TALES OF THE CRIMSON FAIRY AND THE OBSIDIAN SHARDS

(Cuentos del Hada Carmesí y los Fragmentos de Obsidiana)

Capítulo 1: "La Flama Naciente"

La nieve caía lentamente, reluciendo con su blanco color sobre la oscuridad de la noche. El frío invierno hacía que sus alientos fueran visibles, aunque el hada negra no parecía ser afectada en absoluto por el frío en el ambiente.

—Challe… ¿Me das tu mano, por favor? — La suave voz de Anne dijo en un murmullo, aunque seguía siendo tan dulce como el azúcar de plata, había una ronques en su voz que dejaba en claro que ya no era más aquella jovencita de 15 años que Challe había conocido en aquél mercado de hadas por primera vez.

—Claro. — Respondió sin más el hada de obsidiana, tomando con fuerza la arrugada pero delicada mano de la mujer. Sus anillos de matrimonio resaltaban en sus manos tomadas, una viva prueba de todos sus años compartidos como marido y mujer. — ¿Así está bien? —

—Sí…gracias, Challe. — Asintió Anne con una sonrisa, cerrando sus ojos por un momento mientras su cuerpo se estremecía. — Es un invierno bastante frío… —

—¿Lo crees? — Preguntó el joven de cabellos oscuros, comenzando a calentar las heladas manos de la mujer con su aliento. — Yo lo siento igual todos los años. —

—¿En serio? Entonces debo estar demasiado sensible. — Murmuró la mujer de cabellos rubios platinados, soltando una leve risita. Sus ojos se dirigieron a la potente llama de la chimenea que mantenía a una temperatura agradable la pequeña habitación, como si la nieve que caía del otro lado de la ventana no existiera. — Tu aliento es cálido, Challe… —

—Eso está bien. — Respondió con voz suave el mayor, aun soplando su cálido aliento contra la arrugada piel de sus manos. — No me importaría hacer esto todo el invierno, si eso te hace sentir bien. —

Anne sonrió ante sus palabras, sin apartar la vista de la brillante flama en la chimenea. De repente, sus ojos se abrieron en sorpresa cuando la flama resplandeció con intensidad, y de repente una mujer apareció parada frente a la chimenea. Su cabello era largo y pelirrojo, con el fleco dividido a la mitad y cayendo a ambos extremos de su delicado rostro, su apariencia física asemejaba a una chica joven de entre 18 o 19 años, con piel blanca y ojos dorados. Las dos enormes y hermosas alas rosadas en su espalda, junto a las orejas puntiagudas que relucían entre su cabello eran prueba suficiente para catalogarla como un hada, al igual que Challe. Un vestido sin tirantes de color rojizo de tela suave cubría su esbelta figura y caía desigual en corte pequeño al frente y largo hacia atrás, pequeños encajes rosa claro estaban en el borde superior y en la parte inferior del pecho, dos listones del mismo color salían de los bordes y se enredaban cruzados para atarse en un pequeño moño detrás de su delicado cuello. En sus brazos y muslo derecho resaltaban anillos gruesos dorados, y tanto en sus tobillos como en sus muñecas estaban pequeños hilos dorados atados en cruces. Su curvada cintura era delineada por un ajustado corsé dorado atado con pequeños listones rosa claro que terminaban en moño en la parte superior y en la inferior.

—¿Un hada? — Murmuró Challe sorprendido, mirando a la joven frente a ellos.

Con una dulce y tierna sonrisa, la pelirroja ladeó ligeramente su cabeza, mirando fijamente a Anne. — ¿Fuiste tú quien me dio la vida? —

—Sí. — Asintió Halford con una sonrisa pesada, mirándola fijamente. — ¿Cuál es tu nombre? —

—Noellise Lux Theria. — Respondió el hada con la misma sonrisa dulce, mirándola fijamente. — ¡Eres muy linda! ¿Cuál es tu nombre? —

—Anne Halford. Es un gusto conocerte… ¿Puedo llamarte Noellise? —

—¡Seguro! — Asintió Noellise, caminando hacia ella para mirarla de cerca, y después dirigió su vista hacia Challe. — ¿Tú también eres un hada? ¿Cuál es tu nombre? —

El hada de obsidiana la miró fijamente en silencio por unos momentos, y después suspiró. — Challe Fenn Challe. — Respondió sin más, volviendo a su labor de exhalar aire tibio sobre las manos de Anne, brindándole calor.

—Encantada de conocerte, Challe Fenn Challe. — Dijo Noellise con una sonrisa, inclinándose cerca del hada de cabellos oscuros, mirando con curiosidad sus acciones. — ¿Qué estás haciendo? —

Challe no respondió. En su lugar, Anne suspiró pesadamente y miró a la joven hada con una sonrisa. — Está dándome de su calor. —

—¿Dándote calor? ¿Por qué? — Cuestionó confundida, ladeando la cabeza mientras diría sus orbes doradas hacia la mujer mayor.

