Capítulo 31
Murmullos del bosque
En alguna parte del Escuadrón Once, Kenpachi Zaraki se encontraba puliendo su espada. Dos personas familiares se hallaban a buena distancia del capitán, temerosas de su reacción.
-¡Lo sentimos, capitán Zaraki! –Yumichika Ayasegawa estaba al borde de las lágrimas.
-¡Le hemos fallado, a usted y al Escuadrón Once entero! –Ikaku Madarame no estaba mejor.
-¿De qué están hablando ustedes dos? –Kenpachi les dio la espalda, irritado-. Los derrotó un conejo azul con una espada, ¿y qué? ¡A mí me venció el mismo tipo!
-¿E-en serio, capitán? –ambos subordinados dijeron al unísono, entre asombrados y aliviados.
-Así es. Pero no importa, ¡la próxima vez que lo vea, tendremos una pelea adecuada! Ichigo me debe una, puedo hacer una lista de batallas pendientes bastante larga ahora.
-Pero no lo entiendo, capitán –terció Yumichika-. ¡Ese conejo era... como una luz!
-¡Doy fe, capitán! ¡Y Yumichika habla literalmente, no es una metáfora! ¡Ese conejo nos golpeó como si nada!
-No se preocupen, estarán preparados la próxima vez, como yo. Bueno, no tan preparados como yo, seguro que no, eso sería imposible. De todos modos, ese conejo me intriga.
-¿Qué quiere decir? –preguntaron.
Kenpachi sonrió, dándose finalmente la vuelta para enfrentarlos. Pasó por alto las heridas aún en proceso de cicatrizarse de sus subordinados.
-A diferencia de Ichinose, este conejo no es luz, humo y espejos. Era lo que pensé al principio, antes de que me derrotara. No, ese chico tiene algo especial. ¡Ansío ver el día en que pueda volver a luchar con él! ¡Y con Ichigo también, será espectacular! ¡Sí, una batalla triple!
-Eh, lo que usted diga, capitán...
-¡Florece, Shinobara!
-¡Ilumina, Hotaru!
Los cinco amigos se cuadraron frente al impredecible capitán, que les regalaba una mirada escrutadora pero por lo demás falta de toda emoción.
Mientras, Byakuya ya había liberado el Shikai de Senbonzakura, desplegando su famoso y mortal remolino de blanco y rosa.
Yang apretó los dientes, al igual que sus dedos se apretaron alrededor de la empuñadura de su Zampakutou. La última vez, Byakuya Kuchiki lo había dejado en ridículo, herido de gravedad a su hermana y amenazado a Yuki. Esta vez, sin embargo, no le daría el lujo de intentarlo.
-Lo digo en serio –Yang supuso que la proposición del capitán pretendía sonar amable, pero su voz resultó dura-, vengan en paz y colaboren. No los necesitamos muertos.
-No me digas –escupió Roger, intentando aparentar fortaleza, aunque estaba temblando de miedo-. Porque no intentaste matar a nuestros amigos la última vez.
-La violencia no resolverá nada, y menos cuando son ustedes los que están en desventaja. Ríndanse, y olvidaré este conflicto innecesario.
-¡Sobre mi cadáver! –gritó Yang, furioso.
-No pareces haber entendido nada, conejo. Supongo que no recibiste el mensaje la última vez que nos vimos. ¿necesito darte una nueva lección?
-¡No te tenemos miedo! –saltó Jobeaux, aunque se lo veía tan asustado como el resto.
-Lo que sea. Informaré que les ofrecí rendirse y rechazaron mi oferta. Y claro, no omitiré su valiente pero tonto intento de oponerse a la justicia de la sociedad de almas.
-Aquí está nuestra oferta, gran presumido –se adelantó Yin, Shinobara en alto-: Ríndete, y no tendremos que mandarte a tu jefe en pedacitos.
-Dispersa, Senbonzakura.
-¡Cuidado! –gritó Jobeaux, y todos se tiraron al suelo.
Al reincorporarse, corrieron en todas direcciones, intentando esquivar las cuchillas mortales que los perseguían sin descanso.
-¡Rosas de fuego!
-¡Rayo de Luz!
-¡Toma esto, Jinsokuna Pafu!
-¡Fortuna!
