¿El principio del fin?, ¿será?
Arrastrar los pies para ir a la escuela siempre era una tarea rigurosa. Hoy más. Hanamichi bostezaba con un paraguas en la cabeza. Tenía un sueño terrible, no había pegado un ojo en toda la noche. Digamos que un zorrito se coló en sus sueños.
Y en otro lugar también.
Se refregó el trasero, gruñendo.
—Todavía me duele…
Sonrió de lado.
«¿Soy un maricón ahora? Entregué el culo, no hay mariconeada más grande»
Según su cabeza cuadrada, sí. El mundo funcionaba así. Si hubiera sabido que entregar la retaguardia no era sinónimo de homosexualidad, quizás hubiera cerrado los ojos por la noche. El sexo es sexo, la sexualidad es la sexualidad. Hanamichi aún no sabía diferenciar aquello. Dejar de ser un machista no sucedía de un día para el otro, en especial si su crianza no fue la ideal. Bastante bien se estaba portando para todo lo que sucedió con el zorro, se repetía constantemente. Por suerte, cuando tenía un colapso con su sexualidad, llegaban a la mente las palabras de su amigo Yohei. Un libertino, por lo que veía. Le tranquilizaba recordar la charla con él.
Lo que no le tranquilizaba era tener que hablar con Haruko. Hoy le contaría todo. Bueno, no todo. Dar demasiados detalles podría matarla.
—Verás, Haruko… No esperé que esto pasara. Es decir, ¡tú eres el amor de mi vida! Pero… por alguna razón últimamente no dejo de pensar en ese maldito zorro. —Practicaba su discurso mientras caminaba por las callecitas del barrio—. Creo que él me g-g-gu…
No podía ni decirlo.
—¡G-G-G-G-GU…!
Se estrelló la cabeza contra la pared.
—¡ME GUSTA, LA PUTA MADRE!
Una mujer madura de pelo corto, que iba acompañada con su hijo, se le quedó mirando. Hanamichi giró el rostro hacia ellos.
—¿Algún problema, vieja? —preguntó con una voz arrastrada y ojos asesinos— ¿Quiere que le ayude con las bolsas? —Aunque su intención era buena, el porte mafioso y su forma de hablar no causaron buena impresión.
La señora lo escaneó de pies a cabeza con un notable rechazo. Apresuró a su hijo por la espalda.
—¿Qué le pasa a esa vieja? Tsk.
Hanamichi siguió caminando entre suspiros.
—Debí quedarme en casa. —Miró el cielo nublado. La lluvia no paraba desde ayer—. Estaba para quedarse en la cama.
Pensar en eso lo llevó a una inmediata fantasía de él acurrucado en su cama calentita, tapado hasta las orejas con el zorro, quien dormía tranquilamente en su pecho. El cabello suave de él se sentía bien en la mejilla, su aroma dulce lo inducía al sueño…
Abrí los ojos de golpe.
—¡¿Y ahora por qué quiero dormir una siesta con él?!
Alerta roja, sus deseos cada vez más estaban mutando por unos cursis.
Sus pasos, desganados, estacionaron en la escuela. Tomó aire, cerrando el paraguas. Cerca de la entrada, donde estaban los casilleros, Haruko reía con sus amigas.
«Se ve tan bella como siempre…»
Entendió que nunca dejaría de parecerle hermosa, incluso aunque eligiera a un zorro apestoso por encima de ella. Comenzó a caminar hacia los casilleros. Estaba nervioso, le hacía ruido la panza. En medio de toda la crisis, Haruko lo vio de soslayo. Enseguida levantó la mano con una gran sonrisa. Hanamichi levantó unos dedos temblorosos con otra ridícula.
—¡Buenos días, Sakuragi!
—B-Buenos días, Haruko —la saludó, llegando hasta ella—. Ah, estás con tus amigas "A" y "B".
—Tenemos nombres. —exclamaron de mala gana las amigas de Haruko.
—Sakuragi, justo a ti quería verte.
Haruko le agarró el brazo con la confianza de siempre. Hanamichi se sonrojó.
—¿A-A-A mí? Q-Qué justo, Haruko, ¡yo también quería verte! —empezó a decirle—. Um, quisiera hablarte sobre al-
—Ven a mi casa después de la escuela.
—¡Claro! —respondió de forma automática con una sonrisa. Esta se derrumbó rápido—. Espera, ¿qué?
—A estudiar, ordenes de mi hermano. —Haruko le guiñó un ojo.
