Capítulo 2
Deberes de un vikingo
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Astrid paseó inquieta por toda la casa, aguardando al porte de su padre, para preguntarle sobre aquellos rumores tan inverosímiles.
Su ansiedad creció cuando el semblante de su madre no le expresó más que infortunio y desdicha. Pese a ello, se sugestionó con convicción; no creería en esos murmullos y chismes austeros sin antes hablar con su padre.
Lamentó la blandura persistente de su cuerpo herido, eso evitaba que pudiera salir de casa sin ayuda. Y sin embargo, trató de salir con rigor, pero fue embestida por el dolor ocioso de su espalda que evitó que bajara las escaleras.
Rendida, volvió a su cama para descansar, mientras veía al pueblo a través de su ventana trabajando para restaurar las casas.
—¡Astrid, es malo para tu salud estar tan ansiosa! —regañó Heather, que acababa de llegar con algo de pan.
Agitada, Astrid exigió respuestas. El misterio enigmático detrás de esos chismes causaban incertidumbre sepulcral en ella. Necesitaba saber más. Necesitaba hablar con su padre o con el jefe.
—¿Qué oíste? Ya sabes, acerca de… eso. —insinuó con timidez.
Heather no respondió. Dándole la espalda a Astrid, empezó a cortar trozos de pan hasta haber saneado la porción que le daría. No logró preparar una excusa para refutar las exigencias de su amiga, que desprendía una ansiedad perdurante que empezaba a preocuparla.
—Nada al respecto. Son solo rumores. No le tomes tanta importancia.
—Un rumor no golpea tan fuerte. Hay algo más, Heather. Mi nombre está en boca de todos. —espetó Astrid.
Heather suspiró con pesadez, palpando el sonoro grito que el señor Hofferson le había dado por la mañana advirtiéndole que no dijera nada.
—Deberías hablar con tu padre. —respondió a secas, sin poder mirarla a los ojos.
Astrid se dio cuenta del funesto rostro de su amiga. Caminó hacia ella para atosigarla, ignorando el aciago doloroso de su voz pidiéndole que no exigiera más de ella. Para Astrid fue un ultimátum doloroso saber que Heather no confiaba en ella, incluso a pesar del martirio doloroso por el que ambas habían pasado los últimos años.
—¿Por qué no me lo dices?
—Ya te dije, no sé nada. No soy de oír chismes. —dijo con la voz retorcida.
—Ajá, claro. —habló Astrid con ironía—. Créeme que si pudiera bajar las escaleras, iría ahora mismo a la casa del jefe a preguntarle.
—Por supuesto, sé que lo harías.
Heather consiguió que Astrid se calmara hasta dormirse. La tarde pasó y en aquella penumbra emocional, observando a Astrid, trató de comprender el objetivo desleal de los señores Hofferson con la idea de casar a su hija con el timorato del pueblo: Hipo.
Ella sabía que eso suponía una tortura para Astrid, y aunque trató de despertarla para confesar la verdad, el miedo aplacó sus deseos. Con ímpetu, se posó a lado del lecho y agarró la mano de Astrid con fuerza, estremeciendo el menguante dolor de mentirle.
—Lo siento, Astrid. Por favor, perdóname. —habló en voz baja, deseosa de que su amiga oyera, pero con miedo de que le reprochara su cobardía.
Tembló ante la idea de que ella la despreciara. Sostuvo más fuerte su mano hasta hacerla sollozar con un quejido. Se disculpó antes de apartarse por completo.
Más tarde, Astrid confirmó sus sospechas.
Asediada por el contrato matrimonial que su padre le había presentado sin escrúpulo alguno en aquella mesa, no supo cómo reaccionar.
Pronto se arrepintió de haberle preguntado sobre los rumores, añorando que todo se tratara de solo una pesadilla inalcanzable. Pero los gritos prepotentes de su madre a su padre fueron prueba de que aquella aflicción era real, tan real como la crisis económica que sufría su pueblo.
—¡Debiste ser más considerado! —reclamaba su madre, Yssel, a su padre.
—¡Astrid ya no es una niña! Pronto será jefa.
Debe estar acostumbrada a recibir este tipo de noticias
Heather guardó silencio. Con la cabeza gacha, no se atrevió a siquiera mirar de reojo la pesadumbre de su amiga. Se consideraba tan cobarde como el hombre que había asesinado a sus padres, y eso causaba repudio en ella.
—¿Dices que es oficial? Sin siquiera preguntarme antes. ¿Qué clase de padre hace eso?. —reclamó Astrid iracunda.
—Creo que olvidas que te debes al pueblo. Tu deber ahora mismo es salvarlo. Esta boda salvará a Berk. Tú salvarás a Berk, hija.
—¡Ni siquiera tú te crees eso! Si realmente quisieran salvar a Berk, Estoico habría acordado algo con otra isla. Ustedes tienen algo entre manos.
—Astrid, no te atrevas a insultarme. —masculló rabioso.