—Porque nosotros, los humanos, sentimos el frío invierno con mayor intensidad que las hadas. — Respondió la mujer de cabellos platinados, extendiendo su mano libre hacia ella. — Para ustedes, este clima quizá es como un fresco día de primavera. Pero, para mí, el frío del ambiente está haciendo que los huesos me duelan horrible. — Agregó con una pequeña risita, tratando de animar el ambiente.

—Eso es porque eres una debilucha. — Dijo Challe con burla, mirando a Anne con una sonrisa altanera.

—¡No molestes! — Reprochó Anne con un bufido, mirándolo con un ligero puchero en su rostro, dándole un aspecto infantil pese a su avejentada apariencia. — ¡Tú realmente no cambias nada, Challe! —

—Tú tampoco, Espantapájaros. — Respondió el hada de obsidiana con la misma altanería de siempre, mirándola fijamente con una sonrisa arrogante. — Sigues siendo igual de molesta e infantil como el día en que te conocí. —

—Y aun así te casaste conmigo. — Replicó la mujer con una ligera risa, apretando la mano de Challe en la suya.

—Jamás me he arrepentido de hacerlo. — El hada de obsidiana dijo en un murmullo, mientras su expresión se suavizaba. — Todos estos años que compartimos juntos han sido los mejores de mi vida. —

Anne, con una mirada dulce pero llena de tristeza, lo miró fijamente. — Y todavía tienes muchos más por vivir. —

El rostro Challe se ensombreció, y no pudo evitar hacer una mueca de pesadez al escuchar sus palabras. Sus manos apretaron con fuerza la de Anne, y su mirada bajó por un momento, perdida en la nada.

—No sin ti… — Dijo en casi un susurro, sintiendo una punzada en el corazón.

—Lo harás. — Aseguró la mujer, cerrando sus ojos por un momento. — Sé que lo harás. —

El hada de obsidiana no respondió. Se limpió a seguir calentando las manos de su esposa con su aliento, con una expresión que, aunque para Noellise era calmada, Anne podía notar el dolor que su marido intentaba ocultar. Con una leve sonrisa, la mujer dirigió su mirada hacia el hada de fuego, quien miraba fijamente con curiosidad las acciones de Challe acuclillada frente a él.

—Noellise… ¿Puedo llamarte así? — Preguntó Anne con voz suave, antes de toser por unos momentos.

—No hables si no puedes, tonta. — Reprochó Challe, girando su vista hacia Noellise. — Tus poderes son de fuego, ¿no? ¿Crees poder avivar las llamas? —

—¿Huh? — La pelirroja soltó confundida, dirigiendo la vista hacia la chimenea. Asintió con una sonrisa y caminó hacia las llamas tenues que comenzaban a apagarse, colocó sus manos sobre ellas y creó pequeñas flamas que las avivaron nuevamente, aumentando el calor en la habitación. — ¿Así está bien? —

—Sí…gracias. — Asintió Anne con una sonrisa, mirando a Noellise desde su lugar. — Tus llamas son cálidas… —

—Gracias. — Agradeció el hada de fuego, caminando de regreso a ellos. — ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarlos? —

—No. — Respondió inmediatamente Challe, sin molestarse en mirarla.

—Haciéndote el rudo como siempre. — Murmuró Halford con un suspiro, regresando la vista a la joven pelirroja. — ¿Puedes acercarte, Noellise? —

El hada de fuego asintió, caminando hacia Anne hasta que quedó a tan solo unos centímetros de distancia de ella. La mujer mayor apartó una de sus manos de Challe, moviéndola con pesadez hasta alcanzar la de Noellise, quien correspondió con un suave apretón en sus arrugados dedos.

—Incluso tus manos son cálidas… — Murmuró Anne con una sonrisa, mirando fijamente a Noellise. — ¿Puedo pedirte un favor? —

La pelirroja asintió, mirándola con una sonrisa. — ¿Qué es? — Preguntó, ladeando ligeramente la cabeza, sin apartar la vista de ella.

—Cuida de Challe… — Murmuró con voz ahogada, claramente luchando por sacar las palabras atoradas en su garganta.

—¡Anne! — Reprochó Challe, mirándola con el ceño fruncido.

Anne, ignorando sus palabras, prosiguió. — Por favor, ilumina su vida…calienta su corazón…no dejes que mi ausencia lo ahogue en la oscuridad. —

—¿Tu ausencia? — Cuestionó Noellise, confundida.

—Pronto me iré… —

—Deja de hablar así. — Interrumpió el hada de obsidiana, claramente frustrado por sus palabras.