—¿Estudiar? Pero yo no quiero estudiar… —refunfuñó, arrastrando un pie por el suelo.
—"Antes de que esos tontos reprueben los próximos exámenes, me adelantaré" —le dijo Haruko poniendo su mejor cara de gorila—. Eso dijo mi hermano. No se puede participar en las nacionales si tienes más de cuatro materias reprobadas, ¿lo sabías?
—Ah… —Hanamichi empezó a contar con los dedos. Tenía como siete. No había tocado un libro desde que ingresó a la Preparatoria—. Mierda.
—Mi hermano vio el boletín de todos y pegó un grito al cielo —explicaba Haruko, moviendo las manos—. Por eso quiere ponerlos a estudiar como sea. Dijo que les pegaría el trasero a la silla si era necesario.
—Ese maldito gorila… ¡D-Digo hermano! Tu hermano. —arregló rápido. Haruko solo reía por cómo lo llamaba. Ya estaba acostumbrada, hasta le daba gracia— ¿Y quién más reprobó?
—Hm… —Haruko se llevó un dedo al mentón—. Básicamente todo el equipo principal. Mitsui, Ryota, tú y… Rukawa. —Su voz se volvió risueña al nombrarlo.
Una ceja de Hanamichi tiritó.
—Rukawa, ¿eh?
—¿Y bien? —Haruko se recuperó, llevándose las manos a la espalda— ¿Puedes venir hoy?
—Si vas a estar tú, ¡claro! —«¡Agh idiota! ¡Deja de ligar con ella!»—. E-Es decir, de paso… me gustaría hablar más contigo allá, Haruko.
Haruko torció el rostro con inocencia.
—¿Hay algo que te esté preocupando, Sakuragi? Últimamente estás muy callado. Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?
—A-Ah, ¿es así?
—Vamos, cuéntame.
Haruko le dio unas palmaditas en la espalda. Hanamichi sonreía tenue.
«Ah… Haruko es tan amable. Esto lo hace más difícil»
—Bueno, verás… La verdad es que esto es un poco privado y me avergüenza mucho —comenzó a decirle, jugando con sus dedos—. Pero quiero contártelo porque creo que deberías saberlo y-
—No te está escuchando.
Hanamichi se quedó con la boca abierta. La amiga "A" de pelo corto señalaba a Haruko. Hanamichi se inclinó para verla mejor: tenía corazones en los ojos. Eso solo podía significar una cosa.
«¡Oh no!»
Volteó el rostro. Rukawa venía caminando hacia ellos. Bostezaba, rascándose la cabeza. Sakuragi sintió una inmediata presión en el pecho al verlo.
—Tenía que ser ese maldito zorro… ¡Haruko, despierta! —Pasó la mano por su rostro.
Haruko parpadeó luego de varios intentos.
—Ah. Lo siento, Sakuragi. ¿Qué me decías?
La capacidad con la que esa chica se iba a la estratósfera al ver al chico que le gustaba era de no creer. Sakuragi se deprimió. El amor que le tenía era demasiado fuerte, ¿qué otra razón habría para que Haruko siempre se perdiera al verlo? A él, no hace mucho, le pasaba lo mismo con ella. Por eso mismo entendía a la perfección sus sentimientos y empatizaba con ellos. Antes no quería reconocerlo, pues el zorro era su rival, pero ahora no se veía con otra opción más que ampliar el abanico para ver desde otro ángulo la cosa. Seguir pensando que Haruko solo sentía un amor pasajero por el zorro era igual a mentirse a sí mismo. Creer que la conquistaría jugando al Básquet, otra mentira. Una ironía de la vida era que, cuando empezó a amar ese deporte, se olvidó por completo de conquistarla con él. Se vio apasionado por el Básquet. Pero Haruko, por lo que veía, nunca olvidaría a Rukawa. Él era su pasión.
«Lo sabía…, no puedo hacerle esto a Haruko. Está completamente enamorada de él»
—Muévete, tonto.
Rukawa lo apartó por el hombro cuando llegó hasta ellos. Sakuragi ni se defendió. Quedó tambaleándose en el lugar con una expresión desolada. Rukawa lo miró con curiosidad. Esperaba alguna respuesta agresiva, al menos un empujón. ¿Acaso el encuentro de ayer era el culpable de esa cara triste que tenía? Frunció el ceño. Estaba enojado, tenía que pasar del pelirrojo y seguir su camino para tomarse una de sus tantas siestas en clases, pero el corazón fue más fuerte. Se acercó a él.
