Capítulo 5
El Vals de los Nórdicos
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La risa era exuberante en toda la sala. Los cuernos de cabra, los tambores y los jouhikko emitían el fragoroso tema musical, deleitando a los invitados, que acompañaban la canción castiza con sus cuernos llenos de cerveza e hidromiel.
Las sillas y mesas adoptaron una forma de redondel, formando un aro y dejando un espacio grande en el medio, en la que tres parejas danzaban al son de la música, con una silente exigua que revoloteaba al público espectador en una agonía de regocijo.
Los aplausos se unieron a la danza, con una simetría entusiasmada. Las zanfonas aumentaron su melodía, estirando el júbilo a un nivel más alto; causando que más parejas, tanto añejas como jóvenes, salieran a bailar. El zapateo iracundo, las palmas y las miradas lascivas hacían que la sala entera estallara en un goce de algarabía.
En la mesa principal, los recién casados miraban expectantes aquel espectáculo. Varios vikingos osados ya habían silbado a la pareja por su ausencia en el baile. Astrid ni siquiera se había molestado en responder a sus vestigios, pero Hipo les respondió con un tímido: lo siento, más tarde tal vez.
Astrid escuchó aquella respuesta, deliberando si Hipo la invitaría a bailar más tarde. Siendo sincera consigo misma, no le veía nada de malo bailar. No era la más sagaz y habilidosa, pero se movía bien. Por inercia comenzó a galopar su pierna derecha, siguiendo el ritmo alborozo de la música, prosiguiendo a menear su cabeza de lado a lado, mientras veía a las parejas bailarinas con tanta alegría.
Hipo siguió las expresiones de Astrid como un animal persiguiendo a su presa. Por supuesto, estaba muy nervioso e incómodo. Tenía a los líderes de los pueblos aliados tan cerca que podía oír la craso voz de uno de ellos alegando sandezas y boberías producto del copioso alcohol en la mesa.
Sin embargo, su atención principal la tenía Astrid. Desde el comienzo de la fiesta buscaba una forma de poder cruzar al menos un saludo. No se habían dirigido las miradas desde el beso indolente que se habían dado.
Ahora era su esposa, sí. Pero nunca contrajo amistad siquiera con la que ahora era su compañera eterna. Y eso lo estaba haciendo muy incómodo. Vio su salida en una alternativa algo intrépida y muy atrevida para los estándares de un "Hipo": invitarla a bailar.
Tragó saliva de solo pensar en esa disyuntiva tan osada. Por supuesto que le diría que no, pensó. Pero volvió a meditar en una forma suspicaz para convencerla.
Sus labios se estaban comenzando a secar. Su frente sudaba sin mesura, y sus manos no dejaban de palpitar. ¡Tenía que hacerlo ya! Solo tenía que invitarla y ya. Nada más, pensaba irritado por su cobardía.
No obstante, Astrid suspiró de cansancio y con un voy a tomar aire, se retiró de la mesa para ir por un bocado.
Hipo la miró mientras se iba. Notó una inocente molestia en el semblante de su esposa. Se maldijo a sí mismo mientras se golpeaba la cabeza por la oportunidad precaria que acababa de desperdiciar. Se preguntó el porqué de su incomodidad, presagiando que tal vez tenía un túmulo de culpa.
De golpe, se puso de pie. Iría en busca de ella y la invitaría de una buena vez.
Se excusó con la misma frase de Astrid.
—Voy por un poco de aire.
Nadie le respondió. Su padre ya estaba muy ebrio junto a los progenitores de Astrid, que tenían el mismo aspecto merluzo que su padre. Pero notó los ojos insaciables de Yssel, mirándolo con recelo. Eso ocasionó un vértigo estrepitoso en él. Ahora entendía a los recién casados y sus quejas respecto a sus suegras.
Hipo se abrió paso y se fue en busca de su esposa. La sala estaba muy llena y el hedor a sudor ya se estaba sintiendo en gran abundancia. La empezó buscando por el comedor, donde una fila de cerveza y pescado era vorazmente consumido por los ávidos y hambrientos vikingos.
Miró hacia varias direcciones y no había señales de Astrid.
Los dioses me odian, se dijo. Sería una noche larga.
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Movió de lado a lado su cuerno; el hidromiel giraba y giraba dentro del envase haciendo un remolino pusilánime.
Todavía sin creer que Hipo se casó con Astrid, golpeó nuevamente el banco en el que estaba sentado. Sintió un dolor somnífero y tibio, pero existente en sus nudillos; pues había golpeado desmedidamente el mueble de roble. Le ardió y, por fin, levantó su puño para apreciarlo. Su mano entera estaba enrojecida, como una candela congoja esperando estallar.
