Luto [ I ]
La noticia que recibí aun me tenía firmemente sujeto del pecho. No podía creerlo.
El Faraón. El Gran y benevolente Faraón Aknamkanon.
Había caído.
Era inconcebible.
Mi Padre.
Mi amado Padre había cedido a las fauces del temible Dios Osiris.
Osiris y Anubis lo había tomado de la mano y guiado hasta el inframundo. Lo había alejado permanentemente de nuestro lado. Sin oportunidad de reencuentro, sin dejar si quiera que nos hubiésemos despedido aunque sea con nuestras miradas.
Había sido arrebatado de éste Mundo.
La luz de Egipto se había marchitado.
No quería creerlo.
No podía.
Por más que los sirvientes tratarán de hacerme reaccionar una y otra vez. Sacudiendo suavemente mi cuerpo.
Quería llorar.
Quería gritar.
Quería levantarme y destrozar todo lo que estuviese a mi alcance para tratar de sacar la furia, el dolor y la culpa que se arremolinaba en mi corazón.
Quería tanto...
Pero por más que intentaba mover mi cuerpo, este simplemente no cedía.
Mis músculos estaban rígidos. Duros como un árbol en medio de una selva.
Mi boca se sentía seca, y mis ojos ardían de forma dolorosa.
Me sentía terrible. Como si en cualquier momento, con la sola brisa del aleteo de una mariposa, pudiera derribarme.
Intentaba mirar a mi alrededor. Tratando de comprender que es lo que tanto hacían los sirvientes que iban de un lado a otro con visible apuración.
Quería hablar y decirles que se detuvieran. Que me dejaran solo y que no dejarán entrar a nadie a mi habitación.
Sin embargo, por mas que intentaba. Una y otra vez.
Mi voz no salía.
Sentía un nudo en la garganta. Algo que me quemaba por dentro. Sentía a mi corazón partirse en pedazos mientras se desgarraba con los sentimientos que me atacaban.
Realmente no había manera de describir cómo es exactamente que me sentía, pero intuía por las miradas angustiadas de los sirvientes, que no era nada bueno.
'Debo verme patético.'
Pensé, dejando el tiempo correr.
Sin embargo, apenas el ruido regreso a mis oídos, mis ojos se movieron hacia el, casi de forma instintiva. Tratando de entender que era lo que ocurría a mi alrededor.
Escuchando entonces las voces angustiadas de los sirvientes.
"¡Su Majestad, el Príncipe! ¡Despierte! ¡Por favor, quédese con nosotros!"
"¡Su Majestad, por favor! ¡Sea fuerte! ¡Le necesitamos su Majestad!"
'¿Necesitarme?'
Quería reírme. Nadie me necesitaba. Ni mi Madre, ni mi Padre.
'Papá'
Y en ese momento, cuando mis ojos parpadearon y pude sentir nuevamente la realidad sobre mi, fue que pude reaccionar, tal y como los sirvientes me rogaban hiciera.
"¡Su Majestad, el Príncipe! ¡Gracias a Ra a despertado!"
"Su Majestad, ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le de más vino?"
'¿Vino?'
Mire esta vez hacia abajo, justamente a mi regazo. Dando con lo que el más bajo de ellos me decía, mientras mi boca detectaba el ligero dulzor que evidenciaba el haber bebido.
'¿Cuándo fue que lo tome?'
No lo sabía. Y estaba desconcertado. Más, eso ahora no importaba. Porque angustiantemente, un fuerte dolor en el pecho me llegó.
Haciéndome doblar sobre mi cuerpo, escuchando como la silla en la que estaba se quejaba ante esta acción. Alertando a mis acompañantes.
"¡Majestad!"
"¡Su Excelencia!"
Me dolía.
Era altamente doloroso.
Era una sensación horrible.
Como si de pronto mi cuerpo fuese quemado desde dentro, o como si me clavaran miles de agujas al mismo tiempo.
Me era insoportable.
Quise gritar, pero por alguna extraña razón. Aun cuando abrí mi boca para hacerlo.
No pude lograrlo.
Por lo que solo deje que gruesas y pesadas lágrimas bajaran en silencio. En un frío tan vil, que mi cuerpo lo reflejo en un temblor que me fue difícil controlar.
