«Recuerdo que al llegar ni me miraste
Fui solo una más de cientos
Sin embargo fueron tuyos
Los primeros voleteos
¿Cómo no pude darme cuenta?
Que hay ascensores prohibidos
Que hay pecados compartidos
Que tú estabas tan cerca»
Con las ganas, Zahara.
-Alguien a quien amar-
Can anybody find me somebody to love?
Capítulo 8. Al borde de la cordura
Habían pasado algunos días, aunque Charlotte no estaba segura de cuántos eran. No llevaba la cuenta; no porque no fuera alguien metódica y organizada, que lo era, sino porque no quería saber de cuánto tiempo disponía hasta volver a la capital.
De ese modo, no se agobiaría. Una boda siempre suele ser bastante estresante, pero los asuntos de los matrimonios que suelen asfixiar a la gente son los preparativos; ella ya los tenía todos organizados. Lo que realmente le molestaba era el simple hecho de tener que llevar a cabo la ceremonia.
Tampoco quería contar los días que llevaba distanciada de Yami. Él intentaba por todos los medios actuar como siempre: cocinaba a diario, hablaban e incluso le hacía bromas como las antiguas, aquellas más superficiales que le gustaba hacer cuando no sabía nada de sus sentimientos. Sin embargo, todo parecía vacío, forzado e indudablemente, el lazo que los había unido en esa misión se había deshilachado y estaba a punto de colapsar y romperse completamente.
Notaba que la miraba mucho. Siempre lo hacía de soslayo, tratando de que ella no se diera cuenta, pero era imposible no notar su mirada furtiva, que la buscaba de vez en cuando, tal vez intentando desentrañar el misterio que le suponían sus pensamientos. O quizás no, pues, de todas formas, Yami podía conocer sus emociones, así que era más que probable que supiera que se le había formado un agujero lleno de incertidumbre y desilusión en el centro del pecho.
Lo envidiaba. A veces lo observaba sin que se diera cuenta, justo de la misma manera en que él lo hacía con ella, o lo miraba de frente mientras hablaban, y se preguntaba constantemente qué estaría pasando por su cabeza, qué pensaba de ella o si realmente la decepción que sentía por sus acciones y decisiones sería posible de revertir. Si supiera leer las fluctuaciones de su energía vital, probablemente podría saber qué sentía con respecto a los problemas y las brechas que los habían separado, pero no era capaz.
Además, la oscuridad de sus ojos era más opaca que nunca, porque no le dejaba ver ni sentir nada. Su mirada no traslucía ningún sentimiento palpable y la ilusión y la complicidad de sus gestos se habían esfumado por completo; incluso en algunas ocasiones sentía que nunca las había visto, pues no podía recordar cómo aquello se manifestaba en sus actos, a pesar de que había estado sucediendo hasta hacía apenas pocos días.
Las sensaciones que la recorrían eran dispares y, a veces, incluso contradictorias. Quería huir, pero ya no de él, sino más bien con él. Quería ser libre y deshacerse de sus múltiples ataduras, recorrer el camino peligroso que llevaba a la felicidad, pero luego recordaba aquella vocecita que chirriaba tanto en su cabeza y que le decía constantemente que su obligación era seguir ciertas pautas marcadas por el tiempo, la tradición y las costumbres.
Nunca se había arrepentido de nada de lo que había hecho en su vida hasta esa época, en la que se dio cuenta de que no se puede tomar decisiones con el corazón herido y tratando de encontrar consuelo en personas ajenas y extrañas, porque eso solo trae desdicha.
Trataba de no darle demasiadas vueltas a la situación, pero su presente estaba lleno de dudas que la asaltaban constantemente, así que a cada rato su mente volvía a estar rondada por el mismo tema. Incluso lo hacía en ese momento, en el que escuchaba a Yami trasteando con algunos utensilios en la cocina mientras ella se quedaba sentada en el sofá, sola con sus pensamientos.
Los días solían transcurrir igual que antes de la discusión que tuvieron; se levantaban, desayunaban juntos, iban a las mazmorras, volvían para almorzar y pasaban la tarde cada uno por su cuenta hasta la hora de la cena. Sin embargo, el rato que habían conservado para ellos y su relación, en el que se sentaban enfrente de la chimenea encendida antes de irse a dormir, ya no existía.