Ardía mucho. Pero nada le ardió y afligió más que ver a la Hofferson ser casada con Hipo.
Se metió un sorbo grande de cerveza a su boca. Cargó una vez más su puño para volver a arremeter contra el asiento, pero fue detenido por el contacto risueño de su compañero.
—Hey, Patán, tranquilo amigo. —interrumpió Brutacio, posando su antebrazo encima del hombro del vikingo iracundo.
—Ahora no fastidies. No estoy de humor. —escupió grosero.
—Pero si fastidiar es mi especialidad. Además, mi hermana está muy ebria, y me preguntaba si querías ser mi nuevo gemelo. Sé que no tienes el cabello rubio y tienes la cara muy ovalada, pero eso no será un problema.
Patán se limitó a gruñir. Notó el aliento repelente de alcohol en su aliento, por lo que concluyó que estaba tan ebrio como Brutilda. Se preguntó si él también tenía ese mismo aspecto tan desagradable y si diría cosas tan absurdas si conversara con alguien. Necesitaba comprobarlo. Además, quería desquitar su ira en alguien.
Ignoró al gemelo y se dirigió a la otra mesa donde estaba Heather. La pelinegra parecía estar pasiva, calmada pero a la vez perdida en un mundo remoto.
Sin previo aviso, tiró del asiento con brusquedad deliberadamente tratando de verse imponente ante la ojiverde, para luego sentarse con presteza. Su relación con Heather no era de las mejores y sinceramente no le agradaba mucho. Era muy extraña y poco amigable.
Heather levantó la comisura de sus labios casi desapercibidamente. Luego estalló en un júbilo intenso de risa.
—El gran Patán. ¿En qué puedo ayudarte? ¿Que no es ya hora de que los nenes estén en cama? —dijo risueña.
—No me digas. ¿Y qué no la gran sub capitana debería estar con Astrid? Ah no, déjame pensar… ella te dejó, ¿verdad? Te dejó por un hipo. Qué denigrante para la gran sub capitana. —contestó, percibiendo la mirada despectiva de Heather.
Ella gruñó por dentro. Iba a destrozarlo si la molestaba una vez más.
—Eso no te incumbe. —dijo despectiva.
—Te ves ridícula, Heather. Tan patética como el día en que llegaste. Así que dime, ya que ambos estamos borrachos, ¿por qué no ayudaste a Astrid a salir de esta mierda?
—Vuelve a insultarme una vez más y juro que te romperé el brazo. Creo que no te bastó con la nariz, ¿verdad?. —contestó desdeñosa.
Patán se calmó un instante. Sabía que no podía jugar con la tenue paciencia de la sub capitana. Pero quería hacerlo. Ese era su objetivo. Quería hacerla ver patética y desquitar esa ira que guardaba dentro viendo cómo la mirada de Heather se retorcía de dolor pidiendo auxilio. Sólo así calmaría su ira.
—Heather, dime, ¿por qué no ayudaste a Astrid a escapar? No creas que no lo sé. Toda esta semana en el pueblo han susurrado rumores de que Astrid te pidió ayuda para huir, pero tú no se la diste. ¿Debo sentirme sorprendido? Digo, para tratarse de alguien tan tonta como tú no debería ser novedad.
—¡Qué quieres, Patán! Ya déjame sola. Solo quiero estar sola.
—Heather, Heather, Heather… la noble Heather no puede responder a una simple pregunta. Como dije, eres patética. Ahora sé por qué tu pueblo fue asesinado. Con vikingos como tú, algunos pueblos están de sobra.
—¡¡Suficiente!! —clamó. Se abalanzó contra el vikingo encimandose sobre él para golpearlo.
Algunos vikingos se acercaron y no solicitaron su ayuda al mísero Jorgenson. En vez, pidieron a la vikinga que lo siguiera torturando.
¿Cómo se había atrevido? Pensaba Heather. Cómo diablos se atrevió a hablar así de su familia y de su tribu. Los golpes no cesaban. Lo destrozaría y lo masacraría hasta que el maldito pida perdón.
—Heather, basta. —le pidió Patapez, quien se acercó apenas oyó la ovación del público cerca.
No se detendría. Jamás lo haría. No hasta que el infeliz pidiera disculpas.
—Por favor, Heather. Lo vas a matar. No puedes hacer eso.
Patapez recurrió a tomarla por los brazos pero inmediatamente dos codazos estrepitaron sus costillas, haciéndolo tambalear e inestabilizar su agarre.
