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Puré de Patatas de Sobre con Salchichas de Frankfurt.
Un sobre de Puré de Patatas preparado, dos vasos de agua, un vaso de leche, 20 gr. de mantequilla, sal, una pizca de nuez moscada. Un paquete de Salchichas de Frankfurt.
Se mezcla el agua con la leche, se añade una pizca de sal.
Cuando hierva se incorpora todo el contenido del sobre de copos de patata, se añade la mantequilla y se remueve hasta que se forme el puré. Se añade la pizca de nuez moscada y se remueve para que se mezcle.
Se abre el paquete de salchichas de Frankfurt y se calienta tres minutos en una sartén con una gota de aceite.
Se coloca todo en el plato y a comer.
La provincia de Drum existía entre montañas.
La cordillera de las Drum Rokies, reserva natural y pulmón del país, abarcaba más de dos tercios del territorio. Su pico más alto, dónde se erigía el histórico castillo de Drum, ascendía cinco mil metros hacia el cielo. La cordillera formaba un círculo que rodeaba los tres únicos pequeños pueblos que existían en la provincia: Bighorn, Robelle y Gyasta, que se hallaban, a su vez, situados en semicírculo alrededor de un lago, en la hondonada que quedaba en el centro de la cordillera.
Acceder a las poblaciones era fácil en verano, a través de una carretera de curvas, que cruzaba la cadena de montañas, sinuosa y serpenteante, procedente de la vecina provincia de Arabasta y descendía hacia el lago y hacia los accesos a las poblaciones.
Pero el invierno era otra cosa.
Las nevadas se sucedían sin apenas descanso entre ellas, y la nieve alcanzaba más de diez centímetros de altura. Los puertos de montaña se cerraban y las tres poblaciones quedaban incomunicadas durante semanas e incluso meses, ya que la carretera quedaba totalmente inhabilitada.
El año anterior no había sido un inverno especialmente duro y, aun así, la provincia estuvo aislada durante veintiocho días. Helicópteros del Ejército se encargaron de lanzar cajas con suministros y diversos artículos de primera necesidad para que los habitantes de las tres ciudades no se quedaran sin recursos. Si bien, los ciudadanos conocían bien su territorio, y como el cuento de la hormiga y la cigarra, pasaban la mayor parte del año acumulando enseres, medicamentos y conservando alimentos en previsión del aislamiento invernal.
Aunque, según las previsiones meteorológicas, aquel año se preveía aún más duro. Las nevadas habían empezado a finales de octubre y habían sido intermitentes hasta ese momento, un viernes tres días después de Navidad.
La nieve alcanzaba más de un palmo de altura. Los coches tenían que circular con cadenas y las personas iban tapadas hasta las cejas, intentando mantener la temperatura corporal. El barómetro marcaba los cinco grados bajo cero.
Un frente de bajas presiones proveniente del mar del norte desplazaba hacia Drum una ola de frío que no abandonaría la provincia hasta mediados de febrero. La cadena de televisión local y la radio anunciaban nieve, viento fuerte, tormentas y la carretera hacia la vecina provincia de Arabasta quedaría cortada aquella misma noche.
Drum quedaría aislada, como cada invierno.
Y a Roronoa Zoro le importaba un pimiento.
Había acumulado tantas botellas de alcohol como para llegar a junio totalmente ebrio y suficiente comida como para alimentar a toda una flota.
Iba escuchando las noticias meteorológicas en la radio de su coche, un Suzuki modelo Vitara de hacía diez años que era una auténtica tartana, pero funcionaba bastante bien. Y es que para Zoro, los coches japoneses eran los mejores.
Había salido del trabajo a las tres de la tarde, dos horas antes de lo previsto, porque su jefe, el Sr. Shanks, Director de la escuela donde él era el profesor de Educación Física, había mandado a todos, a los niños y a los maestros, a sus casas, así que Zoro se las imaginaba muy felices, porque pensaba pasar aquella noche de tormenta engullendo Pringels al ajo, bebiendo sake y leyendo algún libro en completa soledad.
Luffy y Usopp, le habían invitado a pasar la noche con ellos, con Ace y con Nami. El plan era jugar al Black Jack, arsenal de cervezas, pizza y maratón de la segunda temporada de Vikings, pero Zoro sabía que la combinación alcohol y juegos de cartas nunca acababa bien si estaba Nami por el medio. Siempre acababa desplumado por aquella maligna y espectacular pelirroja y debiéndole más dinero del que ganaba.
Así que no, gracias. Prefería amodorrarse en soledad, con su sake, sus patatas fritas y sus libros, mientras la nieve cubría poco a poco el jardín delantero de su modesta y pequeña, pero acogedora casa.
Sus amigos no le habían insistido demasiado. Sabían que aquellos días de nevadas fuertes llenaban la memoria de Zoro con los recuerdos de Kuina. Y le dejaban en paz. El Roronoa no podía evitar trasladarse al pasado, cuando solo era un crío de trece años y disfrutaba con Kuina los inviernos que tanto les gustaban, las tardes de risas y las partidas de Tekken 3 encerrados en casa, mientras la nieve cubría el pequeño pueblo de Bighorn.
El día del accidente que se llevó la vida de Kuina, acababan de cortar la carretera hacia Arabasta y caía tanta nieve que el cielo y el suelo se confundían en uno, como si no existiera horizonte.
Aunque habían pasado más de siete años, él recordaba aquella nevada y todo lo demás, como si fuera el día anterior.
El calor de la mano de Kuina en su cara, el sollozo ahogado, el ruido de la puerta al cerrarse de golpe y los pasitos rápidos de la cría en el porche.
Y después, el grito y el golpe.
Aquel golpe que sonó como si una pared se resquebrajara. Como si el suelo retumbara y la pared de la casa vibrara como si contra ella hubiera chocado una bola de demolición. La sangre roja en la nieve blanca, sus propios gritos desesperados y después, el silencio.
Zoro resopló, intentando alejar los recuerdos amargos de su mente.
El pasado era el pasado y de la muerte no se regresaba. Ya no le valía la pena angustiarse por algo que nunca estuvo bajo su control. Kuina ya no estaba.
Y de haber estado, junto a él, Zoro no creía que el plan ideal para aquella tarde fuera ser desplumada por una amiga pelirroja sin escrúpulos.
No se llevaban bien, Kuina y Nami, demasiado opuestas, pero Zoro estaba seguro de que con el tiempo, ambas se hubieran admirado y respetado.
Se detuvo en un semáforo en rojo en el centro de Bighorn.
Su casa, herencia de su familia, estaba situada a las afueras del pueblo, a orillas del lago y en la misma carretera que discurría hacia Arabasta, así que, como cada año, seria espectador privilegiado del corte de comunicaciones.
Sintonizó las emisoras locales. Quería encontrar algo de música para no pensar, tener la mente ocupada. Ruido de fondo en lo que llegaba a casa. No es que estuviera muy lejos de su hogar, al contrario, en condiciones normales ya estaría sentado en su sillón, disfrutando de su alcohol y de sus apestosas patatas de ajo, pero con la nieve alcanzando un palmo eran necesarias cadenas y por eso, llevaba más de veinte minutos en la carretera, calculando otros veinte para finalmente, poder abrazar su sofá.
La canción Ghost de Ella Henderson se escuchó en la emisora local. Radio Sakura no dejaba de repetirla día y noche. Era una buena canción, un poco corta venas, y aunque Zoro era más bien de música metal, la dejó sonar mientras el estribillo le martilleaba el cerebro como un mantra.
El maldito semáforo no se ponía en verde y el joven profesor de gimnasia gruñó, echándose hacia el volante, sumamente hastiado y tamborileando los dedos en el salpicadero. Había bastante tráfico, y el centro se había colapsado, todo el mundo quería llegar a casa antes de que empezara a nevar otra vez.
Miró hacia un lado de la calle donde se situaba el único hotel de la ciudad, el Robson Park. Su dueña, Miss Bakkin, estaba en la puerta, haciendo aspavientos y dando órdenes a varios hombres con pinta de operarios y que tenían cara de pocos amigos. Al parecer estaban revisando el aislamiento térmico de las puertas de su negocio, asegurándose de que este estuviera en perfecto estado para aguantar la tormenta de nieve que se preveía para aquella noche.
A Zoro no le caía demasiado bien aquella vieja.
La consideraba una manipuladora que tenía a su hijo, Edward Weevil totalmente acojonado y teledirigido, diciéndole hasta cómo tenía que vestirse. Decían las malas lenguas, (y en Bighorn, el cotilleo era el deporte nacional) que, al parecer, Miss Bakkin le había contado al mamarracho de retoño la milonga de que era el hijo de un conocido cargo político del que ella había sido amante.
El hijo de Miss Bakkin había crecido pensando que era alguien y que algún día tendría la oportunidad de reclamar su herencia y hacer valer sus orígenes.
Quizá a otra persona, aquel tipo tan idiota le hubiera dado pena, por lo pobre de espíritu, pero a Zoro no.
Había ido con él al colegio y desde tierna edad, le consideraba un auténtico imbécil que se engañaba a sí mismo y que no tenía cojones suficientes como para enfrentarse con su vieja loca. Y si algo odiaba Zoro, era la cobardía.
Además, Miss Bakkin, y esto lo sabía todo el pueblo, era una auténtica capitalista. Una persona a la que solo importaba lo material y las apariencias y por supuesto, el codearse con la gente importante de Bighorn a quien, hacia la pelota, siempre que podía.
Zoro la miró.
En ese momento, Miss Bakkin, con cara de pocos amigos, estaba vociferando órdenes a sus operarios. Nadie diría que estaba contenta, aunque debería, ya que el hotel había tenido aforo completo toda la semana gracias a la película que habían ido a filmar unos tipos de Dressrosa.
No era la primera vez que se rodaba algo en Drum.
El enclave montañoso y nevado hacia que el idílico paraje invernal hubiera sido la localización de películas, telefilmes, series de televisión y reportajes del National Geographic en más de una ocasión.
Habitualmente Zoro no se enteraba de ese tipo de cosas, porque le importaban un carajo, pero esta vez no había podido ignorar lo que había sido la comidilla de todo el pueblo durante la semana.