—¡Fuiste tú el que insultó mi honor al comprometerme sin consultarme! ¿Qué esperabas? ¿Que te recibiera con un abrazo mientras te agradecía por comprometerme con Hipo?
—¡Basta! ¡No voy a discutir este tema! ¡Mañana por la noche cerraremos el contrato de matrimonio! —finalizó Axel.
—¿Y si me niego? —cuestionó atrevida, cruzando los brazos.
—Condenarás a Berk a la hambruna. Y por supuesto, deshonrarás nuestro apellido. ¿Sabes lo que significa eso, no?
—Disfrutaría ver eso.
—¡Astrid Hofferson!
—¡No pensaste en mí! Papá… ¿por qué no me preguntaste antes? —Astrid sollozó ante el rostro abatido de su padre, suponiendo que aquel hombre que tanto admiraba, estaba siendo obligado por el consejo—. Por favor, no lo hagas. Te prometo que buscaré una solución. Pero no lo hagas. No me obligues a esto. —pidió, cambiando su tono a uno agudo, de súplica, como pocas veces lo había hecho.
Axel, enternecido por las súplicas de su hija, no pudo alzar la vista para mirarla. No pudo siquiera responder aquella plegaria. Se levantó de la mesa de golpe, dándole la espalda.
Astrid entendió la respuesta pérfida del hombre. Contuvo el llanto, consolándose en el estupor de traición de su madre y Heather, quienes solo la observaban con lástima.
—Ustedes lo sabían. —las acusó casi rompiendo en llanto.
Ambas apartaron la vista. El ardor de traición y mentira consumió el muro de cordura que sostenía a Astrid. Y cuando los tres presentes predicieron la catástrofe y gritos de Astrid, esta calló.
Empañada, Heather no pudo disculparse, pero podía sentir el silencioso dolor de su amiga, esquivando la idea de llorar ante ella y sus padres. Justamente eso era Astrid Hofferson, pensó.
—¿Cuándo?... —rompió Astrid el silencio—. ¿Cuándo es la boda?
—Dentro de dos semanas. —respondió el viejo Axel, aún de espaldas.
—Sí me caso, ¿me prometes que Berk estará bien? Podrías… ¿asegurarme eso?
—Sí —respondió firme—. Si todo sale bien, Berk estará bien.
—De acuerdo. —susurró ella, rompiendo su voz en el último hilo.
Contuvo su llanto, y sin mirar a su madre y a Heather, se fue a su habitación. Cerró su puerta con seguro mientras miraba el relieve de la ventana. Se acercó hacia ella y miró el pueblo: oscuro y envuelto en tristeza por la reciente redada.
¿Cómo podría negarle el derecho de vivir a ellos? Yo… me debo a Berk y a ellos.
Después de mirar unos minutos, se alejó para cambiarse. Sin embargo, antes de hacerlo, miró su hacha, pequeña y de madera: la primera hacha que su padre le había regalado.
La tomó y recordó aquellos días en los que entrenaba con ella. Esos días en los que se escapaba de casa para ir al bosque.
Volvió a mirar hacia el presente, mientras el dolor de sus heridas se esparcía por su cuerpo. Pero no sólo aquel dolor tangible, sino el impalpable suplicio de su alma destrozada.
Lágrimas comenzaron a brotar. Agarró una almohada de su cama con la que se tapó la boca. Y entonces, comenzó a gritar.
Gritó fuerte, hacia una realidad insondable en la que jamás sería feliz. Sujetó con más fuerza la almohada, y gritó más fuerte. Lloró sin contenerse.
Escuchó a Heather del otro lado, pidiéndole que por favor abriera la puerta, pero no cedió. No quería verla. No quería ver y hablar con nadie.
Escuchó cómo Heather comenzó a llorar, golpeando frenéticamente la puerta, mientras pedía que la perdonara. Quiso gritarle que se fuera, pero sus fuerzas eran menguantes, que no tenía la voz para hacer eso.
Aquellas cuatro paredes, habían sido testigo del conmensurable dolor de Astrid, mientras alojaban los gritos de esta.
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Mientras Axel reía con los delirios de Estoico, este disfrutaba de la célebre cena, gustoso de relatar sus anécdotas con los Hofferson.
—Estoico, ¿recuerdas la vez que competimos en un concurso de hidromiel? Apostamos…
—Nuestras hachas —finalizó Estoico—. Pero vino Spitelout a interferir y terminó ganándonos.
—Pero el idiota no pudo cargar las armas y terminó devolviendolas. —rieron a carcajadas.
—Entonces vino Valka para desafiarnos y tú te reíste. Te dije, te advertí que no la desafiaras.
—Tu esposa realmente era sorprendente.
Hipo trató de incorporarse, intentando evitar la mirada vesania de Astrid, quien anunciaba una vida infeliz a su lado.
Astrid notó, a pesar del frágil y mezquino baile de llamas proveniente de la fogata, un sonrojo en él, accionando el repudio que iba a tenerle desde ahora. Pero aquella actitud esquiva de Hipo, hacía que al menos la parsimonia relegara los nervios que tenía; esos nervios que evocaban repulsivas imágenes de ella en el altar.