—¿Y ahora qué te pasa? —le preguntó, poniendo una mano en su cabeza—. Tienes cara de culo.
Sakuragi apartó la mirada. No decía nada, lo cual le irritaba. En su semblante tenso, Rukawa veía pasar todo lo que callaba y se preguntaba porqué no se lo gritaba. De esa forma sería más fácil. Se insultarían, pasarían a las trompadas hasta quedar agotados y listo, asunto arreglado. Pero no. El pelirrojo prefería callar. No podía creer estar deseando que esa molesta persona hablara.
—Oye, Hanamichi.
Haruko sintió una impresión cuando lo escuchó llamarlo por su nombre. Rukawa le refregaba la cabeza rapada con confianza, no tenía problema de estar cerca de él. Sus amigas, intercalando los ojos entre ambos, notaron también esa interacción amigable que poco tenía que ver con la que conocían.
Sakuragi vio la impresión en el rostro de Haruko, alertándose.
—Te… ¡Te dije que no me dijeras así! —le dio un manotazo.
Rukawa se fue hacia atrás. En sus ojos, disgusto.
—De verdad…, eres un idiota.
Se colgó mejor el bolso en el hombro y comenzó a retirarse con un notable malhumor encima. Haruko reaccionó al verlo partir.
—Ah, R-Rukawa.
El nombrado se detuvo. La miró con desinterés. Haruko estaba sonrojada, le costaba encontrar las palabras.
—Um… ¿Tienes libre hoy? Mi hermano quiere que estudiemos en casa. Desaprobaste el último examen, por eso…
—Paso.
Retomó el andar, dejándola con las palabras en la boca. Ella bajó la mirada con tristeza.
Hanamichi ya estaba lanzando humo por la nariz como un toro; preparaba los pies para salir corriendo hacia el zorro y derribarlo. Nunca conoció a una persona tan egoísta y desconsiderada como él. Siempre actuaba igual, no tenía en cuenta los sentimientos de los demás. Haruko no podía lucir más triste. Le partía el alma verla así. Ella se giró hacia él con una apenas sonrisa.
—Bien, Sakuragi, supongo que solo seremos tú y yo. Los demás tampoco han confirmado.
Rukawa frenó los pies en seco. Dio media vuelta y se volvió rápido a ellos.
—Iré.
Haruko lo miró, sorprendida. Sakuragi también. Pronto esa sorpresa empezaba a cobrar sentido para él. Ese zorro no quería estudiar, quería entrometerse. Se cruzó de brazos con una ceja en alto. Rukawa ni se inmutaba ante su mirada asesina.
—Qué oportuno eres, zorro.
Al final y por suerte, no fueron solo ellos. Ryota, Mitsui, Ayako y Kogure también se sumaron a la sesión de estudio. En aquella casa cálida, atendidos por la amabilidad de Haruko y la severidad de Akagi, estudiaban. O algo así. Al cuarteto problemático le costaba concentrarse. Solo Ryota, pollerudo como él solo, hacía todo a la perfección para impresionar a Ayako.
Bueno, no era el único pollerudo.
—¡Mira, Haruko! Ya terminé con esto. —exclamó Hanamichi, llamándola con la mano. Haruko, vestida con un jean y una playera roja, se acercaba con una bandeja en manos. Les sirvió café a todos para levantar un poco los ánimos. Ya eran pasadas las diez, el cuarteto problemático comenzaba a bostezar. Habían estado estudiando desde las seis de la tarde. No era para tanto, pero como habían entrenado antes se encontraban cansados.
—A ver. —Haruko agarró la hoja que el pelirrojo le ofrecía con mucha seguridad. Dibujó una sonrisa ridícula al ver las respuestas—. Um… ¡Casi, Sakuragi! Si te esfuerzas un poco más lo lograrás.
—Ahhhh…
Sakuragi apoyó la mejilla en la mesa. Suspiró. No pegaba una ni estudiando. En su defensa, no podía concentrarse. Tenía a Haruko sentada enfrente, y al lado… Deslizó las pupilas hacia la derecha. Rukawa roncaba con la mejilla pegada en el papel donde estaba haciendo unos ejercicios antes. Babeaba y todo.
—¡Despierta ya, zorro dormilón! —Le dio un golpe en la cabeza. Rukawa se la refregó, dormido— ¿Viniste a dormir o qué?
—Déjalo, debe estar cansado.