Y es que la película que se estaba filmando era una de esas para adultos.
Una peli porno.
Y no una porno cualquiera, sino una película interpretada por hombres, para hombres.
El escándalo había sido mayúsculo y el pueblo estaba revolucionado.
Los debates morales y éticos habían sido recurrentes, hasta la náusea, toda la puñetera semana y en todos los canales locales de televisión y radio; y los telepredicadores y la Liga para la Protección a la Familia, conocida por las siglas, LPF, de la Escuela Bighorn donde él trabajaba habían hecho su agosto recaudando firmas y quejas de los ofendidos vecinos para intentar echar a aquellos desgraciados amorales que pretendían corromper a la infancia y la juventud de Drum con sus comportamientos antinaturales.
La LPF había recurrido a todas las instancias, pero, aun así, no había conseguido echar del pueblo a los de Dressrosa.
Al alcalde, Mr. Wapol, le interesaban los dressrosianos y el beneficio económico que podían reportar al pueblo, ya que prefería estar de lado del poderoso Doflamingo, el dueño de los estudios de filmación y de otros muchos negocios, algunos poco claros.
Wapol había intentado hacer entrar en razón al grupo de enfervorizadas madres y padres de Bighorn que se habían erigido en paladines de la moral, recordándoles que la filmación solo duraría una semana, que los dressrosianos se marcharían después y que, obviamente, los actores no se pasearían por el pueblo desnudos, mostrando sus vergüenzas.
También Miss Bakkin, la dueña del hotel, había recibido presiones por parte de la LPF para que reservara el derecho de admisión a aquellos libertinos que campaban a sus anchas por el pueblo, exhibiéndose sin pudor ni vergüenza, y respondiendo a las provocaciones de los indignados habitantes con carcajadas e indiferencia.
Miss Bakkin no quería estar a malas con sus vecinos, pero no era tan idiota de dejar escapar una buena oportunidad de negocio, así que manifestó a sus conciudadanos que no tenía corazón para dejar en la calle a aquellos pobres chicos perturbados, perdidos y confundidos y que, no existiendo en toda la provincia más hotel que el suyo, hubiera sido de mala entraña, abandonarles a su suerte en la nieve.
Y así habían discurrido siete días en los que el tranquilo Bighorn se había convertido en un hervidero de chismes de los que posiblemente seguirían hablando los próximos cien años.
Zoro sonrió para sus adentros.
El único que había disfrutado con todo aquello había sido su amigo Ace; ya que, al parecer, su actor favorito de esas pelis guarras, un tal Tres-Piernas o Entrepierna o algo por el estilo, estaba entre los de Dressrosa.
Ace era un cachondo de cuidado.
Un cachondo encubierto, eso sí, que engañaba a todos con sus pecas, su carita de niño bueno y sus exquisitos modales de colegio inglés. El hermano de Luffy, parecía no haber roto un plato, pero según decía él mismo cuando iba borracho, en el fondo de su alma habitaba un Dragón dormido, una bestia de fuego apasionada dispuesta al ataque. Todos sus amigos se reían a carcajadas con tales afirmaciones ya que sabían que eran bravuconadas, más que otra cosa.
La verdad es que Ace, era muy divertido, guapo y listo, pero no se comía un rosco ya que en Drum solo había un bar de ambiente, que, además, estaba en el pueblo de Gyasta y ni siquiera en Bighorn, y el chico hacia mucho que, sin demasiado éxito, había catado a todos aquellos que podían haber sido parejas potenciales.
Le encantaba el sexo y se sentía cómodo con él y con su sexualidad y ansiaba aprender cosas nuevas, aunque no tuviera con quien ponerlas en práctica y por eso, entre otras cosas, le gustaba el porno.
En especial, las películas de ese actor suyo, el tío de las piernas.
Siempre que salía la conversación, Nami se le echaba encima, regañándole y sermoneándole, negándose a entender cómo le podía gustar ese tipo de cosas que denigraban a las personas, convirtiéndolas en meros trozos de carne, pero Ace se defendía diciendo que era un arte, un género denostado e infravalorado, que las películas que él veía no eran las típicas mete-saca, tenían argumento y fotografía y Zoro no se acordaba de cuántas cosas más decía ese idiota que tenían.
Vamos, que según Ace, aquellas películas eran verdaderas obras maestras, pero, aunque había pasado horas y horas intentando convencer a todos para que les echaran una ojeada, el grupo de amigos no estaba demasiado por la labor.
Y Zoro no era una excepción.
Nunca había visto una película de esas. No le llamaban la atención y le parecía una imbecilidad suprema ponerse a ver cómo dos personas follaban sin amor y fingían sus orgasmos delante de una cámara. Si él quería excitarse, tenía su imaginación y no se dedicaba a mirar a otros montárselo con posturas propias del Cirque Du Soleil, mientras gritaban como posesas cosas realmente vergonzosas.
Su mente siguió discurriendo por aquella línea de pensamiento hasta que el bocinazo del coche que tenía detrás, le sacó de su estupor. El semáforo se había puesto en verde, al parecer, hacia unos segundos.
Haciendo un gesto de disculpa con la mano a través del retrovisor, Zoro metió primera y condujo por la Avenida Lapahn hasta llegar a una pequeña confluencia de calles. Tomó un desvío hacia la izquierda por la Calle Robson y continuó recto hacia el Mirador del Lago de Drum.
La música de la radio había cambiado varias veces y en ese momento sonaba una canción vulgar de un joven imberbe cantante sin voz, pero con éxito inmerecido, cuyo nombre Zoro no tenía interés en recordar, que berreaba "Baby, baby, I thought you'd always be mine". Zoro resopló una risa al pensar que aquel idiota de la radio cantaba igual que un gato follando y que hasta Luffy, que tenía poquita voz y desagradable, entonaba mejor.
A las afueras del pueblo, en el tramo de la carretera de Arabasta que aun pertenecía a Bighorn, se situaba su casa. Allí solo existían dos o tres viviendas, entre ellas, la suya que estaba antes de llegar al lago y antes de que la carreta ascendiera por la montaña. La carretera discurría a través de campos que, en verano, se cubrían de verde pasto alto. Ahora, la tundra nevada mostraba un paisaje blanco y hermoso, pero también yermo, solitario y silencioso.
La temperatura había descendido y el coche marcaba ya los siete grados bajo cero. Se estremeció, aunque dentro del coche estaba caliente. Sintió que pronto empezaría a nevar y aunque no quiso acelerar y arriesgarse a que las ruedas del coche patinaran, se impacientó por llegar cuando divisó su pequeña vivienda. Se trataba de una casita de dos plantas y un garaje, con porche delantero y jardín trasero y con vistas al lago. El tejado, de teja oscura de pizarra, como todas las casas de Drum era a dos aguas y una chimenea ennegrecida por el hollín se torcía un poco hacia la derecha. Las paredes estaban recubiertas de piedra negra, que aislaba mejor el frio y no cedía tanto a las dilataciones de temperatura y la carpintería de puertas y ventanas era de aluminio blanco.
Era acogedora, y ese pensamiento hizo que Zoro casi sonriera involuntariamente, pensando en su sofá.
La sonrisa no llegó a aflorar a sus labios, porque vio dos vehículos parados a escasos metros de su hogar. Uno era un Land Rover modelo Freelander de color blanco que el Roronoa reconoció como el de Jabra, un macarra del pueblo bastante mayor que él, que se pasaba las horas muertas jugando al billar en el único Pub abierto en Bighorn, el CP9.
Zoro silbó al fijarse en el otro coche. Era una pasada.
Audi, modelo TT Coupé, color negro sólido.
El Roronoa no tenía ni idea de a quién podía pertenecer, nunca lo había visto por allí.
Enarcó una ceja preguntándose qué hacían aquellos dos vehículos parados a un lado de la carretera. Zoro se alarmó ¿Es que había pasado algo? ¿Una colisión? No. No parecía un accidente. El Audi tenía la puerta del conductor abierta y el coche de Jabra, las dos, piloto y copiloto. Ninguno de los dos coches había puesto las luces de emergencia. Zoro redujo la velocidad, acercándose lentamente, para prevenir que alguien saliera de repente y se arrojara debajo de su coche.
Y entonces lo vio.
Jabra pateando a alguien.
Sus amigos, los idiotas de Fukuro y Nero, sujetaban a un chico, cada uno por un brazo, mientras el muchacho se retorcía como una anguila e intentaba huir, sin éxito.
Desde el interior de su coche Zoro no podía oír lo que Jabra decía. A la vista de la situación, no debía ser demasiado agradable, por la mueca torcida de la cara de aquel chaval, aunque sus secuaces parecían divertirse ya que se reían a carcajadas.
La ceja del chico estaba ensangrentada, igual que su boca y su nariz. El muchacho desfalleció, sus piernas flaquearon y cayó de rodillas en la nieve, mientras Nero y Fukuro le dejaban ir, entre risas. Una vez en el suelo, los tres se dedicaron a propinarle patadas y puntapiés mientras le escupían con rabia.
Zoro no sabía qué coño había hecho aquel chaval para merecer aquella paliza, pero de lo que sí estaba seguro era de que Jabra era un malnacido, incapaz de una pelea en un "uno contra uno" y tenía que ayudarse de sujetos miserables para asegurarse la victoria.
Si algo odiaba Zoro era la cobardía. Era lo que más asco le daba.
Sin plantearse absolutamente nada, detuvo su vehículo, paró el motor, puso el freno de mano y bajó del coche. A fin de cuentas, estaba a escasos cien metros de su casa y aquel tramo de carretera estaba dentro de su propiedad.
— ¡Maricón…! ¡Muérete! — oyó gritar a Jabra. Los tres macarras seguían castigando al chico del suelo, que gemía de dolor encogido sobre sí mismo. — ¡Das asco!
— ¿Qué coño estás haciendo, Jabra? — la voz profunda y potente de Zoro sobresaltó a los tres tipos, que se detuvieron y se quedaron mirando al recién llegado con respeto.
Y no era para menos.
