Capítulo 8

El último hilo de miedo; por ti, my lady

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Dentro de aquellos ojos tan repulsivos e iracundos, Hipo no hallaba cabida para poder dialogar con aquel hombre imponente. Dio un paso atrás, sintiendo cómo sus pies se estremecían ante el primoroso piso de caoba.

—¡No tienes idea de lo que hiciste! —exclamó Estoico.

—Quizás no. Aún así no podía permitir tal injusticia. —respondió temeroso.

Su padre arremetió contra él, furibundo. Sus botas rechinaron en un irritante sonido que lo consternó en una profunda explosión de espanto. Y aún en su pasividad somnolienta, percibió la lóbrega mirada de los ojos de su padre.

—Esto no se trata de Astrid, ni siquiera del heredero. Es honor, Hipo. ¡El honor es lo más importante entre nosotros los vikingos!

Hipo declinó ante la idea de persuadirlo, saboreando la derrota mientras oía las represalias coléricas de su padre. Y por pura inercia, agachó su cabeza extenuado. Apretó sus labios desencantado, aguardando piedad de aquel hombre.

—¡Cuándo entenderás que tus acciones son ilustres y pueden ocasionar un daño severo! ¿Tienes idea de lo que significa esto? Ahora el pueblo no defenderá a Astrid. Podría ser encarcelada junto con Heather, y Sigurd aprovechará este momento para matar a Heather.

—¿Heather morirá? ¿Entonces no ibas a salvarla? —cuestionó atrevido.

—Mañana se definirá su futuro dado que hay un tema más importante que tratar.

¿Qué tema podría ser más importante que Heather? Se preguntó Hipo.

—Bocón y yo objetamos ante la idea de matarla. Pero Axel, Sigurd y Spitelout pidieron su ejecución. No hay nada que hacer.

—Pero tú aún puedes objetar, papá. Eres el jefe… Si tan solo…

—Hipo, mi puesto como jefe ha estado en duda desde hace tres años. ¿Por qué crees que fundé el consejo? Mi palabra perdió poder desde hace años.

—Me pregunto por qué será —aludió Hipo con sarcasmo, insinuando la obsesión insana de su padre por encontrar el nido, sacrificando guerreros—. ¡Pero aún tienes el poder de desmantelar el consejo!

—¿Qué? —maúlló Estoico casi espantando por la idea.

—Digo, eres el jefe. Aún puedes deshacer el consejo y volver a los tiempos donde tomabas las decisiones del pueblo por cuenta propia.

—Tiene razón, puedo. Pero no lo haré. El consejo ayudó a que tú sigas con vida. El consejo ayudó a que la boda nos salvara de la estupidez que cometiste.

—Pero… ahora quieren matar a Heather. Tú no puedes permitir eso.

El jefe benévolo se consternó por el intento de su hijo para salvar a la prisionera, pero sabía que debía hacer caso omiso a su petición. No podía mostrarse débil ante el consejo por ella. Su pueblo exigía un culpable y él debía dárselos. Y más aún; tenía la responsabilidad de castigar a la malhechora. Y eso haría.

—Lo siento, Hipo. Debo hacerlo. Si voto en contra de Sigurd y Axel, el pueblo enfurecerá. Y como jefe, debo hacer caso a su pedido.

—¿Entonces así acaba? ¿No ayudarás a Heather a salir de prisión?

—Hipo, algún día serás jefe. Tomarás decisiones difíciles —dijo, tomando por los hombros a Hipo—. Tus decisiones reflejarán el tipo de líder que eres; puedes elegir entre los débiles y los fuertes. Tú eliges cuál ser.

Con esas palabras, el hombre magno se retiró de la casa de su hijo, dejando a Hipo, yermo y con un minúsculo temblor. Hipo se preguntó cuánto tiempo había estado temblando, y si su padre había notado tal acto de cobardía. Sin embargo, los ligeros pasos que vinieron del piso de arriba hicieron que el estribo recitente de su pecho se acelerara al ver a Astrid parada en las escaleras.

—Supongo que no salió bien. —dijo ella, enmascarando su tristeza en una sonrisa complaciente pero falsa.

—No como esperaba. Lo siento, Astrid, no pude salvar a Heather.

—Hiciste lo que pudiste. Después de todo, hablamos de tu padre —dijo ella, en un intento de consuelo que no funcionó—. Hipo, gracias a ti podemos visitar a Heather en prisión.

—No hice lo suficiente para salvarla.

—No es tu culpa. Pensaré en algo para sacarla. De momento solo podemos seguir visitándola. —tranquilizó ella.

—Mi padre dijo que este tema debía ser cerrado ya. Mañana decidirán qué hacer con ella. Como siempre, mi padre tomará una decisión apresurada.

—Eso se debe a la incursión. Partirán dentro de dos semanas en busca del nido. Aunque dudo mucho que la incursión se dé.