Pasó la atención a Haruko. Ella miraba a Rukawa con ternura. Sakugari apoyó el mentón en la mano, pasando la vista al comedor. No era entretenido ver la televisión apagada, pero era mejor que desarmarse por esos ojos llenos de un amor que no eran para él. Era extraño. Tenía que hacer un esfuerzo para que le molestara ese hecho cuando antes era cuestión de solo pensarlo para romper lo que fuera que tuviera enfrente. Ahora su sentir se basaba en una punzante angustia que tenía varios disparadores. Se sentía un traidor por haber hecho lo que hizo con el zorro, pero, por otro lado, quería estar con él. ¿Haruko lo entendería? Y aunque lo hiciera, ¿cómo soportar la culpa de haberle robado al amor de su vida? Todo estaba dado vuelta.
Se hizo un silencio entre los dos. Solo es escuchaba el tic tac del reloj colgado en la pared. Haruko miraba pensativa a Rukawa, quien seguía durmiendo ajeno a todo. Se estaba babeando la camisa blanca.
—Sakuragi…, tú te llevas bien con él, ¿no es así? Con Rukawa.
Sakuragi despegó el mentón de la palma.
—¡Claro que no! Pero qué cosas dices, Haruko. —Sacudió la mano, riéndose. Emboscado, todo le hacía sentirse emboscado—. Un genio como yo no puede juntarse con una especie inferior.
—Pero te llamó por tu nombre antes…
Sakuragi se puso en blanco. La mirada que le dedicaba Haruko a Rukawa se estaba tornando melancólica. Cierto condimento agridulce había detrás de ella.
—Rukawa nunca llama a nadie por su nombre. Qué digo…, nunca le dirige la palabra a nadie. Excepto a ti. —Deslizó los ojos a él. Sakuragi tragó saliva.
«¿Sospecha? No puede ser, yo no dije nada. Entonces, ¿es intuitiva? Mujer tenía que ser. No dominan el mundo porque no quieren»
—B-Bueno, quizás el zorro se tomó un poco de libertad conmigo. Ya sabes, cualquiera querría estar cerca de un talentoso como yo. —contestó con una falsa arrogancia. Hacía un esfuerzo para mantenerse firme ante la, ahora, seria expresión de Haruko.
—Sí…, tiene sentido. —Para su alivio, ella volvió a sonreír—. Me alegra.
—¿Qué cosa?
Haruko estiró la sonrisa. Sinceridad había en ella.
—Que seas tú el elegido. Estoy segura de que a Rukawa le hace bien tu amistad. Eres un buen muchacho, Sakuragi.
«Un buen muchacho… No, no lo soy»
Sakuragi solo pudo bajar la cabeza luego de escucharla. Allí se quedó por un buen rato. Con los ojos aguados en el examen de práctica para no ver los de ella. Lo destruían.
Incluso en sueños.
Incómodo, daba vueltas y vueltas en el futón. No podía dormir. Como se había hecho tarde, Haruko le ofreció quedarse a dormir. No llegó a gritar entusiasmado que Akagi lo agarró de la ropa como si se tratara de un cachorro y lo lanzó al suelo. Le revoleó un futón por la cabeza al grito de:
—Dormirás ahí.
No lo dejó acercarse a la habitación de Haruko, terminó durmiendo en el comedor. Ese gorila es un mal pensado, lo insultaba en silencio. Jamás se acercaría a Haruko con unas intenciones perversas, menos después de lo que ella le dijo. Sus palabras no dejaban de carcomerle. ¿El elegido?, ¿por quién?, ¿por Rukawa? Y hablando de él…
—¡¿Por qué estás aquí?! —Se dio vuelta de golpe, destapándose. Rukawa estaba tumbado a su lado. Despeinado, lo miraba con aburrimiento.
—Perdí el tren.
—¡Viniste en bicicleta!
—Se pinchó una goma.
—¡Mentira!
—Verdad. Me quedé dormido mientras andaba y pinché.
Sakuragi se refregó la frente. Lo peor que podía pasarle en ese momento era tener a Rukawa cerca. Los sentimientos descarrilaban al recordar lo que hicieron el día de ayer.
—Solo vete al sillón de una vez, zorro.
—Ve tú.
—¡A mí me dieron el futón! —exclamaba Hanamichi, robándole la sábana.
—Aprende a compartir, idiota. —Rukawa se la quitó.
—¡Qué no! ¡Quítate!
—Quítate tú.
Así estuvieron un buen rato forcejeando la sábana hasta que, como era de esperarse, se rompió.
—¡Mira lo que hiciste!, ¡rompiste la sábana de Haruko!
—Tú la rompiste.