Suponía que había dejado de tener sentido seguir conociendo a una persona que no va a otorgar nada y era lógico que Yami hubiese querido poner la distancia necesaria entre ellos, porque podía notar que sufría por la situación.
Le habría gustado preguntarle si había llegado a enamorarse de ella mínimamente, pero no creía que fuera prudente. La herida aún estaba fresca, sangrante y ni siquiera había empezado a cicatrizar. No quería abrirla y que la sangre saliera a borbotones sin control, porque no tenía derecho a hacerlo.
Tal vez, después de un tiempo, cuando las aguas se volvieran mansas entre ambos capitanes y sus vidas estuvieran más asentadas, podría preguntarle si alguna vez ella, con su sonrisa velada y tímida y su responsabilidad exacerbada, había conseguido que se replanteara si realmente se había equivocado rechazándola.
Entonces, sería demasiado tarde para los dos, pero al menos no se quedaría con la duda y no experimentaría ese vacío profundo que tenía en el centro del alma y que casi no la dejaba vivir tranquilamente.
Cansada de lidiar con el silencio de la habitación y el ruido de sus pensamientos, se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, donde Yami aún estaba preparando algo del desayuno. Trató de adoptar una actitud más cercana, porque necesitaba de forma imperiosa verlo reírse como antes o encontrar en su mirada el brillo y la confianza que tanto le había gustado descubrir.
Se colocó a su lado. Yami, como venía haciendo en los últimos días, la miró de reojo, apenas tocando su rostro con el filo de sus ojos. Charlotte le sonrió tenuemente, como siempre hacía, pero no obtuvo una reacción demasiado cálida. Trató de no rendirse porque quería recuperar cierta normalidad.
—¿Necesitas ayuda?
—No, no te preocupes.
Charlotte suspiró con abatimiento. No había apartado su vista de la comida ni un solo instante mientras le contestaba y su tono de voz era tan distante que no podía reconocerlo. Le daba miedo perder la conexión tan cercana que habían creado y sin la que no podía vivir, a pesar de que hasta hacía un par de meses no existía.
—Vamos, déjame ayudarte —insistió la mujer mientras colocaba su mano sobre la muñeca de Yami. Él, por fin, la miró con cierta precaución. No quería precipitarse y lo entendía, pero no le estaba pidiendo gran cosa, solo quería acompañarlo y que fingieran, durante tan solo unos instantes, que nada había sucedido—. Estoy cansada de estar en el sofá sin hacer nada.
Yami asintió y se dejó ayudar. No conversaron mucho, pero el ambiente no se sintió excesivamente pesado, así que Charlotte se relajó durante unos minutos y le permitió a su cerebro al fin descansar.
Tras terminar de desayunar, fueron a la cocina para recoger y limpiar todo los dos juntos.
Charlotte estaba colocando unos platos en la parte de arriba de un mueble. Cuando se giró al acabar, no se dio cuenta de que Yami estaba más cerca de lo normal, porque estaba esperando a que ella terminara para coger algo, y con la inercia del movimiento y debido a que no había bajado los brazos completamente, le dio un golpe en el pómulo que sonó bastante fuerte.
El Capitán de los Toros Negros se alejó unos pasos y se sujetó el rostro, mientras ella componía un gesto de apuro enorme porque él ni siquiera reaccionaba.
—Qué fuerte pegas, Reina de las Espinas.
Yami se rio mientras se sobaba el golpe y Charlotte sintió que el tiempo se congelaba y ella se quedaba allí, encerrada en las paredes de su risa, dentro de su eco, en un mundo en el que ambos eran felices.
Por puro impulso, se acercó a él y le apartó la mano del rostro para ser ella quien se lo acariciara. La sonrisa socarrona de Yami desapareció por completo para dar paso a un gesto serio y repleto de incredulidad, pero que no parecía incómodo.