—¿Por qué lo dices?

—Porque nadie se ofrecerá para ir. Como tu padre dijo, desde que se fundó el consejo, el pueblo tiene más poder de decisión que antes. Todos saben que es un suicidio ir. De la flota de barcos que parten, con suerte vuelve la mitad. —explicó Astrid, recordando el desconsuelo que sentía cada vez que despachaba a su padre del muelle. Él la abrazaba mientras ella le imploraba volver con vida. En esa época, sentía que su padre siempre estaría con ella.

—¿Entonces por qué está tan obsesionado con ir? —Astrid despertó del ensueño.

—Seguramente el consejo está pensando en un plan para persuadir a los guerreros. —respondió ella.

—Mi padre solía usarme como incentivo para obligarlos —recordó Hipo—. Si eso es cierto, quiere decir que tú te ofreciste como voluntaria para ir. —mencionó, recordando que Astrid ya había ido con anterioridad.

—No —respondió rotunda—. Hipo, ¿por qué crees que tu padre impuso jerarquía en el ejército de Berk? Hasta hace tres años, Berk no tenía un régimen estricto. Tú padre lo hizo por…

—Porque ya nadie deseaba ir a las incursiones. —completó Hipo.

Todavía tenía el indecoroso recuerdo del pasado. Aquella época de hace tres años donde el pueblo creció en población y los padres y madres se rehusaban a seguir arriesgando su vida en buscar el inexistente nido de dragones. Estoico y el consejo entonces comenzaron a sobornarlos con oro.

—Así es. Los guerreros preferían quedarse aquí para cuidar sus granjas, esposas e hijos. Las mujeres empezaron a escoger la costurería y el cultivo antes que entrenar. —explicó Astrid.

Ella también evocó la vigorosa y rústica época de años atrás. Ella apenas acababa de comenzar con su entrenamiento, pero los demás jóvenes habían sido sugestionados por la inercia de fervor del pueblo, inhibiendo que los próximos solsticios se animaran a continuar con su entrenamiento.

—Tu padre tuvo la idea de fundar el consejo. Sigurd… —retorció los dientes al nombrarlo— llegó con experiencia sobre el ejercitó inglés. Dijo que los soldados en su cultura obedecían órdenes según la jerarquía, con rangos como capitanes, generales y soldados. Implementó su idea aquí en Berk, para que los guerreros fueran obligados a ir a las incursiones. Pero…

—No funcionó. —supuso Hipo.

—Exacto. Fue un fracaso. Los vikingos no somos de obedecer órdenes y seguir formaciones. Más al contrario, cada año el porcentaje de reclutas nuevos es cada vez menor.

Hipo se sentó en el sillón, mientras una idea circulaba por su cabeza. Suspiró cansado, ignorando con desidio la presencia de su esposa. Se tiró contra la suave contextura del colchón de pieles situado en el sillón. Cerró sus ojos inesperadamente; sin poder romper las ataduras oníricas que lo sostenían ante el cansancio: Se durmió.

Astrid bajó de las escaleras. Se acercó cauta a él, percibiendo el insomnio desvelado en su semblante imperturbable de pudor enmascarado. Asió una manta para cubrirlo, pero antes de situar la frazada sobre él, tomó su mano derecha y con un cálido gracias, Hipo se aventuró en un páramo inhóspito de nuevas sugestiones arraigadas por su debilidad emocional.

Pero a pesar de la insegura tranquilidad, deseó que las palabras de Hipo dichas en la celda, fueran verídicas. Y que su certidumbre y promesa de antaño, volviesen a llenarla de optimismo genuino. Quería a Hipo mirándola como "su esperanza" ; quería al pueblo entero mirándola así.

Pensó en lo mucho que él la había apoyado, arriesgando el poco honor que tenía; en ella, una mujer que ni siquiera conocía verdaderamente.

Ella había sido tan débil, pensó, que tuvo que aguardar pretenciosa a la acción valiente de su esposo para abrir los ojos y ver la catacumba profunda en la que se estaba enterrando. Pero ya no iba a permitir que ese joven inocente siguiera arriesgándose por ella.

La idea de ir hasta la celda, golpear al guardia y liberar a Heather había circulado, los últimos días, en su cabeza. La desesperación nubló su juicio ante la sensación de creer que Hipo sería arrastrado con ella por su culpa. No iba a permitir eso. Y Heather necesitaba ayuda medicinal pronto, si no moriría.

Tomó su abrigo y cubrió su cabeza con su capucha.

El invierno comenzaba a asomarse finamente. Astrid salió de la casa y al apreciar las hojas teñidas en un silencioso amarillo, flotando en un volátil balcón de yedras ansiosas, supo que esa noche debía suceder algo inusual.

Miró las sendas bordadas ligeramente con una blanquecina nevisca y las calles desoladas por el sensitivo receloso del pueblo y la opinión despectiva que ahora tenían sobre ella.

