Capítulo 32. El Bosque de los Huesos

Estaba de pie, delante del espejo. Se miraba una y otra vez, un poco extrañada, y también sorprendida. En los últimos cuatro días, había librado una batalla difícil y larga. Puede que la peor de su vida, y eso que hacía poco se había enfrentado a una serpiente acuática gigante que se la tragó de un bocado. Casi deseó volver a coger la neumonía para no tener que aguantar a las costureras y doncellas que habían desfilado por aquel lugar tan opresivo. Era mejor volver a estar enferma que pasar por esta tortura...

Que le hicieran un vestido.

Tetra y Maple la habían ayudado. La granjera había escogido las telas, Tetra el corte que debía llevar. No podía usar muchos colores, por considerarlos prohibidos: azul, que era el de la realeza, tampoco rojo, que se consideraba un color frívolo, ni verde, que era el destinado a los militares. Aquí Zelda dijo que ella era la primer caballero, tenía derecho a llevarlo. Tetra tuvo que hacer algunas preguntas, discretas, a la costurera de Lady Iyian, que les señaló que podía llevar un verde muy oscuro, que era un color de damas, pero algo anticuado. Para que fuera aceptado por el protocolo del castillo, debía usar adornos alegres, para que no pareciera el uniforme de un soldado. A cada paso con el vestido, tenía que hablar, discutir, probarse, quedarse quieta, no replicar. Por ese motivo, pasó muchas más horas de las que quería en la torre, cuando ella quería entrenar. Solo podía en la terraza del cuarto de Tetra.

El corte del vestido… Como Zelda quería llevar la Espada Maestra, Maple le hizo un fajín dorado, para repetir el mismo truco. La falda era amplia por este motivo, con el símbolo del triforce bordado en el bajo. Tenía un escote redondo y recatado, al contrario de lo que estaba de moda, para no enseñar la cicatriz que Zelda tenía en el pecho. Las mangas largas y amplias, para que sus manos callosas no llamaran tanto la atención. Podría ir sin velo, porque era una fiesta, eso sí, los rizos recogidos con muchas horquillas y bajo una redecilla. Tetra insistió entonces en lavarle el pelo con un líquido especial que ella usaba, y, bajo la luz de las velas, brillaba más rojo que nunca. Zelda usó para maquillarse el palito negro con kohl, tradicional de las gerudos, un poco de color en los ojos, y los labios con granate, que Nabooru le había hecho llegar. Lo hizo ella sola, para sorpresa de la pobre doncella que asignaron para ayudarla a vestirla y peinarla. Tuvo que explicarle que había asistido a alguna fiesta con las gerudos y ellas le habían enseñado a maquillarse de esa manera.

No se habría esmerado tanto, si no fuera porque, al menos, había logrado que Link la incluyera en su lista de bailes, gracias a Tetra. Era por lo único que estaba dispuesta a soportar esa tortura, aunque se sorprendió a sí misma admirando su reflejo. Puede que ella nunca fuera a estar cómoda con estas ropas, pero había que reconocer que se veía distinta, mayor. Se preguntó si así sería al crecer, para luego recordarse a sí misma que puede que no llegara a envejecer nunca.

– Estás muy guapa. Cuando estás quietecita y tranquila, hasta pareces una dama – dijo Tetra. La sacó de sus pensamientos y Zelda la observó.

Era difícil superar a Tetra, eso sí. Ella, desde que estaba casada con Reizar, tenía un brillo en la piel que parecía venir desde dentro. No necesitaba nada de maquillaje. Ella sí podía llevar el color azul, y además blanco, que le sentaba bien. Para esa noche, se le permitía estar con su marido, y ella también estaba deseando verle más tiempo. El cabello rubio relucía bajo la luz de las velas. Otra ventaja de estar casada es que no tenía que llevar moños elaborados ni redecillas, en su caso, el cabello caía como una cascada, decorado con una diadema de flores hechas con plata y oro. Al fin y al cabo, era la princesa de Gadia.

Caminó al lado de Tetra, bajando las escaleras hasta reunirse con el resto de las damas en la planta baja. Allí, esperaron a que aparecieran Lady Iyian y sus tres hijas. Las cuatro bajaron lentamente, Lady Iyian de dorado, su hija mayor Graziella igual, pero con unos lazos enormes que la hacían ver el doble de grande. La hija mediana, Ariadna, iba de rosa. Esta fue la única del grupo que comentó a Zelda que estaba muy guapa. Habían coincidido en el jardín con Radge en alguna ocasión en la que pudo escapar, y aquí tuvo que reconocer que Link le había dicho algo que era verdad: Ariadna era divertida, amable y hasta cariñosa.

Melissa, sin embargo, aunque había tratado empezar alguna conversación de forma educada, Zelda la esquivaba. Tenía la sensación de que los gestos de esta chica eran falsos, como para que se confiara. Estrechaba los ojos y los guiñaba, lo que hacía pensar a Zelda que se estaba conteniendo para no decirle nada borde. Era difícil olvidar las conversaciones que había escuchado a la costurera, a las doncellas y a la misma Ariadna. Era obvio que esperaban un anuncio en breve. La prueba la tenía ante los ojos: era la única en toda la sala, además de Tetra, que vestía de un azul concreto, el que solía llevar Link. Si alguien tenía dudas de un futuro compromiso, así vestida daba a entender que ya era firme.

Hablando con la gente durante el banquete, donde se aseguró de tener cubiertos porque se los quitó a la persona que tenía al lado, descubrió que el vestido de Melissa era el tema de conversación preferido. Link aún no había llegado, por eso no habían servido el primer plato. Todos esperaban que, en un momento determinado, el rey llegara y anunciara el compromiso.

