más los dedos y finalmente ella le dio la mano, más por acto reflejo que por verdadera voluntad, como un gatito hipnotizado con el estambre que se mueve―. Quiero cuidarte.

―No necesito un guardián. ―Ella lo miró ceñuda, dedos húmedos de nerviosismo.

―¿Qué tal un novio?

―¿Es una broma? ―Parecía tan enfadada que Arnold le acarició con el pulgar su mano para que no se zafara de él.

―Me gustas.

―¿Qué parte exactamente? ―Pero ella se soltó y se puso de pie―. La que tiene el acoso escolar de tu infancia, la que tiene fama de matona en la escuela, la que le tiene alergia a las verduras, la que hace tanto ejercicio a ver si desaparece… ―Su voz fue subiendo y Arnold también se puso de pie―. La que come basura a ver si se parece más a su padre, la que no quiere volver a casa por si por fin se encuentra a su madre muerta, ¿cuál parte Arnoldo?, ¿la que te grita, la que te insulta, la que…?

―La que está ahí abajo temblando. ―Arnold la rodeó suavemente por la espalda, ella se tensó entera―. La que ama a su amiga, la que escribe poemas, la que se ríe, la que se sonroja, la que es fuerte, aguerrida, tiene las rodillas raspadas y el cabello muy dorado. ―La pegó a su pecho y sintió como ella se desinflaba, sus manos lo agarraron de la playera y nuevamente sintió sus dedos temblar.

Arnold quería que algún día, cuando estuviera con él pudiera hablar libremente en lugar de aquello, que pudiera llorar o ser vulnerable o cualquier cosa que quisiera sin sentir que el control se le iba de las manos.

―Qué dices, ―aun así trato de que su voz fuera alegre―, ¿aceptas ser la novia de Santo Arnoldo?

―Mi reputación… ―Su voz aun no recuperaba la estabilidad y los dedos se enroscaron contra su playera.

―Arruinada. ―Arnold se separó un poco de ella y le levantó con un dedo la barbilla, tenía el rostro más hermoso del mundo, con los ojos azules brillantes y las mejillas sonrojadas―. Quiero cuidarte y amarte y que tú me cuides y me ames a mí, ¿estás de acuerdo? ―Ella asintió con la cabeza, nunca había visto esta parte de ella, la Helga tímida y hermosa que parecía que creía en princesas y dragones, en castillos y caballeros.

―Me gustas mucho, muchísimo. ―Porque si algo tenía Arnold es que siempre había sido honesto con sus sentimientos―. ¿Te puedo dar un beso?

―¡No! ―Helga gritó horrorizada y él no pudo evitar echarse a reír y abrazarla contra él, ella se escondió en su pecho abochornada.

―¿Aceptas ser mi novia? ―Le susurró al oído y pudo ver como los ojos de Helga se cerraban y se le escapaban las lágrimas mientras asentía con la cabeza aun contra su pecho.

Se preguntó cuánto tiempo ella lo habría esperado.

Se preguntó desde cuando lo sabría Gerald.

Se imaginó lo muy, pero que muy contenta que se pondría Phoebe.

Se imaginó a sus abuelos riendo cuando la llevara a casa porque siempre le preguntaban por su amiga rubia de una sola ceja que antes se pasaba mucho por ahí.

Finalmente le limpió con los pulgares el rastro de lágrimas en las mejillas y le pareció la cosita más bonita que había visto nunca en su vida.

―Arnoldo, ―le dio gracia que en un momento tan íntimo se le ocurriera hablarle por aquel apodo―, te amo desde que íbamos al jardín de niños.

―Gracias por esperar. ―Y a pesar de que aún estaba llorando se inclinó y la beso en la boca, para su sorpresa ella lo sujetó del cuello y fue tan intenso el momento que se cayeron al suelo.

―Arnoldo. ―Aturdida ella giró a verlo―. Si no quieres ser un padre adolescente me vas a tener que poner freno.

―Intentare proteger con valentía mi honra mi lady. ―En la sonrisa que ella le dirigió Arnold supo lo fácil que sería amarla, lo fácil que ya estaba siendo en realidad.

Aquel amado enredo dorado.

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Notas de Okashira janet: Milagrosamente he recuperado mi computadora con todos los archivos, mi esposo no podía creerlo y ha anunciado que "la estufa está de vuelta, perros".

Estaba tan feliz que he abierto el archivo de fanfics y me encontré esta historia a medio terminar y no pude aguantar la tentación. La empecé a escribir hace años porque me avente un maratón de Hey Arnold y de verdad que me encantan los personajes de Arnold y Helga.

Espero que aunque sea un poco les haya gustado. Besos polares.

10 de Noviembre del 2023