—Oh, mis niños —sollozó Ruth, acercándose a la joven pareja para darles un abrazo, transmitiéndoles en él la felicidad que la embargaba por el compromiso.
Los otros dos Reyes extendieron sus sinceras felicitaciones al igual que lo hicieran Eugenia, Ruby y Belle quienes eran los presentes del salón. Hicieron un pequeño brindis donde todos bebieron a excepción de Regina por el embarazo.
—Felicidades, hijo. —George se tomó un momento para estrechar a David entre sus brazos. La felicidad que sentía era inaudita. Tenía a su pequeño de vuelta y ahora lo había comprometido en matrimonio con la mujer que amaba. No cabía de la dicha por saber que su hijo sería muy feliz.
—Gracias, padre —murmuró el príncipe, abrazando con fuerza al hombre que lo había dado todo por él y por su madre en tan poco tiempo. No tenía duda que los amaba y que siempre lo había hecho por lo que lamentaba mucho el que pasaran tantos años separados.
—Es usted bellísima, Majestad. —La doncella del Sol no pudo quedarse callada, pero es que se encontraba realmente impresionada por la belleza de la joven Reina quien esbozó una sincera sonrisa como respuesta por el halago.
—Gracias por venir —le dijo, sorprendiendo a Belle quien no esperó algo así de parte de la Reina—. David me habló de ti. Gracias por cuidar de él, por no dejarlo solo.
—No tiene nada qué agradecer, Majestad. Lo hice con mucho gusto —respondió con algo de lentitud, pues seguía sorprendida.
—Espero tengas una agradable estadía —dijo Regina con amabilidad.
—Me encargaré de ello —interrumpió Ruby—. Le mostraré más del castillo —aseguró. Después calló, al notar que Ruth se les unía.
—Regina, ¿podemos hablar un minuto? —preguntó la mujer mayor a la joven Reina quien de inmediato asintió.
—Por supuesto —respondió mientras Ruby y Belle se retiraban.
—Sé que no hemos hablado mucho, pero quiero darte las gracias por aceptar a mi hijo aun cuando ni siquiera sabías quién era realmente. Él te ama mucho y puedo asegurarte que te hará muy feliz —dijo con nudo en la garganta porque nada la hacía más feliz que saber que David se casaría por amor.
—No tiene nada qué agradecer, Ruth. David es un hombre maravilloso que supo ganarse mi corazón desde el día en que lo conocí.
La mujer mayor no se pudo contener y abrazó, con su habitual dulzura maternal, a Regina quien correspondió la muestra de cariño con profundo agradecimiento. Cuando se separaron, se tomaron de las manos y Ruth, quien tenía lágrimas en los ojos, le dejó un beso en la mejilla a la Reina.
—De hoy en adelante tú también serás mi hija, porque eres la felicidad de mi hijo.
Regina se quedó sin palabras y se conmovió profundamente con lo que la madre de David le decía. Ella no conoció a su madre, jamás tuvo una y no sabía cómo sentirse con exactitud, pero la hacía muy feliz pensar en tener a Ruth como una figura materna en su vida.
La pequeña celebración continuó entre risas y mucho amor por parte de David y Regina quienes no dejaron de abrazarse, aprovechando cualquier oportunidad para profesarse su amor con pequeñas miradas y tiernas caricias. Apenas podían creer que meses atrás lo arriesgaban todo al atreverse a rozar sus manos y que ahora podían tocarse como lo desearan.
—Como lo dicta el protocolo, tenemos que decidir los términos de la unión entre los reinos —dijo Stefan, dando por terminada la pequeña celebración.
Los otros Reyes asintieron mirando a Regina quien entendió debía acompañarlos al salón de asuntos reales. Se despidió de David quien la tomó del rostro con ambas manos, la besó con ternura y le repitió sobre los labios muchas veces cuanto la amaba mientras ella sonreía divertida porque debía irse y él no parecía tener intenciones de dejar que eso sucediera.
Al final tuvo que dejarla ir quedándose rodeado de las cuatro mujeres que le informaron comenzarían a instruirlo en temas de realeza. David quiso protestar, pero al ver la ilusión en los ojos de su madre prefirió callar y dejarse llevar. Después de todo era un príncipe y no uno cualquiera, sino el futuro consorte de la Reina del reino Blanco y el heredero al trono del reino del Sol.
—Antes de establecer cualquier acuerdo para la unión de los reinos, es necesario que sea coronada a la brevedad —dijo Regina una vez que los cuatro estuvieron sentados alrededor de la mesa. Los tres hombres se sorprendieron por la premura por lo que decidió contarles lo sucedido—. El ex consejero Sidney trajo un mensaje del Sultán de Agrabah: mi mano en matrimonio y, en caso de negarme, declarar una guerra convocando otros reinos. Obviamente rechacé la propuesta, así que la coronación no puede esperar más.