– Sería una gran noticia, la mejor de hecho, para soportar los próximos meses de guerra – comentó el mismo señor de piel oscura con el que cenó la primera noche, y que volvía a estar a su lado.

Zelda no dijo nada, solo asintió, sin atreverse a hablar, porque lo que tenía ganas de decir es que esos duros meses de guerra pasarían sí o sí, no importaba con quién se casara el rey. Sin embargo, justo entonces, los músicos tocaron, y todos vieron llegar a Link. Zelda esperaba que llevara su habitual túnica azul con los bordados de los Arikos, y la corona. Esta sí, pero no iba vestido de azul.

Su túnica era verde, con adornos del triforce bordados en oro.

Dio comienzo el banquete, tras un breve discurso de Link. Se sentó al lado de Melissa, y los vio charlar como siempre, pero era inevitable darse cuenta de que la joven parecía algo alterada. Fingía, sonriendo más y más. En el momento de los primeros bailes, Link pidió bailar primero a Tetra, con permiso de Reizar, al que habían permitido sentarse a su lado en la mesa principal, luego a Melissa, con la que bailó una especie de danza grupal, luego a Lady Iyian. El señor que se había sentado con ella le dijo que podía invitarla a bailar.

– Con lo hermosa que está hoy, Lady Esparaván, debería tener una fila de pretendientes – comentó.

– Ya, pero soy plebeya, y extranjera. Supongo que no soy de su agrado.

El hombre se inclinó, dijo que era una lástima, y que perdían la ocasión de conocer a la Heroína de Hyrule. Añadió que su esposa e hijos querían hacerle mil preguntas, y que esperaba que algún día aceptara una invitación a cenar en su casa. Zelda sonrió un poco, admitió que le agradaría, y entonces se hizo el silencio. Link estaba avanzando en su dirección. Alrededor de Zelda se hizo un vacío. Algunos de los presentes hicieron una profunda reverencia, y casi esperaban que ella hiciera lo mismo, pero se había quedado paralizada.

– Es vuestro turno, mi primer caballero – dijo Link, alargando la mano.

Zelda vaciló, confusa. Quería, pero no con tantas personas mirando, no bajo la mirada estupefacta de Lady Iyian y una llena de hielo de Melissa. Link le sujetó la mano con cierta fuerza, como rogando, saludó a los presentes con una sonrisa, y llevó a Zelda al centro de la pista.

– Vamos a enseñarle cómo se hace en la corte de Kakariko – susurró. Zelda sonrió y le dijo, también en voz baja:

– ¿Se ha enfadado mucho tu prometida por no ir a juego?

Link no respondió. Puso la mano en su cintura, hizo un comentario como que se alegraba de saber que la Espada Maestra estaba allí presente, y empezó a bailar. Zelda había recibido instrucciones por parte de Tetra: no debía pegarse a Link, no podía bailar sola, debía dejar que él la llevara. Link también parecía haber dado clases, porque le escuchó murmurar los compases.

– Dentro de cuatro bailes, diré que estoy cansado. Tú tarda al menos cuatro bailes más. Tetra te ayudará, te cubrirá en la torre de las damas. En su dormitorio, ya tienes la ropa preparada – susurró cuando se acercó un poco.

– Esto es un poco ridículo – Zelda hizo bien los compases que se esperaba por su parte, y Link la condujo dando vueltas –. ¿Por qué no dices directamente: tenemos una misión que cumplir? "No me quiero casar con una pazguata. Mi corazón pertenece a esa chica pelirroja que tiene pecas, habla mal y lleva espada".

Todo esto lo dijo susurrando, pero no se le pasó que Link miró a los lados, como buscando a alguien que estuviera cerca.

– Sabes de sobra que yo rara vez visto de verde – respondió.

– No es suficiente – respondió a su vez.

La música terminó. Zelda estaba segura de que esa canción debía de ser más larga, pero nada dijo. Link se apartó, levantó su mano y le besó el dorso, como se supone que termina todos los bailes. Algunos aplaudieron, y Zelda hizo una ligera reverencia, antes de regresar a su lugar en el banquete.

Mientras esperaba a que pasaran los cuatro bailes, observó a la familia Brant. Link sacó a bailar a Graziella, y Ariadna. Con esta última, terminó el baile riendo, y la chica se disculpó por haberle pisado. Los escuchó hablar. Link parecía muy cómodo con ella, pero de la misma forma que era con Maple, con Laruto, con Medli o con Nabooru. Sentada, con su vestido azul real, mirando la pista de baile, estaba Melissa. Su rostro muy blanco, pero con una sonrisa tirante en él. Su madre a su lado le hablaba, el ceño fruncido, los labios apretados.

Quedaban dos canciones para que empezara la retirada de Link. Zelda fue hasta el baño que usaban las damas, y se encontró con algunas criadas, que estaban allí para ayudar a las invitadas a "levantarse las faldas". Como no quería que le vieran la espada, Zelda dijo que ella podía hacer pis solita, y esto hizo reír a todas.

Cuando terminó, al salir, se encontró de frente con Melissa. La chica estaba esperándola, con los brazos cruzados. Ahora que no llevaba el ridículo velo, podía ver que tenía una larga cabellera rizada y castaña, recogida en una serie de trenzas y moños muy elegantes. Zelda saludó, y la esquivó para llegar a las jarras con agua y jabón, y lavarse las manos. Las criadas que se habían reído de su ocurrencia no estaban. De hecho, no había nadie más. Ahora sí las necesitaba: no encontraba nada para secarse las manos.

Llevaba mucho peleando para reconocer una emboscada cuando esta sucedía, aunque viniera de una princesita.

