No más amaneceres ni costumbres,
no más luz, no más oficios, no más instantes.
Solo tierra, tierra en los ojos,
entre la boca y los oídos;
tierra sobre los pechos aplastados;
tierra entre el vientre seco;
tierra apretada a la espalda;
a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;
tierra entre las manos ahí dejadas.

Tierra y olvido (María Mercedes Carranza)

#LaPrimogenita

Cersei pasa horas, días, meses, contemplando a su hija crecer. Es como la mala hierba, dice Robert; tiene toda tu energía, comenta Jaime. Cersei no pudo evitar pensar en Tyrion, su hermano, al observarla abrir los ojos por primera vez, pero objetó en favor de su hija, a quien aquel rasgo la hace más encantadora: mientras el ojo derecho es azul Baratheon, el izquierdo es de un verde pálido, tanto como el de Tywin Lannister.

En cuanto la tuvo en brazos, quiso ponerle Aelora, pero la semejanza con los nombres Targaryen la ahuyentó de tal idea. Robert había pensado en llamarla como su madre, Cassana, pero Jon Arryn mencionó que no era bueno cargar a los hijos con nombres de parientes trágicos; Cersei se abstuvo entonces de proponer el nombre de Joanna.

―Un día, hay que casarla con el hijo de Ned. ―sugiere el rey, sentado en el borde de la enorme cama, mirando a la niña dormir.

Robert no estuvo en el parto, pero llegó con una pieza de caza que Cersei disfrutó en estofado durante una semana. Hizo declarar una fiesta en toda la ciudad por la niña sin nombre, pero con una inconfundible mata de cabellos negros en su cabeza; había besado la cara llorosa de Cersei y le había agradecido por su aquel esfuerzo.

―Solo tiene unos meses, Robert.

―Le debo todo a ese hombre… todo Cersei. ―No la mira, no han hablado sobre Beony, él no preguntó cuando se fue. Pero mira con tanto amor hacia Lythene―. Sin él y sin Jon no sería nada. Aún tengo una deuda, le daré una esposa a su hijo para que gobierne el Norte y, si los dioses son misericordiosos, parirás un príncipe y Catelyn Tully parirá una niña y tendremos a los próximos reyes.

Es extraño ser madre, quiere proteger a esta niña de la devastación y el miedo. Sobre todo cuando las palabras de Maggy la Rana resuenan en su mente durante los primeros años de vida. ¿Por qué sigue con vida si el rey debería tener sus hijos y ella otros?

Pero, mientras su hija más crece, el rey más se aparta. Cersei tiene tres hijos más, esta vez de cabelleras rubias y espesas, todos con los ojos verdes; ninguno se parece a Robert y ninguno se concibió en su cama. Las visitas de la reina al Occidente siempre son provechosas: Ella siempre vuelve embarazada y el rey con una nueva amante; es extraño como él siempre parecía más deseoso de ella cuantas más amantes tuviese, como si ese sexo desenfrenado le recordase que debía tener principes. Está segura que hay tantos bastardos del rey cómo es posible. Lo que más le irrita es que todos se le parecen, sobre todo la bastarda del Valle, que visita la corte para el cumpleaños número siete de su hija; y el de la tonta Florent, Edric, al que Renly le gusta pasear por todos los castillos contando anécdotas de su parecido con el rey.

Pero Lythene tiene sus ventajas. El rey la ama y ella sabe como hacer que él le preste atención. Aprende a montar a caballo, es llevada a cazar, sabe usar la espada y el hacha —la maza no, esa es demasiado pesada para cualquiera—; Cersei no la detiene, porque le recuerda sus días sustituyendo a Jaime, su habilidad con la espada. Además, crece sabiendo que se casará un día con el heredero de Eddard Stark.

—Tengo un novio —dice a los nueve años en una cena real, recibiendo a algunos dignatarios extranjeros—. Se llama Rob, vive en el Norte. Estoy reservando mi primer baile para él.