Caminó hasta el bosquecillo. Miró las hojas cubiertas de nieve, temblando como campanillas divergentes y extasiadas. Suspiró ante el magno árbol florido de hojas secas, exclamándole un alto ahí y no lo hagas. Y aún, ante la persuasión forastera que sentía, ignoró la idea de retroceder. Siguió caminando hasta adentrarse.

La entrada de la prisión estaba ahí…

El guardia tan manso como siempre, aguardando la hora de su relevo para irse a descansar pero desconociendo que ella lo observaba a través del follaje espeso que la cubría como un dulce perfume de flores, ocultando su veneno en el delicioso aroma que desprendía.

Astrid asaltó el estado de sopor del guardia. Él despertó fascinado ante el plan que había resultado perfecto. Y sin vacilar, desenfundó su espada listo para combatir. Sin embargo, al momento de balancear el arma, terminó dándose cuenta del estado de su cuerpo. El frío había perforado sus músculos y las oscilaciones de sus manos dolían como brasas ardientes.

Astrid lo derribó con facilidad. Le arrebató sus llaves y ante la penumbra del estío invernal, no meditó su siguiente movimiento. Bajó por las escaleras y abrió la puerta de la única prisionera dentro. La tomó por los hombros, mas escuchó las marchas hibleas y pensiles, galopando furibundas ante el pecado que había cometido y, que ahora esperaban para castigarla. Se dio cuenta del suceso que estaba ocurriendo. Había invadido una prisión de noche, y aún así el guardia no habría tenido tiempo de llamar a sus camaradas.

Él le había tendido una trampa. Él sabía que vendría. Esa rata asquerosa sabía que vendría. Pensó ella.

Salió de la prisión. Dejó a Heather en la celda pensando en la emboscada cobarde que aquel hombre le había tendido. Y, siendo sincera, no se sorprendió por la suspicacia con la que había actuado.

Cuando el panorama se hizo claro, fue empujada por dos hombres contra el suelo. No puso resistencia y sabía cuál era el camino que le esperaba ahora. Sólo anhelaba que su padre no estuviese entre ese ejército de hombres; no deseaba ver cómo se satisfacía ante la sentencia de muerte que le otorgarían.

—Astrid Hofferson… —era aquel hombre, aquel que había golpeado a Heather: Sigurd— quedas arrestada y condenada a muerte por traición al jefe y por blasfemar contra el destino de los dioses.

—Tú lo hiciste, ¿Sigurd?

—¿De verdad creíste que te dejaría impune después de haber difamado en contra mía? Sabía que tarde o temprano caerías en la trampa para salvar a tu amiga. Y precisamente hace unas horas, el tonto de tu esposo sobornó al guardia, el cual me informó sobre el infame plan que preparaban.

—Conociendo la víbora que eres, no me sorprende. —respondió ella.

Sigurd pateó el estómago de Astrid, agarrándola del cabello y golpeando su rostro contra el suelo en una serie de enviones de furia.

—No sabes cómo esperé hacer esto. La gran Astrid Hofferson no es tan fuerte después de todo. ¡Suéltenla! Voy a demostrarle a todos que esta niña es solo "capitana" de nombre.

Ambos vikingos afloraron su agarre hasta dejarla libre. Astrid sangraba de la nariz y sentía su hombro derecho débil. El frío calaba cada vez más en su cuerpo y su orgullo estaba aplacado como una roca quebrada. Mientras que él, miraba con orgullo, tenía el mentón firme y su arrogancia desprendía fascinación. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que no podía ganarle a ese hombre, no en ese estado.

Él tiró el primer golpe. Ella no esquivó y sintió cómo su mejilla era sacudida por el dolor inminente. Otro golpe vino, y otro, y otro y luego un gancho hasta sentir el timorato endeble de sus piernas. Cayó sobre el piso y él empezó a patear con precisión.

—Me dijeron que tu vientre albergará al siguiente heredero. Lástima que ya no podrás tenerlo, porque voy a destruirte.

Siguió pateando mientras Astrid recibía rendida todos sus golpes, desfalleciendo el exánime suplicio que Hipo le había dicho en la celda y sucumbiendo ante la cobardía de aquel hombre.

—¡Llévensela! Póngala al lado de la otra criminal e informen al jefe sobre este suceso. Astrid y Heather deben ser ejecutadas mañana mismo.

—Sí, señor Sigurd. —respondió el guardia, el hombre más leal a Sigurd—. Su plan salió a la perfección, mi señor. Tal y como dijo, ella vendría aquí.

—Era difícil adivinar si vendría hoy, mañana, dentro de unos días, pero era evidente su desesperación por salvar a la huérfana. —se mofó Sigurd.

—Qué destreza tiene, mi señor.

—Todavía no cantemos victoria, Randall. Aún falta el paso más importante. —dijo Sigurd.

—¿Hipo?