– ¿Necesitas algo, Melissa? – preguntó Zelda, mirando el reflejo de la chica en el espejo.

– Sí, sí que lo necesito – temblaba y vacilaba, y sus ojos no eran capaces de quedarse quieto. De nuevo, pestañeaba mucho –. Eres la primer caballero, tu obligación es hacer lo que sea mejor para el pueblo de Hyrule. Y lo mejor es que te apartes, y dejes que gobierne una persona de este país.

A falta de toallas, Zelda cogió el borde la cortina de unos de los aseos y lo usó para secarse las manos. Se giró hacia Melissa y la miró fijamente, sin decir nada. La chica siguió hablando. Gesticulaba de forma innecesaria, agitando los brazos. Melissa sería una noble con mucha educación, pero era una persona nerviosa, y Zelda aprovechó esa ventaja. Sabía de sobra cómo sacar de quicio a alguien más nervioso e impaciente que ella.

La dejó hablar.

– Yo he sido educada para ser reina: conozco cinco idiomas, sé tocar otros tantos instrumentos musicales. Estoy versada en matemáticas, en poesía, en historia, en ciencia… Sé tejer, bordar, coser. Bailo más que bien. Muchos hombres han querido proponerme en matrimonio desde que cumplí los 16 años… Pero mi madre me decía que el rey iba a ser mayor de edad, al mismo tiempo que yo, y que entonces estaría disponible… Y cuando por fin mi padre consigue que venga, estás tú. Una plebeya, extranjera, que tiene fama de mal humor, que apenas tiene educación y que baila…

– Ah, ¿bailo mal? – dijo Zelda.

Tuvo que reprimir la sonrisa, porque Melissa retrocedió, con los ojos aterrados. Quizá pensaba que Zelda la iba a pegar. Si se hubiera molestado en conocerla, sabría que nunca pegaba a nadie desarmado, aunque le tuviera ganas. Deseó tener una de las semillas, la apestosa o la picademonios, pero eso solo traería más problemas.

– Bueno, no, claro, pero se nota que nunca has asistido a clase… – murmuró.

– Bien, Melissa, he escuchado tu opinión, y te doy las gracias por ser clara y directa. En este lugar, temía que nadie fuera a ser tan franco – Zelda sonrió –. En cuanto a lo que es mejor para Hyrule, creo que las dos estaremos de acuerdo de que es el rey quien debe elegir.

A medida que hablaba, Melissa retrocedía hasta que se dio con la puerta de los baños. Zelda se compadeció de ella. No quería que la acusaran de haber atacado a la hija de Lord Brant, por muy mentecata que fuera.

– Link no es un niño, sabe bien lo que quiere. Será quién decida, yo no puedo hacer nada.

– ¿Le amas? – preguntó Melissa, un poco recuperada al ver que Zelda se había detenido.

– ¿Y tú? – Zelda se cruzó de brazos.

Melissa miró a los lados, luego a Zelda, y después dijo:

– Podría llegar a quererle, es tan amable y tranquilo…

– Sí, lo entiendo. Es guapo, además. Pero eso de que es tranquilo… Tiene a veces mal carácter. Se enfada cuando se siente celoso, y se le olvidan ciertos detalles. Es muy torpe, y si hay en medio alguna ruina, grabado o libro, dejará de prestarte atención e irá corriendo a verlo – Zelda recordó sus enfados, sus gestos enfurruñados como de niño, la cantidad de veces que se metía en líos él solo –. Una vez, teníamos que acabar con una bestia enorme, que salió del Árbol Deku, y el muy inútil no pudo bajar a ayudarme… Se quedó colgando de una rama, como un jamón.

– Un ¿qué? – y Melissa dejó de mirarla aterrada. De repente, se echó a reír –. ¿Los jamones se cuelgan? Pero si eso se asa, ¿no?

Zelda regresó con Melissa hacia la sala de baile, y le explicó que, en Lynn y en muchas partes de Hyrule, sacrificaban a un cerdo una vez al año, y con él hacían salchichas, salchichones, chorizos, longanizas, se cocían los huesos en sopas, se comían la jeta, y las patas se metían en sal y se colgaban a secar. Melissa, antes de regresar a la mesa con los demás invitados, hizo un comentario sobre que no sabía nada de Labrynnia, solo que estaba muy lejos, en una península.

– Pues pregunta. Cuando quieras, yo estoy más que dispuesta a dar a conocer mi tierra. Que tu madre deje de meterte ideas raras en la cabeza: no soy una bruja ni un demonio que te quiere arrebatar nada. Él no nos pertenece – Zelda observó que Lady Iyian las miraba nerviosa –. Creo que es mejor que vuelva a mi zona de plebeyos, pero solo una cosa, Melissa: yo no lucho por Hyrule, lucho por las personas que viven en nuestro reino. Por eso soy primer caballero.

Y la dejó con la palabra en la boca. Inconscientemente, tenía la mano puesta en la parte del fajín donde notaba la empuñadura de la espada. Hubo alguien que quiso invitarla a bailar, pero Zelda empezó a cojear, fingiendo que se había lesionado bailando con Link. El rey ya se había ido, así que contó cuatro canciones más.

Vio a Tetra hacerle una señal, y se acercó. Le dijo, porque había mucha gente alrededor, que le dolía mucho el pie, y la princesa respondió que podía descansar en su habitación, que tenía un buen ungüento, y la ayudó a caminar. Llegaron a la torre, y Zelda tuvo que fingir aún más para subir las escaleras, porque las criadas no las dejaban tranquilas. Al llegar por fin a la habitación de Tetra, esta dijo que tenía su propia doncella, y que ella se ocuparía de las dos. Cerró las puertas tras ellas, y Zelda dejó la actuación.

