Capítulo 3

Soledad entre las estrellas

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Mientras era guiado hacia el manantial, donde sería despojado de sus prendas para después ser bañado, pensaba en aquella vez en la que se había perdido en el bosque.

Recordaba mezquinamente aquel suceso de antaño. Ni siquiera podía evocar la razón por la que fue al bosque ese día y cómo se había desviado del camino. Dejó de luchar para tratar de recordar.

Sin embargo, sí podía afligir aquella sensación que sintió aquel día en el que se perdió.

No era miedo. No era dolor. Era una sensación de abandono.

A pesar de las personas que estaban caminando a su lado, se sentía extraviado. Pero no en el bosque, no en el páramo que lo rodeaba, no en el oscuro telón del cielo que cubría su pueblo.

—Ya llegamos. —dijo el guía, un vikingo mayor, junto a otros dos hombres, quienes habían sido encargados de llevar al novio al baño sagrado.

Al ver a aquellos hombres, pensó en la reacción que había tenido el pueblo cuando la noticia impactó. Y con sinceridad, agradeció a Astrid por la valentía con la que ella había aclarado las cosas. Pero mayor fue su sorpresa al vislumbrar lo bien que se había tomado la boda el pueblo.

Él sabía el motivo. Ella les daría un heredero Hofferson, sería su jefa, y demostraría una vez más que era su símbolo de esperanza; pues a los ojos de todos, ella los estaba salvando, ella se estaba sacrificados por ellos.

Salió de su introspección y vio una gran cueva delante suyo. Súbitamente, empezó a percibir la mirada curiosa de los hombres y el guía. Definitivamente no sabía qué estaba pasando.

—Hipo, entra. —pidió el guía

Obedeció la orden del hombre mayor, y se dispuso a caminar hacia la caverna. Poco era decir que se sentía vigorosamente incómodo y preocupado.

Cruzó la brecha. La oscuridad, imprevisto, cubrió el panorama que tenía. Hipo buscó respuestas en los hombres de afuera, creyendo inocentemente que vendrían detrás suyo. No obstante, los hombres se limitaron a mirarlo sin consternación.

Deliberando lo peor, se dispuso a salir de la cueva, antes de caer en la trampa que los tres hombres le habían hecho.

—Hipo, debes continuar solo desde aquí. —habló el longevo hombre, para después lanzarle una antorcha.

—¿A dónde…? —preguntó Hipo sin entender.

—Tu padre jamás te contó sobre la preparación de una boda, ¿verdad? —preguntó fastidiando el hombre.

—Algo. Me dijo que debía ser bañado en el manantial sagrado de Berk, o algo por el estilo.

—Esa es solo la conclusión —expresó algo molesto el guía—. En realidad, primero debes buscar la reliquia de tu familia.

—¿Reliquia?

—Así es, joven. Debes bajar por esa cueva, hasta llegar al punto más profundo. Ahí encontrarás la reliquia de tus ancestros, de todos los jefes anteriores a ti. Traela hasta aquí, y así habrás cumplido con la tradición. —explicó el guía.

Su padre jamás le había explicado eso. Quería creer que se le había olvidado, pero algo tan relevante como ese evento, no podía haber pasado desapercibido de la explicación que le dio su padre por la mañana.

—Está bien. —aceptó Hipo. Tomó la antorcha y bajó con cuidado el rocoso camino.

Mientras bajaba, el ambiente rupestre empezó a sofocarlo. El sudor de su frente comenzó a brotar. Cuando llegó al interior, se impresionó al ver la cantidad de oro que había alrededor. Vio hacia arriba para corroborar que los hombres seguían ahí, y efectivamente, estaban viéndolo desde arriba.

Eso lo tranquilizó un poco.

Al ver tanto oro, no pudo evitar pensar que la gente del pueblo venía a ese lugar para pedir deseos, como un pozo de los que había oído en cuentos.