—Es la verdad. — Respondió Anne con simpleza, sin mirarlo.

—No es cierto. — Negó el de cabello oscuro, negando con la cabeza.

—Sabes que sí. —

—¡No te dejaré! — Exclamó Challe, apretando los puños sobre sus rodillas, desviando la mirada. — No dejaré que te aparten de mí. —

Anne sonrió con dulzura, levantando la vista hacia el techo. — Siempre estaré contigo. —

—Mientes… — Murmuró Challe, poniéndose de pie. — No te dejaré. —

—Gracias por todo, Challe… — Dijo Anne con voz suave, tosiendo un par de veces antes de dirigir la vista hacia Noellise. — ¿Lo prometes? —

Noellise, inocente a la situación, movió su mirada entre Challe y Anne antes de asentir. — Lo prometo. —

—Gracias… — Agradeció Halford con una sonrisa, cerrando sus ojos cansados. — Challe…tengo sueño. —

Challe apretó sus labios, y entonces se sentó a su lado, sosteniendo su mano con fuerza. — Entonces descansa…estaré aquí cuando despiertes. —

Anne asintió, manteniendo la sonrisa en su rostro mientras se dejaba vencer por su cansancio. — Hasta mañana… —

—Hasta mañana… — Respondió Noellise con una sonrisa, sentándose en el suelo de madera, mirando hacia la nieve que caía del otro lado de la ventana. — ¿Qué es eso? —

—Cállate… — Murmuró Challe con voz filosa, llamando la atención de la pelirroja.

—¿Huh? — Noellise lo miró confundida, ladeando la cabeza. — ¿Challe…? — Notó cómo gruesas lágrimas caían por el hermoso rostro del hada de obsidiana, quien se aferraba con fuerza a la mano de Anne entre las suyas. A pesar de sus silenciosos sollozos, el dolor era claro en su rostro usualmente inexpresivo. — ¿Por qué lloras? — Cuestionó, intrigada por sus lágrimas.

Challe no respondió, el nudo en su garganta le impedía decir palabra alguna, impidiéndole siquiera poderla callar nuevamente. Ignorando la presencia del hada de fuego en la habitación, Challe se quedó en la misma posición, sosteniendo la mano de Anne con fuerza, sin quererla dejar ir.

Las horas pasaron, y la tenue luz del día brilló sobre la nieve acumulada del otro lado de la ventana. Noellise observaba aquellas extrañas partículas blancas caer del cielo, agitando suavemente sus alas en el aire como si de la cola de un gatito juguetón se tratase. Dirigió su mirada hacia la chimenea apagada y después hacia Challe, quien no se había movido de la misma posición durante toda la noche.

—El fuego se apagó, ¿lo enciendo de nuevo? — Preguntó con una sonrisa, caminando hacia la chimenea.

—Ya no es necesario. — Respondió Challe con voz ahogada, sin molestarse en mirarla.

—Pero, ¿no tendrá frío Anne? — Cuestionó Noellise confundida, mirando a la mujer que continuaba acostada en la cama con los ojos cerrados.

Challe guardó silencio, apretando la mano de su esposa con fuerza. — Anne ya no… — Murmuró, pero no se atrevió a terminar su oración.

—¿Challe…? — Noellise lo llamó, ligeramente preocupada por su comportamiento. Caminó hacia ellos y se sentó en el suelo, observándolos fijamente. Fue entonces que finalmente notó la palidez en la piel de Anne y el silencio en la habitación, sintiendo una pesadez en su corazón.

—¿Ella está…? — Preguntó con delicadeza, girándose a ver al hada de obsidiana. Challe simplemente asintió en silencio, sin dejar ir la mano de su esposa. — Lo siento… —

Con una lágrima corriendo por su mejilla, Challe susurró. — Yo también… —

Durante días, Challe no dijo ninguna palabra más. Solo se limitó a quedarse ahí, sosteniendo la mano de Anne sus manos que poco a poco comenzó a cambiar de color y olor, pero él se negaba a soltarla. Noellise, quien había permanecido en la habitación todo el tiempo, se movía de un lado a otro de vez en cuando, algunas veces observando la nieve caer del otro lado de la ventana, otras veces revoloteando sus alas mientras jugaba con el fuego que salía de sus manos, y durante la noche simplemente durmiendo en el suelo al lado de la chimenea de la cual había nacido.

La habitación estaba casi a oscuras, exceptuando por la ligera flama que seguía viva en la chimenea. Noellise se había quedado dormida un par de horas antes, por lo que la llama había empezado a apagarse sin nadie que la avivara. El silencio era tal que Challe podía captar todos los sonidos a su alrededor: la tenue llama en la chimenea, el suave respirar y el rugir del estómago de la pelirroja. Habían pasado 2 semanas enteras, y desde su nacimiento, el hada de fuego no había probado ni un alimento, era lógico que sintiera hambre en ese punto.

