Capítulo 1
Dioses desleales
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Oscuro, pálido e inmutable; así veía Hipo el cielo nocturno de ese anochecer tan funesto. Pero suspicaz ante el reojo de su pueblo, logró escapar de la fragua con éxito, caminando colina arriba, justo hasta el peñasco delimitado antes del bosque.
Situó su arma, un artilugio fabricado por su mano, justo delante de él. Se relajó y suspiró un par de veces antes de enfocar. Sabía que la posibilidad de asestar su golpe al furia nocturna era muy reducida.
El cielo se partió…
El estallido revolvió el firmamento, ensordeciendo a Hipo, quien a pesar del infortunio auditivo, agarró con más fuerza el mango, giró ligeramente la manivela y siguió el paso veloz de aquella criatura tan excéntrica.
Soltó el gancho y disparó.
Su tiro rozó al dragón, y este parecía haber trastabillado en su equilibrio, como si fuera a caer. Hipo abrió los ojos, preparando su grito de victoria. No obstante, el dragón logró recomponer vuelo, para después volverse a perder en la oscuridad.
Hipo maulló por dentro. Su oportunidad de oro se le había escapado por leves centímetros. Suspiró fuerte antes de regresar al pueblo, donde todavía sus compañeros batallaban.
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4 años después.
Su avidez de entrar a la arena para combatir dragones había cesado hace años. Pero aún recordaba que de niño, su padre le contaba historias fantasiosas sobre sus hazañas en el campo de batalla.
El peso que implicaba cargar con ese recuerdo, lo hacía vacilar, y preguntarse si realmente Estoico el Vasto era modesto en sus conversaciones con él, o simplemente sentía lástima.
—Hipo, ¿ya limpiaste la fragua? —preguntó una voz.
—Ya casi termino. Y dime, ¿tú ya acabaste con "tu pequeño problema"? —respondió, riéndose en el proceso.
Patapez retrocedió, cruzando los brazos en un intento de enojo.
—No es gracioso, Hipo. Quiero decir, ya sabes, ella… No sé si ella acepte salir conmigo. Pensé durante toda la noche en una manera de invitarla a dar un paseo.
—Se nota. —se mofó Hipo con sarcasmo.
—¿Qué hago Hipo? Dame algún consejo.
—Patapez, el menos indicado para eso soy yo.
—¡Por favor!
—Bueno, bueno. Supongo que… basta con ser tú mismo. Estoy seguro que a Heather le gusta tu forma de actuar. —respondió Hipo.
Patapez torció sus labios, decepcionado por el tácito comentario de su compañero.
—Ese… no es un buen consejo. Pero gracias por el intento.
—Cuando quieras.
—¡¡DRAGONES A LA VISTA!!
El cuerno de alarma sonó con desaforo, haciendo crecer el pánico en el pueblo. Las llamas de asolación llegaron presurosas, destruyendo de un envión a varias cabañas vikingas.
Hipo y Patapez vieron el desbarajuste absoluto, desde la puerta de la herrería.
Apenas transcurridos unos minutos después de la alarma, los guerreros comenzaron a llegar, exigiendo armamento bélico para poder hacerle frente a la redada.
—Esto no se ve bien. —declaró Patapez, atento al desconcierto de los guerreros que luchaban afuera.
—Como si alguna vez se viera bien.
—Hay muchas bajas, Hipo. ¿No crees que deberíamos ayudar?
—No. Nuestro deber es darles armas. Nada más. —respondió despreocupado.
Hipo miró hacia el cielo, desde el mostrador de la herrería. Las estrellas se bobinaban con el humo, mientras que el ocaso del cielo se transformaba en una cortina sofocante.
Se apartó del mostrador, inverosímil ante la idea de luchar. Pero fue el grito vociferante de dos niños huyendo, lo que lo hizo reaccionar.
—Quédate aquí. —indicó Hipo a Patapez.
—¡¿Qué?! —chilló con la voz aguda—. Tú no-no puedes ir.
Él ignoró y tomó la primera espada liviana que encontró. La balanceó: impávida y ligera; sí, esa definitivamente era su arma, pensó.
Salió rápido de la herrería, mientras oía los llamados presurosos de su amigo tratando de detenerlo. Pero el deseo sagaz de salvar a esos pequeños, impulsó al heredero de Berk a unirse a la batalla.
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—Capitana Astrid —llamó un vikingo—. Ya han roto nuestras defensas interiores y el flanco izquierdo sufrió un total de cinco bajas.
Astrid torció la mirada.
—Ordena al equipo de bomberos que lleven a los heridos hacia el gran salón. —mandó Astrid.
—¡Sí, capitana!
Astrid dirigió su mirada a la casa que ardía en llamas. Escuchó el grito despavorido de una niña dentro. Corrió sin compostura hacia el interior.
Los tablones estaban por desmoronarse, y el techo presagiaba derrumbarse sobre ella en cualquier instante. Dirigió su paso hacia la segunda planta, cuando halló a la pequeña niña.
—¡Astrid! —exclamó la pequeña, acurrucando su cuerpo al de ella.
—Gracias a Thor. —dijo Astrid con un suspiro.
Tomó a la niña en sus brazos mientras le daba una caricia en la cabeza para tranquilizarla.
—Todo saldrá bien, ¿okey?.
La pequeña niña asintió, guardando su esperanza y seguridad en la capitana de Berk.
Astrid bajó rápido a la segunda planta, pero antes de poder pisar el umbral de la puerta, un apilado de madera trancó su camino. Buscó rápido otra salida. Miró hacia las dos ventanas que tenía la casa: ambas estaban devastadas y abrasadas en llamas.
Subió con presteza a la segunda planta. Vio su única salida en una abertura pequeña. La casa era alta y una caída así le causaría daños ligeros. Eso no la preocupaba. Había sobrevivido a peores situaciones. Sin embargo, cargaba a la niña consigo, y no podía arriesgarla a sufrir lesiones.