Le acarició primero la mejilla con el dorso de la mano y después comenzó a tocarla con la yema de los dedos tan despacio que pensaba que se quedaría haciéndolo para siempre.
—Lo siento. ¿Te he hecho daño?
—No.
Lo escueto de su respuesta no le pareció que fuera cortante. Se quedaron mirándose unos segundos en los que Charlotte pensó qué debería hacer a continuación. Habían hablado ya sobre su matrimonio concertado y sobre la opinión que Yami tenía con respecto a esa decisión, pero no había tenido oportunidad de disculparse por el hecho de que le había escondido que aún lo amaba.
Quería ser sincera de una vez por todas, decirle realmente todo lo que seguía sintiendo por él, porque creía que era justo que lo supiera. Después de todo, sus sentimientos eran genuinos y puros, no tenía nada de qué avergonzarse y la llevaban acompañando durante más de una década. Estaban tan enraizados y asentados en su corazón y en sus entrañas que no pensaba que se fueran a ir nunca de allí, pues eran una parte más de su ser. Igual que no podía vivir sin uno de sus órganos vitales, sin aire o sin agua, había llegado a un punto en el que tampoco lo podría hacer sin que su amor por Yami estuviera impregnado en toda su alma, porque no se reconocería si sus sentimientos desaparecieran.
—Yami, lo siento —comenzó a decir con sinceridad. Él no podía apartarle la mirada del rostro ni un efímero instante—. Tenías razón; te mentí. Aún sigo enamorada de ti.
Lo dijo con tanta soltura y verdad que se sintió aliviada como pocas veces en su vida. No hubo nervios ni titubeos ni angustia alguna; solo paz. Parecía que aquella era su primera confesión, pues realmente la que se produjo en la batalla contra Lucifero fue visceral y desgarradoramente genuina, pero él no la llegó a escuchar, sino que supo de ella por terceros. Durante la conversación en la que tomaron el té juntos, fue Yami el único que habló realmente, así que Charlotte no tuvo tampoco oportunidad de expresar con palabras sus sentimientos.
En esta ocasión, en la que ambos estaban solos, por fin había podido decirle la verdad. Y se sentía como si hubiera estado encadenada en un habitáculo oscuro y tenebroso durante años enteros y, al fin, hubiese sido capaz de cortar las cadenas y de volver a ver la luz del sol directamente y a sentir sus rayos acariciándole la piel.
Pensó en dejar sus palabras suspendidas en el aire, marcharse y dejarlo tranquilo. Sabía su postura, conocía de primera mano su dolor y también la distancia que quería imponer de manera consciente entre los dos, así que no esperaba ninguna reacción. No quería que le dijera nada, que la rechazara por segunda vez o que se disculpara por no querer traspasar la línea de nuevo y que todo se derrumbara.
Pero muchas veces nada sucede como lo esperamos. En esa ocasión, todo lo que estaba previsto no ocurrió. A Charlotte no le dio tiempo a irse, pues Yami se le acercó mientras ella le seguía acariciando el rostro con delicadeza y apoyó la mano en su cintura. No se dio cuenta realmente de cómo pasó, pero él la atrajo hacia su cuerpo y besó sus labios. Fueron apenas dos toques ligeros que no llegó a ver directamente porque cerró los ojos en cuanto sintió el inicio de la caricia.
El beso no duró demasiado tiempo, pero ella lo experimentó como si hubiesen pasado horas enteras besándose. Al separarse, le dio la sensación de que Yami iba a retractarse, incluso a pedirle perdón por atreverse a tanto, pero ella no lo permitió.
Tras algunos días en los que parecía que había dejado de mirarla y que además lo dejaría de hacer para siempre, sintió sus ojos posados de nuevo sobre el azul de los suyos con intensidad y entrega, y no podía permitirse perder de nuevo aquella unión. Así que fue Charlotte la que recortó de nuevo la distancia y lo besó, esta vez de forma mucho más pasional e intensa. Rodeó su cuello con las manos para acercarlo a su cuerpo, sintió su corazón latiendo, desbocado incluso, dentro de su pecho y se emocionó al saber que aquel momento no era anhelado por ella únicamente, sino que también era recibido por él con ganas e ilusión.
