PIRATE JOURNEY

-Apariencia-

Se había acostumbrado a los movimientos del barco y al aroma de altamar.

Y cuando la mujer, el capitán de aquel barco pirata, le dijo que tuviese cuidado cuando empezaran a avanzar hasta la costa, que el mar se iba a poner más intenso, las olas de aquella larga playa, de esa isla, le harían la tarea de mantenerse en pie más complicada, y no le creyó, o más bien, creyó que esta la estaba subestimando.

Pero no.

Cayó al suelo.

Estrepitosamente.

Se vio soltando un quejido, el suelo del barco moviéndose bruscamente, más de lo que imaginó. Ya había presenciado un movimiento brusco del mar, en una circunstancia mucho más peligrosa, y se había dado cuenta que ahí evitaban el toparse con las olas en cierta dirección o permanecer en aguas profundas en mal tiempo, para no hacer la vida ahí arriba más complicada sobre todo para los que no acostumbraban esa vida, aunque tenía claro que el capitán no tendría problema en las aguas más turbias, ya que era evidente que esta tenía una habilidad innata para mantenerse de pie sin importar lo fuerte de los movimientos del barco o lo ebria que estuviese, simplemente mantenía el equilibrio, y ella misma tenía buen equilibrio, pero jamás podría comparársele, y eso la enfurecía.

El mundo sobre el mar era aún desconocido.

Pero la hacía sentir mejor el saber que había tripulantes de ese barco que aún no se acostumbraban a esos movimientos bruscos, y lo notó porque uno de estos cayó al suelo, a solo unos metros de ella.

Este se levantó por sí mismo, por supuesto, pero ella no, aun en el suelo, sintiendo desde esa posición como el barco se movía dirección estribor, las olas golpeando fuertemente el costado del barco, meneándolo de un lado a otro, y se sentía nauseabunda ahí, tirada, sintiendo los movimientos bruscos, sin embargo, no quería levantarse, porque sabía que si lo hacía se iba a volver a caer.

El hombre que se cayó anteriormente volvió a perder el equilibrio, y se agarró de uno de los postes de las velas, las cuales, en su mayoría, habían sido recogidas para que el barco no agarrase más velocidad al llegar a la costa, y ya se había estrellado, no necesitaba que ocurriese de nuevo. Este se acercó, o más bien, llegó cerca de ella, los ojos de este observándola, vividos, casi inocentes, y se sentó a su lado, agarrándose a una de las cajas, sonriéndole.

Y no quería simpatía de ese sujeto.

A pesar de eso, sabía quién era, no su nombre, ya que ella ahí arriba no tenía nombre, ni ellos tampoco, pero si sabía quién solía ser él antes, en tierra firme, y era nada más que un granjero de un pueblo rural, que buscó mejores oportunidades luego de perderlo todo.

Muchos ahí arriba lo habían perdido todo.

Y era extraño decirlo, pero se sentía normal ahí arriba, a pesar de tener vidas tan diferentes. Solo había una persona ahí de clase alta, quien huyó de un matrimonio arreglado, y decidió vivir en altamar, dejando atrás sus privilegios.

Le gustaría decir de sí misma que dejó atrás sus privilegios voluntariamente, pero eso era lo que más le gustaba de su vida, los privilegios, ni tampoco hubiese tomado la decisión de subirse a un barco pirata buscando un nuevo camino. Si estaba ahí, era por mera coincidencia, y solo ahí arriba pudo enterarse la verdad sobre qué clase de personas navegaban bajo la bandera de la muerte, en sus tierras, con la gente que se codeaba, solo eran monstruos, tal y como la mujer le dijo aquella vez, que podían ser lo que sea, pero no monstruos, y lo aceptó, ya que conocía a los monstruos de primera mano.

El barco comenzó a perder velocidad, así como los movimientos se vieron calmados, y recién ahí se vio con la capacidad de levantarse, o al menos con la seguridad de que no se iba a volver a caer.