—Por Dios —murmuró Midas, preocupado, volteando a ver a sus dos amigos quienes se notaban contrariados al igual que él.
—Tienes razón, Regina. Debes ser coronada lo antes posible —acordó George con aire pensativo—. Una semana, ¿te parece bien?
—Sí —respondió Regina, confiando plenamente en el padre de David.
—Me haré cargo de agilizar el proceso de la corona —ofreció Stefan.
—Eugenia y Ruth no tendrán problemas en organizar los preparativos para la celebración —comentó George.
—Ustedes son testigo suficiente para la legitimidad del acto por lo que no considero necesario invitar a otros reinos. Es de suma importancia que Hans no se entere hasta que haya sucedido. —Regina miró a los tres hombres con altivez y mucha decisión.
—Como tú desees, Majestad —respondió de inmediato Midas y Stefan asintió en acuerdo.
—Es lo más conveniente —aseguró George pues no olvidaba que el Rey del reino de la Luz era una amenaza latente. A decir verdad, dudaba que Hans se quedara conforme con su respuesta, pero tampoco deseaba alarmar a nadie. Confiaba en que una vez que Regina subiera oficialmente al trono desistiera de esa absurda idea de pensar que podía seguir usándola a conveniencia.
—Creo que el momento de elegir a tu consejo ha llegado —dijo Stefan a Regina quien asintió despacio, asimilando el gran compromiso que eso implicaba. No era una decisión cualquiera, era el futuro del reino Blanco, de ella, de David y del heredero en camino.
—Lo cierto es que no tengo muchos prospectos. —Pasó saliva y retorció los dedos entre las manos por debajo de la mesa ocultando su nerviosismo.
—De eso queríamos hablarte. —Intervino Midas con una sonrisa empática—. Hemos decidido que, si estás de acuerdo, podemos enviar a un consejero de cada uno de nuestros reinos para tu consejo.
—Maléfica, fiel consejera del reino Hechizado —dijo Stefan.
—Pascal, fiel consejero del reino del Sol. —Secundó George y fue el turno de Midas:
—Y Sileno, fiel consejero del reino de Oro. Ellos se quedarán contigo hasta que así lo decidas.
Regina asintió, sorprendida, asimilando la noticia y solo esperaba llevarse bien con los tres consejeros de esos tres reinos porque de lo contrario las cosas podrían salir muy mal.
—Hoy mismo informaré a la persona que he elegido —comentó porque necesitaba al menos a alguien que estuviera completamente a su favor.
—Esperaremos hasta que hayas sido coronada y tengas tu consejo para acordar los términos de tu unión matrimonial con David —ofreció George para que la prometida de su hijo no se sintiera abrumada. Era demasiado para la joven Reina y no olvidaba que llevaba en el vientre a su nieto.
David se vio atiborrado de libros con lecciones de literatura, escritura, porte, modales y no dejaban de mencionarle que debía aprender a usar otro tipo de armas, montar a caballo con destreza, aprender de la guerra, de los festejos, bailes y un sin fin de cosas de las cuales no entendía la mayoría. Sin embargo, estaba decidido a poner su mejor empeño en conseguir ese objetivo porque deseaba ser un esposo digno para Regina que era ahora la reina reinante de ese lugar.
—Tú puedes, cariño. —Alentó Ruth a su hijo.
El príncipe se limitó a sonreír mientras seguía y hacía lo que le era indicado. De un momento a otro fue puesto por Ruby muy derecho con un par de libros en la cabeza con la finalidad de aprender a caminar recto. Sus primeros intentos fueron desastrosos y solo miraba con recelo a Killian quien reía discretamente al fondo del salón, custodiando en silencio desde ahí. A esa lección le siguió la de tomar el té, de la cual, Belle fue la encargada. David insistió en que el caballero participara, así que la doncella tuvo dos aprendices a quienes reprobó al instante por falta de delicadeza. Comenzó a instruirlos y ellos a seguirla.
—¿Crees que lo conseguirá? —preguntó Ruth a Eugenia mientras veía casi con horror la escena de los dos jóvenes tratando de imitar la forma de tomar té que Belle indicaba. George ya le había comentado que habrían de partir pronto para la presentación oficial de David como el príncipe heredero ante el reino del Sol.
—He visto casos peores. Estoy segura que entre las cuatro podemos hacer un buen trabajo.
Los Reyes abandonaron el salón para dejar a Regina sola mientras aguardaba por la persona a quien habría de proponer ser parte de su consejo. Esperaba que aceptara porque nada la haría sentir más tranquila que tenerla de su lado. La puerta se abrió y entró una feliz, pero extrañada Eugenia al lugar.