Robert estalló en una carcajada ante eso y pidió un brindis por el recio fervor de su hija hacia su prometido. Cersei está segura que el salvaje hijo de Eddard no estará teniendo las mismas consideraciones hacia su ella, pero se consuela con la idea de que ella podrá defenderse llegado el momento. Joffrey, por el contrario, crece mirando a su hermana con veneración, esperando ser en algo como ella, aunque fracase en la mayoría: Robert lo ha compensado con palabras vacuas: —No todos los reyes tienen que ser guerreros. Ya hice la guerra una vez, ya no hay dragones, puedes reinar en paz, o que otros hagan la guerra por ti.

Tienen sexo real a veces, sexo desenfrenado y mortífero en el que ella le hace tanto daño como puede y él en cambio le planta una o dos bofetadas mientras la monta como la yegua de cría que pretende ser. Se odian con pasión; aunque ambos fingen bien su ternura para Lythene, que se escurre a todas mirando la vida con una mezcla de altanería y curiosidad que no termina de dominar. Es guapa, crece más alta que la mayoría de las niñas, el rey le podría una corona si eso no lo enemistarse con todo el reino.

―Sabemos que sería la mejor reina de todas ―comenta Robert, mientras la miran probarse un vestido nuevo. Ha florecido y hay que celebrarlo.

―Solo los Targaryen se casaban con sus hermanas ―dice, pensando más en Jaime y ella que en sus hijos―. No nos maldigas con algo así.

―No estaba para nada pensando en casarla con Joffrey ―suelta, seguido de una risotada―. Eres su madre, ¿a quién pondrías en el trono?

Duda. El rey se ha hecho enorme con el paso de los años, no al punto de perder el porte, pero sí lo suficiente para encontrarse fuera de los estándares de la lucha; la hija de la que hablan es también producto de este hombre que desprecia. Joffrey es hijo de Jaime, que no la ha dejado de amar, aun con las presiones insinuosas de un matrimonio ―la última opción es una pirata de las Islas del Hierro en la que su padre ha puesto la fe para obtener herederos fuertes; Tyrion no ha hecho más que reírse de todo ello―. Si tuviera que decidir a qué hijo poner una corona, elegiría a ninguno, puesto que todos llevarán coronas y mortajas a juego, se lo dijo la bruja. No puede contestarle eso a Robert.

―Querido esposo ―impuesta la voz para responder―, lo que insinúa nos podría llevar a una guerra. Al Trono de Hierro no le gustan las mujeres.

Un paje les acerca sus copas de vino. Robert dice que esta vez podría hacerse bien, se podría asegurar las cosas consiguiendo las ayudas pertinentes. Aún así, desechan la idea entre el sabor del vino. Brindan con risas dispersas.

Cersei vomita más tarde.

Ese día, mientras su hija baila en el salón celebrando su nueva etapa como mujer, a ella se le entrega una buena nueva.

―Está embarazada ―confirma la comadrona―. Algunas mujeres siguen presentando sangrado, pero las demás señales lo hacen claro. Otro príncipe vendrá al mundo.

Y será de Robert, porque entre los preparativos de la boda y la enfermedad de Jon en la corte, Jaime no ha ido a verla en casi seis meses. El papel de su padre como Consejero de la Moneda la obliga estar siempre que él busque con qué frenar las ambiciones derrochadoras del rey. Un nuevo bebé. Han pasado casi cinco años desde Tommen, quizá un niño más sea una prueba de que ha superado la maldición, que no fueron más que humo y cenizas en una noche lóbrega.

Se alegra. De la misma manera que se ha alegrado por cada uno de sus embarazos. Secretamente anhela que se parezca a Robert, quizá otra niña, otra Lythene, para cuando le quiten a ésta de las manos. A diferencia de las demás ocasiones, ella misma comunica la buena nueva en la sesión matutina del consejo, haciendo que Robert proponga una fiesta de celebración por la nueva concepción.

―Las fiestas son para los nacimientos, son un agradecimiento a los dioses ―Es la parca gratitud que recibe de Tywin Lannister.

―Estaremos agradeciendo a los dioses por anticipado ―dice el rey, sin prestar mayor atención al tono en las palabras de su suegro.

...

#LaFavorita

Se llama Lythene nació con el cabello oscuro y rizado, una mata áspera que la sorprendió cuando la pusieron en sus brazos la primera vez, aunque lo más impresionante son sus ojos, uno de cada color.

La solución la trajo Renly, que visitó la corte para conocer a la princesa.