El sonido de retintín de madera desquebrajándose la irritó, frustrándola y llevándola al desconcierto temporal.
Corrió hacia la grieta de la pared, anhelando que la niña saliera impune de aquella acción tan desesperada.
Un metro antes de llegar, giró su cuerpo y saltó de espaldas.
Sintió su espalda fracturar, su brazo derecho romperse y su cabeza colisionar hasta desfallecer. No obstante, la dulce voz de la niña llamándola con preocupación, fue el impulso que necesitó para levantarse. Y se alivió al ver que la niña estaba bien.
—¡Cuidado! —alarmó la pequeña.
Astrid se dio vuelta y vio cómo dos dragones Nadder se acercaban coléricos. La posibilidad de que llegaran refuerzos era reducida, pues la grieta por la que saltó la había conducido a la parte trasera de la choza.
Trató de sacar su hacha de su espalda, pero recordó que minutos atrás lo había lanzado a la cabeza de una pesadilla monstruosa.
La primera embestida llegó. Astrid tomó a la niña nuevamente y, apenas, esquivó la acometida del dragón. El otro Nadder tomó vuelo y lanzó su ráfaga sin mesura.
Astrid logró evadir, pero segundos después, ambos Nadder se elevaron hacia el cielo, rodeándola y clausurando cualquier ruta de escape. Pronto, atacaron con espinas con la intención de matarla.
Astrid supo que no podría esquivar las seis espinas que venían hacia ella. Y en un movimiento de pesimismo, sacrificó su seguridad para resguardar a la pequeña, recibiendo una de las espinas en su espalda.
Cayó derribada después del ataque.
Percibió pasos. Eran ligeros. Abrió un ojo para ver quién era, esperando que fuera Heather o algún otro vikingo que haya venido para socorrerlas, pero pánico fue lo que sintió cuando avizoró la osadía de la niña: ahí, parada frente a ambas bestias.
—Espera… —susurró débil.
Intrépida, la niña se interpuso entre Astrid y los dragones, descolorando el voraz deseo de esos monstruos que rugieron furiosos como advertencia.
Astrid intentó gritar, pedir auxilio o decirle a la niña que corriera, pero su voz se mitigó cuando intentó hablar.
La pequeña, sosteniendo un pequeño cuchillo, se tensó. Sus piernas comenzaron a temblar y su agarre a flaquear. Se dio la vuelta para ver a Astrid, quien, con ojos suplicantes, le decía que escapara antes de que las fauces aborrecibles la alcanzaran.
Pero la faz lánguida de Astrid, no hizo más que potenciar el intenso juego de miradas entre los tres combatientes.
Los dragones atacaron nuevamente. La niña dio un paso al frente, esperando que su pequeña navaja lograra detener al menos a uno.
Justo antes de que el embate llegara, una espina atravesó el ala de uno de los Nadders.
La niña miró atrás, viendo que la capitana nuevamente la había salvado, pero antes de poder exclamar algo, fue cargada por los brazos de su heroína.
El otro dragón se distrajo ante el mugido lacerante de su compañero. Astrid aprovechó esto y se escabulló entre las patas del Nadder lastimado. Con su último esfuerzo, corrió al sendero más cercano.
El dolor no hizo hincapié en mermar el cansancio, haciéndola desvanecer de inmediato. Todo su mundo se puso negro y lo último que oyó fue a su amiga Heather gritar su nombre.
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Caminó sobre los escombros, pisando el leño de varias casas deshechas y, agotado por el recorrido abundante de agonía. Balanceó su espada para relajar su muñeca derecha, y recordó los regaños continuos de su padre: recriminándole sus delirios absurdos cuando él alegaba maniobrar mejor el brazo izquierdo.
Olvidó ese detalle y pensó que ahora no importaban tales regaños. Trasladó la espada a su mano izquierda y la meció para apreciar la plenitud con la que lo hacía. Sin duda para él, era más fácil hacerlo con el brazo izquierdo.
—¡Ven acá, qué esperas! —llamó Hipo al niño escondido detrás de un árbol.
—¡Hipo, mi hermana!
—¿Qué sucede con ella?
—Se adentró al bosque. —chilló el niño—. Dos dragones iban detrás de ella.
—Está bien. Tú corre al gran salón. No mires atrás, ¿de acuerdo? Yo iré por tu hermana.
Hipo suspiró duro cuando el niño se fue, titubeando si realmente era capaz de salvar a la niña. Palpó el caos del pueblo exasperado, mientras el sentimiento intangible, que lo arrastraba hasta la fragua cada vez que había una redada, le decía que volviera a la herrería.
—Genial, Hipo. Se nota que eres todo un guerrero. —se dijo sarcástico.
Apretó los puños a sabiendas que el presagio de su amigo Patapez acerca de su muerte tempranera posiblemente se haría realidad esa tarde crepuscular.
Hipo llamó a la niña, expectante a la respuesta distante de la pequeña, pero cuando el desahucio silencioso nunca llegó, corrió desesperado hacia el bosque.
—Por Thor, dónde estás.
Se estremeció al ver a un dragón cerca. Pero agradeció la ventura fortuita de su vista al ver a la niña sentada bajo un árbol. Traspasó los arbustos con presteza, hasta llegar a ella. La tomó de la mano y le susurró guardar silencio.
Pero entonces se dio cuenta que la niña era ciega. Él se compadeció consternado, maldiciendo el infortunio despiadado con el que nacían algunos.
—Va-va-vamos a estar bien. Te sacaré de aquí. —aseguró tímido y mentiroso.
—¿Mi hermanito… ?
—Él está bien. Seguramente ya llegó al gran salón.
Hipo se asomó. Se lamentó al percibir el miedo inconsolable de la niña, y aunque tarareó dichosos discursos para reconfortarla, no logró detener el llanto que próximamente vino.
El ocaso pronto se desvaneció entre la plétora de estrellas de la noche. Hipo gritó internamente, mientras recordaba que la regla número uno de un explorador era no estar en el bosque de noche, y menos en medio de una redada.