—Granny —saludó al verla.
—Majestad. —Hizo una reverencia para ella—. ¿En qué puedo servirte?
—Siéntate, por favor —pidió, aguardando hasta que la mujer mayor hiciera lo indicado—. No sé cuál es la forma correcta de hacerte esta propuesta, pero más allá de querer, necesito que formes parte de mi consejo.
Eugenia parpadeó un par de veces, totalmente sorprendida por la propuesta de la joven Reina quien la miraba con ojos grandes, casi suplicantes porque diera una respuesta afirmativa.
—No creo que pueda ayudarte con algo tan serio como esto —respondió con sinceridad pues no sabía absolutamente nada de asuntos reales por lo que no entendía por qué Regina pensó en ella—. Lo único que hice en la vida fue ser doncella de este lugar.
—Precisamente por eso es que te necesito aquí conmigo. Tus consejos y tu apoyo me serán valiosos a la hora de tomar decisiones —argumentó y eso, pareció convencer a la abuela de Ruby quien le sonrió con empatía.
—Está bien —accedió con un gesto de asentimiento y es que no tenía a nadie más que a Ruby y su nieta no se iba a ir de ese lugar jamás. De esa forma podría estar siempre con ella y lo cierto es que Regina necesitaría mucha ayuda ya que, no solo estaba heredando un reino, sino que tenía un bebé en camino, estaba embarazada y eso sin duda pondría su vida de cabeza en algún punto. La joven Reina le sonrió agradecida.
—Te instalaremos en una habitación cercana a la de Ruby —ofreció Regina muy entusiasmada, exhalando aliviada.
—Muchas gracias. ¿Cómo te has sentido? —le preguntó. Ella pareció sorprenderse por un instante, pero después sonrió tenuemente, relajándose.
—Bien —respondió, acariciando su vientre—. Los vestidos comienzan a sentirse muy ajustados.
—Haremos algo al respecto. No te preocupes.
—Y después de la coronación, ¿podremos casarnos? —Fue lo único que David pudo preguntar a su padre después de enterarse de las decisiones recién tomadas. Su mente no podía pensar en nada más, esos temas lo abrumaban porque no entendía por qué todo tenía que ser tan complicado para la realeza a la cual ahora también pertenecía.
George esbozó una cálida sonrisa por la prisa de su hijo por contraer nupcias con Regina. Le recordaba tanto a él mismo. Habría dado lo que fuera porque decirles a sus padres hubiera sido algo sencillo, pero decirle a los Reyes que, como príncipe heredero al trono, has elegido a una doncella campesina como tu esposa y que además lleva en el vientre al futuro heredero, no lo fue. Por supuesto que en cuanto supo que Ruth había desaparecido mandó todo al demonio, enfrentó a sus padres y estos, no pudieron hacer más que apoyarlo en la búsqueda. Soltó un largo suspiro nostálgico mientras veía a su hijo, añorando esos años que no pudieron estar juntos.
—Todo a su debido tiempo. —Lo tomó de los brazos, buscando darle el mayor de los apoyos para que David no se desesperara—. No vinimos hasta acá a atacar y maté a Leopold para nada. Te aseguro que muy pronto vas a unirte en matrimonio con Regina.
—Ella es… la luz que ilumina mis días y que aun en la distancia iluminó mis momentos más oscuros —dijo, soltando un suspiro largo que evidenciaba lo perdidamente enamorado que estaba de Regina—. Y vamos a tener un hijo.
La sonrisa que David esbozó al decirlo lo iluminó todo para George. Lo estrechó entre sus brazos, sintiendo los ojos arder al llenarse de lágrimas cuando su hijo correspondió al abrazo con la misma intensidad. Quería decirle que lo amaba con todo su ser, pero no quería presionarlo. Entendía que para David no fuera tan sencillo quererlo como a él le gustaría, pero no perdería la esperanza de que algún día sucedería.
Ruby ingresó al salón de asuntos reales. A diferencia de Granny, ella caminó muy confiada hasta la mesa donde Regina esperaba su llegada, tomando asiento en la silla contigua para estar más cerca de su amiga.
—¿Todo bien? —preguntó porque supo que mandó llamar a Eugenia.
—Desde luego —respondió Regina muy entusiasmada—. Tu abuela aceptó formar parte de mi consejo.
—¿Cómo? —preguntó sorprendida mientras una sonrisa se ensanchaba en su rostro—. ¿Tú se lo propusiste?