―Lythene es el nombre de una antigua reina de las tormentas ―había comentado su cuñado―. Se decía que seducía a los dioses del agua y cabalgaba a la guerra con un hijo pegado a cada teta.

A Robert le había gustado. Cersei estuvo fastidiada por la decisión durante días, pero terminó por aceptar que se trataba de un nombre fiero y propicio para la primogénita de un rey guerrero. Es bueno, la bebé renueva su matrimonio de formas que no esperaba, puesto que la niña viene a tender puentes donde ellos habían cavado fosos. Se hace fácil hablar de ella, no de las mentiras que se dicen porque sí; es más sencillo el planear las actividades futuras de la princesa que enfrentar el hecho de que Cersei ya no le desea, no como antes; se vuelve rutinario que sea ella el centro de sus vidas, no la aparente felicidad que le han vendido a todos por meses.

Ella crece, su complicidad también. Sabe que la reina tiene un amante, sabe que va al Occidente para algo más que acompañar a su hermano mellizo y puede que sospeche que Joffrey, Tommen y Myrcella no son suyos, pero no puede culparla. Lo intentaron ¿no? Hicieron el esfuerzo. Al menos pueden ser amigos de copas en algunas ocasiones y compartir el libertinaje de la desgracia sin problemas; Cersei sigue siendo hermosa y fría, a pesar de los años transcurridos, su cuerpo sigue siendo un espectáculo cuando está desnudo y no hay nada que lo envalentone más que ella sentada con indiferencia en su tocador, hablando de cualquier cosa, mirando por sobre su hombro, como si él no fuese el rey, sino uno de sus sirvientes.

Nunca ha podido pelear contra ella. Así que se le une, le presta atención a lo que su suegro dice y hace, deja que él se encargue de las finanzas del reino. Jon vive complacido con ello, pues la amistad de ambos hombres se reanuda y es notorio el respeto mutuo que se tienen. Robert los envidia, porque su mejor amigo está a una vida de distancia, congelándose el culo en las tierras que lo vieron nacer, de las que siempre habló con tanto anhelo. A Robert le gustaría despertarse una vez más en lo alto del Nido de Águilas, con las nubes entrando por la ventana, la sensación plena de que tiene toda una vida por delante. Nació como el hijo mayor de un señor, destinado a regir sobre las Tierras de la Tormenta, cazando en sus bosques y nadando en el mar; ahora es el rey, ¿Rey de qué?

Lythene crece pegada a su costado, acompañándole allí donde los deberes le han llamado. En la ferocidad de sus acciones reconoce su propia inconformidad, así como la tenacidad de Cersei para hacer lo que le da la gana. Odia un poco a la reina, tanto como la quiere; es tan consciente de su presencia que ha aprendido a anticipar el color de sus vestidos para encontrar algo que no la opaque. Su hija es un punto medio, una posibilidad de paz que nunca se permite ignorar, quiere que ella pueda elegir la mejor vida posible… si fuese su decisión, la enviaría al Norte sin pensarlo.

Jon y Tywin han comenzado a hablar sobre la posibilidad de comprometerla con otros, con algún príncipe de Dorne, que niegue la intención de los Martell de unirse a los Targaryen si se llega a dar. No, eso la pondría en medio de la sangre, no sería justo. Mejor lejos, mejor en el frío, mejor donde creció el anhelante amor de Robert.

Debe tomar las cosas en su mano cuando, después de la fiesta por la llegada a la pubertad de Lythene, Cersei anuncia un nuevo embarazo. Príncipes, demasiados príncipes.

―Convocaré a Ned a la corte ―comenta en el lecho de su esposa, una semana después.

―¿Por qué traer al Guardián del Norte aquí? ―su voz está llena de burla―. Nuestra hija apenas floreció y ya le venderás como una yegua.

Le duele un poco esa presunción.

―Todo lo contrario. Necesito estar seguro de que no se convertirá en una razón para que la corte se pelee. Ned y Cat la cuidarán hasta que tenga la mayoría de edad y se case con su heredero.

