Disclaimer: los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
Advertencia: muerte, sugerencias sexuales, depresión.
Hasta el último pétalo.
Los últimos bisbiseos del día eran reemplazados por los primeros silencios pacíficos de la noche. De pie, frente a un río, un hombre se hallaba postrado. La brisa fresca llevaba hacía él el sutil aroma del musgo impregnado en las piedras, mientras sus ojos acaramelados observaban sin interés el agua correr.
Su vestimenta, antes acendrada, se encontraba manchada de rojo escarlata, con pequeños pétalos rosados de una camelia marchitada adheridos. Su amor por ella, sin embargo, era inmarcesible a comparación de las flores que formaban raíz dentro de sus pulmones.
Centró su atención en el empíreo nocturno antes de dar una dolorosa bocanada de aire, para luego soltar pesadamente el oxígeno contenido, sus labios emitieron algo similar a un bramido. Lamentable y patético.
— Hanahaki disease —declaró la anciana, limpiando sus manos manchadas de carmín en un cuenco con agua—. Es una enfermedad extraña, hace años no oía de un caso... — Kaede permaneció en silencio durante unos segundos, dándole un vistazo rápido a Jaken y Rin, quiénes aguardaban de rodillas en un rincón de la tienda.
— ¿Cuánto tiempo? —indagó, sin expresión en su rostro.
— Hay cura.
— Cuánto tiempo —repitió en un siseo.
— Es difícil de saber, pero por lo que has dicho, no demasiado.
Sonaba irracional que fuera capaz de enfermar por amor. Pero en definitiva allí estaba, rendido. La vida se le escapaba entre los dedos de las manos y menos no le podía importar, por muchos antídotos que pusiesen frente a él para curar aquella extraña enfermedad, no había remedio para sanar su corazón.
Se encontraba decidido a morir, porque estaba seguro de que una vida sin Kagura, no merecía ser vivida. Ella había sido el único ser capaz de entenderle, o más bien la única que había decidido hacerlo y lo había logrado. Y sí, en un principio no había sido más que un fastidio, una charlatana increíblemente insistente.
Quizá habían sido a causa de las conversaciones nocturnas —que consistían, claro, de una demonio y su silencio imperturbable—, del gentil tacto de su mano, del calor de su cuerpo contra el suyo, del dulce sonido de su voz al pronunciar su nombre. De la forma mágica en la que sus ojos veían el mundo que para él, estaba podrido.
— Cuándo sea libre... —musitó la fémina, abrigando su cuerpo desnudo con la piel de su abrigo, acurrucándose cariñosamente contra él mientras su dedo trazaba un camino imaginario por su pecho—viajaremos lejos de aquí, con ellos, con Rin y con el viejo insoportable de Jaken.
Esa había sido la última vez que oyó su risa.
Se había metido bajo su piel de una forma dolorosa e inolvidable. Estaba hastiado del día día, de seguir por inercia. Morir se había convertido en la única solución, en su solución.
Una tos seca llegó acompañada de Rin, quién no pudo hacer más que quedarse de pie en silencio mientras el demonio se doblaba sobre sí mismo intentando mermar el dolor, en espera de que la sangre dejara de escapar de sus fauces. Un pétalo cayó seguido de dos, tres, y cinco más. La azabache se acercó en calma para luego jalar de la manga de su ropa, la situación ya era espantosamente normal.
— Es hora de irnos, señor Sesshomaru.
La niña había pedido un último regalo: recorrer los lugares que habían visitado a solas con Kagura. No había dado ninguna explicación, pero no iba a negarse a cumplir algo que también lograba hacer que sus últimos días fueran más cálidos.
Tal vez la suerte lo haría morir en alguno de esos lugares, en la montaña dónde ella le pidió matrimonio, en el lago dónde hicieron el amor, en el bosque dónde dieron su primer beso, o en el mismo prado dónde ella falleció.
Solo era cuestión de suerte de que un día, el último pétalo cayera para traer alivio a su corazón, para ver su rostro otra vez y acompañarla en el más allá, libres, amándose al fin.