—Así es. Para dentro de unos minutos el tonto ya se habrá enterado de lo que sucedió aquí. Necesito reunirme con él, a solas. Tráelo a mi casa, te lo encargo —asignó Sigurd a su lacayo—. Y recuerda, nadie debe saber sobre esto. Sé sigiloso.

—Sí, mi señor.

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Las puertas, firmes y silenciosas, aguardando a ser empujadas por el grupo de vikingos dentro, que decidirían el destino de su esposa.

Pero él no podía esperar.

Se situó delante, visualizando la vorágine de sombras en la manija de aquella barrera que lo separaba de su confabulada acción de locura. Pero quería hacerlo.

Posó sus manos sobre la puerta. Pensó en ella, en Astrid, y en su inesperada conversación de horas esa noche. En esos ojos fallecidos por la tristeza pero que aún mantenían el brillo fosforescente y el esmalte azulado. Y su voz, quebrada pero perdurante ante la idea de proteger a su pueblo. Ella significaba mucho para Berk. Él no. Sin ella, Berk perdería aquel símbolo donde depositaban su confianza. En él jamás depositarían su confianza.

Necesitaba salvarla.

Tembló. Sus labios titilaron en centellos nerviosos. Su corazón galopó desenfrenadamente. Su respiración comenzó a acelerarse.

Abrió la puerta y se adentró en el gran salón.

—¡Padre, no dejaré que mates a Astrid!

—Vaya, vaya, vaya. El pequeño cobarde se ha atrevido a entrar a una reunión del consejo. —dijo Spitelout con arrogancia.

—Hipo, sal. Esta decisión no te corresponde. —ordenó Estoico—. Astrid deberá pagar con sangre lo que hizo. Ya no hay vuelta atrás.

Estoico sentía pena, pero dada la acción delirante de Astrid, debía mantener un orden en su pueblo. Si no asesinaba a Astrid y Heather, el pueblo le perdería respeto y lo considerarían débil ante sus decisiones. No podía permitir eso. Astrid Hofferson debía morir como una prueba de que ni aún los más fuertes de Berk, pueden superar el poder del consejo.

—Pero… señor Axel, no puede…

—Lo siento, Hipo. Mi hija cometió un acto deshonroso, no sólo ante su pueblo, sino ante los dioses. Creyó que podía desafiar el destino.

Destino, odio esa palabra había dicho ella, recordó Hipo.

—¿Bocón?

—Su acción va en contra de las normas, Hipo. Al tratar de liberar a Heather, traicionó la decisión del consejo y del jefe. Incluso si todos en esta mesa desearíamos salvarla, es imposible. El pueblo exigirá respuestas y un culpable que debe pagar.

Hipo tambaleó. Suspiró y por segundos, sintió su corazón detenerse. Estaba a punto de llorar, pero debía hacerlo, debía salvarla a como de lugar. Vio a Sigurd, quien permaneció en silencio. Él era el responsable absoluto de aquel embrollo.

—Alguien debe pagar… —tragó saliva—. Ese debo ser yo.

—¿A qué te refieres Hipo?

—Padre… Sigurd, Axel, Bocón, si salvan a Astrid y Heather, me ofreceré como voluntario en la próxima incursión y prometo reclutar a vikingos suficientes para partir. Prometo… ¡encontrar el nido de dragones!

Estoico entró en trance al igual que los demás del consejo.

—Eso es lo que quiere el pueblo, ¿no?. Si distraernos al pueblo y desviamos su atención a otra cosa, olvidarán momentáneamente el caso de Astrid y Heather. Y si esa atención es hallar el nido, terminar con la guerra, podría funcionar.

—Pero Hipo… —objetó Bocón, sabiendo que era imposible hallar el nudo.

—Spitelout, tú querías verme en la próxima incursión. Tendrás la oportunidad si me prometes salvar a Astrid y Heather. Señor Axel, si usted me ayuda prometo firmar un contrato que en caso de que yo muera, Astrid prevalezca como heredera a la jefatura.

Axel quedó seducido ante la idea pero debía ser perspicaz antes de decir sí fácilmente.

—Hipo, aún si te ayudáramos, el pueblo no calmará sus exigencias —alegó Axel—. Como dijo tu padre, necesitamos desviar la atención del pueblo. Y para hacer eso, tendrías que cumplir tu promesa de hallar el nido.

—O podría morir. Mi muerte traería la atención de todos. Y Astrid estaría protegida por el contrato que mi padre y todo el consejo firmaría.

—¿Por qué lo haría? ¿Qué más me da si asistes a la incursión? —inquirió Spitelout.

Sigurd sonrió. Debía admitirlo, aquel muchacho lo había impresionado. La noche anterior lo había citado a su casa y le había propuesto apoyarlo en el plan que él propusiera. Aún así, jamás imaginó que su plan incluyera su muerte rotunda en la incursión. Hipo ya había hecho su parte, ahora él debía apoyarlo.