Zoro media un metro ochenta de altura y tenía unos enormes bíceps que se insinuaban aun a través del abrigo de plumón verde que llevaba puesto. Años de ejercicio y de entrenamiento en artes marciales habían trabajado sus músculos, dándole aspecto de gorila confortable. Era fuerte. El cuello de toro sostenía una noble cabeza, elegante, alargada y de mandíbula algo cuadrada, poseía bellas facciones de labios gruesos que en ese momento se apretaban en una línea recta, vibrantes y airados. La nariz recta y aristocrática y los ojos negros brillando como los de un tigre en la oscuridad, como carbones encendidos. Tenía el pelo indomable y grueso y por eso lo llevaba muy corto, teñido de verde musgo. Tres pendientes largos de oro adornaban su oreja izquierda y en ese momento, tintineaban peligrosamente.
Exudaba confianza y determinación.
Y Jabra, que lo conocía desde que eran un niño, sabía muy bien que era mejor no tocarle los huevos. Lo mejor que podía hacer era no interferir en el camino de Roronoa Zoro, aun así, intentó aparentar una tranquilidad, que en ese momento no sentía.
— Te he preguntado qué coño estás haciendo, Jabra…
El aludido esbozo una sonrisa que no le llegaba a los ojos y se dirigió hacia el Roronoa levantando las manos en actitud conciliadora.
— Hola Zoro…. Solo le estamos dando una lección a este desgraciado.
Zoro dirigió la vista hacia el suelo. El desgraciado se retorcía de dolor, llevándose las manos al estómago. Tenía el pelo rubio caído sobre la cara y el Roronoa no podía distinguir sus facciones.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué os ha hecho este chaval para que le estéis pegando entre tres...? — El tono de Zoro era peligroso y Jabra, que le conocía bien, se echó levemente hacia atrás.
— Es uno de esos… —dijo estúpidamente Nero, uno de los compadres de Jabra.
A Zoro siempre le había recordado a una rata. Los ojos pequeños y un bigote ridículo que parecía moverse cuando hablaba. Zoro le miró con frialdad y el cobarde se estremeció, enmudeciendo de golpe.
— ¿Qué os ha hecho? — preguntó Zoro de nuevo.
— Es uno de esos maricones de Dressrosa… — aclaró Jabra carraspeando y acarándose la garganta — Ya sabes… Los de las películas…
— Jabra… Te estoy preguntando qué te ha hecho para que le pegues, no quién es.
En chico del suelo se retorció al oírle, sentándose con dificultad, carraspeó escupiendo sangre y saliva y levantó la mirada hacia Zoro.
La mitad de sus facciones no se distinguían, porque un mechón de pelo rubio trigo le caía sobre un lado de la cara, tapándole un ojo. El otro ojo, azul celeste, le observó con interés mientras su ceja, que nacía en extraña espiral, se fruncía y curvaba hacia adentro.
— No les he hecho nada…. — tosió el chico desde el suelo. Tenía la voz profunda y ronca, con un ligero acento extranjero que Zoro no acabó de situar. — Me han hecho creer que habían tenido una avería, cuando he bajado del coche, estos tíos han empezado a insultarme y a pegarme….
Zoro miró a Jabra que no apartó la vista, aunque un ligero temblor de manos denotaba su nerviosismo.
Conociéndole, sabía que el chico rubio decía la verdad.
Jabra esbozó una sonrisa de comemierda e intentó llevar al Roronoa a su terreno.
— Oh, venga vamos Zoro… No me digas que te parece bien que estos degenerados campen a sus anchas por el pueblo… — el tipo esbozó una desagradable sonrisa. — Exhibiéndose por el pueblo, cogidos de la mano, abrazándose… Como si fueran algo, como si estuvieran por encima de los demás, con sus coches y ropas caras, como si tuvieran un trabajo honrado….
— Mientras que los demás nos matamos a trabajar para apenas llegar a fin de mes…— apostilló Nero. Zoro arqueó una ceja. Que el supiera el "cara de rata", no había dado un palo al agua en su vida.
— ¿Y qué coño tiene que ver eso para que le estéis pegando? — volvió a preguntar Zoro, asqueado y cada vez más irritado.
— Pero Zoro tío… ¿Sabes cómo se gana la vida esta? — rio Fukuro exhibiendo una horrible sonrisa necesitada de ortodoncia mientras señalaba a Sanji… — ¿Sabes qué hace…?
— Me importa un carajo como se gane la vida este chaval… —dijo Zoro. — Te he preguntado por qué coño le estabais pegando e insultando…. Y sinceramente, ya me la suda. Largaos de mi propiedad, antes de que llame a la oficial Tashigi.
— Joder Zoro… — Jabra hizo un último intento por congratularse con el musculoso profesor. — Tú seguro que piensas igual que yo, dejarse follar por el culo es asqueroso, chuparle la polla a un tío siendo otro, es antinatural, no es normal… Y encima cobrar por ello, exhibiéndolo ante todo el mundo… Est…
El Roronoa esbozó una peligrosa sonrisa que hizo que Jabra enmudeciera de repente.
— Me encantaría ver cómo defiendes estas opiniones tuyas sobre sexualidad delante de Ace… Sería interesante… ¿No crees?
Jabra abrió los ojos horrorizado.
— Pero no es lo mismo… — tartamudeó.
— ¿Ah no? — Zoro se agachó, poniéndose a la altura del chico rubio, que todavía guardaba silencio, y mirando a Jabra preguntó de nuevo. — ¿Por qué no es lo mismo…?
— Porque Ace tiene un trabajo honrado… — dijo Nero — No como este tío…
— Tú no tienes ni puta idea de lo que es un trabajo honrado, Nero… — dijo Zoro retirando el pelo rubio de la cara del muchacho agredido para comprobar el estado de su sangrante ceja. — Es más, creo que ninguno de los tres sabe qué es un trabajo.
El chico rubio resopló conteniendo la risa, al escuchar las palabras de Zoro, pero antes de que pudiera añadir o decir algo, Jabra le pisoteó con rabia en las costillas.
— ¿De qué coño te ríes, eh, puto gay? ¡A ver si te ríes ahora!
Jabra levantó el pie para patear nuevamente al muchacho indefenso, pero su pierna no alcanzó su objetivo ya que una mano de hierro le cogió por la espinilla, haciéndole trastabillar y caer hacia atrás.
Zoro arrodillado, había parado el golpe y aun sujetaba el pie de Jabra, que se había quedado tirado boca arriba en la nieve, cuan largo era.
— ¡Zoro, qué haces! — los amigos de Jabra, Fukuro y Nero, acudieron a ayudar a su líder, intentando levantarle del suelo. Zoro les miraba con los ojos ardiendo de ira. Y cuando se puso de pie, los tres macarras horrorizados, se echaron hacia atrás.
— Salid ahora mismo de mi carretera… — la voz ronca de Zoro era muy peligrosa — Largaos de aquí antes de que me lie a hostias con vosotros… No quiero volver a veros cerca de mi casa…
Jabra se sentó en el suelo y miró a Zoro con rabia. Sus ojos brillantes de ira y reproche. Sus dos amigos intentando incorporarle.
— Te estás equivocando Zoro… — dijo con la voz ronca por la rabia — Deberías estar de nuestro lado… Del lado del pueblo.
— Yo no estoy del lado de nadie, y menos, del de unos comemierdas como vosotros… — contestó el Roronoa en un susurro, sus ojos eran dos rendijas y sus pupilas brillaban como dos tizones. — Y ahora, largaos de una puta vez de mi propiedad, antes de que me arrepienta y llame a Tashigi.
Jabra se puso de pie, no sin antes dirigir a Zoro una mirada de odio.
Los tres canallas se encaminaron hacia el Land Rover. Jabra ocupó el asiento del piloto y bajó la ventanilla del conductor, Fukuro a su lado y Nero, se sentó detrás.
— Te arrepentirás de esto Roronoa, te lo juro… — le dijo entre dientes. Zoro esbozó una media sonrisa sarcástica y arqueó la ceja.
— Los hombres de honor, no amenazan. — murmuró Zoro.
Jabra enrojeció de ira y le enseñó el dedo corazón en un arranque de rabia infantil. Quemando motor y dando media vuelta, emprendieron la marcha saltándose la continua que, casi invisible a causa de la nieve, separaba los carriles de las dos direcciones de la carretera de Arabasta, y tomaron el camino de regreso hasta el centro del pueblo, a más velocidad de la que aconsejaba la climatología.
Zoro les siguió con la mirada hasta que perdió al Land Rover de vista, en un recodo de la carretera. Suspiró asqueado. Era una pena. Eran pocos habitantes en la toda la provincia de Drum, menos aún en Bighorn, y la mitad de ellos eran unos auténticos cretinos.
Dirigió su mirada hacia el chico que aun yacía encogido en el suelo, aunque su respiración parecía haberse regulado. Se agachó a su lado y le tocó levemente el hombro.
— Oi… ¿Cómo estás? ¿Me oyes? — Zoro le oyó gemir levemente. Le dio la vuelta con suavidad e intentó incorporarle. — Te han dado un buen golpe en el estómago, respira hondo…Así, tranquilo…
El muchacho rubio tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Tenía sangre seca en la boca y en la nariz y la ceja magullada. No parecía herido de gravedad, pero la patada de Jabra había sido propinada con muy mala leche, así que Zoro no quería arriesgarse. Decidió llevarle al consultorio médico para que Chopper le echara un vistazo, por si tenía alguna lesión interna.
El chico tosió, gimió e intentó respirar hondo de nuevo. El golpe le había dejado sin aire y debía tener las costillas más que doloridas. Zoro conocía esa sensación. Él mismo había participado en demasiadas peleas.
— Oi, oi, tranquilo, intenta relajar los músculos… — dirigió nuevamente la vista a la carretera, como para asegurar — Ya se han ido, no te preocupes.
El rubio abrió los ojos y Zoro vio el azul celeste del cielo en sus pupilas. El muchacho intentó incorporarse y con ayuda del Roronoa, consiguió flexionarse y quedar sentado en la nieve.
— Gracias… — el chico musitó con esfuerzo la palabra. Parecía mareado, pero, aun así, sonrió. Era una bella sonrisa.