Volvió a intentar pero fue inútil, la vikinga era muy fuerte. Solo los berserkers se ponían así de iracundos, rozando la demencia y pérdida de control. Pero Heather no era una, ¿verdad?.
Dos vikingos más se unieron al auxilio al ver a Patán ya muy herido. Ambos sostuvieron a Heather de ambos brazos para hacerla entrar en razón. Y funcionó.
—Ya estoy tranquila. ¡Suéltenme, es una orden! —ambos obedecieron.
Heather respiró y se marchó. Había perdido el control pero no se arrepentía. Y lo volvería a hacer si aquel atrevido volvía a ultrajar con agravios a su familia ya difunta.
Patapez la siguió hasta otro banco. Heather alzó otro cuerno y siguió bebiendo. Era lo único que la mantenía fuera de esa realidad tan absurda que parecía una pesadilla.
—¿Qué quieres, Patapez? —le preguntó al verlo sentado frente a ella.
—No crees… ¿que ya has bebido demasiado?
—Eso no te incumbe. Solo quiero beber tranquila, así que déjame en paz. Es una orden, vete.
—Si sabes que no estoy en la guardia de Berk, ¿no?. —refutó Patapez.
—¿Ah no? —dijo algo sorprendida.
—Así que básicamente tu rango no tiene jerarquía sobre mí.
—¿Entonces a qué te dedicas, a cazar ratones? —alegó con gracia.
—No exactamente. Más bien a un ámbito más forestal. Aunque también ayudo a Hipo en la herrería. Claro, de vez en cuando.
—Así que Hipo. —suspiró, tomando otro sorbo.
Patapez sintió el recelo que Heather desprendía.
—¿Odias a Hipo? —se le escapó de su boca.
—Por supuesto que no. Digo, ni siquiera lo conozco. No podría odiarlo. Es solo que… siento que es muy responsable de todo esto.
—Lo entiendo. Me alegro saber que no lo odias. Es mi mejor amigo y de verdad deseo que sea feliz con Astrid, aunque su matrimonio haya sido forzado.
—Deseo lo mismo para Astrid —respondió cansada—. Patapez, dime algo.
—¿Si…?
—¿Qué pasaría si Hipo pierde la confianza en ti? Si… algún día, él deja de hablarte por un error que cometiste.
Patapez abrió los ojos, tan expectante como un hombre anonado. Parpadeó un par de veces, titilando sus pestañas en medio de la cerveza que se derramaba sobre la mesa de al lado. Pero la verdad era que jamás pensó en aquella conjetura. Jamás. Hipo y él eran buenos amigos gracias a su uniformidad y cosas en común que tenían. .
Ambos compartían puntos de vista iguales, siempre pensaban lo mismo, y eso ayudaba a que su amistad se mantuviera estable.
—No tengo la menor idea. Hipo y yo no somos tan diferentes de los demás. Tenemos nuestras diferencias pero los momentos buenos llegan pronto. —dijo sonriente, aunque insatisfecho al ver que su respuesta no había aplacado la duda de Heather.
—Entiendo…
—Pero sé una cosa. Si Hipo y yo llegáramos a enojarnos, él sería el primero en tratar de arreglar las cosas.
—¿Por qué lo dices?
—Porque… porque creció así. Es una persona con un corazón frágil, pero con una voluntad muy grande. —sonrió, recordando las veces en las que Hipo trataba de aportar a su pueblo con algún invento.
—Sigo sin entender. Dices que es voluntarioso, pero gracias a él estamos en este evento tan desagradable. —se llevó un sorbo a la boca. Tragó duro, esperando oír una respuesta paradójica del nervioso vikingo.
—No lo conoces… Él se esfuerza más que todos.
—¡Respuesta equivocada, amigo mío! —señaló Heather, apuntándole con su cuerno, abundante de nueva bebida—. Él no conoce a su propio pueblo. Parece ridículo, ¿no?, pero es así.
—¿De qué hablas? ¡Si cada día se esfuerza más y más…!
—¿Y a dónde lo llevó ese esfuerzo? —preguntó complacida al ver la cara mezquina de Patapez—. ¡Así es! Justo aquí. Entre la mierda.
—¿Y no es igual para Astrid? Dices que Hipo no comprende a su pueblo, pero ¿y Astrid?. —cuestionó algo cohibido, esperando alguna objeción impúdica de la ojiverde.
—Tal vez tengas razón —susurró, dejando escapar un suspiro. Tomó otro sorbo más, sintiendo el furgor de una caldera hirviendo en su estómago, acompañada del atenuante mareo de ebriedad—. ¡Pero a nosotros qué nos importa! —exclamó en júbilo, soltando carcajadas muy ruidosas que llamaron la atención de los demás.