—Oye, oye —Hipo la llamó del hombro— ¿Hay alguien a quien admires?
La niña dejó de llorar, pero entre sollozos contestó:
—As-Astrid.
Hipo sonrió con ironía al recordar el suceso que había hecho se enoje con Astrid.
—Ella es genial, ¿no?. Estoy seguro que enfrentaría sin miedo a esos dragones.
—Sí, lo haría.
—Entonces hagamos que se sienta orgullosa de nosotros. ¿Estás de acuerdo?.
—Pero…
—¿No quieres que ella se sienta orgullosa? —insistió Hipo.
—Sí… sí quiero.
—Así se habla, pequeña valiente. ¡Vamos!
Ambos se pusieron a correr.
El vaivén de fuego llegó de sus espaldas, y mientras Hipo apretaba más la mano de su acompañante, quien cáustica, tropezó con una roca lastimándose su rodilla.
Hipo la cargó en su espalda, delatando su posición en el proceso. Pero fue socorrido del ataque desleal de fuego, por los robles enormes del bosque que desviaban los ataques de fuego.
—Ven, escondámonos aquí. —Hipo la llevó tras un árbol—. Definitivamente eres alguien muy valiente. ¿Estás lista para otra carrera? Si me ganas, te haré un hacha, ¿aceptas?.
—¿Hacha? ¿De verdad?
—Por supuesto. Quieres ser como Astrid, ¿no?. Ella usa un hacha, una muy grande y fuerte.
—Mi hermanito no me deja usar armas.
—Está bien. Entonces te la haré cuando cumplas la edad suficiente para empuñarla. Te lo prometo.
La niña aceptó el trato. Luego ambos volvieron a correr, ignorando el avasallamiento improviso de demás dragones. Y cuando Hipo por fin llegó al pueblo, suspiró con satisfacción.
—Ahora vayamos con tu hermano.
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Estoico golpeó a la pesadilla monstruosa, quien atacaba iracundo a dos jóvenes.
El dragón maulló. Abrió sus fauces para escupir su vigorizante lava, pero antes de poder realizarlo, Estoico le encestó una serie de golpes impetuosos.
La alimaña huyó derrotada, emprendiendo vuelo hacia un rumbo desconocido.
—Aseguren las torres. ¡No dejaremos que ningún dragón huya con nuestra comida! —exclamó Estoico.
Antes de poder unirse nuevamente al combate, vio cómo las dos torres principales, eran derribadas. Estiró su pierna para partir hacia el lugar, pero a sus espaldas, más de una docena de dragones huían con gran cantidad de ganado.
Su decisión se hizo aletargada, y su ira lo cegó, dejándolo plantado sobre esa superficie manchada de sangre; esa sangre que había sido derramada en vano.
Para cuando recuperó su compostura, los dragones ya se habían ido, dejando a su pueblo en penumbra absoluta.
—¡Astrid! —oyó gritar a una voz femenina. Supuso que se trataba de Yssel, la madre de Astrid.
Se dio la vuelta para mirar el motivo de la preocupación, y su sorpresa fue de desasosiego al ver el estado de la capitana y más fuerte vikinga de Berk.
Inconsciente, Astrid estaba siendo llevada en una camilla, cargada por Heather y Brutilda. Su ropa estaba manchada con mucha sangre. .
Otras personas se acercaron hacia la vikinga. Y grata fue su sorpresa al ver a una pequeña niña aferrada al brazo de la herida, mientras lloriqueaba y suplicaba perdón.
Todos empezaron a murmurar, suponiendo que Astrid había salvado la vida inocente de aquella pequeña.
Astrid abrió la boca en un débil susurro.
—Estoy bien… ¿si?. Y por cierto, eres muy valiente. —murmulló Astrid, acariciando la mano de la niña.
—Llévenla rápido con Gothi. —ordenó Estoico.
—Jefe —llamó un hombre—. Los almacenes de la colina fueron saqueados por completo. No quedó nada.
—¡Qué…! —ahogó su grito—. ¡Incompetentes! ¡Su único deber era proteger los almacenes!
—Lo sabemos, jefe. Pero… sin armas, no pudimos hacer nada.
—Hay armas de sobra. No me vengan con eso ahora.
—La herrería fue destruida, jefe. Cuando llegamos para solicitar armas, Patapez ya estaba afuera tratando de apagar el incendio.
—¿E Hipo?
—Patapez nos comentó que fue detrás de unos niños. Dejó desprotegido su campo de trabajo sin medir las consecuencias.
—Está bien. De este tema me encargo yo. ¿De acuerdo?. —dijo Estoico, apretando los puños.
Ambos vikingos asintieron.
Estoico se retiró para colaborar con los demás. Mientras, el oído perspicaz de un hombre había escuchado el desmantelamiento cobarde de los delatores que acusaban a Hipo como uno de los culpables.
—Axel —llamó el hombre.
El castaño se apartó del grupo en el que estaba y prestó atención a lo que quería decir su compañero.
—Escuché hablando a Estoico y a los dos guardias.
—Es de mala educación que estés oyendo conversaciones privadas. —respondió Axel despreocupado.
—Me ofendería si no fuera porque pensé en algo realmente… curioso.
—Habla, ¿en qué pensaste?.
El hombre sonrió complacido.
—Es nuestra oportunidad. Nuestra oportunidad para abrir el tema en el consejo. —comentó entusiasmado—. Mire cómo quedó Berk. Está en la ruina. Y uno de los causantes de esto es Hipo. Créame, no habrá mejor oportunidad.
Axel apartó la mirada. Su amigo tenía razón, esta era la coyuntura que había estado esperando. Pero ver a su hija, Astrid, agonizando, le dio un golpe de moral.
—Aún no. —respondió frío, apartándose.
—¿Cómo que no? —persiguió insistente—. Axel, tú eres parte del consejo. Sin ti, a mí no me escucharán. Estoy seguro que si tú propones el matrimonio, Sigurd y Spitelout te apoyarán.