-¡Taladro!
-Es inútil.
Cinco ataques recibieron sendas lluvias de cuchillas mortales, pero cuando el humo se hubo despejado, la escena resultante demostró cuán cierta era la predicción del capitán.
Sólo Yin y Yang permanecían de pie. Lina y Roger habían terminado clavados en una de las paredes exteriores de la torre, mientras que Jobeaux no se encontraba por ninguna parte.
-¡Amigos, no! –Yin gritó de desesperación y furia-. ¡No te saldrás con la tuya!
-Se los advertí. Ahora, si vienen en silencio, no me veré obligado a causarles más sufrimiento.
-¡No, no te lo permitiremos! –Yang aferró su Zampakutou con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
De repente, Byakuya se dio la vuelta, y una nueva lluvia de cuchillas cayó a su alrededor, consiguiendo golpear a un Jobeaux luminiscente.
-¡Ya basta! ¡Deja en paz a nuestros amigos! –gritó Yang, echando humo por las orejas.
-Vaya, no sabía que tuvieran un nuevo quincy de su lado, inaudito. Pero inútil, como todo lo demás.
En otra parte, Rangiku se encaminaba de regreso a su puesto en el Décimo Escuadrón.
-¡Teniente Matsumoto! –un agotado Hanataro apareció por una esquina, cargado de suministros-. ¿Se enteró del desastre en el Juzgado?
-Así que era ahí adonde se dirigían los demás. Lo siento, recibí tarde la mariposa infernal, y no tuve tiempo de escuchar todos los detalles.
Comenzaron a caminar en dirección al Escuadrón Diez, mientras, a toda velocidad, Hanataro le iba contando los últimos acontecimientos.
-¡Es una locura! –dijo entre jadeos por la carrera-. ¡Se informó que hay por lo menos setenta y ocho muertos, pero fácilmente podrían haber más!
-¿Sí? Pero seguramente alguien se encargará del enemigo, ¿no es así?
-¡Ojalá, los tenientes Abarai e Hinamori ya hicieron su intento, y fallaron!
-¿Cómo? ¿Momo y Renji están heridos?
-¡Sí! ¡Ahora mismo están en terapia intensiva, creo que podrían recibir cirugía! ¡Yo mismo los vi siendo ingresados en el ala de pacientes de gravedad!
-¡No puede ser! ¿Son realmente tan fuertes esos Cazadores?
Hanataro acabó desapareciendo en una esquina, rumbo a su propio escuadrón. En cuanto Rangiku hubo doblado la siguiente esquina, en la otra dirección, un nuevo shinigami le salió al paso.
-Teniente Matsumoto, veo que sabe lo del atentado.
-Oficial Renja, qué sorpresa encontrarlo aquí, a varios kilómetros del escuadrón.
Shinrin Renja, décimo asiento del Escuadrón 10, se había incorporado a su división hacía una década y media, era un hombre alto y corpulento, de cabello castaño y ojos del mismo color, mirada distante y actitud solemne. Todo el mundo en el escuadrón sabía de su conocida aversión a las confrontaciones, que llevaba a mucha gente a compararlo con el teniente Hisagi del Noveno Escuadrón; por lo mismo, solían verlo por la Academia o encargándose del papeleo cuando Rangiku no estaba. El cabello castaño le llegaba hasta los hombros e iba atado con un trébol de cinco hojas.
-Podría decir lo mismo de usted, teniente, pero nunca he sido del tipo entrometido –su subordinado se encogió de hombros.
-Esperaba que estuvieras patrullando los alrededores. Ya sabes, hay traidores entre nosotros, y lo mejor sería estar alerta.
-Espero que las cosas no estén tan mal... Vi a la gente del Escuadrón 4 corriendo de aquí para allá. ¿Es cierto que nuestros enemigos son camaradas del propio Seireikei?
-Me oíste, ¿sí o no? –Rangiku negó con la cabeza, mientras continuaba rumbo a su escuadrón-. Y no, las noticias no son buenas. Ese oficial de antes era del Cuarto Escuadrón y me dijo que los tenientes Abarai e Hinamori fueron llevados a cuidados intensivos.
-Eso es terrible...