Patapez comenzó a pensar que sería buena idea llevarla a casa para hacerla descansar. . Aunque temía que ella lo golpeara.
—Digo, estamos aquí, tú y yo, discutiendo como niños sobre quién de nuestros mejores amigos es más falso con su deber de ser jefes y con su pueblo. Creo que sería buena idea esperar. Ver qué pasa y ver quién tenía razón.
Esa era la Heather que conocía, pensó Patapez. Algo que le extrañó mucho, fue justamente el vehemente estado de la vikinga. Jamás se había embriagado así. Algo tenía que haber pasado para que eso se suscitara con tanta ímpetu. Y quería ayudarla. De cualquier forma, quería hacerlo. Le gustaba mucho y por supuesto, le importaba mucho.
La miró de reojo, alzando los iris, chocando con la pared superior de sus párpados, pero esa vista era perfecta. Podía apreciarla desde ahí. Estaba jugando con su cuerno, esperando terminarlo para seguramente proceder a aumentar más hidromiel. Sin embargo, se veía triste. Tras esa sonrisa, tras esa Heather ebria, había una chica muy herida.
—Tienes razón. Ellos son los culpables de esto. ¿Quisieras… dar una vuelta por el comedor?, debes tener hambre. Bebiste mucho y seguro te vendría bien un poco de carne. —ofreció entre titubeos, creyendo que aquella charla había sido inverosímil.
—Me gustaría.
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Hipo cruzó el pasillo, abundante de gente tácitamente risueña, molestándolo por infame al casarse con una mujer como Astrid. No podía contrarrestar aquella refriega. Él probablemente no la merecía; más que eso, no estaba a su altura y no era un baluarte como ella. Así que entendía porqué los demás decían que no era digno.
Les sonrió sin recelo, con gentileza, como pidiendo perdón, y tartamudeó ante las murmuraciones contundentes. Siguió su paso hacia la mesa de comida, donde tragó dos porciones de pescado. Tomó un poco de agua, pues no estaba familiarizado con el alcohol. Sus pies comenzaron a menguar, llevándolo al asiento más cercano para serenarse.
Cuando alzó la vista hacia la mesa principal no pudo evitar mirar el sitio de Astrid, vacío. Se preguntó dónde estaba, para después encarnar un deseo de bailar con ella. Quería hacerlo. La idea era muy descabellada, y aunque Astrid llegara a aceptar su ingenua petición, él no sabía bailar. Era pésimo con los pies y, sus brazos poco y nada podían coordinar ante la resonancia musical.
Suspiró por el cansancio. Quería irse ya a su hogar. Pero cuando aquella palabra se implantó ante sus pensamientos, una preocupación abundante lo atenazó.
Su hogar ya no era la casa situada en la punta de la colina. Ahora ocuparía una nueva, junto con "ella". Y no sólo eso. La cama también la compartirían y la vería todos los días en cada alba y en cada ocaso, en cada verano y en cada invierno, y cuando las hojas de otoño se tiñeran de un color cálido, ella seguiría ahí; a su lado.
Y cuando por fin la encontró entre la multitud de gente, sentada sobre una silla, apreció su rostro, tan pálido como el frívolo chispazo de la época de nevada. Además… estaba sonriendo. Ella estaba feliz. Estaba viendo el baile de los ortodoxos vikingos. Percibió entonces que tal vez quería bailar.
Tomó un sorbo de agua más y se levantó abruptamente. Esta vez no lo pensaría. Iría hacia ella y la invitaría a bailar.
Movió sus pies hacia su dirección. Entre suspiros nerviosos, no se dio cuenta de que ya estaba frente a ella, obstruyendo su vista hacia la pista de baile. De un respingo, se apartó a un costado y se sentó a su lado. Ella lo miró con ojos expectantes, parpadeando en un bucle nebuloso de idiotez.
—Hola Astrid. Que… buena música, ¿no crees?. —dijo con nerviosismo.
—Ahh… sí, lo creo. Es muy bonita la música. —respondió con inquietud, preguntándose con qué objetivo se había acercado aquel muchacho. Por supuesto, era su esposo ahora, pero no le había dirigido ni una sola palabra desde aquel beso.
—Y… cómo estás. Digo, supongo que estás bien, eres, bueno eres Astrid. Solo que… hmm… —solo dilo y ya. Pídeselo. Se repetía en su cabeza.
—¿Estás bien? Suenas muy raro… más de lo normal. —citó con tranquilidad.