—Bien. Ya es hora, Estoico. —alegó Axel, carraspeando con ímpetu para afinar su voz.
—Astrid, Hipo, es curioso ver que ambos son monedas casi opuestas, pero a la vez comparten el mismo destino. —dijo Estoico.
—Dudo que Hipo y yo compartamos el mismo destino. —respondió Astrid, fría—. ¿Por qué no vienes a las incursiones? ¿Te da miedo? —Astrid miró a Hipo con desaforo, intencionando que el herrero se atragantara con la comida.
—¿Miedo?... Es una broma, ¿verdad?.
—Yo no bromeo. Aunque… te sienta bien arreglar armas —se burló Astrid—. Espero que estés realizando una buena labor.
—P-p-por supuesto. —tartamudeó, comprendiendo las insinuaciones de Astrid—. Tal vez podrías darme tu hacha, veo que necesita mantenimiento. —devolvió Hipo, soltando una risilla.
Astrid lo tomó del cuello, apretando despiadada la camisa de Hipo.
—Ni creas que volveré a confiarte mi arma después de lo que hiciste. Todavía no lo he olvidado.
—Eso… fue un accidente. Y ya me disculpé varias veces.
—Ni mil disculpas servirían para reparar tu error.
Astrid lo soltó y volvió a su sitio, ocasionando que los padres de ambos se rieran por el desconcierto fugaz. Pero Yssel, la madre de Astrid, miraba con recelo a Hipo, como culpándolo directamente de la catástrofe que atravesaban y del sufrimiento de su hija. Además, no lo veía digno de Astrid.
—Pues oirás una disculpa cada mañana. —insinuó Hipo respecto a la boda, provocando un desliz emocional en ella.
—Estaré contenta de golpearte cada mañana. ¿O prefieres besitos? —se mofó con ironía.
—Eso no estaría nada mal.
—Ni en mil años podría tocarte.
—Qué suerte que lo digas así.
A pesar de la intensa tribulación de insultos, Hipo no se atrevió a mirarla en ningún momento; muy diferente a ella, que disfrutaba verlo doblegado ante su efigie.
—Ustedes dos sí que se van a llevar muy bien. —sarcástico, mencionó Estoico.
—No tienes ni idea… —susurró Hipo.
—¿Dijiste algo? Es que… tu voz es tan aguda. —fastidió Astrid.
Hipo se limitó a musitar. Sin embargo, él notó la desalineada actitud de la guerrera feroz e intrépida que conocía. Podía apreciar cuan fatídica había sido la noticia para ella, y a pesar del pasado trágico y de enemistad que tenían, nunca sintió la intención de herirla.
—¿Estoico, tienes listo el contrato? —interfirió Axel.
—Aquí lo tengo.
Astrid sintió su garganta desafinada, cediendo al afán de amargura. Ocultó sus manos debajo de la mesa para no denotar el frenético temblor de estas.
Trataba de gesticular alguna palabra, para disimular la angustia que tenía, pero ese nudo la estaba ahorcando con cada segundo que pasaba.
—Entiendo que te sientas así, Astrid. Pero debes entender que la situación es emergente; tanto, que tuvimos que vernos obligados a tomar esta decisión. —habló Axel, compadeciéndose de la mirada desenfocada de su hija.
—No tenían derecho… no lo tenían. —sollozó Astrid, alzando la pluma.
—Hipo, firma. —pidió Estoico.
En sus sueños más remotos, Astrid imaginaba que su boda sería alegre, feliz, llena de alegría y cubierta de júbilo. Por supuesto esa idea jugó con ella y con sus sentimientos; esa idea de casarse con la persona que amaba y ser feliz.
—¿Dónde firmo?
Para Astrid, fue como si el tiempo sufriera un letargo. Con cada puntada de la pluma, en el papel, veía su vida en el abismo, pues al firmar aquello, estaba enterrando lo que sobraba de aquello a lo que llamaba libertad. Muchos pensamientos cruzaron por su cabeza.
¿Qué supone ser una mujer casada? ¿Podré seguir siendo la comandante de Berk? ¿Cuántos herederos deberé darle a Hipo? ¿Pasaré a ser solo una mujer de casa para atender las necesidades de Hipo? ¿Llegaré a enamorarme de Hipo algún día?
Entre todas esas preguntas, miró a Hipo. Él estaba sentado, tímido, con la cabeza gacha, y con una expresión serena. Sin embargo, cuando Hipo levantó su mirada hacia ella, sintió el vigoroso choque de miradas que la hizo enternecer.
Muy diferente de las veces que lo había visto en la herrería, su calma ardió como un calvario agonizante que anhelaba silencio y frío.
Se miraron por un momento. Astrid profundizó en sus ojos verdes y pensó en aquella calidez armoniosa que denotaban, muy diferente a la imagen que seguramente ella tenía.
—Hipo, Astrid, felicidades. Les deseo paz y amor en su vida. Estoy seguro que serán muy felices.
