Este es un FF que quise escribir, como parte del 14 de febrero que se aproxima. Si bien, no tiene una temática melosa en toda su regla, creo que a mi parecer, refleja muy bien como se representa el amor en una vida rutinaria de pareja.
Esta historia se desarrolla un 14 de Febrero.
Cuando el chirrido lento y molesto de la puerta principal abriéndose se escurrió por cada uno de los recovecos de su casa, Diana apretó ligeramente los dientes, entrando con precaución al salón. Sabía que su familia dormía tranquilamente dentro y no tenía interés en despertarlas, ni mucho menos incomodarlas. Caminando silenciosa, dejó su bolso lleno de libros sobre el sofá en medio de la sala y se deslizó a través las escaleras, puntilla tras puntilla, hasta llegar al segundo piso y echar un vistazo a las habitaciones en él. Semiabrió la primera puerta frente a la escalera, y aunque mucho no pudo divisar, sí pudo imaginarse a una pequeña silueta descansando en el confort de sus cobijas. Por lo que dejó que una sonrisa se apoderara de sus labios y le deseó buenas noches con discreción, volviendo a resguardar su cuarto. Luego anduvo a tientas en la oscuridad, apretó una manija en el aire y allí todo le fue más claro, cuando al girarla, una luz cálida y tenue la enfrentó. Diana cerró los ojos, esperando un regaño desde dentro, pero nada ocurrió. Al abrirlos, se dio cuenta de que Akko dormía pesadamente y que sólo había olvidado apagar la luz de la lámpara de la mesita de noche a su lado. Ella se acercó para apagarla, pero al momento de estar jalando del cordel, una mirada a su pareja la hizo detenerse en seco. Debió querer esperarme despierta, pensó, para luego sacudir la idea de su cabeza y comenzar a desatar el nudo del cinturón de su abrigo. Si Akko la hubiese estado esperando, lo más seguro es que sería para sermonearla, como había estado haciendo ya hace más de dos años.
Una bonita vida familiar. Así lo había pensado cuando planeó concretar las cosas con Akko. Un bebé definitivamente sentaría una relación amorosa, atándola más allá de lo que una pasión desenfrenada lo haría. Pero Diana jamás pensó que para ella sería tan complicado. No podía decir nada contra Akko, ella era una madre ejemplar, amaba a Aiko, pasaba todo su tiempo con ella y, en lo posible, hacía de sus sueños verdaderas experiencias mágicas. Ella sí que es una verdadera madre, no como yo.
Diana suspiró, sentándose a la orilla de su lado en la cama, frotándose la frente tediosamente. Si tan solo supiera manejar mejor sus tiempos, quizás…
Un murmullo entrecortado sesgó sus pensamientos, como también la hizo voltear en dirección al cuerpo de Akko. Sólo se había dado vuelta, descansando ahora sobre su espalda, su pecho subiendo y bajando con una respiración acompasada. Diana sonrió y se acomodó para poder acariciar su cabello y besar su frente. Definitivamente seguía admirando la personalidad de su mujer, muchísimo.
- Buenas noches… Akko.
Seis de la mañana del siguiente día. Diana revisaba el reloj de su escritorio con el rostro cansado, mientras se frotaba la mejilla izquierda. Tenía cientos de papeles en frente y en cada uno de ellos había estado revisando datos, checando información y corrigiendo errores. La tarea de una lingüista mágica era pesada y a día de hoy podía confirmarlo con toda certeza. Media hora después, sintió la puerta abrirse detrás suyo y no evitó que un respingó la asaltarla, haciéndola girar medio cuerpo sobre su silla. Bajo el dintel de la puerta se dibujó la figura de Akko asomándose. Instintivamente le sonrió, pero no pareció causar efecto en su pareja, quien se encaminaba hacía ella con una taza de café, dejándola sobre su escritorio y apoyando una de sus manos sobre su cadera. Diana supuso lo que continuaba ahora.
- Aiko se levantará pronto para ir a la escuela ¿Podrás ir a dejarla?
- No lo creo. Lo siento, pero tengo mucho trabajo… Estaré ocupada aquí, por lo menos, hasta el mediodía. Pero podría ir a buscarla por la tarde – Akko alzó una ceja, incrédula.
- ¿Podrías o podrás?
- No lo sé, Akko. Yo… Si termino rápido esto, claro que podré. Ella es mi hija y…
- Exacto, lo es. Por favor no lo olvides.