Yami comenzó a caminar mientras se besaban y, de un momento a otro, subió sus piernas para enroscarlas en su cintura mientras le apoyaba la espalda en la pared. Abandonó su boca y comenzó a besar su cuello mientras a ella se le escapaban algunos suspiros de entre los labios. Dejó de besarla y la observó, pero su mirada viajaba constantemente de sus ojos a sus labios, que probablemente estaban algo hinchados por la intensidad de los besos.
—Me vas a volver loco, Charlotte… —le susurró al oído tras acercarse para continuar besándola.
Charlotte no quería precipitarse. Se sentía levemente sonrojada, el corazón le latía muy rápido y un cosquilleo extraño se le estaba colando en el bajo vientre. Sin embargo, cuando sintió a Yami sujetando uno de sus muslos con ligera fuerza, se rindió. No había vuelta atrás posible. Se dio cuenta de que no quería parar y de que, si las cosas entre ellos tenían que ir rápido porque habían tardado demasiado tiempo en encontrarse, estaba dispuesta a aceptarlo.
Pero, justo cuando le iba a proponer a Yami que se fueran a un sitio más cómodo, se escucharon unos toques enérgicos en la puerta de la casa. Ambos se separaron y se miraron extrañados, porque no sabían quién podría ser. No tenían vecinos cercanos, casi no se relacionaban con nadie y, cuando necesitaban algo, solían acordar hora y lugar para verse con miembros de su escuadrón. No entendían esa visita tan repentina.
Charlotte, algo avergonzada tras enlazar su mirada con la de Yami cuando aquel momento de excitación ya había acabado, puso los pies en el suelo y él la soltó. Fue ella quien se dirigió a abrir y se llevó una sorpresa enorme cuando vio a Emily en el umbral de la puerta, sonriendo y con los brazos en jarra mientras la miraba.
—No te esperaba por aquí.
—¡Menudo recibimiento! Encima que vengo a visitarte…
—Perdona, no quería sonar grosera. Es que no recuerdo haberte dado mi dirección.
—Pues sí que me la diste. ¿Me dejas pasar? Tengo que hacer pis.
La mujer se quedó mirándola un instante de arriba abajo, asintió con un movimiento de cabeza bastante pronunciado y la dejó entrar después de darle las indicaciones para que encontrara el baño.
Ella volvió al salón mientras tanto. No había rastro de Yami, así que suponía que se había metido en su cuarto. Entendía bien la situación; su amiga había interrumpido un momento bastante íntimo y seguramente estaba molesto. Sin embargo, antes de que Emily volviera del baño, lo vio saliendo de la habitación de nuevo para llegar al salón.
—Lo siento, no recordaba haberle dado la dirección. No sé bien qué hace aquí.
—No te preocupes —le dijo Yami con tono tranquilizador mientras le posaba la mano en el hombro—. Charlotte, deberíamos hablar sobre… nosotros.
La Capitana de las Rosas Azules asintió en silencio. Estaba claro que, tras lo que había pasado entre ellos, necesitaban aclarar su situación, pero los dos sabían que ese no era el momento más adecuado.
—Parece que el bebé me ha encogido la vejiga, esto es inexplicable —se quejaba Emily mientras llegaba al salón—. ¡Oh, Yami, hola! No sabía que estabas aquí.
—Hola. Sí, estaba en mi habitación.
—Ah, genial. Bueno, ya que estáis los dos juntos, os lo digo directamente. —Tanto Charlotte como Yami compusieron un gesto algo confuso porque no entendían qué estaba pasando demasiado bien—. Mi marido quiere que vengáis a cenar la semana que viene. El sábado lo tiene libre y como le he hablado tanto de Charlotte, pues quiere conocerla. Obviamente, al decirle que no vivía sola, ha querido que venga Yami también. ¿Qué os parece?
Charlotte arqueó una ceja algo extrañada. No quería apresurarse a contestar, pues no veía justo empujar a una respuesta positiva a Yami, ya que tal vez él no se sentiría cómodo en aquella situación. Pero se equivocó. Él le sonrió antes de mirar a Emily y responderle.