– Ven, aquí tienes – y le enseñó que detrás de un biombo, estaban las prendas que le dejó Maple, además de la capa de lana gris de Leclas, la cota de mallas y las hombreras.

Se vistió tan veloz que la doncella gadiana de Tetra no había terminado de desatarle los cordones del corsé a esta cuando Zelda salió de detrás del biombo. Tetra le preguntó cómo se había quitado los botones ella sola, y la respuesta fue que los había roto todos, mientras arrojaba el montón de horquillas que se había quitado del pelo sobre el tocador.

– Me sales cara – dijo Tetra, y se echó a reír.

Zelda sonrió, le dio las gracias y fue hasta la terraza. Allí, encogido y comiendo un pescado de un cubo, estaba Saeta. Le pidió silencio, al mismo tiempo que le acariciaba la cabeza. Subió a su lomo. La torre estaba alta, era difícil que desde las almenas las vieran, pero por si acaso, esperó a no ver ninguna luz de los guardias haciendo ronda, para pedir a Saeta que se impulsara al cielo todo lo alto y veloz que pudiera. Saeta sacudió las plumas, y Zelda supo que iba a cumplir.

Dejaron atrás la torre de las damas con su represivo ambiente, la fiesta aburrida, el castillo con sus estúpidas normas. Saeta solo paró cuando atravesaron un montón de nubes, y Zelda estiró los brazos, feliz. No le importaba que el aire fuera frío y la hiciera temblar. Por primera vez en días, se sentía libre. La luna era llena, las nubes parecían hechas de hilos de plata. Durante unos breves segundos, Zelda no pensó en lo que tenía que hacer, en sus obligaciones. Lo único que la hizo regresar fue el recuerdo del beso de Link en su nuca, y la voz de Reizar diciendo que había comprometido a su rey. Le pidió a Saeta bajar, y descendieron despacio.

Sabía que la torre donde vivía Link estaba al otro lado, justo, de la torre de las damas. También tenía un amplio balcón. Zelda aterrizó en la oscuridad, susurró un "¿Hay alguien?" y vio una silueta oscura que caminó agachada hasta llegar a Saeta. Este hizo un gesto como para rehuirlo, pero Zelda tiró de las riendas y le susurró que le daría cien pescados si se portaba bien.

Link montó, se abrazó a Zelda con todas sus fuerzas, temblando. Dejaron la torre atrás, y entonces Zelda le preguntó a Link, aprovechando que estaban solos en el aire:

– ¿Sabes dónde está el bosque de los Huesos?

– Sí, claro. Tienes que seguir las murallas de la ciudad, al este. Es un bosque que está en esa esquina – Link hundió el rostro en la espalda de Zelda, sobre el Escudo Espejo.

– ¿Te dan miedo las alturas? – preguntó Zelda.

– Un poco… Cuando volamos sobre Ráfaga, lo pasé mal…

– Pero ya has volado, sobre Kaepora Gaebora, en más de una ocasión… ¿No? – Zelda trató de recordar. Ella sí, muchas veces, pero Link solo cuando les rescataron del mar cuando volvieron del Mundo Oscuro, y estaba inconsciente –. Algo que aprendo nuevo de ti. Tú tranquilo. Saeta sabe lo que hace, no nos dejará caer. Agárrate bien.

Un rato después, Zelda vio un bosque de árboles muy blancos. Link le señaló el lugar, y Saeta aterrizó en un claro. Antes de descender, los brazos de Link la apretaron la cintura, y ella le dio unos golpecitos para tranquilizarle. Si se olvidaba de todo lo que habían pasado para llegar hasta allí, podía imaginar que estaban en alguna loca aventura. Sonrió, y se preguntó si él estaría pensando lo mismo.

Sí que merecía el nombre de Bosque de los Huesos. La madera de estos árboles era muy blanca, tanto que, bajo la luz de la luna llena, cuando asomaba entre las nubes, brillaban como alabastro. No tenían hojas, y era uno de los pocos lugares de la ciudad donde había aun un poco de nieve, ya derritiéndose. La noche, cuando la luna desaparecía, era oscura y fría. Zelda y Link bajaron de Saeta y miraron alrededor. Zelda tocó la empuñadura de la Espada Maestra, pero estaba silenciosa.

– No me dijo una hora en concreto – dijo en susurros.

– Podemos hablar normal, no hay nadie en muchos kilómetros – Link se abrochó bien la capa. Llevaba ropas sencillas, iguales a las que llevaría un joven de Rauru en una noche fría. Lo único diferente era el arco blanco que tenía enganchado en la espalda, además del carcaj lleno de flechas. Entre ellas, estaba la flauta de la familia real. Zelda sonrió.

– En los cuentos, las criaturas malvadas se aparecen a medianoche. Queda aún un rato – aventuró Link. Zelda se llevó las manos a las caderas, le miró con descaro y respondió:

– Podríamos habernos tomado nuestro tiempo, entonces. ¿O es que querías huir de tu prometida? La muy tonta ha intentado hacerme una escena en el baño.

Link escuchó el relato, y en más de una ocasión susurró "pobre Melissa". Zelda dio una patada a una piedra y le dijo:

– ¿Cómo que pobre?

– Su madre la ha presionado toda su vida para que sea mi pretendiente, no le han dejado opción. Puedo entenderla.

– Pues hazla feliz, y pídele matrimonio – Zelda cogió otra piedra, la sopesó y la lanzó con toda la fuerza de su brazo. Al menos, esos cuatro días había podido ejercitar un poco, en el balcón de Tetra.