El estómago del joven también rugió, indicando su propia falta de alimento. Giró la cabeza hacía el barril que estaba del otro lado: el azúcar de plata de Anne. Por un momento vaciló, pero finalmente cedió a su necesidad. Con cuidado, dejó la mano de su esposa que sostenía sobre la cama, escuchando el sonido de su rígido cuerpo al ser movido. Se levantó y caminó en silencio al lado del hada que dormía plácidamente en el suelo, ignorando el sonido de su estómago. Abrió la tapa del barril, notando que estaba a la mitad aproximadamente. Suspiró. No sabía preparar dulces de azúcar, ese siempre había sido el talento de Anne, a pesar de que él había pasado todos esos años observándola trabajar. Nunca sintió la necesidad de aprender, había dado por hecho que siempre la tendría a ella para preparar dulces para ella.

Tomó un puñado en su mano, y lo absorbió al instante. El sabor dulce fue tan nostálgico que un par de lágrimas se deslizaron por su mejilla sin querer. Rápidamente las limpió con la manga de su ropa, antes de tomar otro puño y comerlo. Entonces sintió sed. Suspiró con pesadez, tomó un vaso y lo llenó, bebiendo casi desesperado. El líquido helado se sentía como gloria en su garganta, por lo que tomó un par de vasos más antes de sentirse satisfecho. Se quedó en la cocina en silencio, pensando en lo que haría a continuación.

Después de un tiempo, el sol comenzó a asomar por el otro lado de la ventana, anunciando el amanecer. Observó desde la ventana la salida del sol en silencio, mientras su mente se inundaba de recuerdos. Giró el rostro hacia Anne, y la calmada expresión en su rostro le decía que había disfrutado hasta el final. Sin más, salió de la cabaña al exterior, siendo una mancha negra que se hundía en la nieve en cada pisada. Con una vieja pala comenzó a remover la nieve alrededor de la cabaña, dejando al descubierto una pequeña tumba enterrada en ella. "Este será un buen lugar." pensó, comenzando a cavar un hoyo en la tierra junto a ella.

Noellise despertó por el ruido, y rápidamente caminó a la ventana para observar el exterior libre de nieve. Curiosa, caminó hacia afuera y divisó a Challe cavando frente a la cabaña, por lo que se acercó y se inclinó ligeramente hacia el pozo.

—¿Qué haces? — Cuestionó Noellise, ladeando la cabeza mientras lo miraba.

—Una tumba. — Respondió Challe después de unos momentos, sin detenerse.

—¿Una tumba? — Preguntó nuevamente la pelirroja, sin comprender.

El pelinegro suspiró frustrado, no tenía tiempo ni ganas de tratar con ella. Aun así, respondió. — Para Anne. —

—¿La pondrás ahí? — Cuestionó el hada de fuego, dirigiendo su mirada hacia el pozo que había cavado el hada de obsidiana. — ¿Por qué? —

—Los humanos no se desvanecen como las hadas. Así que entierran a sus muertos para que descansen en paz. — Explicó Challe con simpleza, esperando que su tono áspero fuera suficiente para hacerla callar.

—Eh…ya veo. — Murmuró inocentemente la pelirroja, acuclillándose a un lado de la tumba mientras lo observaba trabajar. Por un momento, Challe no pudo evitar pensar que, pese a su apariencia, no tenía más edad mental que la de una niña pequeña. De alguna manera, su inocencia y su mirada curiosa le recordó a Liz el día que él había nacido.

Una vez que terminó, volvió al interior de la cabaña y tomó con sumo cuidado el cuerpo de Anne en sus manos, observando su rostro pálido con tristeza en sus ojos. Depositó un beso en su frente, aferrándola con fuerza a su cuerpo.

—Te tengo…vamos. — Dijo con voz temblorosa, pero se negó a llorar. Caminó hacia el exterior y colocó el cuerpo de la mujer en el agujero, removiendo un mechón de cabello de su rostro mientras lo acariciaba con añoranza. No se atrevía a dejarla ir, pero tampoco se sentía capaz de verla desfigurarse con el tiempo. No quería borrar la bella imagen de Anne que había en su memoria. Grabando por última vez la sonrisa en su rostro, tomó la pala y comenzó a cubrirla lentamente, sintiendo que las lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero no les permitió caer.

Noellise lo observó en silencio hasta que terminó de cubrirla por completo, quedando en el lugar un bulto de tierra. Challe creó una cruz improvisada y, a falta de flores por la temporada, decidió atar uno de los listones de Anne a ella. El resto del día, se sentó frente a la tumba, mirándola en silencio mientras la nieve caía sobre ellos.