—Claro que iremos. Muchas gracias por la invitación.
—De nada. Esteremos encantados de recibiros.
—Tu marido es pescador, ¿verdad? —La joven asintió—. Entonces nos llevaremos bien.
Estuvieron alrededor de media hora más charlando y después Emily se marchó. Charlotte y Yami, por su parte, decidieron que sería mejor ir a hacer su trabajo y posponer la conversación sobre lo que acababa de pasar entre ellos.
Se sentó encima de la alfombra tras prender la chimenea. No llevaba muchos días sin hacerlo, pero ya lo echaba de menos. No había compartido demasiado tiempo con Charlotte, pero extrañaba ver asiduamente su cálida sonrisa.
Sabía que se había equivocado. El pesar de la pérdida y la culpa, que lo tenían sumido en un profundo malestar, lo habían llevado a no darse la oportunidad de adentrarse en sus propios sentimientos y lo había echado todo a perder.
Pensaba mucho en el día en el que rechazó a Charlotte, porque se arrepentía a cada segundo del momento, de las palabras escogidas y del posterior distanciamiento que él mismo había impuesto. No entendía que hubiese dejado de lado a una mujer tan especial solo por no atreverse a vivir. No podía culparse del todo; en ese momento no estaba bien, pero igualmente se arrepentía.
Haberse ido acercando a ella paulatinamente había sido una vorágine de emociones. El principio incómodo y distante dio paso a una complicidad que nunca había tenido con una mujer, y todo aquello había pasado incluso antes de que se besaran.
No podía olvidar tampoco la decepción que había sentido al saber que había traicionado sus propios valores, pero aquella sensación se había esfumado de un plumazo esa misma mañana en la que ella se había mostrado, posiblemente por primera vez, tal y como era. Sin caretas, sin recursos, sin mentiras, sin intentar aparentar nada; solo siendo ella.
Nunca había presenciado su rostro tan sereno ni una caricia tan sincera. Tenía sus palabras grabadas a fuego en la memoria, porque también le habían tocado el corazón. Él, como siempre le sucedía, no había sido capaz de responderle hablando. Solo se había movido su cuerpo como si lo controlara un ente externo que realmente era su subconsciente.
Ya no tenía dudas; amaba a Charlotte. En pocos meses había descubierto que el amor otorga grandes alegrías y expande perspectivas, pero que también hace daño como pocos sentimientos que el ser humano pueda experimentar. Sin embargo, no le importaba. Compensaba el dolor si el premio o la meta eran los suspiros perfectos que se escapaban, entrecortados, de los labios de Charlotte, o sus besos pausados o sus caricias suaves.
Era más que evidente que no podía permitir que sus sentimientos siguieran entrelazándose en la situación en la que se encontraban, pero no estaba dispuesto a mantener esa conversación durante esa noche. No podía permitirlo. Lo haría, se lo juró en el instante en el que la vio sentándose a su lado con una sonrisa inquieta y una mirada que destelleaba con ilusión, pero en otro momento.
Las horas pasaron tan rápido que no se dio cuenta, porque disfrutó ese rato frente a la chimenea como no le había pasado en los dos meses anteriores. Le encantaba escucharla hablar, aunque sabía que no le gustaba ser el centro de atención. Le hacía ilusión también que lo escuchara y, aunque probablemente ella pensaba que no era buena dando consejos, decía palabras certeras que llegaban a las profundidades de su ser y lo ayudaban incluso a conocerse a sí mismo un poco más.
Se había tomado una copa de vino y, aunque era consciente de que Charlotte la rechazaría, le ofreció una a ella también. Sabía que esa cantidad de alcohol no haría ningún estrago en él y necesitaba estar así. Necesitaba pasar cada segundo con ella al cien por cien para apreciarla sin fisuras ni lagunas.
Tras contarle una anécdota relacionada con sus chicas, llegó de nuevo el silencio. Se quedó mirándola. Sus ojos estaban serenos, brillaban por la luz del fuego, y su cabello estaba precioso, como siempre. Tenía tantas ganas de tocárselo que sentía que la mano le ardía ligeramente, pero también quería que ella supiera que valoraba mucho su sinceridad, y así se lo expresó.