Haciéndome soltar breves sollozos. Mientras tomaba con fiereza mi rostro, tirando la copa que había en mis manos en un sonido seco.
Había perdido a mi Padre.
Y no pude evitar pensar que era terriblemente injusto.
Lo siguiente que sucedió, luego de que pude llorar al menos un par de horas en un cómodo silencio, fue la atención de los sirvientes a mi persona.
"Su Majestad, el Príncipe. Por favor, déjeme limpiar esto por usted."
"Pondré un paño húmedo sobre sus ojos, le ayudara a bajar la hinchazón."
No pude evitar agradecerles, atendiendo con simpleza a sus pedidos. Dejándome hacer, mientras suspiraba cada cierto tiempo. Sin ganas de realmente nada. Sintiendo el suave toque en mi piel una vez llego el ligero maquillaje a mi rostro.
"Este color le favorecerá ahora que sus ojos están poco hinchados."
"Nadie podrá mirarle de mala manera su Majestad, el Príncipe. Estoy seguro de que podrá cautivar con su sinceridad y presencia al calvario que se vive afuera."
'¿Calvario?'
"Su pueblo habrá perdido a la luz del sol, pero no perdió a la luz de la estrella. Ni la luz de la luna. Estoy seguro que sus súbditos se sentirán seguros una vez le vean de pie."
'Tanta confianza.'
Me conmovió sus palabras, sin embargo. El brillo oscuro en sus ojos, no me decía lo mismo. Por lo que no sabía si creerles o no. Después de todo, aun seguía atrapado en mi habitación, envuelto en la ignorancia.
No sabía cual era la situación real dentro del Palacio.
"Sí lo dices con tanta convicción, me temo que debo atender a la misma."
Murmuré, antes de levantarme sin energía. Encaminándome hasta la salida. Arreglando mi postura, para después alzar mi barbilla. Como se supone un Príncipe debía hacer.
Uno de los sirvientes hablo apresuradamente, colocándose detrás de mí, obediente.
"Le guiaremos hasta su destino, Su Majestad, el Príncipe."
"Adelante."
Cuando reconocí sus palabras, el mayor de ellos se coloco frente a mí, con su cabeza abajo y sus manos delante de su cuerpo, descansando sobre su estómago.
A pesar de que eran sirvientes de mi tío, Aknadin. Debía reconocer su excelente trabajo y servicio, tanto como la consideración ante mi horrible llanto dentro de mis aposentos.
'Ellos, seguramente le dirán a mi tío.'
"Agh"
No pude evitar quejarme.
De verdad, no quería lidiar con las probables frías palabras que mi tío diría. Así que trate de persuadir a ambos sirvientes que me escoltaban, sin volver a demostrar esa debilidad que aun carcomía mi alma.
"Me temo los he hecho esperar mucho tiempo. Pediré a mi tío que no les castigue por un error mío."
Era todo lo que podía hacer de todas formas.
"No hace falta."
"Su Majestad, el Príncipe. Debió haberlo pasado mal al saber que la luz del Imperio a caído. Estoy seguro que el benevolente Señor Aknadin comprenderá su dolor."
'Suena convincente. Si no notara el temblor en su cuerpo, le creería sin dudar.'
"Mi tío es una persona buena y amable. Tocada por la sabiduría del poderoso Ra. Sin embargo, me veo en la necesidad de interceder."
"Su Majestad, el Príncipe es benevolente y amable."
"Nos honra que note a esclavos como nosotros."
'Es hora.'
"Les agradezco que confíen en mí. ¿Puedo pedir entonces un favor?"
Los sirvientes me miraron, cada uno a su manera. Desconfiados.
"No es mucho, solo... Me gustaría que lo sucedido dentro de mis aposentos pueda quedase en las sombras. Me sentiría mal si es que algo de esto llegara a filtrarse a los ciudadanos, me temo puedan sentirse igual."
Los sirvientes, luego de meditarlo y que se miraran entre ellos. Asistieron, en acuerdo mutuo.
"Sí es lo que desea su Majestad, el Príncipe. Así se hará."
Tuve que agradecerles, aun a pesar de intuir que lo hacían por salvarles de un severo castigo.