O tal vez eran los mismos jefes que venían a inmolar con ofrendas de oro. Si era así, se preguntó si su padre había venido alguna vez. De lo que sí estaba seguro, era de la gran importancia de ese lugar. Pues con ese oro, salvarían a Berk de la crisis que pasaba. Pero nadie había mencionado aquello en los días oscuros donde la economía del pueblo estaba golpeada.

Siguió caminando. El sudor de su cuerpo se intensificaba más cada minuto. Era imposible, para él, no pensar que estaba dentro de un volcán subterráneo.

El camino se hizo más intermitente, lo que hizo que tuviera traspiés.

Cuando por fin vio que el camino llegaba a su fin, comenzó a decirse a sí mismo que los dioses no lo odiaban tanto después de todo.

Encontró la susodicha reliquia. Era una espada. La tomó entre sus manos, apreciando su metal desgastado y su filo inexistente. Tenía un rubí por debajo del mango. Si le dejaban quedarse esa espada, seguramente le daría mantenimiento, pensó.

Con su labor hecha, quiso emprender rumbo a la superficie, pero algo lo detuvo.

Habían grabados en la pared rupestre. Iluminó el sector con su antorcha, viendo cómo estos grabados eran dibujos marchitos por el tiempo. También había escritos ininteligibles.

Dejó la espada de lado para observar mejor aquellos dibujos. Pensó que su precaria mente, posiblemente, le estaba jugando una mala pasada. Miró con más atención el nebuloso dibujo, vislumbrando por fin de qué se trataba.

Los dibujos eran muy comunes, poco artísticos y muy anticuados. Se apreciaba un dragón casi deforme y un vikingo de gran tamaño peleando con la bestia. Con aspereza, se dijo a sí mismo que volvería algún día para mejorar esos dibujos para que así el próximo sucesor lo comprendiera fácilmente.

"Próximo sucesor".

Tragó saliva de solo pensar en eso. La idea de tener un hijo con Astrid no la había podido disolver tan fácil. Estaba enterado de la situación y de la importancia de un heredero. Solo esperaba que la presión no fuera tan agresiva.

Ese pensamiento tan morboso, se escapó al leer los escritos plegados debajo del dibujo.

"Si le das esperanza solo a uno, no le estás dando esperanza a tu pueblo".

Meditó un momento. La frase era obvia. Pero creía que había algo más en ella. Básicamente el que escribió eso le estaba diciendo que si solo velaba por uno, o por sí mismo, en realidad no estaba haciendo las cosas bien.

Cansado de tanto simbolismo absurdo, tomó la espada y se retiró. Le costó llegar a la entrada por el inminente calor que lo acosaba, y en su interior esa infeliz sensación de que nada de eso había valido la pena, seguía molestándolo.

Cuando llegara a casa, le preguntaría a su padre el porqué de esa perniciosa tradición.

Cuando llegó a la superficie, el guía lo felicitó y posteriormente fue guiado, ahora sí, al manantial.

Su boda era mañana y con el transcurrir de los minutos, aquella sensación de abandono crecía más.

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El palpitante sentir del océano, meciéndose furtivamente, con olas que no auguraban tornarse abrumadoras, y brillando con intensidad por el diáfano contraste de la luna y el millar de estrellas que envolvían la cortina negra.

Gracias a aquel réquiem tan armonioso, a aquel ambiente tan ostentoso, que calmaba, al menos, el dolor de su alma de aquel infierno que había vivido los últimos días…

Para el día después de la cena con los Abadejo, la noticia de la boda se había vuelto tendencia en todo Berk. Eso, por supuesto, no la molestaba en absoluto. Los problemas llegaron con las conjeturas atrevidas y sisañosas que se hablaron sobre ella.

Algunos decían, sin escrúpulo alguno, que ella e Hipo se casaban porque ya existía un heredero en su vientre; supuesto que la enfureció y pellizcó con ardor su corazón. ¿Cómo la gente podía pensar eso de ella? Jamás imaginó cuán artificiales podían ser algunos.