Hipo suspiró dejando escapar aquellos deseos tan inverosímiles. Se rindió. No tenía el valor para pedírselo. Y aún no conocía el porqué. Podía ser cobarde y débil, pero jamás dimitía de sus decisiones. Eso lo había llevado a ser Hipo el causa problemas.
—Tienes razón. Es solo que…
—Lo entiendo —cortó Astrid—. También me siento así. —dijo con pesadez, esperando finalizar su conversación con él de una vez.
—¿También? —inquirió Hipo.
—Sí. Supongo que es normal. —respondió sin mirarlo y cortante.
—Entonces… veo que te gusta la música. Es muy bueno. Somos vikingos, ¿no? Bailamos y bebemos.
Astrid empezó a perder la paciencia. Si se había alejado de la mesa era para no tener que estar cerca de él. Todavía no olvidaba el desliz que él había tenido con su hacha hace unos años.
—Supongo. —respondió Astrid tajante, esperando que se fuera.
—Quisieras…
—Hipo, aléjate. —le pidió con una voz ahogada—. Eres muy atrevido al buscarme.
El castaño oyó bien. Vacilante ante las palabras tan repentinas, no hizo caso. Se quedó allí, aguardando alguna otra palabra de Astrid.
—Me molestas con solo tenerte cerca —mencionó Astrid, apretando los rótulos de sus pies con una fuerza inhumana—. Miserable, no creas que he olvidado lo que le hiciste a mi hacha.
—Lo siento por eso. Tienes razón, fui torpe cuando me la entregaste.
—Eso ya no importa. Si querías disculparte, acepto tus disculpas.
—No, sí importa. Me sentí nervioso cuando me la entregaste. En ese momento… no podía creer que Astrid Hofferson estuviera confiando en mí para repararla.
—Y aún así me fallaste. Encima me cobraste. Sabias que no pasaba por un buen momento de dinero, había ahorrado mucho para repararla. —dijo enojada.
—Necesitaba el dinero. Bocón me mataría si se enterara que gasté metal sin recibir ganancias. El metal es más costoso de lo que crees. —se defendió él.
—¡La culpa no fue mía! ¡Esa arma era un regalo de cumpleaños!
Hipo suspiró rendido.
—Lo siento, una vez más. —dijo, rascándose la cabeza por la vergüenza.
—Ya te dije que te perdono. Pero si sigues fastidiando, tendré que golpearte.
—Está bien está bien, no te molestaré más con eso.
Ambos callaron. Pero Astrid, viendo insostenible la situación, dijo:
—No creo que sea bueno que estemos cerca. —insinuó Astrid.
—¿A qué te refieres?
—Perdí el control de mi futuro. Por primera vez, no sé qué hacer. Y cuando estoy contigo… ese sentimiento crece. ¿Tú no siente lo mismo?.
—A diferencia tuya, no estoy orgulloso de mi pasado. En mí caso, no hay diferencia. A tu lado o no, nada cambia.
—Una existencia perfecta en la oscuridad, ¿a eso te refieres?.
—No exactamente —negó él—. Verás, perdí muchas cosas a través de los años. El pueblo, mi padre, tú, no esperan nada de mí. Condenar mi futuro a tu lado, después de haber vivido en las sombras, sería ignorar la oportunidad que me han dado los dioses.
Astrid se mató a carcajadas, cosa que Hipo diluyó con tranquilidad.
—¿Para ti esto es una oportunidad? ¿De verdad?
Hipo asintió con soberbia.
—Ahora te detesto más. —acusó Astrid.
—Oye, oye, no tienes derecho a juzgarme. Tú viviste una vida plena. —Hipo encogió los hombros, reacio a darle la razón a su esposa.
—No sabía que arriesgar tu vida en cada redada era vivir plenamente. Muy atrevido viniendo de alguien que se oculta bajo las faldas de la herrería.
—Ser herrero es muy difícil. Más de lo que crees. —desafió él.
—No me importa —atribuyó ella, encogiendo los hombros—. Si tu vida era miserable hasta ahora, no es mi culpa. No me metas al mismo saco contigo. Tú y yo somos diferentes.
Esta vez Hipo rió, pero con leves carcajadas.
—Somos más parecidos de lo que crees. —meditó él.
—Eso quisieras. Tú preferiste la paz. Yo elegí la batalla. Somos… monedas opuestas. —le sonrió Astrid, con cierta arrogancia.
—Te equivocas, my lady. —respondió, haciendo que Astrid soltara una risilla ante el apelativo.
—No, no lo creo.
