Capítulo 4

Aun cuando Vhagar era muy elegante a pesar de su tamaño al aterrizar, seguía siendo un aterrizaje pesado, Aemond estaba más que acostumbrado, pero el pequeño Lucerys acostumbrado a Arrax una montura más ligera y pequeña no, el omega se despertó sobresaltado abriendo sus ojos castaños y aferrándose a lo primero que tuvo al alcance de su mano, su propio tío Aemond.

Y entonces noto en donde estaban, Desembarcadero del rey. En el Dragonpit. Aemond soltó las cadenas que los aseguraban a Vhagar y se levantó para bajar pero Lucerys no podía encontrar en él la fuerza para moverse. No quería moverse, se aferro con fuerza a la silla de montar de Vhagar. Era real, era un rehén. Se tuvo que morder su propio labio para no llorar, quería ir a casa.

-Dilatar el momento no va a hacer que las cosas cambien-la voz de Aemond sono a su izquierda mientras esperaba por él para bajar del gran dragón.-Vhagar tampoco va a volar a tu comando, así que ven-le ordenó. Lucerys se volvió hacia él con los ojos molesto, este imbécil era el culpable de todo, sintió el impulso feroz de empujarlo para que se cayera, no era una caída que lo fuera a matar, pero sería satisfactoria sobre todo teniendo en cuenta el gran tamaño de Vhagar. Probablemente lo hubiese empujado de pensar que habría podido tener éxito, pero las probabilidades eran pocas.

Además Arrax se pondría a la defensiva contra Aemond si hacía algo así, si Arrax atacaba a Aemond, Vhagar defendería a su jinete, Lucerys no podía permitir que lastimaran a Arrax. Se obligo a respirar hondo… Todo este maldito lugar seguía oliendo a mierda y sudor.

Ignoro la mano de Aemond y se aferró a los estribos de Vhagar para bajar. Aemond solo sonrió burlón dejándolo bajar por su propio medio mientras lo seguía. Que tuviera esa pequeña muestra de independencia si eso lo hacía feliz.

Una vez en tierra se aseguró de acariciar a Vhagar por su buen trabajo, observó de reojo como su sobrino corría hacia Arrax, acariciando a la dragona. Probablemente pensando en sus posibilidades si la montaba y huía, el cielo estaba despejado hoy, Arrax era una montura mas rápida.

-No lo hagas, no me obligues a matarla-le advirtió Aemond tranquilamente como si le leyera la mente, aunque la pura realidad es que no hacía falta una habilidad tan mágica, los ojos de Lucerys eran dolorosamente obvios. Lucerys lo fulminó con la mirada pero retrocedió renuente. -Vamos sobrino.

-Eres un ser humano horrible-le gruño negándose a mover de donde estaba de pie mientras Arrax y Vhagar seguían a los cuidadores de dragón.

-Tal vez, pero soy tuyo-le recordó Aemond, tomándolo de la mano y jalándolo hacia él. Arrastró a Lucerys hasta donde ya un cuidador tenía a su caballo ensillado esperando por él.

-Príncipe Aemond-saludo el dragonkeeper - Príncipe Lucerys-hizo otra reverencia un poco desconcertado de ver al castaño hijo de Rhaenyra-¿Debo hacer ensillar un caballo para Lord Velaryon?-pregunto, al final su trabajo era cuidar de los dragones, los conflictos que pudiera tener la familia Targaryen no eran problema de ellos.

-No es necesario, cabalgara conmigo-aseguro Aemond acercándose y fue entonces cuando el cuidador pudo sentir y reconocer el olor de Lucerys. La forma en que sus ojos y boca se abrieron Aemond admitiría que fueron un poco cómicas. Las aletas de la nariz se ensañaron tratando de captar más del olor a miel quemada del omega.

-¡Tío!- La forma en que Lucerys se volvió instintivamente hacia Aemond cuando el cuidador cayó de rodillas sin poderse sostener de pie, removió algo en el platinado.

