Es curioso lo mucho que se puede complicar un día. No necesitas nada más que olvidarte el reloj en casa y el día entero puede irse a la mierda. Tan mal puede irse el día que tu profesora puede intentar matarte.

¿Como?¿Que no os lo creéis? Eso es porque sois personas normales. No tenéis los mismos problemas que yo. Valla, que arrogante ha sonado eso. A ver, entiéndeme, estoy seguro que compartimos problemas. Suspendo exámenes, se me olvida la tarea, pierdo las cosas…Puedes hacerte a la idea.

A lo que me refiero es que tengo algunos problemas fuera de lo usual y no me refiero a que tengo ADHD, hoy en día tampoco es muy inusual. Me refiero a que tengo problemas de un calibre mítico, divino.

Estoy seguro que ya sabes el discurso. Los dioses existen y tienen hijos con los mortales, bla, bla bla. Se popularizó mucho por una cierta hija de Atenea que publicó algunas grabaciones de su novio y sus compañeros y las publicó bajo un seudónimo.

Pensareis que es ficción, no os diré lo contrario. La realidad depende de nuestras creencias. Así que considerad esto como yo contando mi imaginaria historia para entreteneros.

Bueno, que me voy por las ramas. Los dioses existen y yo era un héroe griego. Un héroe en entrenamiento. Sin más experiencia que dos meses de Campamento y un regalo de mi madre, mi reloj.

Es por eso que fue una cagada olvidarme mi reloj. Esa era mi única forma de defenderme. Sin mi guadaña era nada más que un semidiós flacucho de dieciséis. Ese día debería haber muerto.

Todo empezó conmigo despertando tarde. La noche anterior me acosté tarde para jugar a la play, y se me olvidó poner el despertador. Clasica jugada. Así que corrí echando leches, me vestí a toda prisa y me eché un chorreón de desodorante por encima. La rutina matutina de los auténticos CEO.

Salí del orfanato, si vivía en un orfanato. Ya sé que es cliché pero ¿qué quieres que le haga? Uno no decide que su madre le abandone al nacer y su padre se la pegue borracho con el coche. Bueno, salí del orfanato, pille la bici y empecé a pedalear como un loco.

El instituto no estaba lejos. En bici no se tardaba más de 15 minutos relajado. Yo tenía 10 minutos para llegar y subir a clase. Use mi constitución divina para llegar al límite con la bici y de milagro llegue con dos minutos de sobra, que use para salir disparado en pleno esprint hacia mi aula.

El timbre sonó justo cuando terminé de subir las escaleras. Aún tenía tiempo. El partido aún no había terminado. Seguí corriendo, acelerando más incluso, solo para ver cómo se cerraba la puerta en mis narices. Bueno, que me podían decir, eso era llegar casi a tiempo.

Abrí la puerta y allí estaba, en su cuarentona gloria con pintalabios marrón, la señorita Guirrez. Que cagada, ese dia tocaba matemáticas a primera. La zorra de Guirrez no me iba a dejar entrar. Efectivamente, Guirrez me miró de arriba abajo, tomando especialmente detalle en mi jersey puesto al revés, y gracias a dios que lo tenía puesto. De no ser así se me notarían las marcas de sudor en la sobaquera. Ojala haber usado el desodorante como estaba pensado.

"Señor Grey, ¿qué horas son estas de llegar?" dijo Guirrez.

Hubiera pagado por soltar una bordería que lo más probable es que haría que me expulsaran. Sin embargo me mordí la lengua y le contesté "Buenos días señorita Guirrez. No me ha sonado el despertador"

Ella me miró fijamente como si hubiese cometido un delito capital. Con perspectiva puedo decir que estaba esperando que me disculpara y me sentase pero yo la verdad es que no me enteraba nada. Mi mente seguía algo embotada por el sueño, que volvía con venganza después de mi carrera contra el reloj.

Guirrez rompió el contacto visual conmigo y chasqueó la lengua. Al parecer había algo en mis ojos costrosos por la luz de la televisión que no le gustaba. "No se preocupe Grey. Yo me encargaré de que llegue a tiempo al despacho de la directora. Le prometí que habría consecuencias graves si volvía a llegar tarde."

Mis compañeros de clase empezaron a reírse, lo que pareció llenar de confianza a Guirrez que pareció alzarse más alto como si hubiera sido inflada de alguna extraña forma por la supuesta humillación de su estudiante.

Yo, que ya me habían expulsado de cinco institutos (un rasgo común en los semidioses) me encogí de hombros, le dediqué una sonrisa y abrí la puerta para dejarla pasar. "Usted primero."