—No me conoces. Eso le quita puntos a tu suposición. Y también puntos como esposa. —volvió a provocar.
—No parece que guardes mucho. Un herrero, ordinario e impulsivo, pero perspicaz y furtivo, inteligente pero predecible. ¿Fallé en algo?. —Astrid acercó su rostro al de él, con una sonrisa victoriosa al perplejo Hipo.
—La apariencia no lo es todo. Hay más. Si vives de apariencias, no sabes nada acerca de las personas. Las personas… son como un dibujo.
Astrid escuchó atenta los delirios de aquel muchacho.
—Los trazos, las líneas y la imaginación, todo… es maravilloso. Pensar, dibujar, pintar y pulir, todo es tan… diverso. Todo pasa por un proceso para que al final se refleje lo que se quiere transmitir. ¿No es eso maravilloso?.
—Vaya, no creí que fueras tan expresivo —regocijada y conmovida con el sonrojo de él, siguió fastidiando—. Haber, ¿qué ves en mí?.
Hipo respingó, acechado por una pregunta tan retórica que ella sabía que lo molestaba.
—Bueno, eres… fuerte, valiente, estratégica, hábil con las armas, especialmente el hacha. Pero… —pensó un instante— muy confiada.
Astrid se burló con mesura, deliberadamente.
—¿Lo hice bien?
—No es diferente de lo que yo te dije —se rió—. Solo mencionaste cualidades simples. Dijiste que hay más en una persona. Y tan bonito que estaba tu discurso.
Hipo sintió un puñal desleal, cayendo en cuenta que había caído en la trampa de encanto de Astrid.
—Como dije, eres predecible. —repitió ella.
Él vaciló por un momento, aguardando la oportunidad que tendría para refutar a la engreída de su esposa.
—¿Bailas? Tal vez así comprenda de lo que hablo.
—¿Contigo? Jamás. Rompiste mi hacha, quién sabe qué hueso me romperás si bailamos.
—Muy graciosa —dijo sarcástico—. ¿No confías en tu esposo? Además, sé que quieres hacerlo.
—De hecho no tengo razones para hacerlo. ¿Qué ofreces a cambio?.
—Otro defecto a la larga lista de Astrid Hofferson: arrogante. —dictaminó Hipo risueño.
—¿Arrogante? Pues tú eres inflexible e intolerante. Dos defectos a la lista de Hipo Abadejo. —devolvió ella.
—Imprudente y desordenada. Lo tomaré en cuenta en nuestra casa.
—¡¿Desordenada?! ¿Cómo te atreves? —exclamó ella—. Descuidado y racional. Tomaré muy en cuenta no hacerte caso en las decisiones cuando seamos jefes.
—Oye, no es malo ser racional. —dijo molesto—. Además… tú eres cruel y resentida. No dejaré que guíes al pueblo con esa alma con falta de empatía.
—Y tú eres irresponsable e indisciplinado. Solo hay que ver lo que le hiciste a mi hacha. No dejaré que guíes a nuestros hijos con ese carácter.
Ambos, súbitamente, abrieron los ojos con desaforo, sucumbiendo al perplejo ocasionado por aquellas palabras atrevidas de Astrid. Ella se tapó el rostro de la vergüenza, mientras Hipo sostenía el bastión que evitaba que se riera.
—Solo lo dije por impulso.
—Impulsiva. Otro defecto a la larga lista. Realmente esto está funcionando. Así que… ¿bailas? —ofreció su mano.
—Ni en mil años te tocaría, ¿lo olvidaste?.
—Y otra más a la lista: narcisista. ¿Bailas? —siguió insintiendo.
—¡Jamás! ¡Antes preferiría bailar con Patán!
—Conque sí, ¿eh? —se detuvo, levantándose de su lado, y cuando ella pensó que se había deshecho de él, Hipo gritó—: ¡Patán! ¡Patán, ven que Astrid quiere bailar contigo! ¡Pat…!
Astrid le tapó la boca, haciéndolo sentar nuevamente.
—¡Cállate idiota! ¿Qué no ves que se lo creerá y empezará a molestar nuevamente? Si una cosa buena salió de esta boda fue que pude deshacerme de él.
—Egolatra. Otra más a la lista.
—Sí que eres fastidioso.
—Entonces… ¿bailas?.
Astrid, cansada de la pletórica petición de su esposo; desfalleció a su palabra, aceptando la mano de Hipo para bailar. No podía ser tan malo, ¿verdad?. Pensó.
—Con una condición.
—¿Cuál? —inquirió Hipo.
