VII. Juncos – Música.

«Kore kara hajimaru… fushigi na ohanashi…

Nannimo iranai… iriguchi wa sugu soko…

Ima sugu junbi shite maniau yo anata wo… matteita no… [Ready? Action!]»

Action!, Maaya Sakamoto.

Incluso entre los cazadores de sombras, los hermanos Kaidou se sabían fuera de la norma.

Para empezar, eran trillizos. Los partos múltiples entre los hijos del Ángel no se registraban con frecuencia, lo que había dado pie en siglos pasados a algunos mitos para cuando sucedían. Afortunadamente, los Kaidou no eran una familia demasiado influenciada por las supersticiones, por lo que se alegraron como cualquier otra familia por la llegada de esos tres niños, por más que presentaba un conflicto para los nuevos padres que, como mucho, esperaban dos bebés, no tres.

Conforme crecían, los hermanos Kaidou también tuvieron la buena fortuna de una educación estricta con ciertos rastros de gentileza. Sus padres y demás parientes, quizá presintiendo que podrían tener algunas dificultades en el futuro por ser tres niños de la misma edad que compartirían de todo, fueron guiándolos para aceptar la disciplina de los nefilim, al tiempo que los dejaban jugar y aprender todo aquello que quisieran, aunque no fuera precisamente parte del mundo de las Sombras.

La música resultó una revelación para ellos y, como casi todo en su vida, fue Riku quien les presentó la novedad.

De los tres, la gente ajena a los Kaido solía creer que Kai y Kuu, siendo tan parecidos físicamente, también lo eran en cuanto a sus personalidades, como un perfecto par de calcetines de esos que podías combinar con casi cualquier atuendo. La metáfora se le ocurrió una vez a Riku, porque si sus hermanos podían "combinar" con casi todo, ella era "el atuendo con el que venían originalmente". No muchos hallaban gracioso el añadido, pensando que solo quería seguir siendo reconocida como parte de un todo debido a su nacimiento, pero Riku no necesitaba nada de eso, y tanto ella como sus hermanos lo sabían.

Eso quedó demostrado cuando, después de la Academia, decidieron ir al Escolamántico casi al unísono.

Muchos intentaron disuadir a uno u otro, pensando que deberían considerar, por una vez, vivir cada uno por su cuenta. Lo habían pensado, claro, pero no les molestaba seguir compartiendo, porque la gente no parecía comprender su manera de pensar.

La música les había enseñado eso: podían ser un conjunto y al mismo tiempo, cada uno era una pieza única dentro del conjunto, sin la cual los demás no acabarían de sonar bien.

En el Escolamántico, se esmeraron en los estudios, y fue donde cada uno dio rienda suelta a lo que quería aprender por su cuenta. Si uno se entusiasmaba con sus descubrimientos, corría a contarles a sus hermanos y a veces, obtenía recomendaciones realmente buenas para aquello en lo que estaba trabajando. Incluso hallaban tiempo para tocar algo, sin importar que no siempre fuera apreciado por los compañeros en los dormitorios vecinos.

—Un día, alguien irá a destruir sus instrumentos sin dejar rastro.

Esa era una frase que les dijera su amigo Hans Lindquist, mitad bromeando y mitad expresando su preocupación por posibles represalias, pero Kai había esbozado una sonrisa pícara al oírlo y solo había señalado.

—Ojalá lo intentaran, queremos probar algo.

Hans había dejado el asunto así, muy consciente de que, además de ser una fuerza de la naturaleza, los hermanos Kaidou tenían la tendencia de experimentar no solamente con la música.

El espíritu libre de los hermanos Kaidou no era apreciado por todos, pero aquellos que veían algo maravilloso en ello, lograban conocerlos e incluso gozar de su amistad. Hans Lindquist era uno de los más cercanos, lo cual muchos no comprendían: tanto Hans como su familia podrían ser conocidos como un poco excéntricos en sus relaciones con los subterráneos de su ciudad natal, pero por lo demás, cazadores de sombras convencionales.

Algunos creían que su personalidad fue influenciada por los Kaidou, y éstos dejaron que todos lo creyeran. ¿Qué iban a saber?

—¿Creen que debemos añadir otro instrumento a nuestras piezas?

—No estoy seguro, Riku–nee, ¿Kuu?

—Tampoco, Kai. ¿Cómo lo haríamos? Los cazadores de sombras comunes no son conocidos por su vena artística.

—Bueno, podríamos invitar a todos los que podamos y tarde o temprano, alguien se va a interesar, ¿no?

Los tres tuvieron que dejar la idea por una temporada, por la crisis que se le vino encima al Escolamántico con las desapariciones de mestizos.

Fueron enviados a investigar las denuncias de desapariciones en su país, pero no obtuvieron gran cosa: los subterráneos, con toda razón, no confiaban mucho en los cazadores de sombras en esos días, a menos que probaran que realmente tenían intenciones de hacer valer los Acuerdos. A su vez, entre los otros Centuriones no se confiaba en los subterráneos, mucho menos en las hadas, a tal grado que parecía que sus habitantes no se querían cumplir los Acuerdos, pero los Kaido descubrieron pronto que unos cuantos iban más allá: no querían deshacerse de la Paz Fría e incluso deseaban aprovecharse de ella.

—¿Creen que deberíamos investigar por nuestra cuenta? —Preguntó Kai en cierto momento, después de otra indagación poco efectiva en un sitio frecuentado por subterráneos.

—Eso ya lo hacemos —le recordó Kuu, ceñudo.

—Entonces, ha llegado la hora de no solo investigar por nuestra cuenta, sino de hacerlo a nuestra manera.

La acotación de Riku sorprendió a los otros dos, pero fue como si hubieran hallado la nota clave de una melodía cuyo final fuera esquivo de componer.

Sí, quizá ir por su cuenta (en más de un sentido), era el camino que debían seguir.