Todo para obtener lo que quería.

—Estoico, haz caso a tu hijo —habló Sigurd, impresionando a los miembros presentes por la pasividad con la que hablaba—. Él desea demostrarte que puede liderar y que puede convencer a su pueblo. Algún día será el jefe, ¿no?.

—Pero Sigurd…

—Sigurd, debo recordarte que fuiste tú el que puso guardias alrededor de la prisión desde hace dos noches, todo con el fin de atrapar a Astrid. ¿Por qué la ayudarías? —cuestionó Spitelout.

Sigurd sonrió.

—Tonto. Capturé a Astrid para aplastar su orgullo. Ya lo hice. Ahora Hipo nos está ofreciendo una buena salida para salvar a su esposa y solucionar nuestro problema de la incursión. ¿Por qué no aceptarla?.

Hipo apretó los puños. Ese hombre era un verdadero cobarde, pensó. Había golpeado a Astrid sin mesura y lo había citado la noche anterior para "negociar". Debía darle lo que quería, solo él podría salvar a Astrid.

Ahora lo entendía todo. Su objetivo nunca fue Astrid, sino él y el convenio que usaría como excusa para atraerlo hasta su casa para negociar la vida de Astrid.

—Yo lo ayudaré. —dijo Sigurd con un tono hipócrita.

—¿Y cómo lo harás? —cuestionó Axel.

—Tengo voz en el pueblo, querido Axel.

Axel no objetó aquello, sintiendo escozor en su alma. Era cierto, aquel hombre, Sigurd, era muy misterioso y no sabía casi nada de él desde su llegada a Berk hace tres años. Pero sus ideas y propuestas eran muy interesantes, tanto, que se había ganado al pueblo. Parecía irreal que aquel hombre impartiera más confianza al pueblo que la propia Astrid.

—¿Padre? —dirigió Hipo la vista hacia el jefe.

Estoico meditó su respuesta, inhibiendo su conciencia a rechazar la oferta. Pero anhelaba más que nada ver a su hijo matar dragones. Añoraba enseñarle todo lo que sabía en el campo de batalla y si Hipo y Sigurd ayudaban a reclutar guerreros, su problema mayor terminaría y podrían partir en busca del nido.

—Está bien, haremos el intento por salvar a Astrid y Heather, siempre y cuando cumplas tu palabra.

—Sin excusas, papá. —respondió Hipo, cayendo en cuenta del macabro trato que acababa de hacer con Sigurd horas atrás, pero que debía, para salvar a Astrid.

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La fachada del pueblo, explícita en su solicitud por ver a la Hofferson muerta, era doliente y dramática, olvidando las gloriosas escaramuzas de la valiente guerrera. Y todavía, el prurito añoroso de respeto, perseveraba testarudamente en las cabezas de aquellos vikingos. No deseaban ver a Astrid morir, pero lo consideraban necesario para infundir el respeto ante los demás clanes. Su honor estaba en juego.

Gritaron nuevamente para exigir respuestas, explayando el discurso furioso que pedía la cabeza de Astrid. El grito resonó en todo el gran salón.

—¡Silencio! —exigió Estoico—. Hemos decidido… pasar por alto esta situación de momento. Astrid Hofferson será juzgada y castigada, pero por el momento, debemos centrar nuestra atención en la búsqueda del nido.

—Pero jefe —interrumpió un vikingo—, los clanes de alrededor ya se enteraron de la catástrofe que ocasionó Astrid con sus palabras. Los rumores sobre una rebelión y guerra interna, ya circulan por el Archipiélago. Si no matamos a Heather, nos considerarán débiles. Astrid también debe pagar con sangre por tratar de quebrantar nuestra decisión. Nosotros elegimos que Heather debía morir, pero Astrid, necia, se negó a aceptarlo y encima trató de sacarla del calabozo para seguramente huir.

—Los rumores son llevados por tontos y tomados por tontos. Astrid es la esposa del futuro jefe y la que brindará un heredero al pueblo. Esa es la verdad. Ya basta de rumores.

—Tal vez los demás clanes se traguen eso, pero nosotros no. Nosotros sabemos la verdad. Ella trató de huir de sus deberes y dejarnos en la ruina cuando fue comprometida con su hijo.

—Como dije, Astrid será castigada como es debido. Pero de momento, nuestra atención la tiene el nido.

—¡¿A quién le importa el nido?! Esa incursión solo trae penurias a nuestro pueblo.

—¡Nadie quiere ir al nido! —gritó otro.

—¡Será lo mismo de siempre! —exclamó otro.

—¡Ni siquiera tenemos los recursos para viajar!

Hipo dio un paso al frente, inspirando aire para exclamar.

—¡Disculpen!… Bueno, sé que no soy el más indicado para hablar, pero…

—Tú no te metas, pequeña sanguijuela. Es tu culpa que estemos en esta situación.