Al comienzo, el hada de fuego se mantuvo a su lado, pero conforme el tiempo siguió pasando, su estómago se contrajo por el hambre que sentía. Curiosa, tomó un poco de nieve en su mano y lo absorbió, sintiendo que su hambre era apaciguada. Continuó tomando puñados de nieve en sus manos, alimentándose de ellos hasta que estuvo satisfecha. Revoloteó sus alas para retirar la nieve que las cubría, y conforme comenzaba a aburrirse, empezó a jugar con la nieve bajo ella, creando figuras extrañas cual niña pequeña en su primera nevada.

Al anochecer, Noellise bostezó y se recostó sobre la nieve, quedándose dormida pacíficamente hasta que el amanecer llegó. Sin siquiera notarlo, aquellas acciones pronto se convirtieron en una rutina constante.

Conforme pasaron los días, el cuerpo de Challe se enterraba poco a poco en nieve, hasta que Noellise la sacudía de vez en cuando para evitar que se convirtiera en un muñeco de nieve viviente. Durante el día el hada de fuego jugaba con la nieve sentada a su lado, y por las noches se divertía haciendo figuras con pequeñas flamas en sus manos hasta aburrirse y terminar dormida recostada sobre la nieve. Como hadas, ninguno sentía el frío como un humano lo habría hecho, así que mantenerse en ese lugar por semanas no parecía un trabajo difícil, aburrido sí, pero no imposible.

Mientras observaba los copos de nieve cayendo sobre la tumba, Challe sacudió suavemente la nieve para ver aquella madera con el nombre de la mujer que yacía ahí: "Anne Halford". A su lado había una mini tumba, con el nombre "Mithril Lid Pod". Al verla de reojo, no pudo evitar recordar el día que Mithril desapareció. Ese día le pidió a Anne que hiciera un dulce especial y preparara vino calientito, sus dos cosas favoritas. Para Anne, fue solamente un día de antojos por parte de la mini hada de agua, para Challe, una forma de disfrutar sus últimos minutos al sentir su muerte llegar.

Había sido un milagro que lograra vivir 15 años más de lo esperado, al ser un hada de agua, el hada de obsidiana esperaba que cuando mucho su molesta voz se hubiera esfumado en 4 años cuando máximo. Verlo vivir 11 años más para fastidiar sus intentos de intimidad con su esposa de vez en cuando fue una sorpresa para él. Sintió un hueco en el corazón cuando cayó en cuenta de que no volvería a escuchar esa molesta voz cada mañana, ni sus ronquidos por la noche. Perder a Mithril fue como perder un integrante importante de su pequeña familia, y aún ahora sentía ese hueco alguna que otra vez.

Recordarlo, le trajo memorias de todos los seres que había perdido hasta ese momento. Hugh Mercury había muerto por vejez 40 años después de que Mithril había fallecido, asistir a su funeral fue más pesado para Challe de lo que esperaba. Todos sus conocidos lloraban de dolor, incluida su esposa Anne. Kat, quien había mantenido una relación íntima con Hugh por años, era quien parecía a punto de quebrarse sobre la tumba del ex-Conde del Azúcar de Plata, como una viuda llorando en la tumba de su marido. Fue, quizá, la única vez que Challe lo vio romper su apariencia rígida para volverse tan frágil como un cristal. Ese día lo llamó por su nombre, no por aquél apodo que sabía que tanto odiaba, ni siquiera alguien como Challe era capaz de hacer burla de él en un día como ese.

La muerte de Bridget fue sin duda la más inesperada. La joven había tomado el control de la Escuela Paige a la muerte de su padre, y se había convertido en Artesana del Azúcar de Plata gracias a las enseñanzas de Orland y Eliott, con un poco de ayuda de Anne de vez en cuando. Fue una sorpresa cuando anunció su relación con Orland públicamente, y pocos años después se casaron finalmente. Challe aún recordaba ese día, verla tan radiante vestida de novia, emanando la misma felicidad que Anne el día que se había casado con él. Bridget le pidió que la acompañara a un lugar a solas, y aunque habían pasado años de aquel entonces dónde ella lo había forzado a "amarla", la joven Paige se arrodilló y le pidió perdón por todo lo que le había hecho y la forma tan egoísta como lo había tratado. No había ningún rastro de la joven caprichosa que recordaba, era como si Bridget hubiera renacido justo frente a él. Y entonces, con la primera sonrisa genuina que el hada de obsidiana le dedicó, la perdonó de corazón.