No dio espacio a más replicas. En cuanto pudo, Akko abandonó el despacho de Diana y cerró la puerta detrás de sí. Sólo para que minutos más tarde, ésta volviese a abrirse, contorneando la silueta de una chiquilla en ella. Aiko entró dando brincos con su uniforme y mochila puestos. Diana ni siquiera se volteó a verla.
- ¡Mamá! ¡Buenos días, ya me voy a la escuela!
- Muy bien. Recuerda portarte bien y…
- Prestar atención al profesor, sí, mamá.
La pequeña se asomó hasta el escritorio y jaló de la camisa de su madre, intentando llamar su atención. Diana tuvo que sacar la vista de los libros y, sonriendo cansada, tomó a su niña en brazos y la sentó en su rodilla, agarrando una hoja de papel en blanco para rayar en ella: "Te quiero infinito". Aiko rió como si le hubiesen estado haciendo cosquillas y tomó la hoja para ella, abrazando a su mamá.
- Gracias, yo también.
En cuanto se le despegó, la chica corrió hasta la salida del despacho y se torció nuevamente para despedir a su madre, sacudiendo su mano libre. Diana agitó los dedos como respuesta y la niña lanzó a un beso en su dirección. Era un encanto y lamentaba no poder pasar más tiempo con ella.
- Pórtate bien.
- Sí… - Cantó.
A eso de la una de la tarde, Diana pudo despegarse del escritorio y estirar por primera vez sus músculos y articulaciones al cielo. Un crujido tronó entre ellas. Su sexta taza de café se hallaba vacía. Al levantarse, una lapicera cayó al suelo, pero no le importó y salió al pasillo, echando vistazos como si no se tratase de su propia casa. Bajando las escaleras, sorpresivamente se encontró con Akko, quien recién llegaba de las compras e iba en dirección a la cocina. Diana la saludó con una sonrisa y Akko apenas y devolvió el gesto. Sabía lo que eso significaba. Si la ignoraba, posiblemente seguirían con su rutina muda y estéril, pero si la perseguía lo más probable es que ni siquiera tuviera la oportunidad de continuar su rutina nunca más. Y aun así, Diana se arriesgó a lo que fuese y entró a la cocina con ella, viendo como ésta se arreglaba el delantal y comenzaba a preparar el almuerzo. Fue por las ollas, las verduras y el hervidor. Mientras ponían el agua a hervir, los vegetales estaban siendo cortados al filo de su tenaz cuchillo. Diana se acercó en silencio y se apoyó en la encimera detrás de ella, buscando algo qué decir para llamar su atención.
Lo único que salió de sus labios fue el raspado de su garganta, suficiente para que Akko se detuviera y dejase el cuchillo de lado, sin mirarla.
- Si ya no sientes lo mismo por mí, no hagas que Aiko lo pague – Dijo y tomó la valentía de encararla, con los ojos nublados – Ella es tu hija y no puedes dejar de quererla como a mí.
Diana suspiró, aguantando una carcajada.
- No seas ridícula – Contestó, mordiéndose la lengua al no haber sabido elegir mejor sus palabras. Akko ahora se veía molesta. Ella rascó su mejilla – No he dejado de amarte… ni mucho menos dejaría de amar a Aiko. Sabes que las quiero a ambas y sabes lo mucho que me costó tener esto contigo. Nunca lo dejaría.
- Pues, no lo parece – La castaña se sacó el delantal y caminó hasta Diana, sin fingir una mueca alegre en su rostro. Ella estaba triste, su esencia completa lo gritaba, y esa tristeza la provocaba Diana, la segunda persona que más quería en este mundo – Puedes ser sincera conmigo, lo soportaré.
- Akko, no he dejado de amarte – Insistió ella nuevamente, ahora más firme, tomando por los hombros a su pareja – Es el trabajo, ser lingüista no es tan fácil ni sencillo como… bueno…
- ¿Cómo qué? ¿Cómo hacer un show de magia barato? – Akko rechistó la lengua, tomando distancia– ¿Sabes qué? Olvídalo. No tiene sentido ponerme a discutir contigo. Ya dejé eso atrás. No pienso amargarme el día con lo mismo.