—Lo sé. Pero voy a arreglarlo. Y es por eso que, me ofrecí como voluntario para participar en la siguiente incursión.

La sala calló.

—Sé que no seré muy útil en el campo de batalla, pero puedo ayudar. Me comprometo a construir cinco barcos medianos para poder partir dentro de dos semanas, antes de la helada. También forjaré armas, y hornearé pan caliente para todos los tripulantes que nos acompañen, pero necesito su ayuda. No puedo hacerlo solo.

Todos empezaron a gimotear y susurrar, alegando injurias en contra de Hipo. Él era el causante de la desgracia de su pueblo y no tenían motivos para hacer caso a su palabra.

—¡También les prometo que encontraremos el nido! ¡Cueste lo que cueste!

Hipo sabía que fracasaría en su búsqueda. Sabía que es lugar llamado nido, tal vez no existía, pero al menos esa mentira salvaría a Astrid de su condena.

—Yo voy con Hipo —habló Sigurd, sorprendiendo la sosegada decisión del pueblo ante la amnistía sobre Astrid—. El futuro jefe ha logrado conmover mi corazón, y por tal motivo me veo obligado a acudir a su llamado. Será un honor para mí, Sigurd Berge, luchar al lado del futuro jefe. —Hipo sintió asco de la fariseo y asquerosa actitud de Sigurd, ocultándose bajo esa máscara de benevolencia.

Todos volvieron a callar. Después de Astrid, Sigurd era considerado el mejor guerrero y más fiel al jefe. Además, había sido él quien sugirió la boda de Hipo y Astrid para salvarlos a todos. Definitivamente era un vikingo en quien confiar, pensaba el pueblo.

—Los que van nunca regresan. —siguió objetando otro.

—Es un hecho que es muy peligroso ir en busca del nido. Pero seamos realistas: ¡todos deseamos que esta guerra con los dragones se termine de una vez!. ¡Hasta Hipo que nunca empuñó un arma está ofreciéndose como voluntario para acabar con esto! —insistió Sigurd.

—Tiene razón —habló Axel—. Nuestro deber es proteger a nuestras familias, y para conseguirlo, debemos intentar hallar el nido. Por eso, yo iré con Hipo y Sigurd.

—¡Todos ustedes se deben a Berk! No sé ustedes, pero yo no deseo seguir luchando en una guerra innecesaria! —dijo Sigurd— ¡Es hora de terminar con esto!

—Supongo que yo también iré. —dijo entre pucheros, Spitelout.

—Yo también iré. No por ti Hipo, no confío en ti, lo haré por Sigurd que nos apoyó mucho los últimos días. —habló un vikingo.

—Yo también.

—Creo que debo seguir a Sigurd.

—Yo también iré.

Hipo quedó boquiabierto ante la eclosión abundante que habían ocasionado las palabras minimalistas de Sigurd.

Sigurd, se le acercó para susurrarle algo al oído.

—Cumplí con mi parte del trato. Ahora dame lo que me prometiste ayer. —exigió Sigurd.

Hipo suspiró y con destellos inherentes de la fuerza que aún le quedaba respondió:

—Lo sé. Primero quiero que Astrid esté a salvo, en casa, luego te entregaré lo que te prometí.

—No estás en posición de exigir nada, niño. Dame la espada, y luego liberaré a Astrid.

—La espada está en casa. Tráeme a Astrid y te entregaré lo que deseas.

—De todas formas, es imposible que un mocosos como tú vuelva con vida de la incursión.

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Oyó el son de su caústico aliento; intenso, acelerado y sañoso, la mecía entre la lacerante sensación de dolor y la fiebre nociva que arrebataba sus energías sin escatimar.

Hipo se acercó rápido. Remojó el trapo en agua fría y prosiguió a renovar los paños de la cabeza y cuello, esperando que aquellos gemidos de suplicio callaran. Vio el labio inferior de ella, aún hinchado; empapó una esquina del trapo en alcohol y friccionó finamente el sector lastimando. Ella saltó ante el contacto doloroso, provocando que él se detuviera en su labor de limpieza.

Decidió esperar sentado ahí, aguardando que aquel llanto suspicaz de su esposa, cesara. Empezó a acariciar su cabello para calmarla, lo cual funcionó, pues Astrid quedó dormida minutos después, regularizando su respiración.

Hipo se levantó del lecho y volvió a alejarse hasta la silla, donde trató de descansar. Pero como un punzón, ella volvió a gemir sobreponiéndose ante el sueño de escarcha de él, que se levantó con presteza para calmarla nuevamente. Volvió a sentarse en la cama, remojando y removiendo trapos, repitiendo el bucle eterno del cansancio, hasta acariciar nuevamente su cabeza mientras apreciaba con lástima y culpa los quejidos de su esposa.

Se volvió a dormir.