Sakuragi se mantuvo mirándolo, tenso, hasta que suspiró. Si seguían gritando despertarían a todos.
—Como sea. Duérmete ya, zorro.
Pero ninguno se dormía.
Hanamichi tenía los ojos fijos en el techo, pensativo. Rukawa, tumbado de costado, lo miraba a él. El silencio inundaba la casa a oscuras. Grillos cantaban en las afueras, ronquidos se oían un poco más lejos, allá en el sillón donde estaban dormidos Ryota y Mitsui. Solo una lámpara de pie cerca del pasillo cortaba la oscuridad con su luz tenue. Rukawa fijó la vista en la mejilla del pelirrojo. Aún tenía un pequeño moretón por la paliza que le había dado el otro día. Levantó la mano y apoyó el dorso en su mejilla. La deslizó hacia abajo lentamente. Hanamichi giró el rostro por la almohada. Rukawa no supo bien lo que vio en sus ojos. Se mostraban tanto profundos como serios.
—¿Se te pasó la rabieta? —le preguntó Hanamichi, tomándolo por sorpresa.
—¿Qué rabieta?
—Ayer te fuiste enojado.
—Ah, sigo enojado.
—¿Y por qué me acaricias?
—Porque no puedo evitarlo.
Silencio. Hanamichi, sin saber cómo responder, se dejaba acariciar. Para ser hombre, Rukawa le proporcionaba unas caricias muy dulces. Dibujaba con los dedos el contorno de su cara, luego iba a la cabeza y la refregaba despacio. Le hacía desear quedarse así para siempre, igual que en su fantasía donde tomaba una siesta con él. Cerró los ojos con pesar. ¿Qué hacía soñando como una princesa? No podía quedarse para siempre, no con la culpa que sentía.
—Lo siento.
Rukawa se sorprendió por la inesperada disculpa. Tenía que ser falsa, una broma de mal gusto. Hanamichi lo miraba afligido.
—¿Por qué? —le preguntó Rukawa, acomodando medio cuerpo sobre el suyo.
Hanamichi admiraba su rostro ensombrecido por la oscuridad, disfrutaba de las caricias que le hacía atrás de la oreja. Llevó una mano a su cabeza despeinada y pasó los dedos por esos mechones suaves.
—Porque hice todo al revés. No debí… haberme precipitado contigo.
Rukawa se veía venir la mala noticia. Sus palabras, el tono de voz, todo le gritaba que estaba a punto de ser dejado atrás. No quería escucharlo. Se le cerraba el pecho con solo pensarlo, pero su rostro seguía sin expresar nada.
—¿Te echas atrás porque soy hombre?
Hanamichi negó.
—No, ya no es por eso. Ja…, eso es lo de menos a esta altura. —Esbozó una sonrisa triste—. Es porque hay una persona que saldrá herida de todo esto.
—¿Es por esa niña? —le preguntó Rukawa, bordeándole la oreja con los dedos.
Hanamichi asintió con los párpados entornados.
—Pero no por lo que crees. No voy a estar con ella.
—¿Entonces?
—Haruko… sufrirá si estamos juntos. ¿Acaso no puedes entender lo que siente por ti?
Rukawa le sostenía la mirada con frialdad.
—Me importa una mierda lo que sienta por mí.
—Ah… Eres un zorro malicioso. —Hanamichi se dio vuelta, quitándoselo de encima—. Como sea, esto no puede pasar. Eso quería decirte.
—… Da igual.
Rukawa le dio la espalda con el ceño fruncido. Se tapaba con la sábana rota hasta el cuello. Dolor. Por primera vez en su vida sentía que le habían roto el corazón. La sensación era similar a la vez que, por un momento, creyó que no había esperanza para él. Cuando el profesor Anzai le dijo que no estaba listo para irse a . Él, quien venía acumulando unas ansias de gloria, fue rechazado. Tuvo bronca, saboreó el fracaso cuando Anzai le aseguró que aún no podía vencer a Sendoh, y que, si quería irse, tenía que convertirse primero en el mejor jugador de todas las Preparatorias a nivel nacional. Esa impresión intestinal que sintió, el corazón estrujado, era similar a lo que estaba sintiendo ahora. Solo similar. En nada se comparada un corazón roto a sentirse un fracasado por haber perdido contra Sendoh. Pero que los dos dolían como la mierda, dolían.
—De cualquier modo, no iba a funcionar —empezó a decir sin realmente querer decirlo. Hablaba el enojo por él—. Pronto me convertiré en el mejor jugador de Japón y luego me iré a a seguir entrenando. No tendré tiempo para un perdedor como tú.