Otros rumoreaban que Hipo había pagado una suma desorbitante de oro para poseerla. Aquella hipótesis sonaba muy realista, para ella; a tal punto que tuvo que aclarar ante todos que las cosas no habían sido así.

Tanto ella como Hipo, se dieron dos hachas como regalo de compromiso. Todo parecía haber sido orquestado por los mayores, porque ni siquiera la dejaron elegir el regalo para Hipo. Aunque agradeció aquello: no conocía nada sobre Hipo.

Mientras se subía al pequeño bote, junto con su madre, miró aquel vacío bañado sobre el cielo. Obscuro y brillante, vacío pero repleto de estrellas. Por inercia, rezó a los grandes dioses, que suponía la estaban observando desde arriba. Recordó la discusión que tuvo hace unos días con su padre, que le dijo que era su destino casarse con Hipo, con la aprobación de los dioses.

Aún le era difícil creer que aquellos seres divinos los observaban con lucidez. Aunque por ese pequeño instante en que miró al cielo, deseó que los dioses genuinamente la estuvieran vigilando.

El bote zarpó.

Durante todo el camino, su madre no dijo palabra alguna. Ella tampoco deseaba hablar con ella, todavía no la había perdonado, y probablemente tardaría en hacerlo.

Sabía que la boda se estaba suscitando por la necesidad del pueblo, pero en realidad veía más a fondo y en sus pensamientos más profundos creía que había otras alternativas para salvar Berk. Por esa razón tenía recelo hacia sus padres, porque habían tomado la decisión más apresurada para deshacerse de ella.

—Llegamos. —habló su madre, frenando los remos.

Había llegado el momento. Miró un momento el mar, extenso e infinito.

Percibió la mirada de su madre de reojo, llena de melancolía y tristeza, pero no la miró. No era el momento. El perdurante dolor de su alma y la red de mentiras que la habían traído hasta ahí, seguían lastimándola.

Se llevó las manos a la cabeza y se quitó el krasen de su frente. La tradición exigía que antes del baño de la novia, debía librarse del elemento que representaba su soltería: su krasen.

Habían remado hasta ahí, solo para deshacerse de tal objeto. Algunas familias solo enterraban el krasen de la novia en lo más profundo; otros, lo quemaban hasta dejar solo cenizas. Pero su familia debido a la gran índole navegadora que tenía, decidieron que el krasen de las mujeres de su familia debía ser expelido en el vasto océano.

—Toma. —ofreció Yssel, un cuchillo. Astrid lo tomó sin vacilar.

Rebanó su krasen hasta haberlo despedazado en varios fragmentos. Al hacerlo, no pudo evitar sentir cómo su libertad era atada a una condena eterna.

—Es hora, hija mía.

Disimuló su dolor. No quería romperse a llorar en frente de su madre.

Sobre el agua, en dirección al sur, empezó a despachar los primeros restos de su krasen. Cambió de dirección, hacia el sureste, y siguió con su labor de despedida.

Se decía que si arrojaba los restos de su objeto sagrado en varias direcciones, nunca nadie las encontraría para volver a ensamblarlas.

Vio cómo aquellos restos, se iban alejando poco a poco. Vio cómo aquellas olas, se llevaban como pétalos aquel elemento tan sagrado como si fueran hojas sin relevancia. Vio cómo aquellas estrellas, seguían su orden sin altercarse, sin rastro de algún dios que la ayudara a salir de esa pesadilla.

Cuando la brisa vigorosa pasó por su lado, llevándose los últimos restos del krasen del norte, sintió ataduras apretándola sin clamor. Definitivamente, ese día, había perdido el símbolo de soltería. Al día siguiente, sería esposa de Hipo y próxima jefa de Berk.

Suspiró una vez más, pidiendo nuevamente a los dioses una petición. Derramó una lágrima antes de darse vuelta y decirle a su madre que ya podían volver para el baño ceremonial.

Añoraba que aquel deseo o petición, llegara al panteón de Odín. Quería creer en que en verdad los dioses la miraban.

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La noche era cálida, sosegada y hasta tierna. Nunca se había sentido así.