Podía ver caos a su alrededor, caos que ignoró ante lo nauseabundo que se sentía el siquiera pensar en algo moviéndose, y sería peor el verlo, pero notó a los tripulantes moverse por la cubierta, amarrando las velas, moviendo barriles, mientras al horizonte se veía la isla a la que iban, la cual notó en la lejanía como nada más que un punto, y ahora le parecía enorme, un largo muelle recibiéndolas, vacío en ese instante, y a la izquierda veía la costa, un montón de botes pesqueros encallados en la zona.

Había un pueblo, más allá de la eterna playa, pequeño, pero grande considerando el tamaño de la isla. El día estaba claro, cálido, y creía que dentro del pueblo haría más calor que ahí arriba.

"¡Preparen el ancla!"

Escuchó al capitán gritar, y buscó a la mujer con la mirada, esta maniobrando el barco, ahí arriba, en el puente, y se veía en control a pesar de que sabía que, como siempre, estaba ebria, no tanto como le gustaría porque era claro que no tenía muchas reservas de ron, lo cual para ella era beneficioso.

No es como que sobria tuviese una mejor personalidad.

Desde abajo, donde estaba el armamento, pudo oír los gritos de los tripulantes listos para soltar el ancla ante el aviso del capitán, y cuando esta gritó, se vio agarrándose de uno de los postes, sabiendo que el ancla enterrándose en el suelo iba a ser suficiente para detener el barco de golpe.

Y así fue, y por lo menos no fue muy brusco, porque no cayó al suelo, de nuevo.

Se sentía denigrada cada día que llevaba ahí para sentirse así dos veces seguidas en tan corto tiempo.

Pudo ver la sonrisa de la mujer sobre el puente, mirando alrededor, asegurándose de que todo estuviese listo, mientras el hombre que cayó al igual que ella, y otro de los tripulantes, se tiraron hacia el muelle de madera, bajando por una escalera que acababan de desplegar, con unas cuerdas anchas en sus manos, asegurando el barco.

El aroma salino era común, se había acostumbrado a ese aroma, pero ahí, le parecía incluso más fuerte.

Era extraño volver a tierra firme luego de tantos días navegando, los que le parecían una eternidad para no haber viajado mucho en su vida.

Todos comenzaron a prepararse para ir al pueblo, la mujer dando las ultimas ordenes, seleccionando grupos para que hiciesen lo correspondiente, como buscar provisiones o hacer negocios rápidos con los pobladores, así también para asegurarse de que siempre hubiese un grupo a borda en caso de algún problema.

Al fin y al cabo, eran piratas, así que le impresionaba que la mujer tuviese la iniciativa para hacer un plan.

Le tenía muy poca fe, pero había aprendido que esta realmente se tomaba su trabajo en serio para estar apenas lucida cada día.

"¿Estás lista para volver a tierra?"

Escuchó la voz de la mujer a su lado, esta apareciendo de la nada. Se veía divertida, emocionada incluso, y esperaba que esas acciones no fuesen malvadas, porque veía a todos bajarse con sus sables o con dagas en sus cintos.

Si, debían protegerse, pero temía que fuesen otros los que tuviesen que protegerse, inocentes.

"Luciendo así, no lo sé honestamente."

Sus vendas habían sido cambiadas, ya no estaban ensangrentadas, su ojo y su herida ya no sangraban, pero aun parecía alguien recién salido de una pelea, además, andar descalza por un pueblo, aunque fuese uno así de plano, era denigrante.

Aunque nadie imaginaría que una Schnee estaría en esas circunstancias lo que la hacía menos reconocible, debía de verse fatal.

Notó como los plateados la miraron, frunciendo el ceño, y luego esta hizo un gesto, hacia alguien, alguien tras de ella, y escuchó a uno de los tripulantes soltar un grito, que no entendió, y comenzó a temer ante la sonrisa divertida de la mujer. No necesitaba más sorpresas.