—No puedo. —objetó Axel, sin parar su paso.
El hombre que lo seguía torció su mirada.
—¿No quieres cumplir con el sueño de tu padre? —dijo, deteniendo por fin a Axel—. Él deseaba ver a Berk como un pueblo importante.
Axel lo miró con frialdad.
—¿Ya olvidaste lo que tu padre sacrificó para lograrlo? Lamentablemente su objetivo no se cumplió, pero te dejó ese peso a ti. Y ahora tienes la oportunidad de hacer realidad su anhelo. Sé que te duele hacer esto, pues se trata de tu hija, pero es un mal necesario.
—¡Astrid cumplió dieciocho hace solo tres meses! No puedo hacerle eso. No ahora. Esperemos… unos meses más.
—¡Axel! —exclamó—. Berk quedó destruido, y si nuestra propuesta logra convencer al consejo, tenemos una oportunidad de oro para lograr nuestro objetivo.
—No insistas.
—No se presentará mejor escenario que este.
—Idiota, ¿qué no ves que todavía no es el momento? Llegará, te lo prometo, pero no hoy, no por ahora. —contestó Axel exasperado.
—El idiota de Hipo ha estado cuidando su trasero los últimos meses. Ya metió la pata, y tal vez sea la única oportunidad de arrastrarlo a un compromiso obligado con una mujer de Berk. Si no, Estoico lo comprometerá con alguien de otra isla.
Axel se detuvo a pensar.
—Si hoy no le dices nada al consejo, ya no te apoyaré.
—Pero…
—Se supone que teníamos un trato, Axel. Yo te ayudaba a conseguir la oportunidad, y tú la aprovechabas. ¡Ese era nuestro trato! —bramó el hombre.
—Mi hija está herida, Hipo ahora mismo no tiene la mejor reputación para que el pueblo apruebe el compromiso. ¿Qué es lo que no entiendes?.
—Axel, Axel, amigo, creo que olvidas que he estado persuadiendo al pueblo estos meses. El rumor ya corrió desde hace semanas.
—¿Qué rumor? ¿De qué hablas?
—Me impresiona la lentitud con la que piensas. Me refiero a la boda de Hipo. El rumor del contrato que Estoico firmó con una tribu ya está corriendo. Por supuesto este rumor es falso, pero lo esparcí para crear confusión.
—¿Solo para crear confusión? ¡¿Enloqueciste?!
—El pueblo ya está en debate. Algunos dudan de que la nueva jefa pueda ser alguien digna de dirigirlos. Pero si aprovechas esta oportunidad, créeme que todos estarán satisfechos de saber que Astrid Hofferson será la próxima jefa, y no ese enclenque de Hipo.
Axel meditó su respuesta.
—Al menos dame un mes. Una noticia así, destrozaría a Astrid en su estado. Pero si me das tiempo para hablar con…
—¡Ya no hay tiempo! ¡Por la barba de Odín, ¿no ves que arriesgué mi pellejo al correr el rumor?! El jefe descubrirá quién fue el insolente que difundió un rumor falso, y cuando lo haga, en el mejor de los casos, me desterarrá.
Axel suspiró agotado.
—Como quieras —se retiró el hombre—. Maldito cobarde, no eres como tu padre. A él no le tembló la mano cuando firmó por el bien de tu familia.
—Espera, Randall. —detuvo Axel, timorato y con nervios.
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La reunión, a causa de la peripecia del desastre, había sido convocada de emergencia.
La sala estaba en silencio. Uno que otro murmullo se oía, pero nada altercaba el silencio sepulcral.
—Debemos mantenernos tranquilos. —habló por fin el jefe. Todas las miradas se dirigieron hacia él.
—Estoico —habló un vikingo—, no podemos seguir cediendo terreno. Hoy podría haber sido peor si el ataque lo hacían en la noche. Y cómo olvidar al "magnífico" Hipo, vaya ayuda que dio en la herrería. —reclamó con sarcasmo.
—¡Oye, oye, escúchame! —exclamó—. Creo que olvidas que algún día él será tu jefe. Guarda más respeto a tu futuro gobernante.
—¡¿Perdón?! —respondió el mismo hombre—. Ese pescado parlante jamás me gobernará. Antes preferiría huir de Berk.
—Pues el mar está abierto. No te detendré. —retó el jefe.
El cruce de miradas entre ambos se hizo profundo e intenso. Estoico apretó su hacha y estaba listo para arremeterla en la garganta del hombre que lo miraba con desdén.
—¡Suficiente! —interrumpió otro—. Hay temas más importantes que Hipo. No tenemos comida para el invierno.
—¡Tiene razón! ¿Cómo se supone que iremos a una incursión, dejando a nuestras familias sin comida?
—¡Hipo es el culpable, no quieran defenderlo! ¡Solo tenía una labor, una maldita labor! ¡Y el cobarde huyó de su puesto de trabajo!
—¡Basta! —interrumpió Estoico—. Hemos sobrevivido a peores situaciones. Estoy seguro que…
—¡No Estoico! Esta vez es diferente. Tenemos a varios soldados heridos, incluida a la capitana. No tenemos comida. La aldea está completamente destrozada y no tenemos suficiente oro para reparar todo el desorden. —puntualizó otro vikingo.
—Y no se olviden de la fragua. Hipo tuvo la maravillosa idea de dejar la fragua sin protección, ¡y pum!, ahora no tenemos armas ni un lugar donde hacerlas. —dijo otro.
—Estoico, debemos lidiar con todos esos problemas —agregó otro vikingo, herido del brazo.
La reunión finalizó con esa declaración. Estoico quedó perplejo y preocupado. Necesitaba hallar una salida y rápido.
La sala denominada gran salón, se fue vaciando poco a poco. Las quejas sobre Hipo, seguían escuchándose entre el desemboco hacia la puerta. Mientras, el jefe veía precario hacia la nada. Probablemente esa noche se embriagaría con hidromiel.
—Estoico.