—Dormirás en el sillón. La cama va para mí. Al menos hasta… hasta que…
—No te preocupes. Tenía planeado dormir en el piso desde un principio —dijo Hipo—. Ya sabes, Astrid es muy desordenada. —Astrid sonrió ante su ocurrencia.
—Agregaré irritante a la lista de Hipo. Hasta un dragón es más tolerable que ti. —dijo ella, mientras se dirigían al centro de la sala.
—Tú lista ya está plagada de defectos. No me hagas aumentarla.
Otro bufido de parte de ella salió.
—¿Lista? —preguntó Hipo.
Ella solo asintió con rabia.
Hipo la tomó más fuerte de la mano y comenzó el baile. Ambos se unieron al mismo ritmo que los demás, siguiendo sus pasos al ras del intermitente ritmo apresurado de la melodía.
Astrid se chocó un par de veces debido a la aciaga habilidad de Hipo, pero no le importó. De alguna manera, entendió la premisa de júbilo por la cual todos los danzantes disfrutaban bailar; se olvidó de sus problemas.
La musical se inmiscuyó en su pecho ferviente haciéndola palpitar con cada paso que daba. Derecha, izquierda, adelante, atrás, salto. Cada vez que cambiaba el ritmo, sentía la comisura de sus labios estirarse, formando una sonrisa. Sus pupilas pronto se tornaron carmesí, y sus mechones sueltos aumentaron debido al gemido del vals fulgurante.
Su cabeza empezó a agitarse como un péndulo extrovertido, con suspiros discretos y cansinos, pero alegres. Estaba realmente feliz. Después de toda la semana de porquería que había tenido, estaba feliz. Todavía podía sonreír. Incluso después de haber dicho "sí" ante el altar y haber aceptado a Hipo como su esposo, todavía podía ser feliz. Aún podía sonreír y… ¿tal vez seguir adelante?. Lo que consideraba imposible desde aquella cena, ahora era realidad.
Hipo vio la esperanza ante sus ojos. Ver bailar a Astrid era una completa maravilla. Era muy buena y se veía hermosa en cada paso anhelante que daba. Él, por otra parte, trataba de seguir su ritmo, pero era imposible. Lo hacía pésimo. Se prometió que la próxima vez mejoraría y entonces sería digno de bailar con ella.
Acercó más su cabeza al oído derecho de Astrid. Y le habló rezando que no lo matara en el intento. Tragó saliva unas dos veces y le habló.
—Astrid…
Astrid despertó del ensueño. Escuchó el llamado suplicante en la voz balbuceante del castaño. Siguió bailando, tratando de regular su respiración que ya exigía aire por el cansancio. Sin embargo, siguió.
—Ella es bondadosa con los débiles. Es sincera aunque algo radical con sus palabras. Y a pesar de su posición, es respetuosa con todos. Incluso con el torpe que rompió su hacha.
Ella no pudo evitar sonrojarse.
—También es… compasiva y esmerada. ¿Fallé en algo?
—Te estás aventurando donde no debes, Hipo. Si querías seducirme para esta noche, no estás teniendo éxito. —respondió inexpresiva.
—¡¿Qué?! Esa no es mi intención. Ni siquiera pensé en… ¡Ay no! ¡Eso sería detestable!
—Solo cállate y sigue bailando. Por favor, solo un momento más. —pidió desconcertada, sin saber qué hacía que todavía anhelara sostener su mano.
Pero Hipo no dimitió. Consciente de que la discusión sobre su boda los perseguiría más adelante, decidió insistir con cautela.
—Supongo que estaba asustado —comenzó—. Supongo que… que fui mentiroso conmigo mismo al creer que podría manejar esto como un héroe o un salvador. Pero no fue así. Ahora me siento más asustado que antes y más cobarde que antes.
—¿De qué hablas?
—Eres la capitana, Astrid, y yo solo soy un simple herrero. Y eso hizo que cuando mi padre me informara sobre nuestra boda, me sintiera atrapado, supongo. Fue como… contra la espada y la pared. Le debía al pueblo mi vida, porque fue mi culpa que aquel desastre ocurriera, pero a la vez no me sentía digno de ti. Aún no me siento digno. Simplemente eres… increíble.
—Hace un rato dijiste que era narcisista y ególatra. Si tratas de seducirme, no está funcionando. —se burló con inocencia.
—Lo que quiero decir es que… no deseo que nada cambie. No quiero que te sientas atrapada por haberte casado. No quiero que pienses que algo va a cambiar. Yo jamás te obligaría a hacer algo que no quieres.