Hanamichi ensanchó los ojos desde su lado del futón. Se quedó paralizado en el lugar, aferrándose a la almohada. Lo que tanto temía se iba a hacer realidad. Él se iría, dejándolo atrás. Arrugó la frente. Enojarse era mejor que mostrarle su dolor.
—Idiota… ¿Quién te crees que eres? Yo le traeré la victoria a Japón. Tú vete a jugar con los yankees si es lo que quieres, vendido de mierda.
—Bien, eso haré.
Cada quién cerró los ojos en su lado y entonces ahora sí, no hablaron más.
Conciliar el sueño en esas condiciones fue dificultoso. Hanamichi, a pesar de estar agotado psicológicamente y con el corazón hecho un nudo, pues en realidad no quería que las cosas resultaran así, lo consiguió antes.
Rukawa continuaba despierto. Un milagro. Estaba inquieto, no encontraba una posición cómoda. Sentía la respiración de Hanamichi en la nuca, le hacía cosquillas. Y lo ponía ansioso. Se dio vuelta. Hanamichi dormía mirando para su lado. A pesar de estar peleados, a pesar de haberlo rechazado…, seguía de su lado. Rukawa no dejaba de sentir una amargura pesada en el pecho aunque su rostro no reflejaba aquello. Esta aumentó al ver la mano de Hanamichi apoyada boca arriba en el futón. Era grande como la suya, un poquito regordeta. Odió que le diera ternura. La tomó con suavidad. Cálida.
—Tonto… Eres un gran tonto.
Cerró los ojos, acurrucándose contra su mano.
Ni en mil años pensó que caería tan bajo. En sí, la palabra "amor" no existía en su diccionario. Todo lo que conoció por quince años fue el Básquet. Básquet. Básquet y más Básquet. Esa era su pasión.
Pero un día se presentó él.
No lo creyó atractivo a la primera, lo creyó odioso. Ese tipo, sin razón alguna, lo miraba con rencor en aquella terraza de la escuela que hoy sentía lejana. Sin embargo, entre todo el barullo, una señal se disparó en su psiquis cuando hicieron contacto visual por primera vez. Una especie de conexión se forjó. No lo supo bien en ese momento, que pronto tendría que enfrentar a sus primeros sentimientos románticos por alguien.
Por alguien que no escatimaba en cagarlo a trompadas.
Casi todos los días se peleaban. Era ya una costumbre, y se le hacía extraño si no ocurría. Casi que era parte del entrenamiento. Rukawa, en esos encuentros, lo sentía: el cuerpo de Hanamichi. Éste solía terminar encima de él cuando lo acorralaba contra el suelo. Era pesado, duro como un tanque. Se encontró curioso por el hecho mientras era golpeado, luego inquieto. Hanamichi se removía encima de él para encestarle golpes que Rukawa, muy preciso, esquivaba. Debido a eso, la fricción entre ambas partes bajas era inevitable. Rukawa, sin darse cuenta, a veces bajaba la mirada a ese pantalón blanco corto que se apoyaba descaradamente sobre su pelvis, haciéndole sentir un poco nervioso. Era un contacto intimo que tampoco le era desconocido. Esas cosas pasaban al pelearse con otros estudiantes. Nunca le afectó aquello. Pero tener a Sakuragi sobre sí… comenzaba a afectarlo.
¿Por qué?
Un día tomó consciencia de su propio cuerpo y sentir. Se dio cuenta de que éste no era solo un arma de pelea sino que también podía llegar a ser un juguete sexual. Maldijo ese momento, porque fue el inicio de todo. De la transmutación constante que no dejaría de sentir a lo largo de los días que, lentos, pasaban.
Otro día, siendo golpeado por él, descubrió una nueva obsesión: sus manos. Había adquirido una costumbre de mirarlas. Eran calientes, no como las suyas que eran frías como el hielo. Esas manos que solían ir a su cuello para ahorcarlo le hacían disparar fantasías nada autorizadas por sí mismo. ¿Por qué estaba deseando que esas manos lo tocasen en otro lado? Cuando pensaba en ello se llenaba de ira y le proporcionaba la mejor de sus trompadas para quitárselo de encima. Para salvarlo, de alguna forma, de sí mismo.