Anne y Challe habían sido sus padrinos en la boda, el primer evento social del que habían sido partícipes como un matrimonio. Fue por eso que, cuando el primer hijo de Orland y Bridget nació, se convirtieron en los padrinos del pequeño Glenn. Aunque no solían frecuentarlos a pesar de la cercanía, enterarse que Bridget estaba enferma por Keith fue motivo suficiente para que rentaran una habitación en una posada cercana. Anne se dedicó a cuidar de su ahijado de tiempo completo, aunque Mithril y Challe se ofrecían a ayudarla en ratos para que ella pudiera descansar y comer. El hada de obsidiana no era particularmente bueno con los niños, pero la personalidad alegre de Mithril era suficiente para mantener tranquilo al niño. "¡No tienes instinto paternal para nada, Challe Fenn Challe! ¡Definitivamente no serías un buen padre!", las palabras de la pequeña hada de agua todavía sonaban en su cabeza, haciéndolo cuestionarse si realmente habría sido un buen padre de haber tenido hijos con Anne. El pensamiento vagó en su mente, no había caso alguno en preguntárselo ahora, era una duda que se quedaría por el resto de su vida.

Pocas semanas después, a pesar de todos los doctores y especialistas que habían visto a la mujer, y de todos los intentos que habían hecho por ella, Bridget falleció a sus 29 años con una sonrisa en su cálida cama a inicios de primavera, rodeada de las personas más importantes para ella. Su tumba fue llenada de flores de colores, y en la escuela Paige se fundó un pequeño monumento en su honor. Orland se dedicó de tiempo completo a las dos cosas más importantes para su esposa: la escuela Paige y su hijo. Challe nunca imaginó que, a pesar de todo lo que había pasado entre Bridget y ellos, la muerte de la joven le afectaría tanto. Verla morir a tan corta edad le recordó lo frágil y efímera que era la vida humana. Se preguntó si Anne moriría de la misma forma pacífica una vez que llegara su hora…había sido una bendición que su esposa no lo hubiera abandonado a tan corta edad.

Anne volvió a su mente, como aquella joven alegre y amorosa que conoció. Con su cabello dorado danzando en el aire, su radiante sonrisa y aquél dulce olor a Azúcar de Plata que tanto le fascinaba. Una sonrisa se dibujó en su rostro ante el recuerdo, pero fue fugaz. Giró su cabeza hacia un lado, observando a Noellise volando cerca de él, usando su vestido como una especie de cangurera para atrapar la nieve que caía del cielo, ignorando el hecho de que su ropa interior quedaba totalmente expuesta. Challe suspiró fastidiado. Aunque su apariencia era la de una joven humana de aproximadamente 18 o 20 años, su forma de ser no era más que la de una niña ignorante e ingenua, con un toque de inocencia y pureza.

—Baja de ahí. — Ordenó Challe con voz dura, mirándola de reojo. Noellise lo miró confundida, pero obedeció y descendió hasta que sus pies se hundieron en la nieve, mientras sostenía la falda de su vestido sostenida del dobladillo, levantada para mantener la nieve que había acumulado en ella. Con un suspiro pesado, el joven de cabello oscuro desvió la mirada. — No debes levantar tu falda así. —

—¿Por qué no? — Cuestionó de manera inocente, ladeando un poco la cabeza.

—Es indebido. — Respondió con simpleza, intentando cortar la conversación.

—¿Por qué? — Repitió el hada de fuego, sin apartar la mirada del pelinegro.

Challe resopló, intentando mantener la calma. — Una mujer jamás debe dejar que un hombre vea debajo de su ropa. — Explicó sin más, manteniendo la vista hacia el lado opuesto.

—¿Por qué no? — Cuestionó de nueva cuenta la pelirroja, ladeando nuevamente la cabeza.

El de cabello oscuro gruñó por lo bajo, sobando el puente de su nariz mientras tomaba grandes respiraciones. — ¿Sabes qué? Solo siéntate y quédate callada. —

Noellise, sin decir una palabra más, simplemente asintió y se sentó sobre sus piernas a un lado de él, mirándolo fijamente en total silencio.