— No hay de qué… — Zoro se sorprendió a sí mismo sonriendo a su vez, algo que ocurría raras veces. Carraspeó, algo cohibido. Era una persona amable, pero no se le daba demasiado bien la gente. — ¿Puedes levantarte?
El rubio asintió con la cabeza y se incorporó, apoyándose en el hombro de Zoro mientras este le sujetaba por los antebrazos. Una vez de pie, el chico respiró hondo, tragó saliva y fijó la mirada directamente en los ojos de Zoro.
— Te llamas Zoro, ¿verdad?
Otra vez aquel acento que el Roronoa no sabía identificar, se limitó a asentir con la cabeza.
— Yo soy Sanji… Y creo que voy a vomitar.
Veinte minutos después, Sanji se encontraba en el asiento del copiloto del coche del tal Zoro. El chico del pelo color verde había insistido en llevarle al consultorio médico para que le echaran una ojeada. Su abrigo, de buen paño negro, había quedado totalmente destrozado como consecuencia de la paliza, de la mezcla de barro y nieve del suelo y del vómito que le había asaltado cuando se puso de pie.
Zoro vivía en una casita justo enfrente de donde le habían atacado así que en lo que él cerraba su coche y lo dejaba delante de la puerta, Zoro había entrado en su hogar, para salir con un abrigo viejo, pero limpio, de lana gruesa color azul marino, que aunque le quedaba bastante grande, era calentito y confortable.
Aunque parecían tener la misma altura, aquel tipo era dos tallas a lo ancho más grande que él. Sanji se arrebujó en el asiento del copiloto y cerró los ojos.
— Oi… ¿estás bien? — la voz de su salvador era ronca y profunda, pero no estaba exenta de calidez. — No te duermas…
Sanji abrió los ojos y observó al muchacho que tenía la vista fija en la carretera. Había empezado a nevar suavemente y a buen seguro pronto caería una buena.
Sanji solo quería volver a su coche, salir de aquella mierda de pueblo y conducir hasta Arabasta. Si todo iba bien, llegaría sobre las nueve de la noche, buscaría un buen hotel, tomaría un baño caliente y al día siguiente y después de un copioso desayuno, se encaminaría hacia Dressrosa.
No quería ser desagradecido y la verdad es que aquel tipo, que no le conocía de nada, estaba siendo realmente amable con él y le estaba haciendo un favor. El tío había sido inflexible en acudir al consultorio diciendo no sé qué de posibles hemorragias internas y aunque Sanji había protestado, no había podido convencer al otro, que no le había dejado marchar.
Estaba cansado y dolorido y para qué negarlo, también era un poco hipocondríaco, así que obedeció y se metió en el coche del drumsiano para que le llevara a ver a un tal Doctor Chopper.
— Estoy bien, solo algo cansado, gracias. — Sanji contestó al conductor quién le echó una mirada rápida de reojo, como evaluando la veracidad de sus palabras.
— ¿Vas a denunciarles? — preguntó Zoro con curiosidad refiriéndose a Jabra y sus dos acólitos.
Sanji le miró y esbozó una triste sonrisa.
— ¿Para qué? ¿Serviría de algo?
Zoro no contestó inmediatamente. El rubio tenía algo de razón, si realmente aquel chico era de los de la película de Dressrosa, no iba a conseguir demasiado. Aun así…
— Conozco a la oficial de policía. Tashigi. Es una buena persona…
Sanji no dijo nada. Miró por la ventanilla del coche que ahora se había detenido en un semáforo. Estaban llegando a la Avenida principal del pueblo, donde se situaba el hotel en el que se habían alojado y que había dejado aquella misma mañana.
El Robson Park, regentado por una vieja arpía con un hijo bastante paleto.
— La gente está llena de buenas intenciones, pero a la hora de la verdad, todo son palabras…. — dijo Sanji. Zoro le miró en silencio, sin saber si aquel chico había murmurado aquellas palabras con la intención de obtener una respuesta.
— Como quieras… — se limitó a decir y guardó silencio el resto del camino.
El consultorio médico de Drum solo tenía un par de pacientes cuando Sanji y Zoro llegaron: un niño con tos y cara de gripe y una anciana que parecía estar perfectamente y que charlaba animadamente con la recepcionista y con una enfermera que se hallaba de pie en la entrada, portando un fajo de papeles en la mano.
— Milky, Tristán…. — saludó Zoro y Sanji le imitó, murmurando un "buenos días" tímidamente.
Se sentía cohibido.
El tío del pelo verde, el tal Zoro, le había ayudado a bajar del coche y ahora le dejaba apoyarse en su brazo izquierdo, como si fuera un anciano decrépito. No le había dicho nada más en el resto del viaje, ni había insistido en acudir a la policía, ni había hecho ningún esfuerzo por entablar conversación con él. Pero, aun así, su manera de conducirse y comportarse era sumamente amable y considerada.
Sujeto al brazo de Zoro y sintiendo la flexión de todos y cada uno de los músculos de sus bíceps bajo sus dedos no pudo evitar pensar que aquel tío era un auténtico gorila. Sanji pensó que, con una sola de aquellas manazas que, en ese momento, le sostenían gentiles, Zoro era capaz de rodearle el cuello y estrangularle fácilmente. No le extrañaba nada que los desgraciados aquellos hubieran puesto pies en polvorosa al verle.
Sintió una punzada en el costado y no pudo evitar gemir. Quizá no era tan mala idea ver a un médico. Estaba mareado. Le dolía la cabeza y seguro que tenía moratones por todo el cuerpo.
Zoro no le quitaba los ojos de encima, pero no le decía nada.
La recepcionista, una preciosa chica con bronceado de nieve, de ondulado y largo pelo rubio, dejó su tarea para incorporarse detrás de su mostrador, haciendo una señal a la enfermera, que inmediatamente dejó a la anciana y se acercó rápidamente a Zoro.
— ¡Zoro! ¿Te has vuelto a cortar? — la pregunta había sido hecha con tono de regaño y reproche, pero enseguida, sus ojos se posaron curiosos en Sanji y al percatarse de su estado y de quien era, realmente, el paciente se acercó a él. Cogiéndole por un brazo, dejó que apoyara su peso en ella, le apartó de Zoro suavemente, levantándole el cabello con delicadeza para comprobar el estado de su ceja— Oh, madre mía, qué te ha pasado… ¿has resbalado en la nieve?
— ¿Habéis tenido un accidente? — preguntó la recepcionista mientras levantaba el auricular del teléfono y marcaba un botón de color azul — ¿Doctor Chopper? Ha venido Zoro con un chico bastante magullado ¿Le hago pasar? Sí. Muy bien.
Sanji enrojeció levemente, no estaba acostumbrado a tanta preocupación ni a tantas atenciones, y menos, provenientes de unas perfectas desconocidas, guapas y con clase. Sin saber exactamente cómo actuar, solo se le ocurrió volver la vista atrás y mirar a Zoro en busca de ayuda, pero en ese momento el del pelo verde se había despreocupado de él y se encontraba ayudando a la anciana a salir del consultorio, sujetándole la puerta.
Sanji apartó la vista del musculoso chico y se centró en seguir el paso de la enfermera que le conducía cuidadosamente hacia el interior del consultorio. El rubio muchacho no pudo evitar volver la vista atrás, encontrándose, esta vez sí, con la mirada de Zoro.
— Te espero aquí, no te preocupes… — le dijo y Sanji sonrió levemente. Asintió musitando un tímido "gracias". Y es que sin Zoro no podía volver a su coche, que estaba aparcado delante de la casa del drumsiano.
La verdad es que aquel gorila era muy amable.
La enfermera se presentó mientras le guiaba por el pasillo del consultorio. Se llamaba Tristán y era la asistente principal del Doctor Chopper.
— ¿Qué es lo que te ha ocurrido? — preguntó mientras le examinaba con ojo experto.
Sanji agachó la cabeza. No quería hablar de lo que le acababa de pasar, y aunque no tenía por qué sentirla, le daba vergüenza. No valía la pena decir nada, porque nadie se preocuparía de perseguir a aquellos imbéciles que, por lo que había vivido aquellos días en Bighorn, representaban el pensar de la gran mayoría de la población.
Tampoco quería ser maleducado con aquella muchacha tan profesional, pero se quedó callado. Tristán no insistió más y se limitó a preguntarle dónde le dolía.
Enseguida llegaron al final del pasillo, donde una puerta de madera blanca se encontraba entreabierta, la enfermera dio dos golpes con los nudillos antes de entrar.
— ¿Doctor Chopper? — preguntó amablemente —¿Podemos pasar?
— Sí, por supuesto, adelante.
La voz juvenil les invitó desde dentro de un pequeño despacho. La enfermera ayudó a Sanji a acceder a la estancia y le hizo tomar asiento encima de una camilla a la que previamente había colocado un trozo de papel blanco de un rollo higiénico existente encima de un mostrador. Tristán ayudó a Sanji a quitarse el abrigo que Zoro le había dejado y el chico tembló ligeramente por el contraste de temperaturas.
— ¿Tienes frío? — le preguntó Tristán amablemente.
Sanji respiró hondo. No le gustaban los médicos, ni las camillas, ni el olor de los hospitales o cualquier estancia que se lo recordara. Ese olor a alcohol, desinfectante, podredumbre y comida de régimen le transportaba a su infancia, a sus cinco años y a la enfermedad que se había llevado a su madre a la tumba, antes de tenerla más de un año postrada en una cama.
— Estoy un poco destemplado… — reconoció con timidez. La cabeza le seguía retumbando en el cráneo y la verdad es que en ese mismo instante no se veía capaz de dar un paso más, o, simplemente, levantarse de la camilla.
— Es normal, después de la paliza que te han dado. — Un joven que no aparentaba más de dieciséis años, vestido con una bata blanca y un estetoscopio de goma color rosa colgado del cuello se aproximó a él con una simpática sonrisa en los labios. — Soy el Doctor Chopper.