- Akko…
Diana volvió a llamarla, pero no obtuvo respuesta. Más bien, tuvo que levantarse ella misma e ir tras su pareja, alcanzándola en medio de la escalera. Akko se secaba algunas lágrimas de los ojos, se notaba que se rehusaba a llorar, pero allí estaban y no las podía retener. A Diana se le partió el corazón en dos entonces y soltó su brazo, ansiosa por tener que pedir perdón.
- Lo siento, de verdad.
Ella dijo y avanzó por los escalones hasta poder tener el rostro de la castaña justo en sus manos, acercando su aliento al de ella. Akko hipó, queriendo alejarse, pero sin intentarlo realmente. Sin importar lo que su mente le gritase, su cuerpo sí quería la cercanía de Diana, más que nunca. Y ésta lo supo entender a la perfección. Tanto así, que no pronunció ni una otra palabra mientras la besaba fruiciosamente en los labios, amando el sabor de su boca que hacía tiempo no disfrutaba. Su sabor era dulce con un deje suave a zanahoria. Posiblemente porque Akko hubiese estado comiéndola anteriormente, ella gustaba de hacerlo a menudo. Diana lo ignoró y hundió su lengua entre los labios de su amante todavía más, separándose solo para aclarar lo mucho que extrañaba tenerla así de cerca. Akko se sonrojó sutilmente y, mordiéndose el labio, su cabeza se debatió firmemente entre olvidar el almuerzo y entrar al cuarto con su pareja o detener todo y no perdonarla tan fácilmente.
Lástima que fuese tan débil.
- ¿Crees que podemos…?
- Por supuesto.
Diana aceptó casi de inmediato su petición incompleta y siguió a la castaña hasta su habitación, besándola apenas hubieron cerrado la puerta detrás de sí. Ella la amaba con desespero y quería demostrárselo como antaño, como la primera vez que lo hicieron, porque aún lo recordaba; la ansiedad del momento, el nerviosismo, el entusiasmo, ¡Todo se le vino a la cabeza! Cada roce y cada palabra susurrada. Cada inseguridad y cada pensamiento curioso. Ella quería volver a ser esa chica que estaba dispuesta a entregarse por completo a alguien más, porque sabía que la amaban y ella amaba de vuelta. Así que no tardó en derramar litros de besos sobre su boca y cuello, una vez la pudo recostar sobre la cama, aprisionando su sabor entre sus labios. Akko se dejó llevar sin ninguna restricción. Diana tomó su blusa y la abrió botón por botón, descubriendo con su boca cada centímetro de su piel humedecida. Subió luego para besarla y volvió a bajar, sosteniendo entre sus manos el torso desnudo de su amada. Las contracciones en el vientre de Akko no tardaron en aparecer, siendo sumamente erráticas cuando sostenía relaciones con Diana. Sencillamente su pecho se agitaba y su columna se curvaba hacia adelante, mientras su estómago se hundía, lo que producía que sus caderas se levantaran y el éxtasis recorriera a Diana. Una locura total para su raciocinio. Akko definitivamente era su punto débil, en toda regla.
Luego vino la falda. Aquellas cortas, que no se había tomado la molestia de abandonar, porque sabía lo que producían en cierta persona. Diana tiró del cierre lentamente, tan lento como la había deslizado por sus piernas y retirado de su cuerpo. Akko la ayudó entonces, se sentó y quitó sus calcetas al mismo tiempo en que Diana desataba su otro zapato. Entonces, terminado aquello, rodeó el cuello de la rubia y la jaló para besarla, escurriendo sus manos por la camisa celeste de Diana y tocando su espalda debajo de ésta. Suave, pero profundo. Sus uñas marcaban líneas rojas en su piel blanca. Diana gruñó entre dientes cuando sintió y creyó que uno de esos rasguños había dejado una herida. Y lo hicieron, pero después repararía en ello. Por lo pronto, prefirió sacar ella misma su camisa y recostar a Akko nuevamente bajo su cuerpo.