Un mes pasó; partidos de Básquet en el medio, momentos emocionantes, otros tristes. Entre peleas, sarcasmos y alguna que otra aprobación indirecta entre ellos, Rukawa y Sakuragi afianzaban su vínculo en silencio. Ninguno de los dos quería demostrarle al otro que le agradaba su compañía. Eran un par de idiotas, ¿cómo no llevarse bien? Si Haruko no estuviera en el medio, quizás, y solo quizás, hubieran sido buenos amigos. Hasta hacían buen equipo en la cancha. Anzai, aprovechando sus habilidades, siempre trataba de hacer una combinación doble con ellos a pesar de sus gruñidos.
Rukawa era el más sincero de ese extraño vínculo que se estaba forjando; reconociéndolo por momentos, ayudándolo en otros, dándole consejos, aunque fuera de mala forma. Sakuragi recibía con burlas todo lo que viniera de su boca, sin embargo, aquello no le impedía aplicar los consejos aunque fuera a las puteadas. El Superloki, luego de darle la espalda para susurrar un "tonto", sonreía suave en la cancha —sin que nadie lo viera— cuando Sakuragi conseguía hacer un rebote o encestar una canasta.
Para ese momento, Rukawa ya se veía en una encrucijada peligrosa. Lo que antes era una admiración al cuerpo escultural del pelirrojo, que parecía tallado por los mismos dioses, se volvió un sentimentalismo.
«Cagué»
Fue cuando pensó aquello. Llegaron los sentimientos. No eran bienvenidos, no si eran dedicados a un idiota como ese que supuestamente lo odiaba. Allí aprendió que los sentimientos no se parecían en nada al deseo sexual. Al deseo lo podía frenar; aguantárselo, masturbarse solo en casa cuando éste tocaba un techo. Había maneras de domarlo.
A los sentimientos no.
Se sintió desnudo, sin escudo alguno ante esas emociones intensas que comenzaban a invadirlo cuando tenía a Sakuragi cerca: vergüenza, emoción. Deseo, no sexual, sino de simplemente tomarle la mano, abrazarlo. Cuidarlo. Quería cuidarlo, consolarlo cuando lloraba. Ese día se agarró los pelos debajo de la ducha, donde estaba cometiendo "su pecado" para soportar la agonía de no poder tocarlo.
—Me cago en él.
Fue lo más sincero que salió de su boca. Y que, traduciendo, solo tenía un significado: me enamoré.
Me enamoré de un cabeza hueca.
Pegó la frente en el azulejo húmedo.
—Justo ahora…
Justo ahora que estaba avanzando como jugador, que las nacionales ya no parecían un sueño. Solo debía concentrarse en eso, solo en eso. No podía tener distracciones. Golpeó la pared con los labios arrugados.
—Ignóralo, solo ignóralo.
Ese era el nuevo plan. Para olvidarlo, lo ignoraría. Y se lo dijo en uno de los entrenamientos.
—No voy a perder más mi tiempo contigo.
Vio en el rostro de Hanamichi la confusión por estar recibiendo ese rechazo sin razón alguna. Es decir, para Hanamichi eran como perro y gato, el dúo graciosito de la clase. Debían estar juntos y pelearse, esa era su naturaleza. ¿Por qué quería evitarlo ahora? Todo eso vio tallado en ese rostro de, entonces, ojos enfadados.
No duro mucho el nuevo plan. Apenas lo vio llorando en el vestuario, culpándose por la derrota contra Kainan, supo que todas las barreras que había puesto entre ellos se demorarían pronto. Y que estaría a nada de destruir lo que quedaba de su peculiar vínculo. Tenía que irse de ahí. Escapó lo más rápido que pudo, pero el pelirrojo, enojado con el mundo, decidió perseguirlo para volcar todo su odio y dolor en él. Rukawa ya tenía bastante con su propio dolor creyendo también que por su culpa habían perdido el partido.
Perdería el control.
Si ese tipo empezaba a pelearse con él, perdería completamente el control. Y lo hizo. Lo perdió.
Y lo besó.
Debió saber allí que nada volvería a ser igual, que el pelirrojo no lo aceptaría fácilmente, que habría trabas y confusiones. Pero al dar aquel paso, besándolo y tocándolo, simplemente no se pudo echar atrás. Ya no tenía sentido, estaba todo dicho. No pensó que la niña animadora (la veía a Haruko como una) sería una de las trabas y menos por la razón que Hanamichi defendía: no traicionarla. ¿Era así de leal ese tipo? Como sea, se había ido todo a la mierda. Claro, habían tenido sexo. ¿Un supuesto pase a un romance futuro?, pensó en ese momento. Para nada, qué iluso fue. Se había olvidado de un detalle importante: son hombres, esas reglas no corren para ellos. Corren unas más simples. Tuvieron sexo porque no pudieron aguantarse más las ganas, porque deseaban verse así de salvajes y manchados. Son tipos, es lo que hacen. Actúan salvajes e impulsivos, sin medir las consecuencias futuras.