No hay mejor venganza que vivir bien. Yo ya estaba curado de espantos y tenía claro que este seria el ultimo año que pasaria en el instituto. Terminaría la formación obligatoria y me iría al campamento con Quirón. No me daba miedo una fracasada como Guirrez.

A ver, hay que ser sincero. Tampoco es que yo fuese muy exitoso pero si había algo que se me había quedado de mi educación como héroe griego es la ratio de mortalidad. Era extraño que un semidiós viviese más de veintidós años, con algunas notables excepciones. Solo que yo tenía claro que no era una excepción.

Hoy en día pienso distinto. Aún no tengo veintidós pero he vivido grandes misiones del calibre de Hércules. No soy ningún Percy Jackson pero uno de mis mayores éxitos ha sido robar el cinturón de Hipólita, aunque hice trampas.

Pero bueno, no nos adelantemos. Estamos en mis orígenes. Ese día fue el que cambió mi mentalidad y me permitió crecer en el héroe que soy actualmente.

Guirrez marchó furiosa por el pasillo, esperando que la siguiese. Había faltado a un cuarto de las clases. No dudaba que me iban a expulsar. Podía haberme tumbado en el suelo o haberme vuelto al orfanato pero decidí no liarla y seguirla. Era muy temprano para estar haciendo el capullo.

Así, entramos en el despacho de la directora. Guirrez iracunda y yo sin que me importase nada una mierda, al menos hasta que vi a la directora. No soy un pervertido ni un acosador, pero hay ciertas mujeres que al verlas cualquier hombre para un instante a apreciarlas.

Algo tienen esa clase de mujeres, no sé si son las curvas, su tersa piel o sus carnosos labios pero era innegable que tenían cierto magnetismo. La directora Smith era eso y más. Para alguien con un apellido tan común no podía ser más extraordinario.

Repentinamente, se me había ido el sueño y he de confesar que estaba algo emocionado. Ni siquiera los berridos de Guirrez eran capaces de sacarme de ese estado. La directora Smith asentía a todo lo que decía Guirrez con rostro severo y sin interrumpir. Cuando Guirrez parecía haber terminado de desvariar, quedando descompuesta y prácticamente sin aliento, la directora Smith le dijo con una voz suave que acarreaba a su vez firmeza que se encargaría de ello.

Guirrez, se fue, complacida por mi futura bronca y castigo, solo que nunca llegó. En cuanto Guirrez se fue la directora Smith se apoyó en el respaldo de su silla de oficina y me sonrió. He de confesar que me sonroje un poco bastante.

"Nunca he sido capaz de aguantar a esa mujer" dijo la directora Smith, "¿Has llegado otra vez tarde?"

Yo me limité a asentir. No estaba seguro de ser capaz de responder sin tartamudear.

"Siéntate por favor" dijo ella señalando al par de asientos frente a su mesa. Yo le hice caso. Repentinamente sentía un gran interés por mi expediente académico y, en vez de hacer como planeaba inicialmente y asentir a todo lo que me decía la directora sin vergüenza alguna, trate de excusarme algo.

"Esto…Directora Smith"

Ella me interrumpió. "Puedes llamarme Isidora"

Qué nombre más bonito. "Isidora, lo que pasa es que no tengo un reloj. En el orfanato no hay dinero para eso y pues suelo despertarme tarde. Si intento madrugar me despierto demasiado temprano y me duermo en clase, sino, bueno… Pasa lo que pasa"

Ella asentía, como si la mentira que me acababa de inventar fuese perfectamente lógica. No lo era. ¿Cómo iba a ser tan pobre que no tenía para un reloj? Vivía en América no en una tribu marginal de algún rincón de África.

"No te preocupes. Dentro de nada dará igual." dijo levantándose de la silla y cogiendo una botella de agua de debajo de su mesa.

"¿No me vas a expulsar?" Pregunté sorprendido. Esa era la primera vez que me pasaba.

"No" contestó ella simplemente mientras regaba un pequeño cactus en la estantería. "El castigo será otro."

Entonces se me abalanzó y empezó a ahogarme, y dejame decirte que no en el sentido sexi que fue lo que pensé antes de ver que me estaba ahorcando con ganas. Extendí la mano, esperando aquel olor a trigo tostado y hierba que acompañaba a la guadaña que me regaló mi madre. Con las prisas me había dejado el reloj en el orfanato. Joder.

Isidora seguía teniendo ese atractivo especial cuando le salió una pata de burro y otra de bronce, y sorprendentemente su sonrisa con colmillos tenía casi más atractivo que su sonrisa normal. Casi dudé en meterle un puñetazo. Casi.