Link se acercó. Le sintió a su lado, y la chica le evitó, cogiendo otra piedra. Como Zelda no quiso mirarle, él se colocó enfrente, a pesar de que casi se lleva un golpe. Zelda se detuvo, le llamó tonto, y le esquivó.

– Ya sé que he estado frío contigo, y sabes los motivos, pero parece que no me crees…

– Te lo dije: eres el rey. ¿Por qué tienes que bajar la cabeza? Compórtate como un tirano, haz que te obedezcan. Es lo que yo haría.

La chica puso una de sus caras más maliciosas, antes de lanzar la piedra con tanta fuerza que rebotó contra un tronco y resonó en todo el bosque. Link suspiró y se apartó un poco, antes de empezar a hablar:

– Si fuera un rey como mi abuelo, o como mi padre, no habría problema. Podría hacerme oír, me harían caso. Pero yo soy distinto. Mi madre debilitó mucho la corona por culpa de Frod Nonag, y los años que he sido rey no me hice valer. Tú sabes que los nobles me ignoraron en ese período. Dependo de su fuerza para recuperar el reino. Es una desgracia que tendremos que superar, pero solo podré si estás a mi lado – Link se acercó un poco y dijo, con una voz infantil –. Te lo pido, como amigo.

Zelda le miró por fin, y se dio un golpe en la frente, que hizo reír a Link. Hacía mucho, cuando los dos se acababan de conocer, Link le pidió que le acompañara al Templo del Tiempo con esas palabras.

Sí que recordaba sus viajes juntos.

– Aprovechemos ahora. Tienes mucho que contarme, y así evitarás que me congele – le pidió Link. Zelda le preguntó si Leclas, Laruto, o Reizar le habían contado cosas, pero Link dijo que prefería escuchar su versión. Así, Zelda le resumió la aventura en el bosque de Umbra (Link movió la cabeza, muy triste al escuchar la pelea entre el Sabio del Bosque y Zelda), también el Templo del Agua ("No es mi sitio de la suerte, Link. Dos veces allí, dos veces que me muero"), y, por último, su encuentro con Kandra. Link escuchó, atento, las conversaciones que recordaba haber tenido con la chica.

– Es interesante, y muy extraño todo… – dijo el rey, con la mano en la barbilla –. Quizá… Debo investigar un poco, hay cosas muy raras sobre Kandra.

– Ya, le dije a Reizar que yo creo que viene del futuro, pero es una locura. ¿Se puede viajar en el tiempo? El Héroe del Tiempo lo hizo… ¿Tiene que ver con Kandra?

Link la miró, con una expresión rara, pero no dijo nada. Pensó un rato y dijo:

– Suceden muchas cosas a tu alrededor, Zelda. Me pregunto cómo es que Killian te avisó, y también por qué, desde entonces, no has tenido ninguna prueba del espíritu. Lady Faren te dijo que aún te quedaban pruebas para pasar – Link la miró, y entonces le preguntó –. Hay algo más, ¿verdad? Después de estar con Kandra y del ataque de los gorloks, ¿qué pasó con Reizar?

Zelda se puso algo roja, pero no le contó ni que habían discutido ni que habían dormido abrazados. Prefirió contarle cómo viajaron de Onaona al lago en forma de corazón, el encuentro con los centaleones, y después la sorpresa de encontrarse con su padre, junto a Vestes y Nuvem.

– No sé si te lo ha dicho, pero mi padre se ha echado novia – Zelda se retiró unos mechones que le caían sobre los ojos.

– Me imaginaba que tenía que darte una noticia, no estaba seguro. Es bueno, ¿no? ¿Sabes quién es la afortunada?

Zelda había dejado de tirar piedras, y ahora, sentada en un tronco caído, se entretenía dibujando con una ramita en la nieve. Hacía dibujos como estrellas, cuadrados y triángulos. Tardó en responder. Había deseado tener esta conversación, pero ahora que estaba justo con Link, no sabía qué decir sin parecer tonta u odiosa.

– Maripola. La hija de mi maestra del colegio, Mariposa – Zelda terminó de hacer un triángulo –. Es una loca por los bichos. Iba a la escuela conmigo, y siempre tenía caracoles, arañas y grillos en su pupitre. Me la encontraba en el bosque, cuando iba a entrenar, rebuscando bajo las piedras. Le picaron tanto las abejas y los escorpiones que creo que se hizo inmune a ellos – Zelda se incorporó.

– ¿Fue al colegio contigo? – preguntó Link.

– Sí, pero porque en Lynn somos tan pocos niños que la escuela solo tiene una habitación, y estudiamos todos juntos, mayores y pequeños. Maripola es como unos cinco años mayor que yo… – Zelda se quedó callada –. Podría ser su propia hija, el muy sinvergüenza…

Link no se rio. Se acercó a ella, se sentó a su lado, y le rozó con el hombro.

– Es joven, entonces, unos 23… Tu padre también es joven aún, no llega a los 50. Podría volver a ser padre, ¿es eso lo que te preocupa? – y esperó a que Zelda dijera algo, pero esta movió negativamente la cabeza –. Claro que no. Siempre has querido tener hermanos. No, es más complicado.

– Me da rabia – susurró Zelda –. Si tienen otro niño o niña, ¿les obligará a levantarse con cinco años a las tres de la mañana? ¿Les hará correr, pelear sobre una barra llena de algas, escalar el muro de Ciudad Simetría? ¿Les dejará solos en mitad del bosque, una noche de tormenta? Tenía nueve años. Pasé mucho miedo.