Finalmente, uno de los tripulantes se acercó, no lo conocía demasiado, pero lo que si reconocía en él era el parche en su ojo, lo que lo hacía fácil de notar, de recordar, a pesar de que su acento fuese completamente imposible de distinguir, o su idioma, o ambos. Era un hombre adulto, mucho mayor que ambas, pero lucía tranquilo, dándole una sonrisa, mientras le ofrecía algo, una bolsa.

El capitán le hizo una seña para que agarrase lo que el hombre le ofrecía, y miró dentro de la bolsa, notando dos objetos, o bueno, tres, lo primero que notó fueron un par de sandalias de cuero, y al verlas sintió un alivio infinito. Podía soportar la madera del lugar, o el hierro de algunas partes, pero ya la arena, ya los caminos rocosos, o la gravilla del poblado, sabía que sus pies terminarían muertos.

No se demoró en ponérselas, no era lo más cómodo del mundo, pero considerando que llevaba días descalza y que lo último que usó eran tacones mientras corría por su vida, esas sandalias era sin duda un descanso para sus pies.

El hombre le sonrió, insistiéndose con las manos para que sacase lo que faltaba de la bolsa, y eso hizo, sintiendo el cuero en sus dedos, y al levantarlo, notó lo que era. Era un parche para su ojo, en cuero negro, un bordado de un cráneo pirata en el centro, y era muy parecido al que el hombre estaba usando en el lado ciego de su rostro.

No supo que decir, sintiendo emociones diversas.

Eso la marcaría como un pirata.

Ponérselo sería admitir que no veía, que su ojo no tenía salvación, que no era una herida siendo tratada, si no que era el aceptarlo, y no quería aceptar que su familia logró arrebatarle la vista, o parte de esta.

Pero, por otro lado, la persona que se lo entregaba era un hombre que estaba en una condición similar a ella, habiendo perdido el ojo por culpa de unas deudas que tuvo en tierra, unos mafiosos tomando una parte de su cuerpo, con la intención de volver por más, hasta que huyó a ese barco para salvarse.

Así que sentía una empatía genuina por ese hombre.

Y, quizás, el pertenecer ahí, la hacía sentir mejor que pertenecer allá, en su tierra.

Miró al hombre, y le asintió, agradeciéndole de la única forma que sabía, y este soltó una risa, alegre, antes de volver a su trabajo, y por su parte, se quedó ahí, mirando el parche en su mano, sintiendo el cuero en su piel, sin saber qué hacer.

"¿Te ayudo a ponértelo?"

La mujer le habló, una mirada tranquila en su rostro, casi sobria, y se vio negando. Esa mujer ya la había visto mal, no necesitaba que además la viese con su rostro deforme. El curandero la había revisado, no necesitaba que nadie más viese su condición desastrosa.

Caminó hasta la puerta de la habitación del capitán, esta siguiéndola, pero cerró la puerta tras ella, sin dejar que la dueña entrase, y si, muy mal de su parte, mal comportamiento el cerrarle la puerta al capitán en la cara, negarle la entrada a su propia habitación, pero no podía, no quería, ya se sentía mal consigo misma para además añadir lo que tenía en el rostro.

O lo que ya no tenía.

Hace unas semanas, se veía con la servidumbre, estos limpiando su cuerpo, lavándole el cabello, y ahora estaba en una posición completamente diferente donde quería evitar ser vista, y era justificado, ni siquiera sabía que tan horrible era su estado, pero si sentía con sus dedos la cicatriz que dejó en su piel, sobre su ojo, sobre su parpado, partiéndolo a la mitad.

Se sentía horrible, y verlo debía ser peor.

Y se alegraba de que ahí no hubiese espejos.

No quería mirarse en un espejo, ni estar cerca de uno, no era capaz de enfrentarse a su propio reflejo, no quería ver de frente lo que sus padres crearon, lo que sus padres mancillaron.

Se sacó las vendas, y comenzó a ajustar el parche en su ojo, teniendo cuidado, más para asegurarse de no dejar nada a la vista más que para evitar sentir dolor, ya que apenas sentía en la zona, lo que era un alivio.