—Charlotte, agradezco mucho que me hayas dicho la verdad.
—No tienes que agradecerme nada. Es lo que tenía que haber hecho desde el principio.
Ante sus palabras, Yami se acercó un poco a ella. Alzó la mano para llevarle un mechón de pelo detrás de la oreja y después le acarició el mentón hasta sujetarle la barbilla sin fuerza. No sabía cómo era posible que su cuerpo se moviera prácticamente solo, pero se alegraba de ser capaz de llevar a cabo esos movimientos, porque sabía que en el fondo estaba nervioso.
—¿Puedo besarte? —le preguntó, estando ya muy cerca de su rostro.
—¿Por qué me pides esta vez permiso?
Yami se rio quedamente sin cambiar de postura y Charlotte sonrió con una ligera curvatura de sus labios. Tenía sentido que le hiciera la pregunta; esa misma mañana la había besado sin previo aviso solo porque ella le había dicho que lo amaba. Pero quería asegurarse de que todo aquello que estaban viviendo era cosa de dos, aunque fuera más que obvio.
—Porque no quiero que te arrepientas de nada.
—Jamás me arrepentiría de algo así si tiene que ver contigo, Yami.
Su corazón latió con fuerza y la besó sin más preámbulos. Sentir su lengua recorriendo su labio inferior con una timidez especialmente enternecedora hizo que una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo entero, así que continuó besándola hasta que sus pulmones se quedaron sin aire. La sintió descansando la frente sobre su mejilla y también cómo su ki se estremecía, y entendió el motivo de los nervios que su energía vital reflejaban en cuanto la escuchó hablar.
—¿Quieres dormir conmigo esta noche?
Los dedos de las manos, que las tenía rodeándole los hombros, le temblaron un poco. Conocía las implicaciones que esa propuesta tenía, aunque una parte de sí mismo le advertía que no se tomara las cosas a la ligera porque tal vez ella no tenía esas intenciones. Pero asintió enseguida contra su rostro, porque fuera una opción o la otra, le apetecía muchísimo que ocurriera cualquiera de las dos.
Charlotte se levantó entonces y le ofreció su mano para que la acompañara. Fueron a oscuras hacia su cuarto, con los dedos entrelazados, y al llegar, ella se puso delante de él, mirándolo directamente a los ojos. Le acarició el rostro de la forma tan sutil en que lo hacía todo y lo besó de nuevo. Entonces, Yami supo que su instinto no le había traicionado, porque Charlotte quería que dieran ese importante paso juntos.
Como no quería forzar la situación, dejó que fuera ella la encargada de marcar las pautas y el ritmo que quería llevar. Empezó quitándole la camiseta despacio para besar su pecho, haciendo que sintiera el vello de todo el cuerpo erizándosele. Charlotte no tardó demasiado en quitarse algo de ropa ella misma.
Al observar sus senos desnudos, se quedó embelesados mirándolos, porque los sentía perfectos, sentía su cuerpo hermoso mientras lo observaba bañado bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana y la sentía perfecta a ella completa, tanto que no se podía creer que aquel momento se estuviese produciendo de verdad.
Los tocó con torpeza, los besó con toda la delicadeza que pudo y escuchó los primeros gemidos que se escaparon de entre sus labios. Llevaba un rato bastante excitado, pero ese fue el detonante que hizo que los movimientos y los roces aceleraran su ritmo.
Pronto, se desnudaron completamente, se tumbaron en la cama de lado mientras se besaban y tocaron sus pieles de forma errática durante cientos, miles de segundos que Yami no supo ni quiso contar.
Cuando sintió que ambos estaban preparados, se colocó encima de ella y su cuerpo tembló de nuevo, pero esta vez con cierta violencia que Charlotte pudo notar. Ella le acarició la espalda en silencio para tranquilizarlo y sus ojos, pese a la penumbra en la que estaba envuelta la habitación, brillaron con una intensidad desproporcionada.
—Podemos parar aquí si quieres —le dijo ella con comprensión.