– Puede que no, claro – dijo Link, tras unos segundos de silencio. Zelda se apartó de él, y le dedicó una mirada furiosa –. Las circunstancias son distintas. Ya no hay un Caballero Demonio que pueda atacar de nuevo, tú te aseguraste de ello – Link vaciló. Tomó aire, y habló con su voz calmada –. No puedo ayudarte, solo decirte que deberías hablar con Radge y hacerle esas mismas preguntas. Tú, que siempre eres tan directa, eres capaz de dejarle claro lo que piensas, y tu padre, de todas las personas del mundo, te comprenderá mejor que nadie.

– ¿Y tú, no me entiendes?

– Sí, pero no soy tu padre, soy tu novio.

– Ah, ¿lo eres?

Link no respondió. La atrajo hacia él, usando sus brazos para rodearle los hombros. Le tocó el rostro, para que Zelda le mirara y le susurró:

– Seguro que serás una hermana estupenda, que les enseñará a luchar y a decir tacos al mismo tiempo.

Zelda le miró, y vio en sus ojos azules la esperanza, el cariño y la tranquilidad que solo él podía proporcionarle. Tiempo atrás, cuando en el Mundo Oscuro acabó con el Caballero Demonio, ni ella entendía por qué estaba tan triste, cuando en realidad había cumplido el sueño de vengarse del asesino de su madre. Link encontró las palabras justas, supo escucharla, animarla… Y esta vez fue igual. Por eso, por ese recuerdo, Zelda se relajó un poco, y apoyó la cabeza llena de rizos en el hombro de Link. Este le dio un beso delicado en los labios, y Zelda correspondió. Se miraron unos instantes, y después volvieron a besarse.

Qué lejano estaba ese día, en mitad de la ventisca, la última vez que habían dormido juntos. Link la sujetó con fuerza contra él, la rodeó con los brazos y, sin dejar de besarla, acarició su espalda. Zelda podía sentir sus manos, a pesar de la cota de mallas. Ella correspondió, entrecerró los ojos, y estiró el cuello hacia atrás, solo para sentir sus besos recorriendo barbilla y garganta. Le escuchó decir que echaba de menos las pecas de los hombros. Zelda respondió clavándole los ojos verdes, con una expresión tan llena de fuego que Link retrocedió un poco. Ahora le tocó a él, dejarse llevar. La chica le rodeó el cuello con sus brazos, se sentó a horcajadas sobre él, y le retiró la cabeza hacia atrás, para que la mirara directamente. Zelda le besó, y esta vez, le mordió en el labio, hasta que Link dio un grito de dolor.

– Esto es por ignorarme, alteza. Y esto – y le dio otro mordisco, no con tanta fuerza, en el cuello –. Por hacer tanto caso a una pazguata. No vuelvas a ponerme celosa, no sabes de lo que soy capaz.

– Claro que lo sé – Link le sujetó las muñecas –. ¿Y yo? ¿Sabes de lo que puedo ser capaz, por ti?

– No me das miedo – susurró Zelda, tras liberarse.

Justo entonces, escucharon una campana. Un único tañido, a lo lejos. Link se detuvo, pero Zelda siguió besándole. No le soltaba, apretaba más fuerte. Una parte de él quería mandar a paseo todo, seguir así, aunque se estuviera congelando el trasero y la espalda. Pero el tañido sonó demasiado extraño. La apartó un poco y le hizo una señal de silencio. Zelda tenía las pupilas tan dilatadas que casi no se veía el iris verde. Pero ella también lo notó. Tocó la Espada Maestra, hizo un gesto de asentimiento y se retiró. Link logró ponerse en pie, aunque le temblaban las rodillas.

– Ya no es medianoche, sino la una – dijo, mientras se sacudía la nieve y la tierra –. Eso que ha sonado era el campanario del monasterio de Rauru.

Zelda no respondió. Caminó un poco, con la mano en la empuñadura y el Escudo Espejo ya sujeto en el otro brazo. No se apartó de Link, le observó por el rabillo del ojo. Este también observaba alrededor, pero no había sacado el arco.

– ¿Puedes verlo, Zelda? Hay como una neblina a nuestro alrededor.

Zelda dijo que parecía rocío de la mañana, que no le veía nada especial, pero Link se acercó a ella. Susurró entonces:

– Ya no estamos solos…

De detrás de unos de los blancos árboles, surgió una silueta muy delgada, tanto que había podido ocultarse sin que la vieran. Tenía los brazos y piernas muy largos, y se cubría con una túnica raída de color negro. Zelda sacó la Espada Maestra, y el filo relució azulado. La criatura dio un paso vacilante y no avanzó. En otro lugar del claro, apareció una araña. No era tan grande como las que habían visto en el Templo del Bosque ni en el árbol de los Minish, pero sí tenía un gran tamaño, como el de una vaca. Otra criatura que surgió del suelo recordaba a Gohma, pero una versión que no daba tanto miedo. Por fin, casi flotando entre los árboles, apareció Sombra. Llevaba un casco hecho de piedra, con dos cuernos que a Zelda le hizo recordar las armaduras vivientes de la Torre de los Dioses. Su rostro sin ojos ni bocas se concentró en los dos.

– Buenas noches, elegidos de la Trifuerza. Has cumplido con el pacto, gracias, Zelda Esparaván, Heroína de Hyrule.

– Sí, he sido fiel a mi palabra, pero no os prometo que no acabe con todos vosotros aquí y ahora. Como le toquéis un pelo… – Zelda apretó los dientes.

Sombra alargó las manos, para mostrar que estaba desarmada. Link sacó por fin la flauta de la familia real, y entonces dijo:

– Mis saludos. Hace mucho que nos vimos por última vez, ¿me equivoco? Eres la criatura que vivía en el Templo de la Sombra, la que me metió en aquella jaula.