De repente, Rangiku se detuvo, y su subordinado la imitó. Acababan de perderse. Lo cual debería ser imposible para la teniente Matsumoto.
-Espera un segundo. ¿Desde cuándo tenemos un parque en esta área?
-No lo sé, teniente.
Sin darse cuenta, acababan de internarse en mitad de un bosque que no parecía tener fin. Rangiku miró en todas direcciones, pero no fue capaz de hallar la salida.
-¡Ah, ahora lo recuerdo! Éste es mi bosquecillo privado, teniente. No se preocupe, hay un atajo a nuestra división justo a un par de kilómetros al oeste.
-¡Yin, me encargaré de este idiota! ¡Ve adentro, llévate a los demás y enciérrense en la torre!
-¿Te has vuelto completamente loco? ¡No pienso dejarte solo con este monstruo!
-No te preocupes. Además, con mi Bankai, no puedo perder. ¡Vete ahora!
-Pero...
-Por favor, los demás te necesitan. Si muero, todavía estarás tú para impedir que este villano los alcance.
-...Está bien...
Byakuya fue a impedirle marcharse, pero Yin acababa de convocar una nueva cortina de rosas de fuego, cubriéndose de Senbonzakura y desapareciendo con sus amigos caídos en el interior de la biblioteca. Una vez se hubo disipado el humo, sólo él y el conejo azul permanecían en el campo.
-No sé por qué, pero me recuerdas a una persona.
-Me pregunto qué estás murmurando.
-Olvídalo. Tú y tus amigos tienen a una prófuga buscada. Entréguense, y olvidaré este conflicto.
-¿No me oíste? ¡Sobre mi cadáver!
-Que así sea. Dispersa, Senbonzakura Kageyoshi.
Yang tuvo que retroceder varios pasos, con los ojos abiertos de asombro y miedo. El espectáculo de la liberación del Bankai del capitán lo había dejado sin palabras.
-Chiwa, ¿cómo se supone que voy a sobrevivir a eso?
El remolino infinito de cuchillas bailó alrededor de ambos contrincantes, encerrándolos en una esfera brillante.
-Última oportunidad, conejo. Ríndete ahora y evita una muerte humillante.
-¡Nunca! ¡primero, lastimas a mi hermana, ahora a mis amigos! ¡No permitiré que le pongas un dedo encima a Yuki, aunque sea lo último que haga! ¡Bankai!
-esto otra vez... –murmuró un desconcertado Byakuya para sus adentros-. Es como si esa pelea con Ichigo Kurosaki se repitiera...
El conejo azul fue envuelto por una cortina de luz cegadora. Cuando se hubo dispersado, Yang se irguió en toda su estatura, con ligeros cambios. Su capa ahora era azul, con rayas blancas verticales en el centro; su traje volvía a ser blanco, como en su época de caballero en entrenamiento, sólo que un par de hombreras azules cubrían sus hombros. Un cinturón con rayas verticales azules y blancas rodeaba su cintura, y dos cintas azules envolvieron la parte superior de sus orejas.
Su Zampakutou se había vuelto considerablemente más pequeña, circunstancia que no pudo menos que sorprender al capitán. Por lo demás, era relativamente igual, exceptuando un detalle, el dibujo de un millar de luciérnagas a lo largo de la hoja.
-Bonita espada, lástima que no impedirá tu muerte. Dispersa, Senbonzakura Kageyoshi: Ikka Senjinka.
Yang clavó a Hotaru en el suelo, teletransportándose como la última vez, pero el ataque de su adversario fue tan insistente que no pudo evitarlo en su totalidad. Reapareció a varios metros de Byakuya, arrodillado en el suelo, apoyándose en su Zampakutou para evitar desmayarse. Era la peor serie de heridas que podía recordar; ni siquiera el tal Kenpachi le había causado semejante daño durante su pelea.
Resollando, sólo consiguió cubrirse el pecho. Sus brazos y cabeza habían escapado de la masacre, empero sus piernas y pecho habían recibido una lluvia de puñales del color del cerezo.
-Fuiste advertido, conejo. Pero incluso tú sabes que estás perdido. Ni siquiera la señorita Inoue, que según tengo entendido está con los tuyos, podría impedir tu muerte en tu condición actual.
-Eso... no... importa.