El niño al que ha visto en dos ocasiones, pero lleva su nombre. Debe parecerse ahora a Ned, todo un cuerpo en crecimiento que no sabe donde meterse, pero genera ternura. Casi quiere revelarle a Cersei que Ned se quedará, que enviará a Jon al Nido de Águilas junto a Joffrey y que pondrá a su amigo como Mano; la idea de alertar a su suegro lo desencanta.

―Ella estará feliz ―confiesa la reina, mirando a quien le masajea los pies en una silla cercana―. Ha querido ver ese desierto de hielo desde que le hablaste de él. Podríamos enviar a Tommen con mi hermano…

La idea se queda flotando en el aire, Robert no puede imaginar al pequeño Tommen solo en Roca Casterly con Jaime Lannister como cuidador, no es que sea un mal tío, pero preferencia por ellos nunca ha tenido. Es más, podría decirse que le es indiferente lo que le suceda a los hijos de su hermana. Hablará con Jon, tal vez Joffrey y Tommen puedan irse juntos.

―Lo arreglaremos después. Aun te falta el embarazo, cuando lo lleves a término decidiremos si nos deshacemos de nuestros demás hijos.

La muchacha a los pies de Cersei se retira en silencio, sin levantar la vista del suelo. No lleva ninguna insignia que la identifique como parte de la nobleza, más bien su vestimenta es parca, fusionando su figura con el ambiente. La corte de mujeres es solo una pieza de arte para las reuniones, su reina realmente no confía en nadie.

Cersei camina hacia la cama, el verano le permite llevar un vaporoso vestido color azul para dormir. Sus pechos se entrevén con los pliegues delgados, Robert se ha acostumbrado a que el deseo por ella lo sorprenda, saltando a sus ojos como los insultos con los que ella suele vapulear a quienes le molestan.

―Ni se te ocurra ―advierte, cerrando los brazos sobre su pecho―. Soy intocable hasta el final del año.

Una vieja sonrisa se arrastra por su boca. Antes de poder hablar, una marea de gente entra en la habitación. Lythene viene con Myrcella y Tommen de las manos, los tres vienen a preguntar a la reina por su estado de salud y el bebé; los tres están emocionados, felices. Lythene había reemplazado a las muñecas por su hermana pequeña en cuanto nació, fascinada con poder ponerle trajes y coronas diminutas que ella también había usado. La ausencia de Joffrey no lo sorprende, ha crecido para ser su propia persona.

―Papá, ¿qué quieres que sea? ―pregunta Myrcella, tocando la barriga de su madre.

―Un bebé sano ―dice, sin rodeos―. Para que pueda viajar con nosotros cuando visitemos a Lythene.

―¿Visitarme? ―pregunta la niña.

―Tu padre ha llamado a Lord Stark y su heredero a la corte ―comenta Cersei, acariciando el rostro de su hija―. Serás copera del señor hasta la mayoría de edad de tu prometido.

Rob tendría dieciséis, ella quince. Cersei y él habían sido más mayores, más desconocidos. Ella siempre estuvo preparada para ser reina, pero él no; ha hecho las cosas como ha podido. Ha aprendido a convivir con ella, a quererla a ella.

Abandona el cuarto de la reina con los sonidos de sus hijos de fondo. Se cruza a Joffrey en uno de los pasillos interiores, mirando hacia el patio. El niño le saluda y luego le ignora, sujeta una gata embarazada en sus brazos. Robert podría quedarse, hablar con él, preguntarle qué piensa de ser rey, sin embargo, continúa su camino, no tiene tiempo para esas charlas, no con él.


Notas de autor:

¡Terminé!

Ha sido una cosa interesante. Ha quedado Occ Robert y Cersei, quizá, ¿me arrepiento de ello? No. Aunque me gusta la Cersei desesperada, creo que en otras circunstancias, sobre todo desde la intensión de Robert, las cosas pudieron ser diferentes. Además de que su relación siempre tuvo esa tensión no-sexual muy extraña, como de que uno de los dos mataría al otro en cualquier momento (como terminó ocurriendo) y eso siempre me parece muy romántico de esperar.

En cuanto a Lythene, es mi nuevo OC favorito. Quiero escribir algo de ella con Rob Stark, en plan: Mira, me gusta aquí, pero hace mucho frío. Y, tal vez, algo con relación a Catelyn Tully y su papel como madre.