—Sí. Nadie mejor que ella para aconsejarme. —Sonrió alegré, pero después, su semblante se tornó serio—. Ruby, tú has sido mi mejor amiga. Has estado conmigo desde que llegué aquí. Me has apoyado, me has consolado y nunca me has dejado sola. —Alargó las manos para tomar las de ella—. Quiero que seas mi dama de compañía. —La miró a los ojos, esperando una reacción.
—¿Dama de compañía? —Regina asintió—. Pero… pero si soy tu doncella —dijo contrariada.
—Sí, pero tú te mereces algo más que eso, Ruby.
—Puedo hacerlo siendo tu doncella —aseguró, ligeramente desesperada porque no entendía por qué Regina quería que dejara de asistirla—. ¿Y el bebé? ¿Quién va a cuidar al bebé?
—Tú, si así lo deseas. Siendo mi dama de compañía podrás acompañarme en casi todo momento y yo podré tener al bebé conmigo la mayor parte del tiempo —explicó con calma.
Fue cuando Ruby lo entendió. Regina la estaba subiendo de rango dentro de su corte real para que pudieran pasar mucho más tiempo juntas del usual. Además, era obvio que no dejaría el cuidado del bebé a cualquier persona.
—Está bien. —Accedió y cuando Regina tomó aire para decir algo más, ella la interrumpió: —Pero dejaré de ser tu doncella hasta que ese pequeñito llegue al mundo. No antes.
—Me parece justo —acordó tratando de reprimir la risa.
—Y yo elegiré a tu nueva doncella porque no puede ser cualquier persona —continuó exponiendo sus condiciones de tal forma que Regina no se pudo contener y ambas terminaron riendo.
Anna estaba sentada en la orilla de la cama con las manos juntas sobre su regazo. Su sangre había bajado y, contrario a lo que pensó, Hans no enfureció, simplemente se limitó a recordarle el supuesto plazo acordado para quedar embarazada. Eso en vez de tranquilizarla la ponía nerviosa porque no sabía qué esperar. Temía por lo que su esposo pudiera llegar a hacerle.
Se puso de pie, caminó hasta el pequeño escritorio, tomó papel y se dispuso a escribir una carta para su hermana.
Durante la noche, en el reino Blanco, hubo una cena especial como celebración por el compromiso de Regina con David y, cuando la reunión terminó, se retiraron a sus habitaciones. Los prometidos lo hicieron con sus brazos entrelazados, la cabeza de la Reina recargada en el hombro del príncipe quien le acariciaba el rostro de vez en cuando.
En cuanto estuvieron muy cerca de la habitación, Regina se aventó a los brazos de David quien la recibió gustoso y sorprendido por igual. Él la tomó por la aún estrecha cintura con suavidad, disfrutando del arrebatado beso que su prometida le daba.
—¿Qué pasa? —preguntó sin aliento y con una gran sonrisa evidenciando su incapacidad para contener la emoción.
—Te deseo, Encantador —respondió altanera y con aire coqueto. Apretó su centro repetidas ocasiones porque palpitaba ya por ese mismo deseo que aseguraba sentir por él.
En ese mismo instante, David mandó al demonio la plática que en su mente tenían pendiente y estampó sus labios con los de ella para darle un beso apasionado, avanzando hasta la puerta de la habitación que compartían. Ni siquiera se dieron cuenta que los guardias que custodiaban se hicieron a un lado para no interrumpir el fogoso encuentro de la Reina.
Entraron a trompicones, él empujó la puerta para que se cerrara y Regina lo arrastró con ella hasta el centro de la habitación. Lo miró a los ojos mientras le abría los pantalones y los empujaba hacia abajo para dejar libre el ya casi totalmente erecto pene. Se dejó caer de rodillas y la protesta de David murió en su garganta cuando su glande se vio envuelto por los rojizos labios. Un gemido remplazó cualquier pensamiento coherente al sentir las deliciosas succiones que lo tuvieron durísimo casi al instante.
Regina tenía apoyadas las manos en el inicio de los muslos de David. No lo sabía con precisión, pero durante la cena el deseo se apoderó de ella y no entendía bien la razón del por qué le entraron unas ganas tremendas de darle placer a su príncipe prometido con la boca. El pensamiento estuvo rondando por su mente y ahora estaba ahí, de rodillas frente a él, con la punta del duro pene dentro de su boca.
Inhaló profundamente e introdujo un poco más. Chupó algunas veces, sintiendo el temblor de él contra sus manos y eso le encantó. Repitió la acción, forzándose a acomodar dentro un poco más del grueso y palpitante pene. Se retiró, arrastrando los labios por la sensible piel hasta la punta donde chupó con ganas arrancando a David un grave gemido.
—¿Te gusta? —preguntó, rozando con sus labios el glande. El príncipe asintió furioso y ella le dedicó una sonrisa traviesa—. A mí también me gusta.