– Entonces, tenía un aspecto más impresionante – Sombra se deslizó para quedarse frente al resto de criaturas, y más cerca de los otros dos –. Hoy no estamos aquí como enemigos. Lo que hablé con Zelda en el Templo del Agua y en la tierra de los Zonan es cierto: queremos hacer un pacto. Nosotros también estamos siendo atacados por ese ser llamado Zant y que tiene vuestra apariencia, alteza. Para poder ser libres, necesitamos acabar con esa amenaza. Por eso, queremos firmar un pacto de ayuda.

– Os escucho – Link dio un paso al frente, y le hizo un gesto de tranquilidad a Zelda. Ella ya tenía la espada casi en el alto, y no le gustaba estar detrás. El rostro y actitud de Link volvía a ser el del frío rey que escuchaba a los nobles en la sala de comunes de Rauru –. Por favor, decid vuestras condiciones.

– Participaremos en la lucha en la llanura de Hyrule, con todos nuestros hijos e hijas. Ya no seremos tan grandes y poderosos, pero podemos ser una gran fuerza para acabar con criaturas como los centaleones, los dragones y los aurons.

– ¿Aurons? – preguntó Link.

– Vuestro enemigo tiene una magia muy poderosa, capaz de atravesar barreras que nunca se ha visto. Puede traer a estas criaturas de lugares lejanos e imposibles. Los aurons son sapos gigantes, con púas venenosas. Los ha dispuesto en la llanura, rodeando el Monasterio de la Luz – la voz de Sombra, al pronunciar este lugar, vaciló. Link dio otro paso más al frente, y Zelda se puso a su espalda, observando a los demás que no intervenían.

– ¿El Monasterio de la Luz?

– Ahí es donde vuestro enemigo lleva a cabo sus acciones, cuando no está en el arca de Gorontia. Al menos, conseguimos evitar que se hiciera con la del Templo del Agua, pero el arca más poderosa, la más antigua, la que oculta un gran secreto es el Monasterio de la Luz. Podéis imaginar lo que puede suceder si se hace con las cámaras secretas y eleva el arca, ¿verdad?

Zelda frunció el ceño. Sí, el monasterio de donde era el abad Saharasala era un lugar místico. Ocultaba el Templo del Tiempo, y allí estaba el pedestal de dónde sacó la Espada. Link pestañeó otra vez, y le vio ponerse pálido.

– Pero no puede… ¿Por qué no lo ha hecho aún?

– Necesita aún más poder, uno inmenso, y de momento no lo tiene. Es nuestra ventaja. Hay que detenerle, como sea. Si logra levantar el sello, incluso con su actual guardián, no habrá forma de impedir que el Mundo Oscuro se adueñe del de la Luz. Estaréis de acuerdo, alteza, de que debemos parar esto. ¿Hacemos el trato?

Sombra alargó su mano diminuta hacia Link. Este miró el rostro de la criatura antes de decir, con su voz más fría y calmada:

– ¿Qué esperáis obtener a cambio? Nosotros ganamos con la victoria, pero y vosotras, criaturas, ¿qué esperáis tener después, cuando todo acabe?

"Así se habla, Link", pensó Zelda, haciendo girar la espada en su mano.

– A cambio de prestaros esta gran ayuda, os pedimos que las criaturas aquí presentes, junto con sus hijos, podamos ocupar lugares de Hyrule. Son muchos, muy abandonados. Queremos establecernos, tener un sitio donde alimentarnos y no ser perseguidos.

– Alimentaros… ¿de qué?

Sombra miró a las criaturas del claro, antes de responder. Lo hizo con un gesto, señalando directamente a Link. A este no le tembló la voz cuando dijo:

– Entonces no puedo pactar con vosotros. La vida de los ciudadanos de mi reino es mucho más importante que ganar esta guerra. Si os ayudamos, corren peligro.

– Si no os ayudamos, también lo corren.

La figura de la niña se movió, y su casco atrajo la luz de la luna. Descendió un poco, y las otras criaturas retrocedieron un paso. Para sorpresa de Zelda, todas estaban con las cabezas bajas, casi rozando el suelo, como si quisieran hacer una reverencia. Sombra habló, con cierta sorna en la voz:

– Si prometemos solemnemente que las criaturas presentes no tocaran nunca a un hylian o humano, que nos alimentaremos de animales y otras malvadas criaturas como orcos y goblins, ¿podremos firmar el pacto? Para animaros a dar una respuesta positiva, os puedo dar más información. Antes, cuando hablabais de vuestras tonterías, la Heroína de Hyrule ha dicho que Kandra Valkerion y Zant vienen del futuro.

– ¿Conoces a Kandra? – preguntó Zelda.

– Un poco, sí. Fue ella quién me sugirió que debíamos hacer un pacto con vosotros – Sombra se deslizó a un lado, como si estuviera bailando. Debía de estar impacientándose, como Zelda –. Estás equivocada, Heroína de Hyrule. Kandra y Zant no han viajado por el tiempo, vienen de un mundo distinto.

– ¿Otro mundo? ¿Cómo el Mundo Oscuro? – preguntó Link.

– Seguro que su alteza, de quien se dice que es muy culto y conoce tantas historias, sabe que tiempo atrás ocurrió algo que debilitó las líneas del tiempo y el espacio. Ese cataclismo trajo variedades infinitas de mundos, donde las leyes y habitantes son distintos, y a la vez, parecidos a este. Kandra y Zant vienen de uno de esos mundos.

– Había escuchado que existía esa posibilidad, pero… – Link se detuvo –. No sabía que se podía ir a otros mundos, pensé que esos portales estaban cerrados.