-No pasa nada-lo abrazo contra su pecho para calmarlo.-Lo asustas-le gruño al cuidador casi mostrando sus colmillos.

-Alabado sean los dioses nuevos y los antiguos-el cuidador tenía lágrimas ante sus ojos-un milagro, un milagro entre nosotros de nuevo.

El alboroto atrajo a más cuidadores y guardias del dragonpit, el tumulto solo inquietó más a Lucerys que parecía querer enterarse en el torso de Aemond asustado, y ese miedo hacía que su olor fuera mucho más fuerte llegando más lejos, incluso a mas distancia que el primer dragonkeepers.

-Aléjense de la pequeña madre le están asustando-gruño una de las pocas cuidadoras de dragón, sintiendo angustia por la angustia del omega, esa pequeña cosita, ese pequeño milagro, la esencia misma de lo que era la madre del mundo, no debería estar asustado. A los omegas dentro de la fe de los siete se le llamaban pequeñas madres, por que se decía que los Omegas habían sido creados, y formados de la misma sangre de la madre. Incluso los seguidores de otras fe, como los seguidores de los Dioses antiguos en el Norte, tenían leyendas parecidas que hacían que ese nombre fuera usado por las otras religiones de Westeros. Pequeña madre. Por eso aunque los Dragonkepeers seguían a los dioses de la antigua valyria también usaban ese nombre, en el antiguo panteón valyrio se decía que los omegas eran la carne y sangre de La diosa principal del panteón.

Como si se dieran cuenta recién del miedo del omega todos retrocedieron. Los omegas eran criaturas delicadas, pero esta no debía temer de ellos. Aemond levantó a Lucerys y este automáticamente metió la cabeza en el hueco del cuello de su tío, inhalando su aroma y calmándose.

-Esta bien, solo quieren verte nada mas-le tranquilizó Aemond. -Solo sufrieron una pequeña sorpresa, son los mismos Dragonkeepers de siempre, de los mismos que te escabulliste cuando me hiciste la broma del cerdo aquí con Jace y Aegon-le recordó.

-Lo siento-susurro Lucerys contra su cuello-eso fue cruel.-admitió tantos años después.

-Lo fue, pero éramos niños esta atrás-le tranquilizó. -Ven vamos a casa.-le dijo subiendo al caballo.

-Esta no es mi casa-le susurro el omega un poco más tranquilo aun bajo los efectos de las hormonas del alfa.

-Ahora lo es-le dijo simplemente saltando detrás de él en el caballo.

-Príncipe Aemond, deje que una guardia le acompañe.

-No necesito una guardia-frunció el entrecejo el rubio y era cierto era un alfa feroz.

-Por el bien del Príncipe Lucerys-le dijo la dragonkeeper hembra. Incluso si su trabajo eran los dragones, todos sentían la urgencia de cuidar del tesoro vivo, el regalo que se había perdido por décadas de la tierra. Aemond lo pensó un segundo pero asintió. Muy pronto un par de Dragonkeepers armados con sus armaduras y lanzas subieron a un par de caballos para escoltar a los dos príncipes del Dragonpit a la Fortaleza Roja.

El trayecto del Dragonpit hacia la fortaleza roja no era un trayecto particularmente largo, pero Aemond no estaba preparado para lo que la presencia… o más bien la realidad de lo que era Lucerys causaría. El omega casi se enterraba contra su pecho intimidado ante la presencia de la gente que se aglomeraba en las calles, muchos cayendo de rodillas agradeciendo a la madre.

Incluso los niños se sentían atraídos por el olor de Lucerys, los más pequeños lloraban al oler la angustia del omega como si la angustia de él fuera la de ellos. Esta angustia hacia el olor de Lucerys más fuerte fue lo que llevó a la gente a mantener una distancia, demostrarle al omega que no eran un peligro, pero la muchedumbre los siguió respetuosamente a pie, incluso los vendedores abandonaron sus puestos para seguir la procesión. Los habitantes de Desembarcadero del Rey eran gente común en su mayoría y seguidores de la fe de los siete. Los seguidores de la fe de los siete creían que la desaparición de los omegas había sido un castigo de la madre por las malas acciones de la humanidad. Ahora que la madre les había enviado uno más no querían más que proteger el regalo de la madre, ver el regalo de la madre, la muestra del perdón y la bendición de la madre… una pequeña madre una vez más entre ellos. Olvidados parecían haber quedado los rumores que hasta esa mañana corrían hablando de la bastardía de Lucerys y sus dos hermanos Jacaerys y Joffrey.