Sacó la lengua y tanteó con ella la pequeña abertura de donde brotó un poco de líquido preseminal. Lo escuchó sisear de placer, tomó de nuevo con sus labios el hinchado glande y saboreó el líquido transparente. Volvió a introducir el pene en su boca. Esta vez lo hizo con lentitud, mirando desde abajo a los bellos ojos azules oscurecidos por el placer. Consiguió llegar hasta poco antes de la mitad y empezó a ir y venir a un ritmo cadencioso, amando sentir la textura del grueso pene que cada vez se sentía más pesado.
—Regina —gimió David necesitado por alivio. Las manos también le temblaban y hasta ese momento las había mantenido lejos de ella por temor a hacer algo de lo que se pudiera arrepentir. Sin embargo, llegó un punto en el que no pudo más. Colocó una mano en la cabeza de su prometida que lo miraba desde abajo, con los bellos labios rojos envolviendo su sensible pene—. Quiero… ¿Me … —Estaba muy nervioso—. Permíteme follarte la boca —susurró su petición sin aliento, aferrando un poco el castaño y perfectamente arreglado cabello.
Regina inhaló profundamente antes de asentir a modo de consentimiento. Cerró los ojos por reflejo al sentirlo moverse dentro y fuera, a un ritmo un tanto más acelerado que el impuesto por ella, llegando solo hasta donde lo había llevado, respetando ese mudo límite que marcó. La sensación era extraña y por demás placentera. David sostenía su cabeza con firmeza mientras se empujaba dentro y fuera de su boca que no tardó nada en llenarse de saliva provocando un húmedo sonido que la sorprendió. Se detuvo tan pronto ella movió un poco la cabeza porque sintió que era demasiado.
—Lo lamento. —Se disculpó al tiempo que retiraba su pene, dejándose caer de rodillas frente a ella que jadeaba con fuerza.
—No. Es solo que la mandíbula me duele —explicó un tanto decepcionada de sí misma por provocar que todo terminara—. Vuelve a ponerlo en mi boca.
—Fue maravilloso —aseguró David, acunando el bello rostro de su prometida con sus manos, dándole un beso amoroso.
—Pero no terminaste —replicó la Reina, envolviendo con una de sus manos el pene de David quien gimió desde la garganta, comenzando a jadear de inmediato.
—¿Querías que me viniera en tu boca? —preguntó, muerto de deseo, sabiendo que no debería estarle preguntando eso. Regina había resultado ser muy buena aprendiz y había logrado desinhibirse, pero ese era terreno inexplorado para ella.
—Sí —dijo sin aliento, mientras le besaba el cuello que David alargó.
—Oh por Dios. Déjame quitarte el maldito vestido. —Se quejó el príncipe al sentir que se vendría en cualquier momento. Hizo que Regina se pusiera de pie junto con él, la hizo girar y la liberó del vestido lo más rápido que le fue posible. Le sacó el camisón, bajó la ropa interior, la sostuvo con la mano izquierda del pecho y le metió la otra entre las piernas por el enfrente, alcanzando el precioso sexo caliente, pegándola a su cuerpo—. Estás tan mojada —gimió en el oído de Regina quien jadeó mientras empujaba el precioso trasero hacia atrás, presionando contra su duro pene. Metió un dedo y ella abrió más las piernas dándole mejor acceso para penetrarla a su antojo—. Y tan estrecha —le habló roncó, disfrutando de sentirla derretirse entre sus brazos.
—Hazme tuya, David —pidió con voz dulce y entregada.
Jadeó muy alto cuando otro dedo acompañó al primero, haciendo que los ojos se le llenaran de lágrimas por el placer cuando empezó a follarla así, con sus dedos, arrancándole un gemido agudo cada vez que golpeaba con precisión algo en su interior que hacía que las piernas le temblaran y que su clítoris se sintiera durísimo al punto de doler. El pene de David lo sentía caliente y palpitante en su trasero que presionó con fuerza contra él cuando se sintió en las puertas del orgasmo.
—Vente, Regina. Vente para mí —le susurró al oído. La Reina emitió un gemido gutural, el cuerpo le comenzó a temblar y entonces se vino, lanzando pequeños gritos de placer que por poco lo hacen venir contra el precioso trasero.
Si Regina se encontraba aún de pie era gracias a que David la sostenía entre sus brazos. Los dedos se seguían moviendo dentro de su cuerpo y él no dejaba de darle pequeños besos en la sien mientras ella seguía estremeciéndose de placer.
