Disclaimer: los personajes no me pertenecen, son propiedad de Eiichirō Oda.


Durante la tormenta

La tormenta rugía fuera del Thousand Sunny, sacudiendo el barco con ferocidad. La lluvia golpeaba contra las ventanas, y el viento aullaba como un lobo hambriento. Usopp y Luffy estaban de guardia esa noche, asegurándose de que el barco se mantuviera a salvo en medio de la tormenta. Mientras tanto, Nami decidió escabullirse al cuarto de Robin, donde la arqueóloga solía pasar su tiempo leyendo antes de dormir.

Con pasos sigilosos, Nami cruzó el pasillo oscuro del barco y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Robin. Dudó un momento antes de golpear suavemente. La puerta se abrió, revelando a Robin, quien la miró con su típica expresión estoica.

— ¿Navengante? —dijo Robin, arqueando una ceja.

Nami estaba empapada por la lluvia, su ropa mojada pegada a su piel. Miró a Robin con una expresión de súplica en los ojos.

— ¿Puedo quedarme aquí esta noche? —preguntó, evitando el contacto visual.

Robin notó la condición de Nami y asintió comprensivamente.

— Por supuesto. Entra.

Nami entró en la habitación, y Robin cerró la puerta detrás de ella. La luz tenue de una vela iluminaba la habitación, y Nami notó que la cama de la arqueóloga estaba perfectamente tendida, excepto por un lado donde las sábanas estaban ligeramente arrugadas, delatando que Robin se encontraba en la cama momentos antes.

Robin fue hacia el armario, sacando ropa seca y una toalla. Se lo tendió a Nami.

— Aquí tienes algo seco para ponerte, navegante. Y una toalla para secarte.

Nami aceptó la ropa y la toalla con gratitud y comenzó a cambiarse en el rincón de la habitación. Robin observó su espalda desnuda antes de voltearse con el rostro ligeramente ruborizado y regresar a la cama, retomando su lectura.

Mientras se secaba con la toalla que Robin le había proporcionado, los pensamientos de Nami se centraron en la razón por la que había decidido buscar refugio en la habitación de la arqueóloga esa noche. La tormenta rugía con furia fuera, pero dentro de su corazón, había una tormenta de emociones aún más intensa.

Había algo en Robin que la hacía sentirse segura y protegida, algo que iba más allá de la simple camaradería de la tripulación. Era la forma en que Robin mantenía su actitud estoica incluso en los momentos más difíciles, cómo parecía entenderla incluso cuando Nami misma a veces no entendía sus propios sentimientos.

Nami cerró los ojos y suspiró mientras se acercaba a la cama de Robin. La decisión de pasar la noche en su habitación no se debía solo a la tormenta que azotaba el barco. Se debía a un deseo profundo de estar cerca de Robin, de sentir su presencia tranquilizadora en medio de la tempestad.

A medida que se acomodaba en la cama, acurrucándose junto a la arqueóloga, Nami reflexionó sobre lo mucho que valoraba a Robin, sobre lo que significaba para ella. Era una sensación agridulce, como una brisa cálida en medio de una tormenta. Pero sabía que, al estar junto a Robin, todo estaba bien en ese momento, y eso era todo lo que importaba.

— ¿Qué estás leyendo? —preguntó Nami, tratando de romper el silencio incómodo.

Robin sonrió levemente y le mostró el libro.

— Es una novela de historia antigua. Estoy investigando para futuros estudios.

Nami asintió, sin entender mucho del tema. Se acurrucó cómodamente bajo las mantas, pensando que siempre había sentido una profunda admiración por la inteligencia y el conocimiento de Robin. La forma en que podía descifrar antiguos textos y desentrañar misterios históricos había dejado una huella imborrable en su corazón.

Era fascinante ver a Robin sumergirse en sus libros con pasión, sus ojos escaneando las páginas con una curiosidad insaciable. Había aprendido tanto de ella a lo largo de los años, no solo en términos de historia y cultura, sino también en cuanto a la valentía de enfrentar el pasado y superar los traumas.

Nami cerró los ojos y suspiró, sintiéndose agradecida por tener a alguien tan especial en su vida. Admiraba la mente de Robin, pero también admiraba la fuerza y la serenidad con las que enfrentaba cada desafío. En ese momento, Nami se dio cuenta de cuánto significaba para ella. La tormenta podía rugir afuera, pero dentro de su corazón, se encontraba la calma y la admiración que sentía por la mujer que tenía a su lado.

Se acomodó más cerca de Robin, apoyando su cabeza en el pecho de la arqueóloga.

— Me siento segura contigo, Robin — murmuró.

Robin pasó un brazo suavemente alrededor de la cintura de Nami y la acercó aún más.

— Y yo contigo, Nami —respondió, su voz suave como una caricia. Nami sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había algo mágico en la forma en que Robin pronunciaba su nombre, como si lo envolviera en un cariño especial que iba más allá de las palabras. Durante tanto tiempo, había sido "navegante," un título que definía su papel en la tripulación. Pero en ese momento, cuando Robin la llamó por su nombre, sintió como si estuviera viendo a través de todas las capas que la rodeaban, llegando directamente a su corazón.

Era un gesto simple, pero significaba el mundo para Nami. Era como si Robin estuviera reconociendo su individualidad, su propia identidad fuera de su papel en el barco. Esa simple palabra la hizo sentir querida y valorada de una manera que nunca antes había experimentado.

Nami se sintió agradecida por la conexión especial que compartían. En medio de la tormenta, su nombre pronunciado por los labios de Robin era como una luz cálida que la guiaba a través de la oscuridad. Era un recordatorio de que, incluso en los momentos más difíciles, siempre había un lugar seguro para ella en el corazón de la arqueóloga.

Nami cerró los ojos y pronto se quedó dormida, sintiéndose completamente en paz. Mientras tanto, Robin todavía sostenía su libro, pero no podía evitar observar a la navegante antes de dejarlo en la mesita de noche. Se inclinó y depositó un beso suave en la frente de Nami antes de apagar la vela.

Con los brazos envueltos alrededor de la cintura de Nami, Robin se acomodó y se permitió relajarse. Aunque la tormenta continuaba fuera, dentro de la habitación reinaba una calma profunda y reconfortante.

Ambas mujeres se quedaron dormidas, abrazadas y protegiéndose mutuamente en medio de la tempestad, encontrando consuelo y amor en los brazos de la otra.