"Muchas gracias, son amables."
La conversación pareció entonces morir ahí. Al menos hasta que llegamos a nuestro destino, y las grandes puertas de la Emperatriz se presentaran a nosotros. Causándome una severa preocupación.
'¿Acaso tío está con...?'
Mi rostro reflejo la incertidumbre, más. Me obligue a controlar mi expresión. Mirando fijamente hacia delante.
'Si tan solo Aknadin estaba amenazando a mi Madre, yo...'
La furia recorrió mi cuerpo, quedándose en la boca de mi estómago.
"Su Majestad, el Príncipe. El Señor Aknadin espera dentro."
El sirviente delante de mi mencionó, ordenando que las puertas fueran abiertas.
Al entrar, lo que me recibió fue la imagen de mi madre siendo consolada por mi tío. Cada uno sentado delante del escritorio de la oficina de mi madre. Uno al lado de otro, mientras madre limpiaba su hermoso rostro con un pañuelo blanco.
Mi corazón entonces no pudo evitar regocijarse.
La sola presencia de mi madre era cálida. Bella, pero su postura ahora le hacía parecer terriblemente frágil. Tanto que, odiaba el hecho de que mi tío le estuviese tocando uno de sus hombros descaradamente. Mientras fingía mirarla con suavidad.
"Su Majestad, el Príncipe. Está aquí Señor Aknadin."
Hablo el sirviente mayor que me acompañaba, reverenciando a su amo. Anunciándome para el momento.
Mi tío levanto su mirada, alejando rápidamente su mano de los hombros de mi madre antes de fijar su vista en mí. Corroborando lo escuchado, endureciendo su rostro.
"...Sea bienvenido Alteza. Ha llegado."
Mi madre me llamó, levantándose de su asiento. Encaminándose a mí.
"Atem..."
'Ella esta bien...' Reconocí rápidamente.
Dando también un par de pasos, recibiéndola con los brazos abiertos, mientras un hermoso consuelo llegaba a mi corazón.
Quizá el sirviente había tenido razón, y lo único que se perdió, fue la luz del sol. Deseaba hundirme en la comodidad de los brazos de mi madre, como cuando lo hacía de niño, pensar que todo pasaría y que ambos nos teníamos el uno a otro. Pero esto solo fue una efímera fantasía.
Especialmente cuando mi tío levanto su helada voz. Provocando que nos separáramos de forma forzada.
"Me temo que los abrazos y reencuentros deben aplazarse. Mi Reina, hay más que nos atañe ahora."
Las ganas de despedazarlo volvieron a mí, tanto como la molestia que trataba de mantener al fondo de mi garganta. Madre por lo pronto, asintió. Limpiando sus últimas lágrimas. Reconociendo lo que Aknadin decía.
"Es verdad. Aun falta mucho por hacer."
"¿Madre?"
Ella volteó a verme, sonriendo suavemente. Con sus preciosos ojos hinchados.
"Mi estrella. Mi hermoso lucero que ilumina las noches oscuras. Debo informarte todo lo que pasará en estos tiempos tan difíciles."
"¿Tiempos? ¿Cuanto se extenderá el funeral de Padre?"
Aknadin al escucharme, no dudo ni un segundo en distorsionar su rostro con desagrado. Señalándome inmediatamente.
"¡Qué irrespetuoso! Aun si eres el hijo de Aknamkanon, debes de llamarlo por lo que es."
"¡Señor Aknadin!"
Mi madre reclamo. Pero...
"Esta bien, querida Madre. Su Majestad, La Reina. Comprendo lo que el Señor Aknadin dice. No cometeré ese error de nuevo."
Intercedí, antes de que ese simple detalle se volverá más grande de lo que en realidad era. Discúlpame inmediatamente. Mirando fijamente a mi tío, sin ceder en mi postura.
"Lo tendré siempre en cuenta, Señor Aknadin."
Esto era por modales, algo que era irrelevante en este momento. Aunque, por otro lado, a él sí me negaba a reconocerlo abiertamente como mi tío.
Aknadin solo me miro como si mirara a un insecto. Aun en el mismo tono de voz.