Tomó un sorbo de hidromiel. El sabor sabía dulce, como de costumbre. La silla en la que estaba sentado estaba áspera, incómoda y rechinando cada vez que se mecía en ella, como de costumbre. La luz del gran salón era exigua, latente de fulgor, pero sofocante; como de costumbre. Todo estaba igual de habitual. Nada había cambiado y nada cambiaría al día siguiente. Nada cambiaría en la próxima incursión. Y estaba harto de que nada cambiara.
—Estoico...
Esta vez no. Esta vez haría lo correcto y no se escondería más de sus problemas. Después de todo, él era el jefe, y se suponía que debía ser el más implacable de todos.
—¡Estoico! —exclamó el vikingo parado junto a él.
De un respingo, Estoico despertó de su letargo.
—¿Qué pasa, Bocón?
—Estabas con la mirada perdida. Simplemente me preocupé —respondió el viejo herrero del pueblo—. Y también, el consejo quiere hablar contigo.
Estoico asintió.
—Yo solo pensaba en una solución. —dijo Estoico en un suspiro—. Ten, manda esta carta a los demás jefes. —le entregó.
—¿Qué es?
—Una petición de ayuda. Iría yo mismo, pero Berk me requiere aquí.
—Pues espero que esa sea la solución.
Estoico agarró su copa de hidromiel. Se levantó del asiento para después dirigirse hacia la mesa donde el consejo lo esperaba.
Cuando llegó, miró a los tres miembros sentados sobre la mesa. Spitelout, su hermano, lo miraba con seriedad y un aura que pocas veces había sentido emerger. Algo andaba mal.
El otro miembro, Axel, padre de Astrid, no lo miró siquiera. Tenía su vista pegada en algún punto del aire, se veía vacilante, somnoliento y perdido.
El tercer miembro, Sigurd, tenía la misma mirada que su hermano: frío y petulante.
Tomó asiento a lado de Spitelout. Esperó unos segundos antes de hablar; necesito disculparme primero, pensó. No obstante, con una dicción, de uno de los miembros, se calló.
—Estoico —empezó diciendo el hombre de cabello castaño, de nombre Sigurd—, es hora de aceptar que nuestro "pequeño" problema no puede continuar. —masculló el consejero con rabia.
—¡Tú también crees que Hipo…!
—No. Pero estoy seguro que te gustará escuchar lo que diremos. —dijo Sigurd, sonriente, como un depredador sanguinario.
—¿Qué? —preguntó desconcertado Estoico.
Los tres miembros se miraron. Axel, quien había estado callado, por fin despertó de su ensoñación, para mirar a Estoico. Tenía incertidumbre y dolor en sus ojos. Estoico quería preguntar, pero cuando Axel le asintió, supo que algo definitivamente no andaba bien.
—Estoico —empezó Spitelout—, déjame decirte que esta decisión fue unánime. Por supuesto tú eres el jefe y tienes la última palabra.
—Tu hijo es el siguiente en la línea, y para callar los reclamos del pueblo respecto a tu hijo, pensamos que es momento de unirlo en matrimonio —dijo Sigurd—. Piensa, Estoico. Si hacemos eso, Hipo asegurará su puesto como jefe, y con un heredero, nadie podrá hacer nada en su contra.
—¡No lo obligaré! Valka y yo deseábamos que nuestro hijo encuentre el verdadero amor, como nosotros lo hicimos.
—Necio. ¿No lo ves? Necesitamos una solución para sanear los almacenes. Los mercaderes se enterarán del ataque y de la destrucción de Berk. Esas ratas se aprovecharán de nuestra situación. Y con el oro actual, no podemos comprar comida suficiente para pasar el invierno. —dijo Sigurd, enojado por la insolencia de su jefe.
—¡¿Y el casarlo solucionará eso?! —vociferó Estoico.
—Tu hijo será comprometido con Astrid, de la casa Hofferson. —reveló Sigurd.
Entonces, Estoico miró a Axel. Recordó su mirada y sus gestos, entendiendo que él estaba de acuerdo.
La idea le pareció terrible. Habían escogido una esposa para su hijo sin su consentimiento y ya daban por hecho la unión vikinga. Desde luego, pensó, que no se prestaría a tal agravio deshonorable.
—La familia Hofferson es la más importante de la isla. Y para fortuna nuestra, el general de brigada de la tribu Varegos, es hermano de Axel. Ese hombre es dueño de dos navíos repletos de grano, maíz y algo de pescado —dijo Sigurd—. Pero eso no es lo interesante. Si ahora mismo Axel pide su ayuda, él no acudirá, más bien se querrá llevar a toda la familia Hofferson fuera de la isla. Pero si se entera que habrá una boda, y que la protagonista será su querida sobrina, posiblemente nos dará un navío.
—Y no solo eso. Esto nos beneficia a todos, Estoico. Con Astrid siendo la jefa, y brindando al pueblo un heredero suyo, nadie se atreverá a tocar a tu hijo —dijo Spitelout, sonriendo a mayores.
Estoico se preguntó en qué beneficiaba la boda a ellos, a la familia de Astrid.
—Y la familia Hofferson, por supuesto, tendrá el orgullo de ver a su hija dirigir la aldea. Hipo a la vista de todos, será el jefe, pero la realidad es que Astrid será la cabecilla de Berk.
Lo entendió todo. Querían que Astrid gobernara e Hipo se hiciera a un lado. Tuvo que admitir que era una gran idea. Así la gente no solo estaría contenta de ver a Astrid como la líder, también tendrían la convicción de que el heredero llevaba sangre Hofferson.
—Si eso es todo, ya quiero retirarme. Hoy fue un día difícil y solo quiero descansar. —dijo Estoico, sosegado.
—¿Entonces eso es un no?
—¡Por supuesto! Qué creían, ¿que iba a obligar a mi hijo a contraer matrimonio?. Yo me casé por amor y deseo lo mismo para mi hijo. No una boda que los beneficie a ustedes. —bramó Estoico, golpeando la mesa, alterando a los demás miembros del consejo.