Viles mentiras, los bastardos nacían de la lujuria y no del amor. Por tanto no había ninguna oportunidad de que un hijo creado de la misma carne de La Madre, fuera un bastardo.

Aemond sostuvo sus riendas con una mano y la otra la puso a la altura del pecho de Lucerys, fue casi entrañable como el pequeño inclinó la cabeza como si buscara el olor de las feromonas en el punto de su muñeca. Notando que eso parecía calmarlo, Aemond dejo que Lucerys la tomara y la llevará hacia su rostro debajo de su nariz.

Lucerys cerró sus ojos relajándose. Para los plebeyos era una visión demasiado hermosa. Y Aemond tuvo que admitir que traer a la guardia del Dragonkeeps con él había sido buena idea, por que aunque la mayoría demasiado preocupados de asustar al omega no intentaban tocarlo y se conformaban con mirarlo otros más atrevidos extendieron su mano como si quisieran tocar el "regalo de La Madre" como les escuchaba murmurar. Estos eran rápidamente jalados hacia atrás por el resto de la muchedumbre que los seguía, pero Aemond no hubiese sido tan amable si alguno hubiese logrado su cometido de tocar a Lucerys.

Parecía que la mitad de desembarcadero del Rey se había vaciado para seguirlos para cuando al fin lograron llegar al puente que conectaba con las enormes puertas de la ciudad que eran la entrada a la fortaleza roja, los guardias que vigilaban se vieron sobresaltado, llevando sus manos a sus espadas al ver al principe llegar en su corcel, con una guardia de Dragonkeepers rodeándolo y casi todo desembarcadero del rey siguiéndolo.

-Luce, háblales, eres su príncipe-le dijo Aemond soltando la mano de las riendas para acariciar los cabellos castaños. Lucerys estaba un poco asustado, pero era también el hijo de Rhaenyra Targaryen, la sangre del dragón y un chico que nunca retrocede ante nada. Miro a la muchedumbre hacia la que Aemond había vuelto el caballo a espaldas de la fortaleza roja. Respiro hondo no muy seguro de lo que diría y se sorprendió al ver el silencio absoluto que se formó, los rostros anhelantes de escuchar sus palabras. Apretó la mano de Aemond con fuerza de forma inconsciente para darse valor.

-Gracias por acompañarnos seguro a nuestro hogar. Pero ha sido un viaje largo para mi y mi tío el príncipe Aemond, deberían ir a casa ahora-les pidió no muy seguro de lo que les decía, pero diciéndolo con aplomo y entereza como lo haría su madre.

-Principe Lucerys, Principe Lucerys, pequeña madre. Pequeño milagro.-Se escuchaban los susurros por todos lados del pueblo que se sentía bendecido por las simples palabras de Lucerys.

-Bien hecho-le felicito Daemon, mientras pasaban a los guardias y la muchedumbre se quedaba parada obediente sin tratar de pasar la línea de guardias que cuidaban el puente pero aun sin irse queriendo ver a su príncipe hasta el último momento.

Las grandes puertas de la fortaleza roja se abrieron para ellos y cuando al fin se cerraron a sus espaldas, Aemond pudo relajarse había temido un motín todo este tiempo, no por que le preocupara pelear, si no por que le preocupaba que Lucerys saliera lastimado. Era una existencia tan frágil, que podría desaparecer tan fácil y rápidamente que el pensamiento era asfixiante.