Sanji abrió los ojos de par en par. El Doctor Chopper parecía un adolescente imberbe. Bajito, menudo, de ondulado pelo castaño y ojos grandes color avellana. Todo él emanaba calidez y confianza en sí mismo. A Sanji le cayó bien inmediatamente. Aun así…
— ¿Tú eres el Doctor Chopper? ¿No eres muy joven? — algo incrédulo, la pregunta salió de sus labios sin poder retenerla. Enrojeció. No quería insinuar que el médico no estaba capacitado debido a su edad. — Quiero decir… Yo, no me esperaba… Bueno… Oh Dios, lo siento.
Se llevó las manos a la cara, avergonzado. Quién era él para juzgar a nadie.
— Sí, lo soy. — El aludido enrojeció, pero tampoco pareció molesto. Es más, dio la sensación de estar acostumbrado a la reacción que provocaba su edad. — Acabé en la Facultad a los dieciséis años, llevo dos años ejerciendo la medicina en Drum… Soy lo que suelen llamar, un superdotado….
Sanji levantó la cabeza y lo miró, muy sorprendido. El médico sonreía azorado.
El rubio sintió algo de envidia. Aquel chico tenía cinco años menos que él y ya era médico y tampoco parecía del tipo pedante, así que Sanji intuyó que provenía de una familia totalmente normal. No tenía esos aires de grandeza y superioridad que se daban algunos facultativos con los que se había visto obligado a visitarse (su contrato con DofflyxStudios le obligaba a realizarse análisis y chequeos periódicos) y que le miraban siempre por encima del hombro y con evidente desprecio, cuando les tenía que explicar a qué se dedicaba para ganarse la vida.
Se sintió algo cohibido y avergonzado, él que no podía enorgullecer a nadie con sus logros profesionales, había dudado de la capacidad de aquel chico, solo por su juventud. Era un idiota.
El Doctor Chopper se acercó a él y le puso la mano en el hombro amablemente, como si hubiera intuido sus pensamientos.
— Eres de los de Dressrosa, ¿verdad? — Sanji asintió con la cabeza. — ¿Quién te ha pegado?
El Doctor Chopper no esperó respuesta. Con extremo cuidado obligó a Sanji a tumbarse en la camilla donde se hallaba sentado, le levantó la camisa de seda color naranja que llevaba puesta y empezó a palpar sus costillas, presionando suavemente.
Aunque la calidez de los dedos del Doctor Chopper era confortable, Sanji dio un respingo cuando le presionó las costillas.
— Auch…
— ¿Te duele aquí? — la voz del Doctor Chopper era cantarina y agradable. Sanji asintió. — ¿Te ha traído Zoro? ¡Qué suerte que le hayas encontrado! ¿Aquí duele?
Sanji se llevó una mano a los ojos y asintió de nuevo.
— Creo que tienes las costillas magulladas, pero no parecen estar rotas o fisuradas. Aun así, voy a hacerte una radiografía para descartarlo definitivamente. Prefiero asegurarme. No te muevas.
Sanji musitó un "gracias" y quedó tumbado encima de la camilla.
El día no había empezado mal del todo.
Sabo, Cavendish y él habían compartido la habitación del hotel. Como era la última noche en Drum, se habían acostado tarde, bebido algo de güisqui y fumado algo de marihuana que Sabo se había traído de Dressrosa, habían visto la película Alicia a través del Espejo en la televisión de pago y se habían ido a dormir, después de una infantil y absurda pelea de almohadas.
Se había levantado con los chicos y se habían atiborrado en el bufé desayuno del Robson Park, el único hotel de la provincia de Drum, bajo las reprobadoras miradas del personal y de su propietaria, una tal Miss Bakkin, que tenía cara de estreñimiento crónico.
Que no les querían allí estaba más que claro, pero no era como si los chicos tuvieran opción. Sus contratos les obligaban a rodar un número de escenas determinadas durante el año y si no las cumplían no solo se quedarían en la calle, sino que DofflyxStudios se reservaba el derecho a pedirles una indemnización por incumplimiento de sus obligaciones contractuales. Lo cierto es que el pacto al que los chicos habían llegado con los estudios era algo abusivo, pero, mientras trabajaran para el Sr. Doflamingo, estarían muy bien pagados y atendidos; y tampoco les obligaban a rodar escenas con compañeros desconocidos o a hacer cosas que no quisieran, como era frecuente en otras productoras.
El propietario de los estudios, Donquixote Doflamingo, era un capitalista nato que cuidaban de sus ingresos y de su negocio, y también de su gente, si esta hacia lo que él quería.
Después del desayuno, los chicos habían preparado su equipaje y dispuesto a irse de vuelta a Dressrosa, en el coche del director de escena, Gin, pero Sanji, que se había llevado su propio coche, tenía algo más que hacer en Drum.
La excusa que les había puesto a los demás, para no volver con ellos, era la de visitar el lago, hacer algunas compras y sacar algunas fotografías. Sabo había enarcado una ceja y mirado con extrañeza, pero no había hecho preguntas. Cavendish estaba demasiado ocupado haciéndose selfies y subiéndolos a Instagram, como para cuestionarse nada de lo que le estaba explicando Sanji.
La verdad, la pura verdad, era que Sanji tenía un casting. Un casting en Bighorn.
Un casting para un papel secundario en una de las series de televisión más famosas del momento: Juego de Tronos. Los castings para esas series se hacían únicamente a través de agente, para evitar la afluencia masiva de actores de poca monta.
El destino había querido que el representante de Sanji, Patty, se hubiera enterado por pura casualidad, de que durante la semana en la que estaban rodando la horrible "Saga de Nieve" estuvieran escogiendo a un actor que interpretara el papel del joven Ned Stark en un flashback de la serie.
Patty había apuntado a Sanji al casting, sin dudarlo y para sorpresa de ambos, le habían escogido para hacer la prueba de preselección. Además de ser una de sus sagas literarias favoritas "Canción de Hielo y Fuego", adaptada a la televisión con el nombre del primer libro, "Juego de Tronos", era una de las historias de fantasía épica más geniales que existían. Participar en ella como actor, aunque fuera el papel del chico de la limpieza de las letrinas donde ponían el culo los Lannister, era un sueño y si lo conseguía, una forma de abrirse camino en el mundo del cine convencional.
Sanji no era imbécil, sabía que era difícil y que lo más seguro era que le rechazaran. No tanto por falta de habilidades de interpretación, sino como por su currículo. No dejaba de ser actor porno y, aunque fuera uno de los más reconocidos y mejor pagados, no es que su profesión tuviera buena fama.
Aun así, Sanji sabía actuar.
Su papel más memorable había sido a sus 17 años, cuando había obtenido el de protagonista de una película francesa, que no había visto la luz en la gran pantalla. Se trataba de "Entre Muros", la historia de dos jóvenes delincuentes, provenientes de familias marginales, encerrados en un centro de menores, cuyo amor apasionado se veía truncado por los celos de uno de los guardianes, que acaba asesinando a sangre fría a uno de ellos. Era una buena película y él había estado maravilloso para lo joven que era, pero la temática homosexual nunca había estado bien vista, así que, aun siendo una gran película, pasó sin pena ni gloria para el gran público.
El resto de su trayectoria había sido en el cine de adultos, con los estudios de Doflamingo, que era lo que mantenía su estómago caliente y le daba de comer.
Aun así, seguía intentándolo y con más ilusión de la que pretendía reconocerse, se presentó al casting para el papel de Ned.
La audición se celebraba en una casita baja de Bighorn, en una calle adyacente a la Avenida Principal. No le costó mucho encontrarla, ya que tenía el tejado color verde, a diferencia del oscuro que presentaban el resto de viviendas. Le abrió la puerta una chica de unos veinte años, con el pelo rizado y oscuro y una nariz prominente.
Se presentó como Mozu y le hizo pasar al interior de la vivienda, en el recibidor, junto a cuatro candidatos más, casi todos altos y rubios, como él. Mozu se perdió de vista en el interior de la casa y Sanji quedó esperando a que le llamaran. Diez minutos más tarde, Mozu volvió a salir, acompañada de otra chica idéntica a ella. Se presentó como Kiwi y no hacía falta ser muy listo para entender que se trataba de dos hermanas gemelas.
Le hicieron entrar en una habitación en la que había un enorme foco, un micrófono y una cámara de grabación manual. Le colocaron delante del micro y le pidieron que esperara un poco más.
De una puerta distinta a la que Sanji había accedido a aquella habitación salió un hombre de unos treinta y cinco años. Era extraño. Iba vestido con una camisa hawaiana y llevaba el pelo largo crepado hacia arriba y teñido de azul. Llevaba gafas de sol cuadradas y unos pantalones de piel tan ajustados a sus piernas creaban la ilusión óptica de que no llevaba absolutamente nada de bajo de la camisa.
Sanji sonrió cuando aquel tipo se plantó delante de él, extendiéndole una mano gigante y sacudiéndosela con fuerza mientras le saludaba con un acusado acento americano.
— ¡Hola! ¡Soy Franky, director de casting de la productora HBO y representante de actores! Así que tú eres Sanji…
— Sí, señor.
— Oh, mierda… ¡No me llames señor y será realmente súper!
Sanji rio, agachando la cabeza algo cohibido.
—Así que eres del tipo tímido… ¡Súper…! — dijo Franky levantándose las gafas de sol y mirándole directamente a los ojos. — Nadie lo diría con tus… Antecedentes.
Sanji dejó de sonreír.
Ahí estaba, nada más empezar y sin haber empezado el casting. Su actual profesión.
— No tiene nada que ver…. — repuso algo dolido. — Dicen que los mejores actores son tímidos.
Franky le miró unos segundos, para después soltar una carcajada. Le golpeó la espalda con una de sus manazas.
— ¡Oi, oi! ¡A mí me parece súper que te dediques al porno! ¡Hay que tener pelotas para hacerlo! — y de pronto se quedó serio, para luego reír de nuevo — ¡Claro que hay que tener pelotas!
Sanji torció el gesto ante el horrible chiste.
— Sí, sí, lo sé, no ha sido súper… — rio Franky — No te preocupes chaval, a mí no me importa lo que hagas con tu polla, sino cómo te desenvuelves ante la cámara.