Por un momento, la curiosa e inocente mirada de Noellise le recordó a Miriam, aquella niña que alguna vez había llegado al Taller Powell-Halford a pedir trabajo fingiendo ser "Anne Halford". No había duda que poseía una similitud enorme con su esposa, y que de no haber pasado todo el tiempo con ella desde que Anne tenía 15 años, fácilmente podría haber caído en la duda de si esa niña era hija de Anne. Miriam creció para convertirse en una mujer hermosa, y a tan solo sus 15 años, cuando alcanzó la mayoría de edad, se convirtió en la esposa de Keith Powell, quien la había cuidado desde el día que llegó a pedirle trabajo por casualidad en el Taller que dirigía con Anne. Para muchos, fue un shock tremendo ver qué Keith, quien conoció a Miriam a sus tiernos 5 años y la cuidó durante 10 más, la desposó como su mujer siendo 20 años mayor que ella. Para Challe, la edad era un mero número. Él, quien pasaba los 100 años, había desposado a Anne como su esposa antes de que llegara a los 20. ¿Qué más daba si Keith era 20 años mayor que Miriam? ¿O qué si él era más de 80 años mayor que Anne? Sus edades no definían su madurez, y tampoco si su amor era verdadero o no. Ver a Miriam con una radiante sonrisa mientras vestía orgullosamente de novia, la hacía parecer una mujer más adulta que muchas otras que Challe había visto en su vida. Anne entregó a la novia como una madre entregando a su hija, y aunque en algún momento sintió pena por Keith cuando rechazó casarse con él, Anne había felicitado genuinamente a la pareja y les había deseado lo mejor, sabiendo que Keith finalmente había encontrado el amor verdadero. El joven Powell había pedido hablar a solas con Challe, y le agradeció de corazón que hubiera vuelto a Anne. Durante el año que duró desaparecido, el Maestro de Azúcar de Plata había guardado la esperanza de que Anne correspondiera su amor si Challe no regresaba. "Pero, ahora, me alegro de que volvieras a ella, Challe. Anne realmente te ama, y sé que tú también a ella. Estoy feliz de que hayas vuelto, porque eso me permitió seguir adelante con mi vida, y fue por ello que encontré el amor verdadero con Miriam. Si no los hubiera visto pelear contra todo el mundo por su amor, no me habría atrevido a hacer lo que estoy haciendo ahora. Seguiré su ejemplo, y lucharé contra cualquier obstáculo para ser feliz al lado de mi esposa. Gracias por todo, Challe."

Para él, esas palabras significaban más de lo que Keith quizá pudo imaginar en ese entonces. Escuchar de aquel que alguna vez había peleado por el amor de Anne al mismo tiempo que Challe, aquellas palabras significaban demasiado, porque no solo había aceptado su derrota, sino que también le agradecía el haberle demostrado que el amor no se basa en razas o edades, sino solamente en el corazón. Fue la segunda vez que sintió que, aunque las palabras de Lafaelle aquella vez acerca de cuán dolorosa sería su relación a la larga habían tenido algo de verdad, había tomado la decisión correcta al elegir estar con Anne pese a todas las adversidades y obstáculos por venir.

Suspiró. Habían pasado ya dos años y medio desde que Miriam había ido a darles la noticia del fallecimiento de Keith. Al igual que Bridget, tuvo una muerte tranquila en su cómoda cama, escuchando la dulce voz de su esposa cantando para él, acurrucado en sus brazos, con sus dos hijos y su hija menor sentados alrededor de ellos. Con una sonrisa, Keith cerró sus ojos por un instante, y no los volvió a abrir. Le tomó un poco de tiempo a Miriam decirles a sus hijos que su padre ya no estaba respirando, por lo que siguió cantando mientras arrullaba el cuerpo de Keith, aguantando las lágrimas en sus ojos. Ahora había una pintura del joven apuesto que era en su juventud colgado en una de las paredes del taller Powell-Halford, en honor a uno de los creadores de tal lugar que dio vida a las primeras interacciones de hadas y humanos por igual.

El estómago de Challe gruñó ligeramente, recordándole que no había comido nada en las últimas semanas. Suspiró agobiado, frotándose la sien antes de dirigir la mirada al hada de fuego a su lado, que absorbía la nieve con sus manos con una sonrisa en su rostro. Se preguntó por cuánto tiempo habría estado alimentándose de esa manera, dándose cuenta de que, aunque él se había olvidado de su existencia la mayor parte del tiempo, Noellise había permanecido a su lado todo el tiempo.

Con pesadez, debido a la rigidez de su cuerpo por haber estado en la misma posición por días, se puso de pie y sacudió la nieve de su cuerpo, agitando su ala en el proceso. caminó hacia la pelirroja y extendió su mano hacia ella, sorprendiéndola.

—Vamos. — Dijo sin más, mirándola fijamente.

—¿Eh? — Soltó el hada de fuego, tomando su mano para ponerse de pie, ladeando la cabeza ligeramente. — ¿A dónde? —

—Adentro. — Respondió Challe, guiándola de regreso a la cabaña, directamente hacia el barril de Azúcar de Plata. Tomó un puñado en su mano y se giró hacia ella, tomando una de sus manos para colocar el Azúcar sobre su palma. — Toma, come esto, te sentirás mejor. —

Noellise dudó por un momento, pero casi al instante obedeció. El Azúcar de Plata se desvaneció en su mano, y sus ojos brillaron con intensidad. Era dulce…sí, dulce. Era la primera vez que lo probaba, un sabor único que se grabó en su paladar. Las alas de la chica se agitaron en su espada, y no pudo evitar la cara de emoción, casi infantil, que había aparecido en su rostro.