El hombre que mantuvo silencio, Axel, se paró y miró a Estoico.
—Estoico... Sabes que si no hacemos este matrimonio, el pueblo sufrirá hambruna —Axel desafió—
—¿Piensas firmar un contrato con tu hija herida? ¿Yssel sabe de esto?
Axel, desguarnecido, dudó sobre su decisión, reflejando aquel titubeo en el temblor de sus labios. Pero pronto, recuperó convicción y se codeó firmemente a la altura del jefe. Y exclamó:
—¡Mira a la gente! ¡Ellos están pidiendo a gritos una solución! ¿Crees que eres el único conmovido por la decisión? ¡Se supone que eres el jefe! Si cambias de opinión, te esperaré en mi casa para hablar. —se retiró.
Estoico miró a su compañero irse, mientras se ahogaba en la impotencia de su ser. Miró una vez más al consejo, antes de seguir el paso de Axel.
—Estoico —llamó Spitelout—, no es por beneficio propio. Es por el bien de Berk. Si esta boda no se hace, entraremos en hambruna.
Estoico no respondió.
Al cruzar el umbral externo, avizoró una oscuridad casi absoluta. Al parecer, el desastre de la redada era más grande. Casi todas las casas estaban destruidas. Los senderos estaban repletos de escombros. El ganado de ovejas era exiguo. Todo era un completo desastre.
Sintió a su hermano Spitelout detrás suyo, y no dispuesto a seguir recibiendo sermones, se propuso bajar las escaleras. Mientras lo hacía, el mareo provocado por el exceso de hidromiel se hizo barruntar. Pero entonces, sintió una mano en su hombro y otra en su brazo. Alguien lo había sostenido. Por un momento pensó en que era su hermano, pero en cuanto escuchó la voz de la dulce joven, percibió serenidad y sosiego.
—¿Está bien, jefe Estoico? —habló la vikinga.
—Sí. Gracias, Heather. ¿Cómo está Astrid?
—De gravedad. Recibió una puñalada de un Nadder. —explicó Heather, apagando sus ojos, mientras contenía el llanto de remordimiento.
—No te preocupes, pequeña. Ella es fuerte, la mejor vikinga que tenemos.
—Ella es más que eso, jefe. Ella es un símbolo de esperanza. Incluso cuando todo puede ir mal, solo basta que la vean para depositar toda su confianza en ella. —dijo Heather, sonriendo por la nostalgia que le traía recordar el día que se conoció con Astrid.
—Lo sé.
—Hubiera visto el rostro de la niña que salvó. Estaba devastada mientras pedía a los dioses por su recuperación.
—Ya veo. —comentó Estoico, pensando en lo que habían hablado los miembros del consejo.
—Astrid es esperanza, como lo fue para mí. Ella me salvó de los demonios internos que tenía. Ella es la heroína de este pueblo. No puede morir.
—Nada le pasará —afirmó Estoico, mientras pensaba en lo que dijo la vikinga: Astrid era esperanza para todos—. Ella se recuperará y será más fuerte que antes.
Al pensar en ello, no pudo evitar evocar la imagen de su hijo siendo jefe. ¿Quién lo apoyaría a él, si alguna vez llegaba a ser jefe? ¿Podría su hijo hacer amistades fuertes algún día sin ser rechazado por los prejuicios vikingos?¿Verían esperanza en Hipo como lo hacían en Astrid?.
No.
Nadie lo apoyaría. Seguramente todos se levantarían y armarían una rebelión en contra de su hijo, a menos que hubiera un heredero. De todas las perspectivas y panoramas que imaginaba a futuro; en todos su hijo era expulsado, como un vil ladrón de Berk.
—Debería ir a descansar, jefe.
—Todavía hay muchas cosas que hacer, pequeña. El pueblo quedó hecho un desastre. —dijo apenado.
—No se preocupe, jefe. Nosotros ya nos estamos haciendo cargo. —dijo Heather con entereza.
—Como siempre, ustedes limpiando nuestro desastre. No estaría mal que les dé un descanso la próxima vez. —respondió con más tranquilidad.
—Lo tomaré en cuenta. —dijo antes de retirarse.
Bocón se situó detrás de él.
—¿Ya enviaste las cartas?
—Malas noticias, Estoico. Los barcos no zarparán hasta dentro de dos semanas.
—Esos bribones. Debí desterrarlos cuando pude.
—Estoico, la comida no alcanzará. Tendremos bajas.
Estoico se apoyó en la pared, apretando los ojos hasta distorsionar la aflicción de desconsuelo.
—Los mercaderes cobrarán por demás si compramos su comida. No estamos en las condiciones de darnos ese lujo. —espetó Estoico.
—¿Qué dijo el consejo? ¿Alguna salida?
— Sí, me dio una salida.
—Hipo y Astrid, ¿eh?.
—Así que ya lo sabías. —recriminó.
—Axel me lo dijo. Y debo decir que no es mala idea. Una salida… decorosa, como en los viejos tiempos.
—¿Hay otra salida?
—Tú eres el jefe.
Estoico asintió.
—Sabíamos que este día llegaría. Axel siempre se ha comportado de forma extraña con Hipo. Deberíamos sospechar que trama algo. —alegó Bocón.
—Lo sé.
—¿Entonces qué harás?
Estoico calló un momento y suspiró.
—Debería consultarlo con Hipo. No es una decisión que se tome a la ligera.
—Supongo que eres previsible, como siempre. El chico ha estado muy animado estos días, tal vez halles tu respuesta en él.
—No tiene opción, Bocón. Le estoy dando solo una salida. ¿Realmente eso se merece Hipo? —cuestionó Estoico.
—Entonces halla otra salida.
—No tengo más ideas.
—Hipo confía en que sí. Estoy seguro de eso. No vayas a fallarle. Solo… piénsalo bien.
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No quería aceptarlo, pero las redadas estaban empeorando. Ella, Heather, pensaba que aquello tenía un motivo muy trascendente.