Se vio levantada en brazos de pronto y depositada en el centro de la cama donde el príncipe la colmó de besos en los labios, las mejillas, la frente, descendiendo con aparente calma por su esbelto cuerpo, concentrándose en sus pezones que endurecieron de nuevo gracias a la ávida lengua que los envolvió, misma que se deslizó por el centro de su cuerpo hasta llegar a su vientre levemente abultado el cual besó con amor por un momento. Siguió bajando hasta alcanzar su sexo en donde enterró la nariz e inhaló profundamente haciendo que ella se arqueara sobre la cama.
Agarró los tobillos de Regina alzándole las piernas y abriéndoselas, empujándolas hacia ella de tal forma que el bello cuerpo quedó doblado a la mitad cuidando de no ejercer presión en el vientre. Se inclinó para besarle el sexo tal cual lo hacía cuando la besaba en la boca y disfrutó como nada escuchar el fuerte gemido necesitado de la Reina.
—Oh David, ¡por favor! —pidió desesperada porque quería sentirlo dentro, ansiaba como nada volverse uno con él. De inmediato tuvo el apuesto rostro frente al suyo y sintió la húmeda punta buscando la entrada a su cuerpo.
—No voy a aguantar mucho —anunció sin entender cómo es que lo había conseguido hasta ese momento. Regina asintió, inhalando profundamente cuando comenzó a adentrarse en ella, gimiendo aliviado conforme avanzaba y su pene se veía rodeado por la increíble estrechez—. Te sientes tan caliente y apretada, mi amor —dijo entre dientes cuando la penetró hasta la empuñadura.
La Reina cerró los ojos y abrió la boca comenzando a jadear cuando David empezó a moverse dentro de ella, marcando un ritmo más rápido y duro del usual, mismo que amenazaba con enloquecerla. No estaba siendo brusco, solo arrebatado con una pasión desbordante que le botaba por cada poro de la piel al igual que a ella. Le acarició los hombros y echó la cabeza hacia atrás cuando él tomó uno de sus pezones con los labios y chupó con intensidad, cambiando al otro casi de inmediato.
David colocó las piernas de Regina sobre sus hombros, la agarró por la estrecha cintura y se inclinó para introducir la lengua en la boca de ella mientras se venía, empujándose hasta lo más profundo posible dentro la mujer de su vida. Gruñó bajito con cada descarga de caliente semilla que depositaba en ella. Cuando acabó, se colocó con firmeza sobre las rodillas y buscó el clítoris de Regina quien se estremeció cuando se lo masajeó.
—Tu turno, Majestad —sonrió engreído, disfrutando el temblor en las bellas piernas que seguían sobre sus hombros. La Reina cerró los preciosos ojos y comenzó a apretarse alrededor de su pene que seguía dentro de ella. La vio aferrar las sábanas bajo ellos, la respiración acelerada, el ceño fruncir, la apetitosa boca entreabrirse para dejar escapar los más bellos jadeos y gemidos. Y entonces llegó, gritando su placer con un lloriqueo entremezclado que resonó por toda la habitación.
—Mmmhhh. Se siente tan bien —gimió David al sentirla convulsionar sin descanso sobre su pene. Soltó las piernas de Regina quien las envolvió alrededor de su gruesa cintura mientras se besaban sin descanso.
—Te amo —susurró la Reina sobre los rosados labios de su príncipe.
—También te amo —respondió bajito mientras salía de ella para recostarse a un lado y envolverla entre sus brazos en los cuales se refugió como si quisiera fundirse con él.
Se quedaron unos minutos así, en completo silencio, dándose sutiles y tiernas caricias mientras disfrutaban de la dicha que venía después de hacer el amor. Era como una atmósfera romántica la que se creaba donde no importaba nada más que estar juntos.
—¿Se puede saber a qué se debió el atrevimiento, Majestad? —preguntó David, rompiendo el cómodo silencio. Lo hizo mientras acariciaba el largo cabello de Regina.
—¿Cuál? —Siguió el juego, alzando la cabeza para mirarlo a los ojos, notando el semblante pícaro del príncipe, sabiendo perfectamente a lo que se refería, pero quería que se lo dijera.
—Lo que hiciste con tu preciosa boca —respondió, acariciando los rojizos labios con los dedos.
—Hice lo que tú me enseñaste, Encantador.
Dio un pequeño grito cuando David se alzó, dejándola debajo de él nuevamente. No pudo evitar reír.
—Nunca pensé que serías tan buena aprendiz —murmuró seductor, acariciando los muslos de Regina quien envolvió su cuello con los brazos.
—Pero te gusta, ¿cierto? —Lo besó despacio, con ternura y cariño mientras rodeaba la gruesa cintura con sus piernas.
—No me gusta. Me encanta —aclaró David sin aliento, volviendo a besarla. Se detuvo y se movió, la agarró la cintura y le besó el vientre con devoción, una y otra vez hasta hacerla reír porque seguramente le hacía cosquillas.
—¿Has pensando en algún nombre? —preguntó Regina y con eso el príncipe se detuvo, subiendo de nueva cuenta para mirarla a los ojos.
—No —confesó dubitativo, pensando en que quizá era algo que debió haber hecho y le apenaba que no fuera así—. ¿Y tú? —La Reina torció un poco la boca, negando levemente con la cabeza.
—La historia de tu padre es bien sabida. —Alzó una mano para acariciar el rubio cabello—. Por eso mismo pensé en James, pero…
—Es perfecto. —Interrumpió al oírla dudar, sintiéndose un poco tonto por no haber pensando en ese nombre antes.
—Lo es. Pero Leopold pensaba llamarlo así en honor a tu padre —contó, torciendo los ojos por el fastidio que eso le causaba. Ese maldito hombre lo había arruinado todo.
—Importa un carajo lo que ese malnacido haya dicho. Si decidimos llamarlo James será porque nosotros queremos hacerlo. —Regina junto sus labios en un beso lleno de amor.
—Temía tanto que eso te disgustara —susurró contra los rosados labios que se curvaron en una sonrisa.
—Nada que tú desees me disgusta, mi amor. Nada. —La besó de nuevo, introduciendo su lengua dentro de la cálida boca que se abrió para recibirlo. Se separó de sus labios, bajando de nuevo hasta el vientre de Regina quien volvió a reír por su insistencia en ir hasta ahí—. Pero en lo que naces, serás nuestra pequeña estrellita —decidió, dejando un beso largo y amoroso donde su bebé creía.
—Eres tan ocurrente —dijo Regina con una sonrisa grande dibujada en su bello rostro por tan tierno gesto de David.
—Pero así me amas.
—Así te amo —aseguró ella cerrando los ojos cuando el príncipe besó largamente su frente.
—¿Por qué decidiste adelantar la coronación? —Regina abrió los ojos en cuanto lo escuchó.
—Porque así el reino estará protegido —respondió y lo vio asentir no muy convencido—. ¿Pasa algo?
—Me siento un poco fuera de lugar. Tú junto con mi padre y esos otros reyes están tomando decisiones importantes mientras que yo estoy aprendiendo a tomar el té, a caminar derecho, a escribir correctamente, a comportarme y un sin fin de cosas que al parecer son indispensables sepa como miembro de la realeza, pero lo cierto es que me siento como un pelele.
Regina frunció el ceño y, decidió invertir posiciones con David a quien tomó por sorpresa cuando la sintió moverse, permitiendo que se colocara sobre él a horcajadas, agarrándola de las preciosas caderas en cuanto se acomodó sobre su estómago.
—No eres un pelele, David. Eres un príncipe. Mi príncipe encantador —aclaró Regina inclinándose sobre él—. Uno que será mi compañero, mi príncipe consorte y que en un futuro será el Rey del reino del Sol. Y no solo eso —Agarró una de las manos de él para llevarla hasta su vientre mientras se erguía—, eres el padre de esta estrellita. Eres muy importante. No solo para mí, sino también para tu hijo, para tu padre y para el futuro de estos dos reinos.
El príncipe se alzó para quedar sentado con ella sobre su regazo. Le acomodó el largo cabello tras las orejas en un gesto cariñoso e íntimo que a ambos les gustaba mucho. No dijo nada, solo le acarició el rostro y la espalda baja con las manos.
—Llegará el momento en el que podrás tomar decisiones importantes.
—No me dejes fuera, por favor. Déjame ser parte de todo lo que sucede contigo —pidió en una súplica que le salió del alma.
Fue cuando Regina entendió: David se sentía de alguna manera excluido y tenía razón, si el día de mañana tendría que participar en la toma de decisiones importantes era mejor que comenzara a aprender de una vez. Así que, decidió confesarle algo que ni siquiera los tres reyes sabían:
—Sigo siendo aconsejada por Rumpelstiltskin.
—¿Qué? —Frunció el ceño.
—Lo estoy haciendo a espaldas de todos. Fue él quien me aconsejó adelantar la coronación.
—¿Por qué? —preguntó extrañado y en parte reclamando. Sabía por su padre que le surgieron hacerlo una vez con el tema de las ejecuciones, pero no entendía por qué seguía buscando su consejo—. Por qué si él participó en muchas de las cosas que te hicieron.
—Porque él me demostró lealtad cuando más lo necesité. Calló cuando supo que sí te amaba, persuadió varias veces a Leopold para evitar que me llevara a su lecho y, sobre todo —Lo tomó del rostro con ambas manos—, porque fue él quien te trajo a mí.
David se encontraba molesto, apretaba los labios y la miraba con enfado por la situación, dejándole saber que era algo que él no aprobaba del todo.