Para asombro del capitán, el conejo se incorporó a duras penas, aferrando su Zampakutou con ambas manos. La sangre cubría su cuerpo, y por cómo temblaba, era evidente que no tardaría en desmayarse.
-Increíble. Herido de muerte, sigue luchando.
-¡Toma esto, pre-su-mido...!
Byakuya parpadeó, sinceramente confundido. A su alrededor, el ambiente pareció oscurecerse por un instante, antes de volver a su claridad anterior. Mientras, el conejo azul se había envuelto en una capa de energía azul y blanca, concentrada en la hoja de su Zampakutou.
-Estás brillando, gran truco. Por lo menos tu muerte no será completamente humillante. Te irás a la tumba brillando como... ¿una vela navideña?
-¡No lo creo! –sorprendentemente, el conejo se reincorporó sobre sus pies, aferrando su Zampakutou con ambas manos-. Porque no moriré hoy, ¿te quedó clarito?
A cámara lenta, la Zampakutou brillante se iluminó de forma espectacular, cegando al capitán momentáneamente. Sin sentirse sorprendido, se rodeó con Senbonzakura Kageyoshi, esperando un ataque inminente.
Yang yacía nuevamente de rodillas, con una pequeña sonrisa en su cara. Su cuerpo se hallaba completamente ileso, y su Bankai amenazaba con apagarse.
-No lo entiendo. No estoy herido. ¿Fallaste?
-Yo di en el blanco. Quizás no lo viste venir porque fui demasiado rápido para ti, hm.
Byakuya se examinó a sí mismo, encontrándose envuelto en una esfera de energía azul y blanca, teniendo que parpadear para evitar quedar ciego.
-¿Se trata de una clase de truco? Porque tu excusa de kido no parece estar afectándome.
-No sé de qué estás hablando. Ah, por cierto, saluda a Ikatteiru Hotaru, mi Bankai.
-¿Luciérnaga Furiosa? ¿Así se llama tu Bankai?
-Sí. Recibe nuestra furia.
De repente, como si de una bomba nuclear se tratara, la energía que rodeaba al capitán Kuchiki estalló, y ni siquiera el torrente infinito de las hojas de Senbonzakura Kageyoshi fue suficiente para evitar el daño del ataque.
-Ese... sonido... Es como si murmuraran... las hojas de un bosque... –fueron las palabras del capitán antes de derrumbarse impotente en el suelo.
A lo lejos, Rangiku se sentía cada vez más aprensiva. El cansancio era abrumador, y por alguna razón, estaba cada vez más intranquila.
A su lado, Shinrin se veía absolutamente despreocupado, silbando una melodía incoherente y acariciando la corteza de los árboles al pasar.
-Uh, cuánto falta, oficial Renja?
-¿Hay algo mal, teniente?
-Sólo que no recuerdo que tu espacio privado fuera tan grande. En serio, ¿por qué no puedo sentir a nadie todavía?
-Ah, eso –se detuvieron en un claro-. Verá, teniente, mi bosquecillo no es tan grande. Hmm, podríamos haber salido de él hace tiempo, ¿no es así?
-¿Qué quieres decir?
-Bueno, es curioso, pero tengo la habilidad de recrear mi bosquecillo donde quiera, siempre y cuando sirva a mis propósitos. Si fuera llegar a nuestra división, teniente, créame que ya estaríamos ahí.
-¿Quieres decir que esa habilidad tuya está funcionando mal?
-No, dije si fuera... pero no es mi objetivo. ¡Crece, Safuran!
El comportamiento de Shinrin cambió por completo, y Rangiku tuvo el tiempo justo para darse la vuelta y saltar lejos de la liberación de su Shikai.
-Espera, ¿qué significa esto? ¿Y cómo fuiste capaz de meternos en este lugar sin siquiera tu Shikai? ¿Se supone que son del tipo de habilidades que sólo podrías utilizar con un Bankai!
-Qué curioso, teniente, hay un grupo de shinigamis que no necesita liberar el Bankai para hacer esta clase de cosas. Los cazadores de almas.
-¿Los cazadores de almas? –Rangiku abrió mucho los ojos-. ¡Oh, no, no me digas que eres uno de ellos!
-No es necesario, teniente, debería saber a estas alturas que las apariencias a veces engañan.