– Olonk me dijo algo de un "portale", que los suyos lo "travesaron" – susurró Zelda. Link asintió.

Sombra se deslizó otro poco. Cuando dijo lo siguiente, lo hizo con una voz grave, un poco amenazante.

– Entonces, ¿tenemos un pacto, rey de Hyrule?

Link miró a Zelda, esta se encogió de hombros. No sabía qué decirle. Link asintió, dio un paso al frente para quedar cerca de Sombra y dijo:

– Esta noche, en el Bosque de los Huesos de Rauru, yo, Link V Barnerak, rey de Hyrule acepta estas condiciones con el ser llamado Sombra, en representación de las criaturas oscuras: Lucharemos juntos para derrotar a Zant, que se hace pasar por el rey de Hyrule. Una vez derrotado, las criaturas ocuparán los lugares más abandonados y alejados de ciudades y villas, donde podrán vivir. No serán atacados, siempre y cuando cumplan con su parte del pacto: no atacar a ningún ser humano, zora, goron, gerudos, orni, moguma, minish, yeti, y por supuesto, hylianos. Es testigo de este pacto Lady Zelda Esparaván, primer caballero y Heroína de Hyrule.

– Nosotros, seres de la oscuridad, aceptamos este trato y cumpliremos nuestra parte – Sombra estiró por fin la mano y Link la estrechó. Al instante, en el claro sucedieron varias cosas. Zelda, de un salto, se colocó al lado de Link, sonó a lo lejos una campana, y la neblina se deshizo. Sombra susurró que se verían pronto, y tanto ella como los demás se deshicieron en el aire.

La noche volvía ser oscura, silenciosa y opresora. Zelda vio que la hoja de la Espada Maestra dejaba de brillar. Se negaba a abandonar la postura, siguió un poco agachada, con el escudo protegiendo más a Link que a ella.

– Parece que ha acabado todo – dijo este, mientras se miraba la mano –. Tengo frío.

– Si, voy a llamar a Saeta, y te dejo en la torre… – Zelda escuchó algo que se quebraba a lo lejos. Se giró hacia Link, le dio tiempo a gritar "agáchate", que Link obedeció ciegamente.

De muchos lugares del bosque, salían flechas, todas dirigidas hacia ellos. Zelda las desvió con el escudo, pero eran demasiadas. Retrocedieron hasta el tronco, y allí Link se llevó la flauta a los labios. Tocó una balada, que Zelda no conocía, y de inmediato les rodeó una cúpula de cristal. Las flechas rebotaban contra ella, sin llegar a atravesarlas.

– Me lo enseñó Medli. Estos meses he estado practicando, y ya puedo hacer… Algunas cosas – dijo Link, con poco aliento.

– Quédate aquí dentro, yo voy a acabar con estos… ¿Dónde están los sabios? ¿No dijo Saharasala que estarían cerca del bosque? – Zelda esperó la señal de Link, que le indicó cuando la cúpula iba a desaparecer. De inmediato, tocó y él se quedó dentro, tocando sin parar.

Había hombres encapuchados y embozados alrededor del claro. Después de ver volar a Sombra, parecían un chiste. Zelda empezó atacando lugares dolorosos y delicados, como rodillas y codos. Derribó primero a los que tenían un arco o ballesta, y después se concentró en los que tenían espadas y puñales. Uno de estos desgraciados quiso romper la cúpula. El objetivo era hacerle daño a Link, sin duda. Zelda se movió de la misma forma que cuando luchó con los centaleones. La Espada Maestra no brillaba, porque eran humanos, pero sentía el poder de la misma recorriendo su brazo. Se movía con tanta velocidad que sus enemigos y Link apenas lograban distinguirla. Cuando terminó con todos, hizo una señal al rey al mismo tiempo que silbó. Saeta apareció, trotando.

Iban a subirse, cuando escucharon otro silbido, y algo que sonó como un cañón. Una bala de con fuego se precipitó sobre ellos. Zelda empujó a Saeta, y se colocó frente a Link. Colocó el Escudo Espejo, de la misma forma que usó con los guardianes, y lanzó el rayo de fuego de regreso al lugar de donde vino. Detrás de ella, escuchó un grito ahogado, y le dio tiempo a ver a Link llevarse la mano al cuello. De ahí, brotó un chorro de sangre, que le manchó a ella y al suelo.

Zelda gritó, pidiendo ayuda, llamó a Medli, a Laruto y a Saharasala. Sostuvo a Link y apretó el cuello. La sangre manaba, entre sus dedos. Lo que le había golpeado había dado justo en la yugular: un puñal afilado y fino, que estaba a sus pies. El rey llevaba su cota de mallas, pero quien había disparado lo había hecho con tanta puntería que había acertado a un punto vital descubierto. Un rato antes, Zelda había mordido justo esa zona, y le había dejado a propósito un moretón, pero ahora había desaparecido bajo la sangre.

Miró los ojos de Link. No podía estar pasando, no podía ser que él… Ya no la miraba, los ojos estaban vidriosos, entrecerrados. Su cuerpo era rígido, frío como la nieve que la rodeaba. Zelda miró otra vez, dio un grito pidiendo ayuda, y los únicos que acudieron fueron guardias, muchos de ellos. La apuntaron con las picas, y gritaron a la vez que dejara las armas. Zelda apretó el cuerpo de Link contra el suyo, buscando su aliento, su calor, y solo abrazó un cuerpo rígido. Luego, se disolvió como la nieve, dejando tras de sí un charco de sangre.

Zelda se levantó, se miró las manos, sus ropas, llenas de sangre. Seguía sosteniendo la Espada Maestra, pero la soltó.

Ya nada tenía sentido.

Nada.