Cuando estuvo lista, salió a cubierta, sorprendiéndole que la mujer estuviese sobre la puerta, como si le hiciese guardia o algo así, esperándola. Notó sorpresa en los plateados cuando la vio, así como notó una sonrisa en esta.

"Ahora si pareces un pirata hecho y derecho."

Ese era un pésimo cumplido.

Pero lo iba a tomar, ya que eso significaba que ya no lucía como salida de una guerra, o como la hija de sus asesinos padres.

La mujer le ofreció su ayuda para bajar el barco, pero se las arregló para negar la ayuda y hacerlo por sí misma, aferrándose a la escalera que la llevaba al muelle, y tuvo la suerte suficiente para no caer. Ya si hubiese tenido que bajar por cuerdas, la habría tenido más difícil, pero luego con botas ya podría arreglárselas mejor.

Caminó detrás del capitán, sus pasos resonando sobre el muelle, sobre lo largo del camino de madera, notando a tripulantes moviéndose, cargando con barriles y baúles, dispuestos a hacer sus labores, y considerando el apuro, dudaba que estuviesen mucho tiempo ahí, además, ya era medio día, al anochecer tendrían menos posibilidades de encontrar lo que buscaban.

No debían estar mucho tiempo en ningún lado, eran piratas, y ahora ella también.

Pasaron la playa, pasaron entre unas casas, y luego llegaron al pueblo, que, de nuevo, no era muy grande, pero había más población de la que esperó. Muchas personas le dieron miradas curiosas, miradas que no podía entender del todo, y sabía exactamente qué miraban con detención, así que se obligó a no prestarles atención, o se sentiría aún más enferma.

Había recibido miradas similares de sus pares, los de clase alta, pero esta vez lastimaban más su ego, su confianza, porque lucía así. Antes se quejaban de su expresión, de su humor, de su falta de carisma, y ahora podía notar como era su apariencia descuidada y dañada lo que llamaba más la atención.

"¿Habían venido antes a esta isla?"

Le preguntó a la mujer, concentrándose en esta para no mirar a los isleños.

Esta caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta, bueno, su mano y su garfio, caminando despreocupadamente a pesar de tener un arma en su muñón y un sable en su cintura. Notó como esta se levantó de hombros.

"¿Una vez al año quizás? Es un lugar seguro, sin mayor ley. Llegamos aquí la primera vez por mera casualidad, era pleno invierno y las cosas se vieron difíciles en altamar así que tuvimos que pedir asilo aquí."

Se vio mirando el cielo por inercia, viéndolo despejado, y se alegraba de que el ataque de sus padres no hubiese sido en invierno, porque no habría podido huir, en esa época apenas se podía pescar, las costas prácticamente congeladas, y el estarse desangrando y además muriéndose de frio, la haría obtener su final más pronto que tarde.

Aun había días cálidos de verano, a pesar de haber cambiado de estación, pronto los días se pondrían más oscuros, más fríos, más húmedos, y esperaba poder acostumbrarse poco a poco y que el cambio no le llegase radicalmente. Una tormenta en el mar era un miedo que acababa de enterarse que tenía.

El mar había sido brusco en su calma, le aterraba averiguar cuan brutal sería en una situación similar.

La mujer se movió, indicándole un letrero a la lejanía.

"Ahí vamos a encontrarte unas buenas botas, y un poco de ropa."

No veía muy bien, pero lograba distinguir el letrero del edificio, siendo una aguja y un hilo. Al parecer esa iba a ser la primera parada. Se vio mirando a la derecha, donde escuchó barullo, y notó el letrero de un bar, imponente, notorio, y se vio frunciendo el ceño de inmediato, sabiendo la clase de personas que estarían ahí adentro, bebiendo sin parar.

"Si, ahí iremos a la noche, lo estoy ansiando."

Se vio negando con el rostro.

Si, exactamente esa clase de personas estaría ahí dentro.

Eso era lo que menos ansiaba.