-¡Debes ser detenido! ¡Gruñe, Haineko!
Ambos habían liberado sus Shikais a estas alturas. La Zampakutou de Shinrin había permanecido invisible en su estado sellado, oculta en su cinturón; ahora en su primera liberación, Rangiku entrecerró los ojos en ella.
El mango de Safuran era amarillo, con un trébol a modo de guarda, mientras que la hoja era, como su nombre lo indicaba, del color del azafrán.
-Oh, teniente, no deseo matarla... todavía. Aunque mi equipo ha señalado a cada teniente como un objetivo a cosechar, podemos discrepar en este tipo de cosas.
-Mira, Renja, no sé qué pretendes, pero no funcionará. ¡Haineko...!
Sin embargo, en cuanto Rangiku fue a mover su mano para realizar un corte con su Shikai, su oponente se le adelantó, acariciando las hojas de un árbol a un lado del claro con la hoja de su Zampakutou. Rangiku no llegó a saber cuán vulnerable había sido desde que ingresaron a aquel lugar cortesía de Shinrin.
A su alrededor, el bosque comenzó a susurrar, las hojas moviéndose con una brisa intangible en una danza hipnótica, cada hoja cantando a coro en un tono casi inaudible un canto antiguo y espeluznante.
Los ojos de Rangiku se cerraron contra su voluntad, lo que provocó que acabara por desplomarse en medio del bosquecillo interminable, Haineko descartada a un lado.
-Duerma bien, teniente.
-¿Qué fue eso? –Toshiro Hitsugaya desvió su atención del duelo actual tras sentir una llamativa disminución de un reiryoku familiar-. ¿Tú también lo sentiste?
-¿Sentir qué?
Rukia se alejó un momento de su intento de pelea actual, mirando a su alrededor, aunque sin entender lo que se suponía que debía sentir.
Ninguno de los dos había liberado su Shikai, un hecho alentador en todo este lío, pero que podía cambiar en cualquier momento, dada la rara situación. Ambos shinigamis sospechaban que lo que fuera que estaba sucediendo era más grande que una pelea ocasional por los últimos ryoka, por lo que mantener las cosas al mínimo era una mera medida de autoconservación, y cada cual podía intuir que la otra persona estaba reservando sus fuerzas por las dudas.
-No te preocupes, Rukia, creo que sólo yo lo estoy sintiendo...
-¿De qué se trata? Anda ya, escúpelo.
-Se trata de Rangiku.
-¿Rangiku? –Rukia se mostró preocupada de inmediato, dejando caer su fachada dura-. ¿Está ella bien?
-No estoy seguro, acabo de sentir una repentina disminución de su energía espiritual, pero no sé por qué... No siento peligro a su alrededor, sólo... ¿fatiga? –Toshiro negó con la cabeza, casi con diversión-. ¡Rangiku, más te vale no estar durmiendo en el trabajo otra vez!
-Eh, ¿capitán Hitsugaya? Esto...
-Lo siento, Rukia, pero no puedo quedarme a platicar. Debo ir a ver si Rangiku está bien.
-Eh, claro.
Rukia no tuvo el corazón para detener a su colega y amigo, quien se limitó a encogerse de hombros antes de salir corriendo.
-Yo debería revisar a mi escuadrón... Me pregunto si alguien habrá conseguido dar con los ryoka. Si los chicos están con ellos, no sé qué haré...
En cuanto Yang hubo perdido su Bankai y regresado al interior de su actual refugio, se desplomó en el suelo de la torre sin ceremonias.
-¡Yang! –gritaron todos al unísono.
Casualmente, Yuki se encontraba más cerca de la entrada que los demás, por lo que fue ella quien logró evitar que la cabeza del conejo tocara el suelo, aunque el resto de su cuerpo no tuvo la misma suerte. Tras ella, una Lina todavía débil resollaba con dificultad.
-Lina, ten cuidado, te dieron un duro golpe ahí atrás –la sermoneó Orihime.
-No me importa, ¡Yang está herido! ¡Yuki, tráelo aquí!
La shinigami restringida cumplió, arrastrando al conejo inconsciente a una mesa cercana, donde Orihime y Yin la ayudaron a depositarlo sobre la tabla de madera.