Y hoy las consecuencias le tocaban la puerta.
Rukawa, pensando en ello, tuvo que reconocer su propia naturaleza como distinta. Sí, se había dejado llevar, ¡y claro que lo quería ver todo manchado con sus juguitos! Era una muestra de poder, ya saben. Pero… también quería acurrucarse luego de hacerlo, darse unos besos en la frente, en la cabeza, dormir abrazados. Por eso se lo llevó al baño para dar rienda suelta a ese otro deseo, que poco tenía que ver con lo salvaje.
Allí entendió que Hanamichi era "más hombre" que él, al menos basándose en cómo los hombres eran socialmente vistos. Evitó los mimos y lo dejó pagando solo debajo de la ducha. Él no parecía necesitar ese cuidado posterior. Solo tuvo sexo con él para sacarse las ganas, nada más. Era en todo lo que podía pensar.
Pero luego le venían sus lágrimas a la mente. Hanamichi estaba llorando antes de besarlo. Le echó la culpa por lo que le hacía sentir. Sentir, sentir, sentir… ¡Estaba hablando de sentimientos! No podía ser solo deseo lo que le ocurría, también debía sentir algo por él. Allí fue cuando Rukawa terminó de perder el control. Guiado por la esperanza de ser correspondido, lo tumbó en el suelo y desnudó ese cuerpo que hacía tanto anhelaba ver y tocar. Para él, cada toque que le regalaba venía envuelto en sentimientos. Para Hanamichi…, ya no lo sabía. Él le dijo que no estaba jugando. ¿Pero cómo creerle ahora si, después de haber avanzado tanto, procedía a rechazarlo? Ya no le veía sentido seguir anclado a una historia donde no lo incluían.
«¿Por qué te metiste en mi vida? Yo solo tenía un objetivo»
Molesto era admitir que ese pelirrojo se había convertido en su segundo objetivo, por ende, en un estorbo para el primero: ser el mejor basquetbolista de Japón.
Cerró los ojos.
Tenía que entrenar más duro, olvidarse de todo y seguir adelante. Era tiempo de volver a empezar. De dejar atrás a esa persona sentimentalista y enredada que encontró en sí mismo. Pero concentrarse con la cabeza en las nubes sonaba difícil, en especial si estaba siendo preso del rechazo.
A partir de mañana, se prometió.
Mañana dejaría al pelirrojo atrás para volver a ser él mismo. Para ser Kaede Rukawa, el Superloki. La esperanza del Básquet en Japón, y un tipo algo amargado.
«Solo un rato más…»
Arrastró los labios por el dorso de su mano. La besó.
Sí, solo un ratito más y volvería a empezar.
.
.
.
Un aroma a café comenzaba a respirarse en la casa. Haruko tarareaba una canción mientras preparaba el desayuno para los vagabundos que aún dormían en el comedor. Los demás ya se habían retirado. Dejó las dos tazas en la mesa, unas tostadas, y se dirigió hacia ellos con una gran sonrisa para despertarlos. Esta se borró ante lo que vio.
—Rukawa…
Su amado Rukawa dormía abrazado a Sakuragi. Tenían los dedos entrelazados, respiraban tranquilos uno encima del otro. La paz que irradiaba el rostro de Rukawa… Nunca lo había visto así.
Haruko fue relajando los párpados a medida que un pensamiento la invadía. Éste tenía sabor a sospecha, una que ya venía cosechando hacía tiempo. Esbozó una sonrisa suave.
—Tienes suerte, Sakuragi.
Continuará…
Buenas bueenaas, ¿cómo andan? ¡Espero que bien! Volví para traerles un nuevo capítulo. Tardé un montón, sí. Siempre quiero publicar más seguido, pasa que los tiempos nunca están de mi lado D;
En fin, espero que este capítulo les haya gustado.
Nos leémos en el próximo :)
MadeInJapan87: Hooli! Muchas gracias por pasarte! Me alegra que la historia te esté gustando! Siempre hago todo lo posible para narrar con cierto realismo (aunque se trate de un dibujito jajaj), así que es genial que lo hayas notado. Puedo tardar en publicar, pero nunca voy a abandonar la historia ;) Te leo en el próximo capítulo, entonces. Un beso!