"Como Príncipe ya deberías saberlo. Tal parece la ausencia de mi hermano se ha tomado como motivo de rebeldía. Deberíamos ser mas estrictos en la enseñanza de su etiqueta. Su Excelencia, el Príncipe... También se ha atrevido a llegar tarde."
Aknadin, agregó. Tratando de hacerme perder los estribos.
No era tonto. Sabía la razón por la que trataba de provocarme.
Sin embargo, si cedía y atacaba, eso solo lo beneficiaria a él, muy contrario a como sucedería conmigo.
Pues mi imagen pendía de un hilo.
Me verían como un Príncipe incapaz de sobrellevar este tipo de situaciones. Lo que decantaría sencillamente a que fuesen al lado de mi tío. Quien gozaba de una perfecta reputación.
Y eso, claramente no podía permitirlo. No cuando apenas mi Padre había dejado este Mundo.
"Mi culpa por supuesto, los sirvientes apuraron mi hacer. Estar en mis aposentos me ayudo a pensar mucho. Aunque, estoy seguro mi Padre, su Majestad, el Faraón Aknamkanon, me comprendería."
"...Mi hermano, el Faraón Aknamkanon era blando en cuanto a su hijo. Y lo comprendo, un hijo es la bendición del poderoso Ra... Pero eso no significa que yo lo sea. Espero comprenda mis palabras, anteponiendo por supuesto. Su bienestar, Alteza."
'Bienestar.'
Quise reírme. Eran palabras que no ocupaban su boca. Especialmente si las dirigía a mí.
Quería señalarlo, dejarlo en evidencia. Pero, aun no era el momento. Ni el tiempo. Además, mi madre estaba viendo este vergonzoso comportamiento.
"Sus palabras son mas que bienvenidas. Señor Aknadin, pero le recuerdo que quién decide sobre mis estudios, es mi querida Madre, su Majestad, la Reina. ¿Pretende saltarse su autoridad?"
"Jamás. Ra interceda."
Aknadin pareció inquietarse, por lo que alce un poco mas mi barbilla, en un gesto orgulloso. Contando con el apoyo total de mi madre, la cual intervino a mi favor rápidamente. Endureciendo su fina mirada.
"Los deberes del Príncipe están fuera de su jurisdicción Señor Aknadin. Por favor, no quiera tratar esos temas sin cuidado frente a mi nuevamente."
"Lo siento mucho, su Majestad, la Reina."
"Bien... Ahora, como se acordó. Hablaremos sobre lo que corresponde."
Admiraba tanto el porte imponente de mi Madre. Aun sin sus joyas, con el corazón destrozado y el alma hecha pedazos. Encontraba la fuerza para pelear a mi lado.
No como los demás insistían en hacer, ignorándome a pesar de saber lo que era y representaba.
El tiempo siguiente y luego de que hubiésemos tomado asiento nuevamente, se me fueron expuestas varias cosas. Principalmente las tradiciones y rituales que se debían seguir hasta que mi Padre fuese llevado a su lugar de descanso. Reglas básicas como el color del luto remarcándose tanto como el nulo uso de joyas u otros tocados. Debiendo reflejar el mayor respeto posible mientras el pueblo representaría su aflicción.
Los setenta días obligatorios comenzando desde ya, mientras la política dentro del Palacio pasaría completamente a mi Madre. Al menos hasta que todo ritual terminara y se volvieran a llegar a distintos acuerdos por el bien del Pueblo.
Se abordo mi papel dentro de todo aquello, sin embargo. Aun por el funeral, no se tenía claro como es que se debía proceder, por lo que mi papel seguía siendo el mismo.
No pude evitar pensar con pesimismo.
'Una vez más me he quedado fuera. Ojala pudiera ayudar más a Madre.'
Pero no podía hacer más en realidad, así que confíe en el juicio de mi querida Madre.
Y una vez terminó aquella incómoda reunión. Madre y yo por fin habíamos quedado solos. Tiempo que pudimos aprovechar bien para consolar nuestro dolor, abrazándonos como si fuésemos a desaparecer al segundo siguiente.
Había tanto que pensar y que hacer, que solo ese día se nos permitió llorar. Ya que a la mañana siguiente, el embalsamamiento de mi Padre, comenzó.