El número de dragones aumentaba desproporcionadamente en cada ataque. Y no sólo eso, pensaba. Parecía como si aquellas alimañas aladas aprendieran de sus errores y mejoraran sus movimientos. Todo le aparentaba insólito. No podía creer la situación que estaba viviendo.
Astrid tosió.
Se levantó de golpe y remojó el paño en agua, para después frotar levemente la frente de Astrid. La rubia dejó de carraspear, inundando el cuarto en el mismo silencio de hace instantes.
Heather la miró una vez más, antes de volver a su silla. Se cubrió con una manta para obstruir el frío que desde hace rato la había estado torturando. Vio hacia la ventana, donde admiró la preeminente oscuridad.
Esperaba que todavía no amaneciera, pues no había podido conciliar el sueño: se la había pasado todo el día trabajando en la reparación del pueblo, y pensaba que después del arduo labor, se dormiría plácidamente.
Sin embargo, le preocupaba más el estado de Astrid. Los padres de ella estaban ocupados en una especie de tratado con el jefe; sopesó aquello cuando los vio dirigirse juntos al gran salón para hablar con el consejo.
—¿Heather?
—¡Astrid! —chilló, corriendo hacia la cama.
Vio a su amiga. Tenía los ojos destemplados, y sus labios secos. Rápido, vertió agua en la boca de Astrid para poder calmar su sed.
—Qué alivio que estés bien. Me asustaste mucho. —dijo—. ¡No vuelvas a hacer eso! —le reclamó, alzando su tono de voz a uno más molesto.
—Lo siento… —susurró Astrid, débil. Todavía sentía punzadas en la parte afectada por la espina del dragón—. ¿Cómo está la niña? —habló con escasez—. Yo todavía… debo ir a dejarla con sus padres. —dijo, tratando de levantarse, mas el dolor la sometió y evitó que pudiera poner un pie en el suelo.
—¡Astrid basta! —exclamó Heather—. Debes descansar. Gothi dijo que después de despertar, te sentirías aturdida. Así que por favor…
—Estoy bien, Heather. No te preocupes. —respondió con la voz tranquila.
Trató de levantarse de nuevo, pero el dolor seguía ahí, inmutable y desgarrador.
Astrid logró sentarse. Sintió frío en la espalda. Miró hacia atrás y vio que su espalda estaba desnuda. Aturdida, buscó dónde se hallaba su armario. Cuando lo localizó, intentó pararse, pero una mano, la tomó férreamente.
—¿Qué pasa Heather? —inquirió Astrid, vacilante por la acción de su amiga.
—Basta, Astrid.
—Ya te dije que estoy bien. Mira, mejor vayamos a ayudar al pueblo. —sugirió, con voz apagada.
Heather la miró a los ojos. Su ira se incrementó más aún.
—¿Por qué? —preguntó Heather, casi con la voz torcida.
—¿Hm?
—Te aborrezco, Astrid. —reveló, apretando la mano de la rubia, empleando gran reciedumbre.
—¿Qué quieres decir? —preguntó desconcertada.
—Qué te odio —respondió con más ímpetu. Notó cuando su mano empezó a temblar, mientras soltaba un insondable sollozo—. Odio esta parte de ti. Aún después de haber sido atacada, de ser casi asesinada, sigues empeñada en ayudar a los demás. —expresó, dejándose llevar por el inminente sentimiento de tristeza.
Astrid escuchó en silencio, sin musitar los delirios que pasaban por su cabeza.
—¡No lo entiendo! Te esfuerzas tanto, entrenas tanto, proteges a los más pequeños y débiles… ¡¿Por qué?! Si sabes que en un mundo como este, su destino está condenado a ser miserable. Pero aún así les das esperanza y valor.
—La valentía no está en la fuerza, Heather. —habló Astrid, sonriendo dulcemente—. Tu rostro, se ve tan inocente, justo como cuando llegaste. ¿Lo recuerdas?
Heather abrió los ojos, tratando de recordar cómo era su rostro, su personalidad en ese entonces.
—Eras tan… tímida. Estabas destrozada por la muerte de tus padres. Te escondías en el bosque para llorar, porque no querías disgustar a nadie con tus lágrimas. Pensabas que al llorar, los demás se burlarían.
Mientras escuchaba, silenciosa, el relato de aquellos remotos recuerdos, sus manos, sin darse cuenta, dejaron de tiritar. Su mirada se enfocó en algún punto del suelo.
—Pero eso nunca pasó. Los demás sintieron empatía hacia ti —dijo Astrid, tomando a Heather por los hombros para hacer que la viera a los ojos—. Los demás, se preocuparon por ti.
—Se compadecieron de mí. —gruñó Heather con fastidio.
—No, Heather —respondió Astrid, abrazando cálidamente a su amiga—. Todos vieron en ti: valentía.
—No soy valiente, Astrid. No como tú.
—Eres valiente. Más de lo que crees. —expresó Astrid, aún con el débil matiz, frágil en su voz.
—¿Tú de verdad crees eso?
—Nunca te mentiría. —admitió Astrid, soltando un suspiro acogedor.
—Aún no respondes a mi pregunta.
Astrid soltó una risilla.
—Protejo a todos, porque no quiero que se estanquen como yo. —confesó Astrid.
—¿Estancar?
—Así es. Deseo que todos encuentren el coraje para seguir adelante. Al menos… quiero ayudar en eso.
—Entiendo. —murmulló Heather, todavía en desacuerdo.
—¿Dónde están mis padres? —inquirió.
—Con el consejo.
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Planeaba escabullirse en su casa. No quería ver a su padre y mucho menos hablar con él.
Subió las escaleras furtivamente, con la sensación de que su padre lo llamaría en cualquier momento. Creyó imaginar a su padre pisándole los talones. Giró con presteza, esperando la inevitable confrontación, pero al ver las escaleras vacías, solo se limitó a suspirar de alivio.