Yami negó con la cabeza y sonrió. Se suponía que eso se lo tendría que estar diciendo él a ella y no al revés, o eso al menos le habían contado en alguna charla superficial sobre sexo y mujeres unos tipos que estaba descubriendo en ese momento que no tenían ni idea de nada. Aquella reacción podría estar motivada por los nervios primerizos, pero sobre todo lo estaba por la emoción de sentirla a su lado.
—Estoy bien — musitó levemente.
Se acomodó un poco y por fin se produjo la unión. Nunca pensó que experimentaría aquel placer inusual al sentir su carne rodeándolo o la fricción constante de sus pieles. A pesar de ser algo real, los gemidos dispersos en la habitación, las caricias en su espalda o la forma en la que Charlotte se aferraba con las piernas enredadas a su cintura fue lo más parecido a vivir un sueño aun estando despierto.
Se abrazó a su cuerpo al terminar, posando el rostro cerca de su clavícula mientras la besaba y sentía aún sus manos encima de la espalda. Justo antes de dormirse, su subconsciente habló de nuevo por él, porque tal vez estaba cansado de esconderse también, justamente como le sucedía a ella.
—Charlotte.
—¿Sí? —le contestó, acariciándole esta vez el pelo.
—Yo también estoy enamorado de ti.
Estiró la mano hasta el otro lado de la cama en cuanto se despertó para abrazarla. Pero no encontró junto a él el cuerpo cálido de Charlotte, sino el vacío de unas sábanas destempladas. Abrió en ese momento los ojos y comprobó de primera mano que se había marchado. No sabía qué hora era, pero por la claridad que se colaba por la ventana, no parecía que fuera demasiado tarde. Sin embargo, sabía que Charlotte era alguien que se ensimismaba demasiado en sus pensamientos y sospechaba que no había dormido demasiado aquella noche.
Y tenía razón. Lo que no sabía era que, durante esas horas de insomnio, ella se había quedado mirándolo sin poder creerse lo que había sucedido entre los dos ni lo cuidadoso que había sido Yami en todo momento, en el que siempre buscaba complacerla, a pesar de su apariencia tosca.
También había recorrido las hebras de su cabello oscuro durante muchos minutos después de su confesión. Él se había quedado dormido inmediatamente después de pronunciar lo evidente, así que no había podido sentir el asentimiento tenue de su cabeza ni tampoco sabía que había provocado que una lágrima solitaria, llena de alegría, le recorriera la mejilla izquierda.
Quizás nunca sabría la encrucijada en la que Charlotte se encontraba, pero esa idea fue la última que se le pasó aquella mañana por la cabeza. Tan solo la recordaba mordiéndose los labios ligeramente, aferrándose a las sábanas con fuerza y diciendo su nombre entre gemidos entrecortados por el placer mientras hacían el amor.
No se preocupó demasiado por el hecho de que ella se hubiese ido temprano de la habitación, porque durante la noche anterior había hablado más que de sobra con sus gestos, pero no podía negar que le habría gustado abrazar su cuerpo cálido y desnudo, y que la primera imagen que hubiese visto al despertar fuera la de sus ojos azules mirándolo con la devoción que le solían profesar. Negó con la cabeza un instante; le daba igual, pues sabía que habría otras oportunidades de que eso sucediera.
Se levantó y se dirigió completamente desnudo al baño para ducharse. Tras vestirse, se fumó un cigarro y se concentró en buscarla. Estaba cerca y, por lo tanto, no tardó en encontrarla. Sentía su ki junto a la playa, así que pensó que era buena idea acompañarla. Cuando estaba cogiendo algunos cigarrillos de su grimorio en su cuarto, vio la esquina de un cuaderno desgastado que había llevado consigo y que aún no había utilizado en esos dos meses de misión. De hecho, llevaba mucho tiempo sin dibujar absolutamente nada.
Parecía que no iba mucho con su modo de ser, pero Yami había desarrollado un gusto por la pintura desde que era muy pequeño. Había sido su madre quien le había mostrado distintas técnicas, pues su cultura era muy visual, así que se solían expresar normalmente pintando.