—Pero a mí sí me importa, no podemos contratar actores de dudosa moralidad.
Un hombre alto y serio, con el pelo teñido también de azul, vestido con un chaleco a rayas realmente elegante, apareció por la misma puerta por la que Franky lo había hecho minutos antes.
Miró a Sanji como si estuviera enormemente hastiado, aunque le tendió la mano educadamente.
— Mi moralidad no tiene nada que ver con mi trabajo. — Sanji estaba hasta los cojones de que las personas se creyeran con el derecho de juzgarle. — Soy una persona normal.
— Ten. Aquí tienes tus líneas. No le hagas caso a mi hermano, Iceburg parece tener un palo metido en el culo — dijo Franky haciendo caso omiso de la mirada asesina que le dirigió el mencionado. — Se divierte poniendo nerviosos a los candidatos. Si no nos interesaras, no te habríamos llamado.
— Te vimos interpretar el papel de preso en "Entre Muros". Es una actuación absolutamente fantástica. —dijo Iceburg, mientras tomaba asiento en un sofá delante del micro.
— Sí chaval, es una interpretación súper… No entiendo cómo nadie te dio más oportunidades después de aquello. — Franky se sentó en el sofá junto a su hermano. — No has tenido mucha suerte. Deberías cambiar de agente.
Sanji les miró con la sorpresa reflejada en el rostro. ¿Aquellos tipos habían visto "Entre Muros"? No era una película que conociera todo el mundo. Y, ¿conocían su currículo? Sonrió algo azorado. Aquellos tipos eran verdaderos profesionales. Estaban muy bien informados.
— Gracias. — acertó a decir.
— Nada, es súper que estés aquí... — dijo Franky riendo otra vez. — Ahora relájate, léete la línea y cuando estés preparado empezamos a rodar. Preséntate e interpreta.
— Convéncenos de que eres un perfecto y joven Ned Stark. — añadió Iceburg.
Sanji asintió. Leyó las líneas del papel. Le temblaban las manos y no podía pensar con claridad. Se obligó a respirar hondo. Le hizo una señal al cámara y toda la estancia se quedó en silencio.
— Adelante… — ordenó Iceburg. — Preséntate, di lo que quieras y recita tus líneas. Tienes cinco minutos para todo.
— Mi nombre es Sanji. Tengo veinte años y soy de origen francés…. Bueno, mi madre lo era y yo nací en la Gascogne, aunque me vine a Grand Line a los cinco años, cuando ella murió. Actualmente, soy actor de cine para adultos, pero mi sueño es participar en cine y televisión convencional. Vengo a este casting, porque creo que soy idóneo para el papel del joven Ned Stark. No sólo me conozco los libros como si los hubiera escrito yo, también las variaciones de la serie de televisión, que son increíbles. Y sí, os estoy haciendo la pelota para que me deis el papel.
El nerviosismo de Sanji se fue diluyendo a medida que hablaba a la cámara. Parecía una persona diferente, como si le hubieran puesto una máscara, con una expresión en su rostro, una cadencia de tono y una personalidad diferentes a la real. El temblor de las manos ya no existía y la voz era segura y clara. Su risa contagiosa y sus bromas, graciosas, captaron la atención de los dos directores de casting que estaban supervisando la prueba.
— Después de esta estupenda presentación… — dijo Sanji esbozando una sonrisa que derritió la cámara e hizo reír a Franky— voy a recitar mis líneas, porque… ¡eo!, es a lo que he venido.
Entonces, la sonrisa de Sanji se desvaneció, su mirada se oscureció y sus cejas se fruncieron. Las facciones de su rostro se alteraron consiguiendo conferirle mayor madurez. Cuando habló, su modulación de la voz era aún más profunda, más rasposa, pareciendo un hombre joven, pero agotado.
—Os buscamos en el Tridente, pero no estabais allí. De lo contrario, al que llamáis el Usurpador, mi amigo, ya estaría muerto. El Rey Loco ha muerto. Raeghar yace bajo el suelo. ¿No habéis protegido al príncipe? ¿Os quería él aquí? — Sanji hizo una pausa dramática. Levantó la barbilla y la cabeza, como si observara algo en lo alto de una torre. — ¿Dónde está mi hermana? No me deseéis suerte en las guerras venideras. No me digáis que ahora empiezan, porque es ahora cuando acaban.
Su tiempo acabó y Sanji recuperó la compostura y el rostro, que volvió a ser el de un amable chico de veinte años.
Franky y Iceburg le miraban en silencio. Sin decir nada.
Unos segundos más tarde, el rubio se sintió algo incómodo, ya que nadie decía ni una sola palabra.
Bajó la vista, algo avergonzado. Se sentía drenado emocionalmente, cosa que siempre le ocurría después de actuar.
Mozu carraspeó sacando a los dos Directores de Casting de su letargo.
— Eh… Súper… — dijo Franky — Has estado muy bien…
La sonrisa iluminó la cara de Sanji y la esperanza empezó a abrirse camino a través de su alma. ¿Les había gustado?
— ¿Sí?
— No ha estado mal, podía estar mejor… — dijo Iceburg levantándose del asiento. — Pero ya sabes… Hay muchos candidatos…
El rubio asintió. El optimismo que le había invadido hacía unos segundos, se había desvanecido.
— Te llamaremos.
Franky arqueó una ceja y miró a su hermano con reproche. Gesto que a Sanji no le pasó inadvertido. Intuyó que, si fuera por el tío súper raro, él pasaría a la siguiente ronda. Sonrió con deportividad, intentando ocultar su decepción.
— Otra vez será… Espero que encontréis lo que buscáis. — Alargó la mano a Iceburg, haciendo lo mismo con la de Franky, quien le observó en silencio y con el ceño fruncido. Mozu y Kiwi le acompañaron a la salida. Sanji se despidió de ellas y del resto de candidatos, deseándoles suerte.
Una vez en la calle, sacó un cigarrillo de uno de los bolsillos de su abrigo y lo encendió, aspirando hondo el humo y la nicotina que viajó hasta sus pulmones.
La decepción amenazaba con abrumarle.
Cerró los ojos.
Las lágrimas se agolparon detrás de sus párpados, ardientes e implacables, y no pudo hacer nada por evitar que cayeran por sus mejillas.
— Mierda…
— Oh, mirad, la niñita de Dressrosa… Y está llorando… ¿Qué te pasa bonita? ¿Te ha dejado el novio? ¿Se ha ido con una mujer de verdad? — una voz nasal y empalagosa hizo que Sanji se volviera. Un tipo con el pelo de color rosado y el rostro cubierto por una máscara terapéutica sonreía cruelmente. Le acompañaba una mujer preciosa de pelo rubio y un hombre bastante corpulento con el pelo recogido a cada lado de su cráneo en unas extrañas coletas peinadas hacia arriba, como si fueran cuernos.
Sanji no les hizo caso, se limpió las lágrimas con la manga del abrigo y sin mediar palabra, se encaminó hacia su coche.
Si todo iba bien, llegaría a Dressrosa aquella misma noche.
Una vez dentro del coche respiró hondo y se obligó a relajarse. No valía la pena disgustarse, porque un casting no le hubiera salido bien. Y menos, ese casting tan complicado. Si ya había sido un milagro enterarse de que lo celebraban en Drum y otro más grande, de que le preseleccionaran. Podía estar satisfecho. Se obligó a pensar que debía seguir luchando por sus sueños y no flaquear en ningún momento.
Si bien, era difícil pensar en positivo, cuando lo cierto es que hacía años que se sentía como una auténtica mierda.
No.
Sacudió la cabeza. Se limpió las lágrimas de nuevo y encendió el motor de su Audi.
Encendió la radio del coche y la canción Shed A Light de Robin Schulz & David Guetta sonó en la emisora local. Era una buena canción, así que empezó a cantar mientras tomaba la carretera de Arabasta.
Había dejado atrás la ciudad y se hallaba a las afueras, cerca del lago. Estaba llegando a la entrada de la carretera de montaña. Allí, no había viviendas, solo una pequeña y acogedora casita de dos plantas de techo de pizarra negro, situada antes del desvió hacia el puerto de las Drum Rokies que le llevaría fuera de aquella provincia congelada. No aceleró, porque, aunque había puesto las cadenas en las ruedas del coche, la nieve era traicionera para alguien que, como él, no estaba acostumbrado a conducir bajo esa condición.
— Don't leave me here in the dark when it's hard to see. Show me your heart, shed a light on me. If you love me, say so, if you love me, say so. If you love me, say something. You know I can't live without you, I'm on my knees. Where are you now? Shed a light on me. If you love me, say so, if you love me, say soooo…. ¡Ops!
Sanji detuvo sus cánticos cuando observó cómo los pasajeros de un Land Rover de color blanco le hacían señas para que se detuviera. Eran tres chicos algo mayores que él y parecían muy apurados.
Sanji pensó para sí que, seguramente habrían averiado el coche. El rubio era de corazón amable y noble, así que, sin pensárselo dos veces, detuvo su vehículo junto al Land Rover, paró el motor y bajó para prestar ayuda.
— Oi, qué os ha pasado… — preguntó encaminándose hacia los tres sujetos que, de repente, sonrieron de forma extraña.
Y entonces, el sexto sentido de Sanji se activó. Había sufrido demasiadas agresiones en su vida, como para no saber reconocer cuándo una se avecinaba.
— Eo, chicos, veo que estáis bien…. Me tengo que ir… — intentó recular hacia el coche sin perder de vista a los tres sujetos que se le aproximaban amenazantes.
El más alto y corpulento, llevaba el pelo recogido hacia atrás en una trenza y se había dejado una barba larga, aceitada con brillantina y un bigote lacio, estilo Fu Manchú. Vestía un abrigo negro hasta el suelo y viejas botas militares oscuras. El tipo se lanzó de repente hacia él. Sanji hubiera alcanzado su coche, pero resbaló en la nieve y cayó al suelo.
El mastodonte se tiró encima de Sanji, volcando todo su peso encima del rubio, que casi perdió el sentido y la respiración. El tipo se sentó a horcajadas encima suyo y le dio un puñetazo en la cara. El sabor de su propia sangre, metálico y salado le dio náuseas.