Orihime acababa de revisar a los amigos heridos, curándolos a toda velocidad. Lina se había despertado poco después, pero Roger y Jobeaux permanecieron inconscientes, roncando cada uno en una mesa diferente.
-Chicos, tenemos que salir de aquí –los apremió Yin, la desesperación evidente en su voz-. Ese idiota está fuera de combate por ahora, pero no sabemos cuánto tiempo pasará antes de que alguien más se entere y venga por nosotros.
-¡Tiene razón,, amigos! ¡Veo a un tipo tirado ahí fuera como un saco! –gritó Vinnie, su cabeza entraba y salía de la torre cada pocos segundos.
-¿Qué hay de la evidencia? –Yuki señaló el montón de libros apilados en las mesas-. ¡Necesitamos saber qué está pasando, pero no podemos llevarnos todo esto con nosotros, Kirisame se daría cuenta y nos comería vivos!
-Este lugar está repleto de libros y archivos viejos, no veo por qué tanto alboroto –Coop se sacudió una montaña de polvo, disgustado.
-Tengo una idea de por qué, amigo –Dave levantó una mano, el resto de él hundiéndose porque lo estaban utilizando como otro estante-. Quiero decir, si llegaras a tu casa y descubrieras que acaban de desamueblarla, no creo que te sintieras muy feliz, ¿verdad?
Los demás asintieron, de acuerdo con él, con Coop bajando la cabeza, avergonzado por no darse cuenta de algo tan simple.
-Hm, no lo sé... –Yin se golpeó la frente, empezando a verse más inquieta que antes si cabía-. Quizás podríamos llevar lo más llamativo...
-Oh, tengo una mejor idea –Lina comenzó a revisar sus bolsillos, pero su sonrisa se desvaneció, siendo reemplazada por una mirada frustrada-. ¡Oh, rayos! ¡Olvidé el mío en casa!
-¿Qué piensas? –preguntó su amiga, pero su amiga no le prestó atención.
Lina hizo señas para que todo el mundo revisara sus bolsillos, pero aparentemente no tenían lo que la perrita estaba buscando. Los fullringers localizaron sus respectivos fullrings, pero eso era todo.
-¡Espera, creo que sé qué estás buscando! ¡Aquí tienes! –Orihime sonrió triunfante, sacando un celular moderno de alguna parte y pasándoselo a su amiga.
Lina le indicó que se lo arrojara, a lo que la otra chica pareció horrorizada, pero hizo lo que le indicaron. La perrita lo atrapó en el aire, antes de activar la función de cámara y fotografiar lo que habían encontrado a toda prisa, pero el tiempo era escaso y decidió que una decena de imágenes serían prueba suficiente.
Lina le arrojó el celular de regreso a su dueña, quien lo recibió con una mirada de alivio. Con eso listo, el grupo se dispuso a partir.
Yuki volvió a cargar al conejo azul en su espalda, como en su primera carrera aquí, mientras Chad hacía lo mismo con Roger y Jobeaux.
-¿Estás segura que puedes cargarlo? Puedo hacerlo por ti si quieres –se ofreció Yin.
-No hay problema, tu hermano no pesa tanto.
-Como digas. Pero nos turnaremos más adelante, de ninguna manera dejaré que lo lleves todo el tiempo, te romperás la espalda por nada.
-Voy a sumarme a tu oferta, Yin –Lina se puso a su lado, una mirada de determinación endureciendo sus rasgos faciales.
-Pero ¿a dónde vamos ahora? –Dave agradecía ya no hacer de sujetalibros, pero decidió expresar la preocupación general en lugar de quejarse.
-Si no podemos salir del Seireikei y regresar a la casa de Kukaku –comenzó Uryu, tomando de un brazo a Chad y Orihime y preparándose para correr-, podemos al menos buscar las oficinas del Capitán Comandante, no puedo pensar en ningún otro lugar más cercano.
-Es cierto, el Escuadrón 10 está demasiado lejos, pero el Primer Escuadrón no tanto –Yuki estuvo de acuerdo.
Con eso acordado, todos se aferraron unos a otros, con Uryu en el centro, antes de que el quincy los sacara de allí a máxima potencia, cortesía del Hirenkyaku.