Se le cruzó una idea por la cabeza que le hizo sonreír, así que no cogió solo los cigarros, sino que también se llevó el cuaderno y algunos carboncillos que tenía guardados.
Se sentó en la arena tras llegar y observó a Charlotte en la distancia. Ese día, el sol coronaba el cielo como si se hubiese confundido y creyese que ya había llegado la primavera. Ella caminaba mientras sus pies se mojaban debido a las tenues olas que rompían en la orilla. Estaba un poco lejos, pero conocía las facciones de su rostro de memoria, así que comenzó a dibujarla.
Los trazos le salieron automáticos y se dio cuenta de que la inspiración había vuelto en un segundo gracias a ella, así que lo aprovechó. Boceteó el paisaje, haciendo hincapié en el sol radiante, y se detuvo en detalle en la forma de su cuerpo, en los contornos de su rostro, su cuello y su pelo, intentando además captar la profundidad de su mirada azul.
Ella, al descubrir que Yami estaba en la playa, se acercó hacia él, así que cerró el cuaderno para que no viera el boceto. Recordaba bien la luz, los colores y las texturas, así que terminaría el dibujo en otro momento en el que estuviera solo.
Charlotte se sentó a su lado e inevitablemente miró el cuaderno con cierta curiosidad. Besó sus labios antes de preguntarle.
—¿Qué es eso?
—Un cuaderno —respondió con obviedad.
—Eso ya lo sé —dijo mientras le sonreía—. ¿Para qué lo usas?
—Para dibujar.
—¿Dibujas? No me esperaba eso.
Yami se rio y le abrazó los hombros con cariño tras darle un beso en la punta de la nariz.
—Es que soy una caja de sorpresas.
—Desde luego.
—Ya sé que no me pega nada, pero me enseñó mi madre hace muchos años. El logo de los Toros Negros lo diseñé yo.
—¿De verdad? —Yami simplemente asintió—. ¿Y qué estabas dibujando?
—La playa —mintió.
Le acarició la línea que separaba su rostro de su cuello. Por primera vez en su vida, sintió la imperiosa necesidad de quedarse para siempre en el mismo lugar. Si Fuegoleon les comunicase que tenían que estar otro mes o incluso otro año más en la misión lo aceptaría sin dudar.
—¿Me lo enseñas? —le preguntó ella de nuevo, interrumpiendo así sus pensamientos.
—Cuando lo acabe te lo enseñaré, ¿vale?
Charlotte asintió y se levantó, instándolo a él a hacer lo mismo. Se dirigieron al interior de la casa con la idea de alistarse para marcharse a las mazmorras, pero no pudieron. Las ganas de explorarse, de estar juntos y de amarse se lo impidieron.
En medio de su oasis de felicidad, la burbuja de irrealidad volvió a formarse. Su presente era idílico y hermoso, así que ¿para qué preocuparse por nada más? La conversación sobre qué iba a suceder con ellos cuando la misión finalizara se diluyó entre la perfección de lo que estaban viviendo. Sin embargo, el tiempo seguiría pasando aunque ellos no lo notaran y, en algún momento, tendrían que afrontar la incertidumbre de su futuro.
Continuará...
Nota de la autora:
No suelo actualizar dos veces en la misma semana, pero tenía muchísimas ganas de escribir este capítulo. Estoy bastante conforme con el resultado, así que espero que os guste mucho. Probablemente acabe la historia durante este mes, porque diciembre es una época un tanto difícil para mí y me suelo refugiar mucho en la escritura. Si me notáis algo apática por aquí o en otras redes sociales, no me lo toméis demasiado en cuenta, por favor.
Bueno, lógicamente, no iba a hacer una historia yamichar en la que no sucediera nada entre Yami y Charlotte. No tenía sentido. Pero quería que el momento llegara cuando tenía que llegar y no apresurar demasiado las cosas, aunque al final haya pasado todo en el mismo capítulo xd. Pero en fin, son dos personas de treinta años que se quieren, no vamos a dilatar tampoco los acontecimientos de la historia más de lo necesario.
Muchas gracias por estar al otro lado, siempre me da muchísima paz.
¡Hasta la próxima!