— Maricón de mierda… — aquel bestia empezó a insultarle mientras le pegaba. — Tú y los de tu tipo deberíais desaparecer de la faz de la tierra. No sois más que escoria, no sois más que unos desviados y unos viciosos…
Aquel tipo le miraba con los ojos llenos de odio, inyectados en sangre. Como un lobo hambriento mira a una oveja. No había nada personal entre ellos, solo el odio por el odio, el odio hacia la diferencia.
Sanji empezó a reírse. El mastodonte encima de él le agarró del pelo con rabia.
— ¿De qué te ríes mamón?
— Creo que te mueres por probarlo…. —Sanji le escupió a la cara —Igual te gusta, cabrón…
Jabra rugió y volvió a golpear a Sanji. Los compinches del tío del bigote raro se habían posicionado uno a cada lado del rubio.
—A ver si te gusta esto… —gruñó Jabra. Se levantó de encima de Sanji e hizo una seña a sus dos amigos, que le agarraron por los brazos. Jabra pateó a Sanji en las costillas, y después, le dio otro puñetazo en la cara. La sangre empezó a manar de la ceja del chico y sintió cómo la náusea le subía a la garganta. Las rodillas le flaquearon y los dos idiotas que le sujetaban, le dejaron caer.
A punto de perder el sentido y pensando que el suelo nevado de Drum iba a ser la última cosa que viera en su vida, Sanji escuchó una voz.
— ¿Qué coño estás haciendo Jabra?
Sanji levantó levemente la cabeza para ver cómo un muchacho se aproximaba a ellos con aire amenazador. Si no fuera porque en ese momento se encontraba fatal y en una situación realmente espinosa, hubiera silbado admirado.
El tipo se llamaba Zoro.
Era casi tan alto como él, o quizá un poco más de su metro ochenta, la piel bronceada por la nieve y el pelo extrañamente teñido de verde musgo, le recordó a aquellas algas marinas redondas ¿cómo se llamaban? En ese momento, no lo recordaba. Tres largos pendientes dorados tintineaban en su oreja izquierda y aunque llevaba un bonito abrigo de plumón verde, por cómo flexionaba su poderoso cuello, se adivinaba un cuerpo lleno de trabajados músculos.
El tipo estuvo discutiendo con aquellos energúmenos y les puso en evidencia.
El tal Jabra, era el bestia de la coleta que se le había tirado encima y parecía temer al de la cabeza verde, o respetarle, o las dos cosas a la vez. No pudo evitar reírse ante una de las salidas del tal Zoro, que fue como le llamó el malnacido de Jabra, recibiendo a cambio, otra buena tunda en las costillas.
Nunca había sabido mantener la boca cerrada.
Finalmente, aquellos hijos de puta se habían ido a toda prisa y él había vomitado encima de su abrigo y de las botas de Zoro todo el contenido de su estómago.
Un final perfecto.
Una hora después de haber entrado, Sanji salía de la consulta del Doctor Chopper con una venda en las costillas y una receta de antiinflamatorios bajo el brazo.
El joven médico le había hecho prometer que, en cuanto llegara a Dressrosa, se tomaría las cosas con calma por unos días. Le había hecho un par de radiografías y su previo diagnóstico se había confirmado. Sanji no tenía ninguna costilla rota o fisurada, solo algunas magulladuras que, con un poco de descanso, dejarían de molestar. El joven médico se había despedido de Zoro efusivamente y Sanji pensó que en un pueblo tan pequeño como Bighorn, los amigos debían ser los mismos toda la vida.
El chico pidió a Zoro que le llevara cuanto antes a su coche, aun eran las cincode la tarde, no había oscurecido, y le daba tiempo a salir del pueblo antes de que cortaran la carretera por la noche.
Zoro asintió silencioso ante el educado ruego del rubio y le abrió la puerta de su Suzuki Vitara para que se acomodara en el asiento del copiloto. Una vez dentro del coche, Zoro cerró las puertas con el botón de centralizado.
— ¿Podrás conducir en tu estado? — preguntó Zoro mirándole de reojo — Tienes unas cinco horas y media hasta Arabasta y después tres horas más hasta Dressrosa...
Sanji asintió con la cabeza y se arrebujó en su asiento, cerrándose el abrigo de lana que Zoro le había dejado, como si fuera una abuela.
— Haré noche en algún hotel de Arabasta… — dijo el chico. Zoro le miró fijamente durante unos segundos. Sus ojos eran oscuros, pero brillaban como ascuas. Tanto, que a Sanji le recordó el fulgor de los de algún animal salvaje.
La mirada de Zoro era extraña y punzante. En ese momento, fue consciente de que estaba encerrado dentro de un coche, con un perfecto e impresionante tipo desconocido que le miraba con ojos de depredador. El rubio se puso algo nervioso.
— No estoy tan mal como parece, solo algo magullado. — Sus mejillas se sonrojaron mientras hablaba. Bajó la vista hacia las palmas de sus manos, medio ocultas dentro de las mangas del abrigo de lana que Zoro le había dejado. — Ha sido más el susto que otra cosa…
Y, de pronto, Zoro se abalanzó sobre él, con tanto ímpetu, que el rubio dio un respingo.
— ¿¡Qué coño…!? — con el pelo verde musgo de Zoro en su regazo no fue consciente, hasta al cabo de unos segundos, de que el brazo izquierdo de aquel gorila, rebuscaba en algún punto del lado derecho de su asiento. — ¡Qué haces…!
— El cinturón de seguridad… — dijo Zoro sonriendo divertido al ver el sobresalto en los ojos de Sanji, y arrastrando una cinta de color negro, la engarzó en el cierre de la parte izquierda del asiento donde estaba el actor — No te lo habías puesto.
Sanji murmuró una especie de disculpa. Zoro le había pegado un susto de mil pares de cojones. Con las orejas ardiendo de vergüenza, desvió la vista hacia la ventana a la vez que Zoro arrancaba el motor.
— Tranquilo… — rio Zoro. — No voy a hacerte nada malo… No todos los de Bighorn somos unos animales.
Sanji esbozó una débil sonrisa y le miró de reojo, con los ojos entornados. Iba a hacer algún tipo de comentario mordaz sobre su apariencia de gorila, pero pensó que quizá aquel tío podría sentirse ofendido. Así que finalmente, no dijo nada.
El camino hasta la casa de Zoro, donde Sanji se había visto obligado a dejar el coche transcurrió rápido y apacible. Casi no había tráfico y en las calles únicamente se veían dos o tres personas.
— Hay poca gente… — comentó Sanji por romper el silencio. — Está un poco muerto ¿no?
Zoro respondió sin perder de vista la carretera.
— Hoy se espera tormenta. La gente ha salido antes de trabajar y ya está en casa. — trasteó con una mano la calefacción del coche, hasta regularla a su gusto.
— ¿Tú también habías salido antes? — preguntó de repente Sanji cayendo en la cuenta.
— Sí.
— Oh… — el rubio no supo qué decir. La amabilidad de Zoro adquiría más relevancia. Aquel tipo podía haber pasado de él, meterse en su casa, arrebujarse en el sofá y hacer lo que fuera que le gustara hacer, pero en lugar de ello, había optado por rescatarle y ayudarle. — Gracias.
— Nah… — el chico gorila era parco en palabras. Se detuvo en el último semáforo del pueblo antes de tomar la carretera de Arabasta que llevaba hasta su casa.
—En serio, muchas gracias. — repitió Sanji mirando fijamente a Zoro y sonriendo de forma sincera. Sus ojos azules brillaron alegres y la preciosa sonrisa iluminó el interior de la carraca que conducía el del pelo verde.
Zoro le observó con detenimiento unos segundos antes de esbozar, él mismo, una media sonrisa.
— No hay de qué… — dijo. — Ha sido un placer…
— Ahora te devuelvo este abrigo… — le dijo Sanji amablemente. — Aunque esos mamones han destrozado el mío, traía una cazadora de piel. La tengo en el coche, en la maleta.
— Te lo puedes quedar… — comentó el profesor de Educación Física con aire despreocupado. Se acercaban a su casa y ya se divisaba el morro del coche de Sanji, en el mismo sitio donde lo habían dejado aparcado. — No hace falta que me lo devuelvas si tienes frío… ¡Hostia!
— ¿Qué? — Sanji miró a Zoro, que acababa de parar el Suzuki delante de su casa. El gorila verde miraba con los ojos desorbitados hacia adelante. Sanji se alarmó. — ¿Qué te ocurre?
Zoro le miró con los ojos llenos de pesar.
— Tío… Tu coche…
Sanji volvió la cabeza rápidamente hacia donde estaba su coche. Tardó unos segundos en entenderlo. Y, cuando lo hizo, se llevó una mano a la boca, horrorizado.
— ¡Abre la puerta! — casi se lo ordenó a Zoro, que desbloqueó inmediatamente el cierre centralizado. Totalmente histérico, casi se cayó del Suzuki al bajar.
Se aproximó a su coche. O a lo que quedaba de él.
Su coche.
Su bonito coche nuevo.
Su Audi, modelo TT Coupé, color negro sólido.
Estaba destrozado.
Le habían reventado todos los cristales, abollado y rallado la carrocería con algún objeto punzante. Las cuatro ruedas estaban rajadas y en una de ellas, hasta la llanta aparecía doblada, como si hubieran metido una palanca y hecho presión. Habían levantado el capó con una barra de hierro y el depósito de agua, el de anticongelante estaban tirados en el suelo. Una rama de árbol clavada en el depósito de la gasolina. Alguien había dibujado con spray naranja un enorme pene en la parte izquierda del vehículo y en la otra, insultos homófobos. Alguien había defecado dentro del coche y la tapicería del interior estaba rajada y manchada; la radio, arrancada y el cuadro de mandos y el ordenador de a bordo, reventados con piedras que yacían en el interior.
Sanji empezó a hiperventilar.
Aquel coche le había costado una auténtica fortuna. En realidad, aun lo estaba pagando. Era el único capricho realmente caro que se había dado alguna vez y ahora no era más que un montón de chatarra.