Hipo apretó el pasto con su mano para tratar de calmar esa ansiedad que llevaba dentro. Estaba a tan solo unas horas de su boda y aquella sensación de abandono no se iba. Cada segundo se sentía más vacío, más solo y más débil.

Se golpeó la cabeza para dejar de pensar en esas cosas tan deprimentes. Los últimos días habían sido tan terribles, que sintió como si estuviera volviendo otra persona. Y no lo quería. Pensó que su boda no tendría porqué repercutir en su actitud sarcástica y burlona.

Pasado, presente y futuro.

Se tumbó hacia atrás, mirando hacia las estrellas. El infinito firmamento iluminando el cielo nocturno. La luna casi extinta pero con un tercio de su tamaño. Las estrellas: adoraba esos pequeños astros desplegados entre todo el empíreo. Aquella belleza fugaz, lo cautivaba tanto, que hacía que se separara del mundo tangible en el que estaba.

Se preguntó si los demás vikingos también disfrutaban de aquella sensación tan excéntrica, tan bella y tan relajante. O era él el único demente que tenía una obsesión sana con avizorar aquel paraíso celestial. Por solo ese instante, ignoró lo que los demás pensaran de él. Si a ellos no les gustaba, qué más daba.

Entre el pletórico cielo, veía algo más…

A través de esa oscuridad, a través de esa ventana abundante de brillo, había algo. Algo tan abstracto para entenderlo, pero que a la vez se veía tan cercano y palpable.

El pasado.

¿Las estrellas muertas seguirán ahí, brillando? Se preguntó. ¿Acaso aquel edén tenía un principio y un final? ¿Y si el principio de aquel firmamento existiera, cómo se vería?. Pensaba.

Muchas cuestiones surgían en su cabeza cada vez que veía las estrellas. Añoraba poder tocarlas, sentir ese brillo rozando su piel. El solo imaginarla, hacía recorrer un clamor inconcebible sobre sus venas.

Pero no era eso.

No era el pasado lo que veía en ellas. Era algo más.

¿Tal vez el futuro?

No le gustaba pensar en el futuro, pues el futuro llegaba demasiado pronto. Tan veloz como el viento cizañoso de invierno, llevándose algo de todos y dejando gélidas la percepción de todos, pues era sorpresivo y poco amigable. Se llevaba los años de vida rápido, y en su caso, arrebataba un día más de redención con su pueblo y su padre. Odiaba el futuro.

Decidió dejar de pensar en eso.

Pero aquella inquietud existencial, no se iba. Algo veía en las estrellas. Y se juró que, algún día las alcanzaría.

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Entre varios hollines en el suelo, se podía sentir el polvo y ceniza que aún perduraban en la choza; volátiles, como pequeños fragmentos.

La luz se intensificó cuando la anciana prendió una nueva lumbre entre maderas raídas que parecían tan endebles como una rama.

La anciana miró una vez más, suspicaz, a la persona frente a ella. La invitó a tomar asiento, y esta aceptó.

La misteriosa chica se quitó la capucha y envolvió sus brazos sobre su cuerpo para captar más calor. Si había algo que detestaba de Berk, era el frívolo clima de cada estación, no importaba si era verano, la brisa potente de hielo siempre estaba presente, en cada noche.

"¿Qué te trae aquí? "

Escribió Ghoti, tomando asiento al igual que Astrid.

—Quería hablar de cosas. —respondió un poco obstruida.

"Es sobre mañana, ¿verdad?."

—Así es. Yo…

"Tienes miedo."

No respondió ante aquélla figuración, pero tenía razón. El miedo se había hecho presente el día que firmó ese contrato.

"¿A qué le tienes miedo?."

Meditó un momento su respuesta, con aspereza.