Llegó a su lozana habitación, relajando su cuerpo al ver el lecho que aguardaba por él. Por un momento pensó que esa habitación era un recuerdo del pasado, de una vida muy añeja. Quería seguir meditando aquello, pero entre el aire fresco que lo rodeaba, y el ambiente propicio que lo resguardaba, no pudo evitar caer en la dulce melodía de aquella noche tan fría y nigromante.
Y como en un parpadeo, sintió los rayos del sol tocando su piel. Sin creer aquello, abrió un ojo, para después soltar un bufido. Ya era de día.
Meditó en que su cansancio había sido tal, que su cuerpo no había sentido siquiera la siesta. Había pasado por eso antes: cada vez que trabajaba hasta tarde en la fragua.
Se levantó con pereza, estirando sus músculos. Después de asearse, ordenó deliberadamente su cuarto, pues no quería cruzarse con el jefe en la mañana. Primero debía pensar bien lo que le diría.
Sin embargo, la puerta se abrió destempladamente, dejando cruzar agudos rayos de luz mediante la abertura traslúcida de la puerta. El diáfano cuarto se cubrió de aquella luminiscencia.
—Hola, papá. —saludó con el corazón estrépito, latiendo con celeridad.
Notó el semblante firme e imponente de su padre. Quería disculparse por las molestia que le causó al pueblo.
—Hipo, tenemos que hablar de un tema muy importante. Cuando estés listo, ven a la mesa. —ordenó prepotente, antes de retirarse.
Hizo caso. Terminó sus trivialidades, antes de bajar al comedor para hablar con su padre.
Cuando lo vio sentado, con dos platos de comida sobre la mesa, y con el cuchillo y el tenedor firmes, sintió el dilatado espavento que provenía de aquel mueble de madera.
Dejó esos pensamientos banales, y tomó asiento. Comió con la cabeza gacha por unos minutos, en silencio, hasta que su padre habló con solemnidad.
—Espero estés consciente de lo que ocasionaste.
Por supuesto que lo sabía.
—Me disculpo por ello. —respondió Hipo cohibido, y percibiendo la mirada desdeñosa de su padre—. Hoy trabajaré en reparar la fragua. Mañana ya tendrás listo el lugar para traer tu hacha.
No obstante, su padre no respondió.
Podía tomarlo como una reacción de enojo, pero algo en Hipo le gritaba que esa no era la razón de aquel súbito silencio. Como una sinfonía: tenue y sosegada, empezó a escuchar los latidos de su corazón.
Y después de unos segundos, logró divisar el semblante del imponente hombre sentado frente a él.Estaba triste. Podía sentirlo. Podía ver a través de sus ojos, el tenebroso y hasta desmedido dolor.
—Papá, te repito: la fragua estará lista mañana. Si se trata del consejo, está bien, yo me disculparé con ellos.
—Hipo, ¿conoces qué significa la valentía?.—cortó.
Hipo asintió desconcertado con la pregunta.
—Pues los vikingos somos valientes. No le tememos a la muerte. No le tememos a la guerra y no le tememos a aquellos que nos atormentan. Lo único a lo que podemos temer, es a los dioses. —comentó Estoico, distorsionando aquella mirada de suplicio.
—Lo sé, me lo dices a menudo. —respondió Hipo, suspirando agotado por las intromisiones culturales de su padre.
—No hay lugar para un cobarde aquí. No puedes volver al pasado para cambiar lo que eres ahora. Pero puedes empezar de cero, para crear un nuevo final.
—¿Empezar de cero…? —respondió con pesadez, curioso por la incertidumbre que tenía.
—Mañana por la noche, tendremos invitados especiales. Ponte el mejor atuendo que tengas.
—¿Ah? ¿Puedo saber qué ocurre?
No le respondió. En cambio, se paró, dirigiendo su paso hacia la ventana del pueblo, dándole la espalda por completo.
—Antes, déjame preguntarte algo.
—No necesitas permiso, papá.
Así como el delgado viento que traspasó por afuera; sordo, Estoico prefirió mantenerse abnegado, mientras se repetía en su cabeza las dos palabras que debía preguntarle a su hijo. Pero el silencio, como si hubiera escrutado el ambiente, ensordeció sus delirios hasta una imperturbable paz mentirosa.
—¿Quieres casarte? —preguntó, esperando en medio del vespertino.
Silencioso, Hipo se perdió en el trance que brotó de la pregunta. Y sin sentirse listo aún para responder, tartamudeó confundido hasta despertar del percance. Pero cuando lo hizo, el azote despiadado golpeó su corazón, generando en él, desconcierto y dudas.
—¿Ya arreglaste un contrato? —preguntó inexpresivo.
—No. Por eso te lo pregunto.
—Eso no es habitual en ti. Me pregunto si todo el discurso del vikingo cobarde fue solo para preguntarme esto.
—Eres el próximo jefe —Estoico lo dijo como un regaño—, y ahora mismo estás pensando en decir que no, ¿no es verdad?.
—Debería. Nadie quiere una boda arreglada. Ni siquiera yo.
—¿Entonces el próximo jefe es un joven incompetente y egoísta? Esta boda es importante.
—¿Para ti, o para mí?
Descontento, Estoico miró con enfado a su hijo, reprimiendo su falta de respeto hasta intimidarlo.
—De todos modos, sabíamos que este día llegaría. —habló Hipo.
—Mañana arreglaremos los términos. Debes este aquí.
—Por supuesto. ¿Puedo saber quién es la afortunadas? —preguntó con sarcasmo.
Estoico recogió su casco de la mesa. Desvaneció el predilecto carácter prepotente, y antes de abrir la puerta de salida, respondió a la pregunta de su hijo.
—Astrid.
Con la habitación sola, con el sutil viento soplando tímidamente, Hipo Abadejo casi se desmaya, sintiéndose en una mezcla de pigmentos de blanco y negro, descoloro ante la situación apremiante del pueblo. Pero fue ese rasgo de urgencia, lo que hizo que sus preguntas surgieran.
—Vaya vida que me espera con Astrid… —dijo sarcástico.