Ya no pudo más. Aquello era demasiado.
Las lágrimas empezaron a brotar, incontrolables, deslizándose por sus mejillas, ardiéndole en la helada piel. En ese momento, el viento empezó a soplar con fuerza y la sensación de frio se hizo más evidente. Zoro, detrás de Sanji, se llevaba las manos a la cabeza mientras miraba horrorizado lo que quedaba del que una vez había sido un precioso coche.
Cómo alguien podía ser tan cruel y tan envidioso hasta el punto de hacer algo así, era algo que al profesor de gimnasia no le cabía en la cabeza. Se acercó al rubio, que lloraba amargamente, de rodillas, sobre el barrizal que las pisadas de los malnacidos que le habían reventado el coche habían dejado.
— Mi ropa también… — el rubio sollozaba e hipaba, mientras los mocos y las lágrimas se mezclaban en su rostro enrojeciendo sus mejillas y su nariz — Han destrozado mi ropa…
Era cierto, habían reventado el maletero del coche, lo habían llenado de piedras y basura, habían sacado la maleta del rubio y ahora, todo su contenido estaba manchado de mierda, destrozado, esparcido sobre la nieve. Camisas de seda, pantalones, pijamas y ropa interior cara, totalmente inservible.
La cazadora de piel que Sanji había mencionado unos minutos antes, agujereada.
Había que ser un auténtico malnacido para hacer algo así.
Zoro sabía perfectamente quien había hecho aquello. El hijo de perra de Jabra y sus compinches. Seguro que no habían actuado solos. Todos los del CP9 debían estar implicados, porque tres personas solas, no podían dejar aquel coche inservible en tan solo una hora, que era lo que habían tardado en la consulta de Chopper.
Sanji lloraba desconsolado y Zoro se arrodilló junto a él.
El joven profesor de gimnasia agarró por el cuello al otro chico y le atrajo hacia sí, en un torpe abrazo, intentando consolarle. El rubio se dejó abrazar, sin dejar de llorar, pero reconfortado por la presencia de aquel tipo amable.
El viento empezó a soplar, aullando con fuerza y de repente, la nieve a caer copiosamente. Dos truenos retumbaron en las montañas de Drum y el cielo se oscureció, adquiriendo un extraño color plomizo.
— Oye… — Zoro acariciaba mecánicamente el pelo rubio del chico que seguía sollozando desesperado contra su abrigo— La tormenta ha empezado ya. Tenemos que ir a casa.
El actor se separó levemente de los brazos de Zoro y le miró. Sus ojos y su rostro eran el vivo retrato de la desolación. Con la voz ronca por las lágrimas y los mocos, el rubio miró al chico del pelo verde, desesperado.
— Yo no puedo ir a casa…
Zoro le observó unos instantes, sin saber a qué se refería.
— Hostia… — el profesor de gimnasia cayó en la cuenta — Van a cerrar la carretera…
— No puedo volver, no con el coche así…. — la desesperación en la voz de Sanji puso nervioso al del pelo verde, que no sabía cómo ayudar. — ¿Puedes llevarme a Arabasta?
— Ni hablar. No con esta tormenta. Me quedaría incomunicado allí. — El chico se disculpó, mortificado. Quería ayudar al rubio, pero no podía hacerlo, a costa de quedarse él atrapado en Arabasta. Además, tal como había empezado a soplar el viento, dudaba poder atravesar las montañas de Drum.
— Entonces, cogeré tu coche… — suplicó Sanji desesperado. — Te lo devolveré en primavera…. Te compraré uno nuevo, te haré una transferencia desde mi cuenta corriente...
Zoro le miró desolado. El viento era ya una bestia que rugía. A duras penas oía la voz de Sanji. Tenían que entrar en casa inmediatamente.
— No vas a conducir con esta tormenta. Nadie lo va a hacer.
El rubio bramó desesperado, pero no dijo nada más. Sabía que el gorila del pelo verde tenía razón. Y, además, tenían que ponerse a cubierto.
Asintió con la cabeza, derrotado. No fue demasiado consciente de Zoro ayudándole a levantarse y a caminar hacia su casa. Sentía las lágrimas congelarse en sus mejillas y la oscuridad plomiza de la tormenta envolviéndole como una manta.
No fue hasta que la puerta de la casa de Zoro se cerró detrás de él que fue consciente de un hecho indiscutible: iba a pasar todo el invierno en aquel pueblo de mierda.
— Venga tío, quítate eso… — la voz de Zoro le sacó de su ensimismamiento. — El abrigo y la ropa. Estás empapado.
Sanji seguía llorando silenciosamente y obedeció de forma mecánica. El gorila verde había encendido la luz y ahora trasteaba en un pequeño armario que había en el recibidor donde él se encontraba plantado. ¿Estaba encendiendo la caldera?
— No tengo ropa… La han destrozado. — comentó Sanji entre lágrimas — No tengo qué ponerme.
Zoro asintió. Con los años y después de lo de Kuina, había desarrollado su sentido práctico para solventar situaciones de crisis.
— Subiré la calefacción. Dúchate con agua caliente. Te dejaré algo de ropa. — comentó Zoro saliendo del recibidor y haciéndole una seña para que el otro le siguiera — Después cenaremos algo. Dormirás en el sofá. No te preocupes, estarás bien.
Sanji no contestó. Se limitó a seguirle y a asentir con la cabeza.
Atravesaron un salón comedor de mobiliario modesto, pero acogedor, subieron los escalones que llevaban al piso de arriba. Zoro preparó la ducha inmediatamente, toallas limpias, muda, calcetines y un chándal de color azul con una camiseta blanca gastada de los Gun N' Roses.
— Tienes gel de ducha ahí. No uso champú para el pelo. En ese armario hay colonia, no sé si te gustará… — le comentó encogiéndose de hombros — Tómate todo el tiempo que necesites. Voy a preparar la cena.
Sanji le miró con los ojos hinchados, hipando quedamente. Ya no tenía fuerzas ni siquiera para agradecer a aquel tipo lo que estaba haciendo.
Zoro le observó unos segundos antes de alargar su mano derecha y secar con el pulgar los restos de lágrimas del rostro del rubio. El gesto fue amable y natural, nada forzado y Sanji agachó la cabeza, entre cohibido y agradecido.
— Venga, tío… Mañana te acompañaré a la comisaría de policía ¿de acuerdo?
Esta vez sí, Sanji asintió y habló con la voz ronca.
— Muchas gracias por todo lo que estás haciendo… Mañana mismo me iré al hotel… — respiró hondo conteniendo un sollozo — No quiero abusar de tu amabilidad.
— No te preocupes… Has pasado por mucho hoy… — Zoro no esperó respuesta y cerró la puerta del lavabo.
El rubio se quedó solo en el pequeño, pero limpísimo, cuarto de baño. Abrió el grifo, reguló la temperatura, se desnudó mecánicamente y se metió en la ducha. Dejó que, durante un par de minutos, el agua casi hirviendo le abrasara la piel. Se enjabonó el cuerpo y el pelo con el champú de marca blanca de Zoro y enseguida salió.
Se secó con una toalla limpia y rasposa por el uso y el pelo con un secador de aire caliente que debía tener por lo menos, veinte millones de años; se vistió con la ropa que Zoro le había dejado. Le quedaba algo grande, porque el tipo era más ancho que él, pero era cómoda, estaba limpia y olía bien.
Una vez seco el pelo, recogió su ropa hecha jirones del suelo del lavabo. Al día siguiente lo metería todo en lo que quedaba de la maleta. Tendría que ir a comprarse algo de ropa y buscar un mecánico, llamar a su agente y a los chicos y al Sr. Doflamingo…
Le empezó a doler la cabeza y los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas. Respiró hondo para contenerse y se dijo que lo mejor que podía hacer en ese momento, era comer algo y descansar. Al menos, había dado con una buena persona, así que dentro de la situación de mierda en la que se hallaba, había tenido suerte.
Bajó las escaleras para encontrarse encima de la mesa del salón con un plato de puré de patatas con algunas salchichas de Frankfurt. Zoro estaba sentado delante de otro plato idéntico al suyo. Lo acompañaba todo un trozo de pan y dos latas de cerveza.
— No es mucho, pero está caliente. — dijo el chico del pelo verde, encogiéndose de hombros, a modo de disculpa — No se me da muy bien cocinar y tampoco esperaba a nadie…
Sanji le sonrió amablemente, se sentó a la mesa y probó un bocado.
—Está bueno… — comentó tristemente.
— Es puré de sobre… — dijo Zoro restándole importancia.
Sanji soltó una risita y comió en silencio, aun con los ojos hinchados por el llanto. El calor del plato reconfortó, en parte, su estómago y su maltrecho estado de ánimo. Zoro había puesto la televisión mientras comían. Un programa vulgar de citas a ciegas. De vez en cuando, le lanzaba miradas de reojo, para asegurarse de que estaba bien, aunque no entabló ninguna conversación.
Sanji se lo agradeció. No tenía ganas de hablar y estaba demasiado incómodo y cohibido como para tener que seguir una conversación absurda, con alguien a quien no conocía de nada.
El rubio estaba agotado y drenado emocionalmente. Aun así, se ofreció a fregar los platos de la cena cuando acabaron de comer y beber, pero Zoro no quiso ni oír hablar de eso. Señaló a Sanji el sofá del salón, donde había improvisado un camastro, con un juego de sábanas y un par de mantas y le instó a acostarse tranquilamente.
Aquel gorila era, de verdad, una persona muy amable.
— Mañana será otro día tío… Descansa. Yo duermo arriba… — le comentó. — Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo. No te cortes.
Sanji agradeció a Zoro su amabilidad por vigésimo quinta vez aquel día y se metió en la improvisada cama, no sin antes apagar la televisión y la luz.
Escuchó a Zoro trastear los cacharros de la cena en la cocina y cuando por fin, el silencio se hizo en la casa, aun se mantuvo despierto un buen rato, tumbado desde donde estaba, observando a través de la ventana del salón cómo la nieve se arremolinaba, danzando en el aire, mientras la tormenta bramaba con fuerza en el exterior.
Fin Capítulo 1.
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