—¡Es delicioso! — Exclamó con voz chillona, dando pequeños saltitos en su lugar antes de acercarse al barril, mirando el brillante contenido interior. — ¿Qué es? —

—Azúcar de Plata. — Respondió Challe, buscando entre los cajones hasta que encontró el papel que Anne solía usar durante sus preparaciones, cortándolo en pequeños pedazos. — Se hace refinando el Azúcar producido con Manzanas de Azúcar. Los humanos lo usan para crear Dulces de Azúcar. —

—¿Dulces de Azúcar? — Cuestionó curiosa, mirándolo fijamente.

—Los humanos dicen que les traen buena fortuna. — Respondió el de cabellos oscuros, acomodando los trozos de papel sobre la mesa antes de tomar una pequeña taza de la alacena, caminando de regreso al barril. — Para nosotros, las hadas, son una fuente de energía. Es el único sabor que podemos probar, y puede ayudarnos a alargar nuestras vidas si se consumen constantemente. —

—Oh…ya veo. — Murmuró sorprendida, pero su expresión rápidamente cambió a una de intriga cuando lo vio tomar algo de azúcar en la taza y colocarlo en uno de los papeles, envolviéndolo con cuidado y atándolo con un pequeño hilo para cerrarlo. — ¿Qué estás haciendo? —

—Conseguir Azúcar de Plata es difícil. Anne solía refinarlo, pero yo nunca aprendí a hacerlo como ella. — Explicó Challe, repitiendo el mismo proceso. — Lo mejor será racionar el Azúcar en pequeñas porciones, así evitaré consumir más de lo necesario. —

—¡Ah! ¡Es una buena idea! — La pelirroja asintió en aprobación, acercándose a él. — ¿Necesitas ayuda? —

—No. — Respondió secamente, continuando con su labor.

Noellise permaneció en silencio, mirándolo trabajar. Challe iba a la mitad del camino cuando soltó un suspiro pesado, girándose a verla.

—¿Por qué sigues aquí? — Cuestionó, mirándola fijamente.

—¿Hm? No entiendo. — Preguntó en respuesta, mirándolo con genuina inocencia.

Challe resopló, cruzando sus brazos sobre su pecho. — ¿Por qué sigues aquí? Deberías salir y vivir tu vida, antes de que sea tarde. —

Noellise parpadeó un par de veces, ladeando la cabeza. — ¿Salir y vivir mi vida? ¿A dónde? —

—No lo sé. — El hada de obsidiana se encogió de hombros, y entonces volvió a reanudar su labor. — Algo encontrarás en el camino. Solo asegúrate de no cruzarte con los humanos, todavía hay algunos que gozan de cazar hadas y venderlas en los mercados. —

Noellise lo miró trabajar en silencio, permaneciendo en la misma posición por unos momentos antes de hablar nuevamente. — ¿Y tú? —

—Me las arreglaré. — Respondió sin más, continuando con lo que hacía, terminando de porcionar todo el Azúcar de Plata.

La pelirroja lo miró en silencio por un momento, meciendo sutilmente sus alas en su espalda. Challe intentó ignorar su presencia y continuar lo que hacía, guardando las porciones de Azúcar de Plata en un bolso. Suspiró y se giró a verla nuevamente entregándole uno de los pequeños bultos a Noellise en las manos.

—Cómelo cuando te sientas débil o estés herida, te ayudará. — Dijo sin más, caminando hacia la puerta, mirando fijamente las tumbas bajo la nieve antes de girarse al lado contrario, comenzando a caminar en dirección al bosque.

—Pero, Challe… — La joven quiso replicar, pero el pelinegro se fue caminando sin más, dejándola atrás.

Como una mancha negra corrompiendo la blanca nieve que cubría los árboles, arbustos y caminos del bosque, Challe caminó sin mirar atrás, sin rumbo fijo, pero dispuesto a ir a donde su instinto lo llevara.

Anne…aunque no pueda llamarlo "vida", cumpliré mi promesa…viviré.


¡YAHALLO! xHimemikoYukix aquí~

¡Nueva historia! Esta vez les traigo un fanfic sobre el anime/manga/novelas de Sugar Apple Fairy Tale! Esta historia está ubicada 80 años después del final de la novela 17, por lo que puede haber diferencias entre las novelas 18, 19 y próximas a publicarse, pero trataré de adaptarla lo más fiel posible al material original. ¿Qué les ha parecido este primer capítulo? ¡Espero sus comentarios!

Dudas, aclaraciones, sugerencias y opiniones son bien recibidas, ¡los estaré leyendo!

¡NOS LEEMOS!