Mientras aquellas palabras brotaron, el respeto que Astrid había sentido ese día, justo ese fatídico momento donde lo vio firmar el contrato, la reanimó a volver a verlo con la misma peripecia para quebrar la sequía de diálogos.
—Cualquiera en tu lugar hubiera sentido miedo. —le respondió Astrid, áspera, pero sincera.
—Creí que el miedo no era permitido entre los vikingos.
—Pero tú no eres uno, ¿o sí?. —le sonrió.
—Supongo que si la capitana me lo dice, es verdad. —sonrió con sarcasmo.
—Tú, Hipo, al menos sabes de lo que huyes. Yo… no sé de lo que huyo y no sé qué busco. Me llevas ventaja. —dijo desanimada.
—Entonces… permíteme ayudarte a encontrar ambos.
Él y ella, agitados, decidieron salir del sitio. Hipo le ofreció entre balbuceos y tartamudeos salir afuera, mientras veía a una Astrid más relajada y con más paciencia que antes.
Astrid meditó su invitación; a punto de decirle que no. Todavía dolía verlo y tenerlo cerca. Pero para agradecerle por las palabras y el momento de alegría que le dio, aceptó.
Cuando recorrieron el pasillo magno para llegar al umbral, vieron a varias parejas, ya bajo los efectos fúnebres del líquido alcohólico, que se besuqueaban con lascivia en los rincones del gran salón. Eso fue realmente incómodo para Hipo.
Él se arrepintió de haberle ofrecido salir. Pues pronto un sonrojo marchitado por las circunstancias pero genuino por estar al lado de quien había sido su amor juvenil, subió hasta sus mejillas. Se tuvo que tapar fingiendo que se limpiaba el sudor.
Por otro lado, Astrid se notaba casi normal. Ella había visto peores situaciones y escenarios más inusuales para su gusto en las incursiones largas. Gracias a las semanas calurosas y a la falta de alimento en algunas exploraciones, había presenciado cómo ciertos miembros de su tribu saciaban su ímpetu con encuentros sexuales en la noche en medio de la proa. Realmente había sido asqueroso ver eso para ella.
Cruzaron la puerta y se sentaron en los escalones de afuera. El viento sopló vigoroso golpeando el lábil ropaje de Hipo, que comenzó a temblar por el frío. Se envolvió a sí mismo tratando de verse más audaz. Pero no lo consiguió, y se dio cuenta de ello cuando su esposa se quitó su capa y se la dio sin preguntar.
—Eres como un cordero, Hipo. Sí, eres muy blanducho. —se rió a carcajadas.
—¡Hey! Sí, sí tengo músculo, solo que aún no se desarrollan. —refutó enfadado.
—Sí, claro. Te haría bien venir a las incursiones. Ganarías al menos resistencia al frío. —dijo Astrid, apaciguando su júbilo de risa.
—Creo que prefiero quedarme aquí.
—Vamos, no seas miedoso. Yo iré contigo. Digo, como tu esposa es mi deber cuidarte, ¿no? —volvió a reírse.
—Astrid, dime algo. —cambió de tema drásticamente.
—¿Hm?
—Me preguntaba si… si es posible volverme un guerrero. Quiero decir, no soy alguien fuerte y valiente. Me pregunto si algún día podré matar a un dragón.
—Lo harás —indicó Astrid, con determinación, mirando hacia el firmamento—. Ahora que somos esposos, tengo el deber de ayudarte. Es lo que hacen los esposos, ¿no? Ayudarse. Aunque nos hayan obligado, es nuestro deber.
—Yo diría destino.
—Me gusta creer que el destino no existe. Como las estrellas, ahí en el cielo, sin moverse, sin poder decidir en qué momento apagarse. Saliendo solo de noche sin poder invadir el día. No quiero esa vida. Por eso no creo en el destino. —expresó Astrid, oscilando su paciencia en una cuerda floja.
—Dímelo a mí. Yo siempre creí que los dioses me habían castigado, por no darme los rasgos de un vikingo.
—Pues eso no es decisión de los dioses. Simplemente fue mala suerte y ya. Ya es tarde, deberíamos volver —dijo Astrid, poniéndose de pie—. Ah, Hipo, por cierto… —sonrió—. Generoso. Hipo es generoso. Lo agregaré a la lista de cualidades—dijo antes de retirarse.
—Espera, ¡¿solo eso?!
—Agradece que al menos tengas una cualidad. —Astrid se perdió en la puerta.
Inmediatamente, Hipo abrió sus ojos al darse cuenta que había logrado hablar y bailar con ella. Dio un grito por dentro y un temblor intenso se apoderó de él, preguntándose ¿Qué hice y cómo lo hice?