—Al futuro. Por primera vez, siento que no puedo predecir lo que va a suceder. Cada año, cada mes y día, podía ver lo que iba a pasar conmigo. Por eso entrené duro de pequeña, porque podía verme como capitana. Por eso acompañé a Heather en su camino, porque podía ver en lo que se convertiría. Por eso me hice capitana, porque veía futuro en los reclutas. Pero ahora…

Ahora no podía ver el "futuro" . Su compromiso con Hipo había sido súbitamente sorpresivo. Por eso el miedo la invadía. No sabía qué iba a pasar ahora. No podía hacerse una idea de cómo sería su vida desde la mañana donde ella e Hipo fueran declarados marido y mujer.

¿En dónde se había equivocado? Se preguntó. ¿En qué instante descuidó su espalda y dejó que la comprometieran? Había tomado todas las precauciones y por eso no podía entender cómo su futuro ahora se tornaba sombrío.

Gothi sintió las palabras de Astrid como letanías soberbias que le hacía a los dioses. Como súplicas inéditas pidiendo alguna explicación de por qué la habían castigado con esa boda.

"Tonta." escribió Gothi.

—¡Qué!

"Tonta, tonta, tonta, tonta." golpeó a Astrid con su bastón.

—Eso me dolió. —se quejó Astrid, frotándose la cabeza por el dolor.

"Lo que tú viste, no es el futuro. Es solo una ilusión de lo que tú querías que pase."

Tal vez tenía razón, pensó. Se había ensimismado tanto en sus metas que había olvidado que el camino hacia ellas podría distorsionarse.

"Todos lo ven así, como si fuera algo que se pueda construir. El futuro no es algo que tú decides, sino algo que el destino elige."

—¿Entonces qué es el destino? ¿Es acaso solo una fuerza sobrenatural que ejercen los dioses que decide cómo serás, con quién te casarás? Eso es una tontería.

"El destino le pertenece a los dioses. No puedes cambiar eso."

—Claro que puedo. Si ahora quiero puedo huir de Berk y evitar la boda.

"Pero no lo harás. Por más que lo desees no huirás."

Astrid empezaba a odiar la presunción acertada de la anciana.

Por más que deseara escapar, no lo haría. La necesidad de salvar a su pueblo junto con la natural reacción de no deshonrar a su cultura y a su familia, la ataban a quedarse.

"Ese es el destino, pequeña Astrid. No existe la libertad de hacer lo que quieras. Nadie puede romper las cadenas que nos atan a nuestro destino porque son cosas que deben suceder y que son inevitables."

—¿Dices… que nunca fui libre? Que siempre estuve atada y destinada a casarme con Hipo. Vaya bromita de los dioses.

Se sentía párvula, débil e indefensa. Se preguntó si se sentiría así cuando se casara con Hipo.

"Si bien no puedes construir el futuro, puedes elegir disfrutarlo."

—¿Disfrutar una vida y una cama con un hombre que no amo? No gracias.

"No me refiero a eso. Si no disfrutas tu vida, entonces no estarás viviendo. El tiempo que se disfruta, es el auténtico tiempo de vivir."

—Eso no responde a mi pregunta. Además, acaso sufrir, llorar, luchar ¿no cuentan?. ¿Solo cuenta el tiempo en el que eres feliz? Qué estupidez. —dijo Astrid, harta del sentido común de la anciana.

"Piensa en que al menos tienes vida. Hay algunos que no están entre nosotros para poder disfrutarla."

—Pues tal vez me gustaría estar con ellos —respondió adusta y seca—. Bien, ya me retiro. Fue bueno hablar contigo, al menos me distrajiste hasta que me diera sueño. Descansa. —dijo antes de retirarse.

"Algún día lo entenderás, pequeña." pensó una vez más la anciana.

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Notas del autor:

Me gusta hacer capítulos semi cortos para resaltar ciertos diálogos y pensamientos que espero esté funcionando.

Por cierto, lo de la tradición de la reliquia y el krasen sí es totalmente verídico según las fuentes arqueólogas. Al parecer los vikingos jefes tenían esa costumbre de ir a recoger la espada ancestral a una cueva antes de su boda. Y la novia deshacerse de su krasen, por supuesto.