Hipo se levantó del lecho nuevamente, pero la mano izquierda de ella, agarró débilmente su antebrazo, apretando con ligereza su camisa. Él decidió quedarse, apoyando su nuca contra la pared mientras mimaba como un enjambre de dulzura, su cabello.

Y ante aquella armonía sagaz, pudo conciliar el sueño, a lado de la mujer que lo acompañaría toda la vida.

Recordó las palabras de su esposa en la ceremonia de promesas. "Desde hoy y para siempre seré tu esposa, y espero que sea así siempre" habían sido sus palabras en aquel juramento mentiroso. Y aún en la cabida de realidad que conocía, anhelaba que Astrid fuera libre, involucrando los pensamientos más pesimistas en los que meditaba día a día, noche a noche. Ella se lo había dicho hace días: Ella se arrepentía de haber firmado. Y posiblemente estaría dispuesta a cambiar el pasado si pudiera.

Debía hallar la manera de liberarla de aquellas cadenas o al menos atenuar el profundo dolor con el que estaba luchando. Debía hacerlo.

La primera semana pasó. El trabajo en la construcción de los barcos y la forja de armas habían arrebatado su tiempo para cuidar a su esposa por el día, que aún no despertaba por completo del letargo en el que se encontraba. Por tal motivo, sin tener el valor de hablarle a Patapez por el agravio de cobardía del día fatídico donde golpearon a Heather; solicitó ayuda a Bocón.

El plan para desviar la atención del pueblo del castigo de Astrid estaba funcionando. Ahora ella debía recuperarse y hacer su parte, deslumbrando a todos para reconquistar la confianza del pueblo.

Y cuando por fin despertó, cuando los diáfanos zafiros del matutino albor y azulado despertaron, la precaria y ardiente sensación de emoción brotó en él. Era de día. Verdaderamente era de esas mañanas alegres para él. Ella estaba bien, había despertado. Aquellas noches de dolor argentados en la brisa nocturna de invierno, y el frío cáliz de deseos y súplicas a los dioses, habían acabado. Ahora ella estaba a salvo.

Se acercó a Astrid, quien miraba el juego de sus manos que realizaba bajo la cama.

—Despertaste. —alcanzó a decir Hipo parado en el umbral de la puerta.

—Ojalá no lo hubiera hecho. —suspiró.

—¿Cómo te sientes? —Hipo caminó a través de la habitación para remojar los trapos.

—Terrible. —se tumbó nuevamente.

—¿Dónde te due… ?

—Hipo —intervino—. ¿Por qué me salvaste? Yo no te lo pedí.

Él se sentó a su lado, mientras removía los paños de su cabeza, esperando no recibir una reprimenda perniciosa de aquella mujer tan obstinada. Por suerte para él, ella no dijo nada y le permitió tocarla.

—Dijiste que soy irresponsable, ¿lo recuerdas?. —le sonrió con ironía.

—Todavía creo que lo eres. Es más, ahora sé que eres más necio que un yack buscando comida.

—Necesitaba serlo. No se puede tratar con Astrid de otra manera. —se mofó

A pesar del dolor, ella logró golpear a Hipo en su hombro, haciendo que este se disculpara.

—Terminé. —dijo Hipo levantándose, para después lavarse las manos—. Te traeré algo de comer, debes tener mucha hambre.

—No te molestes. No tengo apetito. Preferiría solo agua.

—Tu cuerpo se debilitó. Deberías comer…

—Solo tráeme agua. —cortó.

—Está bien.

—Por cierto… —lo detuvo— Gracias. Por todo. Te pagaré los gastos y…

—No es necesario. Cuidarte me mantuvo distraído de todo el caos de afuera. Además, fue reconfortante hacerlo. —respondió amable, antes de retirarse.

Mientras, ella suspiró fuerte, rendida a la persistencia abrupta y torpe, pero sincera y generosa de Hipo por cuidarla.

Estaba segura de que aquel muchacho la había estado cuidando cada noche aguardando afanosamente su despertar. Y aún en la sepulcral realidad que la rodeaba, se sintió feliz de que alguien estuviera velando por ella; prometiéndose así, que le pagaría el favor.

Cuando llegó con el vaso de agua, quería preguntarle todo, a pesar de que Bocón ya la había puesto al tanto.

—Supongo que ahora ocuparás mi lugar. —dijo ella.

—Nadie puede ocupar tu lugar, Astrid. Eres única entre los guerreros. —respondió él.

—Es agradable escuchar eso del tonto que se ofreció como voluntario. —se burló.

—¡¿Tonto?! —fingió molestia—. A eso se le llama valor. Agrégalo a la lista de cualidades.

—Eso sí sonó muy a "hipo". Aunque deseo saber cómo sacaste a… ¡Heather! —recordó—¡¿Cómo está?! ¡Dime que está bien, por favor!