La guardia del patio estaba totalmente desconcertada, viendo al Príncipe Aemond traer un rehén. Por que un hijo de Rhaenyra Targaryen solo podía ser un rehén aquí en este momento, eso hasta que el olor del omega los golpeó y entonces entendieron a la muchedumbre, muchos de ellos cayeron de rodillas.

Lucerys estaba desconcertado, había leído todas las historias como todos sobre todo por que a Jace le gustaba leerlas hablar de cuando existían los omegas y de lo genial que sería que estuvieran una vez más entre ellos, pero no había esperado que la gente reaccionara así a su presencia.

-¡Aemond!-Esa era la voz de la reina viuda Allicent, mientras se acercaba a prisa había sido avisada de que Aemond se acercaba… y con el príncipe Lucerys como rehén… detrás de ella venía Otto Hightower.

Lucerys casi siseo al ver a Otto.

-¡Ladrón!-Sabía que esto era culpa del Hightower de él y de la reina viuda.-Ladrones los dos. -aseguró siendo sostenido por Aemond para que no avanzara hacia ellos. Alicent lo miró duramente igual que Otto aún demasiado lejos para que el olor les llegará.

Pero la guardia más cercana se comenzaba a inquietar ante el olor de la furia del omega, sus instintos patean exigiendo traerle paz al omega. Aemond mismo lo sintió pero esa mujer era su madre y ese hombre su abuelo. Levantó a Lucerys obligándolo a poner su rostro en su cuello y liberando una fuerte dosis de hormonas que aquietó al omega en contra de su voluntad, haciéndolo mantequilla en sus manos.

-Ahora no madre-le ordenó caminando hacia ellos. Su madre era una beta pero su abuelo era otro alfa, el sintió antes de Alicent el olor de Lucerys mientras Aemond se acercaba.

-Ahora no hija-repitió Otto Hightower las palabras de Aemond al ver a su hija abrir la boca. Las hormonas de Aemond, habían llevado a Lucerys aun estado de relajación drogada, lo mejor sería que la voz de Alicent no lo sacara de ese estado, algo le decía que la guardia se volvería rápidamente contra ellos si el omega se sintiera amenazado por ellos.

-¿Por qué trajo a ese bastardo aquí?

-Cállate-le ordenó Otto mirando a su alrededor al menos los guardias no habían escuchado las imprudentes palabras de su hija algo le decía que el insulto de bastardo dirigido hacia Lucerys ya no sería tan bien recibido como en el pasado. -Llevemos esta conversación de forma más privada-ordenó. Aemond al fin pasó por su lado.-Aemond…

-Lucerys necesita comer,-lo interrumpió el platinado sin interrumpir su paso- ordena un almuerzo temprano y podremos hablar… todos en familia… advierte a mamá, él es mi pareja-le advirtió a su abuelo inflexiblemente sin detenerse mientras entraba a la fortaleza.

Amaba a su madre, pero no permitirá insultos contra Lucerys, de alguna forma eso lo ponía… furioso.

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Notes:

La fe de los siete tiene estos siete "dioses":

El Padre, La Madre, El Guerrero, El Herrero, La Doncella, La Anciana y El Extraño.

Esta capitulo fue un poco dificil de escribir por que hay un montón de cosas pasando a la vez y plasmarlas todas de forma entendible no fue fácil, pero ya pueden hacerse una idea de como el proletario se toma el regreso de un omega, uff y aún no han visto como se lo van a tomar los nobles. Los mismos que antes miraban mal la supuesta bastardía de los hijos de Rhaenyra pasarán a que les importe un huevo, si la unión de Rhaenyra y Strong dio a luz un omega, incluso si Joffrey y Jace son alfas, tal vez ellos puedan engendrar omegas con la pareja con la que se casen. Jace y Joffrey han pasado a convertirse en el segundo mejor partido, la mejor segunda posibilidad de más omegas luego de Lucerys.

A este punto los mismos niños podrian decir que son hijos de Harwing Strong y los fanaticos simplemente dirían que son calumnias que obviamente los niños son igualitos a Leanor Valeryon y obviamente son legítimos XD