—Dime bien por qué decidieron adelantar la coronación. —Regina exhaló largamente por la boca, como rindiéndose.
—El reino está siendo amenazado. Me encontré a Sidney, un ex consejero que me juró lealtad, en los pasillos, pidió hablar conmigo, dijo que traía un mensaje del Sultán de Agrabah. Pedía mi mano en matrimonio, como me negué, se me informó que habría un ataque próximamente. Aseguré que tú y yo estábamos comprometidos. Sidney enloqueció y se me fue encima, diciéndome que me amaba, que me fuera con él y que seríamos felices.
—Espera, espera. ¿Te atacó? —preguntó, bajando a Regina de su regazo con cuidado para poderse colocar de rodillas sobre la cama frente a ella mientras la miraba, incrédulo y furioso.
—Sí, pero nada me sucedió. Llamé a los guardias y lo mandé de vuelta con el mensaje para el Sultán —contó, viendo que David se bajaba de la cama y comenzaba a dar vueltas por la habitación. Ella se recorrió hasta quedar sentada en la orilla del colchón.
—Sucedió eso mientras yo estaba como imbécil aprendiendo a tomar el té —masculló con coraje. Volteó a verla y se acercó—. De ahora en adelante seré tu caballero personal. No te dejaré ni a sol ni a sombra.
—David, esa no es una solución.
—No me importa. No me voy a arriesgar a que algo te suceda —replicó molesto—. Te acompañaré a donde sea que vayas.
—Tienes lecciones que aprender para que seas la mejor versión del príncipe que en realidad eres. Tienes un deber que cumplir con tu reino, David.
Él negó y aparentemente se molestó más pues volvió a caminar como animal enjaulado por la habitación, algo que consiguió disgustar a Regina que se puso de pie llegando hasta él para detenerlo.
—Entiende que si algo te pasa me voy a morir.
—Soy la Reina, David. Ese riesgo lo llevo conmigo a cada segundo del día.
—¿Crees que diciéndome eso me voy a sentir más tranquilo? —Soltó una risa incrédula.
—No, pero es necesario que lo entiendas y lo aceptes, porque no solo yo llevo ese estigma conmigo, también lo llevas tú y lo lleva nuestro hijo —respondió con un tono de voz que no daba lugar a discusión alguna—. Si piensas que vivo tranquila pensando eso, estás muy equivocado, pero es nuestra realidad.
El estómago de David se retorció al escucharla y era ahora cuando realmente entendía esa frase absurda que había aprendido sin intención: El deber a la Corona. Eso era lo que les había tocado vivir, fue a lo que condenó a Regina al matar a Leopold, fue lo que por derecho de nacimiento le corresponde a él y a su estrellita también.
—Tenemos que mantenerlos unidos.
La voz de Regina lo ubicó en la realidad. Ella se había parado frente a él, le tomó de las manos y apoyó la frente sobre la suya. No pudo hacer nada más que asentir, convencido que debía confiar en ella. La Reina avanzó despacio, haciéndolo retroceder hasta que sus rodillas colisionaron con el colchón y se sentó, sonriendo cuando ella se sentó sobre su regazo una vez más. Colocó sus manos en el bello trasero.
Dios… cómo la amaba. Regina era su mundo entero, la que le daba sentido a la vida y, lo más importante, es que era la que lo iluminaba todo.
—Ya no seas malhumorado —pidió la Reina, haciendo un adorable puchero, sintiendo las sutiles caricias en sus nalgas.
—Es algo que no puedo evitar. Me pone un poco celoso saber que no era el único en este castillo que te deseaba y me pregunto quién más podría estarte deseando en este momento.
—No importa mucho porque solo tú me tienes —dijo, meciendo las caderas sobre el regazo de su prometido. Lo hizo mientras lo miraba fijamente a los ojos, disfrutando de ver los hermosos ojos azules oscurecerse.
—Deja de moverte así —advirtió con la respiración ligeramente acelerada, sintiendo su pene comenzar a endurecer mientras que la ardiente intimidad le quemaba.
—¿Por qué?
—Lo sabes muy bien.
—No. No lo sé —dijo, alzando una ceja con elegancia, entrecerrando los ojos cuando David la tomó con firmeza de las caderas y la empujó hacia él para que sintiera su pene caliente y palpitante.
—¿Sientes lo duro que me pones? —preguntó, encendiéndose más de deseo al verla asentir—. ¿Lo quieres? —Regina asintió de nuevo con más entusiasmo esta vez.
—Lo quiero —reafirmó. Sin embargo, había algo más que deseaba por lo que meció con fuerza sus caderas y David siseó, excitado—, pero quiero que me folles —susurró contra los labios rosados.