—Tranquila, ella está bien. Debido a que sus heridas son más graves, está en la cabaña de Gothi. Creo que Patapez va a verla todos los días.

—¿Despertó?

—Hace dos días. No me atreví a visitarla, pero me dijeron que permanece callada.

—Necesito verla. Por favor, Hipo.

Hipo asintió conmovido.

—La verás. Todavía no, pero muy pronto.

—¡Necesito verla ahora! —trató de levantarse—. ¡Voy a verla…! —perdió el equilibrio y cayó contra la sólida superficie de madera. El ardor de sus heridas empezó a brasar.

—¡Astrid! —acudió, levantándola del piso y posándola en la cama nuevamente—. Aún debes descansar. Acabas de despertar, ¡¿qué acaso estás loca?!

Astrid se sorprendió. Era la primera vez que veía a Hipo gritar. Siempre había sido muy cohibido ante las cuestiones de los demás y aceptaba sin peros las respuestas. Pero ahora se veía algo diferente.

Se mató a carcajadas, dejando vacilante a su esposo.

—Sí, muy graciosa. —se molestó Hipo.

—Es que… eres tan lindo cuando te enojas. De verdad, te ves como un niño pequeño haciendo pucheros. —siguió riéndose.

—Gracias por facilitarme las cosas. —dijo con ironía.

—Hipo —llamó firme—, gracias. Muchas gracias, por todo.

—Ya te lo dije, fue por responsabilidad.

—¿Entonces… por qué te ofreciste como voluntario? —preguntó ligeramente enojada—. Todos saben que es una tontería ir en busca del nido. ¡Hipo, he visto a novatos morir en incursiones menores! No quiero que vayas. Además… ¿Quién va a cuidarme? —dijo, tirando sus palabras a una súplica de preocupación.

Hipo no se dio cuenta del tono preocupado de Astrid, pero había predicho la petición desde hace días.

—No puedo declinar, Astrid. Ese fue el trato.

—¿Trato?

—Solo así pude sacarlas a ambas. Me comprometí a construir los barcos y acompañarlos en la incursión, y…

—¿Y…?

—Les prometí que encontraríamos el nido.

Astrid alzó la vista, consternada por la noticia. Bocón le había comentado que Hipo había hecho un trato con el consejo, ofreciéndose como constructor de barcos y armas para desviar la atención del pueblo hacia la incursión, pero no imaginó que se ofreciera a propósito para impactar la atención del pueblo con una promesa falsa.

Pero había algo que Hipo le estaba ocultando. Podía verlo en su rostro.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Por qué? Te lo dije, ¿no es cierto? Eres la esperanza de todos. Eres la vikinga más importante. Que yo muera, no es de importancia. Incluso para mí padre.

—¡Realmente eres un idiota! —insultó—. ¡No necesitabas hacer eso! ¡No tenías porqué! ¡Yo no te lo pedí! —volvió a repetir.

—Era eso, o dejar que te asesinaran.

Astrid desvió su mirada, suspirando por la promesa incumplida que se había hecho la noche que trató de sacar a Heather; dándose cuenta que nuevamente había arrastrado a Hipo hacia la aflicción de su condena.

—Yo también iré. Conversaré con mi padre y…

—No, Astrid. Tú debes quedarte aquí. Debes cuidar a Heather, ella te necesita más que yo. No olvides que tu verdadero objetivo era salvarla a ella. Sin mi padre, sin Sigurd, y sin mi presencia, algunos vikingos podrían intentar asesinarla.

—¿Sigurd? Ese bastado pagará por lo que me hizo.

Astrid no admitió pero él tenía razón. Sin embargo, quería hallar la forma de ayudarlo. Él moriría en combate y probablemente no volvería a verlo jamás. Y eso, tímidamente, la inquietaba.

—Está bien —aceptó ella—, pero con una condición: yo te entrenaré.

Hipo respingó.

—Soy la encargada de entrenar a los nuevos reclutas. Si quieres tener oportunidad de sobrevivir en la batalla, deberás seguir mis órdenes al pie de la letra.

—Pero…

—¡Sin peros! Te entrenaré. Tengo una semana para convertirte en un guerrero. ¿No es lo que siempre quisiste?.

Era verdad. Toda su vida había intentado ser uno de ellos. Ser tan aguerrido y tenaz como ellos. Y todavía lo deseaba.

—¡Sí, si, sí, sí! ¡Deseo hacerlo! —saltó en júbilo.

—No te emociones, porque desearás no haberte ofrecido como voluntario.

—¡Muchas gracias, Astrid!

—No te alegres tanto . Será… una forma de pagarte por haber cuidado de mí —suspiró.

—De acuerdo.

Iba a entrenar con ella, con la vikinga más hermosa y valerosa de todo Berk. Las esperanzas de sobrevivir a la batalla que se avecinaba, aumentarían sin duda, al estar llevando la responsabilidad de luchar la batalla más sangrienta.