Aunque para lo que hizo de poco sirvió. Solo conseguí hacerme daño en la mano. Mi visión empezaba a oscurecerse. Con la fuerza que trae la desesperación, conseguí meterla profundamente un dedo en el ojo.

Ella chilló como una poseída, los melodiosos tonos de su voz fundiéndose con el dolor para formar una cacofonía que, para mi, sonaba mejor que cualquier música.

Un dedo pasó a ser tres y en nada estaba tirando de una bola que estalló en una especie de moco pegajoso. La empusa gritó con más fuerza aún, pegandome un revés brutal que me lanzó contra la estantería, tirando al suelo algunas fotos, un montón de libros y el cactus que la empusa acababa de regar.

La empusa se levantó del suelo, su ojo restante ardiendo con un fuego blanco alimentado por el dolor y la furia. Simultáneamente, la pringue que aún tenía en mis dedos empezó a quemar como el diablo. Pronto la oficina olía a carne asada. La empusa se volvió a abalanzar sobre mí, con cierta cautela que no tenía antes.

"Vas a sufrir por lo que me has hecho" dijo ella tomando mi cabeza entre sus manos y empezando a hacer presión.

Era obvio que quería que sufriera. Debería haber muerto como un manchurrón rojo contra la pared. Aplastado como una uva. Pero entonces ocurrió un milagro. Aunque no pude verlo, pude sentirle por un un miembro invisible que me otorgaba mi herencia divina.

Mi salvador saltó de entre los libros, clavandose en la hueca cuenca ocular del monstruo, que dejó de matarme para quitarse el cactus de su cara. Efectivamente, me acababa de salvar un cactus.

Por algún milagro fui capaz de conseguir las fuerzas para quitarme a la empusa de encima y pegarla con un cenicero de cristal que cogí del suelo. Le aseste un fuerte golpe, desencajando en cactus y rompiendo el cenicero en la cabeza de la empusa, aturdiendo momentáneamente al monstruo.

Torpemente, me tire contra ella, usando todo mi peso para empujarla, con toda la buena fortuna de que la empusa pisó el cactus y tropezó, lo que permitió que la poca fuerza de mi empujón fuese multiplicada, lanzando a la empusa por la ventana.

Aún a día de hoy recuerdo como me sentía en ese momento. Tenía claro que los semidioses morían temprano y lo pasaban mal pero no me había dado cuenta lo peligroso que era ese asunto. Lo que es más, había descubierto que me encantaba estar vivo. Ese día se encendió algo dentro de mi. Una llama que me llevaría a ser el hombre que soy hoy. La promesa de que moriría viejo y sin remordimientos. Cuando Tanatos fue a reclamar mi alma para el infierno tendría arrugas y no sería un mindundi cualquiera.

Claro está, en ese momento no estaba pensando eso. Llegué a esa conclusión varias horas después del incidente. En ese momento solo tenía dos cosas en mente: "Hostia puta, casi muero" y "¿Me ha salvado un cactus?"

Efectivamente, me había salvado un cactus. El cactus estaba al lado de la ventana, apoyado inocentemente contra la pared. Me temblaban las manos por el shock de casi morir pero aun asi coji el cactus, aunque estuvo apunto de caerseme. Le agradecí haberme ayudado.

El cactus pareció calentarse en mis manos con un sentimiento de… ¿afecto? No era una habilidad inaudita entre los hijos de Demeter pero si que era inusual. El último semidiós con esa habilidad murió en la segunda guerra mundial.

El cactus, al que decidí en un instante llamar Isidora, mandó un sentimiento vibrante y rápido. Correctamente lo interpreté como inquietud. A Isidora le preocupaba la empusa. Mire por la ventana. Donde esperaba que hubiera polvo amarillo no había nada mas que una mancha quemada en el asfalto.

No iba a quedarme esperando a que viniera la empusa a por mi. Cojí a Isidora y huí echando leches al internado, donde le rece a mi madre por que no me estuviera esperando la empusa. Ahí recogí mi reloj, Primavera, y unos cuantos dracmas que use para llamar a Quirón desde una cafetería a veinte minutos del orfanato.

Quirón se mostró comprensivo y dijo que iba a mandar a Argus con la furgoneta. Afortunadamente no pasó nada más, Argus vino sin que hubiese habido algún ataque más, me recogió, dirigiéndole una mirada rara a Isidora, y nos fuimos al Campamento Mestizo donde comenzaría mi verdadero entrenamiento.