El sujetador de Akko era de diseño escoses y color rosa, tenía unos lindos vuelitos en el borde superior y una detallada rosita fucsia decorando el broche de en medio, que era por donde también se abría el sostén. Esos broches facilitaban enormemente sus deberes. Solo bastaba un "clic" y ya la mayor parte del trabajo estaba cubierto, metafóricamente hablando. Porque lo que se asomaba debajo de ellos, era el comienzo para Diana. Debido a que un par de senos precisos para ella deleitaban su visión. Aquellos a los que que no se resistió a besar y succionar entre sus labios. Los primeros jadeos audibles de Akko se comenzaron a escuchar entonces. Una caricia, un beso y un masajeo intenso, culminaban y burbujeaban el delirio fuera de sistema. Akko reaccionó tomando la parte posterior del cuello de Diana y rascando su cabello una y otra vez, mirando al techo. Cielo raso de madera oscura ¿A quién carajo le importa?, pensó. Y sus ojos tornaron a cerrarse a la vez que soltaba un jadeo más audible, sintiendo los dientes de Diana tirando de uno de sus pezones. Fue suficiente como para que la rubia se relamiera los labios y tomara un respiro, observando la forma de su pareja. Una fina capa de sudor, que la hacía brillar, le cubría el cuerpo entero. Akko terminó de sacarse el sujetador, mientras se sentaba en la cama, respirando entrecortadamente. Buscó un poco de alivio en la pequeña pausa que Diana le entregó y luego fue a por un beso, que hurgara en el interior de cada una, sin detenerse mucho tiempo en ello. Estaba segura de que Diana podría estar jugando todo el día así, si quisiese, pero ella era un poco más impaciente y gustaba de la fricción corporal casi de inmediato. Con un movimiento rápido, se quitó las bragas y llamó a Diana, procurando que ella hiciese lo mismo, la tomó por el cuello, obedeciendo levantar una pierna hasta cruzar la cara posterior de su rodilla sobre el hombro de la rubia, entrelazando luego sus piernas, cosa que ambos sexos pudiesen encontrarse, y así prosiguió al vaivén de caderas rítmico, mientras perdía el aire besando a Diana. Vaya que la había extrañado, vaya que había extrañado sentirla cerca, sentirla suya. Si fuera por ella, rogaría que nunca las separasen. Ya hubiera muerto si resultaba cierto el que Diana realmente se quisiera alejar de ella porque ya no la amaba más. ¡Qué martirio hubiese sido aquello! ¡Qué sufrimiento más angustioso! Si el solo respirar de su boca cerca de su oído la pulverizaba hasta sentir que su cuerpo se desvanecía en el espacio, con la cabeza dándole vueltas en la nada. Únicamente eso necesitaba su gemir eterno en la garganta, mientras le susurraba lo mucho que la amaba y que nunca dejaría de hacerlo. Sólo un "te amo" más. Sólo sentir la humedad creciendo en su entrepierna, su cuerpo ejerciendo más presión contra el de Diana, aumentando el ritmo, la frecuencia, la exploración corpórea y el millar de sentimientos floreciendo en lo bajo de su vientre, que se friccionaba seguidamente con el de la rubia, tan cercanos entre sí, que ni siquiera el alfiler más delgado podría entrometerse en medio ¿Qué más podía pedir si ya tenía todo lo que quería? Porque estaba pasando justo en ese momento.
Diana alcanzó el clímax primero, sintiendo su espalda baja tensarse antes de un último empujón. Su cuerpo sudó y sus jadeos exprimieron su garganta. Akko la siguió segundos después, cuando el palpitar de la zona de Diana siguió atizándole para sobrellevar su propio orgasmo. Un empujón marcado hacia arriba y Akko continuó el vaivén para sobreponerse ella también. Una rato más de suspiros y luego ambas eran libres de descansar la una con la otra, enredadas en sus cuerpos. Diana peinó con la punta de sus yemas los cabellos de la frente de su mujer, y sonrió, con el rostro brillando por el sudor.
- Te amo – Le dijo, y Akko se sintió servida una vez más. Afiatándose al abrazo y respondiendo:
- Yo también a ti.
A eso de las cuatro de la tarde, Diana detuvo sus pasos hasta estarse frente a la Academia de su hija. No era una academia de magia, sino una común y corriente, porque pensaron que no sería necesario inscribirla a una, si ya contaba con dos ávidas brujas en casa. Y, además, Aiko jamás había expresado interés por practicar la magia, más allá de los espectáculos que le ofrecía su mamá asiática. Curioso, siendo hija de dos brujas, pensó Diana, mientras caminaba un poco más sobre la vereda. Pero como dicen: "En casa de herrero, cuchillo de palo". Ya vería ella qué quería hacer con su futuro.
La niña salió contenta despidiéndose de sus demás compañeras y cuando giró la vista para buscar a mamá Akko por la veredera, la sorpresa se apoderó de su rostro al percatarse que a quien vio no fue a mamá Akko, sino a mamá Diana. Aiko corrió con todas sus fuerzas para lanzarse en los brazos de su madre y parlotear lo alegre que estaba y lo divertida que fue la escuela. Diana la cargó sin problemas y así empezó a caminar con ella, queriendo saber todo lo que hizo su pequeña en el día. Luego la llevó a tomar helado, diciéndole que pasarían toda la tarde juntas y que después irían a ver el show de magia de su mamá, para que las tres regresaran juntas a casa. Aiko no pudo más que revolotear de felicidad.
Tras llegar la noche, los fuegos artificiales llenaron el cielo de colores. Aiko los señalaba, apuntando a su madre volando entre medio de ellos, mientras Diana intentaba seguirle el paso, sosteniéndola en sus brazos. Al terminar el espectáculo, ambas esperaron pacientemente a que Akko emergiera de los camarines, pero ya estaba tardando mucho y la pequeña, al lado de su madre, ya estaba teniendo hambre.
- Mamá ¿Y si vamos al carrito de comida de afuera? Ya mamá nos alcanzará al rato.
- No lo sé, Aiko. No me gusta que comas comida de la calle – Falseó Diana, pero el propio rugir de su estómago la llevó a pensárselo dos veces – Siempre y cuando no te vaya a hacer daño ¿Me oíste? – La niña sonrió radiante y, tomándola de la mano, la jaló hasta un carrito de comida bastante conocido para ella.
El señor la saludó como de costumbre, mientras Diana fruncía el entrecejo y los labios. Era un puesto de Hot-Dogs, pero no como los típicos que podrías encontrar en una calle de Nueva York, en los Estados Unidos. Sino que era de una variedad exótica de ellos, tan exuberante, que Diana no sabía por dónde partir. Ni siquiera había salchichas como opción, para empezar. Por lo que acabaron, uno de camarón Tempura, otro de yakisoba y otro de helado de pistacho, como parte del menú seleccionado por el hambre ínfame.
Se sentaron en las bancas con mesa cercanas a la salida del anfiteatro. Diana colocó el Hot-Dog helado de su hija frente a ella y luego procuró aventurarse a conocer el sabor de los suyos, cuando dos manos femeninas le arrebataron justamente el Hot-Dog que se iría a comer. Akko apareció como si la hubiesen invocado y ahora se atascaba con un perrito caliente de yakisoba. Diana suspiró, alegando con su mirada.
- Algo me dice que ese vendedor no es británico.
- Para nada, es tailandés, y debes agradecerle su existencia – Replicó Akko, empujando a Diana mientas se sentaba junto a ella – Me ha salvado de morir por inanición varias veces ¿No es cierto, Aiko? – La niña asintió, tanto o más atorada con su comida que Akko. La rubia levantó una ceja, irónica, y tomó el otro Hot-Dog restante.
- Para morir de inanición primero deberías dejar de comer. Y eso no pasará.
- ¡Debes entenderme! – Pidió la castaña, con la boca llena de comida y moviendo las manos exageradamente – ¡No he comido nada desde la tarde! Recuerda que no tuvimos tiempo de almorzar – Luego rió, dándole otra mordida a su pan de yakisoba – O más bien, almorcé otra cosa.
- ¿Qué comiste, mamá? – Aiko preguntó inocentemente, terminando de comer su postre, a lo que Diana saltó de inmediato, riendo.
- No es nada, hija ¿No quieres otro pan con helado? Vamos a traerlo.
- ¡Sí!
- ¡Tráiganme uno a mí también!
Akko gritó, viéndolas caminar, cuando Diana se giró hacia ella y negó firmemente con la cabeza, respondiendo con la misma chispa alegre de su pareja.
- ¡No! ¡He notado que has subido un poco de peso y ya sé por qué!
Akko tosió repetidas veces, golpeándose el pecho, antes de defenderse.
- ¡No estoy gorda! ¡Es mentira!
- ¡Tus lonjitas me dicen lo contrario!
- ¡Diana no tengo lonjitas! ¡Diana…! ¡Diana!... ¡Aiko no te rías! ¡Ah, Ah! ¡No tengo lonjitas!
Despierto, tiemblo al mirarte;
Dormida, me atrevo a verte;
Por eso, alma de mi alma,
Yo velo mientras tú duermes.
Espero que les haya gustado